Presidentes de la región estarán en Río junto al Papa
La presidente de Brasil, Dilma Rousseff, invitó a sus pares latinoamericanos a viajar a Río de Janeiro la semana próxima para acompañar al papa Francisco. La presidenta de Argentina, Cristina Fernández; el presidente de Chile, Sebastián Piñera; y el de Panamá, Ricardo Martinelli, confirmaron asistencia.
La presidente de Brasil, Dilma Rousseff, invitó a sus pares latinoamericanos a viajar a Río de Janeiro la semana próxima para acompañar al papa Francisco en algún momento de su estadía en la ciudad carioca, informó hoy el vocero vaticano, Federico Lombardi.
El papa Francisco llegará a Río el próximo lunes 22 y permanecerá hasta el domingo 28 para presidir la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) que congregará a unos 2 millones de jóvenes de todo el mundo; entre ellos, más de 40 mil argentinos. Fuentes políticas dijeron a EFE que, entre los invitados presidenciales, ya confirmaron que acudirán la presidenta de Argentina, Cristina Fernández; el presidente de Chile, Sebastián Piñera; y el de Panamá, Ricardo Martinelli.
Al parecer, los presidentes asistirían a la misa de cierre de la jornada, prevista para el 28 de julio en el "Campus Fidei" de Guaratiba, a unos 15 kilómetros de Río.
El papa Francisco llegará a Río el próximo lunes 22 y permanecerá hasta el domingo 28 de julio
Por parte de Argentina, ya confirmó su presencia en Río el gobernador de Buenos Aires, Daniel Scioli, quien participará de la recepción oficial al papa argentino el lunes 22 en el Palacio Guanabara, invitado por el gobernador de Río, Sergio Cabral.
Fuente:InfoNews
Brasil movilizadoEl papa Francisco llegará a Río el próximo lunes 22 y permanecerá hasta el domingo 28 de julio
17.07.2013
Mundo / Los conflictos existían, pero estaban aislados. ahora, el PT tiene el desafío (y la necesidad) de volver a representar a quienes alguna vez representó.
Por Bruno Bimbi
"Dilma nunca decepciona: siempre decepciona", tuiteó el antropólogo brasileño Eduardo Viveiros de Castro, uno de los intelectuales más lúcidos del país. La presidente acababa de hablar por cadena nacional, sin decir nada. Su primera reacción a las protestas multitudinarias que llenaron las calles de Brasil, luego un largo e incomprensible silencio, era un video grabado en estudio, en el que leyó un texto escrito por el publicista João Santana. Estaba nerviosa. Parecía un spot de campaña, frío, leído de forma robótica, mirando a cámara desconectada, inexpresiva. "Decepción" es la palabra que mejor describe el momento que vive Brasil, donde no se movilizaba tanta gente desde finales de la dictadura. Ni siquiera las marchas contra Collor en 1992 reunieron a una multitud semejante. En Rio de Janeiro, los medios hablaban de 300.000 personas, pero hubo más de un millón. Yo estuve ahí. Había más gente que en el desfile del Cordão da Bola Preta, en carnaval, la manifestación callejera anual más grande en la ciudad. Y se veía bronca mezclada con entusiasmo, la sensación de estar haciendo historia, carteles escritos a mano, consignas variadas y espontáneas y un cansancio enorme por la distancia entre la política y la vida de las personas que viajan todos los días en colectivo. Parecía la Argentina de 2001, pero sin que nadie pidiera que se fueran todos: pedían que cambien, que escuchen.
Y el PT, que tantas veces ocupó las calles, estaba esta vez del otro lado del mostrador y desorientado, aunque igualmente desorientados estaban la oposición y los medios, que no entendían lo que estaba pasando. Las marchas habían sido convocadas por las redes sociales y cientos de miles confirmaban online que asistirían. En Brasil no están acostumbrados a marchas masivas como ésta. La primera señal la vi al ir a tomar el subte en mi barrio: la fila era más larga que cuando están todos yendo a recibir el Año Nuevo en la playa. La TV Globo, al principio, jugó contra la protesta, pero cuando vieron un millón de personas en la avenida Presidente Vargas, suspendieron la novela para transmitir en vivo. Fue un volantazo.
El mundo se sorprendía y muchos nos preguntaban a quienes vivimos acá cómo era posible que estuviera pasando esto en ese país admirado al que muchos veían como modelo. La decepción por la transformación del PT en partido del orden, sin embargo, no empezó ayer. Tras décadas en la oposición, quienes alguna vez fueron la izquierda llegaron al poder y allí construyeron una coalición para mantenerlo que incluye a muchos de sus históricos adversarios y, para contenerlos, excluye a muchos de los sectores sociales a los que el PT siempre había representado. Lula manejaba esas alianzas con una cintura política que Dilma no tiene, pero el germen de lo que pasa hoy empezó a gestarse en su gobierno, con Sarney, el PMDB, la Iglesia Universal... Ella, con menos habilidad y, sobre todo, menos sensibilidad social y afectiva, cede y cede, cada vez más. Y su gobierno está cada vez más lejos de su promesa.
En las protestas contra Collor, hace 20 años, el joven Lindberg Farias, presidente de la Unión Nacional de los Estudiantes, lideraba el pedido de impeachment con la cara pintada de verde y amarillo. Se afilió al Partido Comunista, después a un partido trotskista y finalmente al PT. Hoy es senador, está acusado de corrupción y sube al palco de la marcha del Ku Klux Klan antigay, organizada por un pastor evangélico multimillonario, para hacer campaña. Su transformación simboliza la transformación del partido que está en el gobierno.
La cuenta algún día iba a llegar. Lo vengo anticipando en las redes sociales. Pero es poco lo que se sabe en la Argentina sobre Brasil, ya que los medios oficialistas hablan bien de Dilma porque es aliada de Cristina, y los medios opositores porque quieren mostrar que es mejor que CFK. En estos días tuvimos un baño de realidad.
Las alianzas políticas llevaron al PT a desoír el reclamo de más de un millón de personas que se habían manifestado, a través de un petitorio firmado por Internet, contra la designación de uno de los políticos más repudiados del país, Renan Calheiros, como presidente del Senado. También habían elegido para presidir la Comisión de Medio Ambiente de la casa a un ruralista, Blairo Maggi, al que Greenpeace premió con la "motosierra de oro" como uno de los mayores depredadores del Amazonas. Y eso pasó después de que el Congreso aprobara cambios al Código Forestal que los ambientalistas denuncian como un indulto a los grandes ruralistas que están acabando con los bosques. Mucha gente protestaba, también, contra eso. Y Kátia Abreu, la Biolcati de Brasil, que odiaba a Lula, ahora elogia a Dilma.
Los conflictos ya existían y eran muchos, pero estaban, todavía, aislados.
A fines del año pasado, una carta firmada por indios de la tribu guaraní kaiowa conmovió a miles de personas y tuvo un fuerte impacto en las redes sociales. "Guaraní Kaiowa" pasó a ser el apellido de miles de internautas en sus perfiles de Facebook y Twitter. "Pedimos al gobierno y a la justicia federal que no decreten la orden de desalojo, sino nuestra muerte colectiva, y que nos entierren a todos aquí", gritaban los indios, amenazados de expulsión de sus tierras por un megaemprendimiento apoyado por el gobierno de Dilma. "El agronegocio está cada vez más osado en su ataque a los indígenas y la coalición que daba sustento al ‘lulismo’, en la cual había algún espacio para luchar por los derechos amerindios, fue reemplazada por un gobierno más tecnocrático y desarrollista, claramente hostil a los indios", escribió Idelber Avelar, profesor brasileño de la Universidad de Tulane, EE. UU., que alguna vez simpatizó con el PT. Avelar denunciaba, en octubre pasado, que el gobierno de Dilma "se esfuerza por aprobar algo que ni la dictadura consiguió: la minería en tierras indígenas".
A fines de mayo, la situación empeoró con el asesinato del indio Oziel Gabriel, de
36 años, en una hacienda ocupada por la comunidad terena en Mato Grosso do Sul, donde, según la Folha de São Paulo, 28.000 indígenas ocupan 20.000 ha demarcadas, mientras que el productor Ricardo Bacha, dueño de la hacienda donde se produjo el asesinato, tiene 6.300 ha, 800 de las cuales en litigio. Oziel recibió un tiro durante el desalojo realizado por la Policía Federal, enviada por Dilma. El conflicto se suma al que aún continúa en la usina de Belo Monte, en Pará, y la represión a los ocupantes del Museo del Indio en Rio de Janeiro, cerca del Maracanã. La periodista Eliane Brum, de la revista Época, destaca que durante los gobiernos de Lula y Dilma fueron asesinados 560 indios en conflicto por las tierras.
Pero los indios no fueron los únicos abandonados por el partido que alguna vez quiso representarlos. El giro conservador del gobierno de Dilma por su alianza con la mafia evangélica fundamentalista es uno de los rasgos más distintivos de su gobierno y puso en la vereda de enfrente a las minorías sexuales, a los negros que practican religiones de matriz africana, a las mujeres que luchan por sus derechos sexuales y reproductivos, y a todos los que defienden la laicidad del Estado.
Las primeras manifestaciones importantes comenzaron en marzo de este año, cuando la Cámara de Diputados, por un acuerdo de cúpulas entre el PT y los partidos de la "base aliada" —y el apoyo de parte de la oposición de derecha—, designó como presidente de la Comisión de Derechos Humanos y Minorías al diputado y pastor evangélico Marco Feliciano, que en los últimos comicios hizo campaña por Dilma.
El pastor se había hecho famoso cuando dijo que los africanos "descienden de un ancestral maldito". "La maldición que Noé lanzó sobre su nieto, Canaán, se sacude sobre todo el continente africano. De ahí vienen el hambre, las pestes, las enfermedades y las guerras étnicas", aseguró, reviviendo una interpretación racista del Génesis que sirvió, en el pasado, para justificar la esclavitud de los negros. "Toda nación pagana atrae desgracias. La Biblia dice: ¡bendita la nación cuyo dios el el Señor! ¡La cura está en Cristo!", bramó.
Como si esto fuera poco, el pastor aseguró que Dios mandó a matar a John Lennon (¡!) por haber dicho que los Beatles eran más famosos que Jesús. En un video visto por más de 700.000 personas en YouTube, Feliciano grita enardecido: "Fueron tres tiros en el pecho: el primero en nombre del Padre, ese otro en nombre del Hijo y ése en nombre del Espíritu Santo. ¡Nadie ataca a Dios y sobrevive para demostrarlo!".
Pero además de decir barbaridades, Feliciano factura, como el resto de sus colegas de la mafia evangélica fundamentalista. Mucha plata. Uno de los negocios de estos grupos es convencer a sus fieles de que tienen que vaciar sus bolsillos en la Iglesia. Porque el dinero, las joyas, las tarjetas de crédito, todo lo que tengan es de Dios. Y hay que devolvérselo, a través de sus representantes. En otro video en YouTube, el pastor está recibiendo donaciones y descubre que uno de los fieles dejó su tarjeta de crédito.
—Es la última vez que lo digo: Samuel de Souza donó la tarjeta, pero no donó el PIN. Así no vale. Después va a pedir un milagro a Dios, Dios no se lo va a dar, y él va a decir que Dios es malo.
El pastor sigue contando el dinero y repite, con cheques y billetes en la mano: "¡Gloria a Jesús!". En el mismo video, recibe 1.000 reales de un tetrapléjico, a quien promete la curación. Días atrás, el diario O Globo mostró cómo los pastores ponen avisos en los diarios para buscar socios para abrir una iglesia, y explican a quien los llama: "Es mucha, mucha plata".
La elección de Feliciano como presidente de la Comisión provocó marchas multitudinarias en todo Brasil. En Rio, este cronista participó de la organización de uno de los actos de repudio a su designación, en el que hablaron Caetano Veloso, el actor Wagner Moura, el diputado y activista gay Jean Wyllys, curas católicos, representantes de la colectividad judía, pastores bautistas y presbiterianos, y hasta un monje budista. Las calles de todas las ciudades se llenaron de gente.
"Fuera, Feliciano" se transformó en el grito de miles que reclamaban al gobierno que dejara de entregar el país al fundamentalismo. Y Dilma, que por su alianza con los pastores millonarios destrozó las políticas de Estado que enorgullecían a Brasil en la prevención del VIH y canceló los programas de educación sexual en las escuelas, eligió el silencio. El mismo que opera frente a los más de 300 asesinatos homofóbicos anuales en Brasil.
En mayo, el Consejo Nacional de Justicia reglamentó el matrimonio igualitario, y sucedió algo que, a los ojos de un argentino, puede parecer insólito. Partidos aliados al gobierno "de izquierda" presentaron recursos contra la decisión, mientras la oposición "de derecha" la elogiaba. Y Dilma, otra vez, no dijo nada.
Tras las protestas contra el pastor vinieron movilizaciones contra el aumento de los pasajes de colectivos y subtes en varias capitales, decididos por intendentes del PT, de la "base aliada" y de la oposición. En Porto Alegre, el intendente dio marcha atrás, pero en San Pablo, ciudad gobernada por el PT, el intendente Fernando Haddad hizo oídos sordos a las protestas. El gobernador, del derechista PSDB, mandó a la policía a reprimir de manera salvaje, con la anuencia del alcalde. Tanques en las calles, policía montada, gases lacrimógenos, balas de goma. El Folha de San Pablo editorializó a favor de la represión, y seis periodistas de ese medio recibieron balas de goma. Un cronista de la revista Carta Capital fue detenido por llevar una botella de vinagre, usado para aliviar los efectos de los gases y poder trabajar. El ministro de Justicia de Dilma ofreció refuerzos al gobernador, avalando la represión, y el intendente petista desapareció.
En Rio, el mismo empresario que controla una cuarta parte de las empresas de ómnibus tiene lazos familiares con el gobernador. En Brasilia, gobernada por el PT, mientras la presidente inauguraba el estadio Mané Garrincha, que costó 1.200 millones de reales, una protesta en los alrededores contra los gastos excesivos por el Mundial era reprimida con igual salvajismo que el que usó la PM en Salvador, también gobernada por un petista. Lo mismo pasaba en Rio, gobernada por un aliado de Dilma, Sérgio Cabral, uno de los más insultados en las manifestaciones de la semana siguiente. Las obras del Mundial incluyen desalojos compulsivos de familias pobres, represión y reformas en estadios como el Maracanã para sacar las populares y que sólo puedan ir a la cancha los ricos.
Cada reclamo empezó a sumarse a los otros. Ya no estaban aislados.
No alcanzó que los intendentes dieran marcha atrás con los aumentos. Ahora las protestas eran por mucho más que los 20 centavos del boleto. Hay una nueva clase media (la "C"), integrada por millones que dejaron de ser pobres gracias a Lula. Ése es el gran mérito del PT. Pero ese ascenso social no se tradujo en servicios de educación, salud, transporte, vivienda, saneamiento básico, cultura, calidad de vida. La nueva clase media puede comprarse un auto, pero va a escuelas en pésimo estado con profesores mal pagos, se atienden en centros sanitarios que no dan abasto o pagan fortunas por un seguro médico, y viajan en medios de transporte carísimos y de pésima calidad. La policía funciona como una mafia y, en Rio, milicias parapoliciales controlan buena parte de la zona oeste de la ciudad, amparadas por el poder. La alianza del PT con la vieja política y el establishment económico mantuvo en sus cargos a intendentes y gobernadores que siguen robando y manteniendo las cosas como siempre, y no le permitió ir a fondo en las cuestiones estructurales. Pero esa nueva "clase C" ahora exige más y se indigna cuando le dicen que tiene que pagar más caro el colectivo mientras se gastan 1.000 millones en refaccionar el Maracanã para que lo explote un empresario "amigo".
Y encima la reprimen como en la dictadura. O, para ser más precisos, como lo hicieron siempre en las favelas (la semana pasada, la policía asesinó a 10 personas en la Maré, la favela a la que cantan los Paralamas). Pero esta vez lo hicieron en las principales avenidas, donde la clase media (también es justo decirlo) se indigna con ojos selectivos, y YouTube viralizó las imágenes. La represión masificó las protestas y las unió. Los gays que protestaban contra Feliciano, la clase media que rechazaba proyectos legislativos tendientes a garantizar impunidad a los corruptos, los que se oponían al despilfarro en estadios de fútbol en un país con pésimos servicios públicos, los que reclamaban la reducción de las tarifas del transporte, todos se unieron impresionados por las imágenes de la policía actuando como en dictadura en un país presidido por una ex presa política.
Entonces hubo más de un millón en la calle. Y habló Dilma, y no dijo nada.
La primera reacción del Congreso fue aprobar, en la Comisión de Derechos Humanos presidida por Feliciano, un proyecto de ley que obliga a los psicólogos a reconocer la homosexualidad como una "enfermedad". Nafta sobre el incendio. Las marchas continuaban. Los políticos seguían encerrados en sus burbujas.
Ahí entró Lula y movió un poco el tablero. El gobierno, por primera vez, retomó la iniciativa. Dilma propuso una reforma política que difícilmente pueda aprobarse en el Congreso y convocó al diálogo. Sin embargo, no ha habido más que declaraciones y fotos. El Parlamento comenzó a dar algunas señales hipócritas, rechazando proyectos cuestionados en las manifestaciones, como la "cura gay" y la reforma penal que beneficiaba a los corruptos, que hasta hace 15 días se encaminaban a ser aprobados por amplia mayoría. Dilma y el PT viven su peor momento, aunque la oposición está tan desorientada como ellos.
Las últimas encuestas muestran que la popularidad de la presidente (pero también las de los gobernadores aliados y adversarios) cayó 30 puntos en tres semanas. El último presidente que se derrumbó así en los sondeos fue Collor de Melo tras anunciar un corralito. Con esos números, Dilma ya no tendría garantizada la reelección, aunque Lula aún parece estar en pie.
¿Será el fin del ciclo petista, o el retorno a las fuentes? ¿Podrá Lula reinventar el movimiento que lo llevó al poder y salvarlo de la decepción de Dilma?
Las vueltas de la política argentina nos enseñan que es mejor ser prudentes, porque todo cambia a una velocidad que cuesta acompañar. Pero si el PT quiere volver a representar a quienes alguna vez representó, el cambio deberá ser muy grande y rápido. Deberán dejar de ser el partido conservador de Brasil.
Fuente:Newsweek
16.07.2013"Dilma nunca decepciona: siempre decepciona", tuiteó el antropólogo brasileño Eduardo Viveiros de Castro, uno de los intelectuales más lúcidos del país. La presidente acababa de hablar por cadena nacional, sin decir nada. Su primera reacción a las protestas multitudinarias que llenaron las calles de Brasil, luego un largo e incomprensible silencio, era un video grabado en estudio, en el que leyó un texto escrito por el publicista João Santana. Estaba nerviosa. Parecía un spot de campaña, frío, leído de forma robótica, mirando a cámara desconectada, inexpresiva. "Decepción" es la palabra que mejor describe el momento que vive Brasil, donde no se movilizaba tanta gente desde finales de la dictadura. Ni siquiera las marchas contra Collor en 1992 reunieron a una multitud semejante. En Rio de Janeiro, los medios hablaban de 300.000 personas, pero hubo más de un millón. Yo estuve ahí. Había más gente que en el desfile del Cordão da Bola Preta, en carnaval, la manifestación callejera anual más grande en la ciudad. Y se veía bronca mezclada con entusiasmo, la sensación de estar haciendo historia, carteles escritos a mano, consignas variadas y espontáneas y un cansancio enorme por la distancia entre la política y la vida de las personas que viajan todos los días en colectivo. Parecía la Argentina de 2001, pero sin que nadie pidiera que se fueran todos: pedían que cambien, que escuchen.
Y el PT, que tantas veces ocupó las calles, estaba esta vez del otro lado del mostrador y desorientado, aunque igualmente desorientados estaban la oposición y los medios, que no entendían lo que estaba pasando. Las marchas habían sido convocadas por las redes sociales y cientos de miles confirmaban online que asistirían. En Brasil no están acostumbrados a marchas masivas como ésta. La primera señal la vi al ir a tomar el subte en mi barrio: la fila era más larga que cuando están todos yendo a recibir el Año Nuevo en la playa. La TV Globo, al principio, jugó contra la protesta, pero cuando vieron un millón de personas en la avenida Presidente Vargas, suspendieron la novela para transmitir en vivo. Fue un volantazo.
El mundo se sorprendía y muchos nos preguntaban a quienes vivimos acá cómo era posible que estuviera pasando esto en ese país admirado al que muchos veían como modelo. La decepción por la transformación del PT en partido del orden, sin embargo, no empezó ayer. Tras décadas en la oposición, quienes alguna vez fueron la izquierda llegaron al poder y allí construyeron una coalición para mantenerlo que incluye a muchos de sus históricos adversarios y, para contenerlos, excluye a muchos de los sectores sociales a los que el PT siempre había representado. Lula manejaba esas alianzas con una cintura política que Dilma no tiene, pero el germen de lo que pasa hoy empezó a gestarse en su gobierno, con Sarney, el PMDB, la Iglesia Universal... Ella, con menos habilidad y, sobre todo, menos sensibilidad social y afectiva, cede y cede, cada vez más. Y su gobierno está cada vez más lejos de su promesa.
En las protestas contra Collor, hace 20 años, el joven Lindberg Farias, presidente de la Unión Nacional de los Estudiantes, lideraba el pedido de impeachment con la cara pintada de verde y amarillo. Se afilió al Partido Comunista, después a un partido trotskista y finalmente al PT. Hoy es senador, está acusado de corrupción y sube al palco de la marcha del Ku Klux Klan antigay, organizada por un pastor evangélico multimillonario, para hacer campaña. Su transformación simboliza la transformación del partido que está en el gobierno.
La cuenta algún día iba a llegar. Lo vengo anticipando en las redes sociales. Pero es poco lo que se sabe en la Argentina sobre Brasil, ya que los medios oficialistas hablan bien de Dilma porque es aliada de Cristina, y los medios opositores porque quieren mostrar que es mejor que CFK. En estos días tuvimos un baño de realidad.
Los conflictos ya existían y eran muchos, pero estaban, todavía, aislados.
A fines del año pasado, una carta firmada por indios de la tribu guaraní kaiowa conmovió a miles de personas y tuvo un fuerte impacto en las redes sociales. "Guaraní Kaiowa" pasó a ser el apellido de miles de internautas en sus perfiles de Facebook y Twitter. "Pedimos al gobierno y a la justicia federal que no decreten la orden de desalojo, sino nuestra muerte colectiva, y que nos entierren a todos aquí", gritaban los indios, amenazados de expulsión de sus tierras por un megaemprendimiento apoyado por el gobierno de Dilma. "El agronegocio está cada vez más osado en su ataque a los indígenas y la coalición que daba sustento al ‘lulismo’, en la cual había algún espacio para luchar por los derechos amerindios, fue reemplazada por un gobierno más tecnocrático y desarrollista, claramente hostil a los indios", escribió Idelber Avelar, profesor brasileño de la Universidad de Tulane, EE. UU., que alguna vez simpatizó con el PT. Avelar denunciaba, en octubre pasado, que el gobierno de Dilma "se esfuerza por aprobar algo que ni la dictadura consiguió: la minería en tierras indígenas".
36 años, en una hacienda ocupada por la comunidad terena en Mato Grosso do Sul, donde, según la Folha de São Paulo, 28.000 indígenas ocupan 20.000 ha demarcadas, mientras que el productor Ricardo Bacha, dueño de la hacienda donde se produjo el asesinato, tiene 6.300 ha, 800 de las cuales en litigio. Oziel recibió un tiro durante el desalojo realizado por la Policía Federal, enviada por Dilma. El conflicto se suma al que aún continúa en la usina de Belo Monte, en Pará, y la represión a los ocupantes del Museo del Indio en Rio de Janeiro, cerca del Maracanã. La periodista Eliane Brum, de la revista Época, destaca que durante los gobiernos de Lula y Dilma fueron asesinados 560 indios en conflicto por las tierras.
Pero los indios no fueron los únicos abandonados por el partido que alguna vez quiso representarlos. El giro conservador del gobierno de Dilma por su alianza con la mafia evangélica fundamentalista es uno de los rasgos más distintivos de su gobierno y puso en la vereda de enfrente a las minorías sexuales, a los negros que practican religiones de matriz africana, a las mujeres que luchan por sus derechos sexuales y reproductivos, y a todos los que defienden la laicidad del Estado.
Las primeras manifestaciones importantes comenzaron en marzo de este año, cuando la Cámara de Diputados, por un acuerdo de cúpulas entre el PT y los partidos de la "base aliada" —y el apoyo de parte de la oposición de derecha—, designó como presidente de la Comisión de Derechos Humanos y Minorías al diputado y pastor evangélico Marco Feliciano, que en los últimos comicios hizo campaña por Dilma.
El pastor se había hecho famoso cuando dijo que los africanos "descienden de un ancestral maldito". "La maldición que Noé lanzó sobre su nieto, Canaán, se sacude sobre todo el continente africano. De ahí vienen el hambre, las pestes, las enfermedades y las guerras étnicas", aseguró, reviviendo una interpretación racista del Génesis que sirvió, en el pasado, para justificar la esclavitud de los negros. "Toda nación pagana atrae desgracias. La Biblia dice: ¡bendita la nación cuyo dios el el Señor! ¡La cura está en Cristo!", bramó.
Como si esto fuera poco, el pastor aseguró que Dios mandó a matar a John Lennon (¡!) por haber dicho que los Beatles eran más famosos que Jesús. En un video visto por más de 700.000 personas en YouTube, Feliciano grita enardecido: "Fueron tres tiros en el pecho: el primero en nombre del Padre, ese otro en nombre del Hijo y ése en nombre del Espíritu Santo. ¡Nadie ataca a Dios y sobrevive para demostrarlo!".
Pero además de decir barbaridades, Feliciano factura, como el resto de sus colegas de la mafia evangélica fundamentalista. Mucha plata. Uno de los negocios de estos grupos es convencer a sus fieles de que tienen que vaciar sus bolsillos en la Iglesia. Porque el dinero, las joyas, las tarjetas de crédito, todo lo que tengan es de Dios. Y hay que devolvérselo, a través de sus representantes. En otro video en YouTube, el pastor está recibiendo donaciones y descubre que uno de los fieles dejó su tarjeta de crédito.
—Es la última vez que lo digo: Samuel de Souza donó la tarjeta, pero no donó el PIN. Así no vale. Después va a pedir un milagro a Dios, Dios no se lo va a dar, y él va a decir que Dios es malo.
El pastor sigue contando el dinero y repite, con cheques y billetes en la mano: "¡Gloria a Jesús!". En el mismo video, recibe 1.000 reales de un tetrapléjico, a quien promete la curación. Días atrás, el diario O Globo mostró cómo los pastores ponen avisos en los diarios para buscar socios para abrir una iglesia, y explican a quien los llama: "Es mucha, mucha plata".
La elección de Feliciano como presidente de la Comisión provocó marchas multitudinarias en todo Brasil. En Rio, este cronista participó de la organización de uno de los actos de repudio a su designación, en el que hablaron Caetano Veloso, el actor Wagner Moura, el diputado y activista gay Jean Wyllys, curas católicos, representantes de la colectividad judía, pastores bautistas y presbiterianos, y hasta un monje budista. Las calles de todas las ciudades se llenaron de gente.
"Fuera, Feliciano" se transformó en el grito de miles que reclamaban al gobierno que dejara de entregar el país al fundamentalismo. Y Dilma, que por su alianza con los pastores millonarios destrozó las políticas de Estado que enorgullecían a Brasil en la prevención del VIH y canceló los programas de educación sexual en las escuelas, eligió el silencio. El mismo que opera frente a los más de 300 asesinatos homofóbicos anuales en Brasil.
En mayo, el Consejo Nacional de Justicia reglamentó el matrimonio igualitario, y sucedió algo que, a los ojos de un argentino, puede parecer insólito. Partidos aliados al gobierno "de izquierda" presentaron recursos contra la decisión, mientras la oposición "de derecha" la elogiaba. Y Dilma, otra vez, no dijo nada.
Tras las protestas contra el pastor vinieron movilizaciones contra el aumento de los pasajes de colectivos y subtes en varias capitales, decididos por intendentes del PT, de la "base aliada" y de la oposición. En Porto Alegre, el intendente dio marcha atrás, pero en San Pablo, ciudad gobernada por el PT, el intendente Fernando Haddad hizo oídos sordos a las protestas. El gobernador, del derechista PSDB, mandó a la policía a reprimir de manera salvaje, con la anuencia del alcalde. Tanques en las calles, policía montada, gases lacrimógenos, balas de goma. El Folha de San Pablo editorializó a favor de la represión, y seis periodistas de ese medio recibieron balas de goma. Un cronista de la revista Carta Capital fue detenido por llevar una botella de vinagre, usado para aliviar los efectos de los gases y poder trabajar. El ministro de Justicia de Dilma ofreció refuerzos al gobernador, avalando la represión, y el intendente petista desapareció.
En Rio, el mismo empresario que controla una cuarta parte de las empresas de ómnibus tiene lazos familiares con el gobernador. En Brasilia, gobernada por el PT, mientras la presidente inauguraba el estadio Mané Garrincha, que costó 1.200 millones de reales, una protesta en los alrededores contra los gastos excesivos por el Mundial era reprimida con igual salvajismo que el que usó la PM en Salvador, también gobernada por un petista. Lo mismo pasaba en Rio, gobernada por un aliado de Dilma, Sérgio Cabral, uno de los más insultados en las manifestaciones de la semana siguiente. Las obras del Mundial incluyen desalojos compulsivos de familias pobres, represión y reformas en estadios como el Maracanã para sacar las populares y que sólo puedan ir a la cancha los ricos.
Cada reclamo empezó a sumarse a los otros. Ya no estaban aislados.
No alcanzó que los intendentes dieran marcha atrás con los aumentos. Ahora las protestas eran por mucho más que los 20 centavos del boleto. Hay una nueva clase media (la "C"), integrada por millones que dejaron de ser pobres gracias a Lula. Ése es el gran mérito del PT. Pero ese ascenso social no se tradujo en servicios de educación, salud, transporte, vivienda, saneamiento básico, cultura, calidad de vida. La nueva clase media puede comprarse un auto, pero va a escuelas en pésimo estado con profesores mal pagos, se atienden en centros sanitarios que no dan abasto o pagan fortunas por un seguro médico, y viajan en medios de transporte carísimos y de pésima calidad. La policía funciona como una mafia y, en Rio, milicias parapoliciales controlan buena parte de la zona oeste de la ciudad, amparadas por el poder. La alianza del PT con la vieja política y el establishment económico mantuvo en sus cargos a intendentes y gobernadores que siguen robando y manteniendo las cosas como siempre, y no le permitió ir a fondo en las cuestiones estructurales. Pero esa nueva "clase C" ahora exige más y se indigna cuando le dicen que tiene que pagar más caro el colectivo mientras se gastan 1.000 millones en refaccionar el Maracanã para que lo explote un empresario "amigo".
Y encima la reprimen como en la dictadura. O, para ser más precisos, como lo hicieron siempre en las favelas (la semana pasada, la policía asesinó a 10 personas en la Maré, la favela a la que cantan los Paralamas). Pero esta vez lo hicieron en las principales avenidas, donde la clase media (también es justo decirlo) se indigna con ojos selectivos, y YouTube viralizó las imágenes. La represión masificó las protestas y las unió. Los gays que protestaban contra Feliciano, la clase media que rechazaba proyectos legislativos tendientes a garantizar impunidad a los corruptos, los que se oponían al despilfarro en estadios de fútbol en un país con pésimos servicios públicos, los que reclamaban la reducción de las tarifas del transporte, todos se unieron impresionados por las imágenes de la policía actuando como en dictadura en un país presidido por una ex presa política.
Entonces hubo más de un millón en la calle. Y habló Dilma, y no dijo nada.
La primera reacción del Congreso fue aprobar, en la Comisión de Derechos Humanos presidida por Feliciano, un proyecto de ley que obliga a los psicólogos a reconocer la homosexualidad como una "enfermedad". Nafta sobre el incendio. Las marchas continuaban. Los políticos seguían encerrados en sus burbujas.
Ahí entró Lula y movió un poco el tablero. El gobierno, por primera vez, retomó la iniciativa. Dilma propuso una reforma política que difícilmente pueda aprobarse en el Congreso y convocó al diálogo. Sin embargo, no ha habido más que declaraciones y fotos. El Parlamento comenzó a dar algunas señales hipócritas, rechazando proyectos cuestionados en las manifestaciones, como la "cura gay" y la reforma penal que beneficiaba a los corruptos, que hasta hace 15 días se encaminaban a ser aprobados por amplia mayoría. Dilma y el PT viven su peor momento, aunque la oposición está tan desorientada como ellos.
Las últimas encuestas muestran que la popularidad de la presidente (pero también las de los gobernadores aliados y adversarios) cayó 30 puntos en tres semanas. El último presidente que se derrumbó así en los sondeos fue Collor de Melo tras anunciar un corralito. Con esos números, Dilma ya no tendría garantizada la reelección, aunque Lula aún parece estar en pie.
¿Será el fin del ciclo petista, o el retorno a las fuentes? ¿Podrá Lula reinventar el movimiento que lo llevó al poder y salvarlo de la decepción de Dilma?
Las vueltas de la política argentina nos enseñan que es mejor ser prudentes, porque todo cambia a una velocidad que cuesta acompañar. Pero si el PT quiere volver a representar a quienes alguna vez representó, el cambio deberá ser muy grande y rápido. Deberán dejar de ser el partido conservador de Brasil.
Bajó 23 puntos la aprobación de la gestión de Rousseff
La aprobación al gobierno de la presidenta Dilma Rousseff cayó casi 23 puntos porcentuales desde junio, cuando se inició la ola de protestas contra la corrupción y en demanda de mejores servicios públicos de educación, salud y transporte
Según el sondeo divulgado por la Confederación Nacional de Transportes (CNT), sólo un 31,3 por ciento de los brasileños califican de "excelente" o "bueno" el actual gobierno, frente al 54,2 por ciento registrado en la consulta divulgada el 11 de junio pasado, poco después del estallido de las manifestaciones callejeras en Brasil.




No hay comentarios:
Publicar un comentario