Contra la vuelta de la “Teoría de los Dos Demonios” de la mano del proyecto de indemnización por los hechos ocurridos en Regimiento de Infantería de Monte 29 de Formosa de 1975, que equipara el terrorismo de Estado con las luchas populares por la democracia verdadera y la liberación nacional; los que son, por su naturaleza, incomparables ética, política y jurídicamente.
Impidamos la sanción por el Senado Nacional del respectivo proyecto de ley que se tratará el 31 de julio. Aquí puede verse cómo votaron lxs diputadxs. Declaración de organismos de Derechos Humanos
El 28 de noviembre de 2012, con 135 votos a favor y apenas 18 en contra, la Cámara Baja aprobó y dispuso girar al Senado un proyecto de ley presentado por diputados radicales y peronistas de Formosa que pretende indemnizar a víctimas del ataque que la Organización Montoneros realizó al Regimiento de Infantería de Monte 29, en los suburbios de la ciudad de Formosa en 1975; los cuales, como corresponde legalmente ya recibieron en su momento la indemnización establecida para los funcionarios publicos fallecidos en actividad.
El proyecto sancionado implica un retroceso significativo en la lucha por la memoria, la verdad y la justicia, contrario al espiritu de nuestra lucha y emparentado con la sanción de los decretos 156 y 157 del gobierno alfonsinista que establecieron el juzgamiento penal a los responsables de las organizaciones político militares y a los jefes de las Juntas que integraron los sucesivos gobiernos dictatoriales genocidas. Ese fue el inicio de un esquema oficial tendiente a circunscribir la cuestión de las violaciones sistemáticas de derechos humanos a los militares, exceptuando cómplices e instigadores civiles, religiosos y de toda índole comprometidos con el plan político, cultural y económico del terrorismo de Estado. Para ello se legitimó la “teoría de los dos demonios”, institucionalizado en el prólogo que Ernesto Sábato diera al informe “Nunca Más” de la CONADEP.
La inmensa conquista popular que significó la anulación en 2003 de las leyes de impunidad y la reapertura de las causas por los crímenes de lesa humanidad permitió hacer valer una prolongada normativa y jurisprudencia supranacional, constitucional y local que estableció la imposibilidad de equiparar en cuanto a consecuencias y calificación la acción represiva y terrorista del Estado con los actos de particulares. La aprobación de este proyecto contrario a los valores de Memoria, Verdad y Justicia se inscribiría entonces en el marco de un revanchismo de los sectores de derecha que pretenden desoír y borrar los importantes avances logrados con el juicio y castigo a algunos de los responsables del genocidio de los últimos años; revanchismo derechista que es aceptado por sectores “oficialistas” y “opositores” en aras de una supuesta equidistancia de “la violencia”; en una concesión que nos hace retroceder décadas en los debates latinoamericanos.
Ante la nueva puesta en marcha de la construcción del olvido, conviene recordar que el derecho a la rebelión popular es acaso el primero de los derechos de los pueblos consagrados en el mismo prologo de la Declaración de la ONU sobre los Derechos Humanos de 1948, cuando dice “Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión. La propia Iglesia de Roma, conmovida por las tensiones desatadas por la Revolución Cubana y las luchas populares de la región, afirma en 1965 en el documento final del Concilio Vaticano II: “la violencia originaria, raíz y principio de todas las demás violencias sociales, es la llamada violencia estructural, la injusticia de las estructuras sociales, sancionada por un orden legal injusto y orden cultural ideologizado, que como tales constituyen la institucionalización de la injusticia”. O como escribió en el 2006, el Dr. Eduardo Luis Duhalde -entonces Secretario de Derechos Humanos de la Nación-: “es inaceptable pretender justificar el Terrorismo de Estado como una suerte de juego de violencias contrapuestas, como si fuera posible buscar una simetría justificatoria en la acción de particulares frente al apartamiento de los fines propios de la Nación y del Estado que son irrenunciables”.
Por todo ello, llamamos a todo el movimiento de DDHH, las fuerzas populares, progresistas y democráticas de nuestra sociedad a evitar que el Senado convierta en ley el proyecto en cuestión.
Para adherir escribir a prensadelaligaporlosddhh@gmail.com
Primeras firmas:
LIGA ARGENTINA POR LOS DERECHOS DEL HOMBREMOVIMIENTO ECUMENICO POR LOS DERECHOS HUMANOS
COMISION POR LA RECUPERACIÓN DE LA MEMORIA DE CAMPO DE MAYO
HERMAN@S DE DESAPARECIDOS POR LA VERDAD Y LA JUSTICIA
ASOCIACION EX DETENIDOS DESAPARECIDOS
ASAMBLEA PERMANENTE POR LOS DERECHOS HUMANOS DE SAN LUIS
SECRETARIA DE DERECHOS HUMANOS – FUBA
PABLO LLONTO, periodista y abogado en causas por delitos de lesa humanidad
INES ISAGUIRRE, sociologa, miembro de la presidencia de la APDH nacional
CARLOS PETRONI, Querellante Causa Triple A
MESA DE INVESTIGACIÓN Y ACCIÓN CONTRA LA TRIPLE A
SILVIA BARANTES
MAREA POPULAR-MOVIMIENTO POR EL CAMBIO SOCIAL
LA MELLA- PRESIDENCIA FUBA
MARIA CASALINS…TRABAJADORA DEL IEM Y DEL COLECTIVO DAR ABASTO
HERMAN SCHILLER, PERIODISTA”LEÑA AL FUEGO” Y “AGUANTANDO DE PIE”.
PARTIDO REVOLUCIONARIO DE LOS TRABAJADORES. CARLOS PONCE DE LEON Y ESTELA PEREYRA
NATALIA GARCIA, MIEMBRO INTEGRANTE DE LA MURGA OKUPANDO LEVITAS MILITANTE DEL ESPACIO JUICIO Y CASTIGO ROSARIO DOCENTE Y VOLUNTARIA DEL MUSEO DE LA MEMORIA DE ROSARIO SOBRINA DE EDUARDO BRACACCINI, MILITANTE POPULAR ASESINADO POR LA PATOTA DE FECED EL 25 DE JULIO DE 1977
RODOLFO DE LA PUENTE
, un primer plato, un segundo plato y el postre. Aquí va la entrada. ¡Buen apetito!
Entrada
La justicia de la dictadura, las complicidades civiles y el Operativo Aráuz
La justicia
La Causa 482/76 Samprón, Carlos; Alvarez, Angel; Pozo Grados, Víctor; Carlino, Luis s/ supuesta infracción ley 20840 y la Causa 646/76 Quartucci, Guillermo Eduardo s/ evasión, ambas abiertas en el Juzgado Federal de Santa Rosa en octubre y noviembre de 1976, respectivamente, incluyen un mismo documento firmado por el mayor del ejército Luis Enrique Baraldini, jefe de la Policía de La Pampa, en el que comunica a su superior, coronel Fabio Carlos Iriart, comandante de la Subzona 14, detalles muy significativos acerca del operativo llevado a cabo en Jacinto Aráuz el día 14 de julio de 1976 que revelan la naturaleza ilegal del procedimiento y a los que la justicia de La Pampa no pareció prestarles mayor atención para concentrarse en las exigencias de los represores.
El documento mecanografiado de marras, con la firma de Baraldini, está fechado al día siguiente del operativo, es decir, el 15 de julio de 1976. En la Causa 482/76 este documento se encuentra en fojas 11-13 y en la Causa 646/76, reproducido, en fojas 1 (anverso y reverso) –o sea, abriendo la Causa-, en una hoja membretada donde se lee Poder Judicial de la Nación. Uso Oficial. Esta última Causa, además de solicitar la captura del evadido, fue abierta a Athos Reta, oficial auxiliar; Roberto Oscar Fiorucci, subcomisario; Carlos Roberto Reinhart, oficial ayudante, y Néstor Bonifacio Cenizo, oficial subayudante, integrantes, entre otros, del grupo de tareas de la policía pampeana que se encontraban en el puesto caminero de Jacinto Aráuz, junto a la Ruta 35 en el momento de la evasión de Quartucci, por una supuesta “negligencia en el servicio de deber de funcionario público” (artículo 281, tercera parte del Código Penal) por no haber impedido que uno de los secuestrados en ese centro clandestino de detención se fugara.
La Causa 646/76 se abrió el 25 de noviembre de 1976 en el Juzgado Federal de Santa Rosa, en el cual los doctores Carlos Walter Lema desempañaba el cargo de juez federal; Eduardo Páez de la Torre, el de secretario; Jorge Francisco Suter, el de procurador fiscal federal, y Raúl Pedro Perotti, el de juez federal subrogante, todos ellos intervinientes en las distintas etapas de su desarrollo, que se prolongaron hasta el 17 de mayo de 1977, cuando el procurador fiscal Suter recomendó “sobreseer” a los imputados y el juez Lema declararlos “sobreseídos provisionalmente”. Como jefe del Departamento Judicial aparecen en ocasiones la firma y sello de Mario Rufo Torres, comisario inspector, así como la firma y sello de Mario Domingo Balduini, oficial sub-ayudante de la Unidad Regional Capital de la policía pampeana.
El documento firmado por Baraldini
Vale la pena reproducir literalmente los párrafos más significativos del documento firmado por Baraldini con el que se abre la Causa 646/76:
SANTA ROSA, 15 de julio de 1976
SEÑOR COMANDANTE:
Acorde a lo ordenado por Ud. oportunamente en el día de ayer, miércoles 14, se llevó a cabo un operativo conjunto en la localidad de Jacinto Arauz, obteniéndose el siguiente resultado con las novedades que se consignan a continuación: 1º) Fueron indagadas 8 personas. De ello, previo análisis del suscripto, surgen como sospechosos 4 de los indagados. 2º) Consecuente al punto anterior, se procedió a la detención de Samuel Bertón, Guillermo Eduardo Quartucci, Carlos José Samprón y Angel Julián Alvarez. 3º) Por orden del suscripto, a las 19:00 horas se levanta el apoyo de las fuerzas Militares y de la Policía Federal. 4º) Entre las 19.30 y 20.00 horas, se produce la fuga del detenido GUILLERMO EDUARDO QUARTUCCI, de una habitación donde se encontraba junto a los restantes nombrados, en el Puesto Caminero de Jacinto Arauz, lugar donde estaban siendo interrogados. Al momento de darse a la fuga, se encontraba esposado, con las manos atrás, sentado en el piso y ojos vendados, presumiéndose que puede haber fallado el mecanismo de la esposa. […] 5º) Se dispusieron las siguientes medidas: a) Búsqueda del fugitivo, b) Bloqueo de Rutas, c) Circular interprovincial solicitando su detención, d) Circular general red interna, e) Circular de la Policía Federal y f) Circular a la Policía de la Provincia de Bs. As a través de la Delegación Unidad Regional de Bahía Blanca. 6º) Se dispuso vigilancia en el domicilio de Quartucci […], donde fuerzas conjuntas de la Policía de aquélla y de la Subzona 51 realizarán una irrupción militar. 7º) Los rastros dejados por el nombrado van en dirección al pueblo de J. Arauz, donde es probable que reciba alojamiento en alguna vivienda ya que cuenta con simpatizantes en el medio que podrían brindarle ayuda, entre ellos la familia NEGRIN. 8º) Atento a lo expresado en el punto anterior se dispuso un minucioso rastrillaje en Jacinto Arauz, tanto en la zona urbana, sub-urbana y alrededores.
Saludo a Ud. muy atentamente.
Fdo. LUIS ENRIQUE BARALDINI –Mayor del Ejército, Jefe de Policía de la Provincia- AL SEÑOR COMANDANTE DE LA SUB ZONA 14 CORONEL D. FABIO CARLOS IRIART, TOAY, LA PAMPA.
La causa podría dividirse en dos partes que pueden resultar contradictorias, como lo expresa en el documento que se reproduce abajo redactado por el procurador fiscal federal Suter: la primera parte (fojas 2-16) se inicia el 6 de diciembre de 1976 con la instrucción del sumario ordenada por el juez Lema, a cargo del inspector mayor-jefe de la Unidad Regional Capital, Roberto Esteban Constantino, a los policías implicados en la fuga de un secuestrado (Reta, Fiorucci, Reinhart y Cenizo) a fin de determinar el delito cometido por el evadido y solicitar su captura (fojas 5, 6, 7 y 8), así como la responsabilidad de estos cuatro policías en la evasión, mientras que la segunda parte (fojas 17-38) se refiere a la indagatoria iniciada el 22 de marzo de 1977 por el juez subrogante Raúl Pedro Perotti tendiente a determinar la comisión del delito de “negligencia” por parte de los policías. Haciendo de bisagra entre ambas, se encuentra el documento firmado por el procurador fiscal federal Jorge Francisco Suter, a cuyo cargo se encontraba la instrucción del caso, quien escribe de puño y letra (fojas 16, reverso):
Sr. Juez:
Entiendo que hay elementos para recibirles declaración indagatoria a los deponentes de fs. 5, 6, 7 y 8 [Reta, Fiorucci, Reinhart y Cenizo] por la posible comisión del delito previsto en el Art. 281, 3ª. p. del C. Penal [negligencia].-
Por lo demás entiendo que la orden de captura del evadido se dispuso en el principal, por lo cual es innecesario [sic] la misma.
Diciembre 28 de 1976
Dr. Jorge Francisco Suter
Procurador Fiscal Federal
La indagatoria
Es así como a partir de fojas 17, con fecha 1º de febrero de 1977, el juez federal Carlos Walter Lema ordena comparecer ante la justicia a los cuatro policías acusados de “negligencia”, señalando el día 17 de febrero de 1977 como fecha para las audiencias, a “las nueve, diez, once y doce horas, respectivamente, a las que deberán concurrir bajo apercibimiento de Ley”. Los policías, sin embargo, no acuden a la citación, por lo que el juez, con fecha 21 de febrero, vuelve a convocarlos para el día 22 de marzo de 1977 “a partir de las nueve horas”. Esta vez se harán presentes y el encargado de tomar la declaración a los imputados será Raúl Pedro Perotti, juez federal subrogante.
El 6 de diciembre de 1976, en la primera indagatoria a cargo de Constantino, los cuatro policías citados se habían referido a los hechos en términos prácticamente idénticos: tanto Reta, como Fiorucci, Reinhart y Cenizo declararon que
… el día 14 de julio del corriente año, el dicente, juntamente con personal policial y efectivos militares integraron una comisión de seguridad, con la finalidad de proceder a la detención de varios elementos sindicados como de extrema izquierda, conforme lo ordenado por el Señor Comandante Militar de Subzona 14 de la localidad de Toay. Tal procedimiento se debía realizar en la localidad de Jacinto Arauz. Realizadas las detenciones de los imputados, por razones de seguridad fueron trasladados hasta el Puesto Caminero de esa localidad.
También los cuatro policías coincidieron en la descripción de las condiciones en que se encontraban los cuatro secuestrados en el puesto caminero:
Los detenidos en cuestión se encontraban debidamente esposados, con sus brazos atrás, y colocados horizontalmente en el piso de una de las oficinas de la Dependencia mencionada, a la espera de la llegada del Camión Celular para trasportarlos hasta esta capital
lo cual es parcialmente verdadero ya que los secuestrados se encontraban sentados en el piso, excepto uno que sí estaba acostado, pero además con los ojos vendados, como lo expresa Baraldini, detalle que los cuatro policías omiten.
A continuación se refirieron al momento en que se percataron de que faltaba uno de los detenidos cuando éstos iban a ser trasbordados al camión celular que había llegado desde el pueblo de Jacinto Aráuz,
[…] inexplicablemente se advierte la falta de uno de los detenidos. […] A tal circunstancia se adoptaron las medidas que el caso requería, a los efectos de localizar al evadido. […] Tiene conocimiento el declarante que las averiguaciones en esa localidad prosiguieron varios días después de haberse producido el hecho.
Habría que aclarar que de las “averiguaciones” en Jacinto Aráuz de los días 15 y 16 de julio fueron víctima prácticamente todos los habitantes del pueblo y su zona rural, cuyas casas fueron allanadas sistemáticamente sin ninguna orden emanada de la justicia.
El subcomisario Roberto Oscar Fiorucci, que se ha caracterizado siempre por sus comentarios fuera del libreto, a veces con resultados que no lo favorecen, declaró:
Que entiende el dicente que no hay responsabilidad criminal por ninguno de los nombrados, ya que en todo momento se trató de cubrir con los medios necesarios y a su alcance las medidas de seguridad que el caso requería y que entendían eran suficientes; además porque en los interrogatorios de los que fuera objeto el evadido demostraba poco carácter de iniciativa, como así pretendía cooperar en las indagaciones que prestaba.
No dice Fiorucci que los “interrogatorios” fueron hechos en realidad bajo tortura, con armas de fuego percutidas en la cabeza, amenazas de muerte y golpes de puños con guantes de boxeador certeramente colocados, todo esto en la Comisaría de Jacinto Arauz a cargo de cuya jefatura se encontraba el oficial principal Miguel Gauna. Por otra parte, ¿cómo sabía Fiorucci que el “detenido” había cooperado mientras lo estaban “interrogando” si, como asegura, él no se movió en todo el día del puesto caminero?
El 22 de marzo de 1977 los cuatro -Fiorucci, Reinhart, Cenizo y Reta-, ya formalmente encausados, comparecen ante el juez federal subrogante Raúl Pedro Perotti para prestar declaración indagatoria. También en esta ocasión los policías brindarán una versión de los hechos muy similar:
Que no recuerda quién les colocó las esposas a los detenidos, aunque, como ya lo dijera, fueron verificadas por Reinhart en presencia de Reta, Cenizo y el declarante [Fiorucci], aproximadamente cinco minutos antes de que se notara la desaparición. […] En cuanto a los interrogatorios, la mayoría fueron tomados en la comisaría de Jacinto Arauz, aunque es posible que alguno de los detenidos haya sido interrogado en el puesto caminero, circunstancia esta que no puede certificar dado el tiempo transcurrido. […] Que no había luz en la oficina del encargado donde estaban los detenidos.; sin embargo, en la oficina de guardia [donde estaban los policías] había un farol a gas de kerosene que, al estar la puerta abierta, permitía visibilidad también en la oficina contigua [donde estaban los detenidos]. […] Que no se consideró en ningún momento peligrosos a los detenidos, circunstancia esta que queda demostrada con el hecho de que la comisión de la policía federal y la comisión militar se retiraron antes, dejando sólo a la policía de la provincia, por entender que no se merecía tantas medidas de seguridad, pues el carácter de los detenidos no hacía suponer ningún tipo de peligrosidad.
Reta, en la declaración indagatoria ante Perotti, dice que
venía de la comisaría de Jacinto Arauz en el automóvil de la Regional, juntamente con el Comisario Principal AGUILERA y el Inspector Mayor Constantino, trayendo las actuaciones realizadas en la comisaría; venía también el camión que trasladaría a los detenidos a Santa Rosa. […] Aguilera echó un vistazo en la oficina donde estaban los detenidos, advirtiendo que faltaba uno.
A raíz de la mención que Reta hace del comisario principal Aguilera, la justicia cita a este último a fin de que preste declaración ante el juez federal Lema, lo cual ocurre el 9 de mayo de 1977 a las 9 de la mañana. Aguilera confirma lo que había dicho Reta:
Que juntamente con el Oficial Principal Reta y en Inspector Mayor Constantino llegaron al destacamento policial ubicado a la vera de la ruta nacional no. 35, procedentes de la Comisaría de Jacinto Arauz, trayendo las actuaciones que se habían realizado en el coche. […] Que el dicente echó un vistazo a la oficina del encargado, donde estaban los presos, advirtiendo que faltaba uno. […] Que inmediatamente se dispuso un rastrillaje por la inmediaciones, sin resultado alguno […] estimando el compareciente que se trata de un hecho accidental que no se debe a la negligencia de nadie.
Con estas últimas palabras parece haberse quedado la justicia ya que el 16 de mayo de 1977 el juez Lema, siguiendo la recomendación del fiscal Suter, declara, entre otras cosas:
Que no era previsible que, encontrándose el evadido esposado, con las manos atrás, sentado en el piso y ojos vendados [como escribe Baraldini a Iriart], el mismo pudiese darse a la fuga. […] Que por lo antedicho no se acredita semi plena prueba -momentáneamente- por carencia de otros elementos de juicio, que la conducta de los imputados encuadre en alguno de los supuestos delictivos contemplados por el art. 281 del C.P.
RESUELVO: SOBRESEER PROVISIONALMENTE esta causa. […] Regístrese y notifíquese.-
Dr. CARLOS WALTER LEMA
Juez Federal
El mundo del revés
La Causa 646/76 viene muy a cuento para mostrar el modo en que el aparato de justicia civil actuaba durante la dictadura, en este caso en La Pampa, pero que podría generalizarse a todo el país. Por empezar, el secretario del Juzgado Federal de Primera Instancia de Santa Rosa, Eduardo Páez de la Torre, inicia la Causa incluyendo el documento del jefe de policía de la Provincia, Luis Enrique Baraldini, arriba reproducido, en el cual informa a su jefe Iriart del operativo llevado a cabo en Jacinto Aráuz, sin siquiera tomarse la molestia de encuadrar los hechos en la Ley 20840 de represión al terrorismo. Baraldini se refiere simplemente a un “operativo conjunto”, sin especificar cuál es la naturaleza de dicho operativo. Más grave aun, Baraldini afirma sin eufemismos que al momento de darse a la fuga, [el detenido] se encontraba esposado con las manos atrás, sentado en el piso y ojos vendados, presumiéndose que pudo haber fallado el mecanismo de la esposa. ¿Dónde quedaban los derechos más elementales de cualquier ciudadano, aun estando detenido, siendo además que todo el operativo había sido ilegal?
De esta manera, el juez federal Carlos Walter Lema da el puntapié inicial a una acción judicial que, en lugar de apuntar a quienes estaban violando de manera flagrante el estado de derecho, base fundamental de todo sistema de justicia civilizado, criminaliza a alguien que había huido para salvar su vida y la de los otros secuestrados, a la vez que pone en entredicho la capacidad represora de cuatro policías, sospechados de que hubo “negligencia en el servicio de su deber de funcionarios públicos”. ¡La justicia, en lugar de condenar la violación flagrante al estado de derecho, pretende enjuiciar a los policías por haber actuado con negligencia en la represión!
Conviene aquí recordar, porque viene muy al caso, que la fiscal Marta Odasso, en su requerimiento de procesamiento a Baraldini después de su detención, a fines de 2011, apuntó, ratificando poco después sus palabras el juez Pedro Zabala, que:
Las consideraciones acerca de la legalidad o ilegalidad de los motivos que sustentaron las detenciones resultan irrelevantes pues ante condiciones inhumanas de detención como las descriptas la privación de la libertad siempre será ilegal.
Las personas eran puestas a disposición del juez varios días después de las detenciones –en algunos casos, meses después- y luego de haber obtenido sus declaraciones, que en muchos casos eran elevadas sin firmas ni mención de la autoridad policial que había intervenido, obviamente para eludir toda responsabilidad en el asunto.
Ni Lema ni quienes lo secundaban en la administración de la justicia en La Pampa parecen haber opinado así, por lo cual no es para nada descabellado considerarlos cómplices del terrorismo de Estado. Las 38 fojas que conforman la Causa 646/76 constituyen el ejemplo más claro, sin necesidad de mayores elucubraciones abstractas, de la manera en que la justicia civil actuó durante la dictadura, poniéndose totalmente al servicio de los militares. Para rematar, el juez Lema, en el documento final por el cual declara absueltos a los policías, vuelve a citar, muy suelto de cuerpo, las palabras de Baraldini: “Que no era previsible que, encontrándose el evadido esposado, con las manos atrás, sentado en el piso y ojos vendados, el mismo pudiese darse a la fuga”. ¡Bella manera de administrar justicia! Lema, Páez de la Torre y Perotti no han sido hasta ahora indagados por mal desempeño en el cargo de funcionarios públicos y cómplices del terrorismo de Estado.
Las complicidades civiles
Otro caso emblemático de lo que fue el terrorismo de Estado en La Pampa es la Causa 482/76 por la cual fueron condenados a distintos lapsos de cárcel cuatro víctimas del Operativo Aráuz (Samprón, Álvarez, Pozo Grados y Carlino). El caso de la quinta víctima, Samuel Bertón, ni siquiera llegó a los tribunales, a pesar de haber sido mantenido en prisión durante dos meses para ser liberado sin ningún tipo de explicación y sin que la justicia haya tenido la menor intervención.
Más allá de lo perverso del aparato de justicia civil imperante en La Pampa durante el terrorismo de Estado, el mismo que intervino en la Causa 646/76 arriba analizada, con los mismos magistrados en los roles protagónicos, la Causa 482/76 es muy explícita en cuanto al papel que jugaron algunos habitantes de Jacinto Aráuz denunciando a un grupo de vecinos a los que tildaban de subversivos y que querían sacarse de encima para conservar privilegios consuetudinarios en la pirámide social del pueblo.
Los nombres de los denunciantes no constituyen ningún secreto pues están registrados en los documentos de la justicia que, como estas dos causas, se salvaron de ser destruidos al final de la dictadura: a la cabeza de estos auténticos cazadores de brujas araucenses se encontraba el valdense Ricardo Rostán -barón rural de gran ascendencia entre los conservadores del pueblo-, a quien secundaban Irma ‘Chiquita’ Rodríguez de Matir, directora de le escuela primaria No. 33 Manuel Belgrano; su esposo, Gregorio ‘Goyo’ Matir; Omar Munuce, farmacéutico; Adelmo Goy, en algún momento juez de paz del pueblo; Rubén Garciandía, veterinario; Adolfo Forestier, intendente de facto a partir del golpe del 24 de marzo, que tenía contacto en Santa Rosa con el subsecretario de gobierno provincial, el coronel Olascoaga, y otros soplones cuyos nombres están registrados en testimonios posteriores de las víctimas (véase la declaración ante escribano que dejó Samuel Bertón pocos días antes de morir), pero no aparecen en la Causa 482/76.
Un factor que desvelaba a la pirámide facho-corporativa capitalista local de Jacinto Aráuz era el Instituto José Ingenieros (la escuela secundaria local) el cual, con la incorporación de Carlos Samprón como director, conjuntamente con los vecinos que apoyaban su gestión, comenzó a echar a andar modestos proyectos de procesamiento de la producción agrícola, con miras a evitar que en el futuro los jóvenes no vinculados a la propiedad de la tierra siguieran emigrando en busca de mejores horizontes, impulsando de esta manera la diversificación de la economía regional. Así, para el poder establecido del pueblo, el colegio secundario se transformó en un factor de irritación ante lo que consideraba una amenaza para sus añejos privilegios. Poco antes de fallecer, Samuel Bertón recordaría: “Nunca nos perdonaron que quisiéramos hacer posible que todo el mundo estudiara y progresara”, a lo que Rostán habría replicado: “Si todos van a estudiar, ¿quien va a trabajar?”. Rostán odiaba al colegio secundario.
Mediante la intercesión de una persona de Aráuz que tenía vínculos familiares en Bahía Blanca relacionados con la Marina, Ricardo Rostán –a quien los informes de inteligencia de la Subzona 14 que recogen sus denuncias denominan “persona de reconocida solvencia y hombre de bien”-, dirigió su mirada hacia la ciudad portuaria de Bahía Blanca, distante 130 kilómetros de Aráuz, para buscar que se investigara a los que provenían de afuera, particularmente de Bahía Blanca y Punta Alta, al tiempo que se instrumentaran los medios para acabar con los problemas planteados por estos forasteros, que muy bien podrían incluir la represión sin miramientos. Es así como el aparato de inteligencia de la Armada, el poderoso SIN (Servicio de Inteligencia Naval), comenzó a reunir información sobre los denunciados a los efectos de elaborar una lista que eventualmente, una vez producido el golpe, se usaría para reprimirlos, de lo cual se encargaría la Subzona 14 fogoneada por el SIN. También la Marina, en cuyas manos estaba el Ministerio de Cultura y Educación, del cual formaba parte la Superintendencia Nacional de Enseñanza Privada (SNEP), pocos días antes del Operativo, envió al Instituto José Ingenieros un par de espías, disfrazados de inspectores, quienes corroboraron que, en efecto, el colegio secundario constituía una base de adoctrinamiento marxista. Uno de estos inspectores era Francisco Pablo Olmedo.
Una vez abierta la Causa 482/76, el procurador fiscal federal Jorge Francisco Suter, instructor de la misma, enviaba esta comunicación el juez Federal Carlos Walter Lema:
Sr. Juez:
Solicito se cite a prestar declaración testimonial al superior del Ministerio de Educaión Sr. Francisco Pablo Olmedo a fin de ampliar sus manifestaciones en fs. 26.
Asimismo solicito se cite como testigos al Sr. Gregorio Matir y su esposa y al padre del alumno Pablo Goy (fs. 8 y 9); igualmente deberá citarse al Sr. Ricardo Rostán (fs. 9).
Proc. Fiscal, febrero 21 de 1977
Dr. Jorge Francisco Suter
Procurador Fiscal Federal
[firma y sello]
En momentos en que se está instruyendo la segunda parte del juicio por crímenes de lesa humanidad cometidos en la Subzona 14, el actual fiscal federal, en un mínimo gesto de reparación de las injusticias padecidas por las víctimas del terrorismo de Estado, debería citar a declarar a los mismos “testigos” mencionados por Suter.
Como observación final, viene muy a cuento citar las palabras del represor Roberto Esteban Constantino durante la declaración indagatoria en su defensa en el juicio oral Subzona 14-I, Santa Rosa, 18/10/2010. Dijo Constantino, refiriéndose obviamente a Jacinto Aráuz:
Al final del Operativo, el intendente de la localidad invitó al personal militar a un asado, a pedido de la mayoría de los vecinos, en agradecimiento porque habían hecho retornar la tranquilidad al pueblo.
¿Queda alguna duda acerca de la entusiasta colaboración en el terrorismo de Estado de un puñado de vecinos de la pequeña población pampeana de Jacinto Aráuz, la cual, dicho sea de paso, sumida en un ominoso silencio, a 37 años del Operativo, se niega a recuperar para la Memoria, la Verdad y la Justicia este vergonzoso episodio de su historia? Esperemos que en el próximo juicio oral Subzona 14-II se avance en el juzgamiento de los colaboradores civiles en el terrorismo de Estado, y más específicamente en su capítulo judicial.
(Por Guillermo Quartucci) Continuando con el menú aniversario del Operativo Aráuz, iniciado ayer, aquí les ofrecemos, queridos lectores, el primer plato. ¡Esperemos no indigestarlos!
Primer plato
Los pecados de Favaloro
El maniqueísmo al cual es tan inclinada la fe católica -por no hablar de las ideologías de derecha- suele dividir a la humanidad en dos categorías: santos y pecadores, sin matices que morigeren el contraste. Gusta de poner todo en blanco sobre negro. O somos santos (los que consagra la iglesia o el poder) o estamos condenados a la categoría de pecadores, en la cual estamos incluidos la mayoría de los que transitamos por este mundo a la espera del castigo divino. Para ello fue creado un Paraíso, adonde supuestamente irían a parar las almas de aquellos pocos que descollaron por su pureza sin mácula, o un Purgatorio cruel, destino natural de quienes hemos pecado a sabiendas de lo que nos espera: el dolor y la asfixiante saturación de un espacio en llamas superpoblado.
Frente a semejante profesión de fatalismo, según el cual los humanos estaríamos condenados de antemano al castigo eterno dado que la santidad sería un objetivo imposible, los humanos nos hemos ingeniado para encontrar una categoría que, sin pasar por la difícil selección de la iglesia y por la exigencias del rol a jugar, nos permita hacer más soportable este valle de lágrimas: esa categoría es la del santo laico o sea, todo aquél que por sus virtudes y entrega al prójimo merecería formar parte del panteón de los elegidos por el Señor y nos permitiera creer que la bondad existe más allá de cualquier canonización oficial. A esta última categoría pertenece un personaje de la historia reciente de Argentina al que se lo venera en el altar de la santidad, haciendo caso omiso de sus debilidades como hombre y de los muchos pecados cometidos a lo largo de su vida: el doctor René Favaloro.
Es mucho lo que se ha escrito a favor o en contra de este personaje, siempre respondiendo a ese esquema maniqueo en que nos empeñamos en clasificar a los humanos y poder así dormir tranquilos: para muchos un auténtico ángel, para unos pocos descastados, entre los que nos incluimos, un pecador cuyas culpas terminarían por aniquilarlo.[1] En general, los que destacan la supuesta santidad del médico lo hacen desde una óptica trasnochada, marcadamente cursi, y plagada de sensiblería y lugares comunes, como la nota publicada por el diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca, cómplice del terrorismo de Estado, citada en el pie de página. Voces más lúcidas destacan por lo menos que la personalidad de Favaloro presentaba claroscuros muy acentuados, siendo especialmente relevante el papel que jugó durante la dictadura cívico-militar, a la cual brindó su entusiasta apoyo, y que terminó por redondear de manera implacable la ideología que profesaba.
Son muchos los análisis que acertadamente se han hecho a propósito de la forma en que murió Favaloro, en su mayoría subrayando los aspectos psicológicos, sociales, morales y hasta religiosos que lo habrían impulsado a pegarse un tiro en el corazón, pero que no lo explican todo si no se indaga el papel que la ideología de Favaloro podría haber jugado en su trágica decisión. En el 2000, año de su suicidio, las atrocidades cometidas por la dictadura cívico-militar que asoló a la Argentina entre 1976-83, a pesar de los intentos de los gobiernos democráticos posteriores por poner punto final a la cuestión, habían calado hondo en el seno de la sociedad, y las voces que clamaban por memoria y justicia provenían de todos los sectores, incluso de aquéllos que habían permanecido hasta entonces indiferentes. Es conocida la negación de Favaloro a denunciar en su momento a las juntas militares cuando grupos de derechos humanos le solicitaban su mediación en el tema de los desaparecidos a sabiendas de que el inmenso prestigio internacional del médico los pondría a salvaguarda de cualquier agresión por parte de los genocidas.
¿Por qué Favaloro se negó a alzar su voz para denunciar los crímenes, cuando, valido de su prestigio, podría haber influido en el ánimo de los asesinos? Para responder a esta pregunta basta con repasar el libro de Favaloro, Recuerdos de un médico rural, publicado en 1980, cuando el Proceso de Reorganización Nacional no había mostrado aún las grietas que comenzaban a debilitarlo. Este libro no deja dudas acerca de la ideología de Favaloro, alineado con absoluta convicción con el pensamiento que el Estado represor difundía hasta la saciedad a través de sus lemas: el “ser nacional”, la “tradición occidental y cristiana”, “Dios, patria, familia y propiedad”, “somos derechos y humanos” como contraparte de las “ideologías ajenas a nuestro sentir”, las “ideas perniciosas que corrompen a nuestra juventud”, el “peligro de la colectivización” y un largo etcétera que Favaloro repite literalmente en su libro en absoluta consonancia con el poder asesino.
Si quedaran dudas al respecto, las últimas frases del libro serían suficientes para disiparlas. Se pregunta Favaloro: “¿Aceptaremos, sin ambages, que esta sociedad que llamamos occidental y cristiana está llegando a su fin? […] ¿O caeremos en las falsas panaceas de las dictaduras de izquierda y la filosofía marxista que tanto daño han hecho a nuestra juventud […]?”. Pronunciadas en 1980 estas cuestiones retóricas típicas de la derecha liberal argentina revelan el carácter difícil de soslayar de la ideología de Favaloro. Por otras parte, el escenario de estas memorias es nada más y nada menos que Jacinto Aráuz, población que, lejos de la armonía social con que se la presenta en el libro, está marcada por hechos ominosos que el autor pretende ignorar: la masacre de anarquistas de diciembre de 1921, ocurrida en la comisaría local, y el copamiento por fuerzas conjuntas del ejército y la policía, en julio de 1976, en el que se produjo el secuestro, detención y torturas en dos centros clandestinos del pueblo (la comisaría local y el puesto caminero junto a la Ruta 35) de profesores y personas relacionadas con el Instituto José Ingenieros, acusados por un grupo de civiles del pueblo de “subversivos que buscan corromper las mentes de nuestros hijos”, suceso éste acaecido sólo cuatro años antes de la publicación del libro de Favaloro y al que no hace la menor referencia, no sea que se estropeara la imagen idílica que pretendía presentar del pueblo.
Nunca lo sabremos porque ya no está aquí para responderla, pero cabe la pregunta: ¿No será que Favaloro, además de su desilusión por la vida, se puede haber sentido corroído por la culpa de no haber denunciado los crímenes de lesa humanidad en momentos en que su voz habría podido torcer, aunque sea de manera mínima, los siniestros designios del Estado terrorista? Para completar el cuadro, en la polémica población de Jacinto Aráuz, en el edificio de la estación del desmantelado ferrocarril que atravesaba el pueblo, un museo está dedicado a la memoria de Favaloro. ¿Qué lectura deberíamos hacer de este hecho?
Favaloro y el Operativo Aráuz
El copamiento del pueblo por fuerzas conjuntas del ejército, la policía provincial y la policía federal se inició en la madrugada del 14 de julio de 1976, prolongándose dos días más, hasta el 16, a raíz de la fuga de uno de los secuestrados, lo cual significó el allanamiento ilegal de gran parte de las viviendas del tejido urbano y la zona rural circundante. La esposa de uno de los secuestrados, aconsejada por una familia que conocía a Favaloro de sus años en el medio, habló por teléfono con el médico para solicitarle su ayuda en la localización de su marido, cuyo destino hasta ese momento era incierto. El médico se negó terminantemente a tratar el tema y prosiguió con su agenda de apoyo a la represión. Justamente el día 15 de julio Favaloro se encontraba en su natal La Plata visitando el Colegio Nacional, donde había cursado sus estudios secundarios. Para disipar cualquier duda al respecto, reproducimos en su totalidad la crónica del evento al que asistió Favaloro, publicada en el diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca, entusiasta fogoneador de la represión ilegal y los crímenes de la entonces flamante dictadura.
La Nueva Provincia, 16 de julio de 1976
Favaloro
La Plata, 15 (NA) – “Se puede estar en el centro, en la izquierda o en la derecha, pero eso no justifica que vayamos a esta guerra fratricida que todo lo destruye”, dijo aquí el conocido cardiocirujano René Favaloro, en una charla dirigida a la juventud, durante la cual criticó a la insurgencia y a la guerrilla.
“Con la violencia no se va a ningún lado; a través de la guerrilla no vamos a cambiar nada”, afirmó también Favaloro en otro momento de su expresión, que estuvo específicamente dirigida a la juventud.
El acto en que habló el científico había sido organizado por la cooperadora del Colegio Nacional de esta ciudad, en que él cursó sus estudios secundarios, lo que dio pie al disertante para evocar el clima en que creció y se perfeccionó su generación.
Dijo al respecto que en La Plata prácticamente no hubo clases sociales sino una clase media alta y los hijos de los trabajadores, entre los que nunca hubo una gran diferencia, sino que se mezclaban e intercambiaban experiencias. “La única selección que había era la de las neuronas”, acotó, para agregar que convivían en ese instituto “gente de todos los colores y status, lo que nos hizo bien a todos”.
En cuanto a la universidad, recordó que era “totalmente autónoma, autárquica e independiente del gobierno” y que “tuvimos grupos de profesores de la más diversa formación ideológica: libre-pensadores, socialistas y conservadores, pero cada uno de ellos cuidaba la enseñanza y no tuvimos nosotros una formación política definida sino que estábamos en contacto con todas las ideas políticas, porque ninguno trataba de influenciarnos”.
“Se nos enseñaba que sin esfuerzo no se consigue nada”, prosiguió, “el acomodo no existía y todos teníamos la misma igualdad ante el esfuerzo”.
Varios de los conceptos de su velado antiperonismo vertidos por Favaloro en la charla a que se refiere la nota los habría de reiterar después en su libro de 1980, pero es su calificación del terrorismo de Estado como “guerra fratricida” lo que más llama la atención pues lo ubican muy temprano, a escasos 4 meses del Golpe, en la línea de los cultores de la “teoría de los dos demonios”, la cual surgiría con especial énfasis cuando, vuelta la democracia, integró brevemente la CONADEP convocada por el presidente Raúl Alfonsín a la que renunció porque no encontró eco a sus demandas de que se debían investigar, además de los crímenes de los militares y fuerzas afines, los crímenes de lo que él denominaba la “subversión” en un rapto inconsciente de justificación de la represión por parte del Estado. Nunca Favaloro, hasta su muerte, se desdijo públicamente de su apoyo a la dictadura cívico-militar, pese a un oscuro hecho ocurrido en plena represión que lo afectó de manera directa y podría haberlo despertado de su idilio con el terror estatal: la muerte, en circunstancias muy sospechosas, a las que la prensa de la época denominó “accidente”, de su hermano Juan José, hecho que hasta hoy permanece en el misterio. En Jacinto Aráuz, donde quedaban muchos amigos de la época en que Favaloro trabajó allí, los rumores de los más allegados a los hermanos hablaban de que Juan José, considerado “zurdo”, habría sido abatido en la carretera por un vehículo del ejército cuando desoyó la orden de detenerse A pedido expreso de Favaloro ninguno de esas amigos viajó para asistir al velatorio de Juan José, que se realizó de la manera más sigilosa.
Favaloro, la medicina y otros temas
Dejando de lado algo que nadie discute: el merecido prestigio de Favaloro como médico cardio-vascular, en el terreno de la medicina como profesión de servicio a la comunidad son muy discutidas ciertas expresiones suyas como cuando dijo que habría que cerrar por un tiempo la carrera de medicina porque lo que sobraban eran médicos; o cuando se quejaba, como en su libro, de los médicos “flor de ceibo”, expresión despectiva para descalificar a los que se graduaban de la universidad en los años del primer peronismo.
Un reconocido médico de Buenos Aires, especialista en infectología pediátrica, al referirse a Favaloro dice lo siguiente:
Fue un médico magistral, un excelente cardiocirujano, un elegido como Maradona y Pelé, pero nada más que eso. El resto es un mito que él mismo alimentó y del cual sacó mucho provecho. Favaloro hablaba hasta el cansancio del hospital público, generalmente para denigrarlo, siendo que nunca pisó ninguno desde su graduación. Lo que quería era crear una fundación propia en lugar de crear una unidad cardio-vascular en cualquier hospital del país. Si hablaba mal de las universidades públicas, siendo que él se había graduado en una de ellas, era para promover su propia Facultad de Medicina en la Fundación que presidía, atrayendo así ingentes sumas de dinero. El currículum de esa facultad está muy lejos de la realidad sanitaria de la Argentina puesto que le da absoluta prioridad a la tecnología, la genética, la farmacología molecular, dejando totalmente de lado las enfermedades que prevalecen en nuestro país y son las causantes de altas tasas de mortandad.
En otro sentido, es proverbial la xenofobia de Favaloro, sobre todo la dirigida a los hermanos pobres de los países limítrofes de Argentina que llegaban en busca de un mejor horizonte económico, los cuales constituían, según lo da a entender en su libro de memorias, una “inmigración degradada”. Tampoco simpatizaba el célebre médico con las militantes a favor de los derechos de la mujer, esas feministas hacia quienes apuntaba sus dardos impregnados de misoginia, para no hablar de su peculiar visión acerca de la diversidad sexual. Al respecto, el viernes 29 de agosto de 1984, el Canal 13 de televisión de la Capital Federal emitió el programa Grandes Temas Médicos, dedicado a la Sexualidad. La conclusión, al cabo de una hora y media de emisión, fue formulada por el Dr. René Favaloro, de la siguiente manera:
Yo quisiera destacar que es el problema de las desviaciones sexuales, que constituye un verdadero problema, una verdadera tragedia en nuestro tiempo, una tragedia que no está solamente en los grandes países desarrollados, evidentemente al que le toca viajar la puede ver fundamentalmente en Estados Unidos, en Inglaterra, en Francia, en los grandes países, digamos desarrollados, donde ya se ha constituido en una verdadera plaga, a mi entender. Esto no quiere decir que no deba ser también analizada en profundidad aquí, buscar las razones y corregirla, pero yo no puedo entender todos estos movimientos sociales, en donde se hace, quizás, hasta una apología de la homosexualidad. Este incremento, debo confesarlo, para mi es aterrador, porque significa una desviación de algo, que la naturaleza nos dice que no ocurre. (Citado por Carlos Jáuregui en su libro La homosexualidad en Argentina, página 71)
A manera de cierre
Siempre es arriesgado referirse a las figuras del santoral argentino con la certeza de que la condena social ha de ser casi unánime. Ahí está el reciente caso del periodista Horacio Verbitsky, quien, con la publicación de su investigación acerca del papel de cómplice que el jesuita Bergoglio jugó durante el terrorismo de Estado, se granjeó no sólo el odio general, sino el silencio de hasta quienes debían haberlo apoyado, dejándolo solo. Seguramente los que idolatran al “ángel guardián de Jacinto Aráuz” han de reaccionar de la misma manera frente a esta nota. Pero los hechos ahí están. ¡Quien los quiera oír, que los oiga!
[1] Véase en La Nueva Provincia de Bahía Blanca la nota El ángel guardián de Jacinto Aráuz, en http://www.lanueva.com/edicion impresa/nota/22/07/2012/c7m088.html, y en YouTube un fragmento del programa de televisión El gen argentino donde se habla de El lado oscuro de Favaloro, en http://www.youtube.com/watch?v=C49EqT18Kz0, emitido el 08/10/2007, para citar sólo dos ejemplos de los muchos que se encuentran en la red.
Segundo plato
Fuga en el Oriente… de La Pampa
Una de las obras más representativas de la literatura clásica japonesa son los Cuentos de Ise, escritos en el siglo IX por un aristócrata de nombre Ariwara no Narihira. Incluido en la colección Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges (Buenos Aires, Edit. Hispamérica, 1985), el libro consta de 125 historias breves, en cada una de las cuales se combinan prosa y poesía, esta última del género tanka o “poema breve” de 5 versos. Cada una de las historias comienza invariablemente con la expresión Había una vez un hombre… (Otoko arikeri, en japonés). A la manera de los Cuentos de Ise, presentamos al lector el siguiente relato:
Había una vez un hombre optimista que se negaba a aceptar que la maldad reinara en el mundo. Cinéfilo admirador de Ingmar Bergman, su película El demonio nos gobierna le parecía fascinante como planteamiento filosófico, aunque consideraba que la realidad era mucho menos sombría y perversa que la propuesta por el director sueco: después de todo, el ser humano era una criatura destinada a alcanzar la luz y, con mucho esfuerzo, el estado de gracia, aunque en ocasiones la vida le pusiera obstáculos a primera vista insalvables.
El hombre, como se habrá notado, desconfiaba de los preceptos de la iglesia, y más bien su optimismo adicaba en la creencia de que el correcto funcionamiento de la naturaleza y la razón humana constituían los nutrientes de ese optimismo inveterado que canalizaba en la docencia, el camino elegido para estar en armonía con el prójimo y con los asuntos de este mundo, que son, en definitiva, lo único que consideraba auténtico.
A mediados de marzo de 1976 el hombre comenzó a enseñar historia en el colegio secundario de una pequeña población de la pampa seca argentina llamado Jacinto Aráuz, para lo cual viajaba una vez por semana en un desvencijado ómnibus desde Bahía Blanca, donde residía con sus padres. Así, transcurrieron cuatro meses sin que ningún sobresalto –a excepción del golpe militar del 24 de marzo- se interpusiera en el camino que se había trazado hasta las vacaciones escolares de invierno, que comenzarían a mediados de julio de ese año, después de las cuales emprendería su derrotero hacia tierras lejanas en búsqueda de nuevos horizontes que le ayudaran a perfeccionar el camino elegido.
La ruta 35, que une Bahía Blanca con Jacinto Aráuz, era el espacio físico por el que el hombre se desplazaba, en medio de un paisaje semiárido sembrado de paja vizcachera en el que sólo de vez en cuando se erguía a duras penas algún arbolito achaparrado cuya evolución de siglos le había permitido sobrevivir en el inhóspito erial al cual los pueblos originarios, antes de ser exterminados por el hombre blanco, denominaban Huecuvu Mapu, la “tierra del diablo”. Si bien aparecía nuevamente la palabra con la que los primitivos habitantes aludían a un ser equivalente a la criatura roja con cuernos y tridente imaginado por la iconografía cristiana, el hombre prefería interpretar aquella imagen como una metáfora de un lugar carente de agua, propicio sólo para ser habitado por seres siniestros nacidos de la superstición de los mortales.
La mañana del 14 de julio amaneció muy fría. El viaje hasta Jacinto Aráuz fue tranquilo, como era habitual. Cuando el ómnibus llegó a destino, el hombre enfiló hacia la escuela secundaria. Eran las once menos cuarto de la mañana y la clase en tercer año empezaba a las once. Tenía el tiempo suficiente para atravesar las vías del ferrocarril que dividían en dos al pueblo y tomar unos minutos de aliento antes de comenzar la tarea. Sentado en el andén de la estación se encontró con un empleado quien, al verlo, le dijo:
─ ¿Usted va a la escuela? Mire que desde la mañana temprano llegaron militares y policías, y se están llevando a los profesores.
El hombre, más que temor sintió sorpresa ante el comentario, pues en aquella pequeña población rural perdida en el desierto pampeano aparentemente nunca pasaba nada. Pese a las dudas, sin otro lugar adonde dirigirse más que a la escuela, echando mano al optimismo que lo caracterizaba, pensó que lo más prudente era hacerse presente con la seguridad de que no habría de tener ningún problema.
Los alumnos de tercer año acababan de sentarse, después del consabido “buenos días, profesor” exclamado al unísono, cuando se abrió la puerta del aula y entraron dos soldados jóvenes con sendas armas largas al hombro, que le preguntaron por su nombre. Al responderle que en efecto era a quien ellos buscaban, cada uno tomó por un brazo al profesor y lo sacaron al pasillo. Allí lo pusieron de cara a la pared para palpar su cuerpo, como buscando armas. Después lo condujeron hasta un vehículo estacionado pegado al mástil del patio, con una inscripción del gobierno provincial en la puerta, junto al cual estaba parado un uniformado. Éste, sin pronunciar palabras, le quitó los lentes y los guardó en el bolsillo del abrigo del hombre. Después de cubrirle los ojos con una venda improvisada, con la bufanda le ató bien fuerte las manos por detrás, y lo empujó a la parte posterior del vehículo. ¡El hombre estaba siendo secuestrado!
Lo que sucedió en el resto de la jornada parecía formar parte de un rompecabezas que al hombre optimista le costaba armar. Hubo interrogatorios en la comisaría local, siempre con los ojos vendados, en los que, golpe va, golpe viene, y un arma percutida en las sienes, el torturador le preguntaba cosas inverosímiles relacionadas con la subversión y le tiraba nombres de personas de Bahía Blanca, algunas de las cuales conocía de la universidad, siempre con la amenaza de que “no hablar te puede costar Rawson o la vida”. Después de esta sesión de tortura, fue llevado a la cocina de la comisaría, donde circulaban mujeres que diligentemente preparaban café o lavaban la vajilla. En un momento, un niño de nombre Claudio, al parecer hijo o nieto de una de las mujeres a la que algunos llamaban Negra y otros señora Arellano, se acercó al hombre inmovilizado que estaba sentado en una silla. La madre o abuela le dijo entonces:
─ ¿Viste? Así ha estado toda la mañana, sin moverse, como una estatua.
El niño parecía estar resfriado pues el hombre sentía muy cerca de él el sonido de su respiración dificultosa mientras lo observaba. Después, tras serle quitada la venda por unos instantes, al hombre le hicieron firmar una declaración mecanografiada que no tuvo tiempo de leer.
Las horas transcurrían y finalmente alguien, sacando al hombre del calabozo que había sido su último destino después de rodar por varios recintos de la comisaría, le cambió la bufanda que inmovilizaba sus muñecas por unas esposas de metal a las que ajustó con sumo cuidado, igualmente por detrás. Ni el hombre, ni el desconocido que ejecutaba con precisión la rutina, podrían haber imaginado que ese pequeño detalle del cambio de una bufanda por esposas jugaría un papel clave en los hechos que se sucederían un par de horas después.
El hombre fue sacado de la comisaría y subido al mismo vehículo de la mañana. La venda, al cabo de las horas, hacía que los ojos le ardieran. Pidió al conductor del vehículo, junto al cual iba sentado, el mismo que lo había llevado hasta la comisaría, que por favor le sacara la venda, a lo cual éste le respondió:
─ ¡Para qué si dentro de un rato te la va a sacar San Antonio!
Fue entonces cuando el hombre terminó de armar el rompecabezas y se dio cuenta de que ahora, más que nunca, debería actuar con la cabeza muy fría, ponerla en estado zen suprimiendo las emociones, si pretendía salir de aquello que se había ido transformando en un infierno, pero no en ese infierno metafísico del que descreía, sino en el infierno construido por hombres como él. ¡El infierno eran los uniformados!
Finalmente, después de varios minutos de marcha, llegaron a un lugar en el que había otros secuestradores esperando. El hombre se dio cuenta de que en la habitación donde lo metieron había más personas secuestradas. De una dependencia continua, a través de una puerta, llegaban voces que se burlaban de ellos anunciándoles que cuando llegara el Gringo serían fusilados. De vez en cuando, uno de los secuestradores se asomaba y exclamaba perversamente: “¡Se están portando bien los muchachos!”.
Sin duda, quedaba muy poco tiempo. ¿Qué hacer? El hombre era muy delgado y sus manos pequeñas. Sin mayor esfuerzo, logró que la izquierda zafara de la esposa. Rápidamente, levantando ligeramente la venda, se colocó los anteojos que el conductor del vehículo había dejado en el bolsillo del abrigo. El lugar estaba en penumbras, sólo iluminado por la luz que, a través de una puerta, provenía de la habitación contigua, donde estaban los secuestradores que de tanto en tanto se asomaban para comprobar que todo estuviera en orden.
El hombre vislumbró tres siluetas sentadas en el suelo apoyadas contra cada pared de la habitación, sin duda otros secuestrados que, al igual que él, estaban con las manos hacia atrás y los ojos vendados. Le llamó la atención que las presas estuvieran en la penumbra mientras los cazadores se movían en un espacio muy iluminado. “Usualmente es al revés”, pensó. “No parecen muy expertos estos cazadores” fue una reflexión que le dio ánimo.
Junto al hombre había una puerta. Sigilosamente, la abrió y vio que daba a un pasillo que comunicaba con otra habitación en la cual había una ventana. “¡Ojalá estuviera abierta”, pensó. Sería por ella que se escaparía de sus captores en el momento adecuado.
De pronto, al escucharse el motor de un vehículo que se aproximaba, los uniformados empezaron a gritar excitados que llegaba el Gringo. El hombre entonces, determinado a que a él no lo iban a fusilar tan fácil, se puso de pie, abrió la puerta, atravesó el pasillo y abriendo la ventana de la habitación saltó hacia la oscuridad. Corrió, corrió y corrió por el terreno cubierto de paja vizcachera hasta quedar sin aliento. Después de saltar un alambrado, ya lejos de la construcción de la cual se había fugado, se detuvo a mirar a su alrededor. ¿Dónde se encontraría? A poca distancia vio luces de automóviles que se desplazaban raudos. “Sin duda, la ruta 35”, pensó. Más allá, en la noche diáfana de invierno, las luces de un caserío señalaban casi con certeza que se trataba de Jacinto Aráuz. Debía evitar dirigirse hacia allí.
Caminó hacia la ruta, pero antes de atravesarla observó el cielo y a lo lejos, en el horizonte, casi rozando la tierra, divisó la Cruz del Sur. ¡Hacia allá se dirigiría para tratar de llegar a Bahía Blanca! Rápidamente atravesó la ruta y se metió en el campo de lado derecho, buscando las vías del ferrocarril que corrían paralelas. Cuando las encontró, empezó a caminar por ellas, ya seguro de que a sus captores, por el momento, les sería muy difícil encontrarlo en aquella inmensidad helada. Las vías corrían por un terraplén a varios metros del suelo. El hombre empezó a forzar la esposa que colgaba de su muñeca derecha hasta que consiguió sacarla, no sin arrancarse la piel de la mano. Al hacer esto, las esposas cayeron en una corriente de agua que pasaba por debajo del puente que en ese momento atravesaba. Pero lo importante era que ya estaba libre de ellas.
Después de caminar varias horas, cuando empezaba a amanecer, se encontró con un silo no lejos de las vías que, afortunadamente, estaba vacío. En el lecho formado por el escaso grano que quedaba dentro durmió hasta que el mugido de unas vacas lo despertaron. Según su reloj, que tampoco le había sido sustraído, era el mediodía, por lo que hasta que dieran las cinco, hora en que el sol se ponía, tendría que quedarse por precaución. El hombre había llegado a la conclusión de que la mejor forma de avanzar para no ser descubierto sería caminar de noche, aprovechando además que no había luna.
Al día siguiente consideró que las vías también podrían ser un lugar demasiado obvio para seguir huyendo, por lo que se desvió un poco hacia la derecha, hasta encontrar un camino vecinal de tierra flanqueado por alambrados. Desde allí podía ver las luces de los vehículos que a la distancia se desplazaban por la ruta 35, que era la que guiaba sus pasos hacia Bahía Blanca. Sin embargo, ya cercana la hora en que el sol empezaría a despuntar, vio que a lo lejos, por el mismo camino, se acercaban dos vehículos con las luces encendidas. En aquella inmensidad desprovista de vegetación en la cual esconderse, lo único que atinó el hombre fue echarse de espaldas en una zanja profunda cavada al costado del camino. Desde allí vio cómo, un par de metros arriba, pasaban los vehículos, el primero con un reflector muy potente que dos soldados movían apuntando hacia lo lejos en los campos adyacentes. ¡Sin duda, lo estaban buscando!
Por fortuna, no se dieron cuenta de que él estaba allí agazapado y siguieron la marcha. Nuevamente el hombre pensó que los cazadores no eran muy expertos por la manera demasiado ostensible con que señalaban su presencia. En momentos en que empezaba a amanecer, el hombre se metió en un campo junto al camino, cavó una zanja longitudinal en el suelo recién arado, se acostó en ella y con las manos empujó la tierra desplazada hasta quedar totalmente cubierto, con sólo la cabeza afuera. Desde allí pudo ver cómo los vehículos se metían en una chacra cercana y estacionaban los vehículos en un bosquecillo de eucaliptos. Allí permanecieron hasta que se ocultó el sol, para luego seguir su camino.
La cinefilia constituía para el hombre y los de su generación una suerte de culto rayano en lo religioso. En su huida, no podía dejar de sentirse dentro de alguna película de las miles que había visto en sus tres décadas de vida. La más recurrente era Figuras en el paisaje, de Joseph Losey, en la cual un par de fugitivos tratan por los medios más ingeniosos de burlar a quienes los buscan, igualmente hombres uniformados. Pero a diferencia de esa magistral película, los cazadores pampeanos carecían de medios y de auténtica voluntad de alcanzar su objetivo. Por empezar, no llevaban perros, como los de la película, que habría sido la forma más sencilla de ubicar a la presa. Tampoco hubo desplazamientos de helicópteros que les hubieran permitido observar desde arriba el paisaje y cualquier cosa que se moviera en él.
Otra forma de dar con el evadido habría sido, como en la película de Losey, que formaran pelotones y caminaran a campo traviesa, como él lo estaba haciendo. Pero sin duda aquellos hombres buscaban la manera más fácil y sólo atinaban a montar un vehículo y observar cómodamente desde éste, sin el menor esfuerzo físico. Tampoco serviría, como de hecho lo hicieron, inspeccionar cada vehículo que circulaba por la ruta 35 en caso de que alguno hubiera levantado al fugitivo. El hombre sabía que sólo dependía de él llegar sano y salvo a su destino, para lo cual, lo único seguro era seguir caminando a pesar de carecer de agua y comida.
Huecuvu Mapu y las maravillas que encierra serían la salvación del evadido, y los demonios que lo habitan resultarían ser no más que unos torpes individuos que sólo armados ante una presa inerme se debían de sentir héroes, a la manera de los marines de Vietnam que también habían fracasado en su intento de sojuzgar a un pueblo resuelto a ser libre.
Mientras caminaba por aquel paisaje desolado, pero a la vez acogedor, el hombre compuso mentalmente un par de poemas. El primero, dedicado las aves de la noche que lo acompañaban en la travesía decía:
Por querérseme acercar
las nocturnales lechuzas
rozando las vizcacheras
vuelan en círculos áulicos
encima de mi cabeza.
El otro poema estaba dedicado a la resiliente vegetación del páramo:
En Huecuvu Mapu
si el humilde caldén
una persona fuera
“Ven conmigo”, le diría,
buscando su compañía.
A 37 años de aquellos sucesos extraordinarios, el hombre sigue preguntándose qué fue lo que le permitió llegar sano y salvo a destino después de caminar durante seis noches, más allá de su voluntad de supervivencia: ¿la mente zen, el cine o los recursos infinitos que ofrece Huecuvu Mapu?
Sobre la costa del Río Negro y a pocas cuadras del centro de la ciudad de Viedma un trabajador encontró restos humanos que podrían pertenecer a personas detenidas desaparecidas durante la última dictadura cívico militar. Ese mismo operario de una empresa contratista de obra pública habría expresado que participó del entierro de los cuerpos cuando era conscripto del Ejército hace más de 35 años.
Cerca del lugar funciona una planta de bombeo del Departamento Provincial de Aguas a la cual se llega por el camino vecinal que cruza por debajo del puente ferrocarretero. Los restos óseos, de por lo menos tres personas, quedaron descubiertos por una máquina excavadora que realiza una obra de instalación de cañerías de suministro de agua al parque industrial.
El secretario de Derechos Humanos de Río Negro, Néstor Busso, quien presentó la denuncia ante la justicia, advirtió ayer en FM De la Calle que el trabajador “habría dicho que dos de estos cuerpos serían de personas originarias de Bahía Blanca”.
Escuchá a Busso:
Descargar: nestor-busso-15-7-13_md_2216970_1.mp3
Los valdenses de Jacinto Aráuz
Postre
Los valdenses de Jacinto Aráuz
En un reciente viaje a Italia, tuve la oportunidad de visitar, entre otras ciudades, Roma y Turín, urbes plenas de sugestión y poseedoras de una larga historia que se remonta a los siglos anteriores a nuestra era, cuando los romanos empezaban a construir lo que más tarde sería el todopoderoso Imperio. Pero no es ésta una crónica que pretenda referirse a las maravillas culturales que a cada paso jalonan ambas ciudades. Más bien, lo que intenta es centrarse en algunos “descubrimientos” casuales, efectuados en largas caminatas sin un objetivo determinado, de aspectos que difícilmente figurarían en una guía turística. Concretamente, dos fueron los descubrimientos que me hicieron reflexionar sobre hechos insoslayables de reciente data (exactamente hace 37 años) acaecidos en una latitud tan alejada como la de una población de la provincia de La Pampa, en Argentina, relacionados con la fe valdense.
Mi primer contacto con esta derivación temprana del cristianismo se produjo hace casi cuatro décadas, cuando tuve la oportunidad de trabajar como docente en el Instituto José Ingenieros de la localidad pampeana de Jacinto Aráuz, a partir de marzo de 1976. Como es bien sabido, en Jacinto Aráuz existe una muy extensa colonia valdense asentada allí desde los albores del siglo XX. Surgidos en la Europa medieval como una derivación crítica de las políticas y el dogma de lo Iglesia romana, los valdenses, no obstante su fervor cristiano, muy pronto fueron puestos en la mira de las autoridades católicas que los consideraban un peligro para su futuro desarrollo. Propugnando la vuelta a los valores primitivos del cristianismo, sobre todo el rescate de valores como la pobreza y el culto sin intermediarios de la figura del Jesucristo de los humildes que se presenta en el Nuevo Testamento, los valdenses fueron muy pronto tildados por la jerarquía eclesiástica de “herejes” a los que había que borrar de la faz de la tierra. A lo largo del prolongado medioevo europeo, las persecuciones a sus inquebrantables seguidores se fueron haciendo cada vez más feroces, al punto de ser obligados a emigrar de las tierras que los habían visto nacer –el Mediodía francés- hacia otras regiones de Europa donde eventualmente se encontrarían más protegidos. Uno de estos destinos fueron los famosos valles valdenses, enclavados en las inhóspitas alturas de los Alpes, a ambos lados de lo que hoy constituye la frontera entre Francia e Italia. En Italia, esos valles se encuentran situados a escasa distancia de la ciudad de Turín, en la región del Piemonte, otrora reino de los Saboya.
Después de tres siglos de relativa paz, con la creación del feroz Tribunal del Santo Oficio –más conocido como Inquisición-, diseñado especialmente para perseguir y acabar con las nuevas corrientes cristianas (lo que se conoció como Protestantismo) que se enfrentaban al papado de Roma y a las monarquías aliadas que en esos momentos controlaban Europa, la relativa paz de que los valdenses habían gozado en los casi inaccesibles valles de la cadena alpina, se vio interrumpida por una nueva serie de embates provenientes esta vez de la Santa Inquisición. Los siglos XVI y XVII, en ese sentido, significaron la época más trágica para la fe valdense, después de la despiadada persecución en sus tierras de origen, en la cual miles de seguidores fueron masacrados, arrojados a las terribles prisiones de la época o ejecutados sin miramientos en lugares públicos para que sirvieran de escarmiento a los que osaran enfrentarse al poder de la Roma pontificia.
Italia fue uno de los países europeos que más tarde alcanzó su unidad política, ya bien avanzado el siglo XIX (1870). Hasta ese momento, la nación estaba fragmentada en pequeños, pero poderosos reinos, controlados por potencias extranjeras, familias aristocráticas locales de largo arraigo, o el inefable Papado romano. En el norte, el ducado de Saboya, con capital en Turín, estaba gobernado por la poderosa familia que le daba nombre. Roma, como capital de los Estados Pontificios, se encontraba directamente bajo el control del papado, cuyo brazo más prominente y ominoso lo constituía la Inquisición, encargada, entre muchos otros “santos oficios”, de perseguir y aniquilar a todos aquéllos que se opusieran a los designios de la Iglesia, en especial los que refutaban su autoridad como únicos representantes de Cristo, es decir, los “herejes”.
Roma
En la calle Via del Banco di Santo Spirito No. 3 de la capital italiana, a escasos metros del bello puente flanqueado por los famosos ángeles de Bernini que atraviesa al río Tiber, uniendo la ribera izquierda con la imponente mole del Castel Sant’Angelo, me topé por casualidad, adosada a la pared de un casa antigua sin ninguna pretensión, con una placa de mármol en la que una inscripción en italiano en letras rojas (la traducción al español es mía) reza lo siguiente:
EN MEMORIA DE
GIOVAN LUIGI PASCALE
(1525-1560)
PASTOR VALDENSE
AJUSTICIADO EN ESTE LUGAR POR LA INQUISICIÓN
A 450 AÑOS
LAS IGLESIAS VALDENSE Y METODISTA DE ROMA DECLARAN
“AUN CUANDO CAMINASE POR EL VALLE DE LA SOMBRA Y
DE LA MUERTE NO TEMERÉ MAL ALGUNO
PORQUE TÚ ESTÁS CONMIGO
SALMO, 23, 4
La primera pregunta obligada que me vino a la cabeza en cuanto leí la inscripción de esta placa fue: ¿Quién habría sido este pastor valdense del siglo XVI de nombre Giovan Luigi Pascale? Y a continuación, si bien los imaginaba: ¿Cuáles habrían sido los motivos por los cuales fue ajusticiado por la Santa Inquisición?
El valdense Giovan Luigi Pascale había nacido alrededor de 1525 en Cuneo, Piemonte, en el entonces ducado de Saboya, y por sus simpatías con el movimiento protestante encabezado por Calvino se trasladó a la vecina Ginebra. Calvino mismo, simpatizante de la causa valdense, envió al treintañero Giovan a la región de Calabria, con la misión de que predicara las teorías de la Reforma a los valdenses estacionados allí desde su salida del Sur de Francia, tres siglos antes. En la localidad de La Gàrdia, que en la lengua occitana hablada por los valdenses equivalía a La Guardia (hoy Guardia Piemontese), Giovan Pascale predicó la doctrina que negaba el Purgatorio, el culto a los santos, mortificaciones como el ayuno, el celibato de los sacerdotes, las riquezas de la Iglesia, la connivencia entre las monarquías temporales y las jerarquías católicas, entre otras cosas. Puesto en la mira de la Inquisición fue arrestado y, después de peregrinar por varias cárceles, trasladado a Nápoles, donde fue juzgado por el Tribunal del Santo Oficio y condenado a la hoguera. El patíbulo se levantó en Roma, en la orilla izquierda del río Tiber, frente al Castel Sant’Angelo, y allí fue quemado en público, después de haber sido degollado. La ceremonia se llevó a cabo el 29 de septiembre de 1560.
A partir de allí, comenzó la persecución de los valdenses de Calabria, que concluyó con el genocidio del que fueron víctimas unos dos mil fieles, entre ellos los 88 mártires de Guardia Piemontese que fueron degollados a las puertas de su templo, ubicado en la parte alta de la población, de tal manera que la sangre que corría hacia abajo alcanzó la principal puerta de acceso al pueblo amurallado, la que más tarde sería bautizada como Porta del Sangue (Puerta de la Sangre) en referencia al río rojo que se deslizó hasta ella. Estos trágicos y escalofriantes hechos ocurrieron el 5 de junio de 1561. Los valdenses de La Gàrdia, sin embargo, fueron los únicos sobrevivientes de todas las poblaciones de Calabria donde radicaban personas de esa fe, y ahí siguen en nuestros días.
Turín
En idéntico deambular sin rumbo fijo por las calles de la antigua capital del otrora Ducado de Saboya, me topé de pronto con una gigantesca mole de ladrillo rojo, una fortaleza medieval de las que abundan en Italia y que siglos atrás servían de bastión de defensa a las capitales de los diferentes reinos. Su nombre: la Cittadella (la Ciudadela). Cuál no sería mi sorpresa cuando, al acercarme a una placa de mármol adosada a uno de los muros del colosal edificio, me encuentro con una placa de mármol cuya inscripción rezaba:
DOSCIENTOS VALDENSES, CON SUS PASTORES,
SUFRIERON ENTRE ESTOS MUROS
UNA CRUEL Y TRÁGICA PRISIÓN
A CAUSA DE SU FE.
1686-1687
INSTALADA POR EL MUNICIPIO EL 18-5-2002
En 1686, Vittorio Amedeo II, cabeza del Ducado de Saboya, sobrino político del rey francés Luis XIV (aliado de la Iglesia y acérrimo perseguidor de protestantes), decreta fuera de la ley a los valdenses que estaban asentados en su territorio desde hacía varios siglos, profesando en paz sus creencias Los habitantes de los valles alpinos, después de una tenaz, si bien inútil resistencia, fueron diezmados por el ejército del duque y los sobrevivientes hechos prisioneros el 3 de junio de 1686 u obligados a huir hacia la cercana Suiza, donde el intenso movimiento protestante garantizaba su supervivencia. Es muy probable que la comunidad valdense de los valles alcanzara entonces la cifra de 14 mil almas: hacia junio de 1686, más de dos mil habían sido asesinados y 8 mil 500 arrojados a las cárceles del Piemonte, entre ellas, la terrible Ciudadela de Turín, donde durante 10 meses se debatieron entre la vida y la muerte 200 valdenses entre los que se contaban hombres, mujeres, niños y pastores. En la cárcel de Carmagnole fueron hacinados mil 400 prisioneros y en la de Trino, un millar. De ellos sobrevivieron, en la primera 400 y 46 en la segunda. Entre los sobrevivientes de la Ciudadela se encontraba Bartolomeo Salvagiot, quien dejó un estrujante testimonio de lo que fueron esos terribles meses en las mazmorras de los Saboya. Los que sobrevivieron a la ordalía fueron liberados el 27 de febrero de 1687, cuando el duque decidió aflojar la mano vis á vis sus recientes diferencias con el monarca francés.
Jacinto Aráuz
El 14 de julio de 1976 se desata en la población de Jacinto Aráuz, departamento de Hucal, La Pampa, Argentina, una “moderna” cacería de brujas propiciada por un grupo de vecinos que veían con muy malos ojos la presencia de algunos forasteros, casi todos ellos docentes del Instituto José Ingenieros, de nivel secundario. Como consecuencia, varias personas, en su mayoría profesores del Instituto, fueron secuestradas, torturadas en dos centros clandestinos de detención improvisados en el pueblo y algunas de ellas privadas durante meses ilegalmente de su libertad. El Operativo, dirigido personalmente por el Mayor Luis Enrique Baraldini, Jefe de la Policía de La Pampa, estuvo integrado por alrededor de 150 efectivos de tres fuerzas: el Ejército de la Subzona 14, la Policía Provincial y la Policía Federal. Llevado a cabo por un número desmesurado de uniformados en vivo contraste con un pueblo perdido en la Pampa seca argentina de poco más de mil habitantes, fue la culminación de un trabajo de meses de los servicios de inteligencia, primero de Bahía Blanca, a través del SIN (Servicio de Inteligencia Naval), y después del Golpe del 24 de marzo de 1976, por la Subzona 14, constituida a partir de fines de octubre de 1975, ahora con jurisdicción militar plena sobre el territorio provincial en su misión de combatir la “subversión apátrida”.
Todas las víctimas provenían de fuera de Jacinto Aráuz, si bien hubo una importante excepción: Samuel Bertón, un hombre de profesión mecánico, integrante de la Comisión de Padres que administraba la escuela, fue secuestrado, torturado en el Puesto Caminero situado a la vera de la Ruta 35, a poca distancia de Jacinto Aráuz, y recluido en el penal de Santa Rosa, capital de la provincia, donde permaneció casi dos meses, al cabo de los cuales fue liberado, previa firma forzada de un documento donde asumía haber pertenecido a una célula subversiva y se comprometía a “portarse bien” en el futuro. Bertón nunca pasó por las instancias judiciales a las que posteriormente fueron sometidos los demás secuestrados, finalmente blanqueados a partir de octubre de 1976, y juzgados en los tribunales civiles cómplices de la represión, acusados de transgredir la ley 20840.
La peculiaridad que distinguía a Samuel Bertón de los demás encarcelados, además de ser alguien del pueblo, era su filiación valdense, fe que profesa un considerable número de habitantes de Jacinto Aráuz, descendientes de quienes durante siglos sufrieran una encarnizada represión en Europa. También el pastor valdense de ese momento, Gerardo Nansen, fue secuestrado y torturado en el Puesto Caminero, pero al cabo de varias horas fue liberado y muy pronto se marchó del pueblo.
¿Qué era lo que había sellado el destino de Samuel Bertón, hijo dilecto del pueblo, respetado por sus cualidades humanas y su culto al saber? La respuesta es sencilla, aunque difícil de asimilar: en la comunidad valdense de Jacinto Aráuz había “hermanos” que no veían con buenos ojos las preocupaciones sociales que abiertamente mostraba Samuel Bertón. Una prominente figura de la comunidad, miembro del Consistorio local en algún momento, fue la que hizo llegar la voz de alarma a la inteligencia de Bahía Blanca, denunciando a Bertón y al anterior pastor valdense Carlos Delmonte –ambos fervientes promotores de la creación, a partir de 1970, del instituto secundario del pueblo- como “zurdos y che maoístas” (sic). Asimismo, fueron denunciados por este prominente valdense de Aráuz el párroco de la zona, Valentín Bosch, y el pastor de la Iglesia Reformada Suiza, Felipe Adolf, que en una ocasión visitara el pueblo conduciendo a un grupo de estudiantes secundarios de Capital, para propiciar un encuentro ecuménico con jóvenes locales que se llevó a cabo en el salón de actos de la comunidad valdense, muy activa por esos años en la promoción de eventos de significación social y cultural. También la profesora de geografía del Instituto, perteneciente a la comunidad valdense, fue denunciada, aunque por algún motivo quedó al margen de la represión. Las denuncias del prominente valdense estás registradas en la Causa 482/76 abierta a los que permanecieron detenidos en la Unidad Penal de Santa Rosa.
Samuel Bertón no pudo superar las heridas provocadas por las injustas y dolorosas circunstancias a las que fuera sometido, lo cual provocó en él un estado de tristeza y melancolía que muy pronto lo condujeron a la enfermedad y la muerte. Sin embargo, poco antes de su fallecimiento, dejó registrados, ante escribano público, los nombres de quienes habían propiciado su calvario, entre ellos, algunos “hermanos” de su propia fe incluido el prominente valdense.
Es difícil de entender cómo una comunidad que fuera objeto de persecuciones implacables a los largo de siglos por parte de la intolerancia de los hombres del poder temporal y espiritual europeo, haya producido algunos especimenes que, olvidando ese largo camino de lucha contra la opresión, se hayan vuelto contra sus propios hermanos.
Colofón
Hace poco más de dos meses, el 5 de junio del corriente año, se llevó a cabo en Guardia Piemontese (Calabria), emblemática población para la fe valdense, la VI Jornada de la Memoria[1] destinada a conmemorar los trágicos acontecimientos de que fuera testigo la Puerta de la Sangre, ocurridos cuatro siglos y medio antes. El principal orador del acto, junto a la Roccia di Val Pellice, monumento que recuerda a los valdenses de los valles alpinos en Calabria, poniendo el acento en la trágica historia de persecuciones de que fueran objeto, se refirió sin embargo con optimismo al futuro afirmando con energía que el objetivo es construir entre todos una “sociedad solidaria”.
Si en Calabria, después de tantos siglos, se sigue manteniendo viva la llama sagrada de la Memoria, ¿cuándo en Jacinto Aráuz se hará un ejercicio colectivo semejante destinado a superar definitivamente hechos dramáticos de un pasado reciente que ensombrecen su breve historia?
(Fin).
Fotos: Guillermo Quartucci, Junio de 2013
(Por Diego Martínez – BahiaGris)
El coronel retirado Jorge Igounet, ex edecán del presidente Carlos Menem, recuperó la libertad luego de un mes preso por participar en 1978 de una parodia de juicio destinada a blanquear en la cárcel de Bahía Blanca a un secuestrado que llevaba quince meses en La Escuelita, el centro clandestino del Cuerpo V de Ejército.
Designado “defensor” de un militante montonero que según el montaje militar se había entregado voluntariamente “para pagar su deuda”, el entonces teniente primero Igounet le advirtió que no se hiciera ilusiones porque “el juicio ya está decidido”. Luego renegó ante el “Consejo de Guerra” por la “difícil misión” que implicaba defender a un “delincuente subversivo”, pidió que se lo condene a la pena mínima por el “sincero arrepentimiento” de quien era torturado desde hacía más de un año y con quien aseguró no haber hablado, y no apeló la sentencia a veinte años de prisión.
El juez Santiago Martínez (foto) coincidió con los fiscales en que el proceso era “una pantalla para legalizar una detención ilegal” pero dictó la falta de mérito de Igounet por suponer que “difícilmente conociera lo padecido por la víctima”. Justificó que no hubiera preguntado por el motivo del “arrepentimiento” y la supuesta entrega voluntaria ante el enemigo en que el proceso se hizo “respetando la normativa y reglamentación vigente”.
Agregó comprensivo que Igounet no podía negarse a actuar de defensor porque “podía ser sancionado”, calificó su labor en el simulacro como “positiva y oportuna”, y concluyó que “las omisiones en las que pudo haber incurrido” no son reprochables a “un lego”, pese a que Igounet no sólo era militar sino también abogado.
Los fiscales José Nebbia y Miguel Palazzani, al apelar la falta de mérito, consideraron que la decisión del juez legitima la teoría de la obediencia debida y manifestaron su preocupación por la “reedición de arcaicas y vetustas posturas de justificación de lo hecho por un Estado terrorista” por parte de Martínez, el mismo juez que se niega a indagar por delitos de lesa humanidad al ex capellán militar Aldo Vara y al dueño del diario La Nueva Provincia, Vicente Massot.
El ex edecán Igounet dejó la cárcel de Marcos Paz y volvió a su piso 13 en avenida Libertador 5952, aunque tiene prohibido salir del país. Su futuro, igual que el de Vara & Massot, está ahora en manos de la Cámara Federal de Bahía Blanca.
Por efemedelacalle
Fuente:VCueporEjerctoBB
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