06/05/2012
Fue a Primatesta, Aramburu y Zazpe Lo que confesó Videla, ya se lo había dicho en el '78 a tres
altos hombres de la Iglesia Argentina
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| Los documentos encontrados revelan los
dichos de Videla a la Iglesia. |
La política de desaparición forzada de personas que el ex dictador
Jorge Videla acaba de admitir en varios reportajes y ante la justicia fue
reconocida en 1978 ante la Comisión Ejecutiva de la Iglesia Católica.
Videla
dijo que le gustaría brindar la información pero que en cuanto se comunicara que
los detenidos-de-saparecidos habían sido asesinados comenzarían las preguntas
acerca de quién mató a cada uno, cuándo, dónde y en qué circunstancias y qué
destino se dio a sus restos. Por Horacio
Verbitsky (de Página/12) La política de desaparición forzada de
personas que el ex dictador Jorge Videla acaba de admitir en varios reportajes y
ante la justicia fue reconocida en 1978 ante la Comisión Ejecutiva de la Iglesia
Católica. Videla dijo que le gustaría brindar la información pero que en cuanto
se comunicara que los detenidos-de-saparecidos habían sido asesinados
comenzarían las preguntas acerca de quién mató a cada uno, cuándo, dónde y en
qué circunstancias y qué destino se dio a sus restos.
La respuesta a
esas preguntas sigue pendiente 34 años después. En el diálogo con el periodista
Ceferino Reato, quien anuncia que no importa “tomar partido a favor o en contra
del entrevistado”, Videla dice que la desaparición de personas no se debió a
excesos o errores sino a una decisión de la pirámide castrense que culminaba en
él. Pero también da a entender que la imposibilidad de informar sobre los
desaparecidos obedece a que la información nunca estuvo centralizada, que cada
jefe de zona sólo sabía lo sucedido en su jurisdicción y que muchos han muerto.
“Los listados eran la puerta a un debate que conducía a la pregunta final:
¿Dónde están los restos de cada uno?, y no teníamos respuestas para ese
interrogante, con lo que el problema, al dilatarse, se agravaba día a día y aún
persiste.” Pero en su reunión con la Iglesia Católica Videla habló con mayor
franqueza, como se hace ente amigos: dijo que “el gobierno no puede responder
sinceramente, por las consecuencias sobre personas”, un eufemismo para referirse
a quienes realizaron la tarea sucia de matar a quienes habían sido secuestrados
y torturados y se encargaron de que de-saparecieran sus restos.
Al
elegir esa política que Videla calificó de cómoda, porque eludía las
explicaciones, la Junta Militar puso bajo sospecha a la totalidad de los cuadros
de las Fuerzas Armadas y de Seguridad, algo que recién comenzó a disiparse con
la reapertura de los juicios, donde con las garantías del debido proceso se
establecen las responsabilidades que la Junta ocultó. Hasta hoy se han
pronunciado 253 condenas y veinte absoluciones, lo cual muestra que en
democracia nadie está condenado de antemano y que puede ejercer su derecho a
defensa. En el documento secreto sobre este diálogo, que el Episcopado conserva
en su archivo, la afirmación de Videla sobre la protección a quienes cumplieron
sus órdenes criminales está agregada a mano por el cardenal Raúl Primatesta, que
presidía la Conferencia Episcopal y que fue acompañado en la reunión por sus dos
vicepresidentes, Vicente Zazpe y Juan Aramburu. En abril de este año la jueza
Martina Forns, titular del juzgado federal Nº 2 en lo Civil y Comercial y
Contencioso Administrativo de San Martín interrogó a Videla en forma exhaustiva,
a solicitud del abogado Pablo Llonto, quien representa a Blanca Santucho,
hermana del jefe del ERP abatido en julio de 1976 por un pelotón del Ejército, y
cuyos restos nunca fueron entregados a la familia. Un paso previsible en la
investigación es solicitar a la Iglesia Católica acceso a los documentos que
atesora sobre el tema. El que contiene las explicaciones de Videla lleva el
número 10.949, lo que da una idea del volumen de la información que el
Episcopado sigue manteniendo en secreto. Está guardado en la carpeta 24-II del
Archivo de la Conferencia Episcopal. La Iglesia Católica eligió silenciar el
contenido de la conversación en la que Videla les reveló que todos los
desaparecidos habían sido asesinados. A continuación, la historia de ese
encuentro público pero de contenido secreto.
Carta al cardenal El
10 de abril de 1978, el diario Clarín tituló su página 3 “El presidente de la
Nación almorzará hoy con la cúpula del Episcopado”. Emilio Fermín Mignone, cuya
hija Mónica Candelaria había sido secuestrada en mayo de 1976, redactó sin pausa
tres densas carillas a un solo espacio y las envió con un mensajero a la sede de
la Conferencia Episcopal. También esa carta se conserva en el archivo secreto
que el Episcopado guarda en su sede de la calle Suipacha, en la carpeta titulada
“Personas detenidas y de-saparecidas, 1976-1983”. Mignone escribió que a dos
años y medio del golpe, era indudable que la desaparición forzada de personas
constituía “un sistema y no excesos aislados”. El fundador del CELS describió
ese sistema: el secuestro, el robo, la tortura y el asesinato, “agravado con la
negativa a entregar los cadáveres a los deudos, su eliminación por medio de la
cremación o arrojándolos al mar o a los ríos o su sepultura anónima en fosas
comunes”. Y se realizaba en nombre de “la salvación de la ‘civilización
cristiana’, la salvaguardia de la Iglesia Católica”, colocando “como valor
supremo la denominada ‘seguridad colectiva’ sobre cualquier otro principio o
valor, incluso los más sagrados”. Añadió que “sobre la mentira nada perdurable
puede fundarse”. Mignone insistió en la necesidad de que el gobierno informara
“cuál ha sido la suerte de cada ‘desaparecido’, la inmensa mayoría de los
cuales, todos lo sabemos y también los obispos, han sido arrestados por
organismos de las Fuerzas Armadas o de Seguridad. Y esto, monseñor, es lo que le
pedimos que ruegue, exija, obtenga del Presidente de la República esta
mañana”.
La desesperación y el odioMignone decía que la
desesperación y el odio iban ganando muchos corazones y que las exigencias de
justicia impedirían cualquier intento de evolución democrática pese a que muchos
dirigentes políticos, ansiosos por subirse al barco oficial, querrían echar un
manto de olvido sobre lo ocurrido. También le informó a Primatesta que en marzo
Emilio Massera le había dicho que la Armada exigía que se diera a conocer la
suerte de cada desaparecido y preso no declarados, pero que el Ejército se
oponía. “Nos pidió que solicitáramos a usted, al señor nuncio, a monseñor
Tortolo, que insistieran ante el Presidente y comandante en Jefe del Ejército en
el mismo sentido.” Mignone no ignoraba las tensiones internas en la Junta
Militar y no experimentaba la menor simpatía por ninguno de sus integrantes.
Pero trataba de explotar esas contradicciones para abrir una brecha en el muro
de silencio sobre el destino de su hija y de miles como ella. También advirtió a
Primatesta que la táctica del silencio, de la que el Episcopado participaba por
sus propias razones, no era admisible. “El Pueblo de Dios necesita participar y
ser informado. Necesitamos conocer lo que el Episcopado expresa al gobierno en
sus comunicaciones. De lo contrario de nada sirven.”
Un diálogo
franco Al día siguiente, Zazpe le informó a Mignone que la Comisión
Ejecutiva le había transmitido a Videla “todo lo que dice su carta”. Dijo que
habían sido “tremendamente sinceros y no recurrimos a un lenguaje aproximativo”
pero le advirtió, como si se tratara de una accesoria cuestión técnica, que
había una “divergencia con su carta” acerca de la publicidad o reserva de esta
entrevista. “En esta ocasión volvió a recurrirse a la reserva.” Primatesta
informó luego a la Asamblea Plenaria que los obispos le plantearon a Videla los
casos señalados en su carta por Mignone, de presos que en apariencia recuperaban
su libertad pero en realidad eran asesinados; que se interesaron por sacerdotes
desaparecidos, como Pablo Gazzarri, Carlos Bustos y Mauricio Silva, y por otros
detenidos de los que pidieron la libertad y/o el envío al exterior. Pero el
desarrollo completo de la reunión sólo está contenido en una minuta preparada
por la propia conducción episcopal para informar al Vaticano y que nunca fue
publicada. Primatesta, Zazpe y Aramburu la redactaron en la sede de la
Conferencia Episcopal al terminar el almuerzo antes de que los detalles se
desvanecieran en su memoria. El gobierno negaba que hubiera presos políticos
porque todos los detenidos eran “delincuentes subversivos y económicos”, incluso
los sacerdotes arrestados. Las desapariciones de personas eran obra del
terrorismo para desprestigiar al gobierno, que compartía las inquietudes de los
obispos. Los tres agradecieron a Videla por haber reconocido la existencia de
excesos en la represión pero dijeron que no conocían que se hubiera castigado a
los responsables, que era otra de las reflexiones de Mignone.
En un
clima que Aramburu describió como cordial, Primatesta lamentó que Videla no
pudiera tomar “todas las medidas que quisiera”, con lo cual lo exculpaba de los
hechos por los que le reclamaban. En un tono lastimero, Videla dijo que no era
fácil admitir que los de-saparecidos estaban muertos, porque eso daría lugar a
preguntas sobre dónde estaban y quién los había matado. Primatesta hizo
referencia a las últimas desapariciones producidas durante la Pascua, en San
Justo, “en un procedimiento muy similar al utilizado cuando secuestraron a las
dos religiosas francesas”. La minuta redactada al concluir el almuerzo
reconstruye la réplica textual de Videla ante la solicitud:
“El
presidente respondió que aparentemente parecía que sería lo más obvio decir que
éstos ya están muertos, se trataría de pasar una línea divisoria y éstos han
desaparecido y no están. Pero aunque eso parezca lo más claro sin embargo da pie
a una serie de preguntas sobre dónde están sepultados: ¿en una fosa común? En
ese caso, ¿quién los puso en esa fosa? Una serie de preguntas que la autoridad
del gobierno no puede responder sinceramente por las consecuencias sobre
personas”, es decir los secuestradores y asesinos. Primatesta insistió en la
necesidad de encontrar alguna solución, porque preveía que el método de la
desaparición de personas produciría a la larga “malos efectos”, dada “la
amargura que deja en muchas familias”. Videla asintió. También él lo advertía,
pero no encontraba la solución. Este diálogo de extraordinaria franqueza muestra
el conocimiento compartido sobre los hechos y la confianza con que se analizaban
tácticas de respuesta a las denuncias que ambas partes sentían como una amenaza.
Primatesta también habló “sobre la actitud de alguna Fuerza Armada que urgía la
publicación de las listas de presos, v.g. el almirante Massera”.
En
realidad, Mignone le había escrito que la lista de presos no tenía valor alguno,
porque los familiares la conocían, y lo que Massera reclamó fue una lista de
detenidos-desaparecidos. Videla se alzó de hombros. Aunque presidía la Junta y
el gobierno, no tenía todo el poder y había fuerzas que no controlaba, dijo. Las
actitudes de los eclesiásticos tenían sutiles matices. Zazpe preguntó: “¿Qué le
contestamos a la gente, porque en el fondo hay una verdad?”. Según el entonces
arzobispo de Santa Fe, Videla “lo admitió”. Aramburu explicó que “el problema es
qué contestar para que la gente no siga arguyendo”, lo cual parece una fiel
interpretación del propósito de Massera.
Los jefes del Ejército y de la
Armada descargaban su responsabilidad, cada uno en el otro, y la Iglesia les
seguía el juego. Según Aramburu, cuando Videla repitió que “no encontraba
solución, una respuesta satisfactoria, le sugerí que, por lo menos, dijeran que
no estaban en condiciones de informar, que dijeran que estaban de-saparecidos,
fuera de los nombres que han dado a publicidad”. Primatesta explicó que “la
Iglesia quiere comprender, cooperar, que es consciente del estado caótico en que
estaba el país” y que medía cada palabra porque conocía muy bien “el daño que se
le puede hacer al gobierno con referencia al bien común si no se guarda la
debida altura”. Tal como le dijo Videla al primer periodista que lo entrevistó,
el español Ricardo Angoso, “mi relación con la Iglesia Católica fue excelente,
muy cordial, sincera y abierta”, porque “fue prudente”, no creó problemas ni
siguió la “tendencia izquierdista y tercermundista”. Condenaba “algunos
excesos”, pero “sin romper relaciones”. Con Primatesta, hasta “llegamos a ser
amigos”. Sobre el conflicto interno, que Videla llama guerra, “también tuvimos
grandes coincidencias”. Zazpe murió en 1984, Aramburu en 2004 y Primatesta en
2006. Pero los documentos sobre ese diálogo entre amigos siguen hasta hoy en el
archivo secreto del Episcopado. Fuente:AnalisisDigital
Videla y su Dios de la Muerte
Por Luis Miguel Baronetto *
A los 86 años, cuando se le acerca el final, Videla, católico de estilo medieval, apela a la magia de su religión para confesar sus crímenes.
“Dios sabe lo que hace, por qué lo hace y para qué lo hace”, ha declarado este ex general, condenado a prisión perpetua por tantos asesinatos nunca reconocidos. La religión le tolera exculparse descargando sus crímenes en su dios. El infantilismo al que lo somete esa religión le sirve para ampararse en la fatalidad divina. Un destino fatal que ofende su propia dignidad porque niega la libertad humana y la consecuente responsabilidad de los actos que cada uno debe asumir, si no ha perdido la razón y cree en el Dios de la Biblia. Está claro que Videla no cree en ese Dios. Su dios es el que le predicaron los vicarios castrenses. Es el dios de la muerte. Un dios justificador de los baños de sangre “para redimir la Nación”, como alentaba Mons. Bonamín. Un dios defensor de un orden “occidental y cristiano”, es decir que no es para todos, sino achicado a la propia y egoísta necesidad del desorden establecido por minorías poderosas causante de las injusticias sociales. El dios de Videla es el que salva matando, “unos siete u ocho mil”, según sus dichos, como si se tratara de ladrillos o postes. Muy lejos del Dios de la Biblia bondadoso, respetuoso de la libertad del ser humano y lleno de misericordia, que libera a los cautivos (Lc.4, 18), derriba a los poderosos de sus tronos y sacia el hambre de los pobres. (Lc.1, 52).
Tan cobarde el ex general que reconociendo los crímenes, los oculta. “Cada desaparición puede ser entendida como el enmascaramiento, el disimulo de la muerte”, dijo. Si no conociéramos los mecanismos del terrorismo de estado que gracias a los juicios han sido develados, podríamos sospechar de alguna enfermedad mental, que lo haría inimputable. Pero, este asesino aplaudido como presidente de la nación por muchos que ahora lo niegan, se refugia en un lenguaje mentiroso, tratando de autoengañarse a la hora de la verdad, que no podrá ocultar, por más que pretenda creerse elegido desde la eternidad para cometer sus crímenes. “Yo acepto la voluntad de dios. Creo que dios nunca me soltó la mano.” Tampoco se la soltaron algunos de sus más jerarquizados representantes en la tierra. Según ha declarado este mismo Videla como imputado y procesado en el asesinato de Mons. Enrique Angelelli, fue el Nuncio Apostólico Pio Laghi quien “sin hesitar, me respondió: Presidente, la Iglesia tiene asumido que el fallecimiento de Mons. Angelelli fue producto (sic) por un accidente; Ud. puede dormir tranquilo respecto de este asunto.”
Si es cierto que la cobardía es prima hermana de la soberbia, Videla es buen defensor de la familia. En un soberbio delirio mesiánico, cumple con el destino señalado por la voluntad de su dios. Pero este dios, según la cobarde teología de Videla, lo quiere siempre como infante de pantalones cortos. Por eso necesita que no le suelte la mano. Y si alguna duda tenía, para evacuarla estaban personajes tan jerarquizados como Pio Laghi, que lo acunaba para que pudiera dormir tranquilo.
Todo lo contrario al Mesías de la Biblia, que terminó torturado y crucificado. Más aún, quejándose por el abandono de Dios: “Eloí, Eloí, ¿lamá sabactaní?...¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mc.15, 34).
Por más ataque de misticismo que padezca al acercársele la hora inexorable, Videla no será perdonado ni por su dios. Porque según el catecismo más antiguo para merecerlo hace falta examinar la conciencia, reconocer la culpa, dolerse del pecado y proponerse enmendarlo. En vez de todo esto, el infante Videla optó por culpar a su dios, que según se deduce de sus propias palabras es el dios de la muerte. Nada que ver con el Dios de la Biblia que dice: “He venido para que tengan vida y vida en abundancia”. (Jn.10, 10).
* Director de la Revista Tiempo Latinoamericano. Querellante en la causa por el homicidio de monseñor Angelelli.
Fuente:Pagina12
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