Una relación de amor y odio
Año 6. Edición número 283. Domingo 20 de Octubre de 2013
Por Graciela Pérez
gperez@miradasalsur.com
Año 6. Edición número 283. Domingo 20 de Octubre de 2013
Por Graciela Pérez
gperez@miradasalsur.com
La familia Falcón. Paradigma televisivo durante los años 60 de la clase argentina.
La Argentina se pensó siempre como un país de clase media. Atravesada por el discurso de civilización y barbarie, tanto kirchneristas como opositores se mezclan en ese segmento nacional. Características de un espacio heterogéneo y contradictorio. Su relación con los sectores bajos, sus miedos, malestares, reclamos y valores.
En los últimos tiempos, se habla de un divorcio entre el Gobierno Nacional y la clase media, o que el proyecto económico vigente no se dirige hacia este segmento de la sociedad. Las principales demandas insatisfechas pasan por dos cuestiones: inflación e inseguridad.
La supuesta falta de políticas gubernamentales que atenúen esos efectos provocan su rechazo a la gestión vigente y, en consecuencia, se instala en el relato político la idea de que el kirchnerismo es, por naturaleza, hostil a la clase media. ¿Por qué? Según dicen, porque no puede satisfacer estas quejas o, simplemente, porque prioriza otras y no hace lo suficiente por contener precios o luchar contra la inseguridad.
Sin embargo, en los últimos años, el país logró récords en patentamientos de autos y motos, aumentaron las ventas en shoppings y supermercados, hay altos índices de movilidad turística y la venta de productos electrónicos es excelente.
La clase media, aun siendo protagonista y habiendo recuperado desde 2003 su poder adquisitivo, se constituye al mismo tiempo como la principal crítica de la actual gestión.
Pero, ¿de qué hablamos cuando mencionamos a “la gente” o a las capas medias de la Argentina? ¿Qué rasgos homogéneos la definen?
Para el historiador Ezequiel Adamovsky, la clase media no existe como sujeto político porque es heterogénea: peronista y antiperonista, progresista y conservadora. En otras palabras, hay tantas clases medias como personas que la componen o descomponen.
Identidad y pertenencia. Delimitar a la clase media no es sencillo, porque es susceptible de definiciones diferentes. Algunas se basan en los ingresos y las condiciones objetivas de vida; otras, privilegian los consumos culturales, los patrones educativos y los estilos de vida. Sin embargo, estos enunciados representan en el imaginario social nuestra autopercepción como argentinos.
El historiador Ezequiel Sirlin indica que existe una idea de clase media como algo que está entre ricos y pobres y encarna la moderación, la racionalidad y la movilidad social. Pero, además, hay características propias del caso argentino. Una es que la identidad de clase media nació con una marca política muy fuerte, como reacción al peronismo, una separación respecto de esa plebe insubordinada que había aparecido. “En la Argentina se presupone que alguien de clase media no es peronista, así como se presupone que alguien del bajo pueblo es peronista. Ninguna de las dos cosas es necesariamente cierta”, revela Sirlin.
Adamovsky sostiene que la expresión “clase media” fue introducida por políticos e intelectuales ubicados a la derecha del arco ideológico, que intentaron incentivar un orgullo de clase media para contrarrestar los lazos de solidaridad entre los sectores más bajos del pueblo y el escalón superior. Esto empezó después de la Semana Trágica, en 1919.
Desde Domingo Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre en adelante, en los grupos de elite había un fuerte discurso que asociaba al país con lo europeo, a lo criollo con un rasgo de inferioridad, y vinculaba a la Argentina con el relato de la modernización.
Pero a lo largo de la historia y, de manera más reciente, en 2001, hubo un encuentro muy poderoso de sectores bajos y medios con voluntad de confundirse en un mismo sujeto social.
La clase media es, entonces, menos un rango de ingresos que una identidad, una forma de ver el mundo o un ideal aspiracional.
Para el psiquiatra y escritor José Abadi, “se comparten valores estéticos y pretensiones intelectuales y de lugares sociales. A veces está ausente como una narrativa que trascienda lo individual y que conforme una subjetividad social que nos incluya más allá de nuestras singularidades”.
Gabriel Di Meglio, historiador e investigador del Conicet, afirma que “el peronismo siempre fue un movimiento multiclasista, pero quienes le dieron el tono fueron los trabajadores. Muchas veces, desde sectores kirchneristas se habla mal de la clase media como si no hubiese afines”.
Relación de clase media y baja. La sensación de injusticia basada en la idea de que el Estado les quita a los sectores medios –ya sea por vía impuesto a las ganancias o por las asignaciones familiares– para darles a los pobres, circula en muchos integrantes de la clase media.
“Afirmar que la AUH sirve para financiar vagos o que lo que le descuentan del Impuesto a las Ganancias es para mantener a otros que no trabajan son declaraciones antipobres”, critica Di Meglio.
No es raro escuchar a políticos de la oposición presentarse como representantes de los sectores medios apabullados por el avance del populismo y el clientelismo. Una fiel exponente es la diputada y candidata de Unen, Lilita Carrió, quien afirmó que quiere un país de clase media.
Sobre ese planteo, Adamovsky señaló que Carrió se presenta desde 2007 como abanderada de la clase media. Levanta un discurso de recuperación de la disidencia y de retomar una vía de civilización que la Argentina perdió por el peronismo y su base: los pobres, manipulados por punteros. “Ella se ubica en el lugar de la racionalidad y el peronismo ocupa el lugar de barbarie y corrupción. Asocia el ser de clase media con una jerarquía moral. Ser superior a los demás”, apunta Adamovsky.
A su vez, Di Meglio aclara que los sectores populares “cuando participan (…) tienen alguna intención. No van como ovejas porque alguien los lleva”. Además, agrega que “por más que en algunos casos se haya pagado a gente, que no es lo más habitual, eso no implica necesariamente que esa gente no esté de acuerdo con lo que va a reclamar. Aquí hay una absoluta racionalidad política”.
La idea extendida en los medios y en cierto discurso popular y de clase media (y en menor medida también entre los intelectuales) acerca del pancho y la coca es notoria. A tal punto que toma consistencia para intentar entender procesos de manera rápida y peyorativa.
De este modo, esta afirmación anula cualquier intención de aquel que participa.
Comportamiento electoral. “Hubo un voto de clase media muy fuerte”, afirmó la legisladora porteña por Nuevo Encuentro, Gabriela Cerruti, a manera de autocrítica sobre el resultado de las Paso.
Rápidamente, y en respuesta a un pedido popular, el Gobierno decidió excluir del impuesto a las ganancias a un millón de contribuyentes con la suba del tope salarial a partir de los 15.000 pesos mensuales. También benefició a los monotributistas al multiplicar los montos de facturación por cada categoría.
Los reclamos por el denominado “impuesto al salario” ya se habían escuchado durante el 8N y el 18A y se multiplicaron por los canales mediáticos como una demanda de la clase media.
A fines de 2010, los puestos de trabajo se contabilizaron en 16.966 millones de empleados. Si tomamos esta cifra como el total de personas económicamente activas, la exención del impuesto a las ganancias impactó en el 6% de los trabajadores.
De acuerdo a un informe de la consultora W y Trial Panel, el 80% de la población se ve a sí misma como perteneciente a la clase media, pero la misma consultora advierte que a partir de un ingreso de 12.000 pesos mensuales, el trabajador forma parte de la denominada clase media alta, y si sus haberes no superan los 6700 pesos pertenece a la clase media baja.
Hugo Haime, reconocido consultor que integra el equipo de asesores de Sergio Massa, afirma en su libro Qué tenemos en la cabeza cuando votamos que la gente emite su voto por aquellos candidatos con los que se identifica. Según Haime, los sectores más postergados de la sociedad necesitan liderazgos paternalistas, es decir, alguien que los proteja y los sectores medios son muchos más individualistas. “Si les tocas alguna libertad, como puede ser el acceso al dólar, los golpeas en su propio corazón”, aduce Haime respecto a la clase media.
Por su parte, Di Meglio sostiene que los comportamientos humanos son muy variados. “Hay gente que le va muy bien bajo este Gobierno y sin embargo es antikirchnerista y otra que apoya la gestión actual porque pudo acceder a una vivienda o plan social. Buscamos siempre una causa por sobre otras y las cosas vienen mezcladas”, explicó el historiador.
En el mismo sentido, José Abadi destaca que en la medida de que haya una mayor capacidad de pensar y compromiso no solo emocional sino racional en términos participativos, lo que se busca cambia.
Críticas al kirchnerismo. Los motivos por los cuales se puede estar disconforme con la actual administración varían de izquierda a derecha. Sobresalen los malestares por la inseguridad, inflación, índices del Indec, restricciones cambiarias, transporte, los modos de encarar políticas, corrupción, entre otros.
“Hubo una primera etapa de recuperación del Estado, de reivindicación de las políticas sociales, y ahora hay una demanda de mejor calidad de vida”, describe Haime para dejar entrever que si bien se avanzó mucho, hoy el Ejecutivo pareciería estar estancado y Sergio Massa funcionaría como el sucesor de un modelo al que, paradójicamente, se opone.
Para el politólogo Arturo Trinelli, el problema es que cuando se habla de inflación e inseguridad se repara siempre en los efectos más que en las causas que la generan. Por ejemplo, el rebrote que los medios imprimen a los casos de inseguridad ubica en la agenda pública el problema de la supuesta pasividad oficial ante el delito, colocando el tema como prioritario pero sin un adecuado abordaje sobre las formas de atenuarlo. Entonces se exacerban los miedos y se llega a justificar el llamado a boicotear un censo por el problema de la inseguridad.
“Los índices que maneja en Indec pueden resultar irritantes cuando el ciudadano común va a hacer las compras y se encuentra con una inflación mayor a la que manifiesta el instituto de estadística”, dice Trinelli.
Y continua: “El Ejecutivo buscó congelar precios de la canasta básica y se enfocó en la campaña ‘Mirar para cuidar’, pero los resultados no fueron suficientes. Los intermediarios continúan quedándose con ganancias extraordinarias. El nuevo índice de precios que se analiza junto al FMI quizá pueda ayudar a tener una idea más cabal de cómo funcionan los intercambios entre productores, comerciantes y consumidores”.
La hiperinflación que marcó al período alfonsinista se revirtió con la convertibilidad, pero el costo fue muy caro: desindustrialización, alto endeudamiento y desempleo. Luego estalló la crisis que llevó a muchos argentinos a la pobreza y se agudizó con la devaluación duhaldista.
El difícil equilibrio entre poder adquisitivo, salarios y conglomerados económicos se manejó con habilidad por la actual gestión a través de la preservación del empleo y el regreso de las paritarias.
El camino para lograr el control inflacionario se divide entre quienes consideran que para vigilar los precios hay que dejar de emitir moneda y en quienes creen, como el kirchnerismo, que se deben regular las inversiones extranjeras e intervenir decididamente en las fuertes luchas que originan las pujas distributivas.
Claro que los modos en que el kirchnerismo decide encarar sus políticas generan irritación en algunos sectores que ven una postura con rasgos autoritarios.
Di Meglio advierte que algunos medios demonizan a Cristina e incentivan el odio. “Hay una mezcla de oposición a sus políticas y a su estilo, que remite a la vieja tradición antiperonista”, apunta el investigador. Y agrega: “El kirchnerismo ha sido riguroso en el respeto institucional. Sin embargo se construye una imagen de un Gobierno que está fuera de la ley”.
El investigador aseveró que las manifestaciones tipo “la verdad es que yo en realidad no los banco, no me gusta el estilo”, son gorilas y visibles en ciertos sectores antikirchneristas.
Para Di Meglio es positivo que el kirchnerismo haya obligado a todos a tomar posición. “Sí creo que es bueno para cualquier persona que trabaje sobre los seres humanos, en cualquiera de sus facetas, como lo hacemos los historiadores, tener una mirada sobre el presente y tratar, en lo posible, de intervenir sobre el mismo”.
En contraposición, Abadi esgrime que “la división entre buenos y malos genera ansiedad, frustración y, de alguna manera, aleja”.
Para Abadi, la corrupción no es novedad y parte de lo que estamos pasando no lo generó este Gobierno. “Tenemos hace mucho tiempo una dificultad para tener un registro y confianza en el otro que nos permita ver una iniciativa común”, aduce el psiquiatra.
Sirlin indica que muchas veces los dirigentes asisten perplejos a revueltas en su contra de quienes más se han beneficiado con sus políticas inclusivas.
A manera de conclusión. El kirchnerismo atraviesa su tercer mandato. En la última elección, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner logró el 54% de los votos. Gran parte de ese porcentaje estuvo conformado por sectores de la clase media que comparten medidas y valores como la intervención del Estado en la economía, la defensa de lo público ante los intereses corporativos, las alianzas con los países de la región y una mejor distribución de la riqueza. Una clase media que también existe y es parte de “la gente”.
Fuente:TiempoArgentino
No hay comentarios:
Publicar un comentario