EL PREMIO NOBEL DE LA PAZ ADOLFO PEREZ ESQUIVEL DECLARO EN EL JUICIO SOBRE LA U9
“A usted no lo va a salvar ni el Papa”
Contó que lo subieron a un avión y que se salvó de un “vuelo de la muerte”, que lo llevaron en dos oportunidades a los “chanchos” y que fue torturado física y psicológicamente. Dijo que logró su libertad gracias a la presión internacional.
“A usted no lo va a salvar ni el Papa”
Contó que lo subieron a un avión y que se salvó de un “vuelo de la muerte”, que lo llevaron en dos oportunidades a los “chanchos” y que fue torturado física y psicológicamente. Dijo que logró su libertad gracias a la presión internacional.
El Premio Nobel de la Paz y presidente del Servicio Paz y Justicia Adolfo Pérez Esquivel.Por María Laura D`Amico
“A usted no lo va a salvar ni el Papa. Somos señores de la vida y de la muerte y a usted ni los obispos lo van a salvar.” Así recordó el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel las palabras que un suboficial de la Unidad 9 le dijo mientras estuvo detenido allí. Pérez Esquivel declaró ayer en el juicio que se realiza contra once agentes y tres médicos penitenciarios que se desempeñaron en ese lugar durante la última dictadura militar y relató que llegó a la cárcel luego de haber sobrevivido a un “vuelo de la muerte”.
Durante dos horas, Pérez Esquivel relató al Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata sus años como preso político: “Fui detenido el 4 de abril de 1977 en el Departamento Central de la Policía Federal cuando fui a renovar mi pasaporte”. Destacó que era el representante del Servicio de Paz y Justicia (Serpaj), organismo que defiende los derechos humanos en América latina. “Veníamos trabajando sobre la situación latinoamericana. El caso argentino no es un hecho aislado, responde a la política de la Doctrina de Seguridad Nacional impuesta en todo el continente”, señaló.
Si bien a Pérez Esquivel nunca le informaron por qué lo detuvieron, no fue entrevistado ni tuvo proceso judicial (siempre estuvo a disposición del Poder Ejecutivo nacional), dijo creer que esa actividad fue crucial para su privación de la libertad.
Hasta llegar a la U9, el Nobel de la Paz pasó por varios centros de detención e incluso sobrevivió a uno de los “vuelos de la muerte”. Del Departamento de Policía fue trasladado a la Superintendencia de Seguridad Federal, donde había una pared con “una gran cruz esvástica y escrito ‘nazionalismo’. Ahí estaban detenidos el matrimonio Divinsky, directores de la editorial De la Flor; también llevan ahí al director del Buenos Aires Herald, Robert Cox, y a la familia Graiver”. Contó que allí lo “encerraron en un ‘tubo’, un calabozo muy pequeño, oscuro, maloliente, sucio”. Agregó que cuando el guardia abrió la puerta y entró la luz pudo ver en la pared “muchos nombres de seres queridos, de clubes de fútbol, insultos, y una gran mancha de sangre de un prisionero que había estado antes que yo y que había escrito con su propia sangre ‘Dios no mata’”.
El vuelo y la llegada a la Unidad 9
“El 5 de mayo de 1977 me ponen las esposas y dicen que me van a trasladar. Me sacan de la Superintendencia y me llevan al aeródromo de San Justo. Me encadenan en un avión que carretea en la pista y vuela hacia el Río de la Plata. Veo las luces de Colonia, de Montevideo, de La Plata, es decir, el avión da vueltas. Pregunto qué va a pasar conmigo, porque sabía que arrojaban los prisioneros de los aviones. Nadie me contesta y, después de mucho tiempo, el piloto llama al oficial y le dice: ‘Tengo orden de llevar al detenido a El Palomar’, la base aérea de Morón.” Allí se bajan y a las dos horas regresan para informarle que sería trasladado a la U9.
Pérez Esquivel recordó que tras ingresar a la Unidad fue depositado en los “chanchos” (celdas de castigo), donde estuvo durante diez días. Luego fue alojado en los pabellones dieciséis y quince. “Ahí pasó de todo –afirmó–, desde una presión psicológica muy fuerte, hasta las requisas, en las que la guardia golpeaba las celdas, nos hacía desnudar, poner las manos contra la pared, las piernas abiertas, revolvían las celdas y tiraban todo lo que había.”
La segunda vez que estuvo en los “chanchos” fue por haberse movido en la fila. “Nos golpearon, nos insultaban. Después nos metían en la ducha de agua fría y nos hacían pasar un jabón amarillo para sacar las marcas de los golpes. Lo que más me aterró, una vez en el calabozo, era sentir cómo golpeaban a otros compañeros de la prisión. Eso era lo más duro.”
Recordó que en una oportunidad “apareció el jefe del penal, Abel Dupuy, con Raúl Aníbal Rebaynera y otros oficiales. Me hicieron salir de la celda y el jefe del penal llevaba un bastón de mando y me hacía levantar los brazos. Con el bastón me tocaba las costillas (donde había sido golpeado) y me decía ‘¿Duele aquí?’, y yo le decía que sí, entonces me decía: ‘Bueno, ya sabe cuál debe ser su comportamiento’, y taconeaba las botas. Me hacía acordar mucho a cómo hacían los nazis en las películas”, contó.
Pérez Esquivel intentó reconocer a los detenidos que había mencionado pero no logró ubicarlos: “Pasaron muchos años”, excusó y aceptó la solicitud del presidente del tribunal, Carlos Rozanski, para hacer un reconocimiento ocular en la unidad.
Además de los golpes recibidos, Pérez Esquivel afirmó que “hubo amenazas de muerte. Después de enterarse de que me habían dado el Memorial Juan XXIII de la Paz y que yo era candidato al Premio Nobel, me dicen ‘de aquí se sale con las patas hacia adelante’”. Indicó: “Lo que buscaban era quebrarnos moralmente, psicológicamente, humanamente. Esa era la política del penal”.
La salida
“Había una campaña muy fuerte por mi liberación, yo sabía que me iban a largar pero no sabía cuándo, porque unos días antes ponen en libertad al maestro Alfredo Bravo, que estaba en el mismo penal”, relató el Nobel de la Paz. Recordó que “había cosas que para mí eran surrealistas. Pasaban por los parlantes algunos partidos en los que jugaba Argentina. Había momentos en los que uno gritó, como todos, y después ya no quise gritar más los goles de Argentina. Porque todos gritábamos y era como que eso nos unía a todos. Era algo tremendo porque no había diferencia. Tanto los torturadores como los torturados gritábamos el gol”.
Respecto de su liberación, contó que “dos días antes de que terminara el Mundial de Fútbol me sacan de la celda y me trasladan donde estaba la oficina del jefe del penal. Ahí Rebaynera me dice: ‘con los subversivos hay que hacer esto’ y me rompe una foto de mi señora...”. Luego Raúl Guglielmine-tti, que se encargó del traslado, lo llevó hasta un Ford Falcon verde: “Me impresionó que en el piso del asiento al lado de conductor, donde yo tuve que poner mis pies, hay una ametralladora”. Relató que en el medio del viaje el agente le dijo que tenía que cargar nafta y cuando se bajó en la estación de servicio le quitó las esposas y dejó una pistola 45 en el asiento. Ante esta acción, Pérez Esquivel levantó las manos y las dejó sobre el tablero del conductor, “bien visibles”, porque sabía de casos de presos que habían sido asesinados en supuestos intentos de fuga cometidos al momento de su liberación. “Cuando Guglielminetti regresa le digo: ‘Se olvidó el juguete’. Y me dice: ‘Uy, qué distraído que soy’”.
En el juicio que se realiza en la ex AMIA de La Plata se juzga desde abril al ex director de la Unidad, Abel Dupuy; a los penitenciarios Víctor Ríos, Catalino Morel, Jorge Luis Peratta, Segundo Andrés Basualdo, Héctor Acuña y Raúl Rebaynera, y a los médicos Carlos Domingo Jurio, Enrique Leandro Corsi y Luis Domingo Favole, tres médicos que en ese momento se desempeñaban en la Unidad 9 de La Plata.
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PIDEN QUE LA CONDUCTORA DECLARE POR DESAPARECIDOS
Una cita para Legrand
Una cita para Legrand
El abogado Pablo Llonto pidió que el juez Rafecas cite a Legrand.Por Diego Martínez
Rosa María Juana Martínez Suárez, más conocida por su seudónimo “Mirtha Legrand”, podría ser citada por la Justicia para explayarse sobre sus gestiones ante altos jefes militares de la última dictadura, que confesó el martes durante su tradicional almuerzo en cámara. La animadora de 83 años contó que en marzo de 1977, luego del secuestro de su sobrina María Fernanda Martínez Suárez y de su compañero Julio Enzo Panebianco, le pidió ayuda a un oficial naval que no identificó y al ministro del Interior de Videla, general Albano Harguindeguy. Luego aseguró que la hija de su hermano recuperó la libertad “gracias a que yo era conocida y famosa”. El pedido para que la ex actriz declare como testigo lo realizó el abogado Pablo Llonto ante el juez federal Daniel Rafecas, que investiga los delitos de lesa humanidad en el Primer Cuerpo de Ejército.
A diferencia de los familiares de víctimas del terrorismo de Estado que declaran desde hace treinta años con la esperanza de obtener justicia, Martínez Suárez relató sus diálogos con militares un tercio de siglo después ante la mirada atónita de Gino Renni y Arnaldo André. “Es la primera vez que lo cuento”, apuntó. Primero “pedí ayuda a quien era interventor de Canal 13, y no me brindó ayuda por temor, porque todo el mundo tenía miedo de comprometerse”, afirmó. Luego recurrió “a un general de la Nación a quien circunstancialmente habíamos conocido”, en referencia a Harguindeguy. La respuesta del ministro de Videla, recordó, fue: “Bueno, déme un tiempo Mirtha, lo voy a averiguar, es muy difícil, muy difícil el caso”. La reacción del marino al que no identificó fue aún más frustrante: “Ni te vengas, ni te vengas por favor, esto es peligrosísimo”.
Luego de enumerar sus gestiones, la conductora apuntó que su sobrina “cree que estuvo en Palermo, porque escuchaba pasar trenes”, y que “cuando la liberaron le dijeron: ‘Te salvaste porque sos la sobrina de Mirtha’”. Sobre su sobrino político, militante de la Juventud Peronista, de 23 años, dijo que “nunca más supimos de él”. “Nunca más”, repitió.
Un día después de conocer el testimonio, Llonto presentó un escrito ante el juez Rafecas para que pida el tape al canal América y cite a declarar a Legrand. “El diálogo con Harguindeguy confirma que no sólo recibía denuncias y manejaba listas, sino que tenía poder para sacar a quien quisiera de un centro clandestino, por lo que debería ser investigado junto con los funcionarios de ese lugar siniestro que fue el Ministerio del Interior”, explicó el abogado. “También es importante que se aclare cómo surge el dato sobre el lugar de detención en Palermo, ya que si la sobrina estuvo en Club Atlético (donde fue visto Panebianco), ahí no había ruido de trenes. Confirmar si estuvo en el Regimiento de Patricios, en Palermo, permitiría confirmar que allí también funcionó un centro clandestino de detención”, agregó Llonto, que desde hace años reclama sin suerte la citación del empresario Franco Macri, quien también cree haber salvado al desaparecido Carlos Grosso tras reunirse con Harguindeguy. El vínculo entre el luego intendente porteño y el empresario permitió años después jugosos negocios.
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MIRTHA LEGRAND CONTO QUE TUVO UNA SOBRINA Y A SU MARIDO DETENIDOS-DESAPARECIDOS
La inesperada confesión de Mirtha
La conductora sorprendió a sus comensales al relatar que su sobrina María Fernanda Martínez Suárez fue víctima de la dictadura y que ella intercedió ante Albano Harguindeguy para liberarla. Julio Enzo Panebianco, en cambio, fue asesinado.
“Al muchacho lo torturaron muchísimo. Julio se llamaba, nunca más supimos de él”, dijo Legrand.
La animadora Mirtha Legrand contó ayer durante su tradicional almuerzo en cámara que gracias a su fama y a sus gestiones ante el ministro del Interior de la dictadura, general Albano Harguindeguy, logró la aparición con vida de una sobrina desaparecida en 1977. “Mi sobrina cree que estuvo en Palermo”, arriesgó la conductora, y agregó que “gracias a que yo era conocida y famosa pude salvarla”. Luego aseguró que no corrió la misma suerte el marido de su sobrina. “Nunca más supimos de él, nunca”, dijo. En realidad, su sobrina que el año pasado declaró como testigo del juicio que culminó con la condena del general Carlos Olivera Róvere, estuvo en el centro clandestino Club Atlético. El marido, militante de la Juventud Peronista, fue asesinado en un enfrentamiento fraguado y enterrado como NN en el cementerio de la Chacarita, de donde lo exhumó el Equipo Argentino de Antropología Forense.
“Es la primera vez que lo cuento”, apuntó Legrand para referirse al secuestro de sus familiares, ocurrido hace un tercio de siglo. En realidad no se refirió a las vivencias de su sobrina, sino a sus propias gestiones para encontrarla. “Yo pedí ayuda a quien era interventor de Canal 13 en ese momento, y no me brindó ayuda por temor, porque todo el mundo tenía miedo de comprometerse”, relató ante la mirada pétrea de los actores Arnaldo André y Gino Renni.
“El Canal 13 estaba en manos de la Marina, y entonces recurrí a un general de la Nación (sic) a quien circunstancialmente habíamos conocido. Lo llamé al general Harguindeguy, conseguí el teléfono y lo llamé, le expliqué de qué se trataba”, dijo Legrand. La respuesta del ministro del Interior del dictador Videla, según la animadora, no generó demasiadas expectativas. “Bueno, deme un tiempo, Mirtha, lo voy a averiguar, es muy difícil, muy difícil el caso”, dice que le respondió.
Peor parece haber sido la primera respuesta, de un marino a quien no identificó. “El marino me había dicho ‘ni te metas, ni te metas por favor, esto es peligrosísimo’”, recordó. (El sobreviviente de la ESMA Marcelo Hernández declaró que, en el marco del “plan de recuperación” ideado por el almirante Emilio Massera, los secuestradores lo llevaron a trabajar como mano de obra esclava a una fiesta en la casa de Legrand. “Me vistieron bien y me mandaron a sacar fotos. Massera quería regalarle un book para quedar bien con ella”, le contó al periodista Horacio Verbitsky, quien publicó el dato en su libro El Silencio. Consultada para el libro, “la actriz explicó que sólo vio una vez en su vida a Massera y no recordó el episodio de las fotos”, escribió Verbitsky.)
Luego de enumerar sus gestiones, Legrand contó que “finalmente a mi sobrina la liberaron. Al marido no. Nunca más supimos de él, nunca más. Mi sobrina cree que estuvo en Palermo, porque escuchaba pasar los trenes, y la liberaron cerca de la General Paz, por ahí”. “Al muchacho lo torturaron muchísimo. Julio se llamaba, nunca más supimos de él”, aseguró, y ante el silencio de los contertulios explicó que “nunca lo he contado, es la primera vez que lo cuento. Pero gracias a que yo era conocida y famosa pude salvarla, porque cuando la liberaron te dijeron: ‘Te salvaste porque sos la sobrina de Mirtha’”.
Julio Enzo Panebianco y María Fernanda Martínez Suárez, hija del hermano de la actriz, fueron secuestrados el 2 de marzo de 1977 a la noche en el domicilio de Malabia 2591, piso 1, por un grupo de tareas del Ejército. Eran siete personas armadas y de civil, que dijeron ser policías. Mientras esperaban el retorno de Julio desvalijaron la casa. Cuando llegó le inyectaron una droga. Encapucharon y ataron a la pareja, y los llevaron al Club Atlético, donde Julio fue visto con vida por última vez. María Fernanda fue liberada el 4 de marzo, luego de 48 horas en cautiverio, y ya en 1984 contó ante la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (Conadep) que había estado en una dependencia militar. Volvió a declarar el 9 de junio pasado, en el juicio a Olivera Róvere y los ex jefes de áreas militares porteños. Panebianco, empleado de la DGI de 23 años, fue asesinado en un enfrentamiento fraguado, el 18 de marzo de 1977, en Parque Patricios.
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La inesperada confesión de Mirtha
La conductora sorprendió a sus comensales al relatar que su sobrina María Fernanda Martínez Suárez fue víctima de la dictadura y que ella intercedió ante Albano Harguindeguy para liberarla. Julio Enzo Panebianco, en cambio, fue asesinado.
“Al muchacho lo torturaron muchísimo. Julio se llamaba, nunca más supimos de él”, dijo Legrand.La animadora Mirtha Legrand contó ayer durante su tradicional almuerzo en cámara que gracias a su fama y a sus gestiones ante el ministro del Interior de la dictadura, general Albano Harguindeguy, logró la aparición con vida de una sobrina desaparecida en 1977. “Mi sobrina cree que estuvo en Palermo”, arriesgó la conductora, y agregó que “gracias a que yo era conocida y famosa pude salvarla”. Luego aseguró que no corrió la misma suerte el marido de su sobrina. “Nunca más supimos de él, nunca”, dijo. En realidad, su sobrina que el año pasado declaró como testigo del juicio que culminó con la condena del general Carlos Olivera Róvere, estuvo en el centro clandestino Club Atlético. El marido, militante de la Juventud Peronista, fue asesinado en un enfrentamiento fraguado y enterrado como NN en el cementerio de la Chacarita, de donde lo exhumó el Equipo Argentino de Antropología Forense.
“Es la primera vez que lo cuento”, apuntó Legrand para referirse al secuestro de sus familiares, ocurrido hace un tercio de siglo. En realidad no se refirió a las vivencias de su sobrina, sino a sus propias gestiones para encontrarla. “Yo pedí ayuda a quien era interventor de Canal 13 en ese momento, y no me brindó ayuda por temor, porque todo el mundo tenía miedo de comprometerse”, relató ante la mirada pétrea de los actores Arnaldo André y Gino Renni.
“El Canal 13 estaba en manos de la Marina, y entonces recurrí a un general de la Nación (sic) a quien circunstancialmente habíamos conocido. Lo llamé al general Harguindeguy, conseguí el teléfono y lo llamé, le expliqué de qué se trataba”, dijo Legrand. La respuesta del ministro del Interior del dictador Videla, según la animadora, no generó demasiadas expectativas. “Bueno, deme un tiempo, Mirtha, lo voy a averiguar, es muy difícil, muy difícil el caso”, dice que le respondió.
Peor parece haber sido la primera respuesta, de un marino a quien no identificó. “El marino me había dicho ‘ni te metas, ni te metas por favor, esto es peligrosísimo’”, recordó. (El sobreviviente de la ESMA Marcelo Hernández declaró que, en el marco del “plan de recuperación” ideado por el almirante Emilio Massera, los secuestradores lo llevaron a trabajar como mano de obra esclava a una fiesta en la casa de Legrand. “Me vistieron bien y me mandaron a sacar fotos. Massera quería regalarle un book para quedar bien con ella”, le contó al periodista Horacio Verbitsky, quien publicó el dato en su libro El Silencio. Consultada para el libro, “la actriz explicó que sólo vio una vez en su vida a Massera y no recordó el episodio de las fotos”, escribió Verbitsky.)
Luego de enumerar sus gestiones, Legrand contó que “finalmente a mi sobrina la liberaron. Al marido no. Nunca más supimos de él, nunca más. Mi sobrina cree que estuvo en Palermo, porque escuchaba pasar los trenes, y la liberaron cerca de la General Paz, por ahí”. “Al muchacho lo torturaron muchísimo. Julio se llamaba, nunca más supimos de él”, aseguró, y ante el silencio de los contertulios explicó que “nunca lo he contado, es la primera vez que lo cuento. Pero gracias a que yo era conocida y famosa pude salvarla, porque cuando la liberaron te dijeron: ‘Te salvaste porque sos la sobrina de Mirtha’”.
Julio Enzo Panebianco y María Fernanda Martínez Suárez, hija del hermano de la actriz, fueron secuestrados el 2 de marzo de 1977 a la noche en el domicilio de Malabia 2591, piso 1, por un grupo de tareas del Ejército. Eran siete personas armadas y de civil, que dijeron ser policías. Mientras esperaban el retorno de Julio desvalijaron la casa. Cuando llegó le inyectaron una droga. Encapucharon y ataron a la pareja, y los llevaron al Club Atlético, donde Julio fue visto con vida por última vez. María Fernanda fue liberada el 4 de marzo, luego de 48 horas en cautiverio, y ya en 1984 contó ante la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (Conadep) que había estado en una dependencia militar. Volvió a declarar el 9 de junio pasado, en el juicio a Olivera Róvere y los ex jefes de áreas militares porteños. Panebianco, empleado de la DGI de 23 años, fue asesinado en un enfrentamiento fraguado, el 18 de marzo de 1977, en Parque Patricios.
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