Historia inicialmente triste con
final abierto.
(A la
gran escritora brasileña Nélida Piñon y
a mis amigos uruguayos.)
Comenzaremos
por incursionar en el tema de tantos novelones o telenovelas, el de la pobre
galleguita. En nuestro caso, no alcanzó la felicidad, ni la relativa
realización que nos puede
ofrecer
la vida, vía amores y matrimonio con un miembro de la aristocracia, ni con una
herencia, o golpe de suerte, nuestra historia es más pedestre, real, repetida
en millones de casos, tan creíble que hasta puede confundirse con …, pero basta
de prolegómenos y vayamos al grano.
La
galleguita hacia 1880 no había alcanzado aún la pubertad, tendría diez, u once
años, cuando se le presentó la oportunidad
de acompañar como lazarillo a un
viejo pariente ciego hasta América, donde sus hijos se ganaban el pan.
Y
justamente de pan se trataba, o de polenta, tocino, leche de cabra, y esas
cosas que entre los duros montes seculares nutrían escasamente a su familia,
del pan que dejaría de consumir la galleguita y alimentaría a los demás. No
imaginen crueldades, mucho vacilaron y lloró con su madre antes de enfrentar
tal porvenir, pero a la fuerza ahorcan.
Las
lágrimas de la galleguita se fueron secando durante el viaje en carro, que
pagaba el ciego, como el pasaje en barco
desde Vigo hasta el Uruguay, nombre curioso el de esos países extraños, como
curiosas también le resultaron las tierras gallegas, pues nunca había dado un
paso fuera de su aldea natal. Además el viejo llevaba buena ración de tocino,
queso y
hasta pan blanco, que no le mezquinaba. La tarea le resultó liviana, acompañar,
comer y mirar, sobre todo eso, disfrutar el paisaje antes de abandonarlo.
El viaje
en barco fue más penoso, cientos hacinados en la bodega por casi dos meses,
con poco
aire y menos de luz, conduciendo los pasos del ciego entre los cuerpos y los
bártulos desparramados, para que hiciera las necesidades, lavarlo, darle la
comida en la boca y cuidar que no la vomitara, siquiera fuera pasable, el
bamboleo en la mar lo mareaba y había que limpiarlo de nuevo, con agua de un
grifo distante, volcar los residuos del balde en el mar, enjuagarlo con agua
salada, mientras en ese escaso tiempo fuera de la bodega el viento atemperaba
las ganas de lanzar.
Dormía
tirada sobre el equipaje, cuidándolo con su cuerpo, en sueños veía a su madre,
al hato de cabras que conducía entre las
breñas y hasta a la hornacina de piedras
en las que cocinaban y calentaban con leña. No es tanto lo que sufría, ni lo
que trabajaba, como lo que comenzaba a añorar.
Pero como
todo lo bueno y todo lo malo, al llegar a un punto se acaba, al fin arribaron a
la gran ciudad del país de destino. Los estaban esperando los hijos del ciego,
dos muchachos que peonaban en construcciones, la nuera, el otro seguía soltero;
las mujeres tan distintas a las que conocía
aparecían como de poco confiar, aún con el nietito mamón en sus brazos.
Medio
albañiles al fin, consiguieron levantar con sus manos varios cuchitriles de ladrillos
techados con chapas, el último para el viejo y su acompañante, que daban a un
salón común para estar y comer, el único en el que la tierra estaba cubierta
con una lechada de cemento,
En el
barrio vivía sólo gente humilde y como quedaba a quince kilómetros de la
capital, se podían mover con libertad, en fin, se respiraba, por algo lo llamaban Aires Puros.
Lo bueno
es que el terreno tenía como cincuenta metros de fondo, donde al volver después
de diez o doce horas de trabajo pesado, sembraban zapallos, tomates, coles y
otras hortalizas. El cuidado de la huerta estaba a cargo de la nuera, pero
cuando avanzó el embarazo y luego con el rorro debió abandonarla, por lo que la
galleguita fue bien recibida, además de cuidar al viejo instalado en una silla
al alcance de sus ojos, le sentarían los
aires puros, mientras arrancaba las cizañas y cosechaba los frutos maduros.
Bien
dicen que las apariencias engañan, porque la nuera no era tan mala, hasta le
enseñó a deletrear en diarios viejos,
recogidos para envolver algunas verduras
que vendía para ellos, al fin la familia
que le había deparado el destino, comprar el diario era un lujo al que no
estaban habituados, y aunque lo estuvieran no se lo podrían dar. Las urgencias eran otras, a la
fuerza, también aquí, seguían ahorcando.
La
galleguita hacía de lazarillo, cuidaba al viejo, atendía la huerta, lavaba la
ropa de la familia, limpiaba la casa y cocinaba, hasta el pan se hacía en la
casa en un horno criollo a leña que alimentaban con la poda de los frutales y
de los árboles que por ahí crecían, así fueran de madera blanda que rinde poco,
además se ocupaba de los nietos durante los embarazos de la nuera que de eso no
se privaba.
Pero no
paraba allí, la galleguita había comenzado a menstruar, también debía cuidar su
himen, de los arrebatos del soltero, que alcanzaba a manosearla, pero cuando
intentaba echársele encima, ella gritaba, lo mordía lo que fuese, con tal de
conseguir que descabalgara sin lograr su objetivo. Y hasta del casado, que
habituado al coito nocturno, con el avance de los embarazos de su mujer,
arremetía lleno de furia contra lo que fuese. De allí las pocas lágrimas de la
galleguita por respetar las recomendaciones de su madre añorada, que eso era
únicamente para marido legitimado por el cura, que si no terminaría en mujer de
la calle, la vida alegre, las putas. Y
la galleguita apretaba las piernas y endurecía el ánimo.
Tal vez
ese era su temperamento, o lo endurecieron las circunstancias, porque así fue
durante toda la vida, poco afecta a los melindres y las demostraciones de
afecto. El asunto es que el ciego prolongaba sus años, amenazando llegar a
centenario gracias a los cuidados en los que fue marchitándose la juventud de
la ya por entonces gallega, pero sólo en parte.
Un día,
de repente, se murió el viejo, la
gallega liberada de la obligación de cuidarlo se sentía en deuda, incómoda con
la familia que nada le reprochaba, por el contrario le estaban agradecidos, les
costaba tan poco, algunos vintenes los fines de semana y las fiestas de guardar,
que devolvía con creces con las ventas de productos de la huerta, para hacer
justicia de eso le daban una parte, la atención de las varios botijas, creced y
multiplicaos, y el lavado y zurcido de
la ropa de todos, que la de los albañiles solo ella la podía, después de
remover la cal y la tierra romana, la mugre era más blanda, remiendo sobre remiendo,
Ya estaba
cerca de los treinta, o tantos y no quería quedar para vestir santos, aún ardía como mujer. Le había echado el ojo a un
vecinito italiano, algo imberbe, de una
familia que curiosamente tenía apellido español, que entre Morini y Moreno solo
la pronunciación; cosas de Carlos V y otros monarcas por la península itálica,
que a ella no le interesaban, sus ojos puestos
en el italianito tímido, y como él no se animaba, le tocó a ella empezar
a sonreírle cuidando que los otros no dieran cuenta, para echar una parrafada
políglota, cocoliche italiano con gallego castellanizado, en los atardeceres
cuando sentada en la puerta esperaba su regreso del trabajo.
Sería
tímido pero necesitaba mujer, y también la madre que había perdido hace mucho,
pobrecito tan lindo, ella valía por las dos, le llevaba más de diez años y el
amor se fue incubando.
La
gallega guardaba casi todos los vintenes y los pesos de la verdura, porque solo
había gastado en algún lienzo con el que
se cosía los calzones, las fajas que usaba para ocultar los pechos, o las
alpargatas para no andar descalza.
Alcanzarían
para la entrega de un terreno a plazos, y los materiales para una pieza, que lo
demás vendría con el tiempo. Pero eso si, para entregarle en confianza tanta
riqueza, además de los besuqueos y lo que él querría, conservado intacto aún
mejor que el dinero, primero al registro civil, sin cuya libreta el cura no
bendecía.
Hasta que
estuviera avanzado el rancho vivirían
como hasta entonces, cada uno en otra casa, adelantándole el dinero con el que
también le entregaría lo que con tanto celo había cuidado.
Durante
todo el resto de su vida juntos, bajo la
férrea dirección de la gallega, siguieron agrandando la casa y haciendo hijos.
Primero varias mujeres y luego dos varones, el mayor no superó la infancia,
Dios sabe cuanto se sufre la muerte de un hijo, solamente se hizo hombre el
nacido en el 1911. Y ya que estaba repitieron la huerta, vendía melones,
sandías, zapallos, con un carro de mano, que arrastraba hasta el centro, sin
descuidar el cumplimiento de la escuela primaria, delantal blanco, bien limpio,
y el moño azul para que no lo tuvieran por zaparrastroso, como lo tenían por
rebelde pero inteligente.
Ser
mercachifle, aunque cultivara lo que vendía, no lo conformaba, y cuando algo se
le ponía en la cabeza, se parecía al padre pero había heredado el carácter de
la madre.
A los 18
años, considerada mayoría de edad por los empleadores, se presentó a Kasdorf,
donde después de constatar que sumaba bien, logró ascender del carro de mano, a
uno con caballo, flamante repartidor a domicilio de leche de la reconocida
marca en envases de chapa, había que dejar el lleno y retirar el vacío. Le iba
de parabienes, cobraba un sueldo exiguo, que se completaba con la comisión por
nuevos clientes, todos los días conquistaba alguno, y no perdía envases, que los descontaban al
repartidor. Entre tarro y tarro conquistó en un caserón por Carrasco, hasta donde llegaba para suplir las
ventas que en los barrios populares mermaban, el corazón de la doméstica, una
joven criolla muy modosita, con familia campesina afincada en los pagos de Maldonado.
La crisis
del treinta se prolongaba, la gente en vez de recibir el litro de leche
envasada, compraba medio litro suelta, más barata aunque fuese aguada. ¿Y él
que iba a esperar?
En
Kasdorf le dieron un buen certificado y por recomendación de un cliente que
ocupaba un alto cargo en la
Municipalidad , consiguió que lo emplearan como peón de obras,
de los que cavan zanjas en la calle. Con el sueldo seguro llegó el momento de
concretar el noviazgo, la presentó a la familia, que quedó encantada. La
gallega lamentó la pérdida de los indispen-sables pesos que aportaba el
muchacho, las hermanas hacían costuras y hasta lencería fina, cobrarlas costaba un triunfo, prefirió
callarse la boca. ¿Qué le podía reprochar? El mozo siempre hacía lo que quería,
tenía a quien salir.
Así se
repitió la historia, compraron por Aires Puros, un terrenito a plazos y se armó
el nuevo hogar, aunque con más variantes de las supuestas.
Es que él
no había sufrido el desarraigo de la inmigración y gozaba con libertad de otras
inquietudes,
El
modesto peón cavador, leía libros y hasta pintaba cuadros inspirados en su
humilde barriada. Es más, con otros muchachos formaron el Ateneo Cultural de
Aires Puros, en un potrerito armaron una casilla de madera, se largaron a
conseguir libros, celebrar veladas literario-musicales, unos tocaban guitarra,
otros cantaban, y hasta armaron un conjunto para salir en carnaval.
Desgracias
no faltaron, la mujer quedó embarazada y la cosa venía mal, finalmente parió
mellizos, un casalito, pero no pudieron tener más hijos.
Justamente
en ese momento se acumularon las contrariedades, un ingeniero de la Dirección
de obras
que prefería a los sumisos aunque no rindieran, lo tomó entreojos. Cansado de
tanta malevolencia se animó a discutirle, el otro amagó pegarle, mejor no lo
hubiera hecho, el muchacho le ganó de mano y le fajó un palazo. Lo tuvieron
preso como dos meses por lesiones menores y perdió el trabajo. Lo reconfortó la
solidaridad de la familia, la gallega no sonreía pero lo que cocinaba también
alcanzaba para ellos, hasta le mandó viandas a la comisaría.
Un
pariente que vendía seguros para La
Oriental , se ofreció a presentarlo, ese trabajo sin sueldo, a
pura comisión no aparecía como una sinecura, pero en mal momento y sin certificado de trabajo era difícil
conseguir algo mejor. Le prestaron un traje que como andar, le andaba holgado, manco para hablar no era,
se había formado cierta cultura de autodidacta, y bastó para que lo tomaran a
prueba. En Montevideo estaban todas las zonas ocupadas, le propusieron comenzar
en Las Piedras y otras localidades suburbanas, donde tendría más posibilidades
de hacer seguros, ya que el comercio atendía a chacareros, que mal que bien
tenían con que pagar, el pariente debió adelantarle unos pesos para afrontar
los boletos del ómnibus.
Los
primeros tiempos fueron duros, tenía que
adquirir experiencia para llegar al
mínimo de primas que exigía la compañía, descubrir algún comerciante próspero
que quisiera cubrirse, o uno en aprietos que se aseguraba “por las dudas se incendiase el negocio”, a más de los
viñateros, cuando la situación es crítica se vende más vino, preocupados por el
granizo.
Infelizmente
comenzó la segunda guerra mundial, los precios de los productos agrícolas
subieron y la situación en el Uruguay mejoró.
Si la
apechugó en tiempos críticos, con la reactivación llegó a ser
uno de los que más seguros contrataba. Le propusieron formar un equipo,
además de cobrar por los seguros que consiguiera él, percibiría un porcentaje
sobre los logros de sus subordinados.
La
bonanza le permitió ampliar su casa, hasta construyó un galpón taller donde se
realizaba las pinturas y artesanías.
Hasta que
tuvo la oportunidad de revelar su
talento. La
Municipalidad de Montevideo organizaba concursos carnavaleros
con gran participación popular, casi todos los barrios presentaban murgas, parodistas,
comparsas, pero la fiebre artístico competitiva no había al-canzado a Aires
Puros. Los muchachos del Ateneo meditaron sobre como participar, eligieron la
categoría carrozas por los premios en metálico, con los que podrían ampliar el
rancho sede social y compra algunas mesas, sillas, en fin, dar nuevo impulso a
sus actividades. Pero presentar una carroza no era moco de pavo, debían
alquilar una chata del puerto, tirada por percherones y comprar los materiales
para armar la carroza. Nuestro hombre ya hecho y derecho, con culltivadas habilidades, era el único que podía hacerse
cargo del proyecto, tenía lugar en la casa, un espacio cementado la separaba
del galpón y sobre todo disponía de
crédito para los materiales en el comercio del barrio, al que durante
años había pagado puntualmente las libretas.
Cambió de
rutina, a la consolidada clientela que contrataba los seguros podía atenderla
por teléfono, para disponer de unos meses y entregarse de cuerpo y alma a la
creación de la carroza.
Decir
unos meses es un eufemismo, en Agosto comenzó a delinear el proyecto, se
trataría de la carroza del Rey Neptuno Dios del mar, a bordo de una nave de
recia proa, en la que dos grandes lobos marinos anunciaban su aparición
soplando doradas trompetas, simultánea-mente para quel un enorme Neptuno, de
papel maché con armazón de madera como toda la escenografía, saliera de su
marítima cueva; saludaba alzando el brazo y emitía rayos de luz roja por los
ojos, todo accionado por la persona oculta dentro del rey, quien accionaba
mediante transmisión a pedal, además apretaba el fuelle para que sonaran las
trompetas, encendía las linternas apuntadas a los ojos y hasta se daba tiempo
para imitar feroces gruñidos. A los costados de la cueva dos bellas sirenas,
las más lindas pebetas del barrio, disfrazadas de sirenas con corpiños, no eran
tiempos de teta less, y las piernas ocultas tras una malla escamosa que
simulaba cola de la mujer pez. Cada vez que el Rey salía de la cueva ellas le
rendían pleitesía, para luego tirar besitos al público, que los requería ¡A
mí!¡A mí. Tras la cueva, pulpos extendían sus tentáculos hacia la gente y
feroces tiburones al abrir la boca exhibían dientes afilados como sables. Por
fin al fondo del carro una multitud de botijas disfrazados de de delfines o
veloces peces, casi ninguno sabía nadar, realizaban las piruetas y morisquetas
que se les daba la gana.
Un gran
éxito, los espectadores no se cansaban de aplaudir la carroza. La descripción
literal no puede compararse al efecto que causaba, porque una carroza es como
una escenografía, o cuadro en movimiento, hay que verlo, las palabras no
alcanzan.
Los
principales diarios del país, el de los blancos y el de los colorados,
publicaron en la primera página la foto
de la carroza.
¡Pero
cuánto trabajo! Más de seis meses durante los cuales los muchachos del Ateneo
entregaron buena parte de su tiempo libre, primero mangar los diarios para el
papel maché, que no era poco, luego
cortar varas de sauce para los armazones, preparar con harina y agua los
tambores de engrudo para la pegatina, pintar la base sobre las formas secas,
después de los retoques escultóricos del mago, a cargo también de la pintura
definitiva.
La casa
estaba llena de trastos, los chicos gozaban de lo lindo, pero la patrona no
veía la hora de que esa locura terminase para dejar de lidiar con tantos
colaboradores, recuperar la tranquilidad y dedicarse a limpiar como es debido.
Por las ocurrencias del marido no ganaba para sustos, pero así y todo con los
años lo apreciaba cada vez más íntimamente.
La
expectativa era enorme, el esfuerzo fue recompensado con el primer premio del
concurso Municipal. El entusiasmo fue inmenso, en su primera participación
Aires Puros se alzó con el premio mayor. Los pesos recibidos alcanzaron para
cancelar las deudas con los comercian-tes, comprar unas sillas para el Ateneo
en el cambalache y guardar para la carroza del próximo año que superaría lo
imaginable.
El
diseñador del proyecto y director de la ejecución sintió que su vida se enriquecía con esas
realizaciones.
Fue
pergeñando la nueva idea todavía mientras se construía el primero: El Egipto de
Cleopatra, forzando la cronología histórica, con Ramsés, Tutankamon, los
romanos y las odaliscas. Montada sobre uno de los recién incorporados camiones
semi-remolques playos, que reemplazaban
en el puerto a las chatas. Dio la casualidad que su conductor, un asisten- te al Ateneo que se daba maña
para la mecánica, por lo que resultaba muy útil, y el dueño del vehículo no
podía negar prestárselo durante el carnaval
a cambio de la mención de su empresa de transportes.
Inmediata
a la cabina del camión se erigía la gran pirámide de la que salían y
entraban sarcófagos de los faraones. En
su cúspide trunca a la manera de las pirámides mayas, Cleopatra sonriente en el
trono saludaba tarareando melodías orientales, acompañada desde los escalones
de la pirámide por árabes disfrazados con instrumentos de utilería, que gesticulaban la música emitida
por un gramófono desde el interior, a través de disimulados altavoces.
Al pié de
la pirámide, en un nivel más bajo, centuriones de Julio César, combatían con
sus espadas a gladiadores de circo validos de redes, tridentes, mazas redondas
con múltiples puntas aguzadas y otras armas imaginarias. Esos simulacros de
catchascancan payasesco divertía al público durante la lenta marcha de la carroza. Por último a nivel del
piso del semiremolque, tras un gran portal romano con la inscripción
”Biblioteca de Alejandría”, un amontonamiento irregular de supuestos libros a
la manera de pirámide, revestidos por los reales de la biblioteca
del Ateneo, mientras jóvenes odaliscas se colgaban o descendían,de los
costados del semi`por escalas de caña tacuara para repartir panfletos, que los
espectadores varones se disputaban de sus manos como si se tratara de frutos
prohibido, en los que constaba: LEER LIBROS DESARROLLA LA IMAGINACIÓN Y LA INTELIGENCIA. Ateneo
Cultural Aires Puros.
Las fotos
de la esta segunda carroza volvieron a
aparecer en los principales diarios.
Mientras los premios del concurso de otras
categorías habían sido acordados, el de
carrozas se demoraba, sumiendo en la incertidumbre al director del proyecto y a
sus colaboradores que temían alguna maniobra. . Dicho y hecho, como a los diez
días de terminado el carnaval, cuando la gente ya estaba en otra cosa, fue dado
a conocer y ni mencionaba a la carroza
de Aires Limpios, lo que provocó un repudio generalizado, hasta con pegatinas
de carteles propios de una campaña
electoral.
Los
participantes de los conjuntos carnavaleros, murgas, comparsas, parodistas, la
gente morena de los barrios Sur y
Palermo, siempre solidaria, decidieron organizar una manifestación frente a la Municipalidad (18 de Julio y Ejido) que resultó tumultuosa.
El fraude
amenazaba convertirse en un escándalo. Las autoridades no dieron marcha atrás,
pero, para apaciguar los ánimos, otorgaron un premio extra a la divulgación cultural, al Ateneo de Aires Limpios, que apenas les
alcanzó para pagar las deudas por las compras a crédito de los materiales para
la carroza.
A nuestro
artista del papel maché el fraude lo desilusionó, lo que contribuyó a que no
repetir la experiencia, casualmente cuando se le abrían nuevas perspectivas,
por un lado se habían acercado al Ateneo gente de la extrema izquierda legal,
que lo requerían para engrosar sus filas, y por otro sus empleadores de La Oriental le ofrecían una
ocupación que podía resultar mejor remunerada. Habían adquirido a la Urbanizadora Parque del Plata, ese
loteo, y querían designarlo representante para la venta de las fracciones en la
zona Norte, la ubicada del otro lado del camino a Montevideo (hoy
Interbalnearia), es decir la zona Sur, más cercana al mar, estaba vendida.
Hasta le ofrecían entregarle una camionetita, a pagar en cuotas, para
trasladarse diariamente hasta el lugar del loteo. El nuevo empleo mejoró su situación económica
y la camionetita, embanderada y con cárteles, servía de escenario a los
oradores en los actos políticos del partido en
el que se había enrolado por sentimientos antinazis. Pero la gente
estaba en otra cosa, pese a la multitudinaria
concurrencia a los mitines de los simpatizantes, en las elecciones les
costaba arañar el tres por ciento.
Su
esposa, la compañera de toda la vida, no compartía esas audacias, temía perder
el bienestar alcanzado y que se viesen nuevamente envueltos en problemas.
Los lotes
se vendieron como pan caliente y el ganó
buen dinero. Además había reclamado los
sueldos que debían abonarle según la legislación hacía poco aprobada,
correspondientes al largo periodo en el
que le sólo le pagaron comisiones, dinero con el que decidió mandar edificar
una casa frente al Arroyo Solís Chico e instalar una inmobiliaria
Su hijo
alentado por las aficiones entre las que había transcurrido su infancia,
estudiaba el profesorado de pintura, por lo que mientras tanto seguía viviendo
en la casa familiar de Aires Puros.
Las
circunstancias y la dedicación a su nuevo emprendimiento alejaron al flamante
empresario de la militancia política, aunque nunca renegó de sus ideas, por más argumentos que esgrimieran sus competidores
comerciales para desacreditarlo.
Como en
todo lo que hacía se entregó a la inmobiliaria
en cuerpo y alma, y logró posicionarla entre las más importantes de la
zona, actuando con diligencia y no abusando de los clientes, a quienes les
importaba más esa recta conducta, que su supuesta ideología política.
El hijo
que ejerció el magisterio en pintura por treinta años hasta jubilarse, lo
ayudaba en los momentos de más trabajo, los fines de semana y durante la
temporada de vacaciones, para completar los magros salarios docentes.
Su
compañera de toda la vida al ver alejarse las complicaciones pudo vivir
tranquila, hasta los ochenta años, el llegó a
pasar los noventa.
De la inmobiliaria se hicieron cargo con éxito,
el hijo y una nieta que estudio administración,
quienes juzgaron necesario aplicar modernizados criterios,
remplazando el irrepetible vigor de su
carácter y la dedicación sin horarios.
El nieto
varón prefirió independizarse, estudió relaciones diplomáticas en Montevideo.
Envío:Bernarso Schifrin.
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