25 de mayo de 2014

OPINIÓN.

Materia gris
Nuestro 25 de mayo
Por Ricardo Forster


21.05.2014
Hay fechas que, con sólo citarlas, abren un abanico de recuerdos, sensaciones, vicisitudes individuales y colectivas y desafíos conceptuales. El 25 de mayo es una de esas fechas emblemáticas que, al menos desde hace 11 años, remite a una doble significación: por un lado nos hace retroceder hacia los orígenes de nuestra historia como nación, nos permite, incluso, regresar con cierta nostalgia a lo más recóndito de la infancia cuando esas fechas patrias dejan sus huellas indelebles y, también, nos ofrecen la posibilidad de auscultar nuestro derrotero por una historia cargada de acontecimientos fructíferos y trágicos; y, por otro lado, desde aquel discurso inaugural de Néstor Kirchner un 25 de mayo de 2003 esa fecha abrió un caudal impensado y definió, de un modo original, esta etapa de nuestra travesía que también supuso una profunda y decisiva revisión de los legados históricos. Nada, una vez abierta la época que hoy estamos atravesando, volvería a ser igual en relación a esas evocaciones provenientes de aquella gesta fundacional. Elijo en este artículo abordar la segunda de las significaciones sabiendo que es el presente, su complejidad y sus necesidades, el que define nuestra interpretación y nuestra cita del pasado. El 25 de mayo de 2003 supone un corte y una apertura, desde y a partir de esa fecha el país se interna, con mirada renovada y crítica, tanto hacia lo nuevo de la época como hacia lo imprescindible de la revisión del pasado. Querellas y disputas olvidadas regresaron para reabrir los expedientes de la memoria y para iluminar, con otras luces, la realidad de un tiempo grávido de novedades, conflictos, invenciones y desafíos.

La historia muy pocas veces es lineal. Imaginar, entre nosotros, un recorrido causal y necesario es suponer que el hilo del tiempo discurre con placidez, alejado de tormentas y sorpresas, de situaciones inesperadas y de bruscos giros que suelen sacar de quicio aquello que supuestamente responde a una racionalidad subyacente. El tiempo, el de un país, el nuestro, zigzagueante y espasmódico, entrañable y trágico, suele responder a una extraña alquimia de materialidades realmente existentes y acontecimientos que dislocan lo previamente anunciado como esperable. Ruptura y continuidad se entrelazan marcando a fuego la complejidad de un presente anómalo; de un presente capaz de persistir atravesado de viejas matrices, a la vez que nos ofrece el panorama de lo nuevo que disloca lo establecido hasta configurar una escena inimaginable de acuerdo a la fuerza inercial de una historia que, eso parecía evidente e inmodificable, seguía una marcha hacia una decadencia siempre anunciada como destino irrevocable.

Muy de vez de tanto en tanto, cuando no se lo espera, algo sucede, algo intenso, que viene a alterar las escrituras del poder. Algo de eso, en su excepcionalidad, aconteció a partir del 25 de mayo de 2003. Lo insólito, lo que no podía estar pasando, simplemente comenzó a derramarse sobre una época descreída que, en muchos que continuaron aferrados a su incredulidad, condujo a la teoría de la impostura. De una suerte de relato de ficción astutamente desplegado por el saltimbanqui y prestidigitador venido del sur y dispuesto a engañar para que todo siguiese igual. Hubo que esperar hasta su muerte, también inesperada, para terminar de desgarrar el velo de la impostura de la impostura, de ese relato mentiroso y autoexculpatorio que tanto les sirvió a ciertos intelectuales y políticos supuestamente progresistas a la hora de consolidar su opción por el poder corporativo y la restauración conservadora.

El vértigo estaba marcado por la caída en abismo, por esa espera del cumplimiento de lo peor que venía arrojándonos, en tanto que habitantes de esta geografía sureña y muchas veces destemplada, a la intemperie. Sin horizonte, pero también sin pasado a redimir. Puro presente de angustia, corroboración de un destino estrellado contra el muro de ilusiones vanas o de engreimientos ahuecados después de años de horrores, miedos, desilusiones, banalidades, fiestas dispendiosas, cualunquismos diversos y profetismos quiméricos. Años en los que los puentes entre las generaciones se rompieron y en los que lenguajes y tradiciones emancipatorios se transformaron en objetos arqueológicos, piezas de colección de un museo temático en el que el presente, como tiempo de llegada al fin de la historia, se volvía escenario de un mundo sin sueños ni esperanzas. Apenas entre sus pliegues o en sus napas soterradas persistían legados y herencias maltratados por las inclemencias de una realidad despojadora de ilusiones y de proyectos alternativos al de un capitalismo neoliberal que parecía devorarse todo a su paso.

Mirar hacia el pasado, interrogar esos momentos críticos de nuestra experiencia como nación irresuelta, constituye un ejercicio fundamental a la hora de intentar comprender los desafíos, las tensiones, los conflictos de un presente que nunca debería olvidar de dónde partía un país desquiciado y sin perspectivas. Ese país ni siquiera podía preguntarle a su lejano pasado qué es lo que había sucedido, por qué las frustraciones y los sueños rotos. Otro 25 de mayo, pero de 2003, abrió la posibilidad de preguntar de otro modo. Un país que comenzaba a mirarse desde otro lugar comenzó a asomar 11 años atrás.

Kirchner, su nombre, vino a invertir esa inercia, vino a enloquecer la marcha del tiempo argentino quebrando la repetición maldita y abriendo fisuras, cada vez más hondas, en el muro de un sistema (amasado entre la dictadura y el menemismo) capaz de aniquilar memorias de equidad y tradiciones populares al vil precio del consumismo y la exclusión como etapa final del miedo destilado sobre cuerpos y conciencias. Su impronta, su firma que era un jeroglífico para la mayoría de una sociedad que no sabía quién era ni de dónde venía (sabía, apenas, que era gobernador de Santa Cruz pero desconocía su pasado, sus antiguas lealtades, la persistencia, en él, de historias clausuradas por la violencia dictatorial pero a la espera de una reparación). Su firma, decía, selló lo inesperado, aquello caudaloso que se liberó en un discurso alocado, inusual, antiguo y lozano, admirable y sorpresivo que pronunció, entre la seriedad de la investidura presidencial y la informalidad de un personaje subvertidor de todo protocolo, lúdico en momentos de extrema gravedad y serio para aliviar, con sus malabares simbólicos con el bastón de mando, la incredulidad de una sociedad demasiado lastimada y, también, envilecida.

Una doble reparación comenzó en un país incrédulo. Reparación del pasado al reabrir no sólo los expedientes cerrados por las leyes de la impunidad y los indultos, sino al destrabar una memoria que lograba, con esfuerzos pero con intensidad, interrogar críticamente por una época decisiva, preñada de utopías y de errores, de sueños revolucionarios y de violencias, de generosas entregas generacionales y de poderes asesinos que se preparaban para quebrarle el espinazo a un tiempo crepuscular y soñador pero potente en su capacidad para jugar a fondo los destinos del país. Una época que dejó una marca indeleble en cuerpos y memorias pero que había sido arrojada a la pieza de los trastos viejos, formas espectrales de un pasado tabicado y ausente que, pese a todo, seguían susurrando desde una lejanía que se volvió, en el giro loco de la historia abierta de nuevo, actualidad e interpelación. Kirchner, haciéndose eco y cargo de los mil hilos resistentes de los movimientos de derechos humanos y de antiguos mandatos que se guardaban en su propia deuda impaga, habilitó, como no se lo hacía desde los comienzos del gobierno de Alfonsín, la dimensión entrecruzada de la memoria, la verdad y la justicia. Pero también, y allí se guarda lo no previsto, oxigenó el debate sellado de los setenta y lo hizo recobrando las luces y las sombras de una extraordinaria apuesta generacional. Lo que parecía ya no tener lugar, lo destinado a ser invisible o a convertirse en polvo que se lleva el viento huracanado del “progreso”, interrumpió el presente reescribiendo las páginas de la memoria que siempre transforman lo heredado, lo guardado en lo recóndito del recuerdo y lo vivido como tiempo presente supuestamente alejado de esas deudas con un pasado “olvidado”.

En ese giro reparador hacia el pasado (en esa suerte de imposible redención de las víctimas devolviéndoles rostros, ideas, convicciones, sueños, pesadillas, cuerpos, justicia) también se abrieron las puertas de una casa que habían permanecido cerradas hacia el futuro. Una doble maldición pendía sobre la Argentina: la maldición de un pasado irresuelto cuyas figuras espectrales permanecían irredentas, y el borramiento de toda esperanza en el mañana. Sin pasado y sin futuro, arrojados a un puro presente impiadoso y descreído. Kirchner, emergiendo de lo previo y de lo anómalo, heredero de fuerzas sociales y de tradiciones en disonancia con una época hegemonizada por la práctica y el relato de los vencedores, giró la inercia del tiempo histórico y le dio forma, en un mismo movimiento, a la reparación, todavía en curso, del pasado y del futuro. De ese modo, atravesando el daño abisal causado por la dictadura y perpetuado por la impiedad del capitalismo neoliberal más las expresiones prostibularias emergentes de tradiciones que eran supuestas portadoras de ideologías populares pero travestidas en instrumentos de la reacción, inició su camino de reparación. El peronismo le debe demasiado al flaco desgarbado que posibilitó su rescate del envilecimiento menemista; en él, en su lenguaje y en sus gestos, lo que se hizo presente fueron los espectros fundacionales del 17 de octubre, sus metamorfosis en la generación del setenta y los desafíos de una realidad, la actual, cargada de sus propias novedades. Allí, en esa alquimia renovadora, en esa apropiación salvaje de viejos y nuevos símbolos, se encuentra eso que llamamos, con cautela pero con entusiasmo, kirchnerismo.

Un 25 de mayo de 2003 se iniciaba una revisión de cuentas que también incluía al peronismo y a su historia. Porque la tragedia argentina, esa que tuvo su peor momento en los años del terrorismo de Estado y que luego, y en un sentido económico, se perpetuó en la hegemonía de las grandes corporaciones que atraparon a la democracia en un callejón que parecía no tener salida hasta que en diciembre de 2001 estalló el país, encontró en cierto peronismo su travestismo ideológico y material. El menemismo significó el hundimiento en el lodo de una tradición política que había nacido para transformar una sociedad en beneficio de las grandes mayorías populares. El kirchnerismo bajo la impronta primero de Néstor y después de Cristina habilitó la posibilidad de refundar al propio peronismo rescatándolo de su mutación en instrumento del neoliberalismo. Hoy, cuando ciertos nombres que se proclaman como camino inexorable de las candidaturas presidenciales del Frente para la Victoria no hacen otra cosa que expresar una pirueta regresiva hacia el espíritu de los ’90, se vuelve indispensable reivindicar el espíritu de un discurso pronunciado un 25 de mayo.
Fuente:Veintitres

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