Gacetilla de Prensa
(2)
HOMENAJE AL OBISPO
ANGELELLI
Mons. Angelelli: Mártir
por la vida
“El Agua es para todos, la tierra es para todos, el pan es para todos. Y
es no es subversión. Yo sé que esto puede afectar algunos intereses. Pero la Iglesia debe estar, y está,
profundamente comprometida con el desarrollo del hombre.” Dijo el obispo Angelelli en
Pinchas, pequeña localidad de La
Rioja , en septiembre de 1969.
En la denuncia del acaparamiento de
unos pocos y la exigencia de una justa distribución está la raíz del conflicto.
En esta lucha por la vida reside la causa de su martirio. El 4 de agosto de
1976 Enrique Angelelli fue asesinado, víctima de un atentado en la soledad de
los llanos riojanos.
En la Casa Histórica del Movimiento
Obrero
El homenaje a 39 años de su
martirio, organizado por el Grupo Sacerdotal Enrique Angelelli y el Centro
Tiempo Latinomericano se realizará el martes 4 de agosto en la antigua sede de la CGT de Córdoba, Vélez
Sarsfield 137, a
las 19,30 hs.. Lo haremos en esta histórica Casa del movimiento obrero, hoy restituida
para cobijar las memorias de sus luchas, porque nuestro querido “Pelado”, desde
sus primeros años de sacerdote en Córdoba asumió un consecuente compromiso con
los trabajadores. Lo hizo primero como Asesor de la JOC , la Juventud Obrera
Católica; y luego, ya obispo en nuestra Córdoba acompañando conflictos
sindicales.
Esta Casa tiene además una historia
más antigua ligada a Mons. Angelelli, porque allí tuvo su sede el Obispado de
Córdoba. Este edificio fue entregado a la Confederación
General del Trabajo de Córdoba por el Presidente Perón, luego
de construirse la actual sede del Arzobispado en la primera cuadra de la calle
Hipólito Irigoyen. Desde entonces esa fue la casa de los trabajadores, escenario
de la recuperación de la CGT
intervenida por la dictadura militar de 1955. Atilio López fue su primer Secretario
General. Allí el movimiento obrero debatió sus reivindicaciones y resolvió huelgas
con fuerte resonancia política, como las jornadas del Cordobazo.
Por eso, en el día del martirio del
Obispo Angelelli, estarán presentes los innumerables mártires obreros, que en jornadas
históricas jalonaron las conquistas sociales de los trabajadores.
Presentación del Libro
de la Sentencia Judicial
En el acto se presentará el Libro de
la Sentencia
Judicial sobre el homicidio de Mons. Angelelli, dictada en el
2014. Una compilación del extenso fallo del Tribunal Oral Federal de La Rioja , que juzgó y condenó
como autores mediatos del crimen a los ex militares Luciano Benjamín Menéndez y
Fernando Luis Estrella.
Reconocimiento
especial al Padre Mariani
Este año se hará un destacado reconocimiento
a quienes en Córdoba afirmaron desde aquel trágico instante la convicción del
asesinato. Será en la persona del P. Guillermo “Quito” Mariani, porque fue la
primera voz pública que en las exequias del obispo, desde el atrio de la Catedral riojana denunció
las “fuerzas de la muerte…que se desatan
en formas de egoísmos opresores, en formas de armas que siembran la muerte”.
Sus palabras fueron grabadas por los servicios secretos militares y transcriptas
en un informe de inteligencia que se incorporó al expediente judicial.
Invitamos a participar haciendo
presentes las memorias que fortalecen los actuales compromisos de solidaridad y
justicia.
Luis Miguel Baronetto
Cel.: 351 - 634934
ANGELELLI: ¿POR QUÉ LO
MATARON?
Luis Miguel Baronetto[1]
El martes 4 de agosto
en el acto conmemorativo del martirio del obispo Angelelli, que se realizará en
la antigua sede de la CGT ,
Vélez Sarsfield 137, será presentado el Libro que compila la sentencia judicial
a prisión perpetua de Luciano B. Menéndez y Fernando Luis Estrella.
El juicio que condenó a los máximos
responsables del crimen de Mons. Angelelli fue el final de un largo camino con
muchos obstáculos. Este caso judicial se asemejó a tantos otros cuando las
víctimas quedan a la intemperie por la maraña de intereses que se conjugan para
impedir que se haga justicia. La historia de este expediente acreditó la
existencia de los factores de poder artífices de las campañas de difamación y
persecución que sufrió el obispo asesinado. Fueron los fuertes intereses
riojanos que se vieron amenazados por la pastoral diocesana. Despertar la
conciencia de los empobrecidos y contribuir a su organización para luchar por
una vida mejor fue el mayor delito que desordenaba la ancestral y apacible vida
de los poderosos de La Rioja :
Los terratenientes se quedarían sin peones si la actividad del Movimiento Rural
Diocesano seguía concretando la creación de cooperativas entre el campesinado
pobre y sin tierra, como los aglutinados en CODETRAL en el norte provincial. A
los dueños de la explotación minera se les reducirían las ganancias si el
sindicato de los mineros que se inició en la parroquia de Olta se fortalecía.
Los acopiadores de la nuez en el oeste terminarían con su vieja costumbre de
fijar precios bajos a los productores que se organizaron para la
comercialización en la Cooperativa Agrícola
de Campanas, cerca de Chilecito. Igual sucedería con el precio de la aceituna
en Aimogasta, cuando se aglutinaron en el Movimiento Severo Chumbita. Esas y
otras iniciativas como las compras comunitarias en los barrios de la ciudad
Capital o la organización de los centros vecinales para las reivindicaciones
barriales, inspiradas, alentadas y fortalecidas por el descubrimiento del
sentido liberador de las mismas antiguas creencias religiosas, constituían sin
duda fermentos para cambios profundos que acarrearía no sólo mejor calidad de
vida sino estructuras nuevas, más amplias y participadas, para los derechos
ciudadanos.
Había que terminar con esta
manifestación religiosa que traducida a los hechos de la vida cotidiana
subvertía el orden establecido, explotador, injusto y bendecido durante siglos
por creencias alienantes. Un obispo católico, jerarquía de la misma Iglesia que
tantas veces se benefició de esos poderes establecidos, vino a desestabilizar
la tranquilidad de la ordenada sociedad riojana. El mismo Niño Alcalde,
constituido en autoridad por indígenas en rebeldía y conquistadores españoles,
volvía cada año en la procesión del Tinkunaco a reinstalar el mensaje de la
fraternidad, de la igualdad constitutiva de los humanos.
La sociedad de privilegios no lo
pudo tolerar. Y maquinaron diversas formas para eliminar el peligro social que
iba extendiéndose como mancha de aceite al penetrar entre las piedras, los
llanos y los ranchos de las sedientas tierras riojanas. Desde agosto de 1968
hasta el 4 del mismo mes en 1976 - cuando lo acallaron - Enrique Ángel
Angelelli recorrió los caminos de la provincia sembrando la dignidad que debía
crecer con el esfuerzo y la participación de todas y todos. Fue la voz de los
enmudecidos, pero para que pudieran pronunciar en voz alta su propia palabra,
gritando su protesta, reclamando sus derechos.
Muchos de esos nuevos protagonistas
dieron su testimonio ante los jueces. Las declaraciones obrantes en el
expediente reafirmaron la peligrosidad de esa construcción colectiva que
amenazó los privilegios de los enriquecidos a costas de la opresión. Así lo
fundamentó la sentencia judicial en septiembre de 2014. Por eso éste fue
siempre un juicio incómodo, molesto, inconveniente para la alta sociedad
riojana, la misma de ayer, de hace treinta y ocho años, que sigue concentrando
y tejiendo las redes de los poderes en la provincia.
El obispo martirizado también fue
intolerable para sus pares, que lo abandonaron en soledad cuando más lo
debieran haber protegido por mandato evangélico. En el seno de la asamblea
episcopal de mayo de 1976 su denuncia de las violaciones a los derechos humanos
en La Rioja no
entró en el temario. Al salir confesó con tristeza: “El Sanedrín me ha juzgado,
el Sanedrín me ha condenado”. Tampoco se quiso escuchar allí - hasta hace muy
poco - al único testigo directo, el sobreviviente Arturo Pinto, que acompañaba
al obispo en aquel fatídico viaje. Era preferible creer la versión de los
asesinos, porque también se sacaban de encima a quien con su testimonio al
servicio de la justicia, cuestionaba el silencio y la complicidad. “Es hora que
abramos los ojos y no dejemos que Generales del Ejército usurpen la misión de
velar por la Fe Católica ”,
escribió el 25 de febrero, un mes antes del golpe militar. Y el 5 de julio, un
mes antes del atentado, al Nuncio Apostólico: “Me
aconsejan que se lo diga: nuevamente he sido amenazado de muerte. Al Señor y a
María me encomiendo. Sólo se lo digo para que lo sepa”. Pero Pío Laghi se guardó la carta, que el 30 de julio
quedó protocolizada en el sello de la Nunciatura con el N° 1737/76. Llegó al Vaticano veinticinco años
después. Fue la que encontró el Papa Francisco remitiéndola al actual obispo de
La Rioja para
ser incorporada al juicio. La sentencia judicial dijo: “…sin el apoyo de sus
hermanos del Episcopado, los interesados en la desaparición de Angelelli
encontraron el momento propicio para ejecutar el plan que terminaría con su
vida y con su labor en la
Diócesis ”.
A Angelelli lo mataron porque siendo
obispo de la iglesia católica utilizó el poder institucional a favor de los
pobres. La religión dejó de legitimar su explotación y fortaleció su conciencia
de protagonismo. Fue peligroso porque su pastoral apoyó la organización de
cooperativas, gremios y comunidades, como tarea específica del mandato
evangélico. Tenían que asesinarlo para imponer el terror y producir la
dispersión. “La obra comunitaria alentada por Mons. Angelelli – dijeron los
jueces - es equívocamente asimilada a una filosofía comunista, llegándose por
ello a ser calificado de “subversivo”, y a partir de allí no se reparó en nada
para abatirlo”.
Pero no pudieron borrarlo. Quienes
compartieron la persecución fueron calificados por el Tribunal como testigos
directos. Y se acumularon las pruebas para sellar con el fallo judicial la
convicción del homicidio que se mantuvo viva en la memoria del pueblo.
Córdoba, julio de 2015
[1]
Querellante en la causa por el
asesinato de Mons. Angelelli.
ANGELELLI: MÁRTIR “IN
ODIUM FIDEI”
Luis Miguel Baronetto[1]
El martes 4 de agosto
evocaremos el martirio del Obispo Angelelli. El 21 de abril de 2015 el Vaticano
dio el visto bueno para iniciar el proceso de beatificación por su martirio.
Con ello se abrió la investigación que deberá dar sustento a la proclamación de
“bienaventurado”, una categoría en la escala de la santidad, que confirma la
virtuosidad de una vida ejemplar para ser puesta a consideración de los
creyentes.
El proceso judicial según las normas
de la Iglesia
católica es por martirio. Si bien buena parte del pueblo cristiano afirmó el
asesinato del obispo desde el mismo 4 de agosto de 1976, la modalidad
disfrazándolo de “accidente fortuito” hizo necesario el pronunciamiento de la
justicia civil, que en julio de 2015 dio su veredicto, probó el atentado fatal
y condenó a los responsables del crimen.
En la tradición de la iglesia desde
los inicios de la persecución – religiosa y política – por parte de imperio
romano, las comunidades refugiadas en las catacumbas conmemoraban a sus
miembros que habían sido víctimas de la violencia imperial. Se hacía presente
la memoria de los martirizados no para rendir culto a los muertos, sino para
recuperar su testimonio de fidelidad al Dios padre de todos. Esta afirmación
comunitaria aparecía como herética ante la sacralización del Emperador, porque
lo bajaba del pedestal divino para igualarlo en la condición humana. Esa
herejía era sancionada con la muerte violenta, sino se abjuraba de la fe en el
único Dios, que iguala a los humanos. Lo religioso no estaba disociado de la
política. La comunidad creyente, por su parte, conmemoraba el martirio de uno
de los suyos, porque en él se reconocía y de este testimonio se fortalecía.
Pero la memoria de los mártires no
es una exclusividad de los cristianos. Otros colectivos humanos han sabido, han
querido y han necesitado recuperar la memoria de aquellos a quienes se les
arrebató la vida en la coherencia de la lucha. La historia del movimiento
obrero da cuenta de sus mártires, expresión culmen de las luchas colectivas por
sus reivindicaciones, como los “mártires de Chicago” o tantos otros. Algo
similar con el movimiento estudiantil. Una manera de recuperar la propia
historia para avanzar en sus conquistas sociales, evitando ser ganados por el
olvido. Son los procesos populares los encargados de proclamar su martirologio.
El reconocimiento oficial de la Iglesia del martirio es por haber sido eliminado
“in odium fidei”. “Por odio a la fe”, en la persecución y castigo a los
creyentes de una fe religiosa, en contextos políticos determinados, donde
afloran las contradicciones ideológicas, políticas, económicas y también
específicamente religiosas. En Latinoamérica, donde la histórica composición
religiosa y cultural de su identidad cristiana ha traspasado las diferentes
clases sociales, se dio la particularidad de que las dictaduras que reprimieron
las luchas de los pueblos se han reivindicado como defensoras de la
“civilización occidental y cristiana”. En esa persecución, las mayorías
populares por su parte, se sintieron motivadas por creencias religiosas de
igual signo. Los teólogos afirman que es la fe la que motorizó las luchas por
los valores evangélicos de la solidaridad y la justicia. Por eso son mártires en
la fe por la justicia y la paz.
En este contexto no resulta un
detalle menor que los jueces, - que no son teólogos, ni corresponde que lo sean
- en el fallo del juicio por el homicidio a Angelelli no hicieron lugar a la
solicitud de las querellas de aplicar el agravante de “odio religioso” (Código
Penal, art. 80, inc. 4), porque – dice la sentencia- “si bien ambos
sacerdotes eran ministros de la religión católica, apostólica y romana, se dio
la paradoja que también proclamaban públicamente su pertenencia a dicha
religión los más altos dirigentes del régimen cívico-militar que había usurpado
el poder el 24 de marzo de 1976, que -entre los objetivos que se había trazado-
señalaba como uno de los más destacados el de defender el estilo de vida
‘occidental y cristiano’ de la sociedad argentina. En realidad, Enrique
Angelelli y Arturo Pinto fueron víctimas del ‘terrorismo de Estado’ por haber
sido catalogados en los informes de inteligencia como pertenecientes al
movimiento de ‘Sacerdotes del Tercer Mundo’, que en varios documentos oficiales
de la época eran tildados de ‘marxistas’ o ‘comunistas’, y se les adjudicaba
una ideología que los hacía peligrosos y eran ubicados entre los sectores de
opositores políticos del régimen dictatorial, encuadrados en la flexible
categoría de ‘elementos subversivos’, donde cabían militantes de partidos
políticos, movimientos estudiantiles, sindicales, religiosos, etc.,
considerados ‘enemigos’, seleccionados como ‘blancos’ u ‘objetivos’ y debían
ser aniquilados por el plan sistemático de eliminación instrumentado por el
‘terrorismo de Estado’.”
Pretendieron
deslegitimar su función episcopal, calificando su pastoral evangélica con
etiquetas ideológicas ajenas a su identidad. Pero lo concreto es que su
martirio – como todos - no puede considerarse fuera del contexto
histórico-político-social de la época.
“In odium fidei” significa valorar
la fidelidad del obispo Angelelli a las motivaciones evangélicas que lo
impulsaron a un compromiso tan contundente como la violencia de su muerte. Y
reafirma que la misión de los cristianos, es decir de la Iglesia misma, es ser “signo de contradicción”[2] en el seno de la sociedad
azotada de miserias y desigualdades. Pero además reconocer el martirio de
Angelelli es poner en el tapete la vida de una comunidad diocesana asumiendo “el dolor de un pueblo que busca y clama la
liberación traída por Cristo”.[3] Y en ese empeño el
martirio es sin duda un posibilidad cierta.
Los mártires siempre están situados
en el escenario del conflicto. Desde el mismo martirio del Maestro Jesús, con
la inscripción sobre su cruz que especificó el motivo: INRI, Jesús Nazareno Rey
de los Judíos, la acusación político-religiosa que le acarreó la condena a
muerte. El creyente opta por la buena noticia de la liberación anunciada a los
pobres o adopta una religión alienante, tranquilizadora de la conciencia
individual.
Los victimarios mataron en defensa
de la “civilización occidental y cristiana”. Y las víctimas fueron asesinadas
encarnando la fe de Jesús. ¿Se trata acaso de creyentes de una misma fe? ¿La fe de Jesús no pondría en tela de juicio los
fundamentos de la “civilización occidental y cristiana”? ¿No es
sospechosa la coincidencia que en esta parte del hemisferio con predominio del
sistema capitalista, la propiedad privada sea considerada “derecho natural”, de
orden divino?
Córdoba, 15 de julio de 2015
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