02/06/2019
Crónicas de la infamia: "Operativo Abril de 1977" – Capítulo I
Pedro Ponce tenia 30 años y dos hijos.Foto gentileza Roberto Baschetti
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Por Sebastián Salas
*El siguiente relato es extraído del expediente del noveno juicio por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura militar*
Ya había pasado 1976. La parte más cruda. El año en que la mayor parte de los nombres desaparecieron. Pero no era suficiente. Nunca lo fue para ellos. Corría 1977 y en la calle todavía había "subversivos residuales". Les decían así porque eran algunos pocos que habían logrado escapar al olfato de los secuestradores.
Pedro Ulderico Ponce era uno de ellos. Y lo sabía. Fue uno de los primeros Montoneros en Mendoza, aunque a esa altura se había alejado de la militancia.
El primer aviso llegó en 1974. Un juez federal había ordenado su detención. Ese juez era Luis Miret. La historia lo recordaría después no por impartir Justicia sino por morir condenado a prisión perpetua como cómplice civil de las atrocidades.
Ponce había nacido en La Consulta, un pueblo tranquilo del Valle de Uco. En su juventud se afincó en el Gran Mendoza, donde se casó y tuvo dos hijos. Consiguió trabajo en el Estado. Todas las mañanas se dirigía a la Biblioteca San Martín. Ese 4 de abril del '77 no fue la excepción.
A las 7.20 ingresó. A las 12 salió. Por última vez. La luz del día alumbraba la Alameda en esa fría jornada. Pedro se topó con un compañero de estudios. "Hola" va, "hola" viene. El diálogo se vio interrumpido por un grupo de personas. Tenían armas largas, vestían de civil pero aseguraban ser de la Policía Federal.
"¿Quién es Pedro Ponce?", preguntó uno. Seguramente sabiendo lo que iba a pasar y sin tener escapatoria, su último acto fue de valentía. "Soy yo", dijo, firmemente, sin negar su identidad. Fue subido a un furgón y ésa fue la última noticia que se supo de él.
En los próximos meses, su esposa, sumida en una depresión, recordaría aquel jovencito con problemas mentales que jugaba a las bolitas todos los días en la esquina de su casa. No lo vio nunca más. "Era un poli infiltrado", le aseguraron.
Pedro no fue la única víctima. Durante los cinco días siguientes, 15 personas más caerían en manos militares.
10/06/2019
Crónicas de la infamia: "Operativo Abril de 1977" – Capítulo II
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Po Sebastián Salas
*El siguiente relato es extraído del expediente del noveno juicio por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura militar*
La "ratonera" es un juego infantil que, básicamente, consiste en atrapar a un ratón. El mismo nombre adoptaron los represores, pero de forma perversa.
Los militares le llamaban de esta forma a uno de sus tantos modos de operar. Consistía en ingresar a un domicilio, esconderse y esperar la llegada de las víctimas.
Así ocurrió el 9 de abril de 1977. La casa estaba ubicada en Doctor Moreno de Las Heras. Allí tenían la información de que vivían Manuel Alberto Gutiérrez (23) y María Eva Fernández (24), junto a su hija de 5 años. Pero también buscaban un premio mayor, Juan Manuel Montecino, aquel joven militante de 26 años que desde el año anterior se les escapaba de las manos, pese a que habían realizado operativos en su propiedad.
Las tareas de investigación habían sido fructíferas. Hombres disfrazados con mamelucos o vestidos de linyeras habían merodeado la zona días antes.
Esa jornada, Eva salió de su casa a las 9. Dejó a su hija con un vecino, como solía hacer cuando necesitaba interrumpir sus tareas de ama de casa para realizar algún trámite y su pareja estaba trabajando como chofer de Coca Cola. Eva nunca regresó.
Horas después de que fue vista por última vez, varios autos y represores disfrazados de civiles llegaron al lugar. Golpearon la casa de los vecinos pidiendo la ubicación de los dos hombres y las llaves de su hogar. Hasta que dieron con la pequeña de 5 años. No importó la edad. Le apuntaron en la cabeza y le sacaron la llave.
Cerca de las 13.30 llegó Alberto. No alcanzó a arribar a su casa que lo interceptaron en plena calle. Lo golpearon y lo subieron a un auto. Alberto nunca regresó.
Pero faltaba el más buscado. Y fueron pacientes. Jugaron a la "ratonera". Seis se quedaron escondidos en la cocina. Minutos antes de la medianoche, llegó Juan Manuel. Tuvo una leve sospecha de la situación, por lo que prefirió silbar antes de ingresar. Simulando ser Alberto, uno de los secuestradores le dijo que pasara.
Golpes. Gritos. Interrogatorio. Forcejeo. Y engaño. Lo arrastraron hasta la vereda pero uno de los militares mostró compasión. "Te soltamos. Dale, andate". Juan Manuel alcanzó a correr 60 metros.
Tal vez en esos segundos pensó en su esposa y su hijo. A ambos los había dejado en General Alvear para que no sufrieran el mismo destino. Tal vez en el mismo momento que escapaba mientras imaginaba volver a abrazarlos fuerte sintió los disparos. A los minutos lo subieron al baúl de un auto. Juan Manuel nunca regresó.
Crónicas de la infamia: "Operativo Abril de 1977" – Capítulo IIIGloria Fonseca tenia 44 años cuando fue desaparecida.
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Por Sebastián Salas
*El siguiente relato es extraído del expediente del noveno juicio por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura militar*
Ella, cordobesa. Él, alvearense. Se llevaban más de 15 años de diferencia. Ni eso ni la distancia pudo evitar que se enamoraran. Pero, pese a su instinto nómade, tampoco pudieron evitar ser desaparecidos por el régimen militar.
Era 1970 y Jorge Albino Pérez y Gloria Nelly Fonseca ya eran una pareja estable. Vivían en Córdoba y militaban en organizaciones peronistas. En esa provincia estuvieron por cinco años, hasta que la persecución se hizo sentir y decidieron mudarse a Mendoza.
La casa del padre de él, en el barrio Tamarindo de Las Heras, fue su hogar por algunos días. Al poco tiempo lograron mudarse a un pequeño departamento en calle Rivadavia de Godoy Cruz. Otra vez, la persecución tocó las puertas de sus vidas.
Fue una jornada cualquiera, cuando el diariero que trabaja todos los días en ese lugar los advirtió. "Unos tipos están preguntando por ustedes".
Volvieron al barrio Tamarindos, pero a la casa del tío de Jorge. Emiliano Pérez vivía a una docena de cuadras de su hermano y se ofreció para albergar a sus sobrinos, pese a que no tenía ningún sentido de pertenencia a la militancia política.
Una vez más, pero en forma más sigilosa, volvieron a perseguirlos. Primero en forma de invitación. Jorge y Gloria fueron a una fiesta de compromiso que los invitó una amiga, sin saber que el futuro esposo era agente aeronáutico. Su padre, de inteligencia militar, los detectó en las fotos que serían reveladas tras el evento social.
Luego fueron falsos operarios de Agua y Energía que se acercaron hasta los domicilios del padre y tío de Jorge para revisar la propiedad. Algunos civiles con pelucas También hicieron lo suyo en la casa de los vecinos.
La inteligencia clandestina logró su objetivo llegó el 6 de abril del '77. Sin margen de error, los secuestradores hicieron operativos simultáneos en las dos casas de ese barrio lasherino. Jorge y su tío, Emiliano, cayeron en sus garras. Nunca más fueron vistos.
Sin saber lo que pasaba, Gloria estaba en Córdoba realizando algunos trámites laborales. Allí se encontraba de licencia en su puesto en la Caja de Jubilaciones y Pensiones.
Tres días después volvió a Mendoza. La familia Pérez envió a una amiga a esperarla a la terminal y advertirle el riesgo que corría. Fue en vano. Ni bien bajó del micro fue detenida por tres civiles que se la llevaron para nunca más regresarla.
"No te juntés con ella porque está metida en tráfico de drogas", le mintió uno de los secuestradores a su amiga.
Crónicas de la infamia: "Operativo Abril de 1977" – Capítulo IV
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Por Sebastián Salas
Elbira Benitez y el Lobo Pacheco, desaparecidos. Foto Gentileza www.robertobascjetti.com
30/06/2019Foto del autor
Por Sebastián Salas
Elbira Benitez y el Lobo Pacheco, desaparecidos. Foto Gentileza www.robertobascjetti.com
*El siguiente relato es extraído del expediente del noveno juicio por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura militar*
Sólo 6 días lo separaron de nacer en la clandestinidad. Tal vez de ser apropiado y de tener que buscar su verdadera identidad. Él y su madre lograron esquivar la muerte. Pero hoy suele ponerse remeras con el rostro blanquinegro de su padre desaparecido.
A Miguel Julio Pacheco le decían el Lobo. Tenía 26 años. Estudiaba arquitectura en su ciudad natal, La Plata. Militaba en Montoneros, aunque no era de la base fuerte. Solía tomar su guitarra y animar las juntadas con sus compañeros.
Por esos años conoció a quien sería su amada. Nora Otin. Ella era de General Alvear, pero se encontraba en esa ciudad bonaerense estudiando odontología.
La militancia de ambos trajo las consecuencias que, a esa altura, ya eran tristementes clásicas. Al Lobo lo agarraron en la calle, le apuntaron con un arma y le advirtieron: "la próxima no te salvás".
Estaban por ser padres, por lo que decidieron viajar a Mendoza para evitar el desenlace fatal. Un departamento en calle Sargento Cabral de Las Heras los albergó. Allí convivieron con Elvira Benítez, una sanjuanina de 25 años que tenía pedido de captura por su militancia en organizaciones peronistas, y su hija de 2 años y medio.
Todo transcurrió con relativa normalidad durante las siguientes semanas. La calma antes de la tormenta.
Puntual, a las 6.30, Julio salió de su casa ese 7 de abril de 1977. Se dirigía a su trabajo, una empresa constructora en Godoy Cruz. Nunca llegó.
Casi tres horas después, sin saber lo que pasaba, Nora fue a una consulta con un médico. A las 11, la puerta del departamento se derrumbó. Tres tipos vestidos de civiles, con pelucas y hasta maquillados ingresaron. A punta de rifle, la redujeron a Elvira. La separaron de su hija para nunca volverla a ver.
La pequeña fue dejada en la casa de unos vecinos. Un llamado anónimo advirtió a sus abuelos, en San Juan, sobre la situación de la menor. A los días viajaron a Mendoza para rescatarla.
Cerca del mediodía Nora regresó. Estaba contenta: en la próxima semana daría a luz a su primer hijo. La sonrisa se esfumó cuando se encontró con el operativo en su casa. Ni Julio, ni Elvira, ni la pequeña estaban. "Tu esposo está detenido y no lo vas a volver a ver", presagiaron con éxito los secuestradores.
La llevaron a un descampado, simularon fusilarla en varias ocasiones y hasta le robaron su sueldo que acababa de cobrar. Dos horas después la dejaron abandonada cerca de la Universidad Nacional de Cuyo. Le advirtieron que no regresara. Y ahora Nora sabía que cumplían sus promesas.
La joven se fue a General Alvear, a la casa de sus padres. A los seis días, tuvo a su hijo. Hoy ambos luchan por saber qué le pasó a Julio, una pregunta que aún no tiene respuestas pero sí responsables condenados.
Crónicas de la infamia: "Operativo Abril de 1977" – Capítulo V
Por Sebastian Salas
Luis Cesar Lopez tenia 26 años. Foto gentileza Roberto Baschetti.
Ambos estudiaban en La Plata. Ambos tenían 26 años. Ambos se escondieron en Mendoza. Ambos tuvieron un hijo el 13 de abril de 1977. Ambos no lo alcanzaron a ver nacer. Ambos desaparecieron.
Causan escalofríos las historias de Miguel Julio Pacheco y de Luis César López. No sólo por haber sido desaparecidos por la dictadura militar, sino también por el paralelismo de sus vidas.
Se conocieron en la Universidad de La Plata. Los dos jóvenes estudiaban arquitectura y militaban en organizaciones peronistas. Julio, el Lobo, escapó hacia Mendoza con su esposa embarazada cuando lo amenazaron en plena calle.
César, el Indio, decidió seguir sus pasos algunos días después luego de que su hermano, Francisco López, fuera desparecido en la recordada Noche de los Lápices
Ya en Mendoza, los amigos y sus respectivas parejas, ambas embarazadas, estuvieron viviendo un tiempo juntos. Sabiendo que estaban siendo perseguidos y por cuestiones de seguridad, López y Marta Lastrucci se mudaron a una pensión en calle Godoy Cruz, en Guaymallén.
El 8 de abril fue el día fatídico. A primera hora de la mañana el joven salió de su domicilio para reunirse con Pacheco, sin saber que este último había sido secuestrado por las fuerzas militares el día anterior.
Varias horas después y al notar que no regresaba, Marta decidió abandonar la pensión y junto con Nora Otín, la pareja de Pacheco, escaparon hacia General Alvear. Cinco días después, ambas dieron a luz. La historia las terminó separando, al menos en la distancia, ya que Marta y su pequeño se radicaron en Italia, escapando del terrorismo.
Ni el Lobo ni el Indio volvieron a ser vistos. La última noticia de César fue una foto de su cadáver, que había sido remitido a la morgue judicial dos días después de su captura. Sólo quedó la foto. Sus restos nunca fueron encontrados.
07/07/2019Crónicas de la infamia: "Operativo Abril de 1977" – Capítulo VI
Por Sebastian Salas
Ana Moran y Gisela Tenembaum. Foto gentileza unCUYO y Roberto Baschetti
*El siguiente relato fue extraído del expediente del noveno juicio por delitos de lesa humanidad durante la última dictadura militar*
Un balazo en el abdomen. Un borceguí en el pecho. El cañón de una pistola en su cabeza. La fachada de una iglesia a su lado. Lo último que se supo de Ana María Moral.
El pacto de una reunión clandestina con sus padres que nunca se concretó. Lo último que se supo de Gisela Tenembaum.
Ana tenía 23 años y era una destacada estudiante de letras en la UNCuyo. Gisela tenía 22 y cursaba en la UTN. Ambas se conocían por su militancia en Montoneros. Militancia que a mediados de 1976 las llevó a huir a San Juan y mantenerse en la clandestinidad.
A fines de ese año, los represores atraparon a sus respectivas parejas, por lo que las jóvenes estudiantes decidieron regresar a Mendoza. Junto a Juan José Galamba, otro militante, se escondieron en una casa ubicada en calle Italia de Godoy Cruz.
Era 8 de abril de 1977. Gisela salió del domicilio en dirección a una reunión en Las Heras. Cuando caía la noche, cerca de las 20, Ana y Juan José también salieron. Pero a las pocas cuadras, ella encontraría la muerte.
Policías procedieron a identificarlos. La versión en los partes oficiales indicaría que hubo fuego cruzado y la joven terminó sin vida. Pero los testigos recordarían algo totalmente distinto.
Sabiendo que eran clandestinos, comenzaron a correr en distintas direcciones. Galamba escapó. Ana recibió un impacto en el abdomen y, con las últimas fuerzas, ingresó a la Iglesia de Fátima. Dos fieles la auxiliaron hasta que vieron entrar a uniformados, civiles armados y hasta disfrazados de hippies.
De los pelos la sacaron a la vereda. Casi agonizando, la redujeron en el piso, le apuntaron a la cabeza y le preguntaron quién era. Fue una de las pocas víctimas de la represión cuyo cadáver apareció y pudo ser despedido por sus familiares.
La televisión hizo eco del "tiroteo" que había terminado con su vida. Al verlo, Gisela escapó pero quiso abrazar a su padres una vez más. Ellos, que habían huído de Austria ante el avance del nazismo, le aconsejaban que se fuera del país, pero ella insistía en luchar por sus derechos.
Quedaron en encontrarse en una esquina de calle Paso de los Andes. Gisela jamás llegó. Desapareció.
Sus padres, meses después, recibieron una carta de Galamba. Se encontraron en un bosque camino a San Martín y el joven les contó todo lo que ocurrió ese día. Su suerte terminó un año después, cuando cayó en manos de los represores.
"La revolución es un acto de amor de
muchos para matar el desamor de pocos".
Fuente:DiarioUnoMdza.





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