EL TERRIBLE TESTIMONIO DE SYRA VILLALAIN EN LA CAUSA ESMA
Una pasión argentina
A los 87 años contó en detalle, con perfecta ilación y fechas exactas, la destrucción de su familia. Dos violentos allanamientos y dos secuestros, un padre que escucha cómo torturan a su hijo, el exilio de los sobrevivientes.
Por Alejandra Dandan
Syra Villalain tiene 87 años. Hace rato ya que enumera con toda precisión una serie de fechas ante los jueces del tribunal de la causa ESMA. Son tantas que parecen dar cuenta de un enorme clan de familia, pero en este caso no hay aniversarios festivos, sino una cadena interminable de días, meses y hasta años que enumeran los efectos de la dictadura sobre su familia. Una de las primeras fechas que aparece es la madrugada del 17 de febrero de 1977, en la casa de Floresta. Una patota revisa los doce ambientes de las dos plantas, revuelve todo, da vuelta todo y se lleva a la fuerza a Eduardo Alvaro, el hijo más chico de los siete que tienen Syra y su marido, el médico del barrio Eduardo Manuel Franconetti. Unico varón, de la familia, tenía 18 años, había militado en la UES, pero a esa altura ya no lo hacía.
Syra Villalain tiene 87 años. Hace rato ya que enumera con toda precisión una serie de fechas ante los jueces del tribunal de la causa ESMA. Son tantas que parecen dar cuenta de un enorme clan de familia, pero en este caso no hay aniversarios festivos, sino una cadena interminable de días, meses y hasta años que enumeran los efectos de la dictadura sobre su familia. Una de las primeras fechas que aparece es la madrugada del 17 de febrero de 1977, en la casa de Floresta. Una patota revisa los doce ambientes de las dos plantas, revuelve todo, da vuelta todo y se lleva a la fuerza a Eduardo Alvaro, el hijo más chico de los siete que tienen Syra y su marido, el médico del barrio Eduardo Manuel Franconetti. Unico varón, de la familia, tenía 18 años, había militado en la UES, pero a esa altura ya no lo hacía.
“Yo quiero destacar entre las secuelas de la represión del terrorismo de Estado la destrucción de tantas familias como la mía”, dijo la mujer al Tribunal Oral Federal 5. “Nosotros, yo, tenía siete hijos. Mi marido era médico, médico de gente pobre, médico de barrio como los que había antes. Eramos una familia con dificultades y con problemas, como ocurre en tantísimos hogares, pero mi esposo tenía derecho a conocer a sus nietos y mi hija y su marido (también desaparecidos más tarde) tenían derecho a ver crecer a sus hijas. Lo que pasó con mi familia no fue solamente con una o dos familias, sino con treinta mil que sufrieron lo más terrible que le puede pasar a un adulto, que es vivir la muerte de un hijo.”
Syra habló sin pedir recesos. Sólo alguna vez les pidió a los jueces “un segundito”. Tomó agua como quien aprendió a darse fuerza con lo que tiene a mano y siguió. El grupo armado que entró a la casa hizo una revisión minuciosa. “Los doce ambientes quedaron totalmente desordenados, con los pisos cubiertos por las cosas que fueron sacando de los placards y muebles.” Además de llevarse a su hijo Eduardo, se llevaron por unas horas a su esposo Eduardo Manuel, al que liberaron a la mañana siguiente. Eduardo padre estuvo alojado en una celda de un sótano, desde donde pudo sentir lo peor. “Pudo llegar a oír –dijo Syra– los gritos de mi hijo, que estaba siendo torturado.”
Ese mismo 17 de febrero, otra patota entraba a una casa de Sarandí donde vivía la segunda hija de Syra, Ana María, poco más grande que Eduardo, también antigua militante de la UES y para ese momento artesana en Plaza Francia. Ana María vivía con su compañero y el padre de su compañero, ambos uruguayos. Esa noche, su compañero no estaba. La patota entró, ató al hombre mayor, a una pareja que estaba de visita y se llevó a la chica. Con el tiempo, lo único que supo la familia de los dos hijos más chicos es que fueron vistos en el centro clandestino del Atlético. “Fue un día terrible porque ese día entraron al centro clandestino del Club Atlético 19 pibes de la UES, muchos del Nacional Rivadavia y de los cuales sólo hay dos sobrevivientes.”
Las fechas de las que Syra habló en la audiencia continuaron. Un 29 de marzo de ese mismo año, 1977, no hubo patotas, ni secuestros pero Eduardo padre murió de algo que su familia menciona como tristeza. “Los secuestros, de sus hijos no sólo lo afectaron afectivamente, sino que –agregó su mujer– lo sacudió enormemente en la visión que tenía de la sociedad. No pudo resistir. Era un hombre joven. En el momento en que murió tenía 64 años. Y se murió de pena, de dolor, como murieron tantos padres y madres ante semejante situaciones.”
Syra fue convocada en la audiencia de la ESMA para dar cuenta de lo que en realidad siguió a partir de ese momento. El 11 de septiembre de 1977 una patota secuestraba a Adriana María, su hija más grande, y a su compañero, Jorge Donato Calvo. Ellos hacían la cola en el cine Ritz de Cabildo y Olleros para ver una película de Buñuel, Los olvidados, apuntó Syra en unas notas. Se llevaron a los dos. Tenían dos hijas, una había cumplido un año y “no caminaba”, escribió su abuela alguna vez. La otra tenía casi tres años. Esa tarde las habían dejado con los padres de Jorge. Ellos fueron los primeros que se dieron cuenta de que no volvían.
Adriana estudiaba antropología, era empleada administrativa en Obras Sanitarias. Jorge era médico residente en el Hospital Ramos Mejía. Los dos militaban en Montoneros zona norte, él en el área de Sanidad.
“En el primero de los homenajes que se hizo en el Ramos Mejía por sus desaparecidos, creo que son nueve –dijo Syra a los jueces–, tuve la suerte de encontrar a un compañero de Jorge que todavía está en el hospital y que había guardado dos cuadernos de anotaciones que habían quedado en el armario donde mi yerno guardaba sus cosas. Me los entregó y ahora los atesoran mis nietas.”
Adriana y Jorge se habían conocido en el Nacional de Buenos Aires. “Los dos fueron excelentes alumnos, fueron alumnos brillantes, eran personas inteligentes, preocupadas por la realidad y deseosos de promover una igualdad de oportunidades para todos. Era un momento en que en toda América latina despertaban movimientos populares. Y ellos estaban inmersos en ese deseo colectivo de transformación de la sociedad.”
Desde Montoneros trabajaron en una serie de barrios populares, desde San Fernando hasta Carupá, que hoy ya no existen, dijo. “Todo eso fue loteado y urbanizado, ayudaron a los que allí vivían a organizarse para pedir la luz, el asfalto, las cloacas, el agua corriente, una guardería, una salita de primeros auxilios. Al mismo tiempo se dedicó mi hija a hacer trabajos de alfabetización y de ayuda escolar y Jorge trabajó en el área de Sanidad.”
Syra supo que no estaban cuando la llamaron al trabajo. Al otro día presentaron un hábeas corpus y al otro publicaron una nota con la denuncia en el diario Buenos Aires Herald. Gracias a la nota, dijo la mujer, supieron con los años que Adriana y Jorge habían estado en la ESMA. Un grupo de detenidos desaparecidos obligados a realizar trabajo esclavo leyeron la noticia y la relacionaron con la llegada a Capucha de una pareja que aparentaba ser muy joven.
“En verdad, tanto mi hija como mi yerno tenían 27 años, pero aparentaban muchísimo menos –dijo ella–; de hecho, en algunos cines les pedían documentos para entrar porque pensaban que eran pibes.”
En la ESMA los vieron varios sobrevivientes. Syra fue conociendo distintos relatos. Alguna vez los situaron en momentos distintos al operativo y para certificarlo todo de nuevo ella fue al Herald a revisar toda la edición 1977. Buscó operativos en cines. Vio uno en el Splendid de la avenida Santa Fe, otro enfrente, pero sólo uno en Belgrano, el de su hija. Lila Pastoriza los mencionó en el Juicio a las Juntas y Alicia Milia de Pirles dijo que lo vio a Jorge desde su cucha, “y que la sorprendió porque tenía un aspecto muy, muy joven y le llamó la atención porque estaba bien vestido y limpio, no como los que estaban en el campo”. Ese dato es importante para la familia, pero también para los fiscales por ejemplo. Aunque parezca pequeño, la idea del estar bien vestidos puede asociarse a la ida al cine.
Adriana al parecer estuvo sólo unos días en la ESMA y Jorge unas semanas. Ambos están de-saparecidos. También lo están los dos hijos más chicos de la familia, Eduardo y Ana María.
Cuando terminó de contar todo esto, Pablo Llonto, abogado de la querella, le preguntó si podía explicar qué pasó con el resto de los hijas.
“Yo, después de que sucedió todo esto, tenía cuatro hijas que habían salvado sus vidas. Tres de ellas viajaron a México, donde estuvieron exiliadas. México realmente fue un país que acogió a los exiliados argentinos, los ayudó, pero el exilio siempre fue duro. Una de mis hijas hizo estudios universitarios, estudió psicología y allí estuvieron. Una volvió junto con la democracia, vino con Alfonsín. Y las otras dos volvieron más tarde. Y aquí quedó una sola, que no viajó porque en ese momento estaba casada con un chico que a los 23 años murió de cáncer.”
En México vivieron María Teresa, María Mercedes y María Gloria. María Victoria fue la que quedó viviendo en Buenos Aires.
“Yo quiero simplemente expresar mi satisfacción por la concreción de estos juicios que, la verdad, llegan un poco tarde, pero están funcionando”, dijo Syra. Y agradeció a los que sobrevivieron a los campos. “Ellos, después de vivir las atrocidades por las que tuvieron que pasar, tuvieron el coraje de dar sus testimonios y en gran parte muchos dieron sus testimonios antes de llegar la democracia. Eran noticias terribles, pero paradójicamente nos dieron seguridad porque uno ahí supo dónde estábamos parados y qué es lo que teníamos que hacer.”
Fuente:Pagina12
Envío:Agnddhh
23 12 2013
TESTIMONIOS
118. "Ellos lucharon para que todos los habitantes de este país tuviéramos igualdad de oportunidades"
Así recordó Syra Villalayn a su hija Adriana Franconetti y a su yerno Jorge Calvo, quienes continuán desaparecidos. Además, declararon Carlos Alberto García, sobreviviente de la ESMA; Enrique Guelar, amigo de la familia Tarnopolsky; y María Josefina Casado, hermana de Gaspar, detenido-desaparecido.
Los casos de Jorge Donato Calvo y Adriana María Franconetti de Calvo (371 y 372)
Jorge era médico residente del Hospital Ramos Mejía. Adriana militaba en la JUP y era alfabetizadora en villas en la localidad de Virreyes. A él lo apodaban "Pepe" y a ella "Cuqui". El 11 de septiembre de 1977 ambos fueron secuestrados por integrantes del Grupo de Tareas 3.3.2 y llevados a la ESMA, donde permanecieron en cautiverio bajo condiciones inhumanas de vida. Tanto Jorge como Adriana siguen desaparecidos.
El testimonio de Syra Mercedes Villalayn, madre de Adriana
"Prometo, por la memoria de mis hijos, ser completamente objetiva en mi declaración", sostuvo al comenzar. Luego mostró una foto de su hija con Jorge y pidió que quede en exhibición durante toda su declaración testimonial.
Jorge y Adriana
"Los dos tenían 27 años. Tenían dos nenitas, una acababa de cumplir un año y la otra tenía 2 años y 10 meses", contó Syra. Jorge y Adriana "fueron compañeros de la escuela los seis años del Nacional Buenos Aires y ya en 5º empezaron a noviar. Armaron una pareja y se casaron bastantes años después. Eran dos chicos muy estudiosos, fueron brillantes en la escuela y los dos estaban inmersos en la problemática social que se vivía en ese momento. Era un momento histórico en toda América Latina, con movilización popular.
Ellos no fueron ajenos a esa preocupación. Los dos militaron en la Organización Montoneros, él como médico en el área de Sanidad y ella haciendo distintos trabajos de alfabetización y ayuda escolar en barrios. Trabajan en Zona Norte, entre San Fernando y Carupá, en una villa que ya no existe. Todo fue loteado y urbanizado.
"Ellos lucharon para que todos los habitantes de este país tuviéramos igualdad de oportunidades. Ellos no admitían la diferenciación de clase y la falta de oportunidad, que en ese momento era una realidad para los más humildes".
El secuestro
"Creo que fue un domingo. Ellos habían armado un programa para ir al cine Ritz a ver una película de Buñel: ´Los olvidados´. Habían armado un programa con el hermano de Jorge, y otra de mis hijas iba a ir con su esposo, pero la salida en grupo no se armó y se fueron solos. Al día siguiente muy temprano, cuando llegué a mi trabajo, me llamaron para decirme que Jorge y Adriana no habían regresado del cine. Estaban asustadísimos, porque todos conocíamos perfectamente lo que pasaba en esos años en el país. Yo tenía la experiencia de otros dos hijos menores secuestrados en febrero, y en el domicilio de los padres de Jorge había sido secuestrada una prima", recordó la testigo.
"Mis hijos más chicos, menores, de 18 y 20 años, fueron secuestrados el 17 de febrero de 1977. Hubo un operativo en mi casa, Floresta", contó Syra. "Mi hijo no apareció nunca más. Mi esposo fue liberado la mañana siguiente, nos contó que estuvo en un sótano, en una celda, donde llegó a escuchar los gritos de mi hijo en la tortura. Le reconoció la voz", agregó.
Sobre su hija, Syra contó que "fue secuestrada en Sarandí, donde viví con el compañero".
Grasselli: "un personaje siniestro"
Syra contó que cuando se llevaron a su hija buscó difusión del hecho en los medios masivos de prensa y logró que el diario Buenos Aires Herald le diera difusión. Además, fue a ver a Monseñor Grasselli en la Capilla Stella Maris: "fue un personaje siniestro, era una persona que parecía un ofidio, para sacar información. Uno iba y decía todo lo que salía del corazón. Me llegó a pedir directamente los nombres de los amigos de mis hijos. La segunda vez, cuando me pidió los nombres, ya me di cuenta de por dónde venía la cosa, me fui sintiendo defraudada. Era capellán de la Marina, se suponía que estaba ahí para ayudar a la gente".
Dolor
Ese mismo día, Syra recibió un llamado con el que le avisaron que su marido había muerto: "Se murió de pena, no pudo resistir el dolor, como murieron otros tantos familiares ante semejantes situaciones. Él murió realmente de tristeza".
Secuelas
"Quiero destacar las secuelas de la represión del terrorismo de Estado: la destrucción de tantas familias como la mía. Nosotros teníamos 7 hijos. Mi marido era médico, médico de gente pobre, médico de barrio, como los que había antes. Éramos una familia con dificultades y problemas como tantísimos hogares, pero mi esposo tenía derecho a conocer a sus nietos, y mi hija y su marido tenía derecho a ver crecer a sus hijas.
Lo que pasó no solamente con una o dos, o diez: fue con 30.000 familias que sufrimos lo más terrible que le puede pasar a un adulto, que es vivir la muerte de un hijo", sostuvo Syra.
"Quiero simplemente expresar mi satisfacción por la concreción de estos juicios, que llegan un poco tarde, pero están funcionando. Pienso que los que realmente son constructores de justicia son los que sobrevivieron a los campos de concentración. Hicieron declaraciones que nos mostraron la realidad de lo que estaba pasando. Pienso que el fervor militante de los sobrevivientes, que en su momento los condujo al secuestro, después les dio el coraje, la fuerza para poder narrar todo lo que había pasado y fue la primera vez que uno tenía la certeza de que estaba escuchando verdades", concluyó la testigo.
El caso de Carlos Alberto García (caso 390)
En 1977 tenía 27 años de edad y lo apodaban "Roque". El 21 de octubre de ese año fue privado ilegalmente de su libertad, con violencia, abuso de funciones y sin las formalidades prescriptas por la ley. El operativo fue realizado en la puerta de su casa, en la localidad de Carapachay, en la Provincia de Buenos Aires. Carlos fue secuestrado por un grupo de hombres vestidos de civil, fuertemente armados, pertenecientes al Grupo de Tareas 3.3.2.
Carlos fue llevado a la ESMA, donde permaneció en cautiverio bajo condiciones inhumanas de vida y fue identificado con el número 028. Entre octubre y noviembre de 1979 fue liberado bajo libertad vigilada, hasta su salida del país en 1981.
El testimonio de Carlos
El sobreviviente amplió su declaración en el marco de las reglas de Casación. Por este motivo, no reiteró su testimonio, sino que amplió lo solicitado por las partes, quienes le preguntaron sobre algunos represores y algunas víctimas.
"Pedro Bolita" (Carlos Galián)
"Recibía órdenes de Inteligencia", sostuvo Carlos, quien luego contó que fue obligado a presenciar el operativo de secuestro de Alfredo Julio Margari (caso 396). "Me levantan la capucha y me llevan a presenciar el secuestro de Margari, un amigo. Cuando llegamos al lugar me sacan la capucha y me muestran todo el operativo. Pedro Bolita estaba ahí".
Los médicos en la ESMA
"Participaban en los interrogatorios. Cuando a alguien le agarraba un paro, los médicos estaban ahí. También estaban los enfermeros", contó Carlos, a quien le preguntaron sobre los enfermeros y relató que su función era la de "tratar de mantenerlos vivos (a los detenidos-desaparecidos). La historia era sacar la información a todos los compañeros".
Los vuelos de la muerte
Carlos, al igual que otros sobrevivientes, señaló que los miércoles eran los días de los "traslados": "el miércoles a la madrugada había traslados. Al principio había mucha gente y al otro día no había nadie. Quedaban los que decidían los de Inteligencia: quién vive y quién no vive".
Afuera y adentro
A Carlos le preguntaron hasta cuándo estuvo en cautiverio en la ESMA: "Estuve desde el ´77 hasta más o menos noviembre del ´79. Nos llevaban al diario Convicción y de ahí al Edificio Libertad para hacer documentación, pasaportes, cédulas de identidad, para que los marinos viajen al exterior. Nosotros hacíamos todos los documentos". Ese fue parte del trabajo esclavo al que Carlos y otros detenidos-desaparecidos fueron sometidos. En 1981 Carlos y su familia se fueron a Estados Unidos.
El caso de la familia Tarnopolsky
El testimonio de Enrique Guelar, amigo de la familia
"En la madrugada del 15 de julio de 1976 yo estaba en la casa de mis padres. Tenía 17 años recién cumplidos", empezó relatando el testigo. "Bettina Tarnopolsky (caso 57) era una amiga, teníamos amigos en común y militábamos en la UES, pero no juntos. Nos encontrábamos en su casa, en la mía, escuchábamos música. Le contaba que mi hermana se había ido a Israel, porque desapareció una amiga de ella, Franca Jarach (caso 31)", agregó Enrique, quien cursaba 5º año del colegio secundario.
"En la madrugada del 15 de julio, en mi cama, sentía algo que me apretaba la sien. Me desperté con seis o siete personas apuntándome con armas largas, con pasamontañas. Empezaron a hacerme preguntas sobre mi hermana Diana, me preguntaron si conocía a Bettina Tarnopolsky. En ese momento dije que no, porque pensé que no tenía que darle respuestas a esa gente, que parecían delincuentes violentos, haciendo algo incomprensible, en nombre de nadie. Trajeron fotos que tenía mi hermana en la habitación, me golpearon, quedé sangrando por la nariz.
Bettina
Fue una de las detenidas-desaparecidas más jóvenes de la ESMA: tenía 15 años de edad. "¿Qué pasa Bettina que venís a esta hora?", preguntó Juan, el padre de Enrique. "Abre la puerta y ahí la empujan y entran a nuestra casa 17 personas con pasamontañas. Robaron todo. Fue una cosa muy violenta, metían cosas en maletas", contó el testigo, quien agregó que lo amenazaban con un arma en la cabeza y discutieron si lo llevaban o no: "Finalmente, no me llevaron".
Irse
"Yo tenía 17 años, los había cumplido en abril. Estaba cursando el colegio secundario. Tuve que irme a los dos días que pasó esto. Me tuve que ir de la Argentina, porque nos amenazaron de muerte. Dijeron que iban a llamar todos los días y que si no atendíamos iban a matarnos a todos. Yo no volví hasta la democracia, en 1984. Fue perder todo de un día para el otro", sostuvo Enrique.
"Deseo que se haga justicia por todo esto que pasó. Espero que ellos, que lo hicieron, paguen", dijo Enrique para concluir su declaración.
El caso de Gaspar Onofre Casado (caso 406)
Militaba en Montoneros y lo apodaban "Manuel" o "Quinto". El 7 de diciembre de 1977 fue privado ilegalmente de su libertad y llevado a la ESMA. Sigue desaparecido.
El testimonio de María Josefina, hermana de Gaspar
Para comenzar, la testigo pidió que se exhibiera la foto de su hermano. "Somos una familia de 8 hermanos, él era el quinto. Tenía 18 años cuando lo secuestraron. Estudiaba Derecho en La Plata. Somos una familia de Azul. Supe de la desaparición de mi hermano cuando estaba detenida en el Penal de Devoto. Lo supe en el ´78, por mi abogado. Mi hermano militaba en La Plata, empezó a militar cuando empezó la dictadura. Su compañera era Adriana Leonor Tasca, también estudiaba Derecho", contó María Josefina.
Adriana, quien estaba embarazada, también fue secuestrada y llevada al centro clandestino de detención, tortura y exterminio "La Cacha". Su hijo, Sebastián José, nació en cautiverio y recuperó su identidad en el año 2006. "El año pasado se juzgó a los apropiadores de mi sobrino", narró.
Plaza de Mayo
"Mi madre venía siempre a Plaza de Mayo, viajaba desde Azul a Plaza de Mayo por mi hermano y por mi hermana, Mariela, quien desaparece posteriormente (en 1978)", recordó la testigo, quien agregó que su hermana estaba embarazada.
Abrazo en la ESMA
María Josefina contó que estuvo en contacto con la sobreviviente de la ESMA Liliana Gardella (caso 398), quien le dijo que "en Navidad del ´77 estaba en la ESMA y se abrazó con ´Quinto´ y él le preguntó por Adriana".
"Agradezco enormemente a todos los testigos que siguieron trabajando en esto y sacaron los nombres a relucir, porque sin ellos no podríamos tener certezas", dijo la testigo al finalizar.
Próxima audiencia
El juicio continuará el jueves 26 de diciembre desde las 9:30 horas con más declaraciones testimoniales.
Jorge era médico residente del Hospital Ramos Mejía. Adriana militaba en la JUP y era alfabetizadora en villas en la localidad de Virreyes. A él lo apodaban "Pepe" y a ella "Cuqui". El 11 de septiembre de 1977 ambos fueron secuestrados por integrantes del Grupo de Tareas 3.3.2 y llevados a la ESMA, donde permanecieron en cautiverio bajo condiciones inhumanas de vida. Tanto Jorge como Adriana siguen desaparecidos.
El testimonio de Syra Mercedes Villalayn, madre de Adriana
"Prometo, por la memoria de mis hijos, ser completamente objetiva en mi declaración", sostuvo al comenzar. Luego mostró una foto de su hija con Jorge y pidió que quede en exhibición durante toda su declaración testimonial.
Jorge y Adriana
"Los dos tenían 27 años. Tenían dos nenitas, una acababa de cumplir un año y la otra tenía 2 años y 10 meses", contó Syra. Jorge y Adriana "fueron compañeros de la escuela los seis años del Nacional Buenos Aires y ya en 5º empezaron a noviar. Armaron una pareja y se casaron bastantes años después. Eran dos chicos muy estudiosos, fueron brillantes en la escuela y los dos estaban inmersos en la problemática social que se vivía en ese momento. Era un momento histórico en toda América Latina, con movilización popular.
Ellos no fueron ajenos a esa preocupación. Los dos militaron en la Organización Montoneros, él como médico en el área de Sanidad y ella haciendo distintos trabajos de alfabetización y ayuda escolar en barrios. Trabajan en Zona Norte, entre San Fernando y Carupá, en una villa que ya no existe. Todo fue loteado y urbanizado.
"Ellos lucharon para que todos los habitantes de este país tuviéramos igualdad de oportunidades. Ellos no admitían la diferenciación de clase y la falta de oportunidad, que en ese momento era una realidad para los más humildes".
El secuestro
"Creo que fue un domingo. Ellos habían armado un programa para ir al cine Ritz a ver una película de Buñel: ´Los olvidados´. Habían armado un programa con el hermano de Jorge, y otra de mis hijas iba a ir con su esposo, pero la salida en grupo no se armó y se fueron solos. Al día siguiente muy temprano, cuando llegué a mi trabajo, me llamaron para decirme que Jorge y Adriana no habían regresado del cine. Estaban asustadísimos, porque todos conocíamos perfectamente lo que pasaba en esos años en el país. Yo tenía la experiencia de otros dos hijos menores secuestrados en febrero, y en el domicilio de los padres de Jorge había sido secuestrada una prima", recordó la testigo.
"Mis hijos más chicos, menores, de 18 y 20 años, fueron secuestrados el 17 de febrero de 1977. Hubo un operativo en mi casa, Floresta", contó Syra. "Mi hijo no apareció nunca más. Mi esposo fue liberado la mañana siguiente, nos contó que estuvo en un sótano, en una celda, donde llegó a escuchar los gritos de mi hijo en la tortura. Le reconoció la voz", agregó.
Sobre su hija, Syra contó que "fue secuestrada en Sarandí, donde viví con el compañero".
Grasselli: "un personaje siniestro"
Syra contó que cuando se llevaron a su hija buscó difusión del hecho en los medios masivos de prensa y logró que el diario Buenos Aires Herald le diera difusión. Además, fue a ver a Monseñor Grasselli en la Capilla Stella Maris: "fue un personaje siniestro, era una persona que parecía un ofidio, para sacar información. Uno iba y decía todo lo que salía del corazón. Me llegó a pedir directamente los nombres de los amigos de mis hijos. La segunda vez, cuando me pidió los nombres, ya me di cuenta de por dónde venía la cosa, me fui sintiendo defraudada. Era capellán de la Marina, se suponía que estaba ahí para ayudar a la gente".
Dolor
Ese mismo día, Syra recibió un llamado con el que le avisaron que su marido había muerto: "Se murió de pena, no pudo resistir el dolor, como murieron otros tantos familiares ante semejantes situaciones. Él murió realmente de tristeza".
Secuelas
"Quiero destacar las secuelas de la represión del terrorismo de Estado: la destrucción de tantas familias como la mía. Nosotros teníamos 7 hijos. Mi marido era médico, médico de gente pobre, médico de barrio, como los que había antes. Éramos una familia con dificultades y problemas como tantísimos hogares, pero mi esposo tenía derecho a conocer a sus nietos, y mi hija y su marido tenía derecho a ver crecer a sus hijas.
Lo que pasó no solamente con una o dos, o diez: fue con 30.000 familias que sufrimos lo más terrible que le puede pasar a un adulto, que es vivir la muerte de un hijo", sostuvo Syra.
"Quiero simplemente expresar mi satisfacción por la concreción de estos juicios, que llegan un poco tarde, pero están funcionando. Pienso que los que realmente son constructores de justicia son los que sobrevivieron a los campos de concentración. Hicieron declaraciones que nos mostraron la realidad de lo que estaba pasando. Pienso que el fervor militante de los sobrevivientes, que en su momento los condujo al secuestro, después les dio el coraje, la fuerza para poder narrar todo lo que había pasado y fue la primera vez que uno tenía la certeza de que estaba escuchando verdades", concluyó la testigo.
El caso de Carlos Alberto García (caso 390)
En 1977 tenía 27 años de edad y lo apodaban "Roque". El 21 de octubre de ese año fue privado ilegalmente de su libertad, con violencia, abuso de funciones y sin las formalidades prescriptas por la ley. El operativo fue realizado en la puerta de su casa, en la localidad de Carapachay, en la Provincia de Buenos Aires. Carlos fue secuestrado por un grupo de hombres vestidos de civil, fuertemente armados, pertenecientes al Grupo de Tareas 3.3.2.
Carlos fue llevado a la ESMA, donde permaneció en cautiverio bajo condiciones inhumanas de vida y fue identificado con el número 028. Entre octubre y noviembre de 1979 fue liberado bajo libertad vigilada, hasta su salida del país en 1981.
El testimonio de Carlos
El sobreviviente amplió su declaración en el marco de las reglas de Casación. Por este motivo, no reiteró su testimonio, sino que amplió lo solicitado por las partes, quienes le preguntaron sobre algunos represores y algunas víctimas.
"Pedro Bolita" (Carlos Galián)
"Recibía órdenes de Inteligencia", sostuvo Carlos, quien luego contó que fue obligado a presenciar el operativo de secuestro de Alfredo Julio Margari (caso 396). "Me levantan la capucha y me llevan a presenciar el secuestro de Margari, un amigo. Cuando llegamos al lugar me sacan la capucha y me muestran todo el operativo. Pedro Bolita estaba ahí".
Los médicos en la ESMA
"Participaban en los interrogatorios. Cuando a alguien le agarraba un paro, los médicos estaban ahí. También estaban los enfermeros", contó Carlos, a quien le preguntaron sobre los enfermeros y relató que su función era la de "tratar de mantenerlos vivos (a los detenidos-desaparecidos). La historia era sacar la información a todos los compañeros".
Los vuelos de la muerte
Carlos, al igual que otros sobrevivientes, señaló que los miércoles eran los días de los "traslados": "el miércoles a la madrugada había traslados. Al principio había mucha gente y al otro día no había nadie. Quedaban los que decidían los de Inteligencia: quién vive y quién no vive".
Afuera y adentro
A Carlos le preguntaron hasta cuándo estuvo en cautiverio en la ESMA: "Estuve desde el ´77 hasta más o menos noviembre del ´79. Nos llevaban al diario Convicción y de ahí al Edificio Libertad para hacer documentación, pasaportes, cédulas de identidad, para que los marinos viajen al exterior. Nosotros hacíamos todos los documentos". Ese fue parte del trabajo esclavo al que Carlos y otros detenidos-desaparecidos fueron sometidos. En 1981 Carlos y su familia se fueron a Estados Unidos.
El caso de la familia Tarnopolsky
El testimonio de Enrique Guelar, amigo de la familia
"En la madrugada del 15 de julio de 1976 yo estaba en la casa de mis padres. Tenía 17 años recién cumplidos", empezó relatando el testigo. "Bettina Tarnopolsky (caso 57) era una amiga, teníamos amigos en común y militábamos en la UES, pero no juntos. Nos encontrábamos en su casa, en la mía, escuchábamos música. Le contaba que mi hermana se había ido a Israel, porque desapareció una amiga de ella, Franca Jarach (caso 31)", agregó Enrique, quien cursaba 5º año del colegio secundario.
"En la madrugada del 15 de julio, en mi cama, sentía algo que me apretaba la sien. Me desperté con seis o siete personas apuntándome con armas largas, con pasamontañas. Empezaron a hacerme preguntas sobre mi hermana Diana, me preguntaron si conocía a Bettina Tarnopolsky. En ese momento dije que no, porque pensé que no tenía que darle respuestas a esa gente, que parecían delincuentes violentos, haciendo algo incomprensible, en nombre de nadie. Trajeron fotos que tenía mi hermana en la habitación, me golpearon, quedé sangrando por la nariz.
Bettina
Fue una de las detenidas-desaparecidas más jóvenes de la ESMA: tenía 15 años de edad. "¿Qué pasa Bettina que venís a esta hora?", preguntó Juan, el padre de Enrique. "Abre la puerta y ahí la empujan y entran a nuestra casa 17 personas con pasamontañas. Robaron todo. Fue una cosa muy violenta, metían cosas en maletas", contó el testigo, quien agregó que lo amenazaban con un arma en la cabeza y discutieron si lo llevaban o no: "Finalmente, no me llevaron".
Irse
"Yo tenía 17 años, los había cumplido en abril. Estaba cursando el colegio secundario. Tuve que irme a los dos días que pasó esto. Me tuve que ir de la Argentina, porque nos amenazaron de muerte. Dijeron que iban a llamar todos los días y que si no atendíamos iban a matarnos a todos. Yo no volví hasta la democracia, en 1984. Fue perder todo de un día para el otro", sostuvo Enrique.
"Deseo que se haga justicia por todo esto que pasó. Espero que ellos, que lo hicieron, paguen", dijo Enrique para concluir su declaración.
El caso de Gaspar Onofre Casado (caso 406)
Militaba en Montoneros y lo apodaban "Manuel" o "Quinto". El 7 de diciembre de 1977 fue privado ilegalmente de su libertad y llevado a la ESMA. Sigue desaparecido.
El testimonio de María Josefina, hermana de Gaspar
Para comenzar, la testigo pidió que se exhibiera la foto de su hermano. "Somos una familia de 8 hermanos, él era el quinto. Tenía 18 años cuando lo secuestraron. Estudiaba Derecho en La Plata. Somos una familia de Azul. Supe de la desaparición de mi hermano cuando estaba detenida en el Penal de Devoto. Lo supe en el ´78, por mi abogado. Mi hermano militaba en La Plata, empezó a militar cuando empezó la dictadura. Su compañera era Adriana Leonor Tasca, también estudiaba Derecho", contó María Josefina.
Adriana, quien estaba embarazada, también fue secuestrada y llevada al centro clandestino de detención, tortura y exterminio "La Cacha". Su hijo, Sebastián José, nació en cautiverio y recuperó su identidad en el año 2006. "El año pasado se juzgó a los apropiadores de mi sobrino", narró.
Plaza de Mayo
"Mi madre venía siempre a Plaza de Mayo, viajaba desde Azul a Plaza de Mayo por mi hermano y por mi hermana, Mariela, quien desaparece posteriormente (en 1978)", recordó la testigo, quien agregó que su hermana estaba embarazada.
Abrazo en la ESMA
María Josefina contó que estuvo en contacto con la sobreviviente de la ESMA Liliana Gardella (caso 398), quien le dijo que "en Navidad del ´77 estaba en la ESMA y se abrazó con ´Quinto´ y él le preguntó por Adriana".
"Agradezco enormemente a todos los testigos que siguieron trabajando en esto y sacaron los nombres a relucir, porque sin ellos no podríamos tener certezas", dijo la testigo al finalizar.
Próxima audiencia
El juicio continuará el jueves 26 de diciembre desde las 9:30 horas con más declaraciones testimoniales.
26 12 2013
TESTIMONIOS
119. "El dolor más profundo es no saber dónde están los cuerpos"
Así lo sostuvo Sebastián, hijo de Mario Koncurat y Josefina Urondo. También declararon Luis Serra, padre de Lucía y suegro de Wenceslao Caballero, detenido-desaparecido en la ESMA; Eloy Gandulfo y María Elena Vergeli, sobrevivientes; y Carmen Bastche Valdés, hermana de Norma y cuñada de Carlos Bayón, desaparecidos.
El caso de la familia Koncurat (audiencia 63).
El testimonio de Sebastián Carlos Koncurat (caso 153)
“Mi abuela tuvo mucha suerte de encontrarnos”, dijo Sebastián, quien relató los maltratos que sufrió cuando fue dejado con su hermano Nicolás en un instituto de menores. También habló sobre las dificultades para armar su historia: “no reconocía a mis abuelos paternos, porque no tenía mucha relación con ellos. Eran nuevos en mi vida. Esa transición horrible fue difícil, la fuimos armando. Mi abuela materna tuvo un vínculo fuerte con nosotros, por suerte. Después iniciamos nuestra vida. Durante mucho tiempo fui casi tartamudo, tenía anulada el habla. Eso duró más o menos hasta el principio de mi adolescencia. Después empecé una etapa más fácil de mi vida. Si tuviera que decir qué fue lo que más me costó, fue recuperar el habla y mi identidad”.
La casa
Sebastián dijo que la casa en la que vivía su familia “fue ocupada por mucho tiempo. Esa casa es como que tiene identidad propia. Lo que nos dejaron mis padres. Es difícil para mí hablar de esto. La casa estuvo ocupada desde lo que ocurrió con mis padres hasta por lo menos el `84. Yo hablé mucho con un vecino nuestro y nos contó sobre la violencia que sufrió la casa como lugar físico. En febrero del `77 llegó un Grupo de Tareas a allanar la casa. Tiraron abajo las dos puertas. El papá de Carlos, mi vecino en ese momento, se murió de un infarto”. Finalmente, la familia pudo recuperar la casa en 1988.
Consecuencias
“Mucho dolor y mucha frustración de no saber dónde están. La frustración más grande que tenemos es no saber dónde están los cuerpos. Lo que viví, ya lo viví, lo sobreviví. La verdad es que sobrevivimos. Todas las familias que fueron víctimas sufrieron mucho. Creo que si uno tuviera que medir ese dolor, el lugar más profundo es no saber dónde están los cuerpos y poder velarlos e ir a verlos. Es el dolor interno que voy a tener siempre, más allá de que sobreviví”, sostuvo Sebastián.
“Estoy contenta de vivir en un país donde la justicia demoró, pero finalmente se está juzgando los crímenes de lesa humanidad. Felicito a los que están trabajando e investigando. Estoy a su disposición para ayudar”, dijo Sebastián para concluir su testimonio.
El caso de Wenceslao Eduardo Caballero (839)
Tenía 26 años de edad, como su compañera, Adriana Serra, militante de Montoneros. A él lo apodaban “Ramón”. En la tarde del 25 de marzo de 1977 fue capturado en la esquina de Chivilcoy y Juan B. Justo, en la Ciudad de Buenos Aires, cuando viajaba en un vehículo particular. El secuestro fue realizado por un grupo de personas de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. La víctima fue llevada a la ESMA, donde permaneció en cautiverio bajo condiciones inhumanas de vida. También habría estado detenido-desaparecido en el centro clandestino de detención, tortura y exterminio “El Olimpo”. Wenceslao sigue desaparecido.
El testimonio de Luis Rodolfo Serra, suegro de Wenceslao
“No era sólo mi yerno, sino el esposo de mi hija Laura, quien también está desaparecida”, contó el testigo. Laura estaba embarazada cuando fue privada ilegalmente de su libertad. Fue ella misma quien supo del operativo en el que Wenceslao “fue no sólo secuestrado, sino también asesinado. Las versiones dieron como que un acompañante de él había resultado herido. Por la expectativa de que no fuera su marido, (Laura) se negó a viajar al exterior.
Un testigo
Luis relató que hubo un testigo del operativo de secuestro de su yerno: Víctor Álvarez, “un zapatero de calzado de damas. Muchas profesoras del Colegio Nacional de Morón se hacían el calzado con él. Mi señora era una de ellas”. Luis aportó el nombre del testigo en sus denuncias ante la CONADEP y el CELS, por lo que Álvarez fue citado a declarar. Primero se negó, pero luego aceptó y contó que “tuvo que refugiarse debajo de su propio automóvil por una balacea que se había iniciado de una manera bastante fuerte. Lo que no se entiende es por qué cuando caen las dos personas del automóvil, uno de ellos quedó mal herido y lo ametrallaron para darle un final a esa vida. A pesar de todo eso, Laura siempre tenía la esperanza de que aquel herido no fuera su marido. En base a eso, y habiendo dado a luz y protegiendo a su hijo (Carlitos) aquí presente, le dijo a una amiga que lo cuidara en Parque Lezica, en las inmediaciones del Subte, en las Avenidas Moreno y Rivadavia, que es donde mi hija desaparece luego de un simulacro de tiroteo”, sostuvo el testigo.
Con Walsh
Wenceslao fue víctima de delitos de lesa humanidad el mismo día que Rodolfo Walsh. A partir de un testimonio, la familia de Caballero supo que existía una lista con dos nombres y cruces encima: eran Wenceslao Caballero y Rodolfo Walsh. “A partir de eso, no me quedó más que proteger a mi hija Laura, sabiendo que el destino de Wenceslao era definitivamente la muerte”.
Laura
La apodaban “Mafalda” y era empleada judicial. El 29 de abril de 1977 “Laura había concurrido a una falsa entrevista en que le dijeron que le informarían dónde se encontraba el cuerpo herido de su marido. Le habíamos dicho que no cayera en esa trampa. Sin embargo, ella asistió y perdió su vida. El final de Laura es el que encontramos también por intermedio del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), hace poco tiempo. Conseguimos la ubicación de sus restos en un cementerio en General Villegas”. El 23 de noviembre del año 2009 Laura fue identificada: “estamos muy agradecidos con los antropólogos, porque de esta manera tenemos un lugar donde poder velar los restos de mi hija”, sostuvo Luis.
El secuestro de Luis
“Primero estuve siendo oculto en el piso del auto, con un arma que sentía en la nuca y encapuchado. En esa oportunidad estuve cuatro días y cuando terminé el paseo, sentía hasta el lugar donde habíamos pasado, los olores del Riachuelo”, contó el testigo, quien luego agregó que fue encerrado en “una celda que medía dos metros de largo por uno de ancho, sin ropa de abrigo, solamente con ropa interior”.
Luis relató una detención anterior que sufrió por haber trabajado en la Comisión Municipal de la Vivienda y haber sido acusado de “defenestrar al Director”. Fue Mario Amaya quien lo liberó. Amaya, abogado de presos políticos, luego también fue víctima de delitos de lesa humanidad y su caso fue juzgado este año, con una sentencia condenatoria por su asesinato.
Los casos de Eloy Oscar Gandulfo y María Elena Vergeli (630 y 631)
Él tenía 25 años de edad y le decían “El Gringo”. Ella tenía 29 años. Ambos fueron militantes de la Juventud Peronista en la Facultad de Arquitectura de la UBA y de un grupo barrial en Villa Irupé, Ituzaingó, donde tenían contacto con la Coordinadora de la Juventud Peronista de Morón. El 23 de diciembre de 1977 fueron privados ilegalmente de la libertad, con violencia, abuso de funciones y sin las formalidades prescriptas por la ley. El operativo fue realizado por integrantes del Grupo de Tareas 3.3.2, quienes estaban armados y vestidos de civil. Eloy María Elena fueron introducidos en distintos vehículos y fueron llevados al domicilio de ambos, en Mansilla 3629, en la Ciudad de Buenos Aires. Los captores allanaron la vivienda y robaron todos los objetos de valor del matrimonio.
Las dos víctimas fueron llevadas a la ESMA, donde permanecieron en cautiverio bajo condiciones inhumanas de vida. El 30 de diciembre de 1977 fueron liberados por la noche, cerca del domicilio de la calle Mansilla.
Los testimonios de Eloy y María Elena
Ambos fueron capturados dos veces. Por tal motivo, los jueces les pidieron que centren el relato en el segundo, dado que el primero no es juzgado en este debate, ya que corresponde a delitos de lesa humanidad cometidos en el centro clandestino de detención, tortura y exterminio “Mansión Seré”.
La pastilla
“Hijo de puta: no tomes la pastilla”, le gritaron los captores a Eloy, tras haber secuestrado a su compañera y a su hijo. “Supongo, por olores que he sentido, que íbamos a Ciudad Universitaria. Era arquitecto, el olor del cloro de Aguas Sanitarias era inconfundible”, relató el sobreviviente. Luego contó que fue ingresado en la ESMA, donde al llegar le dijeron: “a partir de ahora van a ser un número, número que realmente no recuerdo”.
“Pierdo contacto total con mi esposa. Me llevan a un lugar donde había una especia de huevera. Yo no veía, imaginaba. Al poco tiempo me sacan, me hacen subir una escalera y me llevan a un lugar cerrado, chico”, relató Eloy, quien luego narró las torturas de las que fue víctima.
“Lo que me llamó la atención fue que (en los interrogatorios) aparecieron fotos de mi casamiento, que me las había robado Aeronáutica (en el primer secuestro). Empezaron a mostrarme las fotos, eran todos amigos, no de militancia. Ahí me llevan a Capuchita, me llevan contra la pared de Capuchita. Ahí me doy cuenta de que en el lugar de al lado estaba mi señora y esa noche no reaccioné en toda la noche. Al otro día, pasando el mediodía, ya era 24 de diciembre, me vienen a buscar de nuevo. Termino de la misma forma: desmayado”, contó el sobreviviente.
Navidad en la ESMA
“La noche del 24 ó 25 ocurre una cosa bastante increíble: se van los guardias, piden que nos saquemos la capucha y aparece un grupo de 11 detenidos-desaparecidos para saludarnos, y a las mujeres les entregan regalitos. Dibujitos, mariposas, un collar hecho con hilo y lana. Cada uno de los que estuvieron ahí nos saludaron. En un momento, a mí me dicen que me van a liberar. Fue una noche en la que nos dieron de comer un guiso de Navidad”, recordó Eloy.
Por su parte, María Elena sostuvo que “le pregunté a uno de ellos dónde estaba y no me quiso decir. Me hicieron un regalo de Navidad que tengo acá: un dibujo y cosas que ellos habían confeccionado. Los puse en un bolsillo del pantalón, por eso los pude sacar”. Los regalos fueron exhibidos en la audiencia.
Abusos
Al igual que Eloy, María Elena contó que había una “chica que decía que era salteña, a quien acosaban”
La salida
Antes de liberarlo, a Eloy lo llevaron al baño para ducharse. “Me encuentro con un compañero detenido, le pregunto dónde estábamos y me dice: `estás en el infierno, estás en la ESMA`”.
“En la noche del 30 viene un grupo de gente. Aparentemente, hicimos el mismo recorrido que para subir.
Llegamos a la puerta. Estaban bajando, eran tres personas. Nos suben a los dos en un coche, en el asiento trasero, siempre encapuchados. Hicimos un recorrido corto y nos dejan a dos cuadras de la Iglesia de Guadalupe. Piden que no miremos, después me bajan a mí”, rememoró el testigo, quien agregó que al llegar a la casa, vieron que les habían robado todo.
“Estoy muy agradecido de que se haga justicia”, dijo al terminar su testimonio.
“Yo declaré que a mí no me torturaron en la ESMA con picana o no me violaron, pero eso no quiere decir que la tortura no era un hecho cotidiano, porque era cosa de todos los días”, sostuvo María Elena al concluir.
Los casos de Norma Leticia Batsche Valdés y Carlos Enrique Bayón (161 y 129)
Ella tenía 27 años de edad y era estudiante de Medicina. Fue secuestrada el 15 de diciembre de 1976 y él, a quien apodaban “Pepe”, el 24 de diciembre de ese año. Ambos fueron llevados a la ESMA y siguen desaparecidos.
El testimonio de Carmen Bastche Valdés de Galimberti, hermana de Norma
“Su hermana es una montonera”, le dijeron a Carmen cuando hicieron el operativo en su casa, buscando a su hermana. La hija de Norma fue devuelta a la familia. Por decisión de la abuela materna, fue criada por compañeros de la madre y el padre. La niña fue nombrado Eva Leticia Bayón, pero cambió al ser adoptada.
En 1982 desaparecen a la mamá de Norma y Carmen, Maximina, militante del Partido Comunista, quien había estado exiliada. “Uno se queda con ese dolor, que no se va, porque ellos no aparecieron. Las Fuerzas Armadas desaparecieron a mucha gente de la forma más terrible”, sostuvo la testigo.
“Deseo saber algo de mi hermana o el esposo. No he tenido nunca una respuesta de lo que les pasó. Deseo que no se vuelva a repetir, no sólo acá, sino que Centro América ha sufrido mucho, no ha tenido juicios. Yo a mi hermana la admiré siempre, porque era muy inteligente, muy capaz. No se merecía pasar por todo lo que pasó”, sostuvo Carmen al finalizar su testimonio.
Próxima audiencia
El juicio continuará el lunes 30 de diciembre desde las 9:30 horas con más declaraciones testimoniales.
Fuente:EspacioMemoriayDDHHexEsma
El testimonio de Sebastián Carlos Koncurat (caso 153)
“Mi abuela tuvo mucha suerte de encontrarnos”, dijo Sebastián, quien relató los maltratos que sufrió cuando fue dejado con su hermano Nicolás en un instituto de menores. También habló sobre las dificultades para armar su historia: “no reconocía a mis abuelos paternos, porque no tenía mucha relación con ellos. Eran nuevos en mi vida. Esa transición horrible fue difícil, la fuimos armando. Mi abuela materna tuvo un vínculo fuerte con nosotros, por suerte. Después iniciamos nuestra vida. Durante mucho tiempo fui casi tartamudo, tenía anulada el habla. Eso duró más o menos hasta el principio de mi adolescencia. Después empecé una etapa más fácil de mi vida. Si tuviera que decir qué fue lo que más me costó, fue recuperar el habla y mi identidad”.
La casa
Sebastián dijo que la casa en la que vivía su familia “fue ocupada por mucho tiempo. Esa casa es como que tiene identidad propia. Lo que nos dejaron mis padres. Es difícil para mí hablar de esto. La casa estuvo ocupada desde lo que ocurrió con mis padres hasta por lo menos el `84. Yo hablé mucho con un vecino nuestro y nos contó sobre la violencia que sufrió la casa como lugar físico. En febrero del `77 llegó un Grupo de Tareas a allanar la casa. Tiraron abajo las dos puertas. El papá de Carlos, mi vecino en ese momento, se murió de un infarto”. Finalmente, la familia pudo recuperar la casa en 1988.
Consecuencias
“Mucho dolor y mucha frustración de no saber dónde están. La frustración más grande que tenemos es no saber dónde están los cuerpos. Lo que viví, ya lo viví, lo sobreviví. La verdad es que sobrevivimos. Todas las familias que fueron víctimas sufrieron mucho. Creo que si uno tuviera que medir ese dolor, el lugar más profundo es no saber dónde están los cuerpos y poder velarlos e ir a verlos. Es el dolor interno que voy a tener siempre, más allá de que sobreviví”, sostuvo Sebastián.
“Estoy contenta de vivir en un país donde la justicia demoró, pero finalmente se está juzgando los crímenes de lesa humanidad. Felicito a los que están trabajando e investigando. Estoy a su disposición para ayudar”, dijo Sebastián para concluir su testimonio.
El caso de Wenceslao Eduardo Caballero (839)
Tenía 26 años de edad, como su compañera, Adriana Serra, militante de Montoneros. A él lo apodaban “Ramón”. En la tarde del 25 de marzo de 1977 fue capturado en la esquina de Chivilcoy y Juan B. Justo, en la Ciudad de Buenos Aires, cuando viajaba en un vehículo particular. El secuestro fue realizado por un grupo de personas de las Fuerzas Armadas y de Seguridad. La víctima fue llevada a la ESMA, donde permaneció en cautiverio bajo condiciones inhumanas de vida. También habría estado detenido-desaparecido en el centro clandestino de detención, tortura y exterminio “El Olimpo”. Wenceslao sigue desaparecido.
El testimonio de Luis Rodolfo Serra, suegro de Wenceslao
“No era sólo mi yerno, sino el esposo de mi hija Laura, quien también está desaparecida”, contó el testigo. Laura estaba embarazada cuando fue privada ilegalmente de su libertad. Fue ella misma quien supo del operativo en el que Wenceslao “fue no sólo secuestrado, sino también asesinado. Las versiones dieron como que un acompañante de él había resultado herido. Por la expectativa de que no fuera su marido, (Laura) se negó a viajar al exterior.
Un testigo
Luis relató que hubo un testigo del operativo de secuestro de su yerno: Víctor Álvarez, “un zapatero de calzado de damas. Muchas profesoras del Colegio Nacional de Morón se hacían el calzado con él. Mi señora era una de ellas”. Luis aportó el nombre del testigo en sus denuncias ante la CONADEP y el CELS, por lo que Álvarez fue citado a declarar. Primero se negó, pero luego aceptó y contó que “tuvo que refugiarse debajo de su propio automóvil por una balacea que se había iniciado de una manera bastante fuerte. Lo que no se entiende es por qué cuando caen las dos personas del automóvil, uno de ellos quedó mal herido y lo ametrallaron para darle un final a esa vida. A pesar de todo eso, Laura siempre tenía la esperanza de que aquel herido no fuera su marido. En base a eso, y habiendo dado a luz y protegiendo a su hijo (Carlitos) aquí presente, le dijo a una amiga que lo cuidara en Parque Lezica, en las inmediaciones del Subte, en las Avenidas Moreno y Rivadavia, que es donde mi hija desaparece luego de un simulacro de tiroteo”, sostuvo el testigo.
Con Walsh
Wenceslao fue víctima de delitos de lesa humanidad el mismo día que Rodolfo Walsh. A partir de un testimonio, la familia de Caballero supo que existía una lista con dos nombres y cruces encima: eran Wenceslao Caballero y Rodolfo Walsh. “A partir de eso, no me quedó más que proteger a mi hija Laura, sabiendo que el destino de Wenceslao era definitivamente la muerte”.
Laura
La apodaban “Mafalda” y era empleada judicial. El 29 de abril de 1977 “Laura había concurrido a una falsa entrevista en que le dijeron que le informarían dónde se encontraba el cuerpo herido de su marido. Le habíamos dicho que no cayera en esa trampa. Sin embargo, ella asistió y perdió su vida. El final de Laura es el que encontramos también por intermedio del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), hace poco tiempo. Conseguimos la ubicación de sus restos en un cementerio en General Villegas”. El 23 de noviembre del año 2009 Laura fue identificada: “estamos muy agradecidos con los antropólogos, porque de esta manera tenemos un lugar donde poder velar los restos de mi hija”, sostuvo Luis.
El secuestro de Luis
“Primero estuve siendo oculto en el piso del auto, con un arma que sentía en la nuca y encapuchado. En esa oportunidad estuve cuatro días y cuando terminé el paseo, sentía hasta el lugar donde habíamos pasado, los olores del Riachuelo”, contó el testigo, quien luego agregó que fue encerrado en “una celda que medía dos metros de largo por uno de ancho, sin ropa de abrigo, solamente con ropa interior”.
Luis relató una detención anterior que sufrió por haber trabajado en la Comisión Municipal de la Vivienda y haber sido acusado de “defenestrar al Director”. Fue Mario Amaya quien lo liberó. Amaya, abogado de presos políticos, luego también fue víctima de delitos de lesa humanidad y su caso fue juzgado este año, con una sentencia condenatoria por su asesinato.
Los casos de Eloy Oscar Gandulfo y María Elena Vergeli (630 y 631)
Él tenía 25 años de edad y le decían “El Gringo”. Ella tenía 29 años. Ambos fueron militantes de la Juventud Peronista en la Facultad de Arquitectura de la UBA y de un grupo barrial en Villa Irupé, Ituzaingó, donde tenían contacto con la Coordinadora de la Juventud Peronista de Morón. El 23 de diciembre de 1977 fueron privados ilegalmente de la libertad, con violencia, abuso de funciones y sin las formalidades prescriptas por la ley. El operativo fue realizado por integrantes del Grupo de Tareas 3.3.2, quienes estaban armados y vestidos de civil. Eloy María Elena fueron introducidos en distintos vehículos y fueron llevados al domicilio de ambos, en Mansilla 3629, en la Ciudad de Buenos Aires. Los captores allanaron la vivienda y robaron todos los objetos de valor del matrimonio.
Las dos víctimas fueron llevadas a la ESMA, donde permanecieron en cautiverio bajo condiciones inhumanas de vida. El 30 de diciembre de 1977 fueron liberados por la noche, cerca del domicilio de la calle Mansilla.
Los testimonios de Eloy y María Elena
Ambos fueron capturados dos veces. Por tal motivo, los jueces les pidieron que centren el relato en el segundo, dado que el primero no es juzgado en este debate, ya que corresponde a delitos de lesa humanidad cometidos en el centro clandestino de detención, tortura y exterminio “Mansión Seré”.
La pastilla
“Hijo de puta: no tomes la pastilla”, le gritaron los captores a Eloy, tras haber secuestrado a su compañera y a su hijo. “Supongo, por olores que he sentido, que íbamos a Ciudad Universitaria. Era arquitecto, el olor del cloro de Aguas Sanitarias era inconfundible”, relató el sobreviviente. Luego contó que fue ingresado en la ESMA, donde al llegar le dijeron: “a partir de ahora van a ser un número, número que realmente no recuerdo”.
“Pierdo contacto total con mi esposa. Me llevan a un lugar donde había una especia de huevera. Yo no veía, imaginaba. Al poco tiempo me sacan, me hacen subir una escalera y me llevan a un lugar cerrado, chico”, relató Eloy, quien luego narró las torturas de las que fue víctima.
“Lo que me llamó la atención fue que (en los interrogatorios) aparecieron fotos de mi casamiento, que me las había robado Aeronáutica (en el primer secuestro). Empezaron a mostrarme las fotos, eran todos amigos, no de militancia. Ahí me llevan a Capuchita, me llevan contra la pared de Capuchita. Ahí me doy cuenta de que en el lugar de al lado estaba mi señora y esa noche no reaccioné en toda la noche. Al otro día, pasando el mediodía, ya era 24 de diciembre, me vienen a buscar de nuevo. Termino de la misma forma: desmayado”, contó el sobreviviente.
Navidad en la ESMA
“La noche del 24 ó 25 ocurre una cosa bastante increíble: se van los guardias, piden que nos saquemos la capucha y aparece un grupo de 11 detenidos-desaparecidos para saludarnos, y a las mujeres les entregan regalitos. Dibujitos, mariposas, un collar hecho con hilo y lana. Cada uno de los que estuvieron ahí nos saludaron. En un momento, a mí me dicen que me van a liberar. Fue una noche en la que nos dieron de comer un guiso de Navidad”, recordó Eloy.
Por su parte, María Elena sostuvo que “le pregunté a uno de ellos dónde estaba y no me quiso decir. Me hicieron un regalo de Navidad que tengo acá: un dibujo y cosas que ellos habían confeccionado. Los puse en un bolsillo del pantalón, por eso los pude sacar”. Los regalos fueron exhibidos en la audiencia.
Abusos
Al igual que Eloy, María Elena contó que había una “chica que decía que era salteña, a quien acosaban”
La salida
Antes de liberarlo, a Eloy lo llevaron al baño para ducharse. “Me encuentro con un compañero detenido, le pregunto dónde estábamos y me dice: `estás en el infierno, estás en la ESMA`”.
“En la noche del 30 viene un grupo de gente. Aparentemente, hicimos el mismo recorrido que para subir.
Llegamos a la puerta. Estaban bajando, eran tres personas. Nos suben a los dos en un coche, en el asiento trasero, siempre encapuchados. Hicimos un recorrido corto y nos dejan a dos cuadras de la Iglesia de Guadalupe. Piden que no miremos, después me bajan a mí”, rememoró el testigo, quien agregó que al llegar a la casa, vieron que les habían robado todo.
“Estoy muy agradecido de que se haga justicia”, dijo al terminar su testimonio.
“Yo declaré que a mí no me torturaron en la ESMA con picana o no me violaron, pero eso no quiere decir que la tortura no era un hecho cotidiano, porque era cosa de todos los días”, sostuvo María Elena al concluir.
Los casos de Norma Leticia Batsche Valdés y Carlos Enrique Bayón (161 y 129)
Ella tenía 27 años de edad y era estudiante de Medicina. Fue secuestrada el 15 de diciembre de 1976 y él, a quien apodaban “Pepe”, el 24 de diciembre de ese año. Ambos fueron llevados a la ESMA y siguen desaparecidos.
El testimonio de Carmen Bastche Valdés de Galimberti, hermana de Norma
“Su hermana es una montonera”, le dijeron a Carmen cuando hicieron el operativo en su casa, buscando a su hermana. La hija de Norma fue devuelta a la familia. Por decisión de la abuela materna, fue criada por compañeros de la madre y el padre. La niña fue nombrado Eva Leticia Bayón, pero cambió al ser adoptada.
En 1982 desaparecen a la mamá de Norma y Carmen, Maximina, militante del Partido Comunista, quien había estado exiliada. “Uno se queda con ese dolor, que no se va, porque ellos no aparecieron. Las Fuerzas Armadas desaparecieron a mucha gente de la forma más terrible”, sostuvo la testigo.
“Deseo saber algo de mi hermana o el esposo. No he tenido nunca una respuesta de lo que les pasó. Deseo que no se vuelva a repetir, no sólo acá, sino que Centro América ha sufrido mucho, no ha tenido juicios. Yo a mi hermana la admiré siempre, porque era muy inteligente, muy capaz. No se merecía pasar por todo lo que pasó”, sostuvo Carmen al finalizar su testimonio.
Próxima audiencia
El juicio continuará el lunes 30 de diciembre desde las 9:30 horas con más declaraciones testimoniales.
Fuente:EspacioMemoriayDDHHexEsma
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