Lo que dejó la ONU, un Río – 20 (*)
Era una sospecha, sin embargo el tiempo venía para irse. Luego, era más que una sospecha, y la incertidumbre se iba desdibujando, para empezar a ventilar certeza. Esta pasó a ser una confirmación, que parecía increíble: la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible de Rìo + 20 de los días 20 a 22 junio de 2012, se había convertido en Río – 20. Los ecos de las conferencias de Estocolmo de 1972 y la sustancial e importantísima de Río 92´ quedaban enmudecidas. ¿Será el eterno retorno nietzscheano de volver a antes de 1992? o ¿será la repeticencia excepcional hegeliana de la historia?, o peor, ¿será el avance regresivo de la humanidad en la historia catástrofe de Benjamín?. Las respuestas son más complejas que la certidumbre de nuestro desencanto. Desde la Cátedra del Agua de la Facultad de Ciencia Política y RR.II. (UNR) hemos elaborado respuestas y diferenciaciones aproximadas a lo antes dicho, aprovechando asimismo que hemos tenido la oportunidad de disertar e intervenir en la Cumbre de los Pueblos, como así también en la Conferencia de Naciones Unidas, ambas acontecieron simultáneamente en el proceso de Río. Todo ello nos permitió realizar un análisis desde la interioridad, la exterioridad y comparar ambos acontecimientos.
Podemos decir, entre otras cuestiones que la Cumbre de los Pueblos por la Justicia Social y Ambiental, fue un espacio que hizo de Río, un + 20. Fue un ámbito altamente positivo, creativo, innovador, autoral y profundamente democrático y diverso. Un lugar de la sociedad civil mundial: la suma del conocimiento académico y popular. Saberes insurgentes y desafiantes, con la transformación como norte y la generosidad, la justicia social y ambiental como base. Su documento final es una defensa de los bienes comunes en contra de la comercialización de la vida que propone la “economía verde” de la ONU. También promueve los bienes comunes y una nueva ética sustentable sobre el consumo y con respecto a la naturaleza. En definitiva propone una nueva cultura, del vivir bien con la naturaleza y defender los derechos humanos y sociales y lograr vivir más allá del mercado. La vida no es una mercancía. Propone, asimismo, como una de las medidas para enfrentar la crisis del sistema financiero, la asociación pública-pública. Esto es que la responsabilidad estatal es fundamental, no es reemplazable ni es subsidiaria a la actividad privada. Y, que el acceso a los bienes comunes, los derechos humanos y sociales y el “vivir bien” con el ambiente, deben ser asegurados y garantizados por el estado público. También demanda un nuevo paradigma de la producción, distribución y consumo de productos. Como así también una estructura tributaria equitativa, progresista y democrática. Todos estos tópicos estarían imbuidos transversalmente por la justicia social y ambiental. Plantea que se aplique tasas impositivas a las transacciones financieras internacionales para solventar proyectos que hagan a la promoción del “vivir bien” de toda la comunidad. El bien común es para todos y cada uno, para la sociedad y la naturaleza. La “economía verde”, es beneficio para pocos y mal vivir para todos. La cuantificación y utilidad que la “economía verde” quiere realizar de la naturaleza, ya sea con los mercados de carbono, de la biodiversidad y de los servicios ambientales, entre otros instrumentos financieros, resultan ser la privatización absoluta de la vida. Y, la vida pertenece al bien común, no al mercado.
Sabemos ahora que en la Conferencia de la ONU, se dieron citas la mezquina mediocridad, la crisis financiera de Europa y Estados Unidos y la necesidad de nuevos mercados para los países centrales. Fueron los temas que influyeron y se impusieron directa e indirectamente. Ello sucedió, no obstante los esfuerzos de algunos países. La reunión estaba también sesgada por otras conferencias fracasadas como las realizadas por el problema del cambio climático en el proceso post Kyoto. Así ocurrió en Copenhague en el 2009, Cancún en el 2010 y la tendencia siguió en Durban en el 2011, no obstante el esfuerzo titánico pero con resultados raquíticos, de presentar un acuerdo de compromiso de analizar la mitigación climática en el 2015 para asumir compromisos firmes en el 2020. Como podemos ver un resultado muy escaso, de una nimiedad que demanda un gran esfuerzo para que lo podamos visualizar. Mientras tanto Estados Unidos y China siguen emitiendo respectivamente, 5.800 y 6.700 millones de toneladas de dióxido de carbono. Esta tendencia de no resultados serios. Esta incapacidad de Naciones Unidas de pensar en la vida, también se volvió a repetir en la Conferencia sobre el Desarrollo Sustentable (ONU), desde el inicio mostró todo el proceso: un gran escenario para los nuevos mercados de la “economía verde” y abrir las puertas a la inversión privada, en una asociación pública-privada. Paradigma que fracasó rotundamente en la década de los 90´. Los autores del fracaso neoliberal, ahora nos prometen soluciones. El documento de la ONU, se tituló como “El futuro que queremos” pero ¿no tendría que haberse llamado “El futuro que vendemos”?. Bueno, no seamos tan escépticos. El documento fue acordado por 193 países participantes, estando presentes más de 100 presidentes y jefes de gobierno. Consta de 265 parágrafos. Nunca se ha leído un texto inundado de tantos lugares comunes, es más, de vocablos tales como: reconocemos, afirmamos y reafirmamos. Un tsunami de palabras para no comprometerse para el futuro, como tendría que haber sido con plazos y metas ciertas y concretas frente a la falta de acceso al agua y saneamiento como derecho humano esencial, también frente al hambre y la injusticia social y ambiental. Las Naciones Unidas propusieron clara e inequívocamente a la “economía verde”, como salida a la crisis y que ésta es la que salvaría la dicotomía crecimiento económico y ambiente.. Es decir, el documento propone la mercantilización de la vida.
El planteo de la ONU resultó ser un expansivo fracaso. El documento además de descomprometido y ambiguo, fue a su vez direccionado claramente a los espacios económicos de la “economía verde”. Este acontecimiento estaba muerto antes de nacer. Es una herida grave a un organismo que pretende ser multilateral. En verdad deja al desnudo como la mundialidad termina sometiéndose a la agenda de los países desarrollados en crisis. Con esto se señaliza la incapacidad que tiene para resolver los problemas de la vida en el planeta. Pero, es la única herramienta mundial que tenemos, así que es necesario que con la energía, democracia, innovación y creatividad que ha planteado la Cumbre de los Pueblos (conferencia paralela a la de la ONU), podamos participar, inisistir y organizarnos desde la sociedad civil mundial para lograr la justicia social y ambiental.
La ONU deja así, entre otras cuestiones, sin respuestas ni propuestas a 1.500 millones de personas sin acceso al agua y a 2.600 millones sin saneamiento, todo un derecho humano esencial sin lograr su cumplimiento. Deja también sin respuestas a la catástrofe de que un niño muera cada tres minutos por no consumir agua buena, también de que mil millones estén en extrema pobreza, de que haya tres mil millones de pobres y que una cada 7 personas esté mal nutrida. Naciones Unidas dejó también silencio, frente a los 200 mil millones de dólares que se necesitarían hasta el 2015 para reducir a la mitad a las personas sin agua y saneamiento. No hubo respuestas tampoco a las dos mil millones personas sin acceso a la electricidad. El año 2050 reclamará lo suyo, cuando 9 mil millones de personas habiten la Tierra y casi más del 70% se encuentren en las ciudades.
Aturde la plenitud del silencio, no sólo por el vacío sino también por la falta de compromiso de la ONU y la lejanía divorcial con la Conferencia de Río 92´ y las Decisiones de Johannesburgo del 2002 . Con este panorama, parecieran de otra vida, los Principios de Río y la Agenda 21.
El documento del Pabellón Azul (Agua) sobre el agua y saneamiento de la Cumbre de los Pueblos, marcó científica y popularmente un gran camino téorico y práctico para la justicia social y ambiental. Fue toda una respuesta a las famélicas y escasas ideas de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sustentable. El Pabellón Azul era un ámbito de diversos saberes técnicos (universidades) y no académicos. Participando también instituciones, con la intervención de intelectuales internacionales, de dirigentes y referentes sindicales del mundo vinculados al tema y desde ya muchos organismos no gubernamentales del mundo y comunidades originarias. Todos ellos se dieron cita allí, especialistas junto a no especialistas. La experticia sistemática junto al conocimiento sedimentario. Era un lugar de saberes a compartir, de libertad, creación y transformación. Un escenario insolente, autoral, plebeyo e insurgente. Como corresponde a un sitio que produce conocimientos para la transformación. Y, así golpea a nuestra memoria ejemplos locales históricos que hicieron y produjeron nuevos conocimientos como fue la Reforma Universitaria y la revisión de los contratos agrarios con la participación ciudadana en el Grito de Alcorta. Ambos fenómenos atravesados por la democracia, el conocimiento, la movilización y energía popular y la justicia social.
En el marco de la Cátedra del Agua de la Facultad de Ciencia Política y RR.II. de la UNR, pudimos disertar y presentar el Pacto Público del Agua, junto a otros referentes. Se presentó también la red RAMPEDRE, de la que formamos parte, y que se trata de una red on line de información, difusión y movilización sobre el acceso al derecho humano al agua y saneamiento. También entre todos los actores elaboramos un documento para presentar.
Nuestro documento recepciona el espíritu de los bienes comunes, en alteridad y rechazo a la “economía verde”.
El bien público, el bien común, es aquel bien para todos y cada uno en forma simultánea. Está fuera del mercado. No es comerciable, tiene valor pero no precio. No es una mercancía y no es objeto de plusvalización alguna. Los bienes comunes como el agua, el aire, la tierra, los bosques, la salud, la educación, el conocimiento y el tiempo, entre otros, pertenecen a todos y a cada uno. Son bienes comunes universales y en el agua y el saneamiento está subrayado como derecho humano esencial. Hemos planteado la necesariedad de una Autoridad Mundial del Agua en el marco de la ONU, para que mediante funciones preventoras y de solidaridad y cooperación se eviten conflictos entre naciones y entre individuos y países por el agua y saneamiento. Creemos que resulta necesario un Tribunal Internacional del Agua, para resolver conflictos. También hemos manifestado que se instituya el 28 de julio Día Mundial del Derecho al Agua y Saneamiento (en homenaje a que el 28 de Julio de 2010 declaró la ONU, el agua y saneamiento como derecho humano esencial) y se deje sin efecto el 22 de marzo. Así también que el 31 de octubre se constituya como Día Mundial del Agua. En definitiva estamos sosteniendo un pacto de cambio social y justicia, donde se cambie la lógica depredadora, por ende injusta de acumulación y distribución de la riqueza y del inequitativo consumismo. Donde hay consumismo alguien se queda sin comer. Nuestro planteo, de suyo, confronta contra la pretendida y encubierta mercantilización de la vida que sostiene la “economía verde”. Nuestra visión mundial tiene que tener un actuar local sustentable y estaría dado por dos actividades: el agua pública, libre y gratuita en las plazas y que el agua llegue a todos los barrios siempre, y más en el verano.Terminando podemos decir que la ONU, nos dejó un Río-20. Pero quién puso agua para que no se secara, fue la Cumbre de los Pueblos y el Pabellón Azul.
(*) Prof. Aníbal Ignacio Faccendini- Disertante en Río + 20
Director y profesor CATEDRA DEL AGUA FACULTAD C.POLITICA y RR.II.-UNR
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