18 de diciembre de 2019

Homenaje a «Carlón» Pereyra Rossi.

Hace 37 años el pueblo salió a la calle enfrentando a la dictadura al grito de «Luche y se van» / Homenaje a «Carlón» Pereyra Rossi
Resumen Latinoamericano, 17 diciembre 2019
Se estaba terminando, deshilachada, la última dictadura. Aquella fue la primera marcha de protesta que llegó a copar la Plaza de Mayo desde 1976, la más fuerte durante la dictadura, seis años y medio más tarde del golpe de Videla, Massera y Agosti; y seis meses después de la derrota en Malvinas. Sucedió el jueves 16 de diciembre de 1982.
100 mil personas habían sido convocadas por la «Multipartidaria» donde estaban el Partido Intransigente, el justicialismo, la democracia cristiana, el radicalismo y el desarrollismo, nacida un año antes. Los veteranos dirigentes de esos partidos, muchos de ellos que habían sido complacientes con la dictadura la titularon con un nombre careta: «Marcha de la Civilidad». Un rato antes, desde el hotel Castelar, habían reclamado la vuelta de la democracia, con traspaso del poder a un civil el 12 de octubre de 1983. Redactaron un largo documento, de título apocalíptico: Antes que sea tarde.
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El país venía de una derrota aplastante contra la Inglaterra de Margaret Thatcher. De una inflación del 40% en el trimestre. Y del primer paro general total desde julio de 1975, convocado diez días antes por las dos CGT de entonces, que presionaban por un aumento de sueldos.
Esa tarde intentaron parar a la gente de la Plaza. El operativo policial cercó 96 manzanas, pero las vallas (más precarias y abiertas que las de ahora) estaban puestas a 40 metros de la Casa Rosada, en la línea del monumento a Belgrano. Poca distancia para tanta bronca. Así les fue.
La CGT y la Juventud Peronista acorralaron a la dictadura.
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La organización con la que habían marchado la CGT y la JP, les permitió una rápida reorganización que terminó en una avanzada victoriosa ante el Ejército y la Policía Federal, cuyo retroceso terminó en una desbandada carrera hacia el interior mismo de la Casa Rosada, donde se habían atrincherado.
Una vez que logran asentarse firmemente en Plaza de Mayo tras el desbande de las fuerzas represivas, los miles y miles de jóvenes peronistas y trabajadores de la CGT, estuvieron a un paso de tomar por asalto la Casa Rosada, golpeando sus puertas herméticamente cerradas con las vallas que en teoría, habían sido desplegadas para la contención de la enorme bronca popular.
La multitud, tenía una sola obsesión, bramaba: «Que se va-yan, que se vaaa-yan…»; «paredón, paredón, a todos los milicos que vendieron la Nación», «el que no salta es un militar».
Entinces llegaron las columnas sindicales, con Saúl Ubaldini a la cabeza. Era la venganza del 30 de marzo, cuando habían querido entrar a la Plaza y una represión brutal los paró en la 9 de Julio, al costo de miles de detenidos.
Anochecía. Delante de la Casa Rosada se intentó una muralla: había carros de asalto, patrulleros y policía montada. Los caballos amagaron cargar contra los manifestantes, éstos derribaron varias vallas. La multitud se encontró —sin rejas por medio— con los uniformes.
En el ángulo de Balcarce con Yrigoyen, un policía empujó a un muchacho. De repente estalló una silbatina y una lluvia de insultos. En ese segundo, cerca de las ocho, explotó la primera granada de gas. Comenzó el caos y el desbande
Pero un grupo grande aguantó, y contragolpeó con palos, monedas, pilas y piedras. Tres jóvenes se adueñaron de una valla y repiquetearon con ella varias veces contra una puerta cerrada de madera, casi sobre Yrigoyen: no pudieron derribarla. Fue una imagen que inmortalizó la fecha.
Empezaron a estallar los ventanales del edificio rosado y caían trozos enormes de vidrios. Los policías se refugiaron en el largo hall de entrada. Entraron a uno, desmayado. Veinte más llegaron corriendo. Hasta que cayó redondo al piso un agente, que fisgoneaba detrás de una puerta. Fue por una pedrada certera. Afuera, se encendieron fogatas para diluir la nube de gas. En la esquina del Ministerio de Economía ardió una moto de la Federal.
Era la Juventud Peronista, que con la jefatura de Eduardo Pereyra Rossi, «Carlón», había recompuesto su fuerza y su vigor. Carlón había tomado nota de las revoluciones triunfantes de Irán y Nicaragua y preparaba a la JP para la etapa insurreccional.
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Carlón Pereyra Rossi

Era un jefe excepcional. La consigna que logró imponer por entonces fue: “Luche y se van”.
Cuando sus amigos le decían que se exponía mucho, él con una sonrisa amarga en los labios les contestaba, que el promedio de vida de un combatiente para esa época no superaba los 6 meses y que él ya había cumplido ocho veces esa media ¿para qué más?
Fue secuestrado el 14 de mayo de 1983, en Rosario, provincia de Santa Fe, en el bar “Magnum” (Ovidio Lagos y Córdoba) cuando compartía una mesa y una charla organizativa a futuro con su compañero Osvaldo “El Viejo” Cambiasso. Al ser rodeado por un grupo de tareas, Carlón trató de cortarse la yugular con un vaso de vidrio, pero se lo impidieron a golpes. Los secuestradores se llevaron a ambos y luego se lo pasaron a otros policías que los torturaron y asesinaron. Entre ellos se encontraba el subcomisario Luis Abelardo Patti. Eduardo Pereyra Rossi era miembro de la Conducción nacional de Montoneros y tambien era poeta.
Esa noche frente al Cabildo un grupo de services mataron a Dalmiro Flores, obrero metalúrgico. Hubo más de 90 heridos y 120 detenidos.
Después de seis años de terror, el pueblo argentino había despertado haciendo temblar las puertas de la Casa Rosada.
Al frente estaban los trabajadores peronistas y la JP.
Dalmiro Flores, presente!
Gloria a Eduardo Pereyra Rossi!

Eduardo Pereyra Rossi: convocatoria a la rebeldía

En su juventud platense ingresó a la militancia revolucionaria. Adquirió al poco tiempo rangos importantes en Montoneros. Luego de su exilio regresó al país y murió a los 33 años combatiendo el final de la dictadura. Sus poemas, escritos en el fragor de las batallas, fueron guardados por su compañera Estela Cereseto.
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Convocatoria
Convoco a los que todos los días se levantan y salen a yugarla por migajas que no alcanzan, a que se rebelen.   Convoco a los que todos los días vacilan en ir o no ir al templo que envejece los corazones.   Convoco a los que caminan sin rumbo en una tarde cualquiera, buscando una razón.   Convoco a los pacíficos que no están cumpliendo con su deber a pesar de sus buenas intenciones.   Convoco a los que no comen lo suficiente ni se abrigan lo necesario y tienen sed torrencial.   Convoco a los pequeños de ambiciones que dejan a los demás ambicionar más de la cuenta.   Los convoco a dar vuelta el pulóver, a pegarle al prepotente y a escupir en la cara a los que no han sido convocados.   Los convoco a romper lo que no sirve, a perpetrar los robos necesarios, y a recuperar lo perdido.   Los convoco a cagarse en el miedo y patear las puertas donde encerrados están los condenados.   Los convoco a abrir las cárceles a ventilar las tumbas y a levantar las calaveras de los hermanos heridos de muerte.   Los convoco a abrazarse en las plazas del país, a escribir los muros y a fusilar a los fusiladores.   Los convoco a no atar nada, sino a despedazar las cadenas.   Los convoco a agitar banderas y colores y correr liberados por las calles y por campos húmedos de rocío.   Los convoco a ser sinceros, a putear a los hijos de puta, a desobedecer al tirano, a amar sin límites y a odiar.   Y si, a esa convocatoria por impolítica no concurre nadie, ¡Mala leche! Quedan entonces convocados al entierro de la vida del que tuvo esta pésima idea.   Si a esta convocatoria vienen algunos, pero no todos los convocados, no importa, en la próxima seremos más.   Y si a esta convocatoria vienen todos los convocados, la cordura habrá invadido en Revolución nuestro país para siempre.    
Envio:RL

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