16 de febrero de 2012

BAHÍA BLANCA: PRUEBAS ARQUEOLÓGICAS-DECLARACIÓN DE LUIS MIGUEL GARCÍA SIERRA-DECLARACIÓN DE NÉSTOR ETCHEVERRI.

Publicado el 14/02/2012
PRUEBAS ARQUEOLÓGICAS.
Fue entregado a la justicia federal de Bahía Blanca el informe correspondiente a la primera etapa del relevamiento pericial realizado en La Escuelita. La tarea se realizó entre abril y diciembre del 2011 en la edificación demolida donde funcionó el centro clandestino de detención dentro del predio del V Cuerpo de Ejército, en cercanías del camino La Carrindanga.

El relevamiento arqueológico y arquitectónico estuvo a cargo de profesionales de la asociación Memoria Abierta dirigidos por el arquitecto Gonzalo Conte y de profesionales de la Universidad Nacional del Sur coordinados por la licenciada Alejandra Pupio.

El trabajo de campo consistió en el relevamiento de muros y cimientos y luego continuó en laboratorios del Departamento de Humanidades y del Gabinete de Hidrogeología del Departamento de Geología de la Universidad Nacional del Sur.

En el informe entregado por los peritos se expusieron las conclusiones tras la culminación de la primera etapa de trabajo, a partir de su cotejo con los testimonios y croquis realizados por sobrevivientes de ese centro clandestino, como así también con las constancias catastrales existentes.

Como conclusión de los trabajos periciales realizados se pudo determinar la presencia de elementos recurrentes en las descripciones de los testigos, los que son coincidentes con los elementos que aún hoy se encuentran en el predio militar.

Cabe destacar que estas tareas periciales se desarrollan en un predio militar cautelado por la justicia federal de Bahía Blanca, a solicitud de la Unidad Fiscal de Derechos Humanos a cargo del dr. Abel Córdoba, en el marco de la investigación que se realiza en torno a los responsables de los crímenes de lesa humanidad cometidos en el ámbito del V Cuerpo de Ejército.

BAJAR EL INFORME


Publicado el 15/02/2012 
"CAMBIARON MI PROYECTO DE VIDA"
Este martes por la mañana declaró Luis Miguel García Sierra. Detenido en Viedma en noviembre de 1976 fue llevado a La Escuelita hasta su blanqueo en Villa Floresta y Rawson y posterior expulsión a España. Norberto Diandre no se presentó y un tercer testigo entregó un certificado de salud justificando su ausencia.

El “Gallego” García Sierra tiene 58 años y contó que en 1976 dejó Bahía Blanca para estudiar Educación Física en la capital rionegrina. Fue una alternativa a la carrera que cursó en la Universidad Tecnológica Nacional bahiense hasta que fue copada por las patotas de la CGT que conducía Rodolfo Ponce. Militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios y luego en la Juventud Peronista.

Al momento de su secuestro ya habían sido capturados sus ex compañeros de la UTN Mario Crespo y José Luis Robinson. Supuso que podía ser el tercero pero igual salió a divertirse esa noche de viernes con unos amigos.

“Cuando salí del instituto, a la vuelta sobre la calle Colón, llegó un coche acelerado, subieron a la acera y salieron con pistolas. Otro coche vino sobre la calle y me metieron en la parte de atrás. Me vendaron y me hicieron una mala interpretación que eran de la organización Montoneros y que yo los había delatado”, relató ante el tribunal.

Vendado, mientras le decían que lo llevaban a Córdoba lo trajeron al centro clandestino de detención y torturas La Escuelita.

“Entré y un oficial me dijo que para salir de ahí con vida tenía que tener en cuenta tres cosas: no ver, no hablar con nadie y tener la esperanza de salir. A la noche empezaron los interrogatorios”, dijo.

Desde el suelo de una habitación escuchó un día un recuento de cautivos y supo que eran “como cuarenta”. En la cama de una sala contigua lo interrogaron bajo tortura pidiéndole su nombre de guerra hasta que soltó el “Gallego” con el que lo conocía todo el mundo.

Al igual que otros sobrevivientes contemporáneos en su cautiverio recordó los delirios de Bachi Chironi que cada vez provocaban más golpes por parte de los represores.

Supuso que sería el 24 de diciembre cuando los sacaron de la habitación donde estaban y les dieron un trozo de carne. Ese atardecer los subieron a un vehículo con destino incierto. “Yo creo que iba en la cabina de conductor y le pregunté. Me dijo ‘tranquilo que lo llevamos a Floresta’”.

Tras escuchar los ruidos de las puertas de Villa Floresta, los llevaron a una sala donde “uno de los compañeros que iba en ese viaje dijo ‘se me está cayendo la venda’. Fue cuando el oficial de la cárcel Nuñez le dijo ‘boludo te la podés quitar’ y ahí nos quitamos la venda”.

“Siempre dije que llegar ahí era el paraíso. (…) Estábamos vivos y nos sonreíamos pero no se me olvida un oficial que a través de una ventana nos miraba con pena. Llegamos una noche buena y había música navideña”.

Allí estuvo hasta el 22 de agosto cuando lo subieron junto a otros compañeros a un avión, vendados y esposados entre ellos, y los llevaron al penal de Rawson.

Al saber de su desaparición sus padres y su hermano comenzaron la búsqueda. Consultaron al obispo Hesayne en Viedma, al cónsul español de la región y en el Comando V Cuerpo consiguieron un escrito firmado por el general René Azpitarte donde negaba tenerlo detenido. Un par de días después apareció blanqueado en la cárcel bahiense donde lo visitaron cada viernes.

En Rawson su padre le informó que el 24 de septiembre del 77 las autoridades del gobierno criminal decretaron su expulsión. Sus compañeros se alegraron, él no esperaba esa noticia. Trasladado a Caseros lo visitó el cónsul general de España para preparar la documentación que lo sacó del país el 27 de octubre.

“Lo que tenía como proyecto de vida cambió todo”, sentenció.

Si querés saber más de esta historia escuchá a Luis Miguel García Sierra el próximo viernes a las 20 en EL JUICIO DESDE LA CALLE 30.

Publicado el 15/02/2012
"SOÑABA CON ESA NENA"
La tarde del martes terminó con la declaración de Néstor Etcheverri que llegó de Lobería para dar su testimonio como ex colimba en el V Cuerpo de Ejército. Fue convocado en 1976 y destinado tras una breve instrucción al hospital de Evacuación 181 siempre bajo las órdenes del sargento primero Cáceres.

“Al poco tiempo estuvo el golpe que sacaron a la presidenta y nos sacaron del campito”, manifestó. Antes, sus superiores eligieron más de cuatro decenas de soldados y “nos dijeron que íbamos a pertenecer a un equipo de combate contra la subversión” al mando del mayor Ibarra.

Preguntado por otros oficiales con mando recordó a “Casela, el subteniente Maison o Masson algo así, estaba Méndez que le decían el Loco de la Guerra (…) Había otro que llegó después que le habíamos puesto Japonés que era Santamaría o algo así”.

Las funciones eran los controles de ruta y “salidas con oficiales a algunas casas”. Esos operativos se planificaban en el despacho del mayor Ibarra a quien el testigo solía asistir cebándole mate, ordenando o comprándole la botella de ginebra diaria. Por esa labor pudo escuchar algunas conversaciones que dijo no entender y que lo único que recordaba porque le cayó mal “fue cuando decían que les ponían una granada en la mano a los detenidos y les hacían caminar por las paredes”.

Etcheverri afirmó sobre la existencia de un centro clandestino de detención que “se comentaba y hablaba de La Escuelita, pero nunca un soldado podía pasar una tranquera; en un momento llevé la ambulancia hasta esa tranquera y la manejó un oficial después”.

En cuanto a los operativos detalló el que motivó una charla con un periodista de Lobería que le permitió conocer el destino de las víctimas y al hacerse público lo llevó a estar ahora frente a los jueces.

“Habían llevado a una madre dejando a una chiquita sola. Yo entré a la casa porque me llamó un oficial y me dio unos papeles para que lleve. Vi a la chiquita en la cama llorando. Eso me quedó… a la madre al rato la trajeron, abrieron la puerta de la ambulancia y con un soldado la metieron adentro”, comentó sobre el secuestro de Alicia Partnoy y el abandono de su hija Ruth.

El soldado le preguntó a un oficial qué pensaban hacer con la nena y éste le respondió que la iban a dejar con un vecino. “La inquietud mía era que yo nunca más supe qué pasó con la nena, qué pasó con la madre. Durante muchos años me cayó mal, soñaba con esa nena, fue algo que me marcó medio feo”.

Al tiempo Diego Martínez de Página/12 le confirmó que ambas estaban vivas. “Para mí fue un alivio. Dije acá terminé. Creí que estaba muerta la madre y no sabía cómo estaba la nena. Todavía quería contactarme con las Madres de la Plaza de Mayo”.

Según Etcheverri, para estos operativos los vehículos militares siempre estaban preparados, en este caso fueron casi una decena. “Por lo general no iban todos los soldados que estaban en el comando contrasubversión (sic), por ahí llevaban veinte o treinta, por ahí la mitad o menos”. A estos se les sumaban seis o siete suboficiales. Él manejaba la ambulancia. Generalmente “iba Ibarra adelante y había que seguirlo”.

“Cuando me bajé ya habían abierto la puerta, no sé de qué forma, no vi nada roto. A la mujer la trajeron por otro costado, se estaba escapando o… En ese momento creo que venía con poca ropa… uno de ellos la agarró, yo a la mujer no la toqué porque tenía la puerta de la ambulancia. Uno la tocó y decía ‘mirá me quedé con los pelos en la mano”.

Luego “se subieron en la ambulancia y esa mujer se defendió mucho, era difícil de tenerla, tuvieron que hacer mucho esfuerzo. Arrancamos y ella gritaba por las ventanas, gritaba adentro. No estoy seguro pero me parece que pasamos por un lugar, no sé si no era una gomería, un lugar que tuvieron que parar y gritaba la mujer ‘fueron tus padres’ o algo así”.

Carlos Sanabria, marido de Alicia y padre de Ruth, fue secuestrado durante el mismo operativo en su lugar de trabajo –una casa de venta de neumáticos- y llevado junto a su compañera al Batallón 181 y luego a La Escuelita.

El testigo aseguró que los oficiales a veces se reunían en la oficina de Ibarra y salían de noche sin soldados. Sobre los represores Méndez (tan afecto a las granadas como Ibarra a la ginebra), Masson, Casela y Cáceres afirmó que iban a la mayoría de los operativos.

También manejó la ambulancia en la puesta en escena que hicieron los represores para blanquear a parte del grupo de alumnos de la ENET 1 secuestrado a fines del 76 y torturados en La Escuelita.

“Nos llamaron a la cuadra que tenían que ir a los vehículos y salimos sin saber dónde. Era al cementerio, estuvimos ahí y aparecieron unos muchachos como de unos corralones, de un paredón de afuera del cementerio. Eran como catorce o quince. Subieron cuatro o cinco en la ambulancia mía y otros en otros”, declaró y agregó que “de fuerza estaban más o menos, uno me pidió que le sacara la venda, se la fui a sacar y no veía, un oficial me dijo que se la ponga de vuelta”.

No supo si estaban asustados pero al menos uno tenía las cosas bien claras y se lo comentó: “me dijo ‘ellos mismos nos dejaron y ellos nos vienen a buscar’”. Al llegar al hospital militar los bajaron y no supo más de ellos.

Finalmente comentó otro caso donde en “un lugar de una puerta chiquita que alquilaba una pareja” sacaron a un muchacho. Dijo que la novia no estaba o la agarraron después, “resulta ser que el muchacho era de mi ciudad, le habían puesto una bolsa y un casco apretándole la cabeza”. Etcheverri contó que le pidió al suboficial si lo podía sacar de ahí y la respuesta fue negativa.

Cuando le preguntaron si la patota de Ibarra era un lugar para evitar, el testigo dijo que sí y que “lo único que podía pensar en ese momento es que no sabíamos qué pasaba, qué era cierto, qué era mentira, lo que se comentaba, que los agarraban, los torturaban…”.

Mónica Morán y Fitz Roy 137

Antes se presentaron en torno al caso de Mónica Morán de Juan Pedro Udovich, ex trabajador de la empresa fúnebre Bonacorsi y el ex comisario y perito dactiloscópico Enrique Treffinger.

Udovich no recordó los hechos que tuvieron como víctima a la actriz, explicó cómo era su tarea y la relación con la morgue del hospital municipal para la entrega de cadáveres de personas muertas en “enfrentamientos”.

“Me acuerdo que cuando íbamos a retirar los cuerpos las cocheras estaban llenas de militares uniformados. Creo que de la administración del hospital hablaban para atrás para poder retirar el cuerpo”, sostuvo.

El contacto con las autoridades militares o con quienes daban las órdenes lo tenía la administración de la empresa y “cuando iba a retirar el cuerpo uno veía las heridas de bala”. Finalmente el fiscal pidió que se le exhiba un acta donde Udovich declara la muerte de Mónica Morán y el testigo reconoció su firma.

El ex comisario Enrique Treffinger se desempeñaba en 1976 en la División Dactiloscopia de la policía. “Iba a levantar rastros en lugares donde se cometían delitos y revisaba el lugar o documentos que se suponían que tenían impresiones dactilares y lo mandaban para ver si pertenecían a la persona o al documento”.

No recordó haber suscripto un dictamen pericial sobre el caso Morán pero advirtió que “si lo veo puedo decir si fui yo”. El doctor Abel Córdoba solicitó la lectura de las conclusiones del dictamen del 23 de febrero del 87 para corroborar su firma. Treffinger la identificó y culminó con algunas respuestas sobre la metodología de su tarea.

Por los hechos que tuvieron como víctimas a Olga Souto Castillo y Daniel Hidalgo en el edificio de Fitz Roy 137 declaró la profesora Graciela Haydee López quien en 1976 vivía junto a su esposo y su bebé en el tercer departamento del primer piso.

“Una noche cenamos en casa de mi mamá, volvimos y escuchamos gritos, nos pareció una pelea de matrimonio o familiar en el edificio. Inmediatamente sentimos una explosión, me asusté mucho e intenté salir. En el pasillo había un uniformado que nos dijo que volviéramos al departamento”, afirmó.

La familia se encerró en el baño con algunos chiches para entretener al bebé hasta que a “la madrugada nos volvieron a tocar el portero y nos dijeron de evacuar”. Luego la testigo respondió las preguntas de jueces y abogados sobre el panorama que encontró al salir de su casa y al volver días después.
Fuente:JuicioVCuerporEjercitoBB    

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