BOCAS: Estela de Carlotto, el símbolo
de las Abuelas de Plaza de Mayo
La historia del encuentro de esta mujer con su nieto, uno de los niños 'apropiados' en la dictadura.
La historia del encuentro de esta mujer con su nieto, uno de los niños 'apropiados' en la dictadura.
Por: MAXIMILIANO POTER
Foto: Leo Liberman
Estela es la actual presidenta y símbolo de las
Abuelas de Plaza de Mayo en Argentina.
A lo largo de 36 años, Estela de Carlotto buscó a su
nieto, uno de los tantos hijos de desaparecidos que fueron “apropiados” durante
la última dictadura argentina. La historia dice que, en 1977, su hija Laura
estuvo encarcelada en un centro clandestino y, en esa condición, dio a luz a un
niño al que llamó Guido. Pero la separaron de su bebé y, más tarde, la
asesinaron. El pasado 5 de agosto, la actual presidenta y símbolo de las Abuelas
de Plaza de Mayo encontró a su nieto y, finalmente, se pudo abrazar con él. Hoy,
después de tanto dolor, esta valiente mujer habló con BOCAS del increíble caso
que no solo transformó su vida, sino que conmovió al mundo entero.
Por Maximiliano Poter / Fotos Leo
Liberman
La sede de Abuelas de Plaza de Mayo rebosa vitalidad.
Los teléfonos no paran de sonar. Su personal va de acá para allá. La asociación
recibe hoy un récord de consultas por identidad y análisis de ADN y acaba de
identificar a la nieta número 115, Ana Libertad, que resultó familiar de una de
sus doce fundadoras, Alicia “Licha” De la Cuadra.
Estela Barnes de Carlotto, su actual presidenta y
figura emblemática, se manifiesta más “plena, joven y dinámica”. Tiene 83 años,
su pelo sigue blanco y etéreo, como si hubiera atrapado todo el polvo de tiza de
sus tiempos como maestra de primaria, pero sus ojos están más encendidos que
nunca y cuentan que ya no necesita usar el bastón. Dicen que todo es efecto de
una alegría por la que luchó 36 años: el poder de la verdad.
El 26 de noviembre de 1977, su primera hija, Laura
Carlotto, estudiante y miembro de la Juventud Universitaria Peronista, fue
secuestrada en la ciudad de La Plata por la dictadura cívico-militar que tomó el
poder en la Argentina entre 1976 y 1983. Tenía 23 años, y dos meses y medio de
embarazo. Estuvo recluida en un centro clandestino y, en esa condición, dio a
luz a un varón que llamó Guido. Se la separó de su niño y, más tarde, fue
asesinada y su cuerpo fue entregado a la familia.
Desde entonces, Estela buscó a ese nieto, uno de los
centenares de hijos de desaparecidos que fueron “apropiados” y privados de su
verdadera identidad durante el gobierno de facto. Es una tarea que hizo de las
Abuelas un organismo fundamental para la investigación, resolución y prevención
de crímenes de lesa humanidad y que ha impulsado avances en las ciencias
genéticas y forenses determinantes para la recuperación de personas. Un trabajo
de éxitos y reconocimientos, pero que también sufrió persecuciones e
indiferencias, que lleva más de tres décadas y que acaba de obtener su más
esperada recompensa.
El pasado 5 de agosto, se encontró a quien hoy es
Ignacio Guido Montoya Carlotto, el nieto 114. Su nieto. Un acontecimiento que
sacudió la vida social y política del país y tuvo repercusión en todo el mundo.
“Por suerte –dice con una sonrisa–, tengo salud para aguantar semejante noticia
sin caerme desmayada”.
¿Cómo fue el momento exacto en que le informan
que habían encontrado a su nieto?
Estaba, como de costumbre, en las oficinas de Abuelas
y me llama por teléfono la jueza María Servini de Cubría, que es muy conocida
para la institución porque ha restituido muchos nietos. Me dice que necesitaba
verme ese mismo día, lo antes posible. Suspendí unas actividades y concurrí a
Tribunales para ver por qué tanta urgencia. Llegué a su despacho, hablamos unos
minutos de temas intrascendentes, hasta que me vio sentada, tranquila, y me
dice: “Tengo que darte una muy buena noticia: encontramos a tu nieto, Guido”. Yo
recibí un baldazo de alegría y de impacto, tanto es así que pegué un salto de la
silla y empecé a gritar, algo que no es común en mí, porque soy bastante
responsable de mis actos. Nos abrazamos, lloramos juntas, y me explicó que se
trataba de un joven que había concurrido primero a Abuelas y después a la CONADI
[Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad], y que su examen de sangre
daba la inclusión a nuestra familia en un 99,9 %. La alegría, el asombro, la
emoción fue tanta que no tengo palabras.
Y luego vino el esperado
encuentro…
Mi hija Claudia, que es responsable de la CONADI, lo
llama, le da la noticia de que resultó ser hijo de desaparecidos, se quiebra y,
entre sollozos, le dice: “Pero tengo que decirte que tu abuela es Estela y que
yo soy tu tía”. Fue un impacto enorme para él.
La reunión se realizó ese mismo día, el 5 de agosto,
por la noche, en casa de Claudia, donde estábamos presentes solo mis tres hijos
y yo. Él vino acompañado de sus amigos, que son como su familia, y de su
compañera. El encuentro fue de un nerviosismo y, a la vez, de una alegría que no
se puede explicar. Todas esas dudas de tantos años de buscarlo, el “cómo será”,
“qué ideas tendrá”, “cómo lo habrán tratado”, ahora tenían la visión real de una
persona. Mis hijos lo recibieron en la calle, yo estaba adentro por miedo,
porque me temblaban las piernas. Al verlo llegar, le di un abrazo y le dije
“Guido, te busqué tanto, querido”. Y él me respondió, “Bueno: despacito,
despacito”. Me llamó al orden. Yo no soy muy expresiva y de agarrar a las
personas, pero en ese momento lo que quería era darle un abrazo. Y se lo di. Fue
una jornada muy larga. La terminamos después de horas y horas de charla, de
tomar mate y comer algo, con un abrazo de despedida en donde me dijo “Chau,
abu”. O sea que, para mí, la coronación de todo fue que me llamó “abuela”.
¿Hay cosas que encontró en él tal como alguna
vez se las había imaginado?
En esta trayectoria tan larga, de casi 37 años
buscándolo, en ciertas fechas determinadas, como cumpleaños, le escribí cartas
que hice públicas sin saber cómo era o dónde estaba. Y en esas cartas ponía
cosas que después resultaron ser así. Por ejemplo, decirle “algún día vas a
despertar y buscar tu identidad porque vas a sentir que algo adentro tuyo no
anda, y vas a necesitar saber quién es tu papá y tu mamá. O vas a pensar por qué
te gusta la música clásica, o Sui Generis o Pappo y otros músicos de la época de
Laura”. Y todo eso después resultó que fue así. Fue como un vaticinio
preparatorio de lo que me iba a encontrar. Yo me encontré con un nieto que tiene
cosas de su papá, que era músico y que dibujaba, tal como él lo hace muy bien, y
de su mamá, que era una muchacha muy segura de sí misma y emprendedora, amante
del arte. Tiene, de los dos, un parecido físico enorme con el padre, pero muchas
cosas familiares nuestras. Se ha insertado hace apenas un mes en nuestra vida y
ya tenemos una relación estrecha, comunicativa. Él habla mucho con sus primos y
tíos. Conmigo también, aunque me reprocha que no lo llame. Yo, por respeto,
tengo el trato de una abuela. Es un chico muy tierno, sano, del arte y estoy
queriendo ganarle al tiempo todo lo que me lo perdí.
¿Qué sentimiento tiene hacia las personas que
lo criaron?
Nada, nada. Dejo que la Justicia proceda. Acá hubo un
delito. Este niño llegó a manos de esta gente, muy humilde, peones de campo, a
los que el patrón les trajo un chico y lo anotaron como hijo de ellos. Ese es el
delito. Luego, la crianza fue muy buena, sencilla. Le dieron amor, libertad,
pudo educarse. Pero no entro a juzgar absolutamente nada porque no me
corresponde. Espero que la Justicia, que es la que tiene en sus manos resolver
responsabilidades, lo haga y después se acatará lo que diga.
¿Los vio o piensa encontrarse con
ellos?
No, no me corresponde, ni quiero, tampoco.
¿Su nieto no se lo pidió?
Bueno, a él, en su fuero íntimo, le gustaría, porque
él tiene amor por esa gente y yo eso lo respeto muchísimo. Lo entiendo y jamás
le hablaría en contra de ese amor, porque él lo vivió, es su vida y eso no se
borra por más que ahora encuentre la verdad. Pero de ahí a yo compartir con
ellos… No; por ahora, nada, porque esto está en manos de la Justicia.
El 25 de agosto pasado, en un nuevo
aniversario de la muerte de su hija, escribió la que dijo será la última carta
pública en su memoria. ¿La recuperación de su nieto cierra esa herida y también
una etapa?
En ese recordatorio, que desde 1988 hago en el diario
Página/12, año tras año, volcando en ese pedido, en esa angustia, en ese dolor,
justicia para Laura y mi nieto, yo desgranaba un recuerdo de su muerte, su
asesinato, la barbarie. Ahora, al encontrarlo a él, entiendo y siento que Laura
está viva. Que ella está en él, que al abrazarlo estoy abrazando a Laura y que
ella, esté donde esté, nos está diciendo a mí y a sus hermanos “misión
cumplida”. Y que estará sonriendo, seguramente, porque él ya está con nosotros.
Entonces, decidí despedirme de ese recordatorio en función de no recordar más su
muerte, sino sentirla viva junto a Guido, mi nieto.
¿Cómo hizo para que la tragedia no se
transformara en un rencor, un veneno? ¿Es algo que tuvo que trabajar
conscientemente?
Nunca hice terapia con nadie, a pesar de que nuestros
psicólogos en la Asociación de Abuelas nos han perseguido para que nos
atendamos. A veces, cuando se me acercaba alguno y me decía “Estela, vamos a
charlar”, yo le contestaba “no me hagas perder el tiempo”. He sido de resolver
sola mis problemas. Esta lucha, que arranca con tanta injusticia y tanto dolor,
me ha fortalecido esa conducta natural. No sé si uno puede creer en los signos
del Zodiaco, pero soy de Libra: el equilibrio. Y tengo muchas cosas que combinan
con eso. Es mi personalidad. A mí no me destruyen las cosas malas: me dan fuerza
para corregirlas.
¿Pero tuvo momentos de quiebre?
Una sola vez, no recuerdo por qué, le dije a mi marido
que no iba a ir más a trabajar con las abuelas. Y él me respondió: “No; tenés
que seguir yendo porque las abuelas te necesitan”. Quizás era lo que yo quería
escuchar. Y seguí. No recuerdo haber dicho “no doy más”, “estoy cansada” o “para
qué sirve”, porque soy optimista por naturaleza. Y solo me resigno a no
conseguir algo cuando ya agoté todos los recursos. Cuando asesinaron a Laura y
nos llamaron para entregarnos su cuerpo, ahí sí: fue terrible, porque no lo
podía revertir, ya no tenía solución. Yo estaba buscando, haciendo promesas.
Como católica, le pedía a Dios, rogaba. Y después, que un día apareciera muerta
fue lapidario. En ese momento me enojé con Dios, mucho. Le preguntaba por qué me
había hecho esto. Después me di cuenta de que Él no tenía la culpa: eran los
hombres los que habían matado a Laura.
¿Por qué cree que le devolvieron el cuerpo de
su hija?
Pude ver en dos oportunidades al general Reynaldo
Bignone, quien fue el último presidente de facto. Yo era amiga de su hermana y
ella me facilitó una audiencia con él. La primera vez fue cuando secuestraron a
mi marido. La segunda le fui a pedir por Laura y ya me encontré con un hombre
muy loco, que tenía un arma sobre el escritorio. Me dijo: “Eh, señora, no
entienden lo que les decimos, que [los militantes políticos] se entreguen
voluntariamente, que hay lugares para recuperarlos. Encima van al exterior y
hablan mal de nosotros”. Le dije que si mi hija había cometido un delito para
ellos, que la juzgaran, que nosotros la íbamos a esperar. Me contestó: “De
ninguna manera. Yo vengo del Uruguay, de ver en las cárceles a los tupamaros y
ahí se fortalecen en sus convicciones. Convencen a los guardias. Acá nosotros no
queremos lo mismo. Acá hay que hacerlo”. Le pedí: “No me la maten”. Pero sonó el
“acá hay que hacerlo”.
“Si ya la mataron, por favor, entréguenme el cuerpo
porque no quiero volverme loca como otras madres buscando en las tumbas anónimas
de los cementerios”, le pedí.
Salí de esa reunión convencida de que Laura estaba
muerta, pero no: estaba viva. La tuvieron nueve meses y nació el niño. Pienso
que él les dijo a sus subordinados que, cuando la mataran, le entregaran el
cuerpo a la madre porque se lo había pedido. Es la única explicación que
encuentro.
¿Cómo llega a incorporarse a Abuelas? ¿Era ya
un núcleo de trabajo dentro de las Madres de Plaza de Mayo?
Primero comienzo buscando a mi esposo. Lo secuestraron
el primero de agosto de 1977. Reapareció unos 25 días después, torturado, muy
flaco y contando los horrores que vio. Durante ese tiempo, lo busqué, trabajé,
no sabía ya qué puertas golpear. Pagamos incluso un rescate. Cuando desapareció
Laura hice lo mismo, lo que toda madre hacía, pero sola. La sociedad, a través
de los medios de comunicación monopólicos que aún existen, recibía mentiras.
Deformaban la historia y la gente decía “a mí no me tocó” o “no mires”, y todo
el temor por cuidar a sus familias y que no les pasara nada hizo que cada uno se
encapsulara y no compartiera. Yo era directora de una escuela y mis maestros no
sabían que esto me pasaba. Recibí un consejo muy bueno de mi consuegra, que me
dijo: “¿Por qué estás sola, si hay otras mujeres que también están buscando a
los hijos y nietitos?”. Me dio un teléfono, me comuniqué y fui. Y me encontré
con un grupo de unas seis señoras que me recibieron muy bien y, a partir de ahí,
empecé el trabajo acompañada, compartiendo ideas, estrategias, iniciativas, y
son las compañeras con las que estoy todavía hoy. La asociación en ese momento
no existía. Había un conjunto de madres–abuelas. Cuando yo entré, éramos un
grupo disperso, muy informal, que pensábamos con mucha inocencia que esa
situación iba a terminar a corto plazo, que los chicos iban a aparecer, que
íbamos a tener a los nietos para criarlos esperando el regreso de los padres.
Después empezaron a delinearse formalmente los grupos que iban a la Plaza de
Mayo frente a la Casa de Gobierno. Así se reúnen las Madres, para buscar a los
hijos; las Abuelas, para buscar a los nietos y los hijos; y los familiares, para
proteger a los presos políticos y buscar a los hermanos, maridos y demás. Con el
correr de los años fuimos elaborando estrategias, recorriendo orfanatos,
jardines de infantes, colegios. Fuimos constituyendo reglas, porque cuando se
nos reconocía corríamos el riesgo de ser desaparecidas...
¿Cómo se protegían?
La estrategia era disimular que nos juntábamos. Cuando
hablábamos por teléfono lo hacíamos en código. Decíamos: “Vamos a festejar el
cumpleaños donde venden flores”, y eso significaba reunirse en el bar Las
Violetas. O “vamos a escribir una carta al hombre de blanco”, por el papa.
Cuando nos reuníamos en la casa de alguna abuela, los timbres eran con código.
Nos asegurábamos de que no nos siguieran o que no nos estuviera esperando
alguien. Nos juntábamos en iglesias, en la estación del ferrocarril, en casas de
familiares. Era todo un movimiento que iba creciendo y aprendimos a conocernos
con otros, como el Centro de Estudios Legales y Sociales, la Asamblea Permanente
por los Derechos Humanos, el Movimiento Ecuménico, la Liga Argentina por los
Derechos del Hombre. Viajamos muchísimo al exterior, durante la dictadura,
preservándonos cuando traíamos información de lo que nos contaban los
sobrevivientes exiliados, escondiéndola en cajas de bombones, por ejemplo.
Estuvimos en Estados Unidos, Brasil, Canadá. En 1981 estuvimos en once países de
Europa. Meses de gira.
¿Y no hay casos en el mundo de un plan
sistemático de apropiación de bebés como hubo en la Argentina?
No. Hemos averiguado si, por ahí, en alguna guerra
convencional podría haber habido robo de bebés de jóvenes embarazadas. A un niño
que quedaba solo, porque le mataron a los padres, alguien se lo agarraba. Si era
de cierta edad, lo ponían en el ejército para que aprendiera a matar o lo
llevaban a un orfanato y lo daban en adopción. Pero esto que hizo la dictadura
nacional, de crear centenares de centros clandestinos de detención, llevarse
prisioneros, dejar vivir a las mujeres embarazadas y, cuando nacía el bebé,
quitárselo y luego matarlas es único, no hay.
¿Cuál es el motivo de su distanciamiento con
Hebe de Bonafini, fundadora y titular de Madres de Plaza de Mayo?
Como todas, empezamos juntas. Ella fue liderando a las
Madres, que se dividieron en dos grupos porque eran visibles las faltas de
coincidencia con ella. Su forma de ser y sus criterios no eran compartidos por
nosotras. Esta señora dijo una vez que no teníamos que encontrar más a los
nietos porque ya estaban contaminados, que eran irrecuperables. Lo manifestó
públicamente. Y como esa, otras cosas que nos hicieron distanciar. No cree en la
Justicia. Acusó a quienes aceptamos la indemnización que impuso la OEA y dijo
una serie de cosas fuertes, dolorosas, que nos fueron separando. No asiste a
ninguno de los actos que hacemos junto al resto de los organismos. Todas esas
diferencias hacen que no tengamos ninguna relación. Siempre quiero aclarar que
comprendo el dolor de esta señora, que tiene su familia destruida, sus dos hijos
no están y que fue una compañera del camino. Pero fue.
¿Qué relación y opinión tiene hoy de Jorge
Bergoglio, el actual papa? En algún momento se manifestó muy crítica hacia su
persona y, luego, tras una audiencia en el Vaticano, se mostró más
conciliadora…
Bueno… Bergoglio [ríe]. Yo fui mensajera de él una
vez. Te cuento. Nosotras con la Iglesia Católica Argentina teníamos una gran
decepción porque la mayoría de sus jerarcas habían sido partícipes de la
dictadura por acción directa, como compartir sus ideas o bendecir las muertes, o
por omisión, como mirar para otro lado o decir que “de esto no se habla”. De
todas maneras, igual mandábamos cartas al papa, queríamos verlo cuando íbamos a
Roma. Nada de esto se dio. Y cuando Bergoglio alcanzó el grado que tenía por ese
entonces tampoco lo escuchamos hablar de los desaparecidos y los niños. Nunca
nos llamó y habló. Yo estuve en un acto en la catedral de Buenos Aires al que me
invitaron para hacer uso de la palabra. Bergoglio estaba ahí y se retiró cuando
fui a hablar. Todo eso, para mí, no era grato. Pero ambos teníamos a una amiga
en común: Clelia Luro de Podestá, que se casó con el exobispo Jerónimo Podestá.
Una vez Clelia me dijo: “Por favor, llévale esta tarjeta a [el presidente
Néstor] Kirchner, porque Bergoglio quiere verlo”. Así que yo hice de mensajera
de Bergoglio: le entregué la tarjeta a Néstor, que se puso verde. Me decía que
no, que no hay diálogo con la Iglesia, que bla, bla. Y yo le dije: “Pero, bueno,
Néstor: no hable como un muchacho de los años setenta. Usted ahora es el
presidente, tiene que conciliar y la Iglesia es un poder, es parte del pueblo
argentino”. Me respondió: “Bueno, Estela; déjemela, ya vamos a ver”. Ahí quedó
esa tarjeta, finalmente no pasó nada. Y cuando a Bergoglio lo eligen papa, en
esta institución la primera reacción fue negativa. Dijimos: “Uh, Bergoglio, que
nunca hizo nada”. Pero pensamos que había que darle una oportunidad. Así fue, en
abril del año pasado, pudimos encontrarnos con él en la audiencia pública en la
Plaza de San Pedro. Se acercó a la fila de los argentinos que estábamos ahí y me
dio la mano, un abrazo y un beso. Y le hablé de Clelia, esta amiga en común.
Charlamos como lo estamos haciendo ahora, fuera de protocolo. Le contamos lo que
queríamos de la Iglesia y me dijo, dos veces, “cuenten conmigo”. Entonces, se
fue afianzando la sensación de que este hombre traía un proyecto, que está
poniendo en práctica, de cambio en la Iglesia, de esa tolerancia y comprensión
que tiene que haber entre seres humanos. Él lo demuestra con mucha humildad,
austeridad y buen trato. Es simplísimo. A una le entra al corazón una persona
así. Es un hombre que está haciendo buenas cosas dentro de su apostolado.
Decimos que hay que aprovechar esta situación y, por eso, estamos trabajando
para ver todo lo que pudiera haber sobre los niños que estamos buscando y que
pasaron por la Iglesia. Estamos seguras de que hay registros. Uno tiene que
tener la inteligencia del cambio. No tenemos que quedarnos en una idea y hay que
corregir.
¿Cuál es su relación con la presidenta
Cristina Fernández de Kirchner?
No tengo una amistad con ella. ¿Qué significa la
amistad? Que vaya a la casa a comer, a tomar el té, que cuando nació su nieto
fuera a conocerlo. No hago eso. Tengo un cariño entrañable por lo que ella es, y
ella me quiere por lo que soy. Es cierto: me hace acordar a Laura por su look.
Hay fotos que son impactantes por el parecido. Y ella dice que le hago acordar a
su madre porque tengo el pelo blanco. Yo la quiero y la respeto muchísimo y si
mi palabra tiene alguna trascendencia, seguro que voy a decir cosas que la
ayuden.
¿Pero puede mantener una distancia
crítica?
Cómo no; sí, claro.
¿Y qué aspectos le parecen criticables de su
gobierno?
Y, por ahí, lamentablemente, sí hay algún personaje
que parece extraño que esté con ella y después se va y la traiciona, una se
pregunta cómo se equivocó o qué le dijeron sus equipos; porque no gobierna sola.
Pero no es mucho lo que tengo para criticarle, porque ella está nadando contra
la corriente. Sigo siendo una maestrita y una abuelita de Plaza de Mayo. No soy
ni economista ni analizo el fondo de las cosas porque no lo sé ni me
corresponde. Leo, me instruyo y trato de aprender para tener un criterio, pero
no para decir qué está bien o mal. Sé lo bueno que está haciendo y festejo todo
lo que hace por nosotras, porque el Gobierno nos ayuda moral y económicamente.
Conseguir algunas cosas con otros gobiernos era dramático, y con este tenemos
las puertas abiertas. Yo entro a la Casa Rosada como si fuera mi casa. Me
saludan, tengo simpatía, respeto. Si hay algo malo, creo que es
solucionable.
¿Cree que la restitución de su nieto tiene un
peso simbólico como para que ningún Gobierno, de cualquier signo, pueda
cuestionar no solo el trabajo de Abuelas, sino la política de derechos
humanos?
Con esta restitución ha pasado algo realmente inédito.
Hubo una reacción, una respuesta social de acompañamiento, ternura, llanto y
alegría como nunca antes. Todas las restituciones son maravillosas, pero en esta
oportunidad lo atribuyo a que mi actividad es muy pública, soy conocida no solo
en la Argentina, sino en el mundo, y también a las formas de la institución, de
respeto, de dar tiempo, de no buscar venganzas ni odios, sino amor y paz.
Exactamente, esto sirve para que nadie pueda cuestionar el derecho que tenemos a
buscar a los nietos que nos robó la dictadura cívico-militar y a que se nos
ayude, estemos con el gobierno que estemos o con la sociedad que sea. Hay que
recordar que, después de Guido, se encontró a la nieta número 115 en el exterior
y el país donde está viviendo tiene que colaborar (y de hecho lo hizo) para que
esta joven tenga acceso a su verdad. O sea que esta tarea es universal.
¿Qué encuentra en Abuelas un nieto que ha
descubierto su verdadera identidad?
Pensamos en cuando los nietos pregunten por sus
padres, así que preparamos un archivo familiar. Hace veinte años que estamos
trabajando con equipos que visitan a los familiares de cada uno de los
denunciantes para que cuenten la historia y, el día que encontramos al nieto,
poder entregarle una caja que guarda recuerdos: grabaciones, fotos, filmaciones.
Ahí sabrá por qué tiene ojos celestes o por qué le gusta comer sardinas, que son
las cosas que se heredan. Así reconstruyen, lo más que pueden, la historia de
sus papás. Están muertos, pero van a conocerlos a través de las narrativas, las
fotos y todos los recuerdos que les juntamos.
¿Qué hay en la caja para su
nieto?
Está grabada la voz de mi marido, que ya no vive. La
de sus tíos, la mía. Fotos. Lamentablemente no hay películas, porque los milicos
nos robaron todas las grabaciones familiares, los encuentros, los viajes a la
playa. Estaban todas en poder de Carla, mi hija, y su marido Jorge Falcone, que
se dedicaba a hacer cortos. Cuando secuestraron a su hermana, María Claudia
Falcone, fueron a buscarlos a ellos a su casa y se llevaron todo.
¿Ya se la entregaron?
Todavía no, porque estaba en armado. Quiero darle
muchas cosas que todavía tengo que sacar de los cajones y que he juntado durante
mi vida de lucha buscándolo. Ya la tendrá, pero bueno: ahora tiene otras cosas
en vivo y en directo.
¿Y ahora qué sigue?
En cuanto a lo familiar, reunirnos lo más seguido
posible. Seguramente, vendrá a visitarnos cuando su trabajo y sus actividades se
lo permitan. El contacto es permanente. Vamos a viajar juntos, por invitaciones
que nos hacen del exterior. Hay muchos proyectos para el futuro. En cuanto a la
institución de Abuelas, sigo yendo todos los días como siempre y lo seguiré
haciendo mientras tenga vida, para poder encontrar a los nietos que faltan.
Fuente:Bocas
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