27.12.2013
Ricardo Bartis, actor, director y dramaturgo
"En el '76, todo estaba atravesado por una fuerza heroica"
Habla de cómo vivió la dictadura, el sentimiento popular que había ante la llegada de la democracia, los cambios que se generaron en el teatro y cuáles son las ideas clásicas del pensamiento militar y de derecha, que todavía conserva un sector de la sociedad argentina.
Por:
Mercedes Méndez
Ricardo Bartis se sienta en un banco del patio de su teatro, un espacio rodeado de flores, plantas y paredes de colores. En su remera quedan rastros de que estuvo pintando los muros de su sala, que tiene casi la misma antigüedad que la democracia argentina. El director de teatro fundó el Sportivo Teatral en 1986 y, desde entonces, se mantuvo en el mismo lugar ideológico: como un referente de la escena dramática alternativa y defensor de una estética que no se entrega al negocio comercial. "Me he acostumbrado a pensar que el Estado es siempre mi enemigo", reconoce el artista que desarrolló algunas de las piezas más importantes del teatro nacional después de la dictadura.
–¿Cómo era tu vida como actor durante la dictadura?
–En el '75 estaba empezando a estudiar y lo veía como con cierta debilidad de mi parte, porque el imperativo de la época era la militancia. Veníamos de una situación de mucha violencia, con dictaduras que terminaron siendo blandas, comparadas con la de 1976. Ya había manifestaciones del exterminio, mataban gente todo el tiempo. Existió la Masacre de Trelew, como información de que las fuerzas armadas tienen un proyecto de exterminio. No había dimensión en la militancia del nivel de exterminio. Todo estaba atravesado por una fuerza heroica. El imperativo era que el imperio venía por nosotros y había que defenderse. Todavía no se ha podido nombrar la violencia que se vivió en la dictadura. Van a tener que pasar varias generaciones. Esa violencia forma parte de una humanidad que es argentina, no sólo es militar, civil y eclesiástica. En la dictadura apareció un aspecto profundo de la argentinidad.
–¿Cómo se trabajaba en ese contexto?
–A mí me salvó el teatro. Me costó mucho tiempo entender que a partir de esta actividad uno podía generar campos de afectación, campos de micropolítica, que operaban de otra manera. El teatro me ayudó mucho, no sólo en el sentido de protector y crecimiento, sino a tener un espacio de recuperación de algo que había quedado muy dañado. A nuestra generación le quedó el signo, no solamente de haber perdido, si no de no poder reconocer qué fue lo que nos movilizó. No había una comprensión histórica colectiva de qué fue lo que nos movió como generación a confrontar de cierta manera y a entregar lo más importante que tenemos, que es nuestro tiempo. Para la época, jamás hubiera tenido valor decir que algo era gratuito, porque era obvio que era gratuito.
–¿Cómo fue la experiencia del '83?
–Caudalosa. Me acuerdo que estaba haciendo una obra en un teatro del centro y estaban las manifestaciones de las juventudes políticas. Antes de hacer la función, se leían comunicados de adhesión. Era algo natural, un clima de mucha participación y efervescencia. Nosotros tuvimos Teatro Abierto, que fue una respuesta política desde el teatro, muy vital. Pero también hubo una revolución estética. La dictadura provocó un quiebre, una fractura en la cultura, un retroceso. En ese vacío, se podían dar las cartas de nuevo y se produjo un salto teatralmente hablando. Ahí comenzaron a habitarse otros espacios, empezó a haber una textualidad propia de la actuación, se poetizaron los lugares tradicionales del teatro. El espacio teatral quedó configurado en el gesto ocupacional. El período '83, '84 y '85 fue muy atractivo. Había que salir a ocupar espacios. Antes se enunciaba el tema y no se creaba un lenguaje que pudiera recrear esas potencias de la realidad. La dictadura fue una experiencia con el mal y, desde el teatro, había que pensar cómo se expresaba eso. Durante los '90 –en términos teatrales– se consolida un cambio revolucionario. Aparece un tipo de lenguaje de apertura. Cambiaron los sistemas productivos, ya no se dependía tanto del autor, sino que aparece una producción de lenguajes que tiene que ver en la relación entre director y actor. Y ese lugar del autor, preexistente a la escena, queda totalmente cuestionado.
–¿Había una necesidad desde el teatro de hablar de lo que se había vivido en la dictadura?
–Sería un error. Es tranquilizador en el aspecto político, que sería la crónica, pero en términos estéticos es un error. La recuperación del tema no es necesariamente el tema. Si no es una situación descriptiva representativa, que en general produce lo contrario a lo que se quiere lograr. Si vos mostrás una escena de tortura muy vívida, la gente puede decir: "¡Qué desagradable!" El campo ficcional tiene procedimientos distintos a los que suceden en la realidad. Tu propia forma de percepción necesita un carácter estético, sino se reduce el vínculo y no hay hipótesis de lenguaje. Aunque el tema fueran los desaparecidos, la tortura, la muerte, debería haber otro procedimiento para que eso tuviera valor. Si no, lo que estoy haciendo es amparándome en el tema. Que a mí entender es lo que hace todo el teatro que es político, que es todo el teatro. Moria Casán es teatro político. No es que el teatro político es sólo Bertolt Brecht. El teatro ocupa un lugar político porque genera una ilusión momentánea, compite con el Estado, porque el Estado genera una ilusión de lo real. Eso es una ilusión estable, en la que opera la cultura. El teatro construye una situación parecida a la realidad pero falsa, donde todos aceptamos la convención de una suerte de ilusión, un como sí. De ahí, puede salir un teatro conservador, absolutamente lineal, donde todo el mundo confirma lo que sabe antes de entrar. Hay otro tipo de teatro, que intenta desacomodar esa percepción, para producir una conmoción estética.
–Pasaron 30 años de democracia. ¿Por qué sigue sintiendo que el Estado es su enemigo?
–Este país necesita, por etapas, tener una dosis de muertos: el soldado Carrasco, los patovicas matando adolescentes en los boliches, los asesinatos privados en los countries. Lo que pasa con las mujeres, el aborto, la trata, Marita Verón… Las modalidades de amasijo de gente son diarias. Son situaciones que llegan a un punto de conmoción pública y donde la gente dice "es tremendo", pero para que se llegue a eso, tienen que pasar muchas muertes. Lo de Grassi es inaceptable. Aceptamos que hay una ley para unos y otra ley para otros.
–¿Esto es propio de la Argentina?
–Bueno, uno se refiere al barrio donde vive. Después salís al mundo y decís, al final estamos mejor. Pasa mucho con el teatro. Uno sale, mira y mira y termina pensando qué bárbaro nuestros actores y la gente que se juntan, aunque no tenga un peso. Cuando en otros lados no se juntan ni por asomo si no está la plata primero.
–En este contexto, ¿Cómo se sostuvieron estos 30 años de democracia?
–La sostuvo la gente que se fue a laburar. Nosotros, en 2001, reuníamos a los alumnos que venían a hablar, venían a decir: "Me quedé sin laburo, no tengo guita. ¿Qué hacemos? ¿Qué carajo hacemos?" Eso se debe haber multiplicado. La gente se reunía acá para ir a manifestar. Eran gestas de cohesión social. Por eso también es indignante que después la política, que había devastado el país, como el secretario de cultura que ahora se recicla y es director del FIBA. (NdeR: Darío Lopérfido) Parece que nos precediera el desierto y todos tuviéramos amnesia y no supiéramos la clase de persona que es y el lugar que ocupaba y la responsabilidad política que tenía en ese momento, por pertenecer al gobierno que generaba todo eso, que se fue con un tendal de muertos y la masacre de un montón de gente. La represión era la manifestación de la dictadura. Era el criterio de decir: "Si vos hacés esto, te vamos a dar goma" y es un aprendizaje para los dos lados: para el nuestro y para el lado que da goma. El que da goma, después no puede sustraer ese mecanismo, porque "ya aprendí a darte". "Ya aprendí que te doy." Entonces, no sólo hay goce, porque si no hay goce, no hay acción, si no que es parte de una estructura ideológica, que ha puesto el goce en la represión. Entonces estoy necesitando que vos hagas algo, dame una excusa pequeña y yo te voy a dar.
–¿Qué efectos tuvo esa política en el teatro?
–Esa misma política nos venía a hinchar las pelotas a nosotros en 2002 y 2003 sobre cómo eran nuestras estructuras edilicias, si teníamos extinguidores, salidas de emergencia, cuando el incendio social lo han hecho ellos. ¡Tipos que se han llevado miles y miles! Y que siguen viviendo ostentosamente y salen los hijos de mil puta por la televisión y nos dicen cómo deben ser las cosas. Aun ahora, que se supone que hay un gobierno nacional y popular, aun ahora que se supone que la cana no puede venir a matarnos a trompadas y Tiempo puede salir sin que le pongan una bomba –porque en otra época se la hubiesen puesto: son zurdos y merecen morir–, porque ese es el destino de todo zurdo. Así piensa cierta estructura no muy lejana. Hace poco un intendente dijo sobre Sabbatella "¡Es comunista!"
–¿Son ideas viejas?
–No es viejo: a Osama lo mataron por televisión. Y una multitud gozó con eso, mientras había mujeres y niños que padecían esa muerte, porque estaban vinculados afectivamente con la persona que estaban matando. Si ese es el modelo imperante, si de verdad nosotros llegamos a deberle a los fondos buitre toda la plata que dicen, si eso fuera plausible, de qué nos asombraría que alguien afanara, o dijera: "Basta no estudio más, me voy a vender merca." Pero hay una cosa cultural que todavía no ha podido ser arrasada.
Por qué Ricardo Bartís
Máximo referente del teatro alternativo e independiente. Sus obras forman parte de la historia cultural post dictadura: Punto muerto (1985), Telarañas (1985), La última cinta magnética (1986) y Postales argentinas (1988). En 2011 fue convocado por la Bienal de Venecia entre los siete directores más importantes de la escena mundial contemporánea, junto a Ostermeier (Alemania), Castellucci (Italia), Rodrigo García (argentino radicado en España), Lauwers (Bélgica), Fabre (Bélgica) y Bieito (España). En Venecia presentó un espectáculo breve sobre uno de los siete "pecados capitales" actuales: la burocracia. En los inicios de la democracia, tuvo recordadas intervenciones escénicas en Parque Lezama (1983).
las madres y abuelas
"No me olvido cuando Néstor Kirchner les dijo: ‘No les tengo miedo.’ Fue una sensación muy fuerte para mí, cuando un presidente dijo eso, uno sentía que se podía apoyar, ponerse detrás de este presidente. Porque yo sí les tengo miedo. Incluso ahora. Muchas cosas de este gobierno me han parecido increíbles, jamás pensé que iban a suceder. Me alegraron enormemente. Sobre todo el juicio y castigo a los asesinos de la dictadura. Hay cuestiones de índole simbólica poderosas, como la recuperación de las Madres y las Abuelas. Que han sido, para los que somos machistas estructurales, una lección de cómo el cuerpo femenino dignificó la historia de este país. Son referencia, ejemplos, en medio del horror. Nosotros estamos muy necesitados de ejemplos, de situaciones ejemplares y vimos mujeres que salían adelante y se volvían ejemplos"
Fuente:TiermpoArgentino

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