05.07.2012
Entrevista a Doris, viuda del pintor, en el marco de la muestra Carpani todavía
“Carpani nunca dejó de militar, esa era su segunda naturaleza”
Una muestra en el Museo Evita ureúne pinturas, esculturas, dibujos y afiches realizados por el artista.
Su viuda recuerda su trayectoria, que siempre estuvo signada por la conjunción de lo estético y lo político.
Por:
Ivana Romero
Dice que prefiere posar adelante del retrato de Eva Perón. Pero que las fotos mucho no le gustan. Pero que claro que el fotógrafo puede hacer su trabajo tranquilo, que ella entiende de qué se trata. Vestida de oscuro y con un discreto collar de perlas, hay algo equívoco en la aparente fragilidad de esa mujer. Quizá no recuerde algunas fechas, como ella misma aclara antes de comenzar la entrevista. Pero sus palabras tienen la precisión de una línea sabia que, en conjunto, trazan un retrato del cual su marido estaría orgulloso. Cuando Doris Carpani habla de Ricardo, sus ojos claros no sólo brillan. Además se plantan en el marco de su rostro con una dignidad tan contundente que es como si el tiempo prefiriera retroceder. Y escuchar.
Doris participó el martes de la apertura de la muestra Carpani todavía que se inauguró en el Museo Evita (Lafinur 2988) y que reúne pinturas, esculturas, dibujos y afiches. También, fotos del artista que hizo del vínculo entre arte y política la razón de su obra. En el marco de la exposición se presentó además la reedición de sus tres libros: Arte y Revolución en América Latina (1961), La política en el arte (1962) y Arte y militancia (1975). Y el documental Carpani, vida y obra, dirigido por Doris y Jerónimo Carranza con el auspicio de la Fundación Carpani.
“El arte siempre cumple una función social: o al servicio de los sectores dominantes o al servicio de las nuevas fuerzas que van emergiendo dentro de la sociedad”, decía el artista que a fines de los ‘60 colaboró con la CGT de los Argentinos, luego de que se diluyera el mítico movimiento Espartaco –formado en 1959– que apostaba a la figuración mientras por ahí cerca Jorge Romero Brest consideraba que no, que el arte no estaba en la calle y ya ni siquiera en Europa sino más cerca de la Fundación Rockefeller en Nueva York. Por el contrario, la obra de Carpani –creador de una iconografía política tan personal y difundida que a esta altura puede considerarse clásica–, está íntimamente ligada a los conflictos sociales que atravesó el país. Una inquietud que lo acompañó hasta su muerte, en 1997.
–¿Cómo empezó el interés de Carpani por el arte?
-En su casa había un ambiente de gente que quería pintar. Pero no eran pintores. El padre era dentista. Tenía un consultorio con su instrumental y a un costado, un atril con tela. Cuando tenía tiempo, o cuando no había pacientes, él pintaba. Además, cuando era pequeño, Ricardo vivió con su abuelo, que era administrador del hipódromo. En la casa había hilos colgantes de los cuales pendían todos los cuadros que él pintaba. Pero lo que el abuelo hacía era copiar tarjetas. Tal es así que en la primera exposición que hizo Ricardo en el Palais de Glace, había un cuadro de su primerísima época, copia de tarjetas postales. Y una señora me aseguró “ese cuadro es mío”.
–¿Y su encuentro con Emilio Pettoruti?
–Ricardo trata de seguir Abogacía pero pierde interés y abandona la carrera. Va a trabajar a un banco y su ventana daba a una salida del puerto. Entonces entró en la fiebre de rajarse del país, como muchos jóvenes de su edad. Y se va a Francia. Allí conoce a otros pintores argentinos como Keneth Kemble. Se queda durante dos años, viajando a dedo por Europa. Ya estaba la idea de dibujar, de trabajar en una actividad plástica. Hay que ver sus primeros dibujos… eran increíbles. Él no tuvo dudas respecto del camino a seguir. Desde el principio fueron grandes dibujos, muy interesantes por su fuerza, por su línea pura, nada de garabatitos. Vuelve a la Argentina y una amiga le presenta a Pettoruti, que con su estilo cubista no tenía nada que ver con lo que hacía Ricardo. De todos modos, Pettoruti se dio cuenta de que había ahí un dibujante excepcional, algo que nadie le puede negar, ni siquiera sus peores enemigos. “Me encantaría que venga a trabajar conmigo pero dentro de dos años usted no va a estar haciendo esto sino otra cosa”, le avisó. Más tarde Ricardo dijo: “Se equivocó porque yo seguí haciendo lo mismo, desarrollando la línea del dibujo figurativo.”
–El Movimiento Espartaco dijo en uno de sus primeros manifiestos: “Es evidente que en nuestro país, a excepción de algunos valores aislados, no ha surgido hasta el momento una expresión plástica trascendente, definitoria de nuestra personalidad como pueblo. Los artistas no podemos permanecer indiferentes ante este hecho.” ¿Cuál fue el alcance de esa afirmación?
–La transformación del arte de ese tiempo. La prueba está en que Espartaco se llamó “movimiento”, no “grupo” como preferían autodefinirse otros artistas. En esa época con Juan Manuel Sánchez hablaban de la posibilidad de hacer una muestra y luego se sumó Mario Mollari, se sienten afines. La inauguran y un crítico de arte, Córdova Iturburu, hace una crítica maravillosa, que fue determinante. La muestra tuvo mucho éxito y ahí empezó a formarse el grupo Espartaco. Y ahí cada uno trajo a alguien más. Entre todos quisieron dar un viso político a esa inquietud sobre la posibilidad de ligar arte y política, que de alguna manera los expresaba. No existía una cosa así. La izquierda estaba mucho más centrada en el trabajo del grupo como agrupación política, no estética. En cambio acá había una necesidad de expresar algo políticamente pero con calidad. Con Pascual Di Bianco empezaron a ofrecerles murales a los sindicatos. Pero a los sindicatos antes de ofrecerles arte había que enamorarlos. Ahí encontraron algunos frenos importantes. A veces tenían que poner ellos mismos los materiales y no tenían mucho dinero. Así que parte de la obra de los dos en ese tiempo tenía colores afines porque Ricardo terminaba de pintar un cuadro, juntaba la pintura y con eso empezaba a pintar el otro. Pero siguieron apostando por los grandes formatos, de más de un metro de largo. Durante un viaje a Europa conseguí un proyector, muy barato. Él nunca trabajó directamente sobre la tela sino a través de bocetos. Entonces yo le ampliaba el boceto y se lo llevaba a la tela.
–Usted ha comentado que el exilio europeo de ambos en los setenta no empezó como tal…
–A Ricardo lo habían invitado a hacer una exposición en 1975. Íbamos a hacer un viaje corto a España y nada más. Pero después, cuando estábamos allá, nos mandaron a decir que ni se nos ocurriera volver porque Ricardo estaba en las listas de gente que tenían que desaparecer. Eso que iban a ser unas semanas se convirtieron en diez años fuera del país.
–El país al que retornan es un país arrasado.
–Claro, nada que ver con lo que habíamos dejado. El retorno fue muy duro luego de diez años de ausencia. Además, Ricardo tuvo muchas dificultades para volver a vender obras y ser parte de los artistas que exhibían por su claro compromiso político. Pero Carpani nunca desaparece. Es como que ese tesón que él puso por mantener su trabajo a pesar de todos los inconvenientes que hubo durante tanto tiempo lo hizo resurgir entonces tanto como lo ha hecho resurgir ahora. También la militancia lo mantenía vivo. No la militancia partidaria, pero sí la militancia política, que expresaba con su obra. Él nunca dejó de militar. Esa era su segunda naturaleza. Instancias como la CGT de los Argentinos le permitieron militar sin estar en un partido político, sin entrar en ese mundo que funciona de otra manera.
–¿El arte era para él un modo de vincularse con el mundo?
–Absolutamente. Tenía una sensibilidad muy personal. Disentíamos muchas veces en muchas cosas y discutíamos largamente. No sólo entre nosotros. Teníamos la costumbre de invitar a gente conocida y amigos a cenar y nunca se abandonaba la discusión. El arte era para él un modo de contar en qué creía. Aun cuando se enfermó siguió pintando. Yo lo recuerdo pintando su último cuadro.
–¿Y cómo lo recuerda?
–(Hace silencio) Eso no lo voy a poder contestar.
Fuente:TiempoArgentino

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