El juicio oral por la represión del 19 y 20 de diciembre de 2001
Mathov en su laberinto
Se lo considera el responsable de cinco muertes, durante la caída del gobierno de la Alianza. Ahora está en el banquillo de los acusados.
Por: Ricardo Ragendorfer
El hombre calvo, con gafas sin marco y barba blanca de laborioso corte, parecía del siglo XIX. Era el secretario de Seguridad del gobierno de la Alianza, Enrique Mathov. El miércoles pasado –tal como sucede tres veces por semana, desde el 24 de febrero, en los tribunales de la calle Comodoro Py– fue sentado en el banquillo junto con el ex jefe de la Policía Federal, Rubén Santos, otros dos antiguos dignatarios de esa Fuerza y 13 oficiales de menor rango. Todos están acusados de las cinco muertes ocasionadas por la represión del 19 y 20 de diciembre de 2001, que obligó la renuncia del presidente Fernando de la Rúa.
Ahora, en su indagatoria, el ex funcionario sorprendía con las siguientes palabras: "La verdad es que no sé por qué pasó lo que pasó."
Doce años antes, con esos mismos lentes y sin barba, su rostro afilado tenía cierta semejanza con la de Levrenti Beria, la mano derecha de Stalin.
Entrada la noche de aquel fatídico jueves, tras la huida del mandatario en helicóptero, Mathov, con sumo apuro, embalaba en su despacho algunas pertenencias, cuando una colaboradora le dijo: "Doctor, acaban de decir por radio que hay una orden judicial que le prohíbe salir del país." Y él, sin mover un solo músculo del rostro, dijo: "Bueno, no habrá más remedio que hacer turismo interno."
Mathov cumplió: días después fue a parar al Club de Campo La Martona, en Cañuelas, donde adquirió una chacra para pasar el verano con su familia.
Allí estaba el 28 de febrero de 2002, cuando un flash de Crónica TV le congeló la sangre: la policía lo había ido a buscar a su departamento de Santa Fe y Junín, luego de que la jueza federal María Servini de Cubría ordenara su captura. De golpe, se había convertido en un prófugo.
Al día siguiente, junto a su abogado, Mathov ingresó a los tribunales de Retiro. Por cábala, se puso el mismo traje a cuadros que solía lucir en las reuniones informales de su partido. Por lo demás, su expresión era sombría y, al eludir en un pasillo el acoso de los cronistas, sólo farfulló: "¡Por Dios! ¡Esto es absurdo!" Se encontraba apenas a unos metros de quedar detenido.
Luego, ante la magistrada, esgrimiría: "La autoridad política dispuso los lineamientos de la acción y la policía decidió la manera de implementar el objetivo."
–¿Cuáles eran esos lineamientos? –quiso saber la jueza.
–Mire, yo le di al Santos la orden de cubrir cinco objetivos. Había que impedir que tomaran la Casa de Gobierno, el Congreso y otros tres sitios estratégicos. El propósito era preservar el orden. Y fue Santos el encargado de la ejecución.
–¿Y las detenciones?
–Todas se hicieron bajo el amparo del estado de sitio.
Lo cierto es que otras declaraciones volcadas en el expediente ya habían delineado la verdadera cadena de hechos y circunstancias que derivaron en la masacre. Cuando el clima en la Plaza de Mayo ya era como un volcán en erupción Mathov recibió en la Casa Rosada a Santos con una orden desproporcionada: "¡Despejen a la gente a cualquier precio!" Y el comisario la retransmitió así: "¡Quiero no menos de 50 detenidos!" Cosas del lenguaje; ambas frases bastaron para desatar un infierno.
Primero fueron cargas de caballería y latigazos sobre ciudadanos congregados en forma pacífica; luego hubo balas de goma y gases lacrimógenos. Entonces se efectuaron 200 detenciones. Pero aún faltaba lo peor. Alrededor de las 15:30 las armas policiales comenzaron a gatillar disparos de plomo. En el lapso exacto de una hora –durante la segunda jornada de la rebelión–, esa ofensiva provocó las cinco muertes.
En su indagatoria, Mathov repetiría: "Todo se hizo bajo el amparo del estado de sitio."
Minutos después, salió con las esposas puestas, dado que la jueza temía que el ex secretario intentara eludir la acción de la justicia.
En el Escuadrón Buenos Aires, de Gendarmería, ya había una celda en la planta baja preparada desde hacía varios días para él.
Cuentan que Mathov ingresó a su nuevo hábitat con la actitud de quien calibra las comodidades de un cuarto de hotel; sin decir palabra alguna, se encaminó hacia la cama para sopesar con la palma de una mano la laxitud del colchón. Y sólo expresó un deseo: una mesa más amplia para poder leer y escribir. Luego se despidió de Valerga Aráoz, ante la atenta mirada de su nuevo vecino: el ex juez Hernán Bernasconi.
También lo observaban Diego Barreda y Mario Bareiro, dos policías bonaerenses imputados en la causa AMIA, quienes no se escaparon del Departamento Central en esa famosa fuga del "Tractorcito" Cabrera, cuando justamente él estaba a cargo de la seguridad del país. Mathov apenas reparó en ellos, antes de que un guardia diera una vuelta de llave al cerrojo de su puerta.
Quizás, entonces, Mathov haya quedado aprisionado en una celda aún más inexpugnable: la de su memoria. Y tal vez recalara en la ya remota década del '60, cuando organizó con otros estudiantes secundarios el grupo "Reacción Antinazi". También es posible que su mente hiciera una escala en sus días universitarios; precisamente, en "La noche de los bastones largos", aquella violenta irrupción de la Guardia de Infantería en la UBA, ordenada por el general Onganía, que a él le tocó padecer.
Mathov atravesaría luego una meteórica carrera política. En 1983 fue secretario del Comité Capital de la UCR, cuando fue elegido concejal. Durante la intendencia de Facundo Suárez Lastra, fue nombrado secretario de Educación de la comuna, antes de lograr una banca en la Cámara Baja, en la época del menemismo. Ya durante el alba del nuevo milenio, llegaría al cenit de su trayectoria al llegar –en virtud a su amistad con De la Rúa– a la Secretaría de Seguridad.
En ese cargo, protagonizaría un desopilante episodio por el que merece ser recordado.
En septiembre de 2001 –días después del atentado en Estados Unidos a las Torres Gemelas–, encabezó un patrullaje de Prefectura por el río Paraná a bordo de un guardacostas, junto al ministro del Interior, Ramón Mestre, y un selecto grupo de periodistas. Mathov, aferrado a la baranda de la proa, parecía el almirante Nelson. En eso, el radar detectó una nave sospechosa junto a la orilla paraguaya. Los uniformados apuntaron sus armas y los periodistas, las cámaras, mientras se encendía un reflector. Grande fue la sorpresa de todos al constatar que, simplemente, se trataba de un botecito ocupado por dos pescadores con los pantalones bajos, en medio de una situación amatoria. Mathov, sin efectuar declaraciones, se encerró en el puente de mando.
Tres meses después, sobrevino la debacle.
Y al poco tiempo de haber sido encarcelado, recuperó la libertad, para así aguardar el juicio oral. En el transcurso de todo este tiempo, se convirtió en una sombra. Y sólo abandonaría su sepulcro del anonimato para comparecer ante la justicia.
Ahora, durante la mañana del 16 de abril, desde el banquillo de los acusados, el otrora poderoso funcionario, volvió a decir: "La verdad es que no sé por qué pasó lo que pasó."
Luego, alisándose la barba, hizo una pausa, antes de agregar: "Mi vida, durante los últimos doce años, ha sido este expediente. Durante esa larga noche, lo revisé buscando el porqué de lo sucedido. Y no lo dice."
Luego volvió a su asiento.
Su suerte ya está echada.
Fuente:TiempoArgentino

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