Víctima de un tiempo oscuro
26/09/2019
En ocasiones un episodio trivial, de segundo o tercer orden en la atención periodística, puede obrar como ejemplo de lo mal que funcionan muchas cosas en estos años bajo un gobierno de derecha, y al mismo puede ayudar a descubrir aspectos de la realidad social y política. Un buen ejemplo, divulgado mucho después del momento en que tuvo lugar, ocurrió durante la última Exposición Rural de Palermo, en julio pasado.
La onomatopeya «miau» -mitad ironía, mitad queja y con interpretación amplia y variada- fue pronunciada por un trabajador de uno de los stands que visitó el presidente Mauricio Macri. Ese sonido, despectivo pero no insultante, le costó su puesto de trabajo. Ahora bien, no fue producto de una broma que lanzara el hombre sino de la compulsión que sintió al paso de un Presidente que siempre desvalorizó la cuestión de los derechos humanos y, por extensión, a los desaparecidos de la última dictadura. Es que el autor del «maullido» es hijo de uno de ellos, secuestrado en presencia de su esposa cuando estaba embarazada. Nunca volvieron a verlo.
Lo peor es que la empresa auspiciante del stand procedió a despedirlo de inmediato bajo la figura de «pérdida de confianza», sin abonarle indemnización alguna. Tal decisión fue avalada por la instancia judicial a la que recurrió el hombre. Increíblemente la sentencia del tribunal le otorgó prioridad al «respeto hacia la investidura presidencial» por sobre la libertad de expresión y consideró el maullido como «un hecho agraviante».
La forma de manifestarse del hombre no fue una burla sino una protesta, una necesidad de expresión al paso de una autoridad política que desde siempre menoscaba o desprecia los horrendos resultados del último gobierno cívico-militar y pertenece a un espacio partidario que propone la rebaja de penas a los represores y su cumplimiento en prisión domiciliaria en lugar de la cárcel común. Al mismo tiempo, esa protesta fue una suerte de reivindicación de su padre a quien nunca volvió a ver.
Un análisis más detenido de la actitud del hombre nos coloca de frente al lamentable panorama que hoy presenta la burocracia judicial, subordinada como nunca antes en democracia al Poder Ejecutivo. Con un poco de memoria se pueden recordar los calificativos francamente insultantes con que se nombraba a la expresidenta Cristina Kirchner en su última etapa de gobierno; sin embargo no hay recuerdo de alguna forma de castigo, o de reprimenda siquiera, que haya caído sobre quienes se expresaban tan ostensiblemente en contra de la entonces máxima autoridad política de la Nación.
Consecuente con su postura el protagonista de esta anécdota planteó el caso ante la Corte Suprema de Justicia y dijo estar dispuesto a llevarlo ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Detrás de esa actitud está el hecho de que «en el momento, me pregunté si yo podía seguir viviendo tranquilo conmigo mismo quedándome callado mientras este tipo caminaba por ahí como si no pasara nada después de las cosas que dijo.
Si yo no decía aunque sea ‘miau’ no iba a vivir tranquilo. En ese momento me salió eso y es lo que sigo pensando de él. Decir lo que uno piensa no es ninguna boludez. Mi viejo murió por eso».
Fuente:LaArena
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