ESCRITO POR EL ZUMBIDO
17 FEBRERO,
2021
Este
miércoles 17 de febrero continuaron las declaraciones en el séptimo tramo de
los juicios por delitos de lesa humanidad en el Alto Valle de Neuquén y Río
Negro, con nuevos beneficios en relación a la asistencia de los imputados. El
primer testimonio fue el de Pablo Krahulec, ex sobrino del genocida Enerio
Huircain, con quien cortó su vínculo familiar al enterarse del rol del represor
durante la dictadura y decidió apoyar y acompañar a la familia Paris en su
búsqueda por memoria, verdad y justicia, involucramiento que le costó episodios
de intentos de amedrentamiento que se perpetuaron incluso frente a los jueces
por parte de los defensores en el día de hoy. Luego brindó por primera vez su
testimonio Raúl Héctor González, secuestrado en junio del 76 y trasladado en
uno de los vuelos de la muerte a la Escuelita de Bahía Blanca. En su relato
reconoció a varios represores y a compañeros que permanecen desaparecidos.
Libros, folletines y personas
Raúl Héctor González era diputado provincial por el Frente Justicialista de Liberación cuando fue secuestrado en junio de 1976. A sus 82 años contó por primera vez en un juicio lo que le sucedió aquel invierno que había viajado a Junín de los Andes en busca de información sobre compañeros de su partido que habían sido secuestrados y al llegar a su casa en Zapala, de madrugada, fue allanado por un operativo integrado por diferentes fuerzas represivas del estado: militares del ejército, uno de ellos sin uniforme, y policías federales.
Tras irrumpir en mitad de la noche golpeando
violentamente la persiana e ingresar a su domicilio con armas, los
represores secuestraron libros y otras publicaciones y también lo secuestraron
a él. La primera parada fue en la tienda en la que trabajaba su compañera,
donde también revisaron todo. Luego lo llevaron al regimiento de
Zapala, donde lo dejaron bajo la custodia de un oficial al que le ordenaron
dispararle ante cualquier acción “rara”. Después lo subieron a una camioneta
con destino a Neuquén con cuatro militares, de los que solo conoce al
suboficial Gómez, con quien lo dejan solo en el auto cuando pasan por el
Comando de la capital provincial y bajan los materiales que robaron de su casa.
Mientras está solo con Gómez, este martilla su arma de manera intimidante y la
deja en posición de amenaza mientras duró la parada.
El
destino era la U9.
Llegaron, lo revisaron completo, haciéndolo desnudar e incomodándolo. Lo
instalaron en una celda de la parte baja de la prisión federal. Era domingo y
hasta el martes lo tuvieron ahí. Ese día volvieron a revisarlo y vio que
había otras personas: mujeres jóvenes y varones. Solo conocía a Élida
Sifuentes por parentesco.
Entre
tanto, la compañera de González acudió al regimiento de Zapala para
averiguar por él y el suboficial que estaba en la guardia le dijo “que
se olvide, porque era el jefe patagónico del Ejército Revolucionario
del Pueblo”.
En un
celular lxs trasladaron hasta el sector militar del aeropuerto. González relata
que si bien tenían los ojos descubiertos no podían ver nada porque los
iluminaban con reflectores a la cara. Ahí les colocaron las vendas en los ojos
y les ataron las manos. Los asientos del avión eran laterales. “Nos pegaron algunos gomazos en
la espalda para que no intentáramos nada raro”, narra: “me tomaron una
declaración que parecían estar grabando y me preguntaron
insistentemente por René Chávez, que era una diputada peronista”. Las preguntas
eran lo suficientemente precisas como para dejar en claro que lo
estaban persiguiendo de cerca desde hacía tiempo.
“No
sabíamos dónde íbamos, no nos dijeron”. Estaban en el aire hacia un destino incierto, con
los ojos y las manos clausuradas y con el cuerpo recién golpeado. El avión
aterrizó y lxs dejaron en un lugar donde había otras personas con las que
fueron reconociéndose a través de preguntas, entre ella su compañero de partido
Eduardo Buamscha. Si bien desconocían su ubicación (Bahía Blanca), “la
sensación era de estar en alguna dependencia de las fuerzas armadas”.
“El trato
fue igual para todos: nos agarraban de un brazo y de una pierna y nos
tiraban”, explicó González. Algunxs caían mal y se quejaban del dolor.
“La
primera noche la pasé en lo que por el olor identifico como una caballeriza”,
dijo. Ahí estuvo con Jorge Asenjo y Carlos Shedan, quienes permanecen
desaparecidos. “Nos tenían esposados de las muñecas entre nosotros y
tuvimos dos reprimendas esa noche por las charlas”, recordó.
El
segundo día en Bahía Blanca fueron trasladados a un lugar al que llegaban
pasando un alambrado y en el que todo parecía redondeado. A él lo dejan en una
habitación y se da cuenta que el sol le llega a las piernas, por lo cual se
corre de a poco buscando calentarse el cuerpo. Ante ese movimiento, lo patearon
hasta hacerlo caer al suelo, lastimándose la muñeca. Creía estar solo en esa
habitación: “no sé dónde fueron Corvalán (Shedan), Asenjo ni las chicas
con las que estábamos”.
De su
paso por ese centro clandestino, también recuerda haber escuchado el
nombre de Miguel Ángel Pincheira, todavía desaparecido.
“Esa
noche empezó una rutina de gente que venía y hablaba con el objetivo de sacar
datos”, relató González, “todos tenían nombres de animales: el perro, la
vaca, el zorro, el zorrino, y al de mayor grado lo llamaban ‘el tío’ (genocida
Santiago Cruciani) y estaba en un lugar al que llamaban ‘el quirófano’”. Les
preguntaban sus nombres y sus nombres de guerra, les ponían una cinta debajo
del labio con un número y les sacaban una foto.
La única
vez que él estuvo en el “quirófano” no fue torturado, pero recuerda con
precisión que “todos los que pasaban por ahí salían bastante mal”.
Mientras
tanto, los represores jugaban a los buenos y malos: “el perro venía a la madrugada
y nos sacaba la cobija, después venía la vaca y nos devolvía la cobija”.
También les mostraban sus armas por debajo de la venda.
En un episodio en el que a
González le ajustaron de más la venda lastimándole un párpado y tuvieron que
llevarlo a enjuagarse la cara, pudo ver en el reflejo del espejo del baño al
represor que se hacía llamar “la vaca”, con una bolsa “como de cebollas” en la
cabeza.
Con el
día del padre llegó lo que el sobreviviente describe como un “recreo”. Ese día
visitó el lugar uno que se hacía llamar “el sobrino”, que parecía tener
un rango superior a todos y los interrogó. Luego los subieron a una
camioneta, supuestamente para liberarlos, pero a González lo hicieron bajar
porque no encontraban su documento de identidad. En esa secuencia, un
represor se refirió a él como “Gonzalito” y pudo reconocerlo como alguien de
las viejas familias de Zapala.
Volvieron a meterlo en la casa, a
atarlo a una cucheta diciéndole cada día que se iría, pero se seguía quedando.
Comían
una sola vez por día, de noche. Una sopa. No les permitían bañarse ni asearse
de ningún modo. Entraban y salían personas permanentemente.
Recién el
1 de julio lo subieron a un avión de regreso a Neuquén.
La
primera parada en Neuquén fue la U9. Cuando les quitaron las vendas y se
vieron, con su compañero Eduardo Buamscha no se reconocían por lo
deteriorados que estaban. Los llevaron a diferentes celdas y a él le tocó
la misma en la que había estado anteriormente, donde pudo advertir que
había estado encerrado también Asenjo, a partir del dibujo de un
corazón en la pared con los nombres de su compañera e hija.
Lo
llevaron con el genocida Oscar Lorenzo Reinhold, que le hizo algunas
preguntas. Ya le habían avisado a su familia que saldría, con quienes se
encontró en la puerta de la prisión, para volver a Zapala.
Toda familia es política
Pablo
Krahulec conoció a Nadia Paris en 2006 y con ella la historia de Eduardo Paris.
Hasta ese momento desconocía que su entonces tío político, Enero
Huircain, era un genocida vinculado al secuestro de esa y otras víctimas del
terrorismo de estado desde su rol de policía de la provincia de Río Negro.
Tras
escuchar en primera persona el testimonio de Paris, la historia comenzó a
cerrarle y con el tiempo otras personas que fueron secuestradas también
empezaron a señalar al hombre que hasta entonces había sido de la familia.
El testigo en aquel momento habló con su núcleo familiar, con quienes convivía, y les manifestó lo que había descubierto, generándose, como frente a todo secreto familiar revelado, rupturas, descreimientos y acusaciones. Sin embargo, no dudó en ponerse a disposición de lxs Paris, por convicción política.
Tanto él
como su madre y su padre tenían temor por las consecuencias de exponer a un
genocida, sin ir más lejos, su auto apareció manchado adrede con sangre
en ese tiempo, su madre recibía “llamadas raras”, y finalmente en 2012, el
propio Huircain declaró en su indagatoria que las acusaciones contra él eran
parte de una “novela orquestada por un familiar” y que eso podía corroborarlo
porque se había encargado de “hacerle un seguimiento desde el primer momento”.
“Estoy
acá para seguir acompañando a la familia Paris y a Eduardo, a quienes seguiré
acompañando en la medida de mis posibilidades; se trata de la lucha por la
verdad, la memoria y la justicia, de ponerle el cuerpo, de decir lo que uno
sabe y estar a entera disposición”, resaltó mientras era hostigado por preguntas
de la defensa que dejaban tan en claro como lo hizo el represor Huircain en
2012 que lo habían estado investigando, tanto a él como a su familia: “el
aparato represivo no se ha desmantelado y continúan las mismas prácticas”.
En
declaraciones posteriores a la audiencia, Krahulec aseguró que “era un deber
ético y moral venir a dar testimonio, no hay lazos ni de sangre ni de
parentesco por encima de la verdad histórica”. Remarcó que se sintió
atacado por la defensa de los genocidas a partir de preguntas insistentes que
realizaron sobre su hermana y dijo que “el terror es nodal, porque muchas veces
paraliza, nos hace quedarnos puertas hacia adentro e inmoviliza; esto operó
muy claramente durante el terrorismo de estado y sigue operando hasta el día de
hoy, el terror doblega, intimida y contribuye más a la impunidad que a la
verdad”.
“Mostrar que la continuidad está también de este lado”
Las
defensas de al menos cinco genocidas pidieron que, además del privilegio que
tienen muchos de estar en sus domicilios y los claros beneficios que tienen en
relación a los derechos a los que pueden acceder lxs presxs comunes: “pretenden
no estar ni siquiera de manera virtual”, explicó Mariana Derni, abogada
querellante por el Ceprodh. “El tribunal les dio el beneficio y desde el
Ceprodh hicimos la reserva de recurrir en Casación, porque la realidad es
que venimos a un tramo al que ha costado muchísimo llegar, con un
contexto aprovechado por los genocidas, pero también por el tribunal para
establecer restricciones a la publicidad”, dijo e insistió con la
importancia del acompañamiento: “adentro de la audiencia, que es bastante
limitado, y también en la calle, porque viene a fortalecer esa pelea y
es la mejor respuesta que se le puede dar a todas estas restricciones que el
tribunal le concede a los genocidas, estar acá en la calle acompañando cada uno
de los testimonios”.
Por su parte, Natalia Hormazabal del mismo organismo, expresó que “desde las partes acusadoras le damos muchísimo valor a la presencia de cada compañero y compañera y también al hecho de que estén los genocidas en el banquillo de los acusados, aunque hoy sea un banquillo virtual lleno de privilegios”. Aseguró que “vamos a seguir denunciando que es un juicio que tiene que ver con el hoy y que queremos verlos sentados en el banquillo de los acusados, que la situación de pandemia no los va a excusar y que la sala contigua es aquí adentro del tribunal y que obviamente vamos a seguir planteando que estos juicios no son juicios del ayer, tienen un profunda ligación con el hoy” e instó al acompañamiento para “mostrar que la continuidad está también de este lado”.
La próxima audiencia será el 24/02 y declararán Eduardo Guillermo Buamscha, Héctor Villaverde, Lucio Espíndola, Darío y Matilde Altomaro y Jorge Raúl Cháneton.
Fuente:RNML




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