17 de julio de 2015

CÓRDOBA - DIFUSIÓN.

Gacetilla de Prensa (2)
HOMENAJE AL OBISPO ANGELELLI

Mons. Angelelli: Mártir por la vida
“El Agua es para todos, la tierra es para todos, el pan es para todos. Y es no es subversión. Yo sé que esto puede afectar algunos intereses. Pero la Iglesia debe estar, y está, profundamente comprometida con el desarrollo del hombre.” Dijo el obispo Angelelli en Pinchas, pequeña localidad de La Rioja, en septiembre de 1969.
En la denuncia del acaparamiento de unos pocos y la exigencia de una justa distribución está la raíz del conflicto. En esta lucha por la vida reside la causa de su martirio. El 4 de agosto de 1976 Enrique Angelelli fue asesinado, víctima de un atentado en la soledad de los llanos riojanos.
En la Casa Histórica del Movimiento Obrero
El homenaje a 39 años de su martirio, organizado por el Grupo Sacerdotal Enrique Angelelli y el Centro Tiempo Latinomericano se realizará el martes 4 de agosto en la antigua sede de la CGT de Córdoba, Vélez Sarsfield 137, a las 19,30 hs.. Lo haremos en esta histórica Casa del movimiento obrero, hoy restituida para cobijar las memorias de sus luchas, porque nuestro querido “Pelado”, desde sus primeros años de sacerdote en Córdoba asumió un consecuente compromiso con los trabajadores. Lo hizo primero como Asesor de la JOC, la Juventud Obrera Católica; y luego, ya obispo en nuestra Córdoba acompañando conflictos sindicales.
Esta Casa tiene además una historia más antigua ligada a Mons. Angelelli, porque allí tuvo su sede el Obispado de Córdoba. Este edificio fue entregado a la Confederación General del Trabajo de Córdoba por el Presidente Perón, luego de construirse la actual sede del Arzobispado en la primera cuadra de la calle Hipólito Irigoyen. Desde entonces esa fue la casa de los trabajadores, escenario de la recuperación de la CGT intervenida por la dictadura militar de 1955. Atilio López fue su primer Secretario General. Allí el movimiento obrero debatió sus reivindicaciones y resolvió huelgas con fuerte resonancia política, como las jornadas del Cordobazo.
Por eso, en el día del martirio del Obispo Angelelli, estarán presentes los innumerables mártires obreros, que en jornadas históricas jalonaron las conquistas sociales de los trabajadores.
Presentación del Libro de la Sentencia Judicial
En el acto se presentará el Libro de la Sentencia Judicial sobre el homicidio de Mons. Angelelli, dictada en el 2014. Una compilación del extenso fallo del Tribunal Oral Federal de La Rioja, que juzgó y condenó como autores mediatos del crimen a los ex militares Luciano Benjamín Menéndez y Fernando Luis Estrella.
Reconocimiento especial al Padre Mariani
Este año se hará un destacado reconocimiento a quienes en Córdoba afirmaron desde aquel trágico instante la convicción del asesinato. Será en la persona del P. Guillermo “Quito” Mariani, porque fue la primera voz pública que en las exequias del obispo, desde el atrio de la Catedral riojana denunció las “fuerzas de la muerte…que se desatan en formas de egoísmos opresores, en formas de armas que siembran la muerte”. Sus palabras fueron grabadas por los servicios secretos militares y transcriptas en un informe de inteligencia que se incorporó al expediente judicial.
Invitamos a participar haciendo presentes las memorias que fortalecen los actuales compromisos de solidaridad y justicia.

Luis Miguel Baronetto

Cel.: 351 - 634934





ANGELELLI: ¿POR QUÉ LO MATARON?

Luis Miguel Baronetto[1]

El martes 4 de agosto en el acto conmemorativo del martirio del obispo Angelelli, que se realizará en la antigua sede de la CGT, Vélez Sarsfield 137, será presentado el Libro que compila la sentencia judicial a prisión perpetua de Luciano B. Menéndez y Fernando Luis Estrella.

El juicio que condenó a los máximos responsables del crimen de Mons. Angelelli fue el final de un largo camino con muchos obstáculos. Este caso judicial se asemejó a tantos otros cuando las víctimas quedan a la intemperie por la maraña de intereses que se conjugan para impedir que se haga justicia. La historia de este expediente acreditó la existencia de los factores de poder artífices de las campañas de difamación y persecución que sufrió el obispo asesinado. Fueron los fuertes intereses riojanos que se vieron amenazados por la pastoral diocesana. Despertar la conciencia de los empobrecidos y contribuir a su organización para luchar por una vida mejor fue el mayor delito que desordenaba la ancestral y apacible vida de los poderosos de La Rioja: Los terratenientes se quedarían sin peones si la actividad del Movimiento Rural Diocesano seguía concretando la creación de cooperativas entre el campesinado pobre y sin tierra, como los aglutinados en CODETRAL en el norte provincial. A los dueños de la explotación minera se les reducirían las ganancias si el sindicato de los mineros que se inició en la parroquia de Olta se fortalecía. Los acopiadores de la nuez en el oeste terminarían con su vieja costumbre de fijar precios bajos a los productores que se organizaron para la comercialización en la Cooperativa Agrícola de Campanas, cerca de Chilecito. Igual sucedería con el precio de la aceituna en Aimogasta, cuando se aglutinaron en el Movimiento Severo Chumbita. Esas y otras iniciativas como las compras comunitarias en los barrios de la ciudad Capital o la organización de los centros vecinales para las reivindicaciones barriales, inspiradas, alentadas y fortalecidas por el descubrimiento del sentido liberador de las mismas antiguas creencias religiosas, constituían sin duda fermentos para cambios profundos que acarrearía no sólo mejor calidad de vida sino estructuras nuevas, más amplias y participadas, para los derechos ciudadanos.
Había que terminar con esta manifestación religiosa que traducida a los hechos de la vida cotidiana subvertía el orden establecido, explotador, injusto y bendecido durante siglos por creencias alienantes. Un obispo católico, jerarquía de la misma Iglesia que tantas veces se benefició de esos poderes establecidos, vino a desestabilizar la tranquilidad de la ordenada sociedad riojana. El mismo Niño Alcalde, constituido en autoridad por indígenas en rebeldía y conquistadores españoles, volvía cada año en la procesión del Tinkunaco a reinstalar el mensaje de la fraternidad, de la igualdad constitutiva de los humanos.
La sociedad de privilegios no lo pudo tolerar. Y maquinaron diversas formas para eliminar el peligro social que iba extendiéndose como mancha de aceite al penetrar entre las piedras, los llanos y los ranchos de las sedientas tierras riojanas. Desde agosto de 1968 hasta el 4 del mismo mes en 1976 - cuando lo acallaron - Enrique Ángel Angelelli recorrió los caminos de la provincia sembrando la dignidad que debía crecer con el esfuerzo y la participación de todas y todos. Fue la voz de los enmudecidos, pero para que pudieran pronunciar en voz alta su propia palabra, gritando su protesta, reclamando sus derechos.
Muchos de esos nuevos protagonistas dieron su testimonio ante los jueces. Las declaraciones obrantes en el expediente reafirmaron la peligrosidad de esa construcción colectiva que amenazó los privilegios de los enriquecidos a costas de la opresión. Así lo fundamentó la sentencia judicial en septiembre de 2014. Por eso éste fue siempre un juicio incómodo, molesto, inconveniente para la alta sociedad riojana, la misma de ayer, de hace treinta y ocho años, que sigue concentrando y tejiendo las redes de los poderes en la provincia.
El obispo martirizado también fue intolerable para sus pares, que lo abandonaron en soledad cuando más lo debieran haber protegido por mandato evangélico. En el seno de la asamblea episcopal de mayo de 1976 su denuncia de las violaciones a los derechos humanos en La Rioja no entró en el temario. Al salir confesó con tristeza: “El Sanedrín me ha juzgado, el Sanedrín me ha condenado”. Tampoco se quiso escuchar allí - hasta hace muy poco - al único testigo directo, el sobreviviente Arturo Pinto, que acompañaba al obispo en aquel fatídico viaje. Era preferible creer la versión de los asesinos, porque también se sacaban de encima a quien con su testimonio al servicio de la justicia, cuestionaba el silencio y la complicidad. “Es hora que abramos los ojos y no dejemos que Generales del Ejército usurpen la misión de velar por la Fe Católica”, escribió el 25 de febrero, un mes antes del golpe militar. Y el 5 de julio, un mes antes del atentado, al Nuncio Apostólico: “Me aconsejan que se lo diga: nuevamente he sido amenazado de muerte. Al Señor y a María me encomiendo. Sólo se lo digo para que lo sepa”. Pero Pío Laghi se guardó la carta, que el 30 de julio quedó protocolizada en el sello de la Nunciatura con el N° 1737/76. Llegó al Vaticano veinticinco años después. Fue la que encontró el Papa Francisco remitiéndola al actual obispo de La Rioja para ser incorporada al juicio. La sentencia judicial dijo: “…sin el apoyo de sus hermanos del Episcopado, los interesados en la desaparición de Angelelli encontraron el momento propicio para ejecutar el plan que terminaría con su vida y con su labor en la Diócesis”. 
A Angelelli lo mataron porque siendo obispo de la iglesia católica utilizó el poder institucional a favor de los pobres. La religión dejó de legitimar su explotación y fortaleció su conciencia de protagonismo. Fue peligroso porque su pastoral apoyó la organización de cooperativas, gremios y comunidades, como tarea específica del mandato evangélico. Tenían que asesinarlo para imponer el terror y producir la dispersión. “La obra comunitaria alentada por Mons. Angelelli – dijeron los jueces - es equívocamente asimilada a una filosofía comunista, llegándose por ello a ser calificado de “subversivo”, y a partir de allí no se reparó en nada para abatirlo”.
Pero no pudieron borrarlo. Quienes compartieron la persecución fueron calificados por el Tribunal como testigos directos. Y se acumularon las pruebas para sellar con el fallo judicial la convicción del homicidio que se mantuvo viva en la memoria del pueblo.

Córdoba, julio de 2015
           



[1] Querellante en la causa por el asesinato de Mons. Angelelli.



ANGELELLI: MÁRTIR “IN ODIUM FIDEI”

Luis Miguel Baronetto[1]

El martes 4 de agosto evocaremos el martirio del Obispo Angelelli. El 21 de abril de 2015 el Vaticano dio el visto bueno para iniciar el proceso de beatificación por su martirio. Con ello se abrió la investigación que deberá dar sustento a la proclamación de “bienaventurado”, una categoría en la escala de la santidad, que confirma la virtuosidad de una vida ejemplar para ser puesta a consideración de los creyentes.

El proceso judicial según las normas de la Iglesia católica es por martirio. Si bien buena parte del pueblo cristiano afirmó el asesinato del obispo desde el mismo 4 de agosto de 1976, la modalidad disfrazándolo de “accidente fortuito” hizo necesario el pronunciamiento de la justicia civil, que en julio de 2015 dio su veredicto, probó el atentado fatal y condenó a los responsables del crimen.
En la tradición de la iglesia desde los inicios de la persecución – religiosa y política – por parte de imperio romano, las comunidades refugiadas en las catacumbas conmemoraban a sus miembros que habían sido víctimas de la violencia imperial. Se hacía presente la memoria de los martirizados no para rendir culto a los muertos, sino para recuperar su testimonio de fidelidad al Dios padre de todos. Esta afirmación comunitaria aparecía como herética ante la sacralización del Emperador, porque lo bajaba del pedestal divino para igualarlo en la condición humana. Esa herejía era sancionada con la muerte violenta, sino se abjuraba de la fe en el único Dios, que iguala a los humanos. Lo religioso no estaba disociado de la política. La comunidad creyente, por su parte, conmemoraba el martirio de uno de los suyos, porque en él se reconocía y de este testimonio se fortalecía.
Pero la memoria de los mártires no es una exclusividad de los cristianos. Otros colectivos humanos han sabido, han querido y han necesitado recuperar la memoria de aquellos a quienes se les arrebató la vida en la coherencia de la lucha. La historia del movimiento obrero da cuenta de sus mártires, expresión culmen de las luchas colectivas por sus reivindicaciones, como los “mártires de Chicago” o tantos otros. Algo similar con el movimiento estudiantil. Una manera de recuperar la propia historia para avanzar en sus conquistas sociales, evitando ser ganados por el olvido. Son los procesos populares los encargados de proclamar su martirologio.
  El reconocimiento oficial de la Iglesia del martirio es por haber sido eliminado “in odium fidei”. “Por odio a la fe”, en la persecución y castigo a los creyentes de una fe religiosa, en contextos políticos determinados, donde afloran las contradicciones ideológicas, políticas, económicas y también específicamente religiosas. En Latinoamérica, donde la histórica composición religiosa y cultural de su identidad cristiana ha traspasado las diferentes clases sociales, se dio la particularidad de que las dictaduras que reprimieron las luchas de los pueblos se han reivindicado como defensoras de la “civilización occidental y cristiana”. En esa persecución, las mayorías populares por su parte, se sintieron motivadas por creencias religiosas de igual signo. Los teólogos afirman que es la fe la que motorizó las luchas por los valores evangélicos de la solidaridad y la justicia. Por eso son mártires en la fe por la justicia y la paz.
En este contexto no resulta un detalle menor que los jueces, - que no son teólogos, ni corresponde que lo sean - en el fallo del juicio por el homicidio a Angelelli no hicieron lugar a la solicitud de las querellas de aplicar el agravante de “odio religioso” (Código Penal, art. 80, inc. 4), porque – dice la sentencia- “si bien ambos sacerdotes eran ministros de la religión católica, apostólica y romana, se dio la paradoja que también proclamaban públicamente su pertenencia a dicha religión los más altos dirigentes del régimen cívico-militar que había usurpado el poder el 24 de marzo de 1976, que -entre los objetivos que se había trazado- señalaba como uno de los más destacados el de defender el estilo de vida ‘occidental y cristiano’ de la sociedad argentina. En realidad, Enrique Angelelli y Arturo Pinto fueron víctimas del ‘terrorismo de Estado’ por haber sido catalogados en los informes de inteligencia como pertenecientes al movimiento de ‘Sacerdotes del Tercer Mundo’, que en varios documentos oficiales de la época eran tildados de ‘marxistas’ o ‘comunistas’, y se les adjudicaba una ideología que los hacía peligrosos y eran ubicados entre los sectores de opositores políticos del régimen dictatorial, encuadrados en la flexible categoría de ‘elementos subversivos’, donde cabían militantes de partidos políticos, movimientos estudiantiles, sindicales, religiosos, etc., considerados ‘enemigos’, seleccionados como ‘blancos’ u ‘objetivos’ y debían ser aniquilados por el plan sistemático de eliminación instrumentado por el ‘terrorismo de Estado’.”
Pretendieron deslegitimar su función episcopal, calificando su pastoral evangélica con etiquetas ideológicas ajenas a su identidad. Pero lo concreto es que su martirio – como todos - no puede considerarse fuera del contexto histórico-político-social de la época. 
“In odium fidei” significa valorar la fidelidad del obispo Angelelli a las motivaciones evangélicas que lo impulsaron a un compromiso tan contundente como la violencia de su muerte. Y reafirma que la misión de los cristianos, es decir de la Iglesia misma, es ser “signo de contradicción”[2] en el seno de la sociedad azotada de miserias y desigualdades. Pero además reconocer el martirio de Angelelli es poner en el tapete la vida de una comunidad diocesana asumiendo “el dolor de un pueblo que busca y clama la liberación traída por Cristo”.[3] Y en ese empeño el martirio es sin duda un posibilidad cierta.
Los mártires siempre están situados en el escenario del conflicto. Desde el mismo martirio del Maestro Jesús, con la inscripción sobre su cruz que especificó el motivo: INRI, Jesús Nazareno Rey de los Judíos, la acusación político-religiosa que le acarreó la condena a muerte. El creyente opta por la buena noticia de la liberación anunciada a los pobres o adopta una religión alienante, tranquilizadora de la conciencia individual.
Los victimarios mataron en defensa de la “civilización occidental y cristiana”. Y las víctimas fueron asesinadas encarnando la fe de Jesús. ¿Se trata acaso de creyentes de una misma fe? ¿La fe de Jesús no pondría en tela de juicio los fundamentos de la “civilización occidental y cristiana”? ¿No es sospechosa la coincidencia que en esta parte del hemisferio con predominio del sistema capitalista, la propiedad privada sea considerada “derecho natural”, de orden divino?

Córdoba, 15 de julio de 2015



[1] Autor de Vida y Martirio de Mons. Angelelli, Ed. Tiempo Latinoamericano, 264 págs., 2da. edición, 2006.
[2] Misas Radiales de Mons. Angelelli, 16 de septiembre de 1973, T. III, pág. 167.
[3] Misas Radiales de Mons. Angelelli, 1 de enero de 1972, T. III, pág. 18.
Envío:Sara Waitman

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