22 de octubre de 2020

CAMPO DE MAYO/VUELOS DE LA MUERTE: Testimonios que construyen una nueva épica de los vencidos.

Campo de Mayo / Vuelos de la Muerte: Testimonios que construyen una nueva épica de los vencidos

21 de Octubre de 2020 |
Víctimas y familiares narran en el juicio, 44 años después, una historia heroica de la que ya son parte.                                           

 Por Oscar Taffetani













Adriana, la hija menor de "Chiquito" Arancibia

La primera audiencia testimonial del juicio por la causa “Malacalza”,

 relacionada con los vuelos fantasma ó vuelos de la muerte que se 

efectuaron desde la guarnición militar de Campo de Mayo entre los años 

1976 y 1977, tuvo lugar el pasado lunes 19 de octubre, en el ámbito 

(virtual) del Tribunal Oral en lo Criminal Federal 2 de la ciudad de  San 

Martín, provincia de Buenos Aires.

Integran el TOF los jueces federales Walter Antonio Benditti (presidente), 

Guillermo Eduardo Farah y Esteban Carlos Rodríguez Eggers (vocales).

Los acusados en esta causa, elevada a juicio oral más de cuatro décadas 

después de los hechos, son, además del ex jefe de Institutos Militares y 

comandante de la guarnición Campo de Mayo Santiago Omar Riveros 

(procesado y condenado en otras causas), los pilotos militares Delsis 

Malacalza, Luis del Valle Arce, Eduardo José María Lance y Alberto 

Conditi, todos ex integrantes del Batallón 601 de Aviación con sede en el 

IV Cuerpo de Ejército y con base en Campo de Mayo. Hubo un quinto 

piloto acusado, Alberto Devoto, ex funcionario del gobierno de Córdoba, 

pero debió ser apartado del juicio por razones de salud.

En la primera audiencia testimonial, cumplida el lunes, declararon ante el 

TOF la víctima-testigo Adriana Arancibia, hija del estudiante de Ingeniería 

en Petróleo y trabajador de Gas del Estado Roberto Ramón “Chiquito” 

Arancibia, militante y miembro de la conducción del PRT-ERP; el ingeniero 

Daniel Rosace, hermano del estudiante de la Escuela Industrial “Emilio Mitre”

 y militante de la UES Juan Carlos Rosace; Edith Accrescimbeni, hermana 

del estudiante de la misma escuela técnica y también militante de la UES 

Adrián Enrique Accrescimbeni y por último Rodolfo “Pacha” Novillo, ex 

preso político y hermano de la maestra, militante social cordobesa y 

dirigente del PRT-ERP Rosa Eugenia “Tota” Novillo Corvalán, secuestrada 

por un grupo de tareas del Ejército en Campana, en 1976.

 


Más allá de las diferencias políticas y del nivel de compromiso de las 

víctimas, algo que tuvieron en común fue que sus restos destrozados y 

estragados por la corriente del río de la Plata y el mar, aparecieron en las 

costas de Verónica (Punta Indio) y Las Toninas, provincia de Buenos Aires, 

y fueron sepultados como NN en los cementerios municipales de Magdalena 

y General Lavalle.

Los únicos instrumentos jurídicos que pueden vincular esos restos 

humanos hallados en la costa bonaerense con delitos de lesa humanidad 

cometidos en Campo de Mayo, entonces, fueron la pericia forense, la 

comparación de los datos genéticos de los NN con los de familiares de las 

víctimas y, finalmente, los testimonios vivos recogidos en uno y en otro lugar.

Y fue con esos instrumentos, justamente, con los que los instructores 

judiciales de la causa, respaldados por el Equipo Argentino de Antropología 

Forense, por los familiares de las víctimas y por cientos de testigos convocados 

(entre ellos, varios ex conscriptos que cumplieron su servicio militar en 

Campo de Mayo) lograron la elevación a juicio oral, a 43 años de los hechos. 




 













Daniel, hermano del estudiante "Gianni" Rosace


Adriana Arancibia recupera a su papá

De las cuatro declaraciones vertidas en esta testimonial, tal vez la más 

emotiva y cargada de humanidad haya sido la de Adriana Arancibia, que 

era una niña de apenas 3 años cuando irrumpió un grupo de tareas en el 

departamento en el que ella vivía con sus padres y su hermanito mayor. 

Declaró Adriana que supo años después que ella había querido “ponerle 

una curita” a su papá –que había sido golpeado en la cabeza y la cara 

por la patota represiva- porque lo había visto lastimado. Ambos niños, 

con un shock traumático del que nunca terminaron de recuperarse, 

fueron entregados por el grupo de tareas a una vecina que muy pronto 

los puso en manos de un instituto de menores.

Walter Benditti, presidente del Tribunal Oral Federal
Walter Benditti, presidente del Tribunal Oral Federal














Así, los hermanitos Arancibia –victimas ellos también, de aquel secuestro-

 recorrieron un itinerario ilegal que desembocó en el Instituto Riglos, 

donde los retuvieron por seis meses, hasta ser entregados a una abuela 

paterna que vivía en Salta, y que fue la columna en donde los niños 

apoyaron su larga búsqueda de los padres desaparecidos, de la verdad y 

de la justicia.

Un hecho de repercusión mundial –el atentado contra las Torres Gemelas,

 en 2001, y la necesidad de identificar a las víctimas- permitió el avance 

veloz de las técnicas de identificación genética. Fue entonces cuando 

Carlos “Maco” Somigliana, uno de los pioneros argentinos del EAAF, le 

dijo a Adriana que gracias a esos avances científicos habían podido 

establecer la compatibilidad, con 99,9 de certeza, entre el ADN de su 

presunto padre –extraído de un hueso fémur- y el ADN de una muestra 

de sangre que ella había entregado a los antropólogos, sin muchas 

esperanzas, algunos años antes

“De modo que yo era una Arancibia de pura cepa”, dijo emocionada la 

testigo, niña mujer que fue creciendo en la admiración por su padre y por 

su madre a medida que entrevistaba a compañeros de militancia de 

ambos y a medida que se iba enterando de las altas responsabilidades 

que ellos habían tomado en la organización política que integraban, lo 

que los había puesto en la mira de los represores de la dictadura y 

particularmente de los batallones de Inteligencia del Ejército (se sabe 

que en la distribución de tareas represivas, la Marina se dedicó a los 

Montoneros en la ESMA y el Ejército hizo lo propio en Campo de Mayo, 

con los cuadros secuestrados y capturados del PRT-ERP).

Por el relato de esos compañeros de militancia de sus padres y por 

algunos testimonios vertidos en otros juicios (como el de Juan Farías en 

la causa “Vesubio”), Adriana pudo alimentar la hipótesis -también 

sostenida por el EAAF- de que “Eloy” o “Chiquito” Arancibia había 

pasado por Campo de Mayo. Y por el estudio forense de siete costillas 

“fragmentadas y con callos”, pudo conjeturar que su padre fue torturado 

y mantenido con vida meses antes de ser subido a un avión o a un 

helicóptero del Ejército y arrojado al mar.

Que los restos de “Chiquito” Arancibia hayan aparecido en un cementerio 

de General Lavalle, casi confundidos con los restos de Azucena Villaflor 

y los de la monja francesa Léonie Duquet, fue para Adriana Arancibia el 

cierre honroso de una trayectoria militante (“hasta en eso él se codeaba 

con los mejores”, dijo entre alegre y triste, con el orgullo de una hija que 

ha logrado recuperar, por voluntad propia, a su padre.

Adriana Arancibia cerró su testimonio, a pesar de cierta resistencia del 

Tribunal a que la declaración se convirtiera en alegato, con palabras del 

Sermón de la Montaña y del Evangelio. “Yo aprendí, de la mano de Jesús,

 que sólo la verdad nos hace libres”, concluyó.

 

Juan Carlos y Adrián, en el testimonio de sus 

hermanos

El ingeniero Daniel Rosace, docente de la UTN y consultor, es hermano 

mayor de Juan Carlos Rosace, estudiante de la Escuela Industrial “Emilio 

Mitre” y militante de la UES que fue secuestrado en 1976, y cuyos restos,

 arrojados por el mar cerca de Punta Indio, fueron sepultados como NN 

en el cementerio municipal de Magdalena.

Daniel era tutor escolar de Juan Carlos y eso lo convirtió en indeclinable 

luchador por la aparición con vida de su hermano. Sin embargo, como lo 

admitió en su testimonio, quien movió cielo y tierra, infructuosamente, por

 saber lo que había pasado con Juan Carlos fue su madre, que llegó a 

formar parte de las primeras Madres de Plaza de Mayo y que murió en 

1992, a los 67, sin haber alcanzado la verdad y la justicia que merecía.



 













Marcelo García Berro, fiscal en la causa "Malacalza"

Se entrevistó junto a su marido –veterano de guerra italiano- con un 

capellán del Ejército, en Polvorines; escribió una carta en italiano dirigida 

al papa Juan Pablo II; se entrevistó con Ernesto Sabato; hizo gestiones 

ante diplomáticos italianos. Aquella mujer, Fortunata de Rosace, hizo el 

largo y valiente recorrido que hicieron cientos de Madres que asumieron 

esa lucha que buena parte de la sociedad, en los años de la dictadura,

 no asumía o sencillamente ignoraba.


El testimonio de Daniel Rosace, lo mismo que el de Edith, hermana de 

Adrián Accrescimbeni (otro alumno del Industrial “Emilio Mitre” y militante 

de la UES, que trabajaba en el Mercado de Abasto), permiten reconstruir 

ese procedimiento represivo que consistía en secuestrar a una víctima y 

obligarla mediante amenazas o torturas a identificar a otra víctima, por la 

calle, y así, hasta reunir en un CCD a un grupo entero de estudiantes o 

de trabajadores o de militantes, para interrogarlos bajo tortura, al modo 

de la Inquisición, y finalmente decidir sobre la suerte de cada uno. 

Después de los secuestros, la misma familia de las víctimas era vigilada y

 amenazada constantemente. “Usted tiene una hija de 15 ¿no? Cuide a 

su hija, usted habla mucho…”, le dijeron a la madre de Edith. Otro tanto 

hicieron con la familia de Domingo Ferraro, uno de los detenidos ilegales 

en Campo de Mayo que fue liberado, y que alcanzó a decir que había 

visto a sus compañeros de la Escuela, con vida, en el galpón en el que los 

tenían secuestrados.

Los restos de Adrián Accrecimbeni, sepultados como NN en el 

cementerio de Magdalena, fueron recuperados e identificados por el 

Equipo Argentino de Antropología Forense junto con los de Juan Carlos 

Rosace. Compartieron ambos la militancia juvenil y también aquel vuelo 

de la muerte que para ellos dispuso el terrorismo de Estado.

Tras recordar con tristeza el silencio cómplice y la falta de interés de 

autoridades de la Escuela Industrial “Emilio Mitre” por recuperar la 

memoria de sus estudiantes desaparecidos, en los primeros años de 

democracia, los dos testigos rescataron el trabajo de la docente 

Elizabeth Maldonado, quien a partir de 2011 invitó a los estudiantes del 

establecimiento a reconstruir las vidas de aquellos compañeros de la 

UES arrebatados por la dictadura y a homenajearlos con una placa 

forjada en los mismos talleres de la Escuela, que fue descubierta en un 

acto del que participaron familiares y organismos.

 

Rosa Eugenia Novillo Corvalán: luchar entre 

dictaduras

Según el testimonio de su hermano Rodolfo (“Pacha”), Rosa Eugenia 

Novillo Corbalán, nacida en 1950, fue la primera de los diez hermanos 

en abrazar la militancia política, al año siguiente del Cordobazo y en 

plena dictadura de la autodenominada Revolución Argentina. Lo hizo en 

el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), que luego de su 

quinto congreso daría nacimiento al Ejército Revolucionario del Pueblo 

(ERP).














Rodolfo, hermano menor de Rosa Novillo Corvalán

Siendo maestra normal y estudiante de Letras, “Tota” Novillo prefirió 

siempre el trabajo territorial, en los barrios populares de Córdoba al 

principio y luego, tras pasar a la clandestinidad, en el gran Buenos Aires, 

desde donde regresaría a Córdoba al fin de la dictadura de Lanusse. Allí 

fue detenida en 1974, durante la violenta intervención del brigadier 

Lacabanne, y enviada a la cárcel del Buen Pastor, de donde logró 

fugarse en 1975, junto con otras presas políticas. A partir de ese 

momento –relató el testigo Rodolfo Novillo al tribunal- la vida de “Tota” 

transcurrió en la clandestinidad, aunque supo mantener correspondencia 

y hacer visitas esporádicas a sus hermanos y a su madre viuda.


Por los últimos contactos que tuvo con sus hermanos (cinco de los cuales

conocieron la militancia, la cárcel y el exilio), pudo saberse que se había 

radicado en Campana, provincia de Buenos Aires, donde su pareja 

Guillermo Pucheta tenía militancia sindical. También pudo saberse, por 

conversación con su hermana Delia, que estaba buscando tener un hijo y 

por eso, en la investigación de su secuestro y desaparición, se plantea la 

hipótesis de que estaba embarazada y que fue retenida en Campo de Mayo 

los meses que faltaban hasta dar a luz, para después asesinarla y 

deshacerse del cuerpo en un vuelo fantasma.

Los restos de “Tota” Novillo aparecieron, como otros de esta causa, en el 

cementerio municipal de Magdalena. En el informe forense, a diferencia de 

otros casos, se consigna que recibió tres balazos por la espalda, uno de 

ellos en la nuca, antes de ser “trasladada” con prisioneros que sí estaban 

vivos.

Un testimonio decisivo para probar que “Tota” Novillo estaba en Campo de 

Mayo a fines de 1976 es el del soldado conscripto Cagnolo, cordobés de 

Bell Ville, que fue arrestado poco antes de terminar el servicio militar y que 

pudo hablar en esa situación con dos prisioneros pertenecientes al buró 

político del PRT-ERP (Mena y Merbilhá, hoy desaparecidos) y que oyó que 

ellos sabían de “la Pucheta” (así le decían) en el centro clandestino y 

también sabían de su muerte y desaparición.

Cerca de 400 soldados conscriptos que pasaron por Campo de Mayo en los 

años que se investigan, fueron contactados durante la instrucción de la 

causa, revelaron abogados de las querellas.

En éste como en otros casos de vuelos de la muerte, el esfuerzo de la 

acusación es probar que un detenido estuvo en Campo de Mayo al 

momento de su desaparición y que los restos de ese detenido son los que 

aparecieron en la costa del río o el mar, poco tiempo después, y fueron 

enterrados como NN. La información de contexto es lo que permite a la 

justicia llenar el hueco probatorio creado por la desaparición, el traslado y el 

vuelo fantasma.

Rodolfo Novillo, sobreviviente de “La Perla”, que conoció también las 

cárceles de la dictadura en Córdoba y en La Plata, habla con cariño y 

admiración de su hermana Rosa Eugenia Novillo Corvalán, secuestrada y 

desaparecida a los 26 años, probablemente embarazada, que fue ejecutada

 a balazos por la espalda según dice la pericia forense, y cuyos restos, 

devueltos por el mar al que fue arrojada, terminaron sepultados como NN 

en un cementerio municipal de la provincia de Buenos Aires.

Entre los bebés apropiados que buscan las Abuelas de Plaza de Mayo, hay 

uno que es hija (o hijo) de Rosa Eugenia Novillo Corvalán y Guillermo 

Pucheta. El debate en curso, sobre los vuelos de la muerte, también puede 

aportar pistas a esa investigación.

Las audiencias testimoniales por la causa “Malacalza” proseguirán el lunes 

26 de octubre y pueden ser seguidas mediante el link 

https://youtu.be/XWiYBcpxKc8

Fuente:Telam

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