22 de enero de 2009

CORDOBA: LA PRIMERA ACCION FIRMADA POR LAS TRES A EN LA PROVINCIA.

Operación masacre en las sierras

La Alianza Anticomunista Argentina debutó en Córdoba, en septiembre de 1974, secuestrando en Cruz del Eje y fusilando en Punilla a un grupo de estudiantes que militaba en la JP y Montoneros. El caso tiene similitudes con la Operación Masacre de Rodolfo Walsh, entre ellas, un fusilado que vive.

Por Alexis Oliva

Hubo un tiempo en que los peronistas eran asesinados por antiperonistas. El episodio emblemático de ese tiempo fue el fusilamiento de civiles en un basural de José León Suárez, en 1956, narrado por Rodolfo J. Walsh en Operación Masacre.
Hubo otro tiempo en que los peronistas eran asesinados por otros peronistas. El personaje que vincula ambos tiempos quizás haya sido Julio Troxler, sobreviviente de aquel fusilamiento durante la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu, actor que se interpreta a sí mismo en la versión fílmica de Operación Masacre rodada clandestinamente por Jorge Cedrón durante la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse, víctima finalmente de la derecha peronista enrolada en la Alianza Anticomunista Argentina (AAA) durante el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón.
Los crímenes de la AAA, prohijada por su ministro de bienestar social, ex cabo de policía, aprendiz de magia negra y miembro de la logia P 2, José López Rega, fueron declarados de lesa humanidad y por lo tanto imprescriptibles, por lo que tres de sus jerarcas han sido detenidos y la ex presidenta tendrá que rendir tardías cuentas a la Justicia.
El capítulo que se abrió con la decisión tomada por el juez federal Norberto Oyarbide en diciembre pasado, tiene una especial trascendencia para Córdoba, donde el golpe de estado policial conocido como el Navarrazo dio en febrero de 1974 vía libre para que los grupos parapoliciales de la derecha peronista actuaran con alevosía e impunidad.
Días después del asesinato de Troxler, perpetrado el 20 de septiembre de 1974, ocurría un episodio pavorosamente similar al de José León Suárez, que sería la tarjeta de presentación de las Tres A en Córdoba.

Finaliza septiembre del 74, el mes que despunta en Córdoba con la asunción del brigadier Raúl Oscar Lacabanne como interventor federal; el mes en que las Tres A asesinan en Buenos Aires -entre muchos otros- al abogado cordobés Alfredo Curutchet, al ex vicegobernador Atilio López, al intelectual de izquierda Silvio Frondizi y a Troxler; el mes en que Montoneros pasa a la clandestinidad y secuestra a los hermanos Juan y Jorge Born; el mes que se va yendo en Córdoba con la asunción de un joven José Manuel de la Sota como secretario de gobierno de la Municipalidad.
Cercado por la represión, Miguel Angel Chicato Mozé, titular de la Regional III de la Juventud Peronista (JP), intenta organizar en el departamento Cruz del Eje una liga agraria de cooperativas de pequeños y medianos productores, como parte de un proyecto nacional de Montoneros. Lo secunda un grupo de militantes de la JP y alumnos del Instituto Provincial de Educación Agrotécnica (Ipea) Nº 3 de la localidad de El Brete, de entre 19 y 22 años de edad. El 29 de septiembre es la cita para la primera reunión, en la comuna de Media Naranja, a la que unas quinientas personas confirman su asistencia.
El día anterior, los militantes que convocan al acto deciden por seguridad que un grupo se quede en Cruz del Eje y otro vaya a Media Naranja a supervisar los preparativos. En un viejo Citroën, parten aproximadamente a las 21, Luis Eduardo Santillán, Dardo Omar Koch y los hermanos Ernesto y Sergio Rojas. Nunca llegarán a destino.

El testimonio de Ernesto Rojas, uno de los sobrevivientes de aquel día, es escalofriante:
"Al hacer unas diez cuadras, nos damos cuenta de que un automóvil nos sigue, damos unas vueltas y logramos perderlo. En El Brete decidimos ingresar al IPEA, donde nos quedamos charlando con los compañeros de estudio como media hora y retomamos el viaje. El colegio se encontraba a unos cuatrocientos metros de la ruta por la que debíamos continuar. Unos doscientos metros antes de llegar a la ruta, vemos pasar el auto que nos perseguía. Continuamos el viaje hacia Media Naranja y a unos mil metros vemos el auto en la cuneta, que nos empieza a seguir con las luces apagadas. Llegamos al pueblito El Barrial, donde hay un almacén lindero con la ruta en el que se juega a las cartas y al sapo. Paramos y nos metemos. Está lleno. Mi hermano Sergio se esconde detrás de un camión y yo me quedo en la puerta a ver qué hacen los que nos siguen. Bajan tres individuos con armas largas. Entro rápidamente al almacén, y ellos ingresan tirando al aire. La gente aterrorizada corre hacia una puerta al costado del local. Corro hacia ahí pero uno me toma de un brazo y me pone una pistola en la cabeza. Nos ponen de cara a la pared y por el rabillo del ojo veo que ni Santillán ni Koch pudieron huir. Los parroquianos son peones rurales y algunos lloran de miedo.
Dominan la situación, dejan a uno de guardia y salen tirando en la oscuridad. Se escucha que patean las puertas de las casas y hacen una especie de allanamiento, sin dejar de disparar. A un chico de unos 11 años le pegan un culatazo en la cabeza. El dueño del local ingresa a una habitación e intenta cerrar la puerta y le atraviesan la mano de un balazo. La situación es infernal.
Luego entran de nuevo y comienzan a golpearnos, preguntándonos por el Chicato Mozé. Dejan salir a la gente y quedamos Santillán, Koch y yo. Nos revisan y a Santillán le encuentran un volante invitando a la reunión de los productores. Lo sacan y lo interrogan a golpes. Me preguntan mi nombre y les doy uno falso. Me golpean para que diga dónde está Mozé. Digo que no lo conozco… Traen a Santillán, nos vuelven a golpear, y nos hacen subir a su vehículo con la cabeza gacha. Inician el retorno a Cruz del Eje, donde dan unas vueltas y agarran por la ruta 38 hacia Córdoba. Al cabo de quince minutos, el que va atrás con nosotros da la orden de parar para acomodar la carga. Nos bajan, guardan las armas largas en el baúl y vendan los ojos de Koch y Santillán. A mí no me pueden colocar la venda.
Reanudamos la marcha y con Santillán empezamos a tocarnos para ponernos de acuerdo, porque sabíamos que nos iban a matar. Mi intención era que en La Falda nos resistiéramos, ya que la ruta pasa por la ciudad y había más posibilidad de que alguien nos ayudara.
Pasamos Capilla del Monte y San Esteban a gran velocidad. El negro Guerrero Marthineitz está en la radio, y de pronto Santillán salta hacia el que va a su lado y yo, hacia adelante, aferrando el volante, tratando de salir de la ruta.
Empezamos una lucha con los dos que viajan en el asiento delantero. El auto va de un lado al otro. Uno grita que paren y el que maneja empieza a frenar. El acompañante agarra una pistola y tengo que largar el volante y agarrarla por el caño, tratando de desviarla. El auto se detiene y seguimos luchando, Santillán atrás, y yo con los de adelante. De pronto, se abre la puerta trasera y el que pelea con Santillán se baja, saca una pistola y le descerraja tres disparos. Me gritan que largue el arma. La suelto y me tiro al asiento de atrás. Veo a Santillán quejándose y sangrando por la boca. ¡Qué han hecho! ¡No tenemos nada que ver!, les grito. Me bajan de los pelos y yo siempre diciendo que no tenemos nada que ver e insultándolos. Uno me dice que corra. No le hago caso y sigo gritándoles. El que manda le dice a uno que me lleve adentro del campo. Nos introducimos como quince metros, me hace tirar al suelo, me apunta a la cabeza y me dice que me despida. Yo sigo con mi postura de que no tengo nada que ver. De pronto, me dice que me quede quieto, pega la vuelta y sale corriendo. Oigo que le preguntan qué pasó. Vamos, vamos que está muerto, dice, y se van.
Me levanto y voy a ver si está el cuerpo de Santillán. No encuentro nada y corro hacia San Esteban. En la estación de servicio, un automovilista me auxilia y me lleva a Capilla del Monte, donde radico la denuncia a las doce de la noche.
Cuando presento la denuncia, un policía me pregunta si las características del auto eran las de un Peugeot y si eran tres individuos, uno con barba. Le pregunto cómo lo sabe, y me dice que tenían orden de la Central de Córdoba de no detener ese vehículo".

Continúa el relato Dardo Koch, el fusilado que vive de esa Operación Masacre serrana: "Luego de que Rojas es bajado del coche, bajo un nerviosismo total, se emprende nuevamente la marcha a alta velocidad y transcurrido algún tiempo quienes nos llevan secuestrados se tranquilizan un poco. Uno de ellos no lo consigue, el chofer del auto, quien da a entender que se ha metido en algo que no tenía bien en claro, que le disgusta. El que comanda el grupo lo tranquiliza diciéndole que no hay nada que temer.
Santillán está herido y se queja de dolor. Por las características del camino comprendo que estamos camino a Córdoba, pero más allá el auto, un Peugeot 404 si no recuerdo mal, gira y comienza a recorrer un camino con muchas curvas que creo identificar como el que va hacia el cerro Pan de Azúcar. Santillán ha dejado de quejarse y comprendo que ha muerto. El chofer se pone más nervioso al ver las luces de otro auto que viene atrás. Cree que alguien los persigue y es nuevamente tranquilizado por el líder del grupo. Luego da la orden de frenar el coche. Bajan a Santillán y allí, ya muerto, lo ametrallan.
Nuevamente apuros. Suben al coche y arrancan a gran velocidad. Pasamos por un lugar donde oigo perros ladrar. Tras algunos minutos, vuelven a parar el coche y me dan orden de bajarme, poniéndome en el costado que da al cerro, con las manos en alto. Nuevamente se ven luces de auto que se aproximan. Esto provoca otra vez apuro.
Les pregunto qué van a hacer conmigo, a lo cual responden: Si te quedás callado y no decís nada de lo que ha pasado, no te va a pasar nada.
Seguidamente me disparan un balazo en la cabeza. Yo siento un golpe. No escucho ningún ruido, sólo el golpe. Y tomándome de la cabeza, me arrojo al suelo. Se acercan y uno pregunta: ¿Estás seguro que está muerto? El otro le responde: Sí, mirale la cabeza cómo la tiene.
La sangre que derramé más la derramada por Santillán sobre mí (en la ropa, el cuerpo y la cabeza) confundieron a estas personas y en el apuro me dieron por muerto. Santillán se desangró en gran parte sobre mí, ya que íbamos acostados entre los asientos delanteros y traseros, el uno sobre el otro, desde el comienzo del secuestro.
Me toman por los brazos y los pies y me arrojan hacia abajo del camino. No escucho que ellos se vayan. Tampoco escucho ningún auto pasar detrás de ellos, por lo que deduzco que me desmayo al golpear contra las piedras. Esa noche duermo en el cerro, por temor a ser encontrado nuevamente por los que nos habían secuestrado. Tomo contacto recién al otro día con la policía, quienes me llevan al hospital de Cosquín y luego de ser revisado me trasladan a Córdoba".

Dardo Koch se recuperó y tiempo después fue obligado a exiliarse en Noruega, donde todavía vive. Trabaja como enfermero especializado.

Ernesto Rojas fue apresado tres días después en una casa operativa de Montoneros en Córdoba y peregrinó por más de media docena de cárceles hasta su liberación en 1984. Actualmente, reside en Andalgalá, Catamarca, donde tiene un motel y trabaja en un programa de radio.

Sergio Rojas escapó a esta masacre y fue secuestrado y asesinado el 14 de abril de 1977 por un grupo de tareas de la dictadura.

Luis Santillán fue velado en la sede del Partido Justicialista y sepultado en Cruz del Eje. Montoneros solventó el servicio fúnebre.

Miguel Angel Mozé fue detenido el 22 de julio de 1975, acusado del secuestro de un ejecutivo de la Coca Cola. El 17 de mayo de 1976, junto a otros cinco presos políticos de la Penitenciaría Nº 1 de Córdoba, fue fusilado en un fraguado intento de fuga.

En una pared de la pulpería de don Mohamed Hossein, en El Barrial, los asesinos dejaron pintada su rúbrica: Comando Sergio Bertoglio. AAA. Fue su primera acción en Córdoba. Nunca se conoció la identidad de sus miembros.


Alexis Oliva
Un cuento y una metáfora de justicia
El entonces director del Ipea Nº 2, Andrés Py, refiere que se comentaba que la escuela era un nido de montoneros y que días antes del secuestro de sus alumnos le habían avisado a Luis Santillán que las AAA lo iban a matar, por lo que él intentó protegerlo. En esos días, él me había pedido unos tachos de la escuela para hacer una chocolateada para los chicos pobres de Las Playas y El Brete -recuerda-. Yo le dije que sí, que cuando los necesitara me avise. Cuando me entero de la amenaza, le digo a Santillán: "Mirá, dejate de joder que te van a matar". "No, dire, no se preocupe". "Cómo no me voy a preocupar. A mí me parece que lo mejor que podés hacer ahora es irte de acá, porque te van a matar", le sugerí. "No. De cualquier manera, ya sé que me van a matar. Acá o donde sea", fue la contestación de él.
Una vez consumado el crimen, Py acudió al velorio de Santillán: Era un lunes a la mañana. Estuve ahí con sus familiares como una hora y cuando me estaba por ir a la escuela, llegaron tres ómnibus repletos de gente de Córdoba. Me fui a la escuela y los alumnos compañeros estaban preparándose para venir al velorio. "No, de acá no sale nadie". No los dejé ir porque era un peligro.
El episodio marcó tanto la memoria y la imaginación de este jubilado docente, artista plástico y escritor, que lo recreó en un cuento titulado La Chocolateada (La Elegida – Cuentos – 1999), donde el fantasma del joven asesinado se aparece a sus victimarios y los hace huir despavoridos. Toda una metáfora de un deseo de justicia, frustrado por más de treinta años, que quizá ahora pueda en parte saciar. Santillán era muy buen tipo y muy solidario con la gente pobre, evoca Py a su alumno.
(Fuente:Rdendh).

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