5 de enero de 2014

OPINIÓN.

OPINION
Lo predecible y los profetas
La previsibilidad de la historia, todo un problema. El papa Francisco, un ejemplo adecuado. Repaso de sucedidos de 2013, tendencias y albures. Escenarios de política económica para el verano. La paritaria docente, un desafío que se renueva. Las convenciones colectivas, el arranque. Relación entre la Nación y las provincias, un primer pacto. Y algo sobre el Mundial.
Por Mario Wainfeld

La abdicación de Benedicto XVI y la asunción del papa Francisco estuvieron entre los hechos históricos más relevantes del año pasado. Por ahí fueron los más importantes, el tiempo ayudará a calibrarlo mejor. En cualquier caso (que se sepa), nadie los vaticinó. Los escenarios más calificados y variados para el 2013 ignoraban tamaños sucesos. Es un buen ejemplo tomado de la vida real para graficar qué difícil es hacer presagios. La pluri causalidad, la dialéctica, las limitaciones de los analistas... todo empaña las bolas de cristal.

Hay periodistas especializados en economía que se hacen un picnic cuando llegan las fiestas de fin de año evocando los anticipos fallidos y hasta ridículos de un selecto conjunto de gurúes. Para Página/12 ese irónico repaso es una tradición.

Sin embargo, lo que llamamos realidad no es puro azar ni mero caos. Las tendencias pueden delinearse con antelación, aunque sin certezas absolutas. Llamamos “escenarios” a esos diseños generales.

Una vez producidos los hechos (incluyendo a los ignorados por los profetas) es factible desentrañar la lógica que los desencadenó, en todo o en parte. Ese ejercicio, imprescindible intelectual o políticamente, se menoscaba con el mote de “diario del lunes”. Los susodichos diarios, caramba, son imprescindibles para reflexionar, recapitular y obrar.

Con el diario del lunes o con los posteriores al 31 de diciembre puede repasarse lo que pasó en el año, con su variada carga de previsibilidad.

Así por ejemplo, las elecciones en países vecinos de América del Sur corroboraron los escenarios más factibles. Las victorias de los presidentes Rafael Correa y Michelle Bachelet eran la hipótesis más posible.

Podía fallar, claro... esta vez no ocurrió. En Venezuela la secuencia fue más zigzagueante. El fallecimiento del presidente Hugo Chávez era una tragedia esperable, su fecha un alea. Nicolás Maduro se impuso en las presidenciales por menos margen que el que se suponía pero en los comicios locales de fin de año mejoró su distancia respecto de la oposición.

En Argentina era clavado que el Frente para la Victoria (FpV) no podía conseguir los votos necesarios para tentar la reforma constitucional. Debía ganar dos elecciones: la parlamentaria por un margen amplio y la de la eventual Convención Constituyente con mayoría absoluta. El sabó no contenía esas barajas, aunque hubo muchos que se entretuvieron o sacaron ventaja agitando esa quimera.

El veredicto popular en las parlamentarias, en cambio, sorprendió lo suyo. El oficialismo no tenía cómo repetir los guarismos de 2011, estaba “condenado” a bajarlos. Pero sí podía aspirar a una suma total mayor a la que obtuvo, a primar en más provincias, a ganar en Buenos Aires. Las victorias de la oposición en Capital, Santa Fe o Mendoza eran altamente posibles. La irrupción y la cosecha de Sergio Massa no estaban escritas de antemano. El kirchnerismo mantuvo la primera minoría de los apoyos y el control del Congreso, pero sufrió un revés que hubiera sido evitado con honores logrando 4, 5 o 6 puntos porcentuales más en el acumulado nacional. Esos márgenes, aunque no tremendos, pueden ser decisivos. La política fluctúa con cambios en los bordes.

Absolutamente azarosos fueron los padecimientos de salud de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, que la alejaron de la campaña y de la gestión, motivando un ulterior cambio de estilo en el manejo del gobierno. Demarcan virajes e hitos para los dos años venideros: surgieron de improviso, consecuencia de un albur.

Las trágicas inundaciones en Buenos Aires no figuraban en ninguna agenda. Los problemas por la falta de suministro de energía eléctrica, en cambio, se podían ver venir en general aunque se ignorara su causa más inmediata: las temperaturas record.

Las vicisitudes de la política económica y social no estaban inscriptas en la piedra pero sí comprendidas en cualquier cuadro de situación sensato.

La huelga feroz de policías provinciales fue toda una novedad pero sus causas son consabidas y se remontan a muchos años atrás. Hoy día, forman parte del paisaje del porvenir.
Alertados con estos datos, tentemos un esbozo de algunos aspectos centrales de la política doméstica este verano. No para augurar qué pasará, con minucia. Sí para consignar que algo pasará respecto de esos temas.
- - -
Ejes del verano: Los primeros pasos y resultados del nuevo equipo económico, las negociaciones colectivas (en particular las de los docentes en sus dos niveles) y la situación económico-financiera de las provincias serán comidilla de todo el año, arrancando ya a todo vapor.

Las variables económicas de los primeros años del kirchnerismo eran toda armonía y sinergia: las constelaciones se ordenaban bien, por así decir. Ahora, el cuadro es otro. Antaño, el incremento del Producto Bruto Interno (PBI) redundaba en mejora de la balanza comercial... ahora eleva más las importaciones que las exportaciones. La inflación sostenida durante muchos años genera tensiones crecientes. Las reservas bajaron mucho.

El acuerdo de precios es un primer test para Economía. Tiene un formato distinto a medidas tomadas en el anterior tramo de la administración: mayor sofisticación, acaso “más Estado” y menos personalismo de funcionarios. Pero un gobierno estable siembra sobre tierra que él mismo aró: los jugadores grandes o pequeños y la gente de a pie conservan memoria de lo anterior, tienen reflejos condicionados, disponen de un haz de triquiñuelas o respuestas. Sus expectativas no nacen de cero, ni mucho menos.
En ese contexto y, como es regla desde 2003, la puja distributiva será un núcleo central. “Adivinarlo” es bastante más accesible que intuir el advenimiento de Francisco. Pero proyectar en detalle su desarrollo es, de nuevo, peliagudo.

La existencia de instituciones estables, con su cadencia de reglas y tiempos prefijados, facilita la tarea. En Argentina hay convenciones colectivas regulares desde hace diez años, todas con aumentos de salarios. Es el país de la región con más trabajadores sindicalizados, por abrumadora distancia. Cuando se comparan institucionalidades se suele subestimar a éstas que son relevantes para amortiguar las injusticias del sistema capitalista. Es adecuado alabar cómo platica el presidente Sebastián Piñera con su opositora Bachelet tras las elecciones. Y remarcar las diferencias con la política argentina. El cuadro exige ser completado repasando otras aristas de la institucionalidad: por ejemplo la amplitud de la educación pública o de los derechos de sindicatos y trabajadores.

No todo son rosas en estas pampas. Los trabajadores informales son un tercio de la clase, cifra estática desde hace años. Un punto de crecimiento del PBI no mueve mucho la respectiva aguja...

El tironeo con la inflación es una preocupación constante. Desde hace dos años, por lo menos, el Gobierno ansía “bajar la nominalidad” de los aumentos, tras un 2011 muy expansivo. No se estipula un techo inamovible para las paritarias, como explica el ministro de Trabajo Carlos Tomada año a año. Sí hay un afán de contener “remarcaciones” de todo tipo, que se torna ilusorio mientras aumenten los precios de artículos de primera necesidad o de los suntuarios a los que acceden los laburantes más aventajados.
Las convenciones colectivas germinan más en otoño que en verano, pero los aprontes y declaraciones las anteceden bastante. Se alardea, se regatea de antemano.

Usualmente el puntapié inicial, el primer caso testigo es la paritaria nacional docente. Esta vez la anticiparon los conflictos policiales en casi todas las provincias. Con métodos imbancables se consiguieron incrementos acaso justos pero mal paridos y cerrados peor. A poco andar, se advierte que muchos están desacoplados.

En Chaco, el gobernador Juan Carlos Bacileff Ivanoff anunció que no se podrá cumplir lo firmado porque los agentes ganarían más que los suboficiales. En Entre Ríos también se bosqueja una renegociación, que los uniformados comienzan a resistir.
Como fuera, el listón se subió desde modo inédito y antes que de costumbre.
- - -
Reparación y entuertos: Uno de los flagelos del modelo neoliberal fue la provincialización de funciones sociales y educativas, de prepo y sin correlato en reasignación de recursos. La paritaria nacional docente surgió como reclamo de los gremios del sector que se plasmó en la etapa kirchnerista. Es un mecanismo complejo, que combina dos niveles de negociación: el nacional establece un piso para todos los maestros argentinos.

Es una flor de invernadero muy difícil de conservar. Como en tantas facetas funcionó de modo bastante satisfactorio en los primeros años. En los dos más recientes no hubo acuerdo entre el Estado nacional y las cinco centrales sindicales que se acodan a la mesa: cuatro responden a la CGT mientras la Ctera reporta a la CTA que lidera Hugo Yasky.

Las tratativas no llegaron a buen puerto, la salida legal aunque desdichada fue un laudo de la autoridad política que dejó disconformes a todos. Se viene, entonces, de dos fracasos sucesivos, un tercero sería aciago.

La secuela del mal acuerdo fueron tensas negociaciones en las provincias y una seguidilla de paros que afectaron el año lectivo en muchas de ellas.

La intención de las partes es evitar que se repita: no será sencillo.

La experiencia alecciona, por eso en el Palacio Sarmiento se piensa en renovar los mecanismos. En 2013 el acuerdo nacional dejó a los maestros rezagados detrás de los compañeros estatales de la Unión de Personal Civil de la Nación (UPCN). En 2014 arrancan muy debajo de los policías.

La inflación se ha reconocido siempre en los hechos aunque no en las palabras. De ahí que hayan quedado en el desván hipótesis de acuerdos bianuales, insostenibles en la coyuntura. Por el contrario, el oficialismo analiza con más atención la hipótesis de plasmar un convenio semestral, revisable en su momento. La contrapartida tan enojosa como pragmática sería la reapertura a mediados del año. La ventaja tendría el discreto encanto de lo accesible e incluiría iniciar el año lectivo en condiciones relativamente normales.

Las tratativas arrancan a tranco lento, sin que haya plenarios prematuros, muy condicionados por la necesaria sobreactuación de los paritarios y la presión de los medios. El calendario deseado por el Gobierno es cerrar trato, con acuerdo, a más tardar el 20 de febrero.

La pelota pasaría a las provincias, cuyos gobernadores claman por las dificultades. Buenos Aires, como es de manual, es el territorio con más problemas (aunque a ninguno le faltan), por su tamaño y por su asfixia financiera.
- - -
Destreza, fortuna y otras yerbas: El 2012 amaneció con el magnicidio del gobernador rionegrino Carlos Soria, a manos de su esposa. La vida privada incidió en la esfera pública, de modo terrible e inopinado. Un “cisne negro” de aquellos, con secuelas formidables en la vida política provincial. Imprevisible, acaso único. No deja aprendizajes colectivos ni escarmienta para el futuro.

El atentado contra el gobernador santafesino Antonio Bonfatti es, en cambio, un síntoma sistémico. Por eso introdujo por primera vez al narcotráfico como ítem de campaña y será un punto central en las políticas públicas.

Pasemos un poco al fútbol, para aliviar la síntesis sin renegar del mensaje. El gran año del papa Francisco coronó con el campeonato obtenido por San Lorenzo. Vaya a saberse si fue mera casualidad, un milagro direccionado o la suerte que acompaña a quienes están con buena estrella. Nicolás Maquiavelo, el gran precursor, discurría sobre la alquimia entre las destrezas del Príncipe, la fortuna, las reacciones del pueblo.

Las combinaciones no excluyen el viento de cola o las temporadas de sequía pero el núcleo de la legitimidad es la capacidad de quienes gobiernan. En sistemas democráticos se la pone a prueba a diario, los mandatarios revalidan (o no) minuto a minuto.

¿Será este el gran año de la Selección y de Lionel Messi? Se develará a partir de junio, un mes que puede distender un poco, si los resultados se van dando bien. Los conocedores explican que solo un puñado de equipos (por ahí seis de los veinticuatro, ocho como mucho) tienen posibilidades ciertas de salir campeones.

A los demás les queda la fantasía de un batacazo entre imposible o improbable. Pero discernir a priori un campeón seguro aun entre los favoritos se emparienta más con la timba que con la ciencia. Habrá que esperar que ruede la pelota y ver cómo juega cada cual.

Quieras que no, esta columna discurre sobre eso, en otras ligas.
Fuente:Pagina12



OPINION
El país donde nunca nada resulta fácil
Por Mempo Giardinelli


El año empezó con menos calor, nuevos impuestos a los bienes de lujo y una prórroga para el régimen de exteriorización de capitales que tan magros resultados viene dando. Nada del otro mundo, como si el verano hubiera empezado realmente con la fuga de una gran masa de porteños hacia las costas y eso hubiese calmado los ánimos de las disconformes clases medias y las olvidadizas clases emergentes. Materia que sólo la sociología podría explicar, porque si la inclusión social ha sido el mejor acierto del kirchnerismo, su error más grave fue no entender que los incluidos no se caracterizan por su agradecimiento sino, al contrario, por asumir como propios los reclamos de las siempre insatisfechas clases medias.

Mientras tanto, el primer día del año el mundillo político mostró que “nunca duerme”, como se decía hace años de la entonces feliz y hoy patética calle Corrientes. Y es que en política se trata de seguir vivos. Quizá por eso los dos conglomerados más fuertes de la oposición empezaron sus armados electorales como primera tarea del año. Por un lado, el peronismo opositor se lanzó a la pelea, que es lo que mejor hace, con campañas en la costa encabezadas por los señores Massa y Giustozzi, seguidos por reconocidos caballeros de estas lides como los señores Duhalde, Solá, Barrionuevo, Venegas, Reutemann, Lavagna y Redrado.

Por el otro, y con algunas raíces provincianas, el FAP y la UCR iniciaron el año acordando un frente de centroizquierda para ser gobierno en 2015. Los socialistas primerearon la candidatura de Hermes Binner aunque enseguida Ricardo Alfonsín advirtió que el compromiso “debe ser lo más abierto y participativo posible”. Parte de esa alianza son también el GEN de la señora Stolbizer, el llamado “juecismo” cordobés y los siempre inestables Libres del Sur y Coalición Cívica.

Lo bueno es que todos parecen haber aprendido que lo primero es “elaborar una propuesta de gobierno”. Porque si sólo discuten candidaturas, acaba siendo una carnicería. Quizá por eso todos ven como modelo la experiencia de Unen en las internas abiertas porteñas. Claro que alguien debería advertirles que, más allá de la Capital, en el vasto territorio nacional, hay realidades en las que ese tipo de experiencias pueden ser difíciles de repetir.

Como sea, es una incógnita saber cómo coordinarán ambiciones y principios –los que les queden– dirigentes tan dispares como el titular de la UCR, Ernesto Sanz, y el sorprendente y cambiante Pino Solanas. O cómo van a convivir la Unidad Popular de Víctor De Gennaro con, si acaso, los acólitos de Elisa Carrió. Y ella misma con Claudio Lozano, o Julio Cobos con Luis Juez.

Habrá que ver, pero todos parecen haber empezado el año político al galope, aprovechando que el oficialismo anda de capa caída, golpeado por el clima y sobre todo por sus errores –el caso Milani; las vacilaciones respecto de los códigos Civil y Penal; y el mal manejo de la crisis energética– y por las cosas que no hace, como aplicar una seria política de control responsable del espacio público, cuya falta tanto irrita a la sociedad.

Enero empieza con todas las barajas abiertas, se diría, y entre ellas una que sólo los chaqueños conocíamos y ahora todo el país ve: el estilo de puntualizaciones, esquemas y objetivos de Jorge Milton Capitanich. Se verá si es bueno o malo para el país, pero al Gobierno le da aire mientras la Presidenta vacaciona en la Patagonia, infaltablemente cuestionada por La Nación, Clarín y TN: ayer porque hablaba todos los días; hoy porque parece haber aprendido, finalmente, las virtudes de la discreción del poder.

Los 204 objetivos y 272 metas que anunció el jefe de Gabinete son, de hecho, un plan de gobierno para los próximos dos años. El desafío de gestión para él es grande y seguramente decisivo para sus aspiraciones. Y todo a alta velocidad, porque enfrente tiene un panorama de amenazas: la obvia es que empezar las clases en marzo se ve dudoso, como advirtió el 2 de enero el líder docente bonaerense Roberto Baradel. Si lo mismo sucede en todas las provincias, puede ser muy grave.

Y mucho más lo será, si emerge, la otra amenaza, la que sigue oculta entre las huestes policiales que “arreglaron” –es un decir– aumentos desmesurados durante las sublevaciones de diciembre. Cada gobernador cedió bajo presión con el solo objetivo de sosegar los ánimos. Pero el sentido común dice que lo acordado es, en algunas provincias, imposible de cumplir.

El caso testigo se planteó esta semana en Entre Ríos, donde el sueldo básico se fijó en 8500 pesos. Allí el procurador general del Superior Tribunal de Justicia, Jorge Amílcar García, anunció que promoverá una denuncia contra los policías amotinados en diciembre que forzaron al gobernador Urribarri a firmar un acuerdo “arrancado de manera extorsiva y producto de la sedición”, por lo que el acta será considerada “nula, ilegítima y carente de entidad jurídica”. El caso entrerriano involucra a unos 70 policías, de los que una docena irá a juicio por incidentes y robos.

Todo indica que ese camino es el correcto, pero habrá que ver qué responde ahora esa corporación inmanejable y peligrosa en que se han convertido los otrora “agentes del orden”. Y éste sí es un problema de toda la república, para la que 2014 no pinta fácil. Algunos dirán, con razón, que éste es el país donde nunca, nada, fue ni es fácil.
Fuente:Pagina12

05.01.2014
panorama económico 
Batería de medidas para gestionar la Nación
Su cumplimiento será primordial para fortalecer el modelo de crecimiento con distribución del ingreso. 






Por: Carlos Heller
El inicio del año llegó cargado con una batería de medidas del gobierno que constituyen avances importantes en la profundización del modelo y en la comunicación de los objetivos perseguidos.

Destaca la presentación de las Metas Estratégicas de la Jefatura de Gabinete de Ministros, compuesta por 204 objetivos y 272 metas que se plantea cumplir a lo largo de 2014. Una enumeración específica a alcanzar en cada ministerio, que también implica la asunción de una responsabilidad concreta para su cumplimiento, así como la posibilidad de que la ciudadanía pueda evaluar con mayor información la gestión del gobierno.

Esta es una decisión muy importante de la presidenta Cristina Fernández, puesto que indica con claridad los objetivos de su administración, a la vez que los comunica a la ciudadanía, incorporando el concepto de planificación. Aunque no son las primeras decisiones de planificación, ya que deben mencionarse el Plan Estratégico Industrial 2020, iniciado en febrero de 2011, y el posterior Plan Estratégico Agroalimentario. O el más reciente compromiso asumido a través del diálogo social de bajar en los próximos dos años la informalidad a menos del 30% de la fuerza laboral, con medidas de fomento a las pymes para la contratación formal de trabajadores; de hecho, en las metas para 2014 se propone ubicarla por debajo del 32,5% como paso intermedio.

En la primera página de la presentación de las metas estratégicas hay un concepto relevante, la próxima convocatoria a los Consejos Federales "con el propósito de coordinar el alcance de las metas teniendo en cuenta el impacto regional que generan”, según comentó el jefe de Gabinete. Esto habla de sintonía fina, y de la vital flexibilidad que deben tener las políticas y sus objetivos para adecuarse a las necesidades del país y sus regiones. En este aspecto, es altamente positivo el Programa Federal de Desendeudamiento firmado el 27 de diciembre pasado, que contempla la refinanciación de las deudas con la Nación de las 17 provincias signatarias. Son temas que hacen a un fortalecimiento del federalismo.

La longitud de esta columna requiere un abordaje muy sucinto de los más de 200 objetivos y metas que alcanzan a todo el accionar del gobierno, desde la reducción de la desocupación a menos del 6,3%, el incremento del 20% en la producción triguera, la reducción del tiempo de liberación de los despachos de importación, la construcción de 143 establecimientos educativos de nivel inicial y primario y la reducción de la mortalidad infantil al 9,8 por mil (en 2012 fue del 11,1 por mil), hasta un listado taxativo de las diversas industrias que serán beneficiadas por los diversos planes de fomento.

Desde una mirada económica, deben destacarse las metas fijadas para dos servicios públicos que requieren inversiones, y sobre los que el Estado ha avanzado en distintos grados. Por un lado, el programa de inversiones en transporte, con ambiciosos objetivos como incorporar 1.034 unidades cero kilómetro a las líneas del AMBA y para larga distancia; construir 26 kilómetros de Metrobús en La Matanza; renovar el 100% de las vías de Retiro a José León Suárez de la línea Mitre; completar el 75% de las obras de 63 pasos bajo nivel en todas las líneas ferroviarias del AMBA; elevar la totalidad de los andenes de las 20 estaciones del ferrocarril General San Martín; llegar con el 75% de las obras licitadas y un 40% de avance de las obras del ferrocarril General Roca (ramal Constitución–La Plata); e importantes inversiones para el Belgrano Cargas. También se prevé finalizar las fases I y II del sistema de detención automática de trenes, así como llegar a la totalidad de las compensaciones tarifarias al transporte automotor de pasajeros en el AMBA y el interior por medio del sistema SUBE, entre las más destacadas.

Con respecto a la energía, otro servicio que requiere de importantes inversiones, se prevé aumentar en 1.625 Mw adicionales la potencia de generación eléctrica, incrementar la capacidad de transporte de alta tensión del sistema, realizar 600 kilómetros de ampliación de gasoductos troncales, incentivar el desarrollo de proyectos de producción de gas natural por 8,5 millones m3/día, e incrementar el corte de gasoil con biodiesel y de naftas con etanol.

Además de estar enfocadas a paliar necesidades incuestionables, estas últimas metas, como muchas otras no mencionadas, impulsan significativamente la inversión bruta interna, una característica esencial y que permite ampliar la frontera de producción, ya sea con mayor generación de energía, con mayor cantidad de viviendas o con el incremento de los bienes de capital por parte de las empresas a través de los diversos planes de fomento.

En este punto debe mencionarse también una medida importante como es la implementación de la fase IV de la Línea de Crédito para la Inversión Productiva, orientación crediticia que el Banco Central continúa aplicando a las entidades financieras en este período que se acaba de iniciar, que promueve principalmente el financiamiento a las pymes, pero también a la vivienda y a las grandes empresas, siempre con el objetivo de financiar proyectos de inversión que incrementen el empleo, sustituyan importaciones o incrementen exportaciones, en especial en bienes de capital.

En este marco, las metas macroeconómicas presentadas por el Ministerio de Economía, y que respetan las pautas del Presupuesto 2014, sustentan este impulso a la inversión bruta interna, la cual se propone crecer al 8,5%, superior al incremento del PIB estimado en 6,2%.

Esta mayor inversión da un adecuado marco para el cumplimiento de los acuerdos de precios, pues, al expandir la frontera productiva, la demanda producida por las mejoras en el poder adquisitivo de la población podrá ser atendida con menores fricciones. 

En la semana también se comunicaron los 194 productos que integrarán el acuerdo de “precios cuidados” –como los ha denominado el gobierno–, que durará un año con actualizaciones trimestrales. Una de las novedades más importantes es que el acuerdo se extenderá a toda la cadena de valor, no sólo al vendedor final supermercadista, sino también a sus distribuidores y proveedores, con la intención de controlar que no aparezcan rentas extraordinarias en alguno de los eslabones de la cadena productiva, que terminen cargándose inequitativamente al consumidor final. La detección y corrección de esos bolsones de rentas extraordinarias tiene que ser un objetivo que evolucione paralelo al control de los precios acordados. 
Este enfoque desvela a los economistas ortodoxos, que liberan de la incumbencia del aumento de precios a los empresarios y cargan toda la responsabilidad en el Estado nacional, como Enrique Szewach, quien sostiene que “la Argentina es uno de los pocos países del mundo donde se asigna a la Secretaría de Comercio la tarea de frenar la inflación, sin considerar el creciente déficit fiscal ni el abuso de la 'maquinita' del Banco Central para financiarlo, ni tampoco las tasas de interés para manejar el comportamiento de la demanda real de dinero" (La Nación, 29/12/13).

Los acuerdos vienen con control popular y también con ayuda de la AFIP, que se encargará de fiscalizar los precios de los productos por códigos de barras que ingresen al controlador fiscal. En este aspecto, Axel Kicillof fue preciso en la presentación del pasado 20 de diciembre: "No vamos a permitir que cambios en los productos acordados se reflejen en los precios", dijo, en relación con una conocida conducta de reemplazar el envase o agregarle algún aditivo no esencial para escapar del precio fijado. 

Es sin duda una batería de medidas importantes, todo un desafío para la gestión, pero cuyo cumplimiento resulta imprescindible para morigerar las tensiones que impactan en la economía y continuar fortaleciendo el modelo de crecimiento con distribución del ingreso. 


05.01.2014
panorama político 
El acuerdo entre caníbales 
Si nadie se compromete y todos se limitan a pagar los impuestos y a quejarse panza arriba, no hay mejora de la cultura política posible.





Por: Hernán Brienza
En estos tiempos de celebración de fechas democráticas, y hace pocas semanas los argentinos cumplimos 30 años ininterrumpidos bajo ese sistema, se hace necesario no sólo discutir y debatir el rol de los gobiernos,  sino también el de las oposiciones. El otro día, revisando archivos televisivos, encontré la célebre entrevista que Sergio Villarruel, Roberto Maidana y Héctor Timerman le hicieron a principios de septiembre de 1973 al todavía candidato a presidente Juan Domingo Perón. En ese reportaje, el viejo líder, devenido en "león hervíboro" definió a la sociedad argentina como "muy politizada pero con muy poca cultura política" e insistió en la necesidad de armar un consejo de gobierno integrado por oficialistas y opositores que sirva de elemento de consenso entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo. Se sabe que la idea de Perón provenía más de la tradición corporativista, con influencia de las Cortes europeas, y relegaba al Parlamento a poco más que redactores de leyes, por lo tanto no es útil retomar esa línea argumentativa. Pero me parece importante detenerme en dos cuestiones básicas: la "cultura política" y el rol de las oposiciones.


Entiendo por "cultura política" las formas de relación entre los distintos actores políticos respecto al sistema democrático –gobierno, oposición, grupos de presión, medios de comunicación– y la forma de involucramiento del individuo ante la cosa pública. Y sostengo que en la Argentina de los últimos 30 años se ha llegado a lo puede denominarse un "acuerdo entre caníbales". Es decir, ante el brutal colofón –la dictadura militar– de la etapa que denomino la "Democracia Imposible" (1916-1983), los principales actores políticos, lejos de llegar a un pacto de premisas mínimas, interpusieron el espanto ante lo pasado. En los momentos de cordialidad, cada uno de los actores jugó su rol con delicada hipocresía; en los momentos de crisis, comenzaron los tarascones. 

Pensemos, por ejemplo, en los finales de ciclo como el de Raúl Alfonsín o la crisis del 2001. Recordemos la brutalidad de la oposición justicialista entre 1988 y 1989, y la voracidad de los grupos de presión como la SRA, la UIA y los principales medios de comunicación, que hicieron todo lo posible para marcar la cancha a la política. Y de hecho lo lograron entre 1991 y el 2001. La crisis de principio de siglo también mostró la facilidad con que la sociedad argentina se canibaliza produciendo muertos, heridos, desplazados, crisis política. Algunos de esos chispazos volvieron a encenderse en diciembre último, claro.

Claro que no se trata de la lógica de la sociedad de consenso, lo que estoy planteando. La política es conflicto, claro. De intereses económicos, de influencias y voluntades y de armazones simbólicos. Lo que cambia, respecto de la "cultura política", es el compromiso de no romper el juego democrático, por ejemplo. La lógica amigo–enemigo, por ejemplo, es perjudicial para la construcción de una "cultura política" sólida. Primero, porque no reconoce al Otro como un par; segundo, porque cierra cualquier tipo de disenso hacia el interior de cada uno de los bloques; tercero, porque no permite el pensamiento en diagonal, es decir, no permite articular elementos de uno y otro sector. Es comprensible en momentos de grandes transformaciones, pero termina siendo contraproducente si se mantiene a lo largo del tiempo. 

¿Por qué? Porque cristaliza a la sociedad en dos posiciones irreconciliables, que tarde o temprano llegan al conflicto. En el "mientras tanto", se producen enfrentamientos de baja intensidad, prejuicios cruzados, incomprensiones y, sobre todo, la lógica centrífuga impide seducir a los sectores moderados en la escala política. Y se construye un andamiaje discursivo de la justificación total por un lado y del ataque total, por el otro. Así, ni el oficialismo permite a los suyos ver los propios errores ni permite a la oposición comprender que no se puede criticar todo y siempre sin caer en contradicciones flagrantes. Se borran lo parámetros: no importa qué haga la presidenta en realidad. Antes era omnipresente ahora omniausente, la cuestión es criticar, oponer, destruir. Y lo mismo puede ocurrir, en algunos casos, con los actos de gobierno. No importa si está bien o mal tal o cual acto de gobierno, hay que defender de cualquier manera. 

Claro que la peor parte la lleva el oficialismo, en todos los casos. Por el desgaste que produce la gestión y porque algunas decisiones pueden generar malestar dentro de las propias filas. Dentro de lo que se conoce como "kirchnerismo amplio", por ejemplo, ya se empiezan a sentir algunas filtraciones, producidas por sectores progresistas que no se sienten interpelados por algunas políticas determinadas y se sienten más invitados a romper con el oficialismo para “salvarse” a ellos mismos que a bancar la parada frente a las tempestades que se avecinan. Para la oposición (en sentido amplio: actores políticos y grupos de presión) el negocio hoy más que nunca es la oposición destructiva.

El otro punto a tomar en cuenta respecto de la "cultura política" es el involucramiento de los individuos en el ámbito político. Claro que no se trata de un "compromiso militante perpetuo", ya que una sociedad así no podría reproducirse económicamente. Pero el argentino lejos está de ser un ciudadano ejemplar: cree que con "pagar los impuestos" –lo mínimo indispensable y en muchos casos evadiendo a la AFIP- ya se ganaron el carnet de Príncipe y Paladín Argentino. Capacidad de información, niveles de participación, compromiso con su realidad inmediata, cooperación solidaria también definen un hacer y un pensar en la materia. Y, sobre todo, su relación con los partidos políticos. 

La crisis de representación de los partidos habla del comportamiento de los políticos pero dice más todavía del individualismo outsider, es decir, de aquellos que prefieren cortarse solos para sobrevivir cargándole sus costos a los demás. Para poner un ejemplo sencillo: el argentino medio semeja a la "bruja quejosa" o el "sabelotodo" del edificio que en vez de comprometerse con el consorcio y controlar desde el Consejo de Administración, se la pasa por los pasillos acusando de corrupción y de mal manejo al tipo que intenta controlar al Administrador fraudulento. Obviamente, estos personajes siempre van a encontrar una factura abultada o una obra que falta o está mal hecha, lo que nunca van a hacer es arremangarse para solucionar el problema. Pero como pagan las expensas, creen que tienen derecho a basurear a cualquiera. Un edificio se sostiene con un par de estos personajes, pero si la mayoría actúa de esa manera, esa administración se convierte en un infierno. Con la política pasa algo similar. Si nadie se compromete y todos se limitan a pagar los impuestos y a quejarse panza arriba, no hay mejora de la cultura política posible.

Por último, un punto que nunca es visualizado es que el "ciudadano que paga las expensas" –escrita esta apelación con ironía– es el verdadero conflicto de intereses en el campo de la acción política. Alborotado por la "histeria coyuntural", definen siempre como adversaria a la gestión política y no a los grupos de presión que muchas veces son más culpables de su situación inmediata que el Estado. Con los cortes de luz, apuntaron al Estado antes que a las empresas; con la inflación señalaron al Estado antes que a los formadores de precios. Más allá de la responsabilidad que tengan los agentes estatales en la falta de control de ciertas empresas, los responsables directos son esos agentes privados. Pero la "cultura política" anti estatal, antisistémica, anárquica-neoliberal –que no tiene absolutamente nada que ver con el noble pensamiento del anarquismo– dirige al individuo a acusar al Estado antes que al privado. Y no es buen negocio en términos colectivos, excepto para el privado, claro. Los medios de comunicación, que son empresas privadas alimentadas por empresas privadas hacen muy bien su tarea, por supuesto.

Una última cosa más: los políticos, que también son en cierta medida una corporación, deberían tomar nota de que su "negocio" consiste en estar más cerca del individuo que de las empresas privadas, porque, se sabe, aunque hoy estén en la oposición, mañana, si están en el oficialismo, los grupos de presión también van a ir por ellos. Y una democracia profundizada no consiste solo en el derecho al pataleo sino fundamentalmente del acceso a la acción política de la mayor cantidad de ciudadanos y de la preeminencia de lo colectivo, a través del Estado y sus diferentes formas de representación y participación, frente a lo privado e individual. Lo contrario es este pacto con los caníbales que llevamos los argentinos desde hace más un siglo. 
Fuente:TiempoArgentino


OPINION
La cuestión Milani
Por Ricardo Forster

Imagen: DyN
Es ésta una discusión –la que ha surgido a partir del nombramiento de César Milani como jefe del Ejército– que toca la médula de la política, que pone en evidencia las tensiones continuas entre la trama de valores y las demandas implacables e impiadosas de una realidad carente de sutilezas a la hora de exigir pronunciamientos y, sobre todo, acciones afirmativas que, en algunos casos, chocan de frente con la estructura ética de un pensamiento crítico que se mueve entre los territorios del compromiso político, la dura lucha por el poder y el debate de ideas liberado del día a día de las exigencias que emanan de una actualidad compleja, complicada y difícil para un proyecto gubernamental de por sí atravesado por sus propias demandas y debilidades. En el reino de las ideas no existen límites argumentativos ni se rechazan las tensiones, contradicciones y/o ambigüedades que no suelen encontrar un lugar legítimo en el espacio de la política, un espacio que exige aserción y contundencia. Lo difícil es entremezclar fortaleza y fragilidad.
Siempre resulta ardua la búsqueda de vasos comunicantes entre estos territorios tan disímiles que, sin embargo, constituyen la trama de nuestras acciones y de nuestras preocupaciones de ayer y de hoy aunque, en este tramo de la vida histórica argentina, nos han colocado en un extraño y novedoso lugar que no imaginábamos. El camino recorrido desde el 2003 –incluso si retrasásemos la fecha a diciembre de 2001– no sólo ha redefinido dramáticamente la marcha del país sino que nos ha interpelado de un modo como ya no parecía posible. De la desilusión y el escepticismo, de la profunda crisis de las ideologías progresistas y populares a una visión pesimista de la época dominada por un capitalismo hegemónico y despiadado, hemos pasado, con sus más y sus menos, a una intensa repolitización acompañada por la reaparición del entusiasmo y de la fuerza del pensamiento crítico asociado a prácticas políticas que desafían, en Sudamérica, el orden neoliberal hegemónico a nivel global. Es en este contexto en el que hay que intentar situar y comprender el debate alrededor de Milani y la política de derechos humanos.

No somos los jóvenes revolucionarios de los ’70 que pensábamos la política como instrumento para la creación de una nueva sociedad y que soñábamos –bajo la lógica de lo absoluto e innegociable– tomar el cielo por asalto llevando adelante nuestros ideales blindados e implacables con nuestras debilidades y/o contradicciones; tampoco somos, por suerte, los escépticos contempladores de una sociedad devastada que parecía haberse tragado ideales y posibilidades de habitar la política desde la perspectiva de una incidencia efectiva sobre una realidad viscosa; tampoco somos, estrictamente, aquellos intelectuales que, con nuestras revistas a cuestas y a contracorriente de las hegemonías culturales de los ’90, insistíamos con la crítica del mundo sabiendo de la corrosión de nuestras propias tradiciones político-intelectuales o, para decirlo casulleanamente, de una crítica capturada, ella también, por un sistema voraz que ni siquiera dejaba lugar para imaginarnos fuera de sus tenazas y de su fuerza de absorción cuando todo discurso, por más radical que pareciese o fuera, quedaba como “un florero en el living del burgués”; tampoco somos, después de diez años de kirchnerismo, los portadores de los mismos entusiasmos que, principalmente, nos conmovieron desde el 2008, pero tenemos (tengo) la certeza de seguir viviendo los mejores años de la democracia argentina, años de profunda reparación no sólo del país sino, fundamentalmente, de nosotros mismos, de nuestra manera de estar en la escena nacional y de repensar muchas cosas. Sin la marca que en nosotros han dejado estos años sorprendentes, sin lo que he denominado en otro lugar “el nombre de Kirchner”, su tremenda interpelación a una sociedad incrédula, nada de lo que ha ocurrido hubiese sucedido del modo como sucedió.

El giro de la materialidad histórica habilitó el advenimiento, bajo nuevas condiciones, de esa relación siempre tensa y compleja entre intervención política y mundo de ideas. Lo que parecía desahuciado por la inclemencia de hegemonías pospolíticas y poshistóricas, un abigarrado mundo de tradiciones intelectuales que por comodidad llamo de “izquierda”, pudo regresar sobre la escena de otra realidad para intervenir sobre esa misma realidad. Estos diez años también han rescatado de sus confusiones y crisis, de sus imposibilidades y estrecheces, de sus dogmatismos y sus parálisis, a esas tradiciones nacidas de ideales emancipatorios e igualitaristas. Inclusive ha posibilitado un salto cualitativo para los propios movimientos de derechos humanos, que han visto cómo se concretaban sus demandas cuando nada parecía abrir esa posibilidad en un país dominado por la impunidad y el cinismo. Se pasó de lo testimonial a una política de Estado. Y se lo hizo tanto para reparar una deuda con la memoria de los desaparecidos como para dotar de legitimidad ética a una reconstrucción de la política y de la sociedad.

El kirchnerismo conmovió creencias, certezas, sospechas, olvidos, negaciones y, también, nos permitió ser más generosos con los ideales de antaño al mismo tiempo que, para nuestra sorpresa, nos puso en el centro de la escena para disputar una pelea que ya no soñábamos. No nos prometió las certezas de ayer ni sus blindajes ideológicos (por suerte); tampoco nos aseguró que su marcha por el tiempo iba a ser impoluta. Todo lo contrario. Siempre supimos de las contaminaciones, de la resaca, de los límites y de las tramas canallas que se encierran en el peronismo (y que por extensión podríamos ampliar a las experiencias de izquierda que recorrieron el siglo pasado). Sabíamos que íbamos a incursionar en la política desde un lugar insólito para la mayoría de nosotros: defendiendo al gobierno nacional, siendo “oficialistas” y, claro, poniendo en debate, otra vez, la relación entre ideales y política en la época en la que se acabaron las certezas que cobijaron nuestra comprensión de la historia y de su marcha triunfal hacia el socialismo o lo que fuera su equivalente argentino.

Vamos en gran medida avanzando sin brújula y casi a ciegas por el escenario de un mundo dominado por un capitalismo implacable que seguirá intentando arrasar con esta anomalía sudamericana que tiene uno de sus enclaves más provocadores en la Argentina (eso sería bueno siempre recordarlo a la hora de ser duros con las políticas oficialistas, es decir, no subestimar lo que significan las ofensivas brutales de la derecha contra nosotros, ofensivas, como ya se ha señalado insistentemente, que ponen en evidencia la enorme provocación que el kirchnerismo le ha hecho al poder real). Pero, sobre todo, no podremos dejar de sentir las tensiones entre las exigencias de la política como lenguaje positivo –seguro de sí mismo y sin fisuras ni ambigüedades– y las demandas de la lengua crítico-intelectual (esto no significa que deba leerse la política sólo desde la linealidad afirmativa y a la crítica como deudora de instancias no políticas o definidas bajo la lógica de una negatividad libertaria). Habitamos esta tensión. Carta Abierta, su especificidad, tiene que ver con esta problemática a la hora de intervenir en la disputa política. Nada nos es fácil ni lineal porque intentamos conjugar sensibilidades distintas, lenguas que no reconocen el mismo origen ni los mismos énfasis. Y sin embargo, Carta Abierta es ambas cosas y debe seguir siéndolo si es que quiere insistir con su contribución (que creo sustantiva) al proyecto emancipatorio que, recuerdo, se inició inesperadamente en mayo de 2003.
2Milani, su ascenso y su nombramiento tienen que ver directamente con estas preocupaciones y con estas contradicciones, nuestras y del proyecto. Lo inmediato, no sé si lo más sencillo, es responder bajo la exclusiva demanda de los principios y de la actividad crítica y, claro, desprendernos de las exigencias de la razón política a la hora de rechazar a quien, supuestamente, está manchado por los crímenes de la dictadura (no es difícil hacer lo que hace el CELS, y eso independientemente de que admire y valore su enorme trabajo en defensa de los derechos humanos, porque su lógica es otra y su manera de colocarse ante las demandas de la feroz disputa política es inversamente proporcional a la nuestra, que no somos una ONG ni un centro de investigaciones que se deben a sus fundamentos normativos y a sus protocolos. Nosotros somos un extraño y algo extravagante colectivo político que navega por aguas tormentosas y para nada cristalinas y que debe asumir posiciones sabiendo que, del otro lado, hay un enemigo dispuesto a aprovechar absolutamente todo lo que digamos y hagamos, pero sabiendo también que no se contribuye a avanzar bajo la lógica de la complacencia y el seguidismo acrítico. Esta tensión nos atormenta y nos enriquece).

Un difícil y a veces imposible equilibrio entre las demandas implacables de la lucha política y las demandas, distintas y complementarias, que nacen del ámbito de las ideas y de los dispositivos éticos. Una vieja y siempre renovada controversia que viene acompañando, al menos desde la Revolución Francesa y pasando por todas las experiencias revolucionarias del siglo veinte, cualquier intento de avanzar en una línea popular enmarcada en el interior de la vida democrática. El debate que ha suscitado el ascenso y el nombramiento del general Milani debe inscribirse en esta larga y no saldada tradición, que sólo habita el universo de los proyectos progresistas. A la derecha jamás la desveló este tipo de polémicas (salvando excepcionales reticencias morales de algunos escasos intelectuales provenientes de ese sector). Seguramente es esa condición la que ha sostenido moralmente –tanto en la victoria como en la derrota– a las tradiciones de izquierda y nacional populares. Para ellas nada es lineal ni se resuelve bajo la exclusiva lógica de la razón de Estado. Por eso nos preocupa y nos ocupa la “cuestión Milani”.

Horacio González ha escrito un texto importante que nos exige reflexionar sobre nosotros mismos. El, eso creo, está convencido de la opción, voy a llamarla por comodidad, “ética” que, no por ser tal, deja de ser política. Su planteo, complejo y profundo, nos lleva a debates que no pueden resolverse en algunas líneas o de manera unívoca. Es el debate de la decisión moral, de la permanencia de los principios y de la capacidad de todo individuo de elegir, inclusive en las peores circunstancias, si hacer el mal o no. Pero es también la discusión, nada menor, de los cambios en la vida de una persona (los ejemplos que ha dado Horacio, igual que otros que han intervenido en el debate, son multiplicables e involucran muchas experiencias –incluyo acá al ejército israelí, como para complicar todavía más la cuestión–. Siguen siendo indispensables, eso creo, las tremendas reflexiones de Dostoievski en Los demonios para también incorporar no sólo a quienes cometieron actos repudiables desde una maquinaria de derecha sino también para interpelar las prácticas revolucionarias y sus violencias). Y, surge con fuerza irrecusable, la cuestión de la culpa y de la responsabilidad. Vale, eso creo, seguir estas discusiones, que son imprescindibles.

Pero también vale establecer las sutiles, y no tanto, diferencias entre un debate crítico-intelectual, ese mismo que puede recorrer argumentaciones difícilmente asimilables por el sentido común, y la controversia política atravesada por las demandas de una realidad implacable. Vivo esas tensiones, no las rechazo. De la misma manera, y de eso estoy convencido, de que no se trata de una involución del Gobierno ni de un cuestionamiento a la política de derechos humanos que ha sido y sigue siendo extraordinaria, única en el mundo (por eso mismo no se la puede debilitar ni supeditar a “otras” exigencias de la hora, pero tampoco se puede cuestionar, corriendo por izquierda, a quienes han encabezado un proceso de reparación que sigue avanzando sin dejar de lado a los responsables civiles y eclesiásticos –recuerdo la condena a Von Wernich y el procesamiento de Blaquier–). Sigo teniendo una confianza última y profunda en quien lidera el proyecto, al mismo tiempo que reconozco las grandes dificultades que nos seguirán desafiando en estos dos años. No haría de la “cuestión Milani” el centro de lo que hoy necesitamos disputar políticamente, aunque considero que no debemos ni podemos eludir lo que su emergencia ha suscitado entre no- sotros, al precio de arrojar por la borda una parte sustancial de nuestras herencias ideológicas y de los valores que ellas contienen. Es un debate que nos incumbe y nos exige. Sus consecuencias no son ni podrán ser unívocas allí donde arrastran logros y virtudes indudables, oscuridades y ambigüedades. Lo sabemos.
Fuente:Pagina12

No hay comentarios: