17 de febrero de 2013

DEBATES AL SUR.

Debates al sur 
Año 6. Edición número 248. Domingo 17 de febrero de 2013
Por Francisco Balázs y Miguel Russo
politica@miradasalsur.com

(FOTOS: ENRIQUE GARCÍA MEDINA)
Con esta nota se inicia una serie de debates dispuestos a confrontar ideas, argumentos, planes de gobierno, y las diferencias de matices que separan a las fuerzas políticas y sociales entre oposición y gobierno, y la oposición entre sí.

Fernando Chino Navarro es diputado de la provincia de Buenos Aires por el Frente para la Victoria y referente del Movimiento Evita. Carlos Gabetta es periodista, militante socialista y fue director de El Periodista y Le Monde Diplomatique edición Cono Sur. Navarro apoya el proyecto kirchnerista, Gabetta es crítico. Los dos abordaron sin ningún tipo de problemas una agenda abierta para discutir puntos enfrentados de analizar la realidad. Y no dejaron tema sin tratar, muchas veces sin necesidad de preguntas ni introducciones. El resultado fue una charla densa y rica que tuvo sus momentos álgidos y sus toques de humor.


–Hay una ausencia de debate político o una reducción de lo ideológico a un cruce de chicanas entre oficialismo y oposición. ¿Ustedes creen que hay una confrontación entre proyectos de país?
Fernando Navarro: –Quizás no con claridad, en muchas ocasiones con chicanas, pero creo que por primera vez en mucho tiempo se está discutiendo. A partir del 25 de mayo de 2003, la acción del Gobierno generó políticas que tienen que ver con un modelo de nación. Algunos pueden ser críticos, otros podemos estar contentos más allá de ser conscientes de lo que falta, pero se discute el rol del Estado, la defensa del mercado interno, la cuestión de los trabajadores sin salario. Dentro del campo nacional hay divisiones, rupturas, fragmentaciones, pero en algunos aspectos comparten la política del Gobierno y exigen más. Después, están quienes, como Paolo Rocca, plantean el problema de que la economía argentina no es competitiva porque los salarios son muy altos. Creo que allí hay un debate político e ideológico respecto de qué Nación queremos.


Carlos Gabetta: –Una de las claves está en eso que dijo el Chino: que por momentos no es claro el debate o no tiene nivel. Yo creo que casi nunca es claro, ni tiene nivel. Desde la crisis de 2001, cuando este país se fue al fondo económica, financiera y políticamente, se debate. El problema es qué se debate y cuál es la legitimidad de quien debate. Apoyé lo que hizo Néstor Kirchner, que fue mucho, considerando las condiciones en las que asumió; el “paquete” con que se encontró. La renegociación con los bonistas privados, aunque se le puedan encontrar defectos, o la reestructuración de la Corte Suprema, fueron cosas de alto valor. Ese primer momento del kirchnerismo significó un cambio enorme en la manera de hacer política. Pero eso pronto se desdibujó. Por ejemplo, el abandono de la transversalidad. Y se empezaron a hacer cosas de la vieja política: las candidaturas “testimoniales”, las “colectoras”... Es decir, que volvimos a lo de siempre. En el debate actual, casi nadie tiene en cuenta que nuestros problemas vienen de lejos. No es un problema del kirchnerismo o del peronismo. Hemos sufrido muchos golpes de Estado durante el siglo XX, alternativamente apoyados por radicales, socialistas, comunistas y peronistas, por no hablar del conjunto de la sociedad. También fuimos el país más igualitario de América latina a lo largo de casi todo ese siglo, sobre todo a partir del primer peronismo, que incorporó a grandes sectores marginados de la política y el consumo. Pero el primer peronismo, al igual que el kirchnerismo ahora, se precipitó en el populismo, en el clientelismo: en el ’54, la provincia de La Pampa se llamaba Eva Perón; la del Chaco, Presidente Perón; la ciudad de La Plata, Eva Perón; el estadio de Racing se llamaba Presidente Perón. El peronismo incendió el Jockey Club, la Casa del Pueblo socialista y algunas iglesias... Cuando desde el poder se hacen esas cosas, se generan del otro lado reacciones también cobardes, repudiables, como lo que le pasó a Axel Kicillof en el Buquebús. Kicillof es uno de los personajes del Gobierno menos cuestionables. Para eso están Jaime, Schiavi, Boudou. O sea, repudiable lo de Kicillof. Pero antes, la Presidenta de la República había escrachado por cadena nacional a un agente inmobiliario porque éste había dicho que ese sector andaba mal. Nuestro país es así desde hace mucho tiempo. En esa cultura de la agresión, maquiavélica, es difícil establecer un debate de nivel.


–Si se le pone o no se le pone a una cancha o una avenida o una provincia el nombre de Eva Perón o de Elisa Carrió no debería formar parte de un debate ideológico. Discutir ideología es que la sociedad en su conjunto reciba un mensaje claro de qué quiere hacer cada grupo político con el Estado. Ese debate no se lo ve reflejado en los medios de comunicación.
F. N.: –Es que en el país se debatió siempre como se pudo. En sordina y con mucho miedo durante la dictadura. En democracia también: no es lo mismo el debate en la primavera alfonsinista que el de la llegada de Menem. Ni el debate de los ’90, cuando decían que la ideología había muerto. La incorporación central que hace Néstor Kirchner y continua Cristina es que colocan a la política frente a los grupos económicos, no hay una subordinación de la política a los grupos económicos, como sí ocurría a partir de Menem. Cuando se analiza la gestión de Alfonsín hay más cuestiones positivas que negativas: el juicio a las Juntas, en el marco de la teoría de los dos demonios, pero juicio al fin. Claro, después su propia base social y la propia limitación de aquel radicalismo hicieron que terminara en el Plan Austral, en Semana Santa, en las leyes de obediencia debida y punto final. Pero no olvidemos que Alfonsín es echado por los grupos económicos, que le dijeron a Menem que allanara su programa o le iba a pasar lo mismo. A partir de ahí, la política claudica. Se podía discutir cómo administrar la crisis y cómo hacer un frente más duro a los grupos económicos pero nadie osaba a discutir que los grupos económicos conducían. En la campaña del ’95 nadie discutía el plan de convertibilidad, la exclusión del Estado o las privatizaciones. De la Rúa gana con el programa de Menem, la subordinación a los grupos económicos la determina el hecho de que Cavallo fue ministro de ambas etapas. Duhalde devalúa y genera más pobreza que la convertibilidad. Quien llega y desafía esa lógica es Néstor Kirchner, con un magro 22%, y fue construyendo en torno de una democracia –que es liberal, en el buen sentido– un poder que le permitió avanzar pero no romper con todos los componentes de los grupos económicos que condicionaban y trataban de conducir el destino de la Argentina. Néstor Kirchner ya no le preguntó a la Sociedad Rural a quién ponía a cargo del área agrícola, ni a la Iglesia quién iba en Educación, ni a las Fuerzas Armadas para designar al ministro de Defensa. Sin embargo, eso no nos permitió tomar la distancia necesaria con Clarín. Se nos cuestiona a nosotros, y con razón, que había un acuerdo del Gobierno con lo que era Clarín en su momento. La ruptura se refleja claramente con la 125. Esa es una ruptura política e ideológica. A partir de allí hasta hoy, lo que está en juego es si sigue conduciendo la política como pueblo, con sus matices, con su reinserción, o gobiernan los grupos económicos. Yo creo que ese debate, aunque esté lleno de chicanas, es mucho más rico que lo que ve Carlos. Uno habla en la esquina, en la calle, en la sobremesa y encuentra separaciones tajantes. Estamos buscando construir un consenso a partir de diferencias respecto del rol del Estado. Respecto a la transversalidad, si hay una expresión diversa en el componente político argentino, ése es el kirchnerismo, como siempre ocurre en el peronismo.


–La cuestión de la frustración de la transversalidad que planteaba Gabetta refiere a que muchos sectores que provenían de la izquierda se alejaran. ¿Hubo un parteaguas o es una cuestión de formas?
C. G.: –En la política, como en la vida personal, no sólo hay que ser, sino también parecer, sobre todo cuando se gobierna. Yo no creo que este gobierno esté enfrentado a los grupos económicos. Es un gobierno clientelista, que por lo tanto necesita dinero. Esto quedó demostrado con la 125. En nuestro país, el dinero está en el campo. Para el peronismo, el sitio donde “hacer caja”. No hay dudas de que el sector agropecuario debería ser gravado muy fuertemente, como en cualquier país moderno. Pero ¿por qué la 125 y no una reforma tributaria integral? Con la 125 se intentó gravar a un sector productivo mientras se subvencionaba el juego y a empresas ineficaces y corruptas, como la del ferrocarril que provocó la tragedia de plaza Once. Más de lo mismo con la ley de medios, que yo apoyé públicamente. Hace falta una ley antimonopólica. Ahora bien: ¿ponemos en su lugar al monopolio Clarín y armamos el monopolio Cristóbal López? ¿Utilizamos la cadena nacional como la utiliza este gobierno para cualquier cosa y en cualquier circunstancia? Hemos vuelto a lo de siempre. El peronismo nos mostró desde 1945 muchas caras, algunas espantosas, como la “Triple A”. Todas las “caras” peronistas acabaron en crisis económicas. El control de precios actual no va a funcionar, porque no responde a un plan económico integral; del mismo modo que no funcionó la 125 porque no era una reforma tributaria integral, que es lo que este país necesita. No hay un plan económico integral. Lo mismo en política. ¿Cuál es la política de alianzas de este gobierno? Fijémonos en el caso del Frente Amplio Progresista: si hay alguien que es cauteloso, prudente, en relación a este gobierno es el FAP, en particular Hermes Binner. Pero aparece un jefe de policía en la provincia de Santa Fe implicado en el narcotráfico y el diputado Larroque acusa de “narcosocialista” al gobierno santafesino. Nadie del Gobierno le dijo a Larroque que eso fue un despropósito, un disparate. Hace un año fue capturado en Barcelona un avión que llevaba mil kilos de cocaína, que habían sido cargados en la base aérea de Morón, gestionada por la Fuerza Aérea y el Gobierno Nacional, según un decreto de Cristina Fernández. ¿Qué hubiera pasado si la oposición hubiese acusado de “narcogobierno” a Cristina cuando eso ocurrió? En nuestro país, Gobierno y oposición, tenemos un problema que viene de muy lejos y que es muy grave: nuestra sociedad esta altamente mafistizada...


–¿Hecha mafia?
C. G.:–Sí, mafia. Nuestra sociedad es así. Y el buen ejemplo no viene desde arriba, como debería ser. Las acusaciones de Larroque a Binner o a Bonfatti; la Presidenta usando la cadena nacional para mandarle la AFIP a un agente inmobiliario. ¡Y después nos quejamos de que la gente escracha a Kicillof! Ese tipo de escrache es una cobardía, además de una estupidez. Tenemos que empezar a cambiar de estilo. Las formas son importantes cuando se ha llegado a este nivel de enfrentamiento. Alguien tiene que empezar a ponerse serio. Y si ese ejemplo no viene desde arriba, difícilmente va a cambiar la cuestión en la base social.


F. N.: –Cuando se hace una caracterización del peronismo, creo que deberíamos hablar también del componente antiperonista en el país.


C. G.:–Claro, pero el componente peronista es mayoritario.


F. N.: –No sé si es mayoritario, creo que cada vez existe menos esa mayoría peronista. Si no hubiera transversalidad, Cristina no hubiera tenido el 54% de los votos. El peronismo hoy no es más del 40%. La mayoría de los argentinos son independientes en términos de identificación partidaria. Yo estoy cerca del último planteo de Carlos, cuando habla de que somos una sociedad compleja. Él habla de mafias en sentido general, estructuralmente ligadas a la ventaja, o a la corrupción, muy violenta, como sociedad. Invito a cualquiera a que vaya a la platea de una cancha de fútbol al voleo. Tipos con una buena formación se transforman. Yo vi personas en Aeroparque trompearse por ver quién agarra primero la valija del circulador. Obviamente, la región y el mundo están más violentos, la región está más violenta, y otras cuestiones, no es un tema exclusivo nuestro. Pero también creo que para entender lo que nos pasa en las conducciones y en las clases de dirigentes, tenemos que entender de dónde venimos. Claro que tienen que venir ejemplos de arriba hacia abajo, pero es una construcción de doble vía. No es lo mismo la cadena nacional que lo de Kicillof, no es lo mismo lo que dijo el Cuervo Larroque que la 125. La oposición, salvo excepciones, no ejerce una oposición genuina porque está subordinada a los grupos económicos. El problema acá es la puja de los grupos económicos contra un gobierno que, con acierto y error, va hacia adelante, afectando sus intereses y dejándolos al descubierto de cara a la sociedad. La 125 fue el primer debate serio que se dio desde 1983, donde vi con claridad lo que era discutir. Se hablaba de poder, de privilegios, de intereses: ahí se vio claramente lo que estaba en juego, cuando no un representante de Cargill ni de la Sociedad Rural, sino un chacarero decía con bronca “no me toques la mía”. Ese “mía” era una acción del Estado para redistribuir, y perdimos. Estoy de acuerdo con que tiene que haber una reforma tributaria, pero debe haber una correlación de fuerzas adecuada para poder llevarla adelante. Perdimos con diputados y senadores que entraron con no­sotros en la boleta. Eso tiene que ver con los errores que cometimos en la construcción del instrumento político. Los ’90 fueron terribles para nosotros porque nos construyeron un individuo que teníamos adentro y lo potenciaron y el “sálvese quien pueda” fue una acción de vida. En este esquema, Cristina, el año pasado recupera YPF, modifica la Carta Orgánica del Banco Central, regula el mercado de valores, lleva adelante la iniciativa de Procrear, dispone que el sector financiero destine parte de los depósitos para pequeñas y medianas empresas para préstamos a una tasa más baja que la del mercado. Es una medida muy importante. ¿Falta más? Claro, pero cuando uno avanza más, aparecen esos grupos económicos y la mayoría de las fuerzas políticas de la oposición, salvo excepciones, y la mayoría de los actores de la vida pública actúan en función al discurso de los grupos económicos, y eso es un debate político e ideológico. Clarín chicanea desde TN, desde Radio Mitre; La Nación lo mismo. Pero cuando uno lee y analiza entre líneas las notas de fondo, comprende que son bajadas políticas e ideológicas. Y nosotros contestamos dentro de nuestra realidad y nuestras limitaciones. Nos falta mucho, hay muchísimas cuestiones por corregir, seguramente la transversalidad se expresó en voto y la podríamos haber expresado en estructura y en organizaciones, pero yo les pregunto con todo respeto a muchos compañeros que se han ido cuestionando algunas cosas que yo tampoco compartí: ¿dónde van a construir esa Argentina que plantean? ¿Con quién, con Magnetto, con la Sociedad Rural, con el radicalismo de Aguad y Sanz? Yo tengo afecto por Ricardo Alfonsín, además del respeto que tengo por el padre. Me parece una buena persona, pero terminó con De Narváez. Falta mucho, vamos a retroceder y nos vamos a seguir equivocando, pero confiamos en un sujeto que es el pueblo, que nos empuja, que nos corrige. No es que nosotros construimos el mejor instrumento político y tenemos referencias. Al contrario, al kirchnerismo, muerto Néstor y con Cristina sin posibilidad de reelegir, no le sobran candidatos para la continuidad. ¿En qué confiamos ante esas ausencias? En la política, en la militancia y en la movilización popular.


–Navarro dio cuatro o cinco ejemplos de gestión de Cristina durante 2012. Desde la oposición, ¿no hay a veces una exagerada falta de reconocimiento ante cosas que en algún momento la misma oposición postuló como objetivos?
C. G.:–Habría que establecer diferencias en la oposición. La derecha, para abreviar, se opone a todas aquellas cosas que le afectan el bolsillo. La izquierda, por su parte, podría decirse que está en formación. Por ejemplo el Partido Socialista, en el que milito, hace base en una honrada y muy exitosa gestión en la ciudad de Rosario durante 20 años. Lo mismo en la provincia de Santa Fe, durante una gobernación y media. Dicho esto, creo que el Partido Socialista Argentino no tiene una propuesta, un programa concreto para transformar las cosas en el país. Lo está construyendo tenazmente, pero todavía no lo tiene, del mismo modo que no lo tiene el oficialismo. Lo que pasa es que el oficialismo lo está demostrando desde el gobierno. El Chino mencionó el ataque a determinados sectores económicos. Una de las cosas más positivas que hizo el kirchnerismo fue sacarles los fondos de jubilación a las AFJP y devolverlos a la Anses. Diez puntos como iniciativa; incuestionable. Pero, ¿qué pasa hoy con los fondos de la Anses? Hay una sentencia de la Corte Suprema, que ordena pagarles el 82% móvil a todos los jubilados, que el Gobierno no respeta. Y no la respeta porque está utilizando los fondos para otras cosas. No digo que necesariamente sean todas cosas negativas, pero de esos fondos se entregaron casi mil millones de pesos a Hebe de Bonafini, que no tiene ningún antecedente en la construcción de viviendas y tenía como socio a un señor que había asesinado a sus padres. Y allí tenemos el resultado: una estafa. Seguimos siendo un país muy poco serio. En este país hace falta una ley de reforma fiscal integral; una nueva ley de asociaciones profesionales que acabe con la mafistización sindical; hay que auditar y reformar un Estado enorme, costoso e ineficaz, que, entre otras cosas, le paga en negro a mucha gente. La Presidenta tendría que utilizar la cadena nacional para hablarle a la gente de esas cosas. Esa es la manera de empezar a cambiar. La política de derechos humanos del Gobierno es correctísima, pero Cristina se pasea con el sindicalista Gerardo Martínez, de quien se sabe que fue un agente de los servicios que probablemente mandó a muchos trabajadores a la muerte. Entonces, ¿cómo hace uno para enterarse por dónde ir si desde arriba recibe todas esas señales totalmente contradictorias? A eso me refiero. Yo escribí editoriales en Le Monde Diplomatique, durante la primera campaña de Cristina, que parecían los de un peronista más. En uno empezaba por citar una frase de un poeta francés del siglo XVII, que dice “lo que está bien concebido se expresa claramente y las palabras para decirlo acuden fácilmente”. Lo decía porque Cristina tenía entonces ideas y proposiciones claras, y no sólo de alta política. Hablaba de “no pasar el semáforo en rojo”, de entender que el amarillo es para frenar y no para acelerar. Estas cosas parecen tonterías, pero en nuestra sociedad no lo son. Si mañana Cristina volviera a ese camino, pero en los hechos, me hago cristinista en dos segundos. Si no empezamos por ahí esto va a seguir dando vueltas. En términos económicos, creo que vamos hacia un nuevo “Rodrigazo”. Si Cristina logra evitarlo, lo tendrá que hacer quien la suceda. No hay un plan integral, un proyecto. En el mejor de los casos, se hace lo que se puede.


F. N.: –Cosas puntuales para que no se pasen. Cuando el Cuervo Larroque dice narcosocialistas, a muchos les sonó fea la frase, a mí no me gustó, pero no le di la dramaticidad que le dieron Clarín, La Nación y muchos sectores de la oposición. Pero estuve en Rosario hace 15 días y te digo que el gobierno socialista, por omisión, es cómplices de narcotráfico. Por lo tanto, aquella frase del Cuervo no era tan errada, analizada en el contexto apropiado. El tema de la droga y la inacción de la policía es un tema enorme. Y cuando hablás con funcionarios socialistas en confianza, sin periodistas en el medio, confiesan tener miedo. Yo también tengo miedo. Cuando uno empieza a ver que están armados es sano tener miedo. El tema es vencerlo y ver de qué forma seguir actuando. El “no sabemos qué hacer” también lo comprendo, porque el fenómeno de la violencia y de la droga es tan novedoso que no hay muchos países que tengan una respuesta integral. No hablo de prevención, represión o justicia sino de cómo, desde el Estado, con políticas inclusivas, van preservando a los pibes más chicos para que no se metan en la droga y cómo rescatar a los que ya son adictos. Nosotros queremos ser parte de la pelea en contra de la droga con Binner, con Bonfatti o con quien sea, pero mientras tanto no podemos dejar de denunciar la ausencia total del Estado en Santa Fe. Hay ejemplo concretos: cuando se hace una denuncia en Santa Fe, la toma la policía, no la toma la Justicia; quien instruye el sumario judicial es la policía, entonces alguien va y denuncia y al otro día van los dea­lers o los pibes del barrio a decirle que rectifique la denuncia porque si no lo matan, y se van con la copia del expediente. Eso le pasó al papá de unos chicos baleados hace 20 días que hoy está viviendo en las afueras de Rosario con protección del Ministerio de Justicia de la Nación. Otro punto: la Anses no es de los jubilados, es de los trabajadores, yo no conozco en detalle cómo administra e invierte el dinero la Anses, pero en general, el grueso está dirigido a generar un círculo virtuoso para poder seguir aumentándoles a los jubilados y llegar al 82%. Pero no tenemos la posibilidad de hacerlo por más que queramos. Por supuesto, podemos hacerlo para que quiebre el sistema, porque hubo 40 años que no se hizo, éste es el gobierno que está tratando de hacerlo. Seguramente algún gasto no será el correcto, pero en general la política yo creo que es correcta. Y no es cierto que el Estado tenga trabajadores en negro. Lo que tiene son trabajadores con esos contratos basura que se conformaron en los ’90, pero que es distinto a estar en negro, aunque por supuesto hay que resolverlo. Hay errores, Carlos, por supuesto que hay errores, pero no es el tema si Cristina habla más o menos por cadena nacional o si el Cuervo Larroque dice una frase más o menos feliz. El tema es que podamos discutir las cuestiones de fondo. Las cuestiones centrales son cómo seguimos avanzando, ampliando nuestra correlación de fuerzas y nuestro poder para corregir las cosas que vos decís que hay que corregir. Y Cristina, si algo tiene, es que no se quiere quedar. Ella no está gobernando para quedarse. No tiene interés en seguir siendo presidenta. Constitucionalmente no puede, lo dice todos los días y lo demuestra día a día. Está en no­sotros construir en una mayoría popular las referencias que puedan llevar adelante, en un proceso que no va a ser de 4 años sino de 20 más para que alguna vez tengamos una Argentina justa. Pero no olvido que yo nací en una Argentina donde no existía la palabra inseguridad ni desocupación, pero sí existía dictadura, oligarquía, cabecitas negras...


–Prohibición de partidos políticos...
F. N.: –Sí, claro, y no era una Argentina absolutamente justa. Esas cuestiones no resueltas, por primera vez se están dirimiendo ahora, por eso yo creo que podemos decir que el debate puede ser mediocre, berreta, pero se están discutiendo cuestiones de fondo, como podemos. La derecha, con la brutalidad y la torpeza que a veces tiene, más allá de que tenga mentes muy lúcidas, por primera vez se quedó sin programa. Por lo tanto, empuja en el marco de hacernos volver a una Argentina pastoril, por eso empuja la devaluación y no le interesa tener industria. Y hoy en día, de­sarrollar industria es mucho más complejo que en la década del ’20, ’30 o ’40 porque éste es otro mundo, mucho más complejo. Respecto a Cristóbal López, a quien no conozco ni me cae simpático, no es un grupo económico. Es un señor al que le fue muy bien, pero que de última no patea para la embajada de EE.UU., ni para Techint ni para la SRA. Resumiendo, en la gran política nos equivocamos todos. La corporación política, cuando la alternativa era Menem o Bordón, De la Rúa o Duhalde, cambió en 2003 con la irrupción de Néstor Kirchner. Por supuesto que 2001 fue importante, porque esa ruptura también sucedió por luchas que se dieron en décadas anteriores, algunas que ni reconocemos ni valoramos. Néstor y Cristina avanzaron más fácilmente donde había habido luchas anteriores. Y no es justo lo que decís de Hebe, se pudo haber equivocado en haber elegido a Schoklender, seguramente la Justicia corroborará que hubo delitos, pero decir que Hebe desarrolló una política para enriquecerse...


C. G.: –No, no, no, yo no dije eso.


F. N.: –No digo que vos lo hayas dicho, pero lo aclaro porque podemos cuestionarle a Hebe muchas cosas, pero es una mujer honesta, valiente, íntegra. Y que cometió un error que es Schoklender, pero que lo está pagando ella.


C. G.:–Lo que dije es que el Gobierno no tendría que haberle dado a Hebe dinero para construir viviendas, casi 1.000 millones de pesos.


F. N.: –¿Pero por qué?


C. G.: –Porque esa señora no sabía nada de construcción...


F. N.: –La experiencia más rica de construcción de viviendas y de organización la desarrolló una compañera que no tiene ni idea de eso, pero sí sabía qué era la justicia social: Milagro Sala.


C. G.:–Es probable, pero en todo caso la señora de Bonafini no concursó en licitación alguna. El procedimiento fue: “Sos amiga, aquí tenés mil millones para construir...” A Bonafini y Schoklender, un Estado serio debería haberles puesto auditores técnicos en materia de construcciones y de administración. Así, Schoklender no hubiera existido, no hubiera estado trabajando ahí.


F. N.: –Lo que vos decís lo comparto, pero lo veo claramente ahora. Yo cuando lo conocí a Schoklender, con toda su historia, podía pensar muchas cosas menos que era un corrupto. Prefiero quedar como un bobo, y decir me equivoqué. Por otra parte, el Estado que tenemos es un Estado que está saliendo de la destrucción. Vos pedís un país serio, yo pido un Estado que exista. Acá lo destruimos al Estado. Desde el ’55 en adelante hubo un retroceso para que los grandes grupos económicos hicieran sus negocios. En el caso de ENTel eran los contratistas, por eso la sociedad argentina creyó que la privatización iba a ser la panacea y que iba a estar bien administrado. Y lo más grave de la sociedad es que tenemos que asumir, para poder corregirlo, que hubo mala gestión del Estado y mala gestión privada. Hacé un trámite por una tarjeta de crédito o por un celular en el mejor banco privado o en una empresa de cable o de Internet: no te van a atender nunca, te van a destratar y siempre te van a cobrar más.
Fuente:MiradasalSur                                

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