23/03/2011
Cómo vivían los detenidos políticos los días previos al golpe de Estado
Días de cárcel, dolor e impotencia
La cárcel de Gualeguaychú albergó a los primeros presos políticos, meses antes del golpe de Estado.
La cárcel de Gualeguaychú fue la que más presos alojó previo al golpe de Estado del ’76. Todos ellos pertenecían a la JPII de Entre Ríos y fueron detenidos por orden específica del gobernador Tomás Cresto por sus actividades políticas. “Los hago detener para que no los maten; les estoy salvando la vida”, les dijo cuando le exigieron respuesta. Fue la cárcel donde monseñor Tortolo les anticipó la llegada del golpe.
D. E.
La vieja unidad penal de Gualeguaychú, de fines del 1800, es una fortaleza de dos manzanas, a no más de cuatrocientos metros del río del mismo nombre, ubicado en una zona de viviendas precarias, pero donde también -desde 1997- están los principales galpones de las comparsas que participan del denominado Carnaval del país. O sea, desde la ventana con barrotes de la celda, que da a una de las avenidas que va hacia la costanera, cada preso puede ir observando cómo durante el año se van armando las carrozas y hasta escuchar algunos sonidos carnestolendos, mientras cumple la condena. El imponente edificio, vetusto, sombrío, lúgubre, tiene paredes de cinco metros de altura; con un grosor importante: un metro ochenta, con una canaleta en el medio, de sesenta centímetros, por donde caminan los guardias penitenciarios cada día. La totalidad de la cárcel -que se fue realizando en etapas- se encuentra sobre una cantera de piedras, a fin de evitar los túneles. Comenzó a construirse en 1887, en pleno gobierno de Miguel Juárez Celman, pero los conocedores recuerdan que, en realidad, fue una antigua idea del general Justo José de Urquiza, quien fuera asesinado en abril de 1870, sobre la que luego insistió su hija Ana. La cárcel de máxima seguridad fue inaugurada el 16 de junio de 1890.
Quienes llegaron como presos políticos, en pleno gobierno constitucional se encontraron con esa vieja estructura, con diversos patios, a los que, para acceder, siempre se debe cumplimentar todo un rito de seguridad, con carceleros que abren, otros que esperan y otros más que cierran. Para llegar al último pabellón, desde el patio de ingreso, hay que transitar por siete rejas con candado. Así fue antes y así es ahora. Es como que casi nada cambió en ese lugar, siempre despintado, con humedad en cada una de las celdas, donde muchas veces -desde principios de los ’70- fueron a parar peligrosos delincuentes que proceden de la provincia de Buenos Aires y Capital Federal. El abogado y escritor Mario César Gras, en su libro La casa trágica, de 1927 -cuya lectura llegó a prohibirse, por lo cual circulaba en forma clandestina- hizo una descripción brillante de la cárcel de Gualeguaychú, que perdura en el tiempo: “El celador lo condujo al interior del presidio. Cruzaron primero un patio inmenso, iluminado escasamente por un pequeño foco de luz eléctrica que pendía de un palo carcomido en su base. Ese era el patio del primer pabellón de la cárcel. Cuadraban el patio cuatro galerías de celdas superpuestas. Las hileras de puertas con sus gruesos cerrojos daban una impresión aterradora. A Atilio se le ocurrió que aquellas puertas eran las lápidas de los nichos de un cementerio y que las celdas eran simples ataúdes de mampostería.
En una de ellas tendría él, también, que sepultar su existencia. Después cruzaron un largo pasadizo, de cuyos muros pendían grandes manojos de llaves, los cuadros de reglamentaciones y las pizarras de castigos (…). Allí se amontonaban las tragedias unas sobre otras; allí velaban sus angustias los que no supieron vivir en libertad. Ya no era tan solemne el silencio. Se sentían toses, estornudos, rumores vagos, que en aquella torva quietud provocaban un eco prolongado y enorme. Las toses de todos los tonos se sucedían estrepitosamente como las notas de una orquesta siniestra: unas eran secas, ligeras, nerviosas; otras profundas, violentas, febriles, que terminaban en convulsiones desgarradoras. A ratos, tras un acceso, parecía sentirse el angustioso estallido de un vómito, el trágico estertor de una agonía. Esas explosiones de dolor repercutían cruelmente en el corazón de un preso. Aquello debía ser, como se lo dijeron, un antro inmenso de tuberculosis. Pensó, con horror, que él debía respirar años y años esa atmósfera infecta. Cerró los ojos y una visión infernal iluminó su mente: le parecía que en su torno millones de bacilos se entregaban a una danza macabra”.
Fuente:AnalisisDigital
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