Acertijos dominicales
03/10/2021
Colas interminables de vehículos esperando cargar combustible en las estaciones de servicio. Conductores encocorados que se agarran a las piñas por los últimos litros de nafta. El Ejército movilizado para garantizar el abastecimiento de gasolinas. Góndolas vacías en los supermercados. Alimentos pudriéndose en las granjas. Miles de familias cayendo por debajo de la pobreza. Suba de precios en los artículos de primera necesidad. Números récord de contagios en pandemia. ¿Cómo se llama el desdichado país que esta semana presenta semejante paisaje? ¿1) Venezuela; o 2) Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte?
Perdiste.
Si el lector apostó por la opción número uno, lamentamos decirle que deberá seguir participando, porque perdió el sorteo. Una pena, estaban lindos los premios.
Inglaterra y sus vasallos se preparan para pasar un invierno espantoso, donde muchas familias tendrán que optar entre comprar alimentos o calefaccionar sus hogares, y mientras el gobierno conservador no tiene mejor idea que reducir los subsidios sociales (Universal Credit) en lo que constituye el recorte más grande de toda la historia nacional. Se calcula que sólo con esta medida criminal, el gobierno de Londres logrará la proeza de mandar más de medio millón de personas (casi la mitad de ellas, niños) debajo de la línea de la pobreza.
El país donde se desarrolló y se produce una de las vacunas líderes contra el Covid-19 (Astra Zéneca/Oxford) ostenta en estos momentos una cantidad de contagios diarios equivalente a 17 veces los casos que se registran en Argentina, y eso que recién está comenzando allá el otoño.
Esa crisis sanitaria está lejos de terminar, y ya asoma una crisis económica mayúscula, que es consecuencia directa del llamado «Brexit» -esto es, la salida de la Unión Europea- cuyas secuelas comienzan a verse recién ahora, porque estaban enmascaradas con el parate general de la pandemia.
Sudacas.
El problema central de la actual crisis de abastecimiento (que no es sólo de combustible: también de alimentos, medicamentos, etcétera) tiene directa relación con el Brexit y su principio básico, la xenofobia: la voluntad de echar del país a los inmigrantes que supuestamente quitaban el trabajo a los británicos.
Resulta que, en realidad, los trabajos en cuestión no son del gusto de los finos paladares ingleses, que no quieren ser camioneros, ni recolectores de frutas, ni mozos, ni carniceros, ni enfermeros. Esos trabajos son los que hacían los inmigrantes, sobre todo polacos, pero en general de los países del Este, los «sudacas» de Europa.
Trabajos durísimos y mal pagos. Tanto que ahora que el gobierno de Londres ha intentado atraer nuevamente a parte de esta masa de trabajadores que dejó el país desde el Brexit (casi un millón y medio), los muchachos no quieren saber nada de volver. Y la situación es desesperante: la industria de la carne le ha pedido al gobierno que autorice la utilización de presidiarios en los frigoríficos, para lo cual, desde luego, habría que liberarlos.
Cacatúa.
¿Cómo es que el país que construyó el más grande imperio del siglo XIX, el que nos dio a Los Beatles e inventó el fútbol, ha llegado a una situación tan desastrosa?
Bueno, podríamos intentar reconstruir algo más de dos mil años de historia, pero preferimos concentrarnos en el más reciente fenómeno del populismo de derecha, que es el que impulsó el Brexit bajo la bandera de «Recuperar el control», apelando a la nostalgia por las glorias pasadas, pero sobre todo, al odio hacia los extranjeros.
Lo curioso del populismo de derecha contemporáneo no es tanto su predecible efecto ruinoso sobre las sociedades (incluso las opulentas) sino su desprecio total por la estética. Cuando el renacer derechoso de los ’80, el candidato conservador era Ronald Reagan, que sería una bestia, pero al menos tenía porte y fama de actor de cine. Ahora lo que tienen para ofrecer son esperpentos como el multimillonario siempre quebrado de Trump, el milico y deportista frustrado de Bolsonaro, y la cacatúa de Boris Johnson.
Esto sea dicho, por supuesto, con todo el respeto que se merecen las pobres cacatúas, animalitos de Dios, que no tienen la culpa de que Boris les haya copiado del peinado.
A propósito, otro acertijo: ¿en qué se diferencian Boris Johnson y una cacatúa? Bueno, muy fácil. 1) La cacatúa es realmente simpática; 2) La cacatúa sabe cómo hacer que se le paren las plumas de la nuca, lo cual genera un efecto muy gracioso; 3) La cacatúa tiene swing y sabe bailar muy bien el twist.
Boris Johnson no sabe hacer ninguna de esas cosas, y gobernar tampoco.
PETRONIO
Fuente:LaArena
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