Año 6. Edición número 255. Domingo 7 de abril de 2013
Por Eduardo Anguita
eanguita@miradasalsur.com
J. N. Lamadrid Mascaró./ C. E. Martínez Mendoza./ K. Derghougassian./ A. Colombo Sierra
La Celac luego del ingreso de Cuba. La identidad regional en la diversidad. Los procesos electorales en Venezuela y Paraguay. Dos embajadores, un analista político y un ex secretario del Mercosur en un debate imprescindible.
–Fue el por entonces presidente Chávez quien hizo la integración de Cuba a la reunión de la Celac que se llevó a cabo en Caracas...
Carlos Eduardo Martínez Mendoza: –Sí. Todos saben los vínculos tan cercanos y la relación histórica, estrecha, que han tenido Venezuela y Cuba. Esa idea del origen de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y de Caribe estaba sustentada, fundamentalmente, en la presencia de Cuba en esa comunidad, en ese organismo de integración. Eso hizo que, no solamente en su creación, Cuba se integrara a la Celac, sino que hoy la presidencia pro tempore la lleve Cuba. Por lo tanto, fue un elemento fundamental para la visión de integración de toda una región.
–Latinoamérica, además de tener, como dijo Daniel Filmus, gobiernos que se parecen cada vez más a sus pueblos, ¿está rompiendo esa brecha espantosa de desigualdad de los años ’90?
C. E. M. M.: –Bueno, yo creo que las estadísticas lo están diciendo. Hoy por hoy, la región pasa a ser la que ha reducido más drásticamente la desigualdad en estos últimos años. Y es un dato interesante. En la última década, todos nosotros, no solamente Venezuela, hemos venido implementando políticas públicas que han estado orientadas fundamentalmente a reducir la pobreza. Esa reducción de pobreza se expresa también en que las políticas públicas están orientadas a que se reduzca la desigualdad. Esa brecha entre pobres y ricos se ha venido reduciendo sustancialmente. Por supuesto, ha habido condicionamientos muy importantes: el surgimiento de un nuevo liderazgo, con una dimensión más social; la lucha frontal para romper las políticas neoliberales de los ’90.
–Cuando uno dice Cuba, recuerda, por ejemplo, la inestimable ayuda de los médicos cubanos cuando ocurrió el terremoto de Haití. Esa ayuda fue posible porque la trayectoria de salud de Cuba, por fuera de los grandes laboratorios del mundo, ha sido de excelencia. Entre otras cosas también por los presupuestos que se destinan a educación y salud en la isla.
José Néstor Lamadrid Mascaró: –Citemos dos aciertos. El del comandante presidente Hugo Chávez Frías cuando dijo, hace unos años, que el siglo XXI era nuestro siglo. Otro, el de la presidenta argentina, Cristina Fernández, cuando recientemente aludió a la década ganada. Esa década, esa primera década del siglo XXI, la primera del tercer milenio, ha significado ese cambio diametral en las condiciones de nuestra región. Que se manifiestan en hitos tan duraderos, tan legítimos, como los que se expresan, por ejemplo, con la creación de Unasur, o con el fortalecimiento de Mercosur, el desarrollo de la Alianza Bolivariana para los pueblos de nuestra América, que ya tiene un logro importante en el comercio internacional, entre sus miembros, con la moneda virtual, el sucre, sustituyendo esa tara que durante décadas nos ha agobiado, que es el patrón dólar. Como resultado de esa comunión, de esos hitos en términos de integración, en una década hemos ganado y recuperado más tiempo, mucho más tiempo del imaginable. La creación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños es el primer gran acercamiento a la verdadera integración, la verdadera unidad de las 33 naciones latinoamericanas y caribeñas, que son las que concitan, efectivamente, los intereses de esta región. En ese contexto, a casi 40 años de aquel pedido de aislamiento en el que Estados Unidos intentó sojuzgar a la Revolución Cubana, comenzó a fenecer. Estamos conmemorando, precisamente, el próximo mes de mayo, los 40 años del restablecimiento de las relaciones entre Cuba y Argentina. El maleficio de ese dictado se disolvía, y en ese rumbo nos encontramos hoy, en esta década ganada, más cerca del objetivo que nunca antes.
Khatchik Derghougassian: –Los números hablan. Sin ninguna duda, la pobreza se ha reducido y, lo más importante, se ha reducido la pobreza estructural. Para traer el ejemplo de Venezuela, del 40%, hoy estamos al 7,3%. Eso es notable. Pero yo tengo dos observaciones como analista. En primer lugar, cuando hablamos de la región y decimos Latinoamérica, el término engaña un poco. No se conocen datos de que en México se haya reducido la pobreza. Tampoco estoy tan seguro en el caso de algunos países de Centroamérica con la continuidad de ciertos modelos persistentes desde los ’90 en adelante. Ahora, ¿cuál es el “secreto” del éxito de los países sudamericanos y, fundamentalmente, de aquellos que se caracterizan por el giro a la izquierda de la última década? Hay dos cuestiones: un factor estructural es el fin, el fracaso del modelo del Consenso de Washington y una visión política de estos gobiernos, que es poner la reducción de la pobreza y la justicia social en la agenda política. Si bien es muy importante, hay una nota de prudencia: nunca hay que decir que hemos logrado el objetivo. Todavía hay mucha pobreza y, estructuralmente, me parece que en esta reformulación de las políticas económicas se debe dar un salto cualitativo hacia una mayor industrialización, hacia una mayor inyección de valor agregado. Todavía estamos muy dependientes de la extracción de los recursos naturales, todavía estamos muy dependientes de un modelo que viene desde el siglo XIX. Y me parece que en la próxima década, la próxima inversión política, económica e intelectual debe ser en ese salto cualitativo, para que acentúe el nuevo modelo. América latina, probablemente, es la única región en el mundo, sin contar China e India, que tiene efectivamente esas políticas de reducción de pobreza, en comparación con otras regiones, incluyendo a Europa, incluyendo a Medio Oriente, a África, y ni hablar de Estados Unidos...
Agustín Colombo Sierra: –En continuación con lo que se ha dicho, yo quisiera ubicar el tema cronológicamente, porque es muy diferente la América latina, en general, de hace 15 años. Mercosur tiene 22 años de iniciado: significa un fin de hipótesis de conflicto y un inicio de eje de cooperación entre Argentina y Brasil, los países más grandes de América del Sur, que en el curso de los primeros años de este siglo han incorporado a Venezuela, primero como observador y desde el año pasado como miembro pleno en proceso de anexión. Ahí estamos teniendo un perfil de América del Sur bastante diferente quizá de algunos países continentales de América Central, por ejemplo, donde la conformación, primero social y política, y después la proximidad con Estados Unidos, y el drama, que tarde o temprano vamos a tener que abordarlo, porque es un problema que no tiene una solución simple, del crimen organizado y el narcotráfico. El narcotráfico es una tragedia que, para abastecer centralmente a los países desarrollados de Estados Unidos y Europa, arranca el camino desde Bolivia o desde el Sur del Perú, pasa por todos los países de América del Sur y corrompe a las fuerzas de seguridad de nuestros países. Los muertos los pone México en cantidad, Colombia después, Brasil después. Esas son las cosas que, al haber injusticia social, posibilitan el desarrollo del crimen. Una de las cosas trágicas que se vivieron en esta catástrofe, con 40 o 50 mil muertos en tres años en México, fue que ese país, luego de la crisis de 2007, como integrante del Nafta, estaba totalmente condicionado a tener su comercio en un 80% con Estados Unidos y Canadá solamente. Esos dos países dejaron de comprarle durante dos años un 30%, que para ellos era la mitad del comercio, y hubo millones de personas desempleadas, una catástrofe social aunque México sea, todavía hoy, el que tiene mayor Producto Bruto per cápita de América latina. Esto ocurre porque tiene un Producto Bruto grande y divide por 110 millones de habitantes. Brasil, que tiene un poco más de Producto Bruto, divide por 210 millones.
–Una pregunta puntual, que me parece imprescindible, a los dos embajadores. El acercamiento de Venezuela a Cuba tuvo un momento extraordinario cuando peligró el gobierno de Chávez. En 2002, Chávez fue secuestrado en un golpe de Estado fallido, que duró unas horas. Me gustaría que ustedes contaran el vínculo que hubo entre Fidel Castro y Hugo Chávez en ese momento crítico.
C. E. M. M.: –Es difícil analizar esto o verlo en términos objetivos de un momento histórico. Es que nosotros hemos tenido realmente una relación permanente con Cuba. Aquí hay otra realidad, nosotros no podemos analizar este contexto si no analizamos todo el ADN que nos viene de herencia, de todos nosotros, que aún cuando nos colocaron a espaldas un pueblo de otro, la realidad es que existían elementos que nos interrelacionaban, y eso había pasado con Cuba. No hay que perder de vista el elemento genético, por un lado: los pueblos originarios de Cuba vinieron desde las costas venezolanas, son caribes. Los caribes no se pueden desvincular de los guaraníes, son guaraníes de origen. O sea, nosotros estamos interrelacionados genéticamente, y eso influye a la hora de las relaciones. Todo lo que fue el proceso de la Guerra Fría nos enfrentó. En el fondo, existían vinculaciones: ¿quién puede dudar de las profundas vinculaciones que tuvo la izquierda venezolana en las décadas del ’50, ’60 y ’70 con todo lo que representaba la Revolución Cubana. Eso, por supuesto, en el momento de llegar el presidente Hugo Chávez Frías al poder, coloca a la necesidad de dar una ruptura fundamental con los dictámenes de Washington y decir “un momento, Cuba es parte de nuestra región”. Esa relación se fue acrecentando, mucho más por la impronta que representaba Fidel Castro desde el punto de vista simbólico. Si ustedes me preguntan qué hombre de América latina es el siglo XX, respondo de inmediato Fidel Castro sin la menor duda. Él representó la orientación de estos nuevos gobiernos, de esta nueva visión de gobiernos que nos unieron. Después, esa unión, esa vinculación ideológica, se fue amalgamando, y se empezó a plantear cómo se expresaba en términos materiales. Allí empezaron a surgir las misiones en Venezuela, todo lo que representó un país que no tenía un sistema de salud pública. Lo hicieron compañeros cubanos: hoy tenemos 26 mil médicos cubanos en Venezuela. No se realizó con la idea de quitarles el trabajo a los médicos venezolanos. Era una forma de decirle “no” a esa visión especulativa y mercantilista que había del médico. Decirle “mira, aquí hay otra forma de expresar lo que la profesión a uno le da”. Además, nos permitió, fundamentalmente, tener una vinculación en materia económica con todo lo que representaba Cuba en un momento dado desde el punto de vista de sus necesidades...
J. N. L. M.: –Adscribo al enfoque de mi colega Carlos Martínez. Recuérdese que, en su primera visita a Venezuela, José Martí, el héroe nacional de Cuba, antes de quitarse el polvo del camino preguntó dónde estaba el monumento de Bolívar para rendirle homenaje. Décadas después, el primer país que visita Fidel Castro con la Revolución Cubana triunfante fue Venezuela, para agradecer todo lo que había hecho en apoyo del proceso revolucionario cubano. Ahí está esa continuidad genética de la que hablaba el embajador y que tiene expresión política en esos gestos y en esa cercanía que existe entre ambos países. Esta conclusión tuvo que liquidar el intento de golpe de Estado de 2002, pasa por estos nuevos tiempos que vivimos y el intercambio muy intenso y muy decisivo que hubo en esas difíciles horas. Pero, al propio tiempo, es reflejo de esta actualidad en donde el factor determinante fue el pueblo venezolano: ahí estaría entonces la esencia de lo que pudieran intercambiar hoy acá, que es la garantía de la continuidad, la conciencia de esos factores económicos mencionados, que son ineludibles y que, aunque siguen siendo difíciles en su manejo por las décadas y siglos de atraso y de inequidad, tienen en este nuevo tiempo un protagonista: los pueblos latinoamericanos y caribeños. Ese fue el factor que yo pondría en la cima. Después podemos poner todo lo demás, pero el pueblo venezolano fue el que decidió la lucha a favor del presidente Chávez en el 2002.
–¿Puede haber organización en Latinoamérica para pensar prioridades de desarrollo y mecanismos financieros que no sean dependientes de la gran banca internacional? Cuando asumió Cristina Fernández de Kirchner estuvieron todos los mandatarios y se habló del Banco del Sur. Hoy, muchos nos preguntamos, ¿qué pasó con el Banco del Sur?
A. C. S.: –Hay que analizar cómo son los mecanismos de financiación que podemos darnos para cosas tan necesarias como encarar proyectos de promoción y desarrollo que no sean necesariamente los que manejan los organismos de crédito internacionales. El Banco del Sur es ese proceso y está en marcha. Hay algunos acuerdos que están dados. Lo que yo recuerdo con claridad de ese diciembre de 2007, cuando yo llevaba este tema de América latina, fue que el hecho político de haber juntado a todos los presidentes de la región para lanzar, en el final del mandato de Néstor Kirchner y el inicio del de Cristina, marcó una señal fortísima. Luego, vinieron las negociaciones de quién pone cuánto, de cómo se fondea un banco. En la región tenemos y hemos tenido algunas dificultades, justamente, por lo que fueron los 10 años previos, por cómo se habían seguido las líneas del Fondo Monetario Internacional, por cómo se fue contribuyendo a la deuda y no al desarrollo. Hay algunos organismos de crédito regionales que están en funcionamiento: la Corporación Andina de Fomento es uno de ellos. Es un banco próspero, le va muy bien y se maneja con exactitud. El propio Mercosur tiene un fondeo de 100 millones de dólares por año, en los cuales Argentina y Brasil ponen, y Paraguay y Uruguay pueden presentar la mayoría de los proyectos, que se llaman Fondos Mercosur o Fondos de Convergencia Estructural. Yo estuve en la administración de esos fondos un par de años, en Uruguay, y es una realidad importante. Hay que ir buscando, me parece, mecanismos de financiación del desarrollo que no sean totalizadores. Porque si uno pretende para una treintena de países un mecanismo único de desarrollo me parece que se nos va a complicar. Estamos casi todos en la misma dirección respecto de 15 años atrás. Pero cada uno de nosotros, en el impulso de reforma social y de reforma política, tiene las idiosincrasias y las particularidades de su proceso político y, por eso, va a participar en los mecanismos económicos y en los mayores acuerdos a los que se pueda llegar. Lo importante es que, hoy por hoy, estamos yendo casi todos en la misma dirección, y en el caso de la Celac, que viene después del Mercosur, fue un eje más atlántico. El ingreso de Venezuela al Mercosur, que fue la Unasur, fue un proyecto para toda América del Sur. Hoy por hoy, con la conducción de la presidencia en manos de Perú, los países del Pacífico están teniendo algunas ideas económicas y comerciales que no son las mismas que las del resto de los países de América. Pero yo confío en la heterogeneidad como una virtud y no como un defecto, porque cada uno de nuestros países tiene sus particularidades y tiene sus proyectos políticos y sus procesos y sus tiempos. Me parece que se está dando esta década ganada en contrapartida a la década perdida, la década de deuda. Recordemos que Perón decía que el año 2000 nos iba a encontrar unidos o dominados. Dos, tres, cinco años después de esa fecha empezamos a sacarnos algunas pautas de dominación cuando nos dimos cuenta de que los mejores amigos que podíamos tener éramos nosotros mismos, y no tanto los europeos o los norteamericanos. Hay un par de hechos que tienen que ver con esta época. Primero, la desatención de Estados Unidos por los desórdenes en los que se metió en el mundo. El fracaso, el fiasco de Irak; antes, meterse en Afganistán y terminar por irse y dejarlo todo peor que cuando empezó. Eso significó que, al ponerse un poco de espaldas a la región, en ese momento, después de la crisis de 2000 y de la devaluación del fin de la década de los ’90 en Brasil, había un desorden económico, social y político en la región que permitió que Kirchner y Lula, en 2003, se dieran cuenta de que tenían que dejar atrás las hipótesis de conflicto, las que nos ponían de espaldas unos contra otros. Y de comprender que el mejor negocio que podíamos tener era ser aliados y socios de nuestros vecinos. Es lo más natural. Luego, se fueron sumando países a ese proceso, pero hay que ser respetuoso de esta heterogeneidad. Si fuera homogéneo, sería un voluntarismo. No todos estamos yendo con las mismas estructuras, con las mismas instituciones, con los mismos mecanismos de financiamiento. Hay grupos que se financian de una manera y, afortunadamente, en la mayoría de los países, los presidentes, como ya se mencionó en ese acierto de Daniel Filmus, se parecen a sus pueblos en esta última década.
K. D.: –En todas partes del mundo hay un reconocimiento de que el modelo del Consenso de Washington ha fracasado, incluyendo los países desarrollados. Claro que no quiere decir que todo el mundo esté en la búsqueda de una alternativa. De hecho, si miramos los países del Norte, ahí se nota como una repetición de las mismas fórmulas para hacer frente a la crisis de 2007-2008. Ahora, en el caso de Estados Unidos, probablemente lo que indican las tendencias es que el país va a salir de la crisis y va a retomar una pauta de crecimiento, porque es un gran país y sigue siendo el número uno, donde el futuro se inventa. No estoy tan seguro en el caso de Europa. Europa va de crisis en crisis, repite siempre las mismas viejas fórmulas. Ahora, en otras partes del mundo hay búsquedas de alternativas. Y en la última reunión de los BRIC, creo que decidieron crear una suerte de banco para poder financiar, o tener una alternativa al financiamiento, del FMI, del Banco Mundial. A mí me parece que el Banco del Sur fue, en este sentido, una visión importante. Me preocupa que el proyecto esté tardando un poco, y entiendo que no es fácil para tantos países tener un solo banco, pero estoy seguro de que el mundo en el siglo XXI va a ser el mundo de las regiones. Estamos lejos de pretender reorganizar la economía mundial en esa ilusión que se generó después de 2007 y 2008, con el G-20 y los nuevos actores. Mejor es concentrarnos en la región, ser una región casi modelo, y después pensar en el mundo. Creo que tenemos todo el potencial para dar un paso más adelante. Me preocupa, eso sí, la demora, el atraso.
C. E. M. M.: –Yo creo que acá lo fundamental es un poco la onda que Colombo planteaba y es que nosotros iniciamos un proceso de integración, una nueva época, que fue la que arrancó hace unos 10 o 12 años, partiendo de la premisa de la existencia de unos mecanismos de integración que ya estaban preexistentes, pero que se habían centrado fundamentalmente en lo comercial, y que había que ir más allá, que había que colocar los caballos por delante de la carreta. Los caballos estaban en el tema de la voluntad política, de las decisiones políticas como elemento conducente de las otras áreas de expresión de poder. Eso, por supuesto, unido al hecho de la necesidad de buscar objetivos sociales, de que todos los mecanismos de integración se tradujeran en beneficios a los pueblos, para que los pueblos vieran materialmente realizado ese proceso de integración. Eso, ¿qué trajo como consecuencia? Que se colocó la voluntad política por delante. Pero, además de eso, tenemos que cambiar el concepto de que sea eminentemente una alianza, o una estructura de integración basada eminentemente en lo comercial y arancelario. Eso es una parte, pero hay que colocar los otros temas que están propiamente en el otro ámbito de la relación. Y entendiendo eso es que se decidió crear nuevas formas de integración. Formas a las que no hay que ver como competidoras unas de otras, como es el tema de Mercosur con Unasur, sino como complementarias. Hay que ver la integración, esta integración que hemos podido construir hasta hoy, como un sistema de integración que tiene una serie de subsistemas que no compiten, sino que se integran. El otro elemento fundamental es entender las asimetrías. Y partiendo de la base de ellas, hay que buscar mecanismos que las reduzcan de alguna manera. Eso también se logró: allí se ve cómo Mercosur hoy puede estar interactuando. El caso de la utilización de los Fondos de Convergencia Estructural también tiene que ver con eso. Y, posteriormente, ir conociendo y abriendo los espacios donde somos más vulnerables. Sobre todo, cómo partir de una realidad existente, que es que no somos todos los gobiernos de una unificación ideológica, si bien hay un gran peso de los gobiernos progresistas de izquierda. Entonces, evaluar cómo, dentro de la propia diversidad, coordinar los tiempos de poner en práctica políticas que no son iguales entre un país y otro. O sea, hay un problema de tiempo y de espacio. Eso llevó a que sobre esa base se tuviera la voluntad política de ir construyendo, entendiendo esa realidad. En el plano financiero es lo mismo. Yo fui testigo de la creación del Banco del Sur. Regresamos de la toma de posesión de Néstor Kirchner y nos montamos en un avión. Yo era secretario de Presidencia en ese momento. Y me anotó en una servilletita “llamame a Nelson”, nuestro ministro de Finanzas que es actualmente presidente del Banco Central. “Tenemos que crear un mecanismo para ver cómo nos quitamos de encima el tema de la deuda”, escribió. Y Chávez decía, “coño, los mecanismos del capitalismo perverso”.
–¿Esto ocurrió cuando asumió Néstor Kirchner en 2003?
C. E. M. M.: –2003. Y empezó a dibujar y escribir en una servilleta: “¿Y si nos empezamos a comprar la deuda uno con otro?, ¿qué vamos a hacer, qué está pasando con las reservas nuestras?, ¿darán las reservas posibilidades de la creación de un banco?”. Sabíamos que no íbamos a derrotar el capitalismo en ese momento, pero sí que el capitalismo, él mismo, se caería poco a poco. ¿Cuánto es el tiempo: 10 años, 20 años, 100 años? No lo sabemos, porque tiene una gran capacidad de regeneración, pero ese es otro tema de discusión. El tema era cómo podíamos sobrevivir nosotros. Eso puso en escena que uno de los problemas que teníamos era estar dependiendo de un sistema financiero. Ahí surgió la idea del Banco del Sur. Y comenzamos a hablar: “Mira, que aquí hay que, en algún momento, crear nuestras propias calificadoras de riesgo. No es posible que a mí me califique el riesgo país una institución que depende de quienes compiten conmigo. Qué debemos hacer con los arbitrajes internacionales, cuál es el diseño de la jurisprudencia internacional en materia mercantil cuando los Estados tienen que negociar con empresas, y surgen controversias o diferencias. Dónde está la propia entidad que permita resolver nuestras controversias”. Todas esas cosas se pusieron en el tapete. El presidente Chávez, creativo como siempre, pensando en el mariscal, escribió “Sucre”. Pero, en el fondo, ¿saben qué quiere decir Sucre? Sistema Unificado de Compensación Regional Económica. Ese proceso se está dando. Ahora, hay que entender la dinámica. Hasta el año pasado se dieron pasos importantes, como la integración de nuevos países. Recuerden que había la necesidad de que los propios congresos nuestros aprobaran el ingreso al Banco del Sur. Yo creo, y estoy seguro, que el Banco del Sur, tarde o temprano, será una realidad. Seamos comprensivos, hay idas y vueltas, pero se hará. Claro, si bien es cierto que, a nivel regional, la desigualdad no ha sido con resultados óptimos en todos los países, hay una realidad que indica que vamos por el buen camino. Hoy los datos estadísticos que te pueden dar de reducción de pobreza son optimistas. Hasta en Centroamérica, con gobiernos que no tienen nada de progresistas, pero que han entendido la necesidad por la propia presión del surgimiento de estos liderazgos que se parecen más a sus pueblos, han tenido la necesidad de adecuar sus políticas públicas y trabajar sobre la base de los objetivos fundamentales. La reducción de la pobreza es un objetivo fundamental. La diversificación productiva es otro. Yo sueño que, algún día, Suramérica, el continente, resuelva sus asimetrías. No estoy hablando de una ilusión, de una utopía. Nosotros necesitamos, obligatoriamente, ir trabajando sobre un plan de industrialización regional que inevitablemente reducirá las asimetrías existentes. Podrán decir que es una locura, que es muy difícil. Pero yo creo que tenemos la capacidad de hacerlo. Tenemos el 35% de los recursos naturales del planeta. Tenemos, como nuestro mayor capital, los recursos humanos, unas sociedades que vienen creciendo sustancialmente, que vienen mejorando sus condiciones de vida. Yo creo que esos dos objetivos son los que hay que trabajar en esta próxima década, y seguir profundizando. Pero para eso es necesario el sostenimiento de gobiernos que se parezcan a sus pueblos.
J. N. L. M.: –Yo quisiera insistir en algo. Si, por una parte, la Celac es el ejercicio más genuino en términos de soberanía, igualdad y desarrollo, la estrategia debe estar, efectivamente, en la unidad dentro de la diversidad. Los métodos que tuvo que aplicar, por ejemplo, mi país, Cuba, para liberarse de ese neocolonialismo asfixiante no son definitivamente los métodos actuales. Hay otras experiencias enriquecedoras, extraordinariamente aportadoras, sobre todo, de resultados. De resultados en estos temas que efectivamente son los esenciales, donde se concentran los retos. El proyecto nacional y popular con inclusión social de la Argentina, el proyecto Hambre Cero de Brasil, la revolución ciudadana ecuatoriana dirigida directamente a disminuir esos asfixiantes e insoportables índices de pobreza, de miseria y de insalubridad. Las propias organizaciones en otros países centroamericanos, también, aunque con otras características. La próxima víctima de ese implacable flagelo del narcotráfico, ya devastado México, es Centroamérica, si no lo es ya, algo que realmente es descorazonador. Nos une, nos estimula y nos compromete el futuro que tenemos por delante y que debemos garantizar. Con esos proyectos, nosotros podríamos acercarnos a esos escenarios de acciones conjuntas, de carácter estratégico, que perfectamente pueden hacer valer esas ventajas que tenemos en estos momentos en Latinoamérica y el Caribe nuestros, que difieren por completo de las desventajas que en otras regiones del mundo se enseñorean.
A. C. S.: –Yo quería hacer un comentario a los comentarios, porque es muy interesante lo que se ha dicho sobre la focalización y el direccionamiento de los esfuerzos. Esos esfuerzos tienen que ir hacia lo social para que la gente se sienta partícipe de los procesos de integración porque, si no, lo sentirían como una cuestión de burócratas que hacen reuniones.
C. E. M. M.: –O de empresarios…
A. C. S.: –Exacto, exacto, o de empresarios. Exactamente. Pero, fíjense ustedes, que lo que acaba de decir Jorge es central. En la medida en que nosotros tengamos la posibilidad de producir lo nuestro y agregarle mayor valor, que tengamos miles y miles de ingenieros y técnicos más en la región, vamos a ser menos dependientes de las potencias. Coincido, Estados Unidos va a seguir siendo el número uno del mundo por unos cuantos años más, más allá de la importancia de China y del comercio y de todo lo que vaya a pasar en los próximos 20 o 30 años. Estados Unidos es el número uno porque es el número uno militar, económica y tecnológicamente. Es el dueño del conocimiento. Entonces, con la formación regional, tendremos una posibilidad de hacernos un poco más fuertes, un poco más autónomos.
J. N. L. M.: –El futuro es nuestro. Sin dudas. Hay una enorme capacidad, aunque los retos son todavía mayores. Pero esa capacidad es incuestionable, y la conciencia plena de tenerla es el mejor posicionamiento para enfrentar los enormes retos que tenemos. Las ventajas, insisto, están todas a nuestro favor, no cabe duda.
K. D.: –Hablando de Cuba y su integración al resto de las Américas, yo creo que en los ’90, inmediatamente después de la Guerra Fría, Estados Unidos y la administración de Clinton tenían una excelente oportunidad para terminar con esa absurda política de bloqueo. Decidieron no hacerlo en un momento particularmente difícil que atravesaba Cuba. Lo intentaron hacer a fines del segundo mandato de Clinton pero con la propia característica de la democracia estadounidense, donde hay grupos marcadamente anticastristas. Y se opusieron. Después de 2001, a partir del ’98 si pensamos en la elección de Chávez, vino el giro a la izquierda de Suramérica. Y esta fue la oportunidad para efectivamente reincorporar a Cuba en la gran familia latinoamericana. Fue un comienzo. Y yo voy a decir que mi esperanza es que, algún día, alguien en Washington, algún progresista, si podemos esperar esto, piense en Cuba como un país hermano. Obama, en un principio, levantó estas expectativas. Hasta el presidente Chávez, en su momento, le regaló un libro de Galeano, nada menos que Las venas abiertas de América latina. Una manera de decirle “miren qué es lo que nosotros pensamos, entiéndannos”. Ése fue el mensaje. No era una enemistad.
C. E. M. M.: –“Interprétennos”, quería decir…
K. D.: –Estoy seguro de que, con una política concertada latinoamericana, Cuba va a volver.
A. C. S.: –Quisiera hacer una cortísima referencia al presidente Chávez y al movimiento que va a seguir con Nicolás Maduro cuando gane las elecciones. Las veces que Chávez vino a la Argentina, que fueron muchas, lo mostraron como una persona muy curiosa por la historia nacional. Yo dudo de que haya muchos argentinos que supieran tanto de Perón, de Savio, de Mosconi, de todo el proceso industrializador argentino, como el presidente Chávez. Era un argentino más, un amigo de nuestro país, un compañero que ayudó en el momento que se necesitó financiación, que se necesitó combustible o que se necesitó energía. Y en ese punto entendió claramente cuál era su rol: sumarse al Mercosur y tener en población y producto el 80% de América del Sur entre los países que estamos. Así que todo lo que él hizo fue para seguir creciendo. En su homenaje, tenemos que manejarnos con criterio y no apresurar los procesos.
C. E. M. M.: –Es cierto. Chávez tenía un profundo amor para con América latina y el Caribe, y un corazoncito muy especial hacia la Argentina y hacia Colombia, un dato nada menor: lo tenía muy en su pensamiento. Recuerdo una vez, cuando ni remotamente se pensaba en esta corriente de integración, allá por 2001 o 2002, una noche, tarde, sentado frente a un mapa, me dijo: “Carlos, el camino de la integración ahora viene por el Atlántico, no por el Pacífico. El eje Caracas-Brasilia-Buenos Aires es importante. Y va a tener un peso importante en el devenir”. Y, bueno, por allí caminamos. Hoy estamos haciendo honor a su pensamiento, a su obra, a su acción. Sigue siendo nuestro máximo líder de la Revolución Bolivariana. Hoy no le estamos planteando nada nuevo al país, le estamos planteando el Plan de la Patria que el propio Hugo Chávez Frías conformó y diseñó para el período 2013-2019, y que hoy está representado por el compañero Nicolás Maduro, presidente en funciones ahora, y sobre el cual no tenemos la más mínima duda que el pueblo lo va a ratificar el próximo 14 de abril en las urnas, dándole un voto de confianza a la Revolución. Ahora bien, ¿cuáles son los retos fundamentales? Primero, la posibilidad de profundizar aún más la democracia popular que en Venezuela se ha venido llevando. Con ese objetivo, cumpliremos los otros: reducir la pobreza, diversificarnos productivamente, ver la integración y ver a Mercosur como una oportunidad de inserción en el continente para forzar las capacidades productivas. Y, en ese sentido, vamos a ir trabajando por la justicia social sumando el esfuerzo importante de todos los polos patrióticos, no solamente el Partido Socialista Unido, al cual yo pertenezco, sino de las diferentes fuerzas que apoyan. La perspectiva de la política exterior venezolana y la visión de integración siguen intactas. De ahí no nos vamos a mover, y seguiremos cooperando y seguiremos viendo a los gobiernos hermanos no solamente como una relación de países, sino como una alianza verdadera y fraternal que nos permita enfrentar los retos del futuro con éxito.
J. N. L. M: –Yo añadiría que, en términos de región, ya tenemos la capacidad y los mecanismos creados. Los retos son enormes, insisto, pero la contribución mayor que esa potencia extrarregional podría y debería ser, es reconocer ese patrimonio regional que tenemos, porque Estados Unidos nunca ha sido presidente de nada en esta región, salvo a costa de la imposición, de la intervención y de la fuerza. Y Cuba, en estos momentos, es nada menos que presidente pro tempore de la Celac, elegida por sus 33 miembros por unanimidad. Miren qué contraste y qué aporte importante podría dar, efectivamente, Estados Unidos a que estos procesos fueran más viables en el tiempo y en el alcance.
Fuente:MiradasalSur

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