“Todos los que estaban ahí no están más”
Girard relató el secuestro de su compañera, Cecilia Idiart, aún desaparecida, y cómo se entregó para intentar salvarla. “Es absurdo, pero me sentía responsable –dijo–. Fue como un acto de amor.” También contó cuál era el rol de Von Wernich.
Por Alejandra Dandan
“Mover estas cosas es medio complicado”, logró decir Girard, ex militante de la JUP.Imagen: Rafael Yohai
El presidente del Tribunal le preguntó varias veces si quería descansar un momento. Carlos Girard lloró, pero una y otra vez quiso seguir adelante. Atrás estaba sentado Miguel Etchecolatz, el represor del que alguna vez se escondió; la persona que le gritó a su madre “como un energúmeno” en la vereda de la Brigada de Investigaciones de La Plata y quien, sin saberlo, lo convenció para abandonar la idea de entregarse a la policía. Carlos Girard quería entregarse para intentar salvar a su novia que estaba secuestrada. El sabía que era casi un absurdo. Primero intentó entregarse con el comisario Etchecolatz, pero cuando lo vio tan exaltado decidió ir a golpear una mirilla del Regimiento 7 del Ejército.
“Mover estas cosas es medio complicado”, logró decir en la sala de audiencias de La Plata, frente al Tribunal Oral Federal 1, que sigue el juicio por los delitos de lesa humanidad cometidos en el Circuito Camps. “De alguna manera yo me sentía responsable de la situación. Es absurdo y sé que no es así, pero frente al entorno familiar todo era así. Yo decidí poner lo que tenía, decir yo tengo que saldar esto y lo saldo con lo único que tengo, que es con mi libertad, con mi cuerpo. Esa era mi cuestión; ya esto no es político, ¿un acto de amor? Pongámoslo en esos términos: fue como un acto de amor.”
A Cecilia Luján Idiart la habían secuestrado en diciembre de 1976, de la casa donde vivían juntos, en un barrio alejado del centro de La Plata. Carlos se salvó porque perdió un colectivo. Meses después, entre fugas y estadías clandestinas, supo que su novia seguía viva en la Brigada de Investigaciones de La Plata, entre el llamado “grupo de los siete”, el grupo sobre el que trabajó el capellán Christian von Wernich, como lo hicieron los marinos en la ESMA, en medio de un supuesto programa de resocialización para el que pidieron dinero a las familias, prometieron sacarlos del país y terminaron matándolos a todos. Carlos declaró sobre el secuestro, sobre las visitas del capellán a la madre de su novia y habló de ese momento de noviembre de 1977 en el que se acercó con su madre a la Brigada de Investigaciones para entregarse.
“Hoy, al mirarlo con el diario del lunes, me digo que de alguna manera eso fue lo que me salvó”, dijo a la salida de la sala. “Si de alguna manera yo hubiera ingresado en la Brigada de Investigaciones, la verdad es que no podemos decir que no sabemos qué pasó: todos los que estaban ahí adentro no están más. Fue como una cosa instintiva. Lo que no había era una relación entre los gestos de Etchecolatz y cómo increpaba a mi madre: no tenía ninguna relación con la importancia que tenía yo en la organización. No podía creer que si yo estaba haciendo lo que estaba haciendo, él saltara como un energúmeno. Por eso, después viene ese otro hecho desopilante que fue ir a golpear la puerta del Regimiento 7. Se abre una mirilla y dije: yo soy un militante de la JUP, sé que me buscan y me vengo a presentar. El soldado cierra la mirilla y se va. Yo me doy vuelta y digo... ¿qué?, ¿no atienden?”.
En la audiencia, Carlos Girard no habló demasiado sobre los cinco años que a continuación pasó detenido en la cárcel de Ezeiza, después de un riguroso recibimiento con agentes de todos los servicios, cachetazos; el acta de su entrega firmada con su madre de testigo y, finalmente, la celebración de un juicio ante un tribunal de guerra. Más bien, se detuvo en la historia del secuestro de Cecilia, la razón por la que estaba en la sala.
Para 1976, Carlos Girard era parte de la JUP o, mejor, de los restos de la organización de superficie de Montoneros de La Plata que la dictadura había convertido en despojos entre los meses de marzo y noviembre de ese año. Era de Bragado. En La Plata se inscribió en la carrera de Agrimensura. Había vivido y salvado completamente una casa operativa, de la que se fueron cuando el hijo del dueño levantó un tejido que Cecilia había dejado arriba de una panera y se encontró con una granada. Se salvó más tarde, con la caída de un compañero al que le decían Cabezón. Carlos decía ayer, en las afueras de la sala, que gracias a que seguramente ese compañero se aguantó más de seis o siete horas las torturas, todos tuvieron tiempo de escapar de otra de las casas.
Para diciembre de 1976 estaba con Cecilia en una casa de la calle 13, en los bordes de La Plata, a donde sólo llegaba una línea de colectivos. El día del operativo, ella estaba en la casa, pero Carlos perdió el colectivo volviendo del centro. Tomó otro, sabiendo que iba a tener que caminar las últimas cuadras. Cuando finalmente estaba llegando, a una cuadra y media de la casa, una de las vecinas del barrio a las que él saludaba cada tanto se puso a comadrear en voz alta con otra mujer: “¿Viste el operativo que se armó?”, le decía. “¿Dónde es? ¿En la otra cuadra?”, se gritaban casi adrede, por lo menos eso es lo que todavía cree Carlos, convencido de que con ese diálogo su vecina buscó una forma de salvarlo.
“Cuando llegué había un operativo policial, por lo tanto no me acerqué”, dijo. “Mientras se desarrolló el operativo, caminé por los alrededores tratando de ver y entender. Acompañé el operativo por la calle lateral. No iban muy rápido. Los vi doblar a la derecha. Ir a la comisaría, pero bueno, a partir de ahí perdí todo contacto.”
Para agosto de 1977 supo que Cecilia seguía viva y que la familia de ella era una de las que Von Wernich visitaba en sus casas, asegurándoles que sus hijos saldrían en libertad. “Me acuerdo de que pude conversar con mi suegra y decirle que pidiera que la blanquearan, como le decíamos nosotros: que pasen al famoso PE nacional”, dijo. “Pero el argumento que le daban, o sea, lo que le decía Von Wernich, que era el vínculo más importante con Cecilia, era que no. Que si lo hacían así iba a significar una condena y en cambio, de esta manera, irregular, en cualquier momento podía salir.” Lamentablemente, dijo Girard. “Yo sabía que iba a pasar eso: no cumplieron la palabra.”
Un abogado de las querellas le preguntó si Cecilia Idiart tuvo contacto con su familia. El dijo que el primer contacto fue telefónico. “Dejó una serie de instrucciones, después apareció en casa de mi suegra, apareció con el sacerdote Von Wernich. Mi suegra fue una militante católica y creía absolutamente en la palabra de Von Wernich. La familia podía verla, visitarla. Cuando empezó esta cuestión, es mi madre la que me llama. Yo me había ido a Córdoba. Le pido a mi madre que por favor vaya a verla. Que la vea, y toma contacto con Cecilia.”
Girard quedó detenido el 4 de noviembre de 1977; fue trasladado a Ezeiza. Las noticias de Cecilia eran pocas. Le decían que había viajado, pero no aparecía. Al comienzo se decía que los tenían incomunicados, pero a esa altura probablemente ya los habían matado. Otro de los querellantes le preguntó a Carlos si supo qué pasó finalmente con los siete. Girard habló de aquella confesión de uno de los policías: dijo que los habían matado a todos y luego se desdijo. “La verdad es que no tengo nada –dijo Carlos–, el cuerpo de Cecilia no apareció.”
La asistencia espiritual
Por Alejandra Dandan
“Los chicos están vivos”, le dijo el entonces obispo auxiliar de La Plata Mario Picchi, al padre de Juan Mora, en diciembre de 1976. “Están con asistencia espiritual”, agregó y señaló que “mejor así”, que lo mejor era que los hubieran detenido en ese momento porque si lo hacían después no iban a estar vivos. Ni Juan Mora ni su mujer, Silvia Amanda González, sobrevivieron.
En la audiencia de ayer del juicio por el Circuito Camps, habló César Mora. Su hermano Juan y Silvia vivían en La Plata. Los secuestraron el 1O de diciembre de 1976. Los padres hicieron todo tipo de gestiones para buscarlos. Pidieron una mediación al rector del Colegio Don Bosco, donde Juan había estudiado. “El rector le manda una nota a monseñor Picchi y mi padre va a verlo. Monseñor Picchi le dice a mi padre que los chicos están bien y mejor que hubiesen pasado antes, porque si fuera después no viven.” No es la primera vez que Picchi aparece nombrado en estas audiencias. Es uno de los hombres de la Iglesia a quienes los familiares mencionan una y otra vez, como parte de las visitas que hacían y donde solían obtener datos sobre qué pasaba con los detenidos-desaparecidos.
Con los años, César supo que su hermano y su cuñada estuvieron en Arana y la Comisaría 5ª. También hay testimonios que indican que Silvia estaba embarazada. Su cuerpo fue identificado por el Equipo Argentino de Antropología Forense en el cementerio de Avellaneda, en 2009. Estaba al lado de una chica que habrían matado en mayo de 1977 y, del otro lado, había un joven asesinado en junio de 1977. A Silvia pudieron haberla matado entre esas fechas: “Por lo cual se supone que estaríamos en la fecha del presunto, probable nacimiento del niño”, dijo César. Eso es lo que esperan saber.
A Juan lo reconocieron el año pasado, estaba en el cementerio de San Martín y la fecha posible del asesinato es el 1º de febrero de 1977. En la audiencia también declaró Elena Rodas, hija de Norberto Rodas Valenzuela, secuestrado el 31 de octubre de 1976 y compañero de militancia de Julio López.
Fuente:Pagina12
Circuito Camps: “Ofrecí presentarme para que largaran a mi mujer”
El testigo Carlos Girard recordó el secuestro de su mujer y que se entregó para que la Policía la liberara. Fue uno de los seis testigos que hablaron en el juicio que se realiza en La Plata. Las audiencias fueron suspendidas por dos semanas.
14.02.2012
El testigo César Mora recordó a su hermano y su cuñada desaparecidos en el juicio por el Circuito Camps
“De alguna manera yo me sentía responsable de la desaparición de Cecilia. Sé que es absurdo, pero ante la familia era así, entonces me ofrecí para que la largaran a ella”, contó Carlos Girard en el juicio por el Circuito Camps. El testigo es uno de los seis que declararon en una nueva audiencia del proceso que el Tribunal Oral en lo Criminal Nº1 de La Plata lleva adelante por crímenes de lesa humanidad.
Girard recordó el secuestro de su mujer, Cecilia Luján Idiart, capturada el 15 de diciembre de 1976 en la casa en que convivían en calle 13, entre 81 y 82 y alojada en la Brigada de Investigaciones de La Plata (BILP) donde durante su cautiverio le permitieron ponerse en contacto con su familia.
La mujer fue parte de un grupo de prisioneros políticos conocido como “grupo de los siete”, por cuyo caso –entre otros- fue condenado el sacerdote Crhistian Von Wernich en 2007.
Girard recordó que él presenció el operativo con el cual secuestraron a su mujer: “Yo había venido al centro de La Plata y porque había perdido un colectivo y tomé otro que me dejó en avenida 72, tuve que entrar al barrio caminando y cuando llegué vi que había un operativo y no me acerqué”.
En la casa estaba su esposa que, luego de ser capturada fue encerrada en la Brigada, ubicada en 55 entre 13 y 14, donde hoy funciona la Centro de Estudios Profesionales de la Policía.
Según recordó Girard, tras permanecer un tiempo desaparecida, a Idiart le permitieron llamar a su familia y luego se contactó con ellos el cura condenado, quien les prometió que la sacarían del país, para lo que les exigió dinero. “Von Wernich era el vínculo más importante con la familia de Cecilia”, destacó.
Además, Girard contó que su familia pudo establecer contacto con Cecilia porque le avisaron que estaba viva cuando murió su papá.
El testigo dijo a los jueces Carlos Rozanski, Roberto Falcone y Mario Portela que por intermedio de su madre acordó entregarse en la Brigada, donde intentó presentarse el 4 de noviembre de 1977. Pero aclaró que por el mal trato que el imputado Miguel Etchecolatz le dispensó a su madre, decidió dar marcha atrás y entregarse en el Regimiento de Infantería 7.
“Yo había hablado con mi mamá, que ella me iba a acompañar. Vine el 4 de noviembre de 1977 y me paré en la esquina de la Brigada. Fue mamá a ver y hubo una especie de improperio entre Etchecolatz y mi madre. Vi los gestos que hacía y me generó desconfianza, entonces fui al Regimiento 7 y dije que me presentaba”.
En el destacamento militar de 19, entre 50 y 54, Girard se presentó con su madre y su tía, quienes lograron que el coronel que los atendió les entregara un acta con la constancia de detención. Con eso se retiraron.
“En el regimiento estuve cuatro días y después fui al regimiento de Villa Martelli donde me hicieron consejo de guerra y quedé detenido cinco años”, recordó. Girard salió en 1982 del penal de Ezeiza.
En los ‘70 Girard militaba en la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Había llegado de Bragado a estudiar agrimensura en la Universidad Nacional de La Plata y la última casa que compartió con su mujer quedaba en un barrio alejado, oscuro y de calles de tierra. De allí la secuestró la dictadura con un operativo policial con patrulleros y personal uniformado que él, desde lejos, pudo presenciar.
Reaparecidos
En la audiencia también declaró César Mora, hermano del santacruceño Juan Carlos Mora, un estudiante de medicina y militante de la Juventud Universitaria Peronista (JUP) quien fue secuestrado junto con su esposa, una joven de 18 años embarazada de tres meses, Silvia Amanda González, cuyos cuerpos fueron identificados recientemente por el Equipo Argentino de Antropología Forense.
Mora contó al Tribunal que su hermano fue secuestrado el 1 de diciembre de 1976 y que fue la dueña de una pensión de 15, entre 49 y 50, donde Juan Carlos vivía con su esposa, quien le avisó que habían sido secuestrados.
El testigo dijo que su familia comenzó a buscar al matrimonio y que gracias a un párroco de Tierra del Fuego lograron entrevistarse con el obispo auxiliar de La Plata, monseñor Mario Pichi, quien les confirmó que estaban vivos.
Según recordó, “en una reunión con mi padre Pichi le dice: ‘están vivos, están con asistencia espiritual’. En esa reunión estuvo mi padre César Mora y mi esposa Diana Portobelo”.
El testigo dijo que por sobrevivientes supo que su hermano y su cuñada estuvieron en cautiverio en la comisaría Quinta y remarcó la sospecha de que la mujer pudo ser madre en cautiverio.
“Un amigo de Juan, que lo vio antes del secuestro, contó que él le dijo que estaba preocupado por el embarazo de Silvia”, contó Mora.
Silvia estaba embarazada se tres meses al momento del secuestro y sospechan que pudo dar a luz entre mayo y junio del año siguiente, fechas que coincidirían con el de la muerte de la mujer.
El matrimonio nunca más fue visto con vida. Pero sus cuerpos fueron identificados por el EAAF recientemente.
“El cuerpo de Silvia apareció en 2009 y fue identificado en el cementerio de Avellaneda”, contó Mora. También resaltó que “había sido salvajemente masacrada” y que los forenses estimaron la fecha de su asesinato en junio de 1977.
Juan Carlos fue identificado en 2011 en el cementerio de San Martín. Fue asesinado en febrero de 1977.
Peronistas
Marta Susana Abachian tenía 13 años cuando la dictadura secuestró a su hermano Juan Carlos al salir de su trabajo en un taller de chapa y pintura. Fue el 27 de diciembre de 1976. Desde ese día no vió más a su hermano y sólo supo por una sobreviviente que estuvo detenido en Arana y por otro que fue mantenido cautivo en la comisaría Quinta.
La mujer contó que su hermano había dejado Mar del Plata para instalarse con su mujer Mercedes Layarte y su hija Rosario en una casa de calle 7 Nº 779 de La Plata.
Ese día de finales de 1976 fue el suegro de Juan Carlos quien avisó a la familia que había sido secuestrado al salir del trabajo.
“Lo detienen al salir del trabajo y lo llevan para la casa. Pero cuando llegan él le dice a la mujer que se escape porque lo habían detenido. Ella logra escapar, pero a partir de ahí no sabemos más nada de él”, recordó Abachian.
La testigo recordó que su hermano tenía 26 años, trabajaba en un taller y estudiaba abogacía en la Universidad Católica de Mar del Plata y en la UNLP. Y contó que “militaba en la Juventud Peronista”.
A su turno, el testigo José Miguel Lancilotta recordó el secuestro de los arquitectos Guillermo Sobral y Pacífico Díaz, con quienes compartía un estudio, ambos militantes peronistas.
En la audiencia, Lanzilotta remarcó que Sobral fue secuestrado con su esposa Elsa Cicero, quien estaba embarazada de tres meses, dato que le confirmó Mariana Sobral, hija del matrimonio que tenía 12 años cuando secuestraron a sus padres.
Sobral, Cicero y Díaz permanecen desaparecidos. Lanzilotta se exilió en Paraguay y luego en San Pablo, Brasil, donde vivió siete años.
Además, en la audiencia un vecino del destacamento de Arana recordó cuando funcionó allí un centro clandestino de detención. Luego, el juicio ingresó en un cuarto intermedio hasta el 5 de marzo.
Circuito Camps: “Esa mina me salvó la vida”
Un testigo recordó el secuestro de su mujer en diciembre de 1976 y cómo a pesar de presenciar el operativo con el que se la llevaron, salvó su vida por milagro.
14.02.2012
El ex militante de JUP y ex preso político Carlos Girard
En los ‘70 Carlos Girard militaba en la JUP, que –según recordó- el 15 de diciembre de 1976 ya había sido desarticulada en casi su totalidad. Había llegado de Bragado a estudiar agrimensura en la Universidad Nacional de La Plata y la última casa que compartió con su mujer quedaba en un barrio alejado, oscuro y de calles de tierra. De esa vivienda de madera de 13, entre 81 y 82, la secuestró un operativo policial con patrulleros y personal uniformado que él, desde lejos, pudo presenciar y esquivar.
Luego de su declaración ante el Tribunal Oral en lo Federal Nº1 de La Plata, Girard habló con un grupo de periodistas en la sala de ingreso al ex teatro de la Amia, donde se sustancia el juicio y recordó amigos de militancia, las “guitarreadas del 74 y 75”, y las peripecias por las que ese día de fin de año del 76 lo salvaron del cautiverio.
-¿Cómo escapaste del operativo en tu casa en el que secuestraron a tu mujer? –preguntó un periodista.
-Ese día ya me había escapado de los milicos al medio día. Había ido a la estación a buscar a mi mamá y mi tía que venían de Bragado y llegué un rato antes. Estaba esperando y cuando vi a mi mamá me cruza mi tía y me dice: ‘nos están siguiendo’. Así que salí rajando, salté el alambrecito que separa las vías, pasé por delante de un tren y me escapé para 115.
Como había cobrado, había comprado carne, así que cuando esa noche volvía para mi casa no iba pensando en la revolución ni nada de eso; iba pensando en las milanesas que me iba a comer.
Me había bajado en 72, porque se me había ido el colectivo y, para llegar me subí en el otro y caminaba unas cuadras. El barrio era de calles de tierra. Ese día había llovido y yo volvía a mi casa por el medio de la calle.
Iba de pechito a los milicos, cuando escuché a dos mujeres hablando en la vereda. ‘¿Dónde es el operativo? ¿Es a una cuadra y media?’, escuché que le decía una a la otra. Ahí subí a la vereda y di un rodeo para acercarme a mi casa y ver qué pasaba.
-¿Se lo dijo a la vecina o te lo dijo a vos?
-Me lo dijo a mi. Lo dijo para que la escuche. Esa mina me salvó la vida.
Circuito Camps: el horror de ser vecino de un campo de concentración
El hijo del dueño de un almacén ubicado frente al destacamento de Arana recordó el intenso movimiento de autos, la música a todo volumen por la noche y las personas armadas y disfrazadas que iban a beber al comercio de su padre.
14.02.2012
“Había disturbios. A veces se escuchaban gritos, voces fuertes”. De esa forma,
José Horacio Pelleró, vecino de Arana que todavía vive en la casa ubicada a 10 metros del destacamento donde en la dictadura funcionó un centro clandestino de detención. Al declarar como testigo en el juicio por el Circuito Camps recordó como era el funcionamiento en esa época, cuando su padre trabajaba en un negocio en ese lugar al que los miembros de las patotas concurrían a beber por la mañana.
Ante los jueces del Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nº1, Pelleró recordó que entre 1976 y 1977 tenía alrededor de 20 años y que recuerda que con el golpe de estado el funcionamiento del destacamento cambió: “Cambió todo. Dejó de ser un lugar familiar, cambió la gente, se movía de otra manera”.
También recordó que se escuchaba música. “Era música normal lo que se escuchaba. A la noche era constante y fuerte, porque la escuchaba desde mi casa”, dijo.
El hombre dijo que se veían entrar y salir autos particulares y personas de civil armadas.
-¿Gente detenida vio?-, preguntó el fiscal Gerardo Fernández.
-No. Había mucho movimiento, pero si ocurría eso sería de noche -respondió el testigo.
-¿Supo qué era lo que ocurría?
-El comentario que había era que traían gente presa.
-¿Escuchó gritos?
-Si, por la noche se escuchaban.
-¿Disparos escuchó?
-Si, se escuchaban.
Pero además de lo que ocurría en el destacamento, Pelleró recordó que esa gente iba por las mañanas a beber “bebidas fuertes” al comercio de su padre.
“Iban personas disfrazadas a tomar al negocio. Eso me contó mi padre. Es más, alguna vez me dijo que quería cerrar el local porque estaba aterrado”, recordó.
Circuito Camps: suspenden el debate por dos semanas
Es por los feriados de Carnaval y del bicentenario de la creación de la Bandera, y porque dos de los jueces del tribunal llevan otro proceso en Tandil, por el asesinato de un abogado laboralista.
14.02.2012
Los jueces del Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nº1 de La Plata
El juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en el Circuito Camps entró hoy en un cuarto intermedio de dos semanas, luego que el Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nº1 de La Plata suspendiera las audiencias hasta el próximo 5 de marzo, por los feriados de Carnaval y del bicentenario de la creación de la Bandera, y porque dos de los miembros del tribunal llevan adelante otro proceso en Tandil por el asesinato de un abogado laboralista.
La decisión fue anunciada al finalizar la audiencia por el presidente del TOF1, Carlos Rozanski, quien indicó que el debate ingresaba en un “cuarto intermedio hasta el 5 de marzo a las 12”.
Como las audiencias del debate se realizan los lunes y martes, el 21 y 22 no se llevarán a cabo por el Feriado de Carnaval y lo mismo ocurrirá el lunes 27 por la feria por el bicentenario de la creación de la bandera.
Según se explicó en la audiencia, como los jueces Roberto Falcone y Mario Portela integran el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de Mar Nº1 del Plata que los jueves y viernes llevan adelante un debate en Tandil, las audiencias en el proceso de La Plata no pueden cambiarse de día.
En la ciudad serrana, Falcone y Portela juzgan a los militares Roque Italo Pappalardo y Julio Alberto Tomassi, al policía José Luis Ojeda y a los civiles Emilio y Julio Méndez por el secuestro y asesinato de Carlos Alberto Moreno, militante de la Juventud Peronista de Olavarría y abogado laboralista de la Asociación de Obreros Mineros Argentinos (AOMA).
El juicio por el Circuito Camps comenzó el 12 de septiembre pasado para determinar las responsabilidades de 22 policías, tres militares y un civil en los secuestros, torturas, desaparición y apropiaciones de bebés por las que resultaron víctimas 280 personas, en seis centros clandestinos de detención que durante la dictadura comandó la Policía Bonaerense.
Fuente:Diagonales
JUICIO CAMPS, SEGUNDA SEMANA DEL 2012
“Nací del amor de una pareja, y decidieron mutilarme”
Clara Bacchini fue una de las personas que declaró en la audiencia del lunes y precisó los momentos que vivió su padre, detenido y asesinado por la dictadura. Además hablaron entre otros el imputado Cozzani, quién amplió su testimonio y admitió “un pacto de silencio” entre los militares y civiles cómplices. Sigue el martes desde las 10.
PRENSA Y DIFUSIÓN
APDH LA PLATA
(13FEBRERO2012) Pasan las semanas y las declaraciones de víctimas y familiares comprometen cada vez más a los 26 imputados del Circuito Camps. La complicidad de sectores de la Iglesia comandados por Monseñor Plaza, las torturas en los centros clandestinos y la confirmación de pactos de silencio para negar lo ocurrido por los mismos actores fueron algunos de los ejes de la jornada, que contó con cinco nuevas declaraciones.
Clara Teresa Bacchini se acercó a la Ex – Amia por pedido de la APDH LP y por más de una hora mezcló su relato con emociones, fuertes convicciones y detalles inolvidables para una familia que sufrió el corte de un proyecto de vida violentamente el 25 de noviembre de 1976, cuando secuestraron a Héctor Bacchini y lo mataron en febrero de 1977 gracias a las pericias del Equipo de Antropología Forense.
“En ese momento tenía solamente 2 meses y 20 días de vida, había nacido ese año. Puedo recordar con mucha claridad el relato de lo que fueron esos acontecimientos. Mi mamá vio militares con uniformes de fajina. Tocaron timbre y le dijeron que querían ver a mi padre. Estaban durmiendo, tardó unos minutos en levantarse, así que tiraron la puerta abajo e ingresaron al domicilio”, indicó, y continuó con su relato: “Estaban con armas largas. Tomaron fuertemente a mi padre de los brazos y después se lo llevaron con un poco más de insistencia, de violencia”
Fue la última vez que lo vieron con vida, y años más tarde comenzaron a acercarse compañeros de cautiverio, como el farmacéutico Carlos De Franceso. “Habló muchas cosas del cautiverio en Comisaría Quinta. Me contó que avanzado el mes de diciembre de 1976 él estaba detenido en un lugar con otro grupos de personas Cuando llegaron las fiestas de 1976 hacía mucho calor en ese lugar. Entre las cosas que me contó que era estar detenido, me dijo que estaban hacinados, y que el piso estaba inundado de la transpiración de los cuerpos con esas temperaturas”, dijo Bacchini.
Ante la mirada de los imputados y más de cincuenta personas en la sala, la testigo destacó que los vejámenes a los que fue sometido su padre implican una tortura permanente para ella. “Es la misma fuerza en la construcción de mi mente lo que tuvo que sufrir. Hay cosas que elijo no conocer porque no creo poder soportar después tener esas imágenes en mi mente. Sentir la impotencia que no puedo hacer nada y lo sufro. Todo el horror que pasó”
Religión y Dictadura
Como lo han expresado diversos testimonios en el Juicio, distintas situaciones durante los secuestros daban a las claras la complicidad de sectores de poder eclesiásticos con los actores principales del exterminio.
“Mi padre identificó los sonidos del Seminario de calle 66 entre 24 y 25 a metros de la Comisaría. En su paso de monje a sacerdote papá había pasado por el Seminario, incluso era Director de una sección. Reconoció también la comida que les daban estando detenidos clandestinamente en ese lugar, como que era la comida que injerían en el Seminario”.
Tiempo antes de lo sucedido, los relatos indican que Monseñor Plaza le prohibía trabajar con jóvenes en el seminario por su “peligrosa” ideología. “Monseñor Plaza lo amenazó cuando había nacido y me habían bautizado. Mucho antes de esto, de formar pareja con mi madre, mi padre había pedido el estado laical y dejar su condición de sacerdote. El arzobispo que tenía que hacer los trámites era Monseñor Plaza –ya fallecido- no hacía correr los trámites para que vaya al Vaticano. Papá tenía esperanzas en que esto iba a ocurrir. Para Plaza era un mal ejemplo y que debía retirarse. Papá le dijo que no se iba a ir, a lo que Plaza le respondió que se atenga a las consecuencias. 20 días después ocurrió lo que relaté”
Con los ojos brillosos, Clara continuó con su relato. “Mi papá le dijo a sus compañeros de cautiverio que si lo veían a Monseñor Plaza que lo insulten. No pidió venganza, solo un insulto, es decir que esa persona lo ha defraudado, y nada más”
A los 35 años, la testigo dejó un pensamiento claro para las nuevas generaciones. “A mi hoy me gusta ver a muchos chicos jóvenes que son mucho más chicos que yo que ni siquiera nacieron en dictadura, que más allá de tener una identificación partidaria, es algo que cantan y que me identifica, para que haya memoria, verdad y justicia. Es un canto que dice que a pesar de las bombas y los fusilamientos, los compañeros muertos, los desaparecidos, no nos han vencido”
Gracias al Equipo de Antropología Forense Héctor Bacchni fue inhumado en Octubre de 2011, y se determinó que fue asesinado a balazos en febrero de 1977 en Ciudadela, y luego enterrado como tumba NN en el cementerio de San Martín, Buenos Aires.
“Yo nací del profundo amor de una pareja, fui esperada con todo ese amor, me brindaron ese amor cuando estuvieron juntos, y en medio de esa potencialidad de amor y de vida y de familia, también un grupo de personas adultas, responsables, decidieron que eso no iba a seguir así, decidieron mutilarme”, concluyó Clara.
“Nos caen las sospechas sobre Monseñor Plaza”
Mercedes Cristina Bacchini es la hermana de Héctor y también relató lo que recordó de aquella época en que la familia cambió para siempre. “A mi me contó mi cuñada que lo vinieron a buscar el 25 de noviembre varias personas de civil armadas y lo secuestraron a las dos de la mañana. A raíz de eso como yo trabajaba en la oficinia jurídica de un banco los abogados me ayudaron a hacer un Habeas Corpus”, detalló.
Los sacerdotes también miraron para otro lado. “Vi al Monseñor Gracelli y no sabía nada. El Monseñor Plaza no nos quiso recibir nunca. Otro Monseñor me decía que mi hermano era subversivo. Nos caen todas las sospechas sobre Monseñor Plaza. Era Capellán del Ejército, amigo de Camps”
Luego recordó que en 1983 apareció un testigo que había estado con él en cautiverio. Además supo que estuvo en Arana y Comisaría Quinta, y que el 2 de febrero de 1977 lo habían fusilado con otros compañeros.
“Era parte de los futuros dirigentes del país”
Perla Amelia Diez habló en relación a la desaparición de Marlene Kegler Drug, quién era la hermana menor de su primer novio.
“La conocí cuando tenía 14 años cuando viajamos al Paraguay. Ella se juntaba con el cura y otros adolescentes a leer al Che Guevara en el monte”, expresó, y agregó: “Ella viene a estudiar obstetricia. A ella la detienen frente a la Facultad. Me acuerdo que cuando viene le veo en la valija un montón de libros. Fue una de las personas más torturadas, y según el relato de Nilda Eloy fue crucificada. Los compañeros han contado de ella de su frase yo con el enemigo no hablo”.
En Argentina Marlene se unió al ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), y según la testigo tenía un nivel de integridad moral extraordinario. “Expresa el espíritu revolucionario del momento. Los querían cortar de cuajo porque eran los futuros dirigentes del país. Toda esa lucha tenía sentido y lo sigue teniendo”
Por último la testigo pidió “como familiar de detenida desaparecida”, que después de estar detenida en una cárcel muchos años, que aquellos que han sido condenados que no tengan arresto domiciliario. “Creo que delitos gravísimos de lesa humanidad, requieren soluciones especiales con el respeto absoluto a todos los derechos humanos y más a todas las personas condenadas, con toda la logística del Servicio Penintencio. Nosotros pedimos protección para el resto de la población, no es un problema de rencor, estos son delitos gravísimos que deben cumplirse en una cárcel común y efectiva”, concluyó.
Ampliación de indagatoria de Cozzani
Uno de los 26 imputados pidió nuevamente la palabra en cuatro meses de juicio, y se mostró de tonada amigable con el Tribunal, al que le prometió dar más detalles de lo que pasó si sus co – procesados no hablan, como así también admitió que hay un “pacto de silencio” en la cúpula de poder.
En relación al caso Mariani volvió a afirmar que en la masacre la beba fue asesinada aunque no supo demostrarlo con pruebas fehacientes ya que entró a la casa ese mismo día pero no vio a Clara Anahí.
“A mi me quedó grabado de las audiencias las declaraciones de Emilce Moler cuando ella habla de la tortura del silencio, y si estaría en el lugar de ella me parecería lo mismo. Creo que es cierto lo de la tortura del silencio. No hay policías que clarifiquen las cosas. Hoy observo por una ingeniería jurídica que no quedan más policías que declaren en esta causa y es cuando veo que hay que aclarar situaciones”, dijo Cozzani, que dio nombres y cargos del esquema de la Dirección General de Investigaciones comandados por Etchecolatz.
Más tarde hizo hincapié en que son pocas las personas imputadas en el juicio debido a la magnitud de los hechos. “No tengo duda que ha habido pactos de silencio y alegatos de oídos a fiscales y jueces porque sino es incomprensible que haya gente con responsabilidades y que no esté acá atrás”.
Con respecto a los asesinatos en la casa Teruggi – Mariani expresó: “Yo estuve en la calle 30, y veo que nadie le clarifica como es necesario clarificar. Llegué sobre el final pero vi perfectamente lo que pasaba. No disparé un tiro porque no había nada más que disparar”
Cozzani argumentó que en la custodia en total eran 27 personas en tres grupos más un Jefe que era Gabriel González. Con respecto a Etchecolatz expresó que tenía seis choferes.
En línea con declaraciones anteriores, volvió a cargar con la versión de la muerte de la beba. “Yo le puedo explicar en que rincón estaba el cochecito de la beba, cuando yo entré, luego que todo había culminado. El cochecito era una masa de hierro retorcido, que sumado al Comunicado Oficial y las declaraciones de Tarella me hacen pensar que la nena está fallecida. El comentario es que todos habían muerto, aunque en el momento no la vi a la beba”
Por último el imputado sentenció que está esperando que aparezca “un poco de dignidad” entre el resto de los co – procesados. “Si no lo hacen yo avanzaré en mis explicaciones, me comprometo”
“No ví ningún bebé en la morgue”
Roberto Ciafardo es Médico y trabajó en la Policía de la Provincia de Buenos Aires durante la última dictadura en la Dirección de sanidad. La querella representada por Marcelo Ponce Nuñez lo interrogó acerca del hecho de calle 30 para determinar precisiones sobre las personas asesinadas.
- En la autopsia de las personas carbonizadas Darvón (colega del testigo) dijo que usted actuó
- Tengo un leve recuerdo. De la casa y del hecho me acuerdo. Vi cuerpos carbonizados en mis años de trabajo, muchísimos, no solo de estos. Yo concretamente no lo recuerdo pero… el hecho si me acuerdo por haberlo leído en los diarios. Si tuve actuación era en la morgue.
El testigo habló un tanto nervioso y destacó que en la dictadura “hubo un incremento de cadáveres, la mayoría por balas”. A su vez indicó que entre los cadáveres que llegaron de calle 30 no se encontraba el de ningún bebé.
Durante media hora justificó su labor como médico y recordó que en los años 80 un juzgado le pidió los libros de guardia entre 1976 y 1977, que años más tarde “desaparecieron” según comentarios de sus colegas.
Envío:Agndh




No hay comentarios:
Publicar un comentario