6 de octubre de 2014

OLAVARRÍA-MONTE PELONI: LA HISTORIA DE RUBÉN VILLERES y GRACIELA FOLINI.

5-10-2014
Monte Peloni
La historia de Rubén Villeres y Graciela Folini
“De chico pensaba que era un sueño y un día me iba a despertar”

Juan Pablo Villeres tenía 6 años cuando presenció en Olavarría el secuestro de sus padres, hoy desaparecidos. Su abuela, Pura Leopolda Puente, le tapó los ojos con una frazada. Ambos declararon en el juicio por los crímenes de Monte Peloni.
Por: Juan Carrá
Fotos:Sol Vazquez
La madrugada del 16 de septiembre de 1977, Argentino Villeres escuchó el timbre de su casa de Belgrano al 1500 en Olavarría. Un hombre de civil le preguntó por su hijo Rubén. Había soldados parapetados en el zaguán. Su nieto, Juan Pablo Villeres, tenía 6 años y esa noche dormía con sus padres, Rubén de 25 años y Graciela Noemí Folini de 23, porque una de las habitaciones estaba recién pintada. Juan Pablo se despertó cuando el abuelo encendió la luz. Hasta hoy recuerda lo primero que vio desde la cama: el uniforme verde y los borceguíes negros. Un soldado le pedía a su padre que se parara. Otro se agachó para alzarlo a él y se le cayó la gorra. El militar lo llevó alzado a la habitación de Pura Leopolda Puente, su abuela, y lo tiró sobre la cama. Juan Pablo pudo ver cómo sacaban a su papá encañonado. Pura le tapó la cabeza con las mantas. Nunca más volvería a verlos.

Juan Pablo creció con sus abuelos, Argentino y Pura. “Me criaron rodeado de amor y siempre con la verdad”, contó esta semana ante el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata en el juicio donde se juzgan los crímenes de Monte Peloni y también la desaparición de sus padres. Porque lo que investiga este debate oral tiene su inicio el 13 de septiembre de 1977 en Tandil, con las primeras detenciones. La del matrimonio Villeres ocurrió poco días después y se hilvana en esa cadena de tragedias. “Ahí arrancó la más larga pesadilla. Cuando era chico pensaba que esto era un sueño y que un día me iba a despertar de esa madrugada”, declaró. Durante toda su infancia, ese operativo se replicó en los miles de dibujos que hizo con crayones y fibras: hombres de verde y borceguíes.

De La Plata a Olavarría: ida y vuelta
Se sabe que a Rubén y a Graciela Villeres los trasladaron a la Brigada de Cuatrerismo de Las Flores junto con otros detenidos desaparecidos. La madre de Juan Pablo compartió cautiverio con Araceli Gutiérrez. Por el testimonio de Araceli -sobreviviente y hoy casera de Monte Peloni- se sabe que juntas escuchaban llorar un bebé. Graciela decía que no podía dejar de pensar en Juan Pablo. Entonces le pidió a Araceli: quería que cuidara a su hijo si no sobrevivía.

Aunque ellas no lo supieran, las historias de la madre de Juan Pablo y de Araceli ya estaban unidas por las redes de la represión. A fines de 1976, las fuerzas armadas cayeron sobre la casa de Amelia Gutiérrez y su marido Juan Carlos Ledesma. Amelia era la hermana de Araceli. En aquel momento de 1976, Amelia y los Villeres eran vecinos en La Plata. Durante ese operativo, militares y policías habían golpeado a Rubén (Juan Pablo cree que por error). Al día siguiente, el matrimonio tuvo que presentarse en una comisaría.

Los entrevistaron y les pidieron disculpas por la golpiza. Pero los Villeres tomaron una decisión: volver a Olavarría, de donde se habían mudado un par de años antes. La Plata era un lugar demasiado peligroso para los jóvenes como ellos (Graciela militaba en el barrio La Cumbre). Uno de los abuelos de Juan Pablo fue a buscarlos en camión a La Plata. Ya en Olavarría, Rubén aprendió el oficio de tornero. Estaba trabajando en eso cuando lo secuestraron.

Un día quienes compartieron cautiverio en Las Flores, como Graciela y Araceli, fueron divididos en grupos. A algunos secuestrados los trasladaron al centro clandestino de detención Monte Peloni, a 20 kilómetros de Olavarría. A otros, entre ellos al matrimonio Villeres, los trasladaron a La Plata. Lo último que se sabe es que pasaron por la Brigada de Investigaciones de la capital bonaerense.

El camino de madres y abuelas
Desde aquella madrugada, Pura recorrió el periplo de las madres. A los 48 años, no había salido nunca de Olavarría. En una pequeña libreta con espiral anotó direcciones, formas de viajar hacia la Capital Federal, recorridos de colectivos, oficinas, nombres de gente que le decían podía ayudarla. Abogados. Militares. Curas. Pura tocó todas las puertas que pudo junto a Zulema Mohorades, la abuela materna de Juan Pablo. Algunos exigían dinero a cambio de información.

“Recuerdo los viajes de mi abuela durante el Mundial, las primeras movilizaciones de las Madres. Haber ido en camión por caminos insólitos. Me acuerdo de ir a ver al obispo, la actitud pedante de Emilio Bianchi di Cárcano (de la diócesis de Azul y presidente de la Pastoral de Educación Católica). Una vez estuvimos esperando un día entero hasta que se hizo de noche y recién entonces nos atendió”, contó Juan Pablo en el Informe por la Memoria.

El 31 diciembre de 83, la familia Villeres recibió la noticia del Juzgado de Azul: en el cementerio de Hinojo, una localidad cercana a Olavarría, había cadáveres NN. Ninguno era de los padres de Juan Pablo, que siguen desaparecidos.

El día que declaró Pura, Claudio Castaño -uno de los defensores- le pidió que se quitara su pañuelo que la simboliza como Madre de Plaza de Mayo. “No es un símbolo patrio, es un símbolo sectario y partidario que altera el desarrollo de la audiencia”, argumentó. El presidente del tribunal le negó la petición.

“No hay dictaduras más feroces que las que se dan en pequeños territorios, en estos lugares aun hoy se convive con quienes fueron parte de un sistema organizado para desparecer personas, torturarla y amedrentar al resto”, dijo ante el tribunal Juan Pablo, ahora periodista, abogado y militante por los derechos humanos. Sus abuelos Argentino y Zulema ya fallecieron. “Los dos se fueron sin un atisbo de justicia”.







5-10-2014
Monte Peloni 
Los delitos sexuales y la interpretación jurídica
Monte Peloni: la violencia sexual como delito agravado de lesa

Lidia Araceli Gutiérrez recordó cómo abusaron de ella en el centro clandestino. No es la primera que una sobreviviente de la dictadura cívico-militar lo cuenta en un juicio. Un equipo de la Secretaría de Derechos Humanos incorporó la categoría de género no sólo de la experiencia sufrida por las víctimas, sino del “contexto político-social e histórico en el que tuvo lugar”.
Por: Laureana Barrera
Fotos: Sol Vazquez
Durante su testimonio, tal vez el más impactante en lo que va del juicio por los crímenes que sucedieron en Monte Peloni, Lidia Araceli Gutiérrez recordó cómo abusaron de ella en el centro clandestino. Fue una “noche de aquelarre”, precisó. Pero no fue sólo eso: contó cómo sus verdugos se burlaban de ella cuando estaba menstruando y cómo antes de trasladarla a la cárcel de Azul, la llevaron a una piecita y la obligaron a bañarse en un fuentón delante de la mirada de una docena de hombres encapuchados. “Y a mí se me ocurrió pensar que no tenía las piernas depiladas”, dijo con algo de ironía, tal vez sin saber que era ése el acto de resistencia que aún en el inframundo la seguía reafirmando como una mujer.

Cuando Araceli terminaba su relato, el presidente del Tribunal Oral Federal de Mar del Plata, Roberto Falcone, le preguntó si quería agregar algo antes de que las partes preguntaran. Araceli pensó un instante. Después dijo: “yo quiero que alguno de ellos me expliquen a mí por qué me abusaron, me lastimaron, me sometieron, no tiene sentido. Como le explican a la familia que violaron a una mujer con estado de indefensión con cosas tan terribles como introducir la pistola en la vagina”.

Araceli Gutiérrez no es la primera sobreviviente de los campos de concentración de la dictadura cívico-militar que lo cuenta en un juicio oral. Existen relatos espeluznantes que se remontan al Juicio a las Juntas. En los últimos años, sin embargo, los actores judiciales comenzaron a recoger esos hechos para darles una autonomía jurídica: los delitos sexuales tenían una entidad propia que los diferencia de los tormentos que sufrían en cautiverio.

Hasta el momento, son siete las sentencias que destacan los delitos sexuales como delitos independientes a las torturas que se multiplicaban en los chupaderos. La sentencia en 2010 de la causa “Molina”, del Tribunal Oral Federal de Mar del Plata, fue la primera. La siguieron otros seis fallos: la causa “Sambueli” de septiembre de 2013 en Santa Fe; la causa “Martel” –el mismo mes- en San Juan; y dos sentencias en Santiago del Estero –“Aliendro” en marzo de 2013 y “Acuña” en febrero de 2014-. Las últimas dos fueron en marzo de este año: “Mulhall” en Salta, y la causa “Arsenales”, en Tucumán.

El equipo interdisciplinario
En 2012, la Dirección Provincial de Políticas Reparatorias de la Secretaria de Derechos Humanos de la Provincia de Buenos Aires, conformó un equipo de abogadas, psicólogas y comunicadoras sociales con el fin de “visibilizar la violencia sexual hacia las mujeres como delito de lesa humanidad y como parte del plan sistemático ejecutado por la dictadura cívico-militar en los juicios en los que es querellante”.

El equipo, “incorpora la categoría de género como herramienta de análisis” no sólo de la experiencia sufrida por las víctimas, sino del “contexto político-social e histórico en el que tuvo lugar”, dijo a Infojus Noticias Marina Vega, la directora del área. “Los manoseos, la desnudez forzada, las amenazas de violaciones o las violaciones mismas y los abortos provocados por las torturas, se erigieron como un mecanismo sistemático para destruir las subjetividades individuales de las víctimas –principal pero no excluyentemente de las mujeres-“, explicó Vega.

Desde ese enfoque, el equipo que coordina intervino en el juicio de Campo de Mayo VIII, que abarca la zona de Zárate y Campana. En ese veredicto, el Tribunal Oral Federal Nº 5 de San Martín pidió que se investiguen –en un expediente nuevo- los delitos sexuales de lesa humanidad surgidos a partir de los relatos de sobrevivientes. Algo similar pidieron durante los recientes alegatos de los juicios de La Cacha y Campo de Mayo –“el juicio de las y los obreros”-: que se hagan copias de esos testimonios y se inicien nuevas causas para investigarlos. También están participando de las audiencias de los juicios “Saint Amant” y “Monte Peloni”. “Es imprescindible que todos los dispositivos –judiciales, administrativos, de acompañamiento, de notificación- tomen como herramienta la perspectiva de género para escuchar y responder integralmente a las graves violaciones de derechos humanos que se pretenden justiciar”, dijo Marina Vega.

El planteo de grupo interdisciplinario, a lo largo de estos meses, es desarmar la vieja teoría de la manzana podrida. “Éste tipo de delitos, sexualizados, no fue consecuencia del accionar aislado de algún que otro perverso, sino que formó parte del plan sistemático de aniquilamiento que diseñaron las Juntas Militares en complicidad con otros sectores sociales”, concluyó la directora bonaerense de Políticas Reparatorias.
Fuente:Infojus

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