21 de julio de 2013

ESPIONAJE.

No se equivocó Snowden al huir de los EE. UU.
por Daniel Ellsberg
Daniel Ellsberg (1931), legendario activista de derechos civiles, se hizo célebre por haber filtrado en 1971 al New York Times los llamados Papeles del Pentágono, que revelaban la implicación de los Estados Unidos en Vietnam. Doctor en Economía por Harvard, es también conocido por la llamada “paradoja de Ellsberg” en el ámbito de la teoría matemática de la decisión.
Martes, 16 de Julio de 2013 
Mucha gente compara desfavorablemente a Edward Snowden conmigo por haber abandonado el país y solicitar asilo, en lugar de afrontar su juicio como hice yo. El

Daniel Ellsberg, autor de Secrets: A Memoir of Vietnam and the Pentagon Papers, fue acusado en 1971 de infringir la Ley de Espionaje, así como de robo y conspiración, por fotocopiar los llamados Papeles del Pentágono. El juicio se invalidó en 1971 después de que se presentaran pruebas ante el tribunal de la conducta dolosa del gobierno norteamericano, incluyendo pinchazos telefónicos ilegales.    

Mucha gente compara desfavorablemente a Edward Snowden conmigo por haber abandonado el país y solicitar asilo, en lugar de afrontar su juicio como hice yo. El país en el que yo me quedé era una Norteamérica diferente, hace mucho tiempo.

Después de que al New York Times se le impidiera publicar los Papeles del Pentágono — el 15 de junio de 1971, la primera censura previa de un periódico en la historia norteamericana — y yo hubiera entregado otra copia al Washington Post (al que también se le prohibiría su publicación), pasé a la clandestinidad con mi mujer, Patricia, durante trece días. Mi objetivo (bastante semejante al de Snowden al viajar a Hong Kong) consistía en eludir la vigilancia mientras preparaba — con la ayuda crucial de una serie de personas, todavía desconocidas para el FBI — la distribución secuencial de los Papeles del Pentágono a otros 17 periódicos, a la vista de dos prohibiciones más. Los últimos tres días de ese periodo transcurrieron a despecho de una orden de detención: al igual que hoy Snowden, fui un  “fugitivo de la justicia”.

Sin embargo, cuando yo me entregué para ser detenido en Boston, después de haber dado salida a las últimas copias de los papeles en mi poder la noche anterior, quedé en libertad bajo fianza ese mismo día. Posteriormente, cuando se agravaron las acusaciones en mi contra, pasando de los tres cargos iniciales a una docena, lo cual conllevaba una posible sentencia de 115 años, mi fianza aumentó hasta los 50.000 dólares. Pero durante los dos años en que estuve procesado, tuve libertad para hablar con la prensa y en mítines y conferencias públicas. Al fin  y al cabo, formaba parte de un movimiento contrario a una guerra todavía en curso.  Ayudar a que esa guerra concluyera era mi preocupación más sobresaliente. No podría haberlo conseguido desde el extranjero, y nunca se me pasó por la cabeza marcharme del país.  

No hay la más mínima posibilidad de que esa experiencia se repita hoy en día, y no digamos ya que un juicio pudiera darse por finalizado al revelarse acciones de la Casa Blanca contra un acusado que eran claramente criminales en la era de Richard Nixon — y tuvieron su parte en su dimisión antes de afrontar su impugnación (“impeachment”) —, pero se consideran todas legales hoy en día (incluido el intento de “incapacitarme totalmente”).

Tengo la esperanza de que las revelaciones de Snowden desencadenen un movimiento que rescate nuestra democracia, pero él no podría formar parte de ese movimiento de haberse quedado aquí. Son nulas las posibilidades de que se le dejase en libertad bajo fianza si volviese ahora y casi nulas las de que, de no haberse marchado del país, se le hubiese concedido la libertad bajo fianza. Por el contrario, estaría en una celda penitenciaria como Bradley Manning, incomunicado.  

Quedaría confinado en total aislamiento, más largo incluso que el sufrido por Manning durante sus tres años de encarcelamiento antes del inicio, recientemente, de su juicio. El Relator Especial sobre Tortura de las Naciones Unidas describió las condiciones de Manning como “crueles, inhumanas y degradantes” (esta perspectiva realista sería fundamento como para que la mayoría de países le concedieran a Snowden asilo, siempre que pudieran resistir la intimidación y el soborno por parte de los Estados Unidos).

Snowden cree que no ha hecho nada malo. Estoy absolutamente de acuerdo. Más de 40 años después de la publicación sin permiso de los Papeles del Pentágono por mi parte, esas filtraciones siguen siendo la sangre vital de una prensa libre y de nuestra república. Una de las lecciones de los Papeles del Pentágono y de las filtraciones de Snowden es sencilla: el secretismo corrompe, igual que corrompe el poder.  

Daniel Ellsberg (1931), legendario activista de derechos civiles, se hizo célebre por haber filtrado en 1971 al New York Times los llamados Papeles del Pentágono, que revelaban la implicación de los Estados Unidos en Vietnam. Doctor en Economía por Harvard, es también conocido por la llamada “paradoja de Ellsberg” en el ámbito de la teoría matemática de la decisión.
Traducción para www.sinpermiso.info. Lucas Antón

 http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=6152

Daniel Ellsberg, autor de Secrets: A Memoir of Vietnam and the Pentagon Papers, fue acusado en 1971 de infringir la Ley de Espionaje, así como de robo y conspiración, por fotocopiar los llamados Papeles del Pentágono. El juicio se invalidó en 1971 después de que se presentaran pruebas ante el tribunal de la conducta dolosa del gobierno norteamericano, incluyendo pinchazos telefónicos ilegales.    
Mucha gente compara desfavorablemente a Edward Snowden conmigo por haber abandonado el país y solicitar asilo, en lugar de afrontar su juicio como hice yo. El país en el que yo me quedé era una Norteamérica diferente, hace mucho tiempo.

Después de que al New York Times se le impidiera publicar los Papeles del Pentágono — el 15 de junio de 1971, la primera censura previa de un periódico en la historia norteamericana — y yo hubiera entregado otra copia al Washington Post (al que también se le prohibiría su publicación), pasé a la clandestinidad con mi mujer, Patricia, durante trece días. Mi objetivo (bastante semejante al de Snowden al viajar a Hong Kong) consistía en eludir la vigilancia mientras preparaba — con la ayuda crucial de una serie de personas, todavía desconocidas para el FBI — la distribución secuencial de los Papeles del Pentágono a otros 17 periódicos, a la vista de dos prohibiciones más. Los últimos tres días de ese periodo transcurrieron a despecho de una orden de detención: al igual que hoy Snowden, fui un  “fugitivo de la justicia”.

Sin embargo, cuando yo me entregué para ser detenido en Boston, después de haber dado salida a las últimas copias de los papeles en mi poder la noche anterior, quedé en libertad bajo fianza ese mismo día. Posteriormente, cuando se agravaron las acusaciones en mi contra, pasando de los tres cargos iniciales a una docena, lo cual conllevaba una posible sentencia de 115 años, mi fianza aumentó hasta los 50.000 dólares. Pero durante los dos años en que estuve procesado, tuve libertad para hablar con la prensa y en mítines y conferencias públicas. Al fin  y al cabo, formaba parte de un movimiento contrario a una guerra todavía en curso.  Ayudar a que esa guerra concluyera era mi preocupación más sobresaliente. No podría haberlo conseguido desde el extranjero, y nunca se me pasó por la cabeza marcharme del país.  

No hay la más mínima posibilidad de que esa experiencia se repita hoy en día, y no digamos ya que un juicio pudiera darse por finalizado al revelarse acciones de la Casa Blanca contra un acusado que eran claramente criminales en la era de Richard Nixon — y tuvieron su parte en su dimisión antes de afrontar su impugnación (“impeachment”) —, pero se consideran todas legales hoy en día (incluido el intento de “incapacitarme totalmente”).

Tengo la esperanza de que las revelaciones de Snowden desencadenen un movimiento que rescate nuestra democracia, pero él no podría formar parte de ese movimiento de haberse quedado aquí. Son nulas las posibilidades de que se le dejase en libertad bajo fianza si volviese ahora y casi nulas las de que, de no haberse marchado del país, se le hubiese concedido la libertad bajo fianza. Por el contrario, estaría en una celda penitenciaria como Bradley Manning, incomunicado.  

Quedaría confinado en total aislamiento, más largo incluso que el sufrido por Manning durante sus tres años de encarcelamiento antes del inicio, recientemente, de su juicio. El Relator Especial sobre Tortura de las Naciones Unidas describió las condiciones de Manning como “crueles, inhumanas y degradantes” (esta perspectiva realista sería fundamento como para que la mayoría de países le concedieran a Snowden asilo, siempre que pudieran resistir la intimidación y el soborno por parte de los Estados Unidos).

Snowden cree que no ha hecho nada malo. Estoy absolutamente de acuerdo. Más de 40 años después de la publicación sin permiso de los Papeles del Pentágono por mi parte, esas filtraciones siguen siendo la sangre vital de una prensa libre y de nuestra república. Una de las lecciones de los Papeles del Pentágono y de las filtraciones de Snowden es sencilla: el secretismo corrompe, igual que corrompe el poder.  

Daniel Ellsberg (1931), legendario activista de derechos civiles, se hizo célebre por haber filtrado en 1971 al New York Times los llamados Papeles del Pentágono, que revelaban la implicación de los Estados Unidos en Vietnam. Doctor en Economía por Harvard, es también conocido por la llamada “paradoja de Ellsberg” en el ámbito de la teoría matemática de la decisión.
Traducción para www.sinpermiso.info. Lucas Antón
 http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=6152


Mucha gente compara desfavorablemente a Edward Snowden conmigo por haber abandonado el país y solicitar asilo, en lugar de afrontar su juicio como hice yo. El país en el que yo me quedé era una Norteamérica diferente, hace mucho tiempo.
Después de que al New York Times se le impidiera publicar los Papeles del Pentágono — el 15 de junio de 1971, la primera censura previa de un periódico en la historia norteamericana — y yo hubiera entregado otra copia al Washington Post (al que también se le prohibiría su publicación), pasé a la clandestinidad con mi mujer, Patricia, durante trece días. Mi objetivo (bastante semejante al de Snowden al viajar a Hong Kong) consistía en eludir la vigilancia mientras preparaba — con la ayuda crucial de una serie de personas, todavía desconocidas para el FBI — la distribución secuencial de los Papeles del Pentágono a otros 17 periódicos, a la vista de dos prohibiciones más. Los últimos tres días de ese periodo transcurrieron a despecho de una orden de detención: al igual que hoy Snowden, fui un  “fugitivo de la justicia”.

Sin embargo, cuando yo me entregué para ser detenido en Boston, después de haber dado salida a las últimas copias de los papeles en mi poder la noche anterior, quedé en libertad bajo fianza ese mismo día. Posteriormente, cuando se agravaron las acusaciones en mi contra, pasando de los tres cargos iniciales a una docena, lo cual conllevaba una posible sentencia de 115 años, mi fianza aumentó hasta los 50.000 dólares. Pero durante los dos años en que estuve procesado, tuve libertad para hablar con la prensa y en mítines y conferencias públicas. Al fin  y al cabo, formaba parte de un movimiento contrario a una guerra todavía en curso.  Ayudar a que esa guerra concluyera era mi preocupación más sobresaliente. No podría haberlo conseguido desde el extranjero, y nunca se me pasó por la cabeza marcharme del país.  

No hay la más mínima posibilidad de que esa experiencia se repita hoy en día, y no digamos ya que un juicio pudiera darse por finalizado al revelarse acciones de la Casa Blanca contra un acusado que eran claramente criminales en la era de Richard Nixon — y tuvieron su parte en su dimisión antes de afrontar su impugnación (“impeachment”) —, pero se consideran todas legales hoy en día (incluido el intento de “incapacitarme totalmente”).

Tengo la esperanza de que las revelaciones de Snowden desencadenen un movimiento que rescate nuestra democracia, pero él no podría formar parte de ese movimiento de haberse quedado aquí. Son nulas las posibilidades de que se le dejase en libertad bajo fianza si volviese ahora y casi nulas las de que, de no haberse marchado del país, se le hubiese concedido la libertad bajo fianza. Por el contrario, estaría en una celda penitenciaria como Bradley Manning, incomunicado.  

Quedaría confinado en total aislamiento, más largo incluso que el sufrido por Manning durante sus tres años de encarcelamiento antes del inicio, recientemente, de su juicio. El Relator Especial sobre Tortura de las Naciones Unidas describió las condiciones de Manning como “crueles, inhumanas y degradantes” (esta perspectiva realista sería fundamento como para que la mayoría de países le concedieran a Snowden asilo, siempre que pudieran resistir la intimidación y el soborno por parte de los Estados Unidos).

Snowden cree que no ha hecho nada malo. Estoy absolutamente de acuerdo. Más de 40 años después de la publicación sin permiso de los Papeles del Pentágono por mi parte, esas filtraciones siguen siendo la sangre vital de una prensa libre y de nuestra república. Una de las lecciones de los Papeles del Pentágono y de las filtraciones de Snowden es sencilla: el secretismo corrompe, igual que corrompe el poder.  

Daniel Ellsberg (1931), legendario activista de derechos civiles, se hizo célebre por haber filtrado en 1971 al New York Times los llamados Papeles del Pentágono, que revelaban la implicación de los Estados Unidos en Vietnam. Doctor en Economía por Harvard, es también conocido por la llamada “paradoja de Ellsberg” en el ámbito de la teoría matemática de la decisión.
Traducción para www.sinpermiso.info. Lucas Antón
 http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=6152


Después de que al New York Times se le impidiera publicar los Papeles del Pentágono — el 15 de junio de 1971, la primera censura previa de un periódico en la historia norteamericana — y yo hubiera entregado otra copia al Washington Post (al que también se le prohibiría su publicación), pasé a la clandestinidad con mi mujer, Patricia, durante trece días. Mi objetivo (bastante semejante al de Snowden al viajar a Hong Kong) consistía en eludir la vigilancia mientras preparaba — con la ayuda crucial de una serie de personas, todavía desconocidas para el FBI — la distribución secuencial de los Papeles del Pentágono a otros 17 periódicos, a la vista de dos prohibiciones más. Los últimos tres días de ese periodo transcurrieron a despecho de una orden de detención: al igual que hoy Snowden, fui un  “fugitivo de la justicia”.
Sin embargo, cuando yo me entregué para ser detenido en Boston, después de haber dado salida a las últimas copias de los papeles en mi poder la noche anterior, quedé en libertad bajo fianza ese mismo día. Posteriormente, cuando se agravaron las acusaciones en mi contra, pasando de los tres cargos iniciales a una docena, lo cual conllevaba una posible sentencia de 115 años, mi fianza aumentó hasta los 50.000 dólares. Pero durante los dos años en que estuve procesado, tuve libertad para hablar con la prensa y en mítines y conferencias públicas. Al fin  y al cabo, formaba parte de un movimiento contrario a una guerra todavía en curso.  Ayudar a que esa guerra concluyera era mi preocupación más sobresaliente. No podría haberlo conseguido desde el extranjero, y nunca se me pasó por la cabeza marcharme del país.  

No hay la más mínima posibilidad de que esa experiencia se repita hoy en día, y no digamos ya que un juicio pudiera darse por finalizado al revelarse acciones de la Casa Blanca contra un acusado que eran claramente criminales en la era de Richard Nixon — y tuvieron su parte en su dimisión antes de afrontar su impugnación (“impeachment”) —, pero se consideran todas legales hoy en día (incluido el intento de “incapacitarme totalmente”).

Tengo la esperanza de que las revelaciones de Snowden desencadenen un movimiento que rescate nuestra democracia, pero él no podría formar parte de ese movimiento de haberse quedado aquí. Son nulas las posibilidades de que se le dejase en libertad bajo fianza si volviese ahora y casi nulas las de que, de no haberse marchado del país, se le hubiese concedido la libertad bajo fianza. Por el contrario, estaría en una celda penitenciaria como Bradley Manning, incomunicado.  

Quedaría confinado en total aislamiento, más largo incluso que el sufrido por Manning durante sus tres años de encarcelamiento antes del inicio, recientemente, de su juicio. El Relator Especial sobre Tortura de las Naciones Unidas describió las condiciones de Manning como “crueles, inhumanas y degradantes” (esta perspectiva realista sería fundamento como para que la mayoría de países le concedieran a Snowden asilo, siempre que pudieran resistir la intimidación y el soborno por parte de los Estados Unidos).

Snowden cree que no ha hecho nada malo. Estoy absolutamente de acuerdo. Más de 40 años después de la publicación sin permiso de los Papeles del Pentágono por mi parte, esas filtraciones siguen siendo la sangre vital de una prensa libre y de nuestra república. Una de las lecciones de los Papeles del Pentágono y de las filtraciones de Snowden es sencilla: el secretismo corrompe, igual que corrompe el poder.  

Daniel Ellsberg (1931), legendario activista de derechos civiles, se hizo célebre por haber filtrado en 1971 al New York Times los llamados Papeles del Pentágono, que revelaban la implicación de los Estados Unidos en Vietnam. Doctor en Economía por Harvard, es también conocido por la llamada “paradoja de Ellsberg” en el ámbito de la teoría matemática de la decisión.
Traducción para www.sinpermiso.info. Lucas Antón
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=6152


Sin embargo, cuando yo me entregué para ser detenido en Boston, después de haber dado salida a las últimas copias de los papeles en mi poder la noche anterior, quedé en libertad bajo fianza ese mismo día. Posteriormente, cuando se agravaron las acusaciones en mi contra, pasando de los tres cargos iniciales a una docena, lo cual conllevaba una posible sentencia de 115 años, mi fianza aumentó hasta los 50.000 dólares. Pero durante los dos años en que estuve procesado, tuve libertad para hablar con la prensa y en mítines y conferencias públicas. Al fin  y al cabo, formaba parte de un movimiento contrario a una guerra todavía en curso.  Ayudar a que esa guerra concluyera era mi preocupación más sobresaliente. No podría haberlo conseguido desde el extranjero, y nunca se me pasó por la cabeza marcharme del país.
No hay la más mínima posibilidad de que esa experiencia se repita hoy en día, y no digamos ya que un juicio pudiera darse por finalizado al revelarse acciones de la Casa Blanca contra un acusado que eran claramente criminales en la era de Richard Nixon — y tuvieron su parte en su dimisión antes de afrontar su impugnación (“impeachment”) —, pero se consideran todas legales hoy en día (incluido el intento de “incapacitarme totalmente”).

Tengo la esperanza de que las revelaciones de Snowden desencadenen un movimiento que rescate nuestra democracia, pero él no podría formar parte de ese movimiento de haberse quedado aquí. Son nulas las posibilidades de que se le dejase en libertad bajo fianza si volviese ahora y casi nulas las de que, de no haberse marchado del país, se le hubiese concedido la libertad bajo fianza. Por el contrario, estaría en una celda penitenciaria como Bradley Manning, incomunicado.  

Quedaría confinado en total aislamiento, más largo incluso que el sufrido por Manning durante sus tres años de encarcelamiento antes del inicio, recientemente, de su juicio. El Relator Especial sobre Tortura de las Naciones Unidas describió las condiciones de Manning como “crueles, inhumanas y degradantes” (esta perspectiva realista sería fundamento como para que la mayoría de países le concedieran a Snowden asilo, siempre que pudieran resistir la intimidación y el soborno por parte de los Estados Unidos).

Snowden cree que no ha hecho nada malo. Estoy absolutamente de acuerdo. Más de 40 años después de la publicación sin permiso de los Papeles del Pentágono por mi parte, esas filtraciones siguen siendo la sangre vital de una prensa libre y de nuestra república. Una de las lecciones de los Papeles del Pentágono y de las filtraciones de Snowden es sencilla: el secretismo corrompe, igual que corrompe el poder.  

Daniel Ellsberg (1931), legendario activista de derechos civiles, se hizo célebre por haber filtrado en 1971 al New York Times los llamados Papeles del Pentágono, que revelaban la implicación de los Estados Unidos en Vietnam. Doctor en Economía por Harvard, es también conocido por la llamada “paradoja de Ellsberg” en el ámbito de la teoría matemática de la decisión.
Traducción para www.sinpermiso.info. Lucas Antón
 http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=6152



No hay la más mínima posibilidad de que esa experiencia se repita hoy en día, y no digamos ya que un juicio pudiera darse por finalizado al revelarse acciones de la Casa Blanca contra un acusado que eran claramente criminales en la era de Richard Nixon — y tuvieron su parte en su dimisión antes de afrontar su impugnación (“impeachment”) —, pero se consideran todas legales hoy en día (incluido el intento de “incapacitarme totalmente”).
Tengo la esperanza de que las revelaciones de Snowden desencadenen un movimiento que rescate nuestra democracia, pero él no podría formar parte de ese movimiento de haberse quedado aquí. Son nulas las posibilidades de que se le dejase en libertad bajo fianza si volviese ahora y casi nulas las de que, de no haberse marchado del país, se le hubiese concedido la libertad bajo fianza. Por el contrario, estaría en una celda penitenciaria como Bradley Manning, incomunicado.  

Quedaría confinado en total aislamiento, más largo incluso que el sufrido por Manning durante sus tres años de encarcelamiento antes del inicio, recientemente, de su juicio. El Relator Especial sobre Tortura de las Naciones Unidas describió las condiciones de Manning como “crueles, inhumanas y degradantes” (esta perspectiva realista sería fundamento como para que la mayoría de países le concedieran a Snowden asilo, siempre que pudieran resistir la intimidación y el soborno por parte de los Estados Unidos).

Snowden cree que no ha hecho nada malo. Estoy absolutamente de acuerdo. Más de 40 años después de la publicación sin permiso de los Papeles del Pentágono por mi parte, esas filtraciones siguen siendo la sangre vital de una prensa libre y de nuestra república. Una de las lecciones de los Papeles del Pentágono y de las filtraciones de Snowden es sencilla: el secretismo corrompe, igual que corrompe el poder.  

Daniel Ellsberg (1931), legendario activista de derechos civiles, se hizo célebre por haber filtrado en 1971 al New York Times los llamados Papeles del Pentágono, que revelaban la implicación de los Estados Unidos en Vietnam. Doctor en Economía por Harvard, es también conocido por la llamada “paradoja de Ellsberg” en el ámbito de la teoría matemática de la decisión.
Traducción para www.sinpermiso.info. Lucas Antón
 http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=6152



Tengo la esperanza de que las revelaciones de Snowden desencadenen un movimiento que rescate nuestra democracia, pero él no podría formar parte de ese movimiento de haberse quedado aquí. Son nulas las posibilidades de que se le dejase en libertad bajo fianza si volviese ahora y casi nulas las de que, de no haberse marchado del país, se le hubiese concedido la libertad bajo fianza. Por el contrario, estaría en una celda penitenciaria como Bradley Manning, incomunicado.
Quedaría confinado en total aislamiento, más largo incluso que el sufrido por Manning durante sus tres años de encarcelamiento antes del inicio, recientemente, de su juicio. El Relator Especial sobre Tortura de las Naciones Unidas describió las condiciones de Manning como “crueles, inhumanas y degradantes” (esta perspectiva realista sería fundamento como para que la mayoría de países le concedieran a Snowden asilo, siempre que pudieran resistir la intimidación y el soborno por parte de los Estados Unidos).

Snowden cree que no ha hecho nada malo. Estoy absolutamente de acuerdo. Más de 40 años después de la publicación sin permiso de los Papeles del Pentágono por mi parte, esas filtraciones siguen siendo la sangre vital de una prensa libre y de nuestra república. Una de las lecciones de los Papeles del Pentágono y de las filtraciones de Snowden es sencilla: el secretismo corrompe, igual que corrompe el poder.  

Daniel Ellsberg (1931), legendario activista de derechos civiles, se hizo célebre por haber filtrado en 1971 al New York Times los llamados Papeles del Pentágono, que revelaban la implicación de los Estados Unidos en Vietnam. Doctor en Economía por Harvard, es también conocido por la llamada “paradoja de Ellsberg” en el ámbito de la teoría matemática de la decisión.
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Quedaría confinado en total aislamiento, más largo incluso que el sufrido por Manning durante sus tres años de encarcelamiento antes del inicio, recientemente, de su juicio. El Relator Especial sobre Tortura de las Naciones Unidas describió las condiciones de Manning como “crueles, inhumanas y degradantes” (esta perspectiva realista sería fundamento como para que la mayoría de países le concedieran a Snowden asilo, siempre que pudieran resistir la intimidación y el soborno por parte de los Estados Unidos).
Snowden cree que no ha hecho nada malo. Estoy absolutamente de acuerdo. Más de 40 años después de la publicación sin permiso de los Papeles del Pentágono por mi parte, esas filtraciones siguen siendo la sangre vital de una prensa libre y de nuestra república. Una de las lecciones de los Papeles del Pentágono y de las filtraciones de Snowden es sencilla: el secretismo corrompe, igual que corrompe el poder.  

Daniel Ellsberg (1931), legendario activista de derechos civiles, se hizo célebre por haber filtrado en 1971 al New York Times los llamados Papeles del Pentágono, que revelaban la implicación de los Estados Unidos en Vietnam. Doctor en Economía por Harvard, es también conocido por la llamada “paradoja de Ellsberg” en el ámbito de la teoría matemática de la decisión.
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Snowden cree que no ha hecho nada malo. Estoy absolutamente de acuerdo. Más de 40 años después de la publicación sin permiso de los Papeles del Pentágono por mi parte, esas filtraciones siguen siendo la sangre vital de una prensa libre y de nuestra república. Una de las lecciones de los Papeles del Pentágono y de las filtraciones de Snowden es sencilla: el secretismo corrompe, igual que corrompe el poder.
Daniel Ellsberg (1931), legendario activista de derechos civiles, se hizo célebre por haber filtrado en 1971 al New York Times los llamados Papeles del Pentágono, que revelaban la implicación de los Estados Unidos en Vietnam. Doctor en Economía por Harvard, es también conocido por la llamada “paradoja de Ellsberg” en el ámbito de la teoría matemática de la decisión.
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Daniel Ellsberg (1931), legendario activista de derechos civiles, se hizo célebre por haber filtrado en 1971 al New York Times los llamados Papeles del Pentágono, que revelaban la implicación de los Estados Unidos en Vietnam. Doctor en Economía por Harvard, es también conocido por la llamada “paradoja de Ellsberg” en el ámbito de la teoría matemática de la decisión.
Traducción para www.sinpermiso.info. Lucas Antón
 http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=6152
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Philip Agee, el agente CIA que espió a Ecuador y lo contó todo
Cómo opera Estados Unidos en América Latina
Comando SurPor Adrián Murano



Obama consolidó la militarización de la USAID, una agencia que opera en la región bajo la fachada de la ayuda humanitaria. La conduce Mark Feierstein, experto en contrainformación. 
Edward Snowden no es un héroe, pero la humanidad le debe un enorme favor. Los documentos que el ex topo de la CIA filtró al mundo demuestran lo que hasta acá la política global sabía pero no se atrevía a denunciar: que Estados Unidos no ahorrará en crímenes para seguir siendo lo que es. Un imperio voraz.


Los habitantes de América latina podríamos presumir que no necesitábamos de Snowden para saberlo. En esta región, Estados Unidos propició golpes, dictaduras genocidas, políticas económicas predatorias y elites financieras mafiosas con el evidente objetivo de succionar sus recursos naturales, materiales y humanos. La intervención fue tan vasta y letal que en la diplomacia regional aún se intercambia un viejo chiste: “¿Sabe por qué en Estados Unidos no hay golpes de Estado? Porque allí Estados Unidos no tiene embajada”.


A pesar de las evidencias históricas, en varios países de Latinoamérica, como la Argentina, abundan quienes creen que la intervención estadounidense en asuntos domésticos es pura ficción. El equívoco fue alimentado por formadores de opinión aliados o cooptados por la diplomacia estadounidense, como lo revelaron los cables difundidos por Wikileaks, donde abundan referencias a los vínculos entre La Embajada y el sistema tradicional de medios que en nuestro país conduce el multimedios Clarín. Un detalle: referirse a la sede diplomática estadounidense como “La Embajada” explicita hasta qué punto se naturalizó a EE.UU. como faro político. Pero no son las sedes diplomáticas las únicas que perpetran las actividades intervencionistas de EE.UU. en la región. El país del Norte cuenta con una compleja red de organismos que, con fachadas varias, fueron y son utilizados para tareas sucias que van desde el espionaje y la formación de cuadros dirigenciales adictos hasta la desestabilización de gobiernos y economías con su consecuente costo político y social.


Una de las organizaciones más activas es la United States Agency International Development (USAID), un organismo que EE.UU. creó con la proclamada intención de desplegar tareas humanitarias en los países del Tercer Mundo. Su origen se remonta a la Alianza para el Progreso, creada el 13 de marzo de 1961 por los mismos funcionarios que varios años antes habían alumbrado el Plan Marshall con la intención de poner a su país a la cabeza de la reconstrucción de la Europa de posguerra. La Alianza fracasó a poco de nacer luego de que los países de la región rechazaran las condiciones de la “revolución pacífica y democrática” que pretendía imponer EE.UU. a cambio de los 20.000 millones que prometía invertir. Pero antes de que fuera cancelada, en noviembre de 1961 se fundó la USAID, una de sus agencias que, en las formas, debía vehiculizar parte de las inversiones a programas de desarrollo humanitario, fachada que se mantiene hasta hoy.


La fantasía filantrópica le permitió forjar, a través de generosos aportes financieros, una red de fundaciones y ONGs destinadas a difundir los beneficios del alineamiento con EE.UU. y su “american way of life” mediante propaganda y programas de formación. Pero esa es apenas la cara amable de su tarea. Apenas maquillado, el verdadero rostro de la agencia es más hostil: intervenir en los procesos políticos de la región con el pretexto de proteger la seguridad nacional de su país.


La militarización de los objetivos de la USAID tocó cumbre en 2010 cuando el presidente Barack Obama incluyó al general Jeam Smith –un estratega militar que estuvo en la OTAN– en el Consejo de Seguridad sólo para que atendiera los programas de “asistencia social” que llevaba adelante la agencia. Y como director adjunto se nombró a Mark Feierstein, cuya hoja de servicios encajaba con los desafíos que EE.UU. percibe en la región: experto en guerras de cuarta generación –o campañas de desinformación–, y dueño de Greenbarg Quinlan Rosler, una firma que ofrece orientación estratégica sobre campañas electorales, debates, programación e investigación.


Alérgico a los gobiernos populares que se extienden por América latina, Feierstein probó la eficacia de su método como asesor de Gonzalo Sánchez de Lozada durante la campaña que lo depositó en la presidencia de Bolivia. Goñi, como lo llamaban en su patria, fue el paroxismo del coloniaje político que EE.UU. impartió en los noventa sobre los países del Sur. Criado, educado y formado en suelo estadounidense, Sánchez de Lozada volvió a su tierra de nacimiento para ser presidente de la mano de Feierstein. Duró en el cargo algo más de un año: la denominada “Masacre del Gas”, en 2003, donde murieron más de sesenta personas, lo eyectó del poder y lo devolvió a EE.UU., donde vive como prófugo de la Justicia boliviana amparado por el gobierno que nombró a su amigo Feierstein al frente de la USAID.


Las correrías de su director no es lo único que liga a la agencia con Bolivia. El pasado 1 de mayo, el presidente Evo Morales no sabía que el escándalo Snowden lo llevaría a protagonizar una vergonzosa detención en Europa (ver nota aparte). Pero sí sabía de lo que la USAID era capaz. Por eso, en esa jornada emblemática donde los trabajadores celebran su día, el presidente anunció que expulsaba a la agencia de suelo boliviano por “injerencia política” y “conspiración”. Días después, el ministro de la Presidencia, Juan Ramón Quintana, detalló: “No se trata de una agencia inocente de cooperación filantrópica de Estados Unidos a Bolivia y al mundo. La agencia estadounidense sirvió para legitimar las dictaduras entre 1964 y 1982, para promover el neoliberalismo entre 1985 y 2005, además es un factor externo que alimenta la inestabilidad en el país desde 2006”.


Uno de los hechos que llamó la atención del gobierno boliviano fue la materialización, en 2007, de un convenio entre el prefecto de Pando, Leopoldo Fernández, y la USAID para llevar adelante “programas sociales” en Bolpedra, Cobija y El Porvenir. El apoyo logístico estuvo a cargo del Comando Sur y la cobertura institucional de la Iniciativa de Conservación de la Cuenca Amazónica. Otro episodio que motivó la expulsión fue la activa participación de la agencia estadounidense vía Wildlife Conservation Society (Sociedad de Conservación de la Vida Silvestre) en la disputa violenta entre los pobladores de Caranavi y Palos Blancos por el lugar de instalación de una planta procesadora de frutas en enero de 2010, a pocos días de que Evo Morales asumiera su primer mandato dentro del Estado Plurinacional.


La utilización de fundaciones y ONGs para tercerizar operaciones es una práctica habitual de la USAID. En la Argentina, por caso, hay una decena de fundaciones que operan por cuenta y orden de la agencia estadounidense. Que los movimientos sean más sigilosos no implica que sean menos potentes. Un ejemplo: entre el 8 y el 12 de abril de este año, la USAID financió una cumbre de la derecha internacional. Organizada por la Fundación Libertad –el tentáculo predilecto de la agencia en nuestro país–, a la cita concurrieron el Nobel Mario Vargas Llosa y su hijo Álvaro –reactivos a los gobiernos populares que habitan la región–; José María Aznar –ex presidente español que impulsó la invasión a Irak–; el pinochetista Joaquín Lavín; Marcel Granier, presidente de la emisora venezolana RCTV que apoyó e impulsó el golpe a Hugo Chávez en 2002, y la cubana anticastrista Yoani Sánchez, quien a último momento desistió de la visita.


El seminario abundó en críticas contra los procesos emancipadores de la región. Y los expositores, sin sutilezas, pidieron terminar con los gobiernos populares en curso para reemplazarlos por otros más “modernos”, a tono con los conceptos de “democracia” que EE.UU. impuso como doctrina global. No fue, por cierto, un planteo original. Cinco años atrás, en el mismo escenario empachado de prosperidad sojera, se había realizado un seminario similar, con el propio Vargas Llosa como animador principal.


Aquel seminario contó con varios “expertos” alineados con las políticas del Consenso de Washington como el periodista de La Nación Carlos Pagni, el ex candidato presidencial Ricardo López Murphy, y Mauricio Macri, regente del Pro y de la Fundación Pensar, co-organizadora del evento.


Estas fundaciones, como otras similares que operan en la región, cuentan con el aval financiero del National Endowment for Democracy (NED, Fundación Nacional para la Democracia), financiada oficialmente por el Congreso norteamericano. Pero la vinculación no se agota en los aportes. En los ochenta, mucho antes de ser director de la USAID, el inefable Feierstein trabajó para la NED en Nicaragua. Su objetivo: evitar el triunfo del sandinista Daniel Ortega. Lo logró patrocinando la candidatura de Violeta Chamorro.


Las operaciones de la dupla USAID-NED en América latina fueron reveladas por Wikileaks, el sitio que difundió millones de telegramas internos del Departamento de Estado. En uno de ellos, el ex embajador estadounidense en Venezuela, William Brownfield, reveló cómo su país alimentó la oposición a Hugo Chávez con ideas y millones. El telegrama, enviado desde la embajada de EE.UU. en Caracas en noviembre de 2006, detallaba cómo docenas de organizaciones no gubernamentales recibían financiamiento del gobierno norteamericano por intermedio de la USAID y de la Oficina de Iniciativas de Transición (Office of Transition Initiatives –OTI–). Este operativo incluyó “más de 300 organizaciones de la sociedad civil venezolana”, que iban desde defensores de los discapacitados hasta programas educativos.
En apariencia, esos programas tenían objetivos humanitarios, pero fue el propio embajador Brownfield quien detalló los objetivos reales de esas inversiones: “La infiltración en la base política de Chávez... la división del chavismo... la protección de los intereses vitales de EE.UU... y el aislamiento internacional de Chávez”.


Brownfield escribió que el “objetivo estratégico” de desarrollar “organizaciones de la sociedad civil alineadas con la oposición representa la mayor parte del trabajo de USAID/OTI en Venezuela”. A confesión de partes…


En una excepción a su modus operandi, en Paraguay la agencia hizo el trabajo sucio sin intermediarios. Invirtió 65 millones de dólares en el proyecto “Umbral”, un programa que incluyó la confección de un Manual Policial, lo que le permitió hacer pie en una institución que resultaría clave en el devenir político del país. Fue la policía, con una brutal e injustificada represión rural, la que sirvió en bandeja la excusa para derrocar al presidente Fernando Lugo. Ya lo predijo el ministro de la Corte argentina Raúl Zaffaroni: sepultado el partido militar, son las fuerzas de seguridad quienes ejercerán el rol de fuerza de choque de los poderes fácticos de la región interesados en interrumpir procesos políticos que contraríen sus intereses.


Las operaciones de la agencia revelan que la verdadera amenaza para la consolidación del proceso político de la región no es el espionaje, sino las decisiones que EE.UU. tome a partir de esa información. Como se demostró en Irak –donde el Pentágono utilizó información falsa para justificar la invasión–, ni siquiera es necesario que los datos sean fiables. Basta con que la CIA o algún organismo similar evalúe que algún país de América latina representa una amenaza para la seguridad nacional estadounidense para que se avance con ataques preventivos hacia esa nación. La avanzada puede ser brutal, como en Irak, o más sofisticada, ejecutando tareas que desestabilicen a un gobierno popular. Una conspiración que nunca descansa. 

Todos bajo la lupa
A partir de las revelaciones de Edward Snowden, el ex empleado de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de los Estados Unidos, se descubrió un manto que confirma la red de espionaje del gobierno de Barack Obama. Todo comenzó cuando le ofreció a The Guardian y The Washington Post la publicación de documentos e información confidencial. Siguió con el episodio del secuestro del presidente Evo Morales luego de visitar Rusia, donde se suponía que estaba Snowden, cuando no le permitieron usar el espacio aéreo de España, Italia, Portugal y Francia por sospechar que estaba escondido en su avión. El hecho mereció el repudio de todos los mandatarios de la Unasur que se reunieron en forma urgente en Bolivia, para brindar apoyo a Evo. Mientras Snowden buscaba asilo político y con Estados Unidos tratando de cazarlo en todo el planeta, hace pocos días volvió a revelar nuevos documentos, esta vez fueron publicados en el diario brasileño O Globo. Se conoció que la red de espionaje de Estados Unidos se expandió por toda América latina, operando fuertemente en Brasil, México y Colombia, pero con una rigurosa vigilancia en países como la Argentina, Venezuela, Ecuador, Chile, Perú y Panamá. 


Los datos confirman el espionaje vía satélite de comunicaciones telefónicas, correos electrónicos y conversaciones online, hasta por lo menos marzo de este año. El monitoreo se realizaba a través de los programas de software: el Prism (Prisma) que permite el acceso a e-mails, conversaciones online y llamadas de voz de usuarios de Google, Microsoft y Facebook y el Boundless Informant (Informante Sin Límites), que permitían violar toda clase de comunicaciones internacionales, faxes, e-mails, entre otros. Los temas más controlados por los espías fueron petróleo y acciones militares en Venezuela, energía y drogas en México, un mapeo de los movimientos de las FARC en Colombia, además de la agonía y muerte de Hugo Chávez.


La presidenta Cristina Fernández de Kirchner mostró su preocupación en el acto del 9 de julio en Tucumán y señaló: “Me corre frío por la espalda cuando nos enteramos que nos están espiando a todos a través de sus servicios de informaciones. Más que revelaciones, son confirmaciones que teníamos de lo que estaba pasando”. De paso, aprovechó para hacer un llamado de atención: “Los gobernantes de los pueblos de la América del Sur, que hemos dado batalla en esta década incluyendo a millones de compatriotas, tenemos el deber de mirar lo que está pasando y unir nuestras fuerzas”. El viernes se reúnen los representantes del Mercosur y la Presidenta espera “un fuerte pronunciamiento y pedido de explicaciones” al gobierno de Obama.

país en el que yo me quedé era una Norteamérica diferente, hace mucho tiempo.
Publicado el 6/25/13 • en Contrainjerencia

JEAN-GUY ALLARD – Philip Agee, el ex agente de la CIA arrepentido que espió durante años a Ecuador desde la Embajada de EEUU, contó con cada detalle en su librosu libro “Inside the Company: CIA Diary”, cómo su principal tarea era de establecer contactos con personalidades del país para luego sobornarlas y llevarlas a trabajar en beneficio de EEUU.

Tuvo el valor, en 1967, de abandonar una agencia que se caracterizaba por su apoyo criminal a dictaduras sanguinarias. Contaba que tomó esa decisión de manera definitiva cuando, estando en un restaurante de México, vio a una amiga estallar en lagrimas al conocer la noticia de la muerte del Che.

Ahí está representada, en una sola imagen, toda la nobleza del personaje que falleció a los 73 años de edad, el 7 de enero en 2008, en Ciudad de La Habana, en esta tierra cubana desde donde seguía denunciando las actividades terroristas y subversivas desarrolladas por los servicios de inteligencia de los EE.UU. contra gobiernos y líderes progresistas del continente.

Phillip B. Agee, ciudadano estadounidense, fue oficial de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en América Latina durante doce años hasta y abandonó sus filas en 1969 por motivos de conciencia. Ocupaba entonces un puesto de fachada  en la embajada norteamericana de México, como agregado olímpico, con el pretexto de la preparación de los Juegos de 1968. Anteriormente, había sido ubicado en Ecuador y en Uruguay.

”Millones de personas en el mundo entero han sido matadas o, por lo menos, han visto sus vidas destruidas por la CIA y las instituciones que soporta”, declaró Agee en una entrevista concedida en 1975.
”Yo no podía quedarme sentando, haciendo nada”, añadió.

Al salir de la Compañía, mientras sufría amenazas y una constante persecución que puso su vida en peligro en más de una oportunidad, se dedicaba a redactar su libro “Inside the Company: CIA Diary” ( Dentro de la Compañía: Diario de la CIA).

La obra, verdadera síntesis de las actividades criminales de la CIA en América, fue publicada en 1974, acompañada de un anexo 22 paginas de nombres de agentes infiltrados en todo el continente. Constituyó una verdadera bomba que estremeció a todos los sectores  de los servicios norteamericanos de inteligencia.

Determinada a eliminarlo, la CIA encargo al ex jefe de la estación CIA de Miami, Ted Shackley, conocido como el Fantasma Rubio, la misión de capturarlo. Agee tuvo que salir de Francia donde se encontraba para refugiarse en Cambridge, Gran Bretaña, Agee fue entonces expulsado por los británicos a solicitud de Washington.

Impedido de radicarse, sucesivamente, en Italia y en los Paises Bajos, donde las autoridades fueron constantemente presionadas para negarle algún estatuto migratorio, privado de pasaporte norteamericano por ser una “amenaza a la seguridad nacional”, se exiló en 1980 en la isla caribeña de Granada, bajo el gobierno revolucionario de Maurice Bishop.

Con la invasión estadunidense contra ese pequeño país, en 1983, se refugió en Nicaragua, para luego de la llegada al poder de la contrarrevolución sostenida por Washington, instalarse en Cuba que le ofreció su hospitalidad.

A pesar de todos los peligros y dificultades, Agee publicó Trabajo sucio: la CIA en Europa occidental, con Louis Wolf y varios artículos de prensa además de conceder entrevistas y asistir a reporteros en búsqueda de información.

En cinco oportunidades, el gobierno estadounidense intento llevarlo a juicio por la revelación de secretos, pero sin éxito, sus ex jefes temiendo, en última instancia, el uso que pudiera hacerse de la enorme cantidad de informaciones que conservaba.

Rabioso, George Bush padre, el ex jefe de la CIA reciclado en presidente que apadrinó la fundación de la CORU terrorista anticubana y la operación Condor, lo calificó de traidor y lo calumnió, en numerosas oportunidades. Su esposa, Barbara, fue condenada a retractarse cuando lanzó el mismo insulto por escrito, en una autobiografía redactada a cuatro manos.

Amigo fiel de Cuba, Agee demostró como la Isla se encontraba víctima de un nuevo programa mundial desarrollado por la CIA para financiar y desarrollar organizaciones llamadas disidentes bajo la fachada de la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID) y un fondo expresamente establecido en 1983 con este objetivo, The National Endowment for Democracy (NED).

Mientras el New York Times se interrogaba, al anunciar su muerte, sobre la dimensión de los “daños” causados por Agee a los servicios de inteligencia de EE.UU., los medios progresistas del mundo reconocieron, al contrario, los servicios que rindió a la humanidad, como verdadero patriota norteamericano, al haber desenmascarado una organización que llevo hasta extremos nunca vistos el uso de la violencia por una gran potencia contemporánea.

Una potencia que protege a un terrorista como el cubanoamericano Luis Posada Carriles mientras mantiene encarcelados en condiciones infrahumanas a los  antiterroristas cubanos que intentaban contrarrestar sus planes.

Cuando el mundo entero se escandaliza con las torturas infligidas en  Guantanamo y en toda una red de centros de interrogatorio conformada por la CIA en el mundo entero, cuando descubre, ¿que pensará el agente de la CIA que se sumó a la organización con la ilusión de defender a su país?

Contratado  por la CIA como analista de las informaciones robadas en el mundo entero con su maquinaria infernal de ciberespioaje contruida, Edward Snowden,  se habrá dado cuenta, como Philip Agee, que debía renunciar a las ventajas que procura un empleo de funcionario federal norteameriano, para  sumarse a la lucha de los miles de millones de seres humanos que, armados con la sola fuerza de sus convicciones, creen que un mundo mejor es posible.
Envío:Amarelle

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