Cuando la CIA pone toda la carne en el asador inteligente
Año 6. Edición número 293. Domingo 29 de Diciembre de 2013
Por Osvaldo Drozd. Sur en América latina
internacional@miradasalsur.com
Año 6. Edición número 293. Domingo 29 de Diciembre de 2013
Por Osvaldo Drozd. Sur en América latina
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“Cooperación.” Así definen Barack Obama y Juan Manuel Santos el tenor de las relaciones entre Washington y Bogotá. Ayuda secreta en inteligencia es la clave.
Según cuenta el matutino estadounidense, la ayuda secreta de Washington al país suramericano se da casi en forma simultánea a la implementación del denominado Plan Colombia, que comenzara en el 2000, tras las fallidas negociaciones entre el gobierno del por entonces presidente de Colombia Andrés Pastrana y las FARC, cuando para ello se había desmilitarizado la región del Caguán, una zona equivalente en extensión “al territorio de Suiza” dice el Post, asegurando que lejos de asegurar el objetivo pacificador, todo ello envalentonó a la guerrilla que por ese entonces contaba con una fuerza de 18 mil hombres, haciéndola pasar a la ofensiva dando de baja a líderes políticos colombianos. “Fueron asesinados funcionarios electos locales. Se secuestró a un candidato presidencial (Ingrid Betancourt) y se intentó matar a un presidenciable favorito, de línea dura, Álvaro Uribe, a cuyo padre las FARC habían asesinado en 1983”, dice el informe periodístico. Si bien se consigna que la ayuda estadounidense se incrementó a partir del 11 de septiembre de 2001, a partir de contar como justificativo la guerra contra el terrorismo; el Post señala que ésta consistía principalmente en un puñado de iniciativas de inteligencia, a partir de pequeños pero eficaces programas de acción que además tenían lugar en todos aquellos países en los cuales los carteles del narcotráfico generaban inestabilidad política. La intervención concreta y encubierta de la CIA en Colombia, si bien se inició en 2000, se reinició con mayor fuerza en 2003 como una decisión del por entonces presidente George W. Bush. Cuando éste último llegó a la presidencia había dos conclusiones presidenciales que permitían el accionar encubierto por fuera de las fronteras estadounidenses: uno era la lucha contra cualquier foco terrorista, y otra, convalidada en los ochenta por el presidente Ronald Reagan, autorizando el combate contra los narcotraficantes internacionales. Todos los datos e información que brinda el diario, dicen partir de múltiples entrevistas realizadas con funcionarios que se mantuvieron en el anonimato, ya que el programa aún sigue vigente, y el actual presidente Barack Obama le dio continuidad desde su asunción en 2009. La asistencia secreta consiste además en servicios de espionaje a través de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) y es financiada a partir de un presupuesto negro consistente en 9 billones de dólares, que no son parte de ninguna información pública y que se acreditan en forma separada al dinero que insume sostener el Plan Colombia. Desde que la guerrilla de las FARC fue clasificada como “terrorista”, le dijo un funcionario de alto rango al diario que, financiar un presupuesto negro resulta mucho más fácil, ya que “recibimos dinero de muchas y diferentes ollas”. Para el año 2003, la participación de los Estados Unidos en Colombia implicaba tener allí 40 agencias que contenían a 4.500 empleados sin contar a los contratistas, todos ellos por fuera de la Embajada que por ese entonces era la más grande que el país del norte tenía en el mundo, siendo superada en 2004 por la Embajada estadounidense en Afganistán. Citado por el Post, William Wood, embajador estadounidense en Colombia entre 2003 y 2007, dijo que “salvo Afganistán, no había ningún otro país en el mundo en donde tuvieran más tareas por hacer”.
El 13 de febrero de 2003, un avión Cessna 208 se estrello en la selva por acción de las FARC, y de los cinco tripulantes, dice The Post, fueron ejecutados el oficial colombiano que piloteaba la nave y uno de los 4 contratistas norteamericanos, mientras que los otros tres fueron retenidos por la guerrilla. Vale recordar que éstos fueron liberados por el ejército colombiano en la Operación Jaque realizada en julio de 2008, junto a la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt, y otros 12 rehenes. Según dice en el extenso informe, a partir de ese momento el presidente Bush, apoyándose en el director de la CIA George Telnet, se decidió a dar inicio en Colombia a la búsqueda de los tres contratistas. A pesar de que la CIA concentraba en ese momento todo su accionar en Irak y Afganistán se decidió conformar un especial y sofisticado bunker en Colombia, equivalente al que se utilizaba para el combate contra Al-Qaeda, le dijo al Post un ex alto funcionario de inteligencia que había estado involucrado en las discusiones.
El propósito de la acción encubierta de la CIA en Colombia, según afirman, proporciona dos servicios esenciales al combate que ese país lleva adelante contra las FARC y al pequeño grupo insurgente Ejército de Liberación Nacional (ELN): “Inteligencia en tiempo real que permite a las fuerzas colombianas dar individualmente caza a los líderes de las FARC y, a partir de 2006, una herramienta particularmente eficaz con la cual matarlos”, asegura el informe.
Lethal weapon. Según consigna el informe del matutino, el arma utilizada para dar de baja a los líderes de la guerrilla es un Kit de orientación por sistema de posicionamiento global GPS que transforma una bomba de poca gravedad, en una bomba inteligente de alta precisión. Estas municiones o PGMs guiadas de precisión construidas por Triple Canopy son capaces de matar a una persona en la selva si su ubicación exacta se puede determinar a través de geocoordenadas que se programan en el pequeño cerebro de la computadora de la bomba, mientras que otra de las utilizadas Raytheon Paveway II mejorada es una bomba guiada por láser con una capacidad de guiado también por GPS, que funciona mejor contra objetivos en la espesa selva. Una clave de cifrado que se inserta en el sistema de orientación permite que la computadora de la bomba pueda recibir datos del GPS de uso militar que son los que se utilizan para guiar a una bomba a su objetivo. Pero aunque parezca, esto no es un videojuego ya que las víctimas fueron muy concretas. Eso sí, la Oficina de Asesoría Legal de la Casa Blanca había determinado que matar a los líderes de las FARC no serían considerados como asesinatos, y se los enmarcaría en el mismo análisis jurídico que los Estados Unidos aplicaba para con Al-Qaeda. Matar a un líder de las FARC no sería un asesinato, “porque la organización plantea una amenaza constante para Colombia, como tampoco podría esperarse que ninguno de los comandantes de las FARC se rindieran” razonan desde el diario, agregando “y, como además está considerada una organización de tráfico de drogas, resulta una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos y eso ya se había resuelto años atrás con la lucha contra el narcotráfico, que fuera un hallazgo de Reagan”.
El 1º de marzo de 2008 las fuerzas armadas de Colombia dieron de baja a dos decenas de guerrilleros y estudiantes de la UNAM, en un campamento que estaba ubicado en la localidad ecuatoriana de Sucumbíos, en la zona fronteriza. Entre los caídos se encontraba el 2 de las FARC Luis Edgar Devia, más conocido como “Raúl Reyes”. La denominada Operación Fénix nunca fue bien aclarada por el gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe, ya que según los cálculos los aviones que habrían bombardeado el campamento inevitablemente tendrían que haber violado el espacio aéreo ecuatoriano. De hecho, esta acción trajo consecuencias, ya que tanto Ecuador como Venezuela rompieron de inmediato relaciones diplomáticas con Colombia. Según el informe esbozado por The Washington Post, la operación fue desarrollada desde territorio colombiano con el envío de bombas inteligentes, tras descubrir con precisión las coordenadas en donde se encontraba el campamento. Según también señala el diario estadounidense, el por entonces Ministro de Defensa y actual mandatario Juan Manuel Santos estaba al tanto de todo, y aún prosigue su combate contra la guerrilla con la ayuda de la CIA, aunque desde hace poco más de un año se haya sentado su gobierno a conversar con las FARC en La Habana para encontrar la paz. De hecho, afirma The Post que, durante el gobierno de Santos, cayeron 47 jefes guerrilleros, mientras que durante el de su predecesor Uribe sólo 16.
Repercusiones. El ministro de Defensa de Colombia, Juan Carlos Pinzón, dijo “todo el mundo sabe, aquí no hay nada nuevo, que tenemos una cooperación muy fuerte con Estados Unidos, que esa cooperación es en materia de inteligencia, en operaciones especiales y que la tenemos con otras naciones para que eso sí, sean los soldados (colombianos) los que las realicen “asegurando que dicha cooperación se hizo de forma secreta en un plan diferente al Plan Colombia, que fue diseñado para combatir el narcotráfico”, y recalcó que aunque la CIA sí colaboró en la inteligencia de estas operaciones, fueron las Fuerzas Armadas colombianas quienes las planearon y ejecutaron con total independencia. Por su parte, el ex presidente Uribe escribió el 25 por la noche en su cuenta de Twitter que “bajo mi responsabilidad fueron (los) operativos militares. Con hombres y equipos nuestros. USA ayudó para detectar ubicación de narcosecuestradores”, agregando luego “Operativos militares bajo Mi Responsabilidad permitieron liberar a: Ingrid, Gral. Mendieta, 3 norteamericanos. Muchos colombianos”.
El mandatario ecuatoriano Rafael Correa, también a través de Twitter, pero antes de la Nochebuena, expresó en relación a lo dicho en The Washington Post: “¡Gravísimo! Pero, ¿serán casualidad estas ‘revelaciones’?, ¿O se busca afectar...las relaciones con USA, con Colombia y, sobre todo, el proceso de paz? A estas alturas, ya no creo en ‘casualidades’”, dijo, aseverando que “la extrema derecha colombiana e internacional es capaz de todo. Feliz Navidad, con la paz de las conciencias tranquilas. ¡Los buenos somos más!”.
También se expresó el canciller ecuatoriano Ricardo Patiño: “Hay que andar con pies de plomo frente a estas revelaciones”, dijo, aseverando que su país siempre sospechó que la CIA apoyó a Colombia en el ataque en el que fue abatido el jefe guerrillero Raúl Reyes, por lo que actuará con cautela ante los informes de la prensa estadounidense. No podemos “dejarnos llevar adonde posiblemente nos quieren llevar: a afectar las relaciones con Colombia, incluso con Estados Unidos”, agregó Patiño, y subrayó que ese tipo de revelaciones también podrían ir en la búsqueda de alterar el proceso de paz que lleva a cabo el gobierno colombiano con la guerrilla de las FARC.
De la paz global a la guerra interna
Año 6. Edición número 293. Domingo 29 de Diciembre de 2013
Por Emiliano Guido
eguido@miradasalsur.com
Balance negativo. En su peor año político, Obama no ganó ni el nobel ni fue tapa de Time.
El mundo giró al revés durante el 2013 para Barack Obama. Por un lado, logró desactivar fuertes puntos de conflicto en el exterior y así firmó treguas con Siria e Irán. Pero, a nivel doméstico, el Partido Republicano se amotinó para frenar la reforma sanitaria y forzó una paralización histórica de la administración pública.
Durante esas escaramuzas parlamentarias, la administración pública entró en coma y todos los edificios gubernamentales cerraron sus puertas. La burocracia de Washington DC entró en default y, por unas semanas, la principal potencia del mundo tuvo la musculatura de un Estado fallido. Evidentemente, el mundo giró al revés esta temporada para el primer presidente afroamericano en la historia de los Estados Unidos.
Obama intentó pasar a la historia y buscó acordar la paz con el régimen de los ayatolás y con el gobierno de Damasco. Pero, los estallidos internos nunca le permitieron bajar la guardia ni tampoco volver a saborear las mieles del éxito político que, en otras ocasiones, lo llevaron a la portada de la revista Time como personaje del año o a recibir el Premio Nobel de la Paz.
Ningún think tank norteamericano lo previó pero 2013 pasará a la historia estadounidense como el año en que Barack Obama masculló unas palabras en farsí para romper un silencio de más de tres décadas con su homólogo iraní. Del otro lado de la línea, el entrante líder del Palacio Verde devolvió gentilezas y despidió a Obama con un saludo bien gringo: "Have a nice day". Fueron apenas unos minutos pero ese diálogo inter- estatal a fines de septiembre entre Washington y Teherán implicó la posibilidad de destrabar uno de los conflictos geopolíticos más intrincados del planeta. Hasta el momento, la denominada Cumbre de Ginebra tuvo avances significativos. El régimen persa aceptó el monitoreo externo de su programa atómico a cambio de la suspensión del embargo comercial petrolero contra su país.
La lectura de este acercamiento bilateral tiene, por supuesto, varios tipos de análisis (Ver nota de Noam Chomsky). Sin embargo, hay un común denominador para entender este cambio de estrategia en el Departamento de Estado. Obama modificó radicalmente durante el 2013 las prioridades de su política exterior. En ese sentido, es evidente que el complejo militar del Pentágono necesita reducir frentes de batalla para concentrar sus esfuerzos en contener el avance de China. Semanas atrás, un incidente bélico en el Mar de China meridional entre buques de guerra chinos y un crucero norteamericano evidenció el malestar entre ambas potencias. "China será una potencia continental de grandes dimensiones en el control de una gran parte del litoral de ese mar. Su posición geográfica será similar a la de Estados Unidos en relación con el Mediterráneo estadounidense. Cuando China se haga más fuerte en lo militar; su actual penetración económica en esa estratégica región adquirirá, sin duda, un trasfondo político de implicancias globales", interpretó el reconocido analista internacional Pepe Escobar en un artículo titulado China y EE.UU. chocan en un mar de dudas.
Por otro lado, el gran suceso de la política diplomática estadounidense tuvo como escenario a Siria. El Pentágono advirtió que comandaría una fuerte intervención militar en Damasco para, supuestamente, proteger a la sociedad civil tras registrarse una serie de bombardeos químicos en la periferia de la capital siria cuya autoría intelectual aún hoy es investigada por un equipo de técnicos de las Naciones Unidas.
Obama tenía poco margen de acción. Previamente, el mandatario norteamericano había descartado la opción militar pero la larga prolongación de la guerra interna siria estaba opacando su imagen como líder internacional. En ese momento, emergió la figura del Jefe de Estado ruso Vladimir Putin, quién terminó empequeñeciendo la figura de Obama luego de liderar una propuesta de emergencia que logró suspender el ataque de la OTAN sobre el país árabe. El ex agente de la KGB brilló en el monitoreo de las negociaciones en la capital suiza. Convenció a las potencias internacionales sobre su capacidad para suavizar la posición del presidente Bashar Al Assad y, finalmente, el presidente sirio accedió a eliminar todo su arsenal químico. Fue tal la ascendencia de Putin en el monitoreo del diálogo global sobre la crisis siria que, incluso, una revista pro occidental como Forbes lo erigió como el personaje más poderoso del mundo. Obama terminó con la medalla de plata en dicho ranking. Y demás está decir que los imperios no suelen celebran los segundos puestos.
El otro hecho informativo que puso de relieve el mal momento de la política exterior norteamericana fue la denominada crisis de espionaje o el también llamado caso Snowden. No porque las revelaciones del ex contratista de la CIA exiliado en Rusia hayan dado a conocer al mundo que Estados Unidos ejerce una constante política de intromisión en las comunicaciones públicas para ganar cuotas de poder e influencia en su política diplomática o comercial sino porque nadie hubiera previsto que Jefes de Estado del peso político de Ángela Merkel o Dilma Rousseff terminarían casi rompiendo relaciones con la Casa Blanca. En otro momento de la política internacional, cuando el unilateralismo norteamericano era más acentuado, el Palacio Itamaraty o la cancillería teutona no hubiesen llegado tan lejos manifestando su enojo con Washington. Pero, evidentemente, el tránsito geopolítico hacia un mundo más multilateral -sobre todo en la dimensión política y económica; aún no en el tablero militar, donde el Tío Sam sigue aventajando al resto- se aceleró durante los últimos doce meses porque se ha equilibrado un poco la relación de fuerzas entre Estados Unidos y las potencias emergentes.
"Con excepción de (Richard M.) Nixon, que tuvo que enfrentar el escándalo de Watergate, Obama ha tenido, quizás, el arranque más difícil de un segundo término de cualquier mandatario reciente", contextualiza Michael Shifter, presidente del grupo de análisis Diálogo Interamericano. Shifter, encuestas en mano, advierte en su último paper que "la dramática caída" en el apoyo popular hacia el presidente norteamericano, por abajo del 40 por ciento según los sondeos más recientes, hace parecer muy lejano el calor popular que le dio su victoria sobre el halcón Mitt Romney en las elecciones de 2012. Suele decirse, en el lenguaje de la literatura política norteamericana, que los mandatarios que transitan su último mandato, ya sin posibilidad de reelección, atraviesan el síndrome del lame duck. Obama, sin embargo, no parece dispuesto a caminar los pasillos de la Casa Blanca con el paso torpe y enclenque de un pato rengo. Ese, y no otro, será el dilema de la política norteamericana de los próximos años.
Los niños soldados de EE.UU.
Año 6. Edición número 293. Domingo 29 de Diciembre de 2013
Por Ann Jones.Tom Dispatch
mundo@miradasalsur.com
Seguramente el Congreso quería actuar correctamente cuando, en el otoño de 2008, aprobó la Ley de Prevención de Niños Soldados (CSPA, por su nombre en inglés). La ley tenía el propósito de proteger a niños en todo el mundo para que no fueran obligados a librar las guerras de los grandes. Desde entonces, se suponía que cualquier país que presionara a niños para que se convirtieran en soldados perdería toda ayuda militar de EE.UU.
Resultó, sin embargo, que el Congreso –en su raro momento de preocupación por la próxima generación– se equivocó rotundamente. En su gran sabiduría, la Casa Blanca consideró que países como Chad y Yemen son tan vitales para el interés nacional de EE.UU. que prefirió pasar por alto lo que sucedía a los niños en su entorno.
Como lo exige la CSPA, este año el Departamento de Estado volvió a enumerar 10 países que usan niños soldados: Birmania (Myanmar), la República Central Africana, Chad, la República Democrática del Congo, Ruanda, Somalía, Sudán del Sur, Sudán, Siria y Yemen. Siete de ellos debían recibir millones de dólares en ayuda militar estadounidense así como lo que es llamado "Financiamiento Militar Extranjero de EE.UU.". Se trata de un ardid orientado a apoyar a los fabricantes de armas estadounidenses entregando millones de dólares públicos a "aliados" tan sospechosos, que entonces deben dar un giro y comprar "servicios" del Pentágono o "material" de los habituales mercaderes de la muerte. Ya los conocéis: Lockheed Martin, McDonnell Douglas, Northrop Grumman, etc.
Era una oportunidad para que Washington enseñara a un conjunto de países a proteger a sus niños, no conducirlos a la matanza. Pero en octubre, como lo ha hecho cada año desde que CSPA fue promulgada, la Casa Blanca volvió a conceder "dispensas" totales o parciales a cinco países en la lista de "no ayuda" del Departamento de Estado: Chad, Sudán del Sur, Yemen, la República Democrática del Congo y Somalia.
Mala suerte para los jóvenes –y el futuro– de esos países. Pero hay que mirarlo como sigue: ¿por qué debiera Washington ayudar a los niños de Sudán o Yemen a escapar de la guerra si no escatima gastos dentro del país para presionar a nuestros propios niños estadounidenses impresionables, idealistas, ambiciosos para que entren al "servicio" militar?
No debiera ser ningún secreto que EE.UU. tiene el mayor sistema, más eficientemente organizado, del mundo para reclutar niños soldados. Con una modestia poco característica, sin embargo, el Pentágono no utiliza esa descripción. Su término es "programa de desarrollo de la juventud".
Impulsado por múltiples firmas altamente remuneradas de relaciones públicas y publicidad de alta potencia, contratadas por el Departamento de Defensa, el programa es algo esplendoroso. Su principal cara pública es el Cuerpo de Entrenamiento de Reserva de Oficiales Menores (o Jrotc por sus siglas en inglés).
Lo que hace que este programa de reclutamiento de niños soldados sea tan impresionante es que el Pentágono lo realiza a plena vista en cientos y cientos de institutos de enseñanza media privados, militares, y públicos en todo EE.UU.
A diferencia de los señores de la guerra africanos occidentales Foday Sankoh y Charles Taylor (ambos llevados ante tribunales internacionales por acusaciones de crímenes de guerra), el Pentágono no secuestra realmente niños y los arrastra físicamente a la batalla. En su lugar, trata de convertir a sus jóvenes "cadetes" en lo que John Stuart Mill una vez llamó "esclavos voluntarios", tan engañados por el guión del amo que aceptan sus partes con un gusto que pasa por ser elección personal. Con ese fin, el Jrotc influencia sus mentes aún no enteramente desarrolladas, inculcando lo que los libros de texto del programa llaman "patriotismo" y "liderazgo", así como una atención por reflejo a las órdenes autoritarias.
La conjura es mucho más sofisticada –tanto más "civilizada"– que cualquiera imaginada en Liberia o Sierra Leona, y funciona. El resultado es el mismo, no obstante: los niños son llevados a servir como soldados, una tarea que no podrán abandonar y durante la cual serán obligados a cometer atrocidades desgarradoras.
Cuando comienzan a quejarse o a no soportar la presión, tanto en EE.UU. como en África Occidental, aparecen las drogas.
El programa Jrotc, que todavía se extiende en institutos de enseñanza media en todo el país, cuesta a los contribuyentes de EE.UU. cientos de millones de dólares por año. Ha costado sus hijos a una cantidad desconocida de contribuyentes.
Fuente:MiradasalSur
Resultó, sin embargo, que el Congreso –en su raro momento de preocupación por la próxima generación– se equivocó rotundamente. En su gran sabiduría, la Casa Blanca consideró que países como Chad y Yemen son tan vitales para el interés nacional de EE.UU. que prefirió pasar por alto lo que sucedía a los niños en su entorno.
Como lo exige la CSPA, este año el Departamento de Estado volvió a enumerar 10 países que usan niños soldados: Birmania (Myanmar), la República Central Africana, Chad, la República Democrática del Congo, Ruanda, Somalía, Sudán del Sur, Sudán, Siria y Yemen. Siete de ellos debían recibir millones de dólares en ayuda militar estadounidense así como lo que es llamado "Financiamiento Militar Extranjero de EE.UU.". Se trata de un ardid orientado a apoyar a los fabricantes de armas estadounidenses entregando millones de dólares públicos a "aliados" tan sospechosos, que entonces deben dar un giro y comprar "servicios" del Pentágono o "material" de los habituales mercaderes de la muerte. Ya los conocéis: Lockheed Martin, McDonnell Douglas, Northrop Grumman, etc.
Era una oportunidad para que Washington enseñara a un conjunto de países a proteger a sus niños, no conducirlos a la matanza. Pero en octubre, como lo ha hecho cada año desde que CSPA fue promulgada, la Casa Blanca volvió a conceder "dispensas" totales o parciales a cinco países en la lista de "no ayuda" del Departamento de Estado: Chad, Sudán del Sur, Yemen, la República Democrática del Congo y Somalia.
Mala suerte para los jóvenes –y el futuro– de esos países. Pero hay que mirarlo como sigue: ¿por qué debiera Washington ayudar a los niños de Sudán o Yemen a escapar de la guerra si no escatima gastos dentro del país para presionar a nuestros propios niños estadounidenses impresionables, idealistas, ambiciosos para que entren al "servicio" militar?
No debiera ser ningún secreto que EE.UU. tiene el mayor sistema, más eficientemente organizado, del mundo para reclutar niños soldados. Con una modestia poco característica, sin embargo, el Pentágono no utiliza esa descripción. Su término es "programa de desarrollo de la juventud".
Impulsado por múltiples firmas altamente remuneradas de relaciones públicas y publicidad de alta potencia, contratadas por el Departamento de Defensa, el programa es algo esplendoroso. Su principal cara pública es el Cuerpo de Entrenamiento de Reserva de Oficiales Menores (o Jrotc por sus siglas en inglés).
Lo que hace que este programa de reclutamiento de niños soldados sea tan impresionante es que el Pentágono lo realiza a plena vista en cientos y cientos de institutos de enseñanza media privados, militares, y públicos en todo EE.UU.
A diferencia de los señores de la guerra africanos occidentales Foday Sankoh y Charles Taylor (ambos llevados ante tribunales internacionales por acusaciones de crímenes de guerra), el Pentágono no secuestra realmente niños y los arrastra físicamente a la batalla. En su lugar, trata de convertir a sus jóvenes "cadetes" en lo que John Stuart Mill una vez llamó "esclavos voluntarios", tan engañados por el guión del amo que aceptan sus partes con un gusto que pasa por ser elección personal. Con ese fin, el Jrotc influencia sus mentes aún no enteramente desarrolladas, inculcando lo que los libros de texto del programa llaman "patriotismo" y "liderazgo", así como una atención por reflejo a las órdenes autoritarias.
La conjura es mucho más sofisticada –tanto más "civilizada"– que cualquiera imaginada en Liberia o Sierra Leona, y funciona. El resultado es el mismo, no obstante: los niños son llevados a servir como soldados, una tarea que no podrán abandonar y durante la cual serán obligados a cometer atrocidades desgarradoras.
Cuando comienzan a quejarse o a no soportar la presión, tanto en EE.UU. como en África Occidental, aparecen las drogas.
El programa Jrotc, que todavía se extiende en institutos de enseñanza media en todo el país, cuesta a los contribuyentes de EE.UU. cientos de millones de dólares por año. Ha costado sus hijos a una cantidad desconocida de contribuyentes.
Fuente:MiradasalSur
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