1 de julio de 2012

LA CAÍDA DEL HALCÓN NEGRO.

La caída del halcón negro 
Año 5. Edición número 215. Domingo 1 de julio de 2012 
Por Raúl Arcomano 
rarcomano@miradasalsur.com 
Detuvieron a Carlos Martínez, ex jefe de Inteligencia del Ejército y de la Side en los peores años de la dictadura. Está acusado de un millar de crímenes. El caso Alberte. 


Y un día el halcón negro cayó: Carlos Alberto Martínez, uno de los principales arquitectos del plan represivo de la última dictadura, fue detenido el viernes por orden del juez federal Daniel Rafecas, a cargo de la causa que investiga los crímenes cometidos bajo la jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército. 


Tal como informó la semana pasada Miradas al Sur, Rafecas ya había dictaminado allanar dos domicilios de Martínez en San Miguel. También el de Alfredo Sotera, su segundo en el Estado Mayor y luego jefe del Destacamento de Inteligencia 121, en Rosario. 


Están imputados por delitos de lesa humanidad por más de un millar de desapariciones y crímenes cometidos en una docena de centros clandestinos de detención. Como el del Bernardo Alberte, ex edecán y delegado personal de Juan Perón, que fue asesinado en la madrugada del 24 de marzo de 1976. 


Martínez tiene 84 años. Pasó más de treinta y cinco años sin dar ninguna explicación. Denuncias en su contra había, claro: fue una de las figuras centrales de la represión. Primero comandó el temido Batallon 601 de Ejército. 


Desde 1978 a 1983, fue mandamás de la Secretaria de Inteligencia del Estado (Side). Su detención la venían reclamando la fiscalía a cargo de los juicios orales del Primer Cuerpo; el abogado Pablo Llonto, querellante en esa causa, y la familia de Alberte. El viernes Rafecas tomó la decisión luego de analizar la documentación y los partes de inteligencia que se secuestraron en los allanamientos. 


El ex militar fue apresado en su casa y lo llevaron a los tribunales federales de Retiro. Se negó a declarar. El juez dispuso su prisión domiciliaria. Además del crimen de Alberte, se le atribuye el secuestro y desaparición del intendente de Marcos Paz en 1976, Oscar Felipe Sánchez, y otras seis personas. 


También el secuestro de un grupo de profesionales y empleados pertenecientes a la Comisión Nacional de Energía Atómica. Estos crímenes, y otros cientos, forman parte de la investigación de la megacausa del Primer Cuerpo del Ejército. 


Para Rafecas, Martínez participó en el “plan sistemático de represión implementado luego del procesamiento de la información obtenida en los interrogatorios mediante la tortura a detenidos, la infiltración, el análisis de la documentación y demás material capturado en los procedimientos de detención ilegal”. 


Con ese cúmulo de información, y bajo el mando de Martínez, se realizaba la llamada “apreciación de inteligencia” y determinación de “blancos”, que guiarían las acciones a seguir del plan represivo. El pelo fino que nacía de su nuca había dado origen a su sobrenombre: Pelusa. En las pocas imágenes que hay de Martínez, se ve su perfil: alto y flaco, de pelo renegrido y de ojos inexpresivos. 


Desde su cargo de jefe de Inteligencia del Ejército tuvo una estrecha relación con Jorge Rafael Videla. Fue un hombre de su confianza, un soldado fiel. Aún desde antes de quebrar el orden constitucional, en 1976, jefe y subordinado mantenían un ritual cotidiano: la revisión diaria de los partes de inteligencia que Martínez traía cada mañana. Al calor del poder, Martínez se transformó en uno los arquitectos del golpe y de la diagramación del aparato represivo del Ejército. 


Es que también estuvo al frente, con grado de general, del Batallón 601 de Inteligencia. El número 601 significa que dependía directamente del Estado Mayor. Y del 601 dependían, además, todas las áreas de Inteligencia del Ejército de todo el país. Es decir: llegaba toda la información de los interrogatorios. 


A Martínez se le atribuye, entonces, haber diseñado junto con Roberto Viola los planes de ejecución del genocidio y luego la Operación Centroamérica, de exportación del terrorismo de Estado. Hasta llegó a representar a las Fuerzas Armadas en cónclaves secretos del Plan Cóndor en Santiago de Chile. 


Es decir que no sólo ejecutó la represión local. También participó del Plan Cóndor y del adiestramiento de militares en Centroamérica. Fue, como muchos de los jefes militares de la última dictadura, un aplicado alumno de la Escuela de las Américas. También pasó como delegado ante la Junta Interamericana de Defensa, el organismo encargado de fijar las estrategias anticomunistas en la región. 


Allí cultivó buenos contactos con militares de los Estados Unidos y de otros países. En 1978 Martínez pasó a ser el Señor Cinco, el jefe de la Side. Llegó para suplantar al general Otto Paladino, uno de los fundadores de la Triple A y “creador” de Automotores Orletti. 


Tras la guerra de Malvinas, en 1982, pasó a ser jefe de operaciones del Estado Mayor de la fuerza. En 1989, durante el menemato, fue rescatado del ostracismo. El entonces titular de la Side, Juan Bautista Tata Yofre, lo designó jefe de la Escuela de Inteligencia de la Side. 


Martínez renunció a la Side cuando quien dirigía era Hugo Anzorreguy. El ex militar estaba enojado: los indultos decretados por el presidente riojano no habían sido tantos como él pretendía.
Fuente:MiradasalSur

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