El día en que había que estar
Año 5. Edición número 213. Domingo 17 de junio de 2012
Por
raúl argemí
Escritor.
Ex militante del ERP 22 de agosto.
contacto@miradasalsur.com
Opinión.
Aquel 20 de junio el ERP 22 estuvo en Ezeiza. Era coherente, y aún lo creo así, con el principal factor que había provocado la fractura con el ERP/PRT: el reconocimiento del peronismo como una fuerza del campo popular, por la actitud y actividad de sus bases, más que por la cuestionable existencia de su líder máximo, Juan Domingo Perón.
Entendíamos, porque la práctica política en la calle así lo indicaba, que en cada sitio el sector más dinámico se identificaba como peronista. Y que priorizar una conversión ideológica, previa a cualquier acuerdo para la acción, tenía la misma respuesta que una vez me dio un cura tercermundista: dejemos la discusión de si Dios existe o no para después. Ahora mejor nos ocupamos del reino de este mundo.
A partir de su apoyo público al Frejuli y, puntualmente, con el arribo de Cámpora al gobierno, el ERP 22 desmovilizó su frente militar y todo el mundo salió a trabajar en los barrios y las villas miseria. En cada sitio donde había una posibilidad se instaló un comité de base, en el que los vecinos tenían voz y voto para encarar proyectos que mejoraran sus condiciones de vida.
Esos vecinos sabían que no éramos seguidores de Perón, que éramos lo que éramos, pero que respetábamos la identidad política con la que se identificaban porque eran parte de nuestro pueblo. Nunca tuvimos problemas. Y si los hubo fue con la derecha peronista, que se alimentaban de lúmpenes “subvencionados” y atacó, más de una vez, a los simpatizantes del barrio.
Por eso fuimos a Ezeiza, por un ejercicio de humildad y de lealtad hacia la gente que confiaba en nosotros y quería ir a recibir a Perón.
Previo, hubo un encuentro de coordinación con la dirección de una columna que llegaría de Oeste, con Quieto a la cabeza, para unirse con nuestra gente, nucleada en torno a la villa de Bajo Flores.
Recuerdo ese andar hacia el aeropuerto, por la autopista, a caminata de procesión: interminable, y sorprendente. Jóvenes, viejos, nietos, marchando a una fiesta y con pancartas. Con pancartas otra vez sorprendentes, porque muchas decían ERP 22, y eran espontáneos, gente que nadie conocía ni estaba encuadrada.
También recuerdo, por lo que vino después, que cuando los policías veían los brazaletes, repartidos a último momento, que identificaban entre sí a algunas decenas de combatientes que aseguraban la defensa de las columnas, hacían la venia.
Cuando el ERP 22 ocupó una pequeña colina, en ese mar verde, se podían escuchar los disparos aislados y la voz de Leonardo Favio, alertando de que había francotiradores emboscados sobre los árboles.
En realidad, de tanto en tanto se veía pasar una ambulancia a la distancia y los disparos –de la ambulancia– llegaban amortiguados, al tiempo que en cualquier punto sonaban tiros y se veían corridas.
Nadie sabía exactamente qué pasaba.
Pero, de pronto, nuestra pancarta principal comenzó a mostrar agujeros de bala y todo el mundo tuvo que hacer cuerpo a tierra. Pero no todos, porque algunos, con esa inconsciencia que da el cine, se subían a los hombros de otro para ver mejor los tiroteos que se sucedían a cien o doscientos metros.
Así murió un joven de nuestra columna, con una bala en el cuello.
Cuando en la tarde noche se comenzó la retirada, pocos sabían lo que allí había sucedido desde la madrugada, y los que aún conservaban energías cantaban y bailaban sus consignas.
Ese es el último recuerdo que tengo de Chufo Villareal, un flaco peronista que conocía del cine de trasnoche en La Plata, que me saludó con alegría, y tal vez con asombro. Esa fue la última vez que lo vería. Ahora está desaparecido.
Fuente:MiradasalSur
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