22 de diciembre de 2013

EL DEBATE POR MILANI.

22.12.2013
panorama político
El debate por Milani 
El rol del jefe del Ejército durante la última dictadura y su adscripción al modelo nacional y popular. 





Por: Hernán Brienza
El jueves por la noche, apenas unas horas después de la confirmación del nombramiento de César Milani como jefe del Ejército, en una cena de fin de año, un grupo nutrido de periodistas, militantes políticos, intelectuales, debatió sobre la conveniencia o no del nombramiento del general a pesar de las denuncias sobre violación de Derechos Humanos durante la última dictadura militar.


La importancia de la cuestión estaba presente en las dudas que, por primera vez, generaba un acto de gobierno en aquellos que simpatizaban, militaban, apoyaban la administración kirchnerista. Esa preocupación estaba dada por la sencilla razón de que las críticas a la designación de Milani pegan sin duda en el centro del discurso kirchnerista sobre los Derechos Humanos. 

Más allá de la patética argumentación de los senadores de la oposición, entre ellos, los hilarantes discursos de Gerardo Morales y Gabriela Michetti –devenidos en paladines de los Derechos Humanos en los últimos quince minutos–, lo cierto es que el caso Milani abre un boquete en el discurso kirchnerista respecto del pasado reciente de los argentinos.

En la mesa del jueves las posturas diferenciadas eran las siguientes:
a) Los "irreductibles" que no aceptaban el nombramiento de Milani por considerar que cualquier tipo de participación en la dictadura militar imposibilita formar parte del staff de funcionarios kirchneristas. Encontraban una contradicción flagrante entre la política de Derechos Humanos de 2003 a la fecha y consideraban que no se estaba siendo fiel a esa política.

b) Los "integrados" que consideraban que si la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, había elegido a Milani como jefe del Ejército era porque no tenía otro cuadro militar y político que pudiera colocar en ese lugar. La argumentación se basaba en la confianza política a la mandataria: si a pesar de haber llevado adelante la política de Derechos Humanos que realizó, ella insiste con Milani es porque hay en esa designación mucha mayor importancia de la que la mayoría cree. 

Desde la "particularidad" y/o "excepcionalidad" de Milani como cuadro del proyecto nacional y popular hasta la decisión basada en la importancia estratégica que tiene Milani en las relaciones entre las Fuerzas Armadas de distintos países del continente. 

Incluso algunos de ellos consideraban que la relevancia del ahora teniente general está basada en su conocimiento del área de "Inteligencia". Obviamente, los defensores de esta mirada sostienen que Milani es inocente y que no tuvo participación en la represión ilegal en los años setenta.

No es fácil la cuestión: si Milani cometió o fue cómplice de un delito de lesa humanidad contradice flagrantemente los discursos sobre las políticas de Derechos Humanos del kirchnerismo. 
Si Milani es inocente, entonces, no hay conflicto posible. Pero ¿qué ocurriría si, por ejemplo, Milani hubiera tenido un comportamiento "acorde a las circunstancias"? ¿Cómo deberían replantearse los discursos de revisión sobre los años setenta? Y no se trata de aplicar la concepción de la Banalidad del Mal, de Hanna Arendt, que tan bien nos ayuda a comprender la mayoría de los casos, ni tampoco el de la Obediencia Debida, que tan mal explica algunas particularidades y justifica demasiado algunos atropellos. 

Se trata de pensar al hombre en sus circunstancias. En el año 2003, en el epílogo de mi libro Maldito tú eres. El caso Von Wernich. Iglesia y represión ilegal, escribí unos párrafos que me parece, vienen al caso: "Un concepto me llamó la atención tanto en boca de Carlos Girard (un ex militante montonero protagonista del libro) como en la pluma de Hannah Arendt: el de las circunstancias. El prolífico escritor francés Honoré de Balzac sostiene que 'los principios no existen; lo único que existen son los hechos. No hay ni bien ni mal, ya que éstos son sólo circunstancias'. La frase es peligrosa, lo admito, pero sirve al menos para hacerme algunas preguntas: ¿Mario Firmenich, Fernando Abal Medina y Norma Arrostito hubieran secuestrado a Pedro Eugenio Aramburu, por ejemplo, el día 16 de abril de 1996? ¿Von Wernich habría dejado de ser el Queque si se hubiera quedado en Concordia? Así formuladas las preguntas son tan estúpidas como creer que un hombre es un asesino por naturaleza o que elige ser un verdugo porque su madre le daba la sopa fría de chico o porque cualquier atrocidad que hubiera sufrido podría haberle formateado su personalidad. Una sola cosa más sobre el tema de las circunstancias. Jorge Luis Borges, en su artículo 'Nuestro pobre individualismo', sostiene despreocupado que 'en general, el argentino descree de las circunstancias'. 

Descreer de las circunstancias, pienso, es depositar toda la culpa y responsabilidad en el individuo que actúa. Y, se sabe, cuando la culpa está en un solo lado es más fácil señalar con el dedo y hacerse el distraído respecto de las responsabilidades propias, es decir, de las circunstancias de las cuales formamos parte todos los integrantes de una sociedad… Reglas físicas, ideológicas, morales y la memoria experimental influyen fatalmente en las decisiones que tome un individuo. De esta manera, el pensamiento estratégico siempre sirve más para entender los hechos que la lógica binaria de malos contra buenos. Una persona equis, entonces, realiza un mapa del lugar dónde está parado y con la mochila que lleva a cuestas toma las decisiones que él considera correctas en ese único e individual instante."

Seguramente, el caso Milani podría comprenderse sin dudas desde la mirada puesta en las circunstancias que hacen a un hombre. Firmar un documento que "dibuja" una deserción en vez de un crimen por orden de un superior, a los 22 años de edad, no parece ser un delito mayor al que cometió cualquier hijo de vecino que vio un secuestro callejero y no lo denunció por miedo, por ejemplo. 

De hecho, las circunstancias, por ejemplo, también sirven para que muchos que hoy critican a Milani hayan "comprendido" la actuación de Jorge Bergoglio como provincial de los jesuitas durante la dictadura militar. Por eso produce un poco de gracia ver a los escribas de La Nación rasgarse las vestiduras por el nombramiento de Milani y emocionarse hasta las lágrimas como escribió un influyente periodista de pluma truncada el día que lo nombraron Papa a Bergoglio. 

El problema, entonces, no está en qué haya hecho realmente Milani o Bergolglio o tantos otros durante la dictadura militar. La cuestión se encuentra en qué tan alto se ponga el listón del juicio, la exigencia moral, sobre las acciones, las conductas, y las decisiones de quienes vivieron aquellos años. Y utilizar una vara correcta para no andar cambiándola según las conveniencias políticas. 

Esa vara, claro, es la comisión comprobada de un delito de lesa humanidad. Nadie cree en su sano juicio que Milani es absolutamente inocente. Y tampoco nadie puede afirmar que Milani es absolutamente culpable. Seguramente, el juicio sobre su actuación habrá de ser mucho más complejo y contradictorio. 
Lo que sí es indiscutible es que lo que lastima, lo que molesta a muchos fariseos del pasado no es lo que Milani haya hecho en décadas anteriores. Milani es incómodo por su adscripción indiscutible a un proyecto nacional y popular.
Fuente:TiempoArgentino 



OPINION
El cantinero sabía
Por Horacio Verbitsky

Diez días después de que Milani firmara el acta falsa de deserción, su jefe exaltaba el combate contra “el delincuente disfrazado de soldado”.
El ascenso del ahora teniente general César Milani es un grave error político. Pero afirmar que ello invalida la política de derechos humanos de la última década revela un sesgo deliberado. No por casualidad, esa pretensión no proviene de quienes han luchado por la memoria, la verdad y la justicia, sino de aquellos que siempre se opusieron o al menos fueron indiferentes a todo avance en esa dirección. El debate en el Senado no contribuyó a clarificar lo que estaba en juego. La oposición descalificó a Milani como represor o genocida, dio por sentado que se había enriquecido en forma ilícita, que realizaba tareas prohibidas de inteligencia interior y que politizaba al Ejército al alinearlo con el gobierno. El oficialismo se limitó a señalar que le cabía la presunción de inocencia, ya que no había sido condenado ni imputado por la Justicia. Estas dos equivocaciones simétricas obedecen a la confusión entre un juicio penal y un trámite administrativo y político. Ya en marzo de 1986, Emilio Mignone le escribía a la Comisión de Acuerdos del Senado que “no existe en nuestro ordenamiento jurídico el derecho al ascenso, ni esa expectativa puede constituir nunca un derecho adquirido, del cual sólo se puede ser privado en virtud de sentencia judicial”. Para el presidente fundador del CELS, el ascenso “implica un reconocimiento a sus virtudes, un premio por su desempeño y una prueba de confianza administrativa. Cuando el ascendido es un oficial superior de las Fuerzas Armadas, esa confianza administrativa lo es también política, no en el sentido partidario pero sí en el sentido institucional, por cuanto es en aquellos hombres en quienes se depositan las armas de la República y, con ello, la suerte de la vida y la libertad de los argentinos”.

Lo que Milani haya hecho como subteniente es objeto de procesos judiciales, que determinarán si le corresponde una condena, a lo que nadie debe adelantarse. Lo que se debate desde que su pliego ingresó al Senado es su idoneidad como general y su apego a los principios democráticos imprescindibles para ocupar la jefatura de Estado Mayor del Ejército. Por eso, cuando Milani pidió formular su descargo, el CELS no lo interrogó sobre las causas penales sino respecto del contexto en que los hechos sucedieron y las valoraciones que hoy le merecen. Por propia voluntad agregó respuestas a preguntas que el CELS no le hizo.
- Milani dijo que en La Rioja la represión fue pasiva y de baja intensidad. Esto no es cierto. Mientras él estuvo allí fueron asesinados por militares y policías el obispo Enrique Angelelli, los sacerdotes Carlos Murias y Gabriel Longeville y el laico Wenceslao Pedernera.

- Como era muy joven y lo condicionaba la formación militar, “no tuve conocimiento sobre violaciones a los derechos humanos”. Esta afirmación es inverosímil en un hombre de familia política, con militancia en el justicialismo, que fue la primera fuerza en denunciar el carácter terrorista de la represión estatal. En esa unidad, en la que Milani comía y dormía, sólo revistaban 30 oficiales, lo cual descalifica su pretendida ignorancia.

- Desconoce la existencia de un Centro Clandestino de Detención en el Batallón 141 de Ingenieros. Nunca vio civiles detenidos en la unidad y sólo realizaba trabajo de ingeniería militar en construcciones. Los comunicados del jefe de Milani, coronel Osvaldo Héctor Pérez Battaglia, que el CELS aportó al Senado, invitaban a denunciar en el Batallón a los denominados subversivos y las causas judiciales falladas en el último año prueban que también allí iban a reclamar noticias los familiares de los secuestrados. Ningún oficial de la unidad podía desconocerlo.

- Sólo trasladó detenidos de la cárcel legal al juzgado legal. En esa cárcel funcionaba un Centro Clandestino donde la Justicia probó que se torturaba a los detenidos. Y el juzgado también cumplía una función en el circuito represivo, blanqueando el costado clandestino e ilegal, por lo cual hoy está detenido el entonces juez Roberto Catalán.

- Milani no conocía a quienes trasladaba ni qué se les reprochaba, ya que todo el trámite estaba a cargo de la policía. El sólo acompañaba al patrullero en una función técnica. Esta afirmación contradice la normativa vigente entonces, por la cual el Batallón 141 era el asiento del Area de Seguridad 314, que encabezaba la represión en La Rioja y que conducía operacionalmente a las demás fuerzas, provinciales y nacionales, como la Fuerza Aérea y las policías.

- El acta de deserción del soldado Alberto Agapito Ledo fue un procedimiento administrativo formal que le encargaron por ser el oficial de menor graduación en una subunidad distinta a la del conscripto. Sólo debía contener una sintética y clara descripción de la forma y circunstancia en la que se produjo el hecho. Pero según el Código de Justicia Militar y el reglamento que regían entonces, debía practicar todas aquellas diligencias que “mejor convengan al esclarecimiento de los hechos que se investigan y de sus circunstancias”.
Esto incluía, por ejemplo, entrevistar a otros conscriptos, comunicarse con la familia de Ledo, o, al menos, dar cuenta de las posibles razones de la deserción. Lo confirmó el procesado oficial Esteban Sanguinetti en su declaración indagatoria, cuando dijo que había encargado a Milani “la investigación profunda del caso”.

En 1984, el cantinero del Batallón, Bartolomé Juan Mario Bonissone, declaró ante la Comisión Riojana de Derechos Humanos que en la unidad se comentaba que un soldado fue llevado a Tucumán y asesinado “por usar la bazuca a lo extremista”. En su exhaustiva investigación “El Escuadrón Perdido”, sobre los 129 soldados secuestrados y desaparecidos, el capitán José Luis D’Andrea Mohr sólo consigna el caso de un conscripto riojano, Alberto Agapito Ledo. Si el concesionario civil de la cantina sabía lo sucedido, ¿quién puede creer que lo desconociera el oficial que llevó a Ledo en comisión a Tucumán y que luego instruyó el acta falsa sobre su deserción? Por último, el 8 de julio de 1976, Pérez Battaglia exhortó a la ciudadanía a “combatir al delincuente que disfrazado de soldado destruye la vida de los defensores de nuestra nacionalidad”. El presunto candor de las respuestas del general Milani queda al desnudo a la luz de estas palabras, pronunciadas diez días después de que el subteniente Milani firmara el documento falso que encubrió la desaparición del único soldado riojano al que cuadraba la definición brutal de Pérez Battaglia.
Fuente:Pagina12
Envío:Agnddhh

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