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8 de diciembre de 2012

PARA CONDENAR AL GENOCIDA VERGÉZ.

Para condenar a Vergez
La fiscalía pidió treinta años de prisión para el represor Héctor Vergez en el juicio oral que lleva adelante el TOF 5 de la Capital por cuatro casos de privación ilegítima de la libertad e imposición de tormentos cometidos en 1977. Las querellas de este proceso por delitos de lesa humanidad cometidos en el ámbito del Primer Cuerpo de Ejército habían pedido penas de entre 25 a 21 años para el acusado.
Fuente:Pagina12

Nota de Archivo
La detención de Javier Coccoz dio inició a la "Operación Redondo"
La familia del ex jefe de inteligencia del ERP pidió 21 años de prisión para el capitán (R) Vergez
El abogado Parrilli destacó que no entregó a sus compañeros 
La querella de la familia del desaparecido responsable de la inteligencia del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Javier Coccoz, reclamó hoy una condena de 21 años de prisión para el capitán (R) Héctor Pedro Vergez, y pidió también que se lo investigue por el delito de violación en perjuicio de la esposa de la víctima, Cristina Zamponi. 

Al iniciarse la etapa de alegatos en el juicio que se le sigue a Vergez por secuestros y tormentos cometidos en 1977 en dominios del Primer Cuerpo de Ejército, el abogado Marcelo Parrilli, pidió al Tribunal Oral Federal 5 que en su veredicto haga "expresa mención" a que los juzgados fueron "delitos de lesa humanidad cometidos por la dictadura militar genocida". 

Parrilli abrió la etapa de alegatos en representación de la familia de Coccoz y de su esposa, Cristina Zamponi, sobreviviente exiliada en Europa y querellante en la causa en el juicio que se le sigue a Vergez por el secuestro y desaparición de Coccoz, que dirigía la inteligencia del ERP como "teniente Pancho" y de sus presuntas fuentes, el abogado y economista Julio Gallego Soto -quien había sido un hombre de estrecha confianza de Juan Perón- y de un alto funcionario del Ministerio de Economía, Julio Casariego de Bel.

Investigaciones periodísticas aseguran que también fue secuestrado en la misma redada (llamada por los represores "Operación Redondo") el director y accionista mayoritario del diario "El Cronista", Rafael Perrota, pero ello no es materia de este juicio.

Vergez, de 69 años, escuchó las acusaciones en su contra luego de haber permanecido en silencio a lo largo de todo el juicio, ya que nunca accedió a prestar declaración indagatoria.

Parrilli recordó que Vergez fue trasladado desde Córdoba, donde comandaba el centro clandestino de detención La Perla- para ocuparse especialmente de Coccoz a fines de mayo de 1977, porque sus captores no lograban que les proporcionara información a pesar de veinte días de intensos "interrogatorios".

Fue entonces cuando Vergez comenzó a ir a la casa de los padres de la esposa de Coccoz, a dónde ésta se había mudado llevando consigo al pequeño hijo de ambos, dónde se presentó como "capitñan Rodolfo" y le informó a Cristina que estaba en tratativas con su marido con miras a llevarlos a ambos a Europa y que les quedaba prohibido salir de esa vivienda.

En algunas de sus visitas, siguió recordando Parrilli, "Rodolfo" sacaba a la mujer de la vivienda "y la llevaba a hoteles para violarla", por lo cual se pidió también que se lo investigue por este delito.

Zamponi y el niño fueron enviados a Europa con pasaportes confeccionados por el servicio de inteligencia del Ejército. Coccoz desapareció.
Parrilli recordó que en un libro publicado por Vergez a fines de 1995, "Yo fui Vargas", describió en detalle lo ocurrido con Coccoz y su esposa, algo que sólo sabían los protagonistas de los hechos, por lo cual dio por probada su responsabilidad.

"Considero probada la materialidad del hecho y la privación ilegítima de la libertad doblemente agravada de Javier Coccoz", concluyó Parrilli al entender que Vergez cometió los delitos con "violencia y amenazas" y fue responsable de los "tormentos agravados" a la víctima tanto físicas como psíquicas, ya que "la negociación no era una propuesta, en realidad, sino una amenaza: la de matar a su esposa y su hijo en caso de que no aportara nombres".

"Él (Javier Coccoz) sabía que era hombre muerto" desde el momento de su secuestro, dedujo Parrilli, y concluyó que no dio nombres de compañeros de militancia, quienes declararon en el juicio que no les pasó nada tras el secuestro de Coccoz, ni siquiera cambiaron sus domicilios, pero sí suministró "contactos que consideró que por la posición social que tenían iban a poder sobrevivir" en relación a quienes luego fueron secuestrados y desaparecidos.

El juicio, a cargo de los jueces Angel Nardiello, José Martínez Sobrino y Néstor Costabel, entró en su etapa final y se dará a conocer el veredicto el 21 de diciembre.
Fuente:Telam


genocida Capitán Retirado Héctor Pedro Vergéz
FuenteFoto:Web

24 de noviembre de 2012

El capitán (R) Héctor Pedro Vergéz escuchará el veredicto del TOF 5 el 21 de diciembre.

Por crímenes cometidos en dominios del Primer Cuerpo de Ejército
El capitán (R) Héctor Pedro Vergéz escuchará el veredicto del TOF 5 el 21 de diciembre
Vergez, integrante de un Batallón de Inteligencia que produjo notables criminales de lesa humanidad. 
El Tribunal Oral en lo Criminal Federal 5 de esta Ciudad fijó para el 21 de diciembre la fecha para dar a conocer el veredicto del juicio que se le sigue al ex capitán del Batallón de Inteligencia 601, Héctor Pedro Vergez,por delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura cívico militar en el área correspondiente al Primer Cuerpo de Ejército (provincias de Buenos Aires y de La Pampa).

El tribunal, integrado por los camaristas Ángel Nardiello,José Martínez Sobrino y Néstor Costabel, fijó para el 30 de noviembre el inicio de los alegatos que comenzarán con la querella,la Secretaría de Derechos Humanos, la fiscalía y la defensa del imputado.

Finalizada, esta etapa, que se realizará hasta el 17 de diciembre, los jueces escucharán las últimas palabras de imputado y dictarán eu veredicto en la audiencia del 21 de diciembre en la Sala "A" de la Planta Baja del edificio de Comodoro Py.

En esta causa, Vergez es el único imputado por los delitos de "privación ilegítima de la libertad agravada e imposición de tormentos", cometidos en 1977, en perjuicio de cuatro víctimas, en el marco de la causa en la que se investigaron delitos de lesa humanidad cometidos en el ámbito del primer Cuerpo del Ejército.

Al represor se lo juzga por los secuestros del militante del ERP Javier Coccoz y de su esposa Cristina Zamponi (que sobrevivió), del empresario Julio Gallego Soto y del funcionario del Ministerio de Economía Juan Carlos Casariego de Bel, quien se que se oponía a la estatización fraudulenta de la compañía de electricidad Ítalo-argentina, impulsada por el ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz, quien había formado parte de su directorio.
Fuente:Telam

12 de noviembre de 2012

CAUSA 1erCUERPO: Un testimonio para exorcizar el pasado.


lunes, 12 de noviembre de 2012

Un testimonio para exorcizar el pasado

Cristina Zamponi, lamujer de Javier "Pancho" Coccoz, jefe de inteligencia del PRT.

Habla de su esposo y de la militancia de ambos. Cuenta que después del secuestro de Coccoz estuvo bajo la vigilancia de Vergéz en su propia casa hasta que pudo partir a Francia. Revela por primera vez que el represor la violó.

 Por Alejandra Dandan
La foto de Javier Coccoz con su hijo de meses que Cristina Zamponi mostró en la audiencia.

“La carga es muy pesada porque hay una parte que es como que quiere olvidarse, decir: esto no pasó. No me pasó, porque es abrir la puerta a la atrocidad. Yo no lo pude hablar durante mucho tiempo: no lo podía mirar porque tenía la sensación de que me iba a quedar enganchada ahí.” Cristina Zamponi declaró en uno de los juicios por crímenes de lesa humanidad. Es la única sobreviviente de un grupo de cuatro víctimas, entre las que estaba su esposo, Javier “Pancho” Coccoz, jefe del aparato de Inteligencia del Partido Revolucionario de los Trabajadores, al que ella mencionó como dirección política del Ejército Revolucionario del Pueblo. Ella declaró desde el Consulado de Barcelona, vía Internet. A días de la audiencia, cuando todavía se le llenan los ojos de lágrimas cuando piensa en qué significó poder poner en palabras eso que demoró 36 años en decir; mientras invoca cierta idea de liberación, cuenta que cuando volvió de tribunales llenó su casa de velas y brindó convencida de que ahora sí, algo nuevo estaba empezando.

Cristina es muchas cosas en este juicio en el que se mezclan historias de informantes y contrainteligencia. Pero es sobre todo la única testigo viva que podía contar lo que sucedió. Ella fue secuestrada un mes después que su compañero, pero encerrada en su propia casa, con su hijo y sus padres, en un cerco controlado por el represor Hector Vergéz, que fue quien le puso las reglas.

En la audiencia habló de Pancho. Tradujo como pudo, con el alma, los términos de sus militancias como para hacer entender la densidad de ese pasado en este presente y soltó muy lentamente hasta sacárselas de encima las formas del peso oscuro de Vergéz. Habló en pasado pero también en presente, como si todo todavía estuviera aquí. Pero antes de hacer todo eso sacó de algún lado una foto de Pancho y de su hijo, como si necesitara empezar por ahí. “Me gustaría que la imagen que se viera fuese la de mi compañero Javier Co-ccoz con su hijo de meses –dijo ella–: hijo que tiene en este momento 38 años, diez años más de los que tenía su papá cuando él nació, quiero que esta foto presida esta sesión.”

–No hay inconveniente de que usted la deje ahí arriba –le dijo el presidente del Tribunal, Angel Nardiello—: ahora le tomo el juramento de verdad.

–Juro decir la verdad –dijo ella y apretó los ojos antes de arrancar.
Coccoz

Cada cual en la sala cerró la boca y entró como en un viaje hacia otro lugar. La fiscal Gabriela Sosti tomó el micrófono para empezar las preguntas frente a las cuales Cristina buscó generar respuestas en diálogo con sus propios recorridos.

“Necesito hacer un pequeño relato que tiene que ver con Javier y conmigo y con que en los años ’70 éramos manifiestos militantes del PRT, que era la dirección política del ERP”, dijo. Empezaron a militar en el año ’70. En Semana Santa de 1971 detuvieron a Javier en Rosario, lo torturaron ferozmente y en noviembre la detuvieron a ella. Tras varias prisiones llegaron los dos a Rawson. “Fuimos actores de la fuga del 16 de agosto de 1972. Salimos en libertad con el indulto del 25 de mayo del ’73 para continuar en la militancia. Por análisis de la organización se ve que no conviene que la gente que salió de la cárcel funcione de forma legal, así que pasamos a la clandestinidad.”

En ese contexto, la organización planteó “la necesidad de crear un servicio de inteligencia”, un frente que respondía al ERP dirigido por el Estado Mayor. “Tanto Javier como yo formamos parte de esa estructura. El Servicio de lnteligencia estaba estructurado como la mayoría de los servicios de Inteligencia: una parte de los militantes se ocupaban de una tarea concreta. Unos estaban en Análisis de Información pública y semipública y ese análisis se reforzaba con información que venía del otro frente de inteligencia: Operaciones. Operaciones se encargaba de contactar con posibles fuentes de información que eran valoradas y analizadas, y luego la información se pasaba a un estándar de fiabilidad. Esa es la tarea en la que empezamos a participar.”

Los fiscales le preguntaron por las personas que como “fuentes” Javier podía conocer. Una de las hipótesis de esta causa es que las otras dos víctimas, cuyos casos se investigan en este juicio, que fueron Juan Carlos Casariego del Bell y Julio Gallego Soto –dos personas del mundo de los negocios y las finanzas– fueron secuestradas y están desaparecidas porque eran informantes del PRT.

–¿Usted y Javier tenían los mismos roles? –le preguntó la fiscal.

–¡Para nada! –manifestó Cristina–. Yo estaba en Análisis de la Información y Javier en Operaciones. El responsable de Inteligencia era el Capitán Pepe (Juan Santiago) Mangini. Pepe cae en el ’76 detenido en una redada al Comité Central. Era un frente muy estructurado, muy compartimentado a tal punto que dentro de la propia organización durante mucho tiempo no se dijo que existía este frente. (Los informes que hacían) Servían para conocer el estado de la cuestión en lo que hacía a las Fuerzas Armadas, a sectores económicos y partidos políticos: es decir, lo que se analizaba no era lo que se llamaba “el campo del pueblo” porque eso venía de los frentes de masas.

–¿Qué cargo tenía Javier en el ’77?

–Era el responsable de Inteligencia. Es decir, el cargo de mayor responsabilidad dentro de la estructura de Inteligencia.
Los secuestros

Para mayo de 1977 ellos vivían en Lanús Este, sobre la calle Máximo Paz, aunque Cristina solía recordar siempre como José C. Paz. “Los militantes teníamos un deber que era olvidar”, dijo. “Olvidar direcciones, olvidar nombres, olvidar caras: rearmar que la calle no era José C. Paz sino Máximo Paz lo logré porque fui y las caminé. El nombre no lo tenía en la cabeza, pero andando llegué a mi casa y pasé por el lugar donde fue detenido Javier.”

El 11 de mayo, Javier tenía una cita con un compañero. Cristina tenía hora en el hospital. Salieron juntos. En la casa quedó otro compañero que había entrado la noche anterior porque se preparaba una reunión de la Dirección. Con Javier, Cristina había quedado que a su regreso él compraba leches y facturas en una panadería que estaba enfrente. “Vuelvo a la casa y Javier no había llegado todavía”, dijo ella. “Valoramos con el compañero que es muy raro y como la cita era muy cerca de la casa, en Pavón y Máximo Paz, voy a ver qué pasa.”

Cristina dio una vuelta. Encontró la huella de un tiro en la calle. Entró en un kiosco. Se dejó caer en un asiento y simuló una historia para sacarle algún dato a la vendedora, que le dijo que esa mañana había habido un tiroteo.

“No sé si se puede hacer una idea de lo que significa esa información para mí: ha caído mi compañero, ha caído mi responsable, y yo como militante lo que tengo que hacer inmediatamente es salir para la casa, sacar a ese compañero, explicarle y levantar esa casa”, dijo. “Eso es lo que hago. Llego a la casa, aviso a ese compañero que Javier está detenido y del tiroteo. Le digo que yo me voy a ir aunque tenía absoluta confianza, pero las medidas de seguridad había que cumplirlas. Me voy con mi hijo a la casa de mis padres. Si bien Javier conocía dónde vivían mis padres, me voy porque la casa de Máximo Paz estaba muy próxima a la cita y podía haber un operativo. Al día siguiente, con una excusa de una separación con mi pareja, veo a los vecinos y vuelvo a la casa con un señor con un carro: a sacar todos los muebles y llevarlos a un guardamuebles. El análisis que se hace es que se va a seguir funcionando a pesar de las dificultades, que eran muchísimas. Entonces yo sigo teniendo citas con compañeros.”
Mi nombre es Cristina Zamponi

Cristina habla y cada una de las cosas parecen cada vez más terribles. El silencio es uno solo. Es así, no tiene palabras. Pero cuando al silencio se le va quitando cada vez más respiración, lo que aparece, además, es algo seco. Esa cosa sin aire es lo que se sentía en el lugar. Raúl, aquel niño que ahora tiene 38 años, la oía desde la sala.

–No tengo los datos precisos –dijo—, pero hay un momento en que nos llega una información: nos dicen que Javier ha sido identificado como jefe de Inteligencia. Es información que llega a través del partido. Es decir: yo tenía clarísimo qué significaba eso.

–¿Qué?

—¡Que lo iban a reventar! Lo iban a reventar...

Transcurrido un momento, tomó agua y la fiscalía le preguntó si supo qué fuerza se había llevado a Coccoz. “Puedo hacer una especulación –dijo ella–, en tanto y en cuanto nosotros éramos los irrecuperables, que Ejército se hizo cargo. Eso sí lo podría decir. Pero hay un tema generacional”, se quedó pensando. “No sé cuánta conciencia puede haber en la sala de lo que significaba el ’77, el horror, la represión. Los coches en la calle rodando a paso humano, con las ametralladoras apoyadas en las ventanas, mirando de arriba a abajo a todo el mundo. Las caídas. Era tal el nivel de secuestros que teníamos una consigna: al que iban a secuestrar tenía que buscar una ventana y gritar su nombre para que por lo menos alguien se enterara... ¡Estamos hablando del horror!”, dijo llena de lágrimas. “¡No sé qué otra palabra existe en el diccionario!”

En los ’90, Vergéz escribió un libro donde relata los crímenes con tono de saga. En la tapa y contratapa puso su cara. Cristina vio ese libro en forma de fotocopias en Barcelona y gritó cuando vio las fotos: a Coccoz lo secuestraron en mayo de 1977, en junio de ese mismo año ella vio por primera vez a Vergéz.

“El 11 junio había una huelga de lecheros. O de trasporte. Lo que recuerdo con absoluta claridad es que me tenía que levantar muy temprano para buscar leche porque si no me quedaba sin leche para Raúl”, dijo. “Voy al supermercado, compro la leche, vuelvo a casa. Mis padres eran muy mayores. Dejo la leche en la cocina y voy al cuarto de baño. Mientras estoy ahí siento unos ruidos muy fuertes: timbre y ruido. Timbre y ruido. Golpes secos. Salgo y veo una patota de ocho, seis, diez tipos de civil adentro de la casa. Salgo corriendo a la ventana del comedor que daba a la calle a gritar mi nombre. A gritar: mi nombre es Cristina Zamponi, me están secuestrando.”

Ese fue un momento de pánico absoluto: “Mi madre se pone a llorar a los gritos, mi padre se queda sin aire, Raúl gritando y llorando. Yo no sé sinceramente si se puede explicar con palabras ese momento... Cuando estoy queriendo gritar mi nombre, alguien me agarra de atrás y me dice que no vienen a secuestrar a nadie. Y que en una hora me va a llamar Javier”.

–¿Esta “patota” se identificó de alguna manera? –le preguntaron—: ¿Con credenciales?

—¡¡¿¿Credenciales??!! –se rió Cristina—. ¡El horror era la credencial! La muerte, la tortura, la desaparición: ésas eran las credenciales, la vejación, la violación. Esa es la credencial. El que me agarró de atrás se presentó como “Capitán Rodolfo”. Dijo que estaba al mando, que era el interrogador de Javier.

–¿Eso le dijo él? –preguntaron, para reforzar prueba entre Vergéz y Coccoz.

–Sí –dijo ella–: se vanagloriaba. Mostraba su poder, mostraba que tenía todo el poder, el poder de la vida y de la muerte sobre mi compañero, sobre mi madre, mi padre, mi hijo y sobre mí.

Cristina dejaba de hablar cada tanto. A veces buscando palabras, otras para contener la emoción. Un ida y vuelta a veces con dudas, como si necesitara que los que estábamos ahí, del otro lado, nos diésemos cuenta: “Lo que pasa es que hay una mezcla explosiva de furia, dolor, tristeza, una conciencia muy clara de la impunidad con la que se movieron él y todos los que estaban con él. Da igual quién fuera: eran los dueños de la vida y de la muerte. Cabrea mucho, indigna mucho”, explicó. “Estoy mirando en este momento la foto de Javier”, y se puso a mirar esa imagen hablando un poco con él. “Tenía una linda sonrisa, quería mucho a su hijo, era un excelente compañero personal y de militancia. Es un orgullo haber sido su compañera.”

Un rato después volvió a la escena con Vergéz. A cuando sonó el teléfono: “Y era Javier: me dice que lo hirieron en una pierna, no me cuenta lo que le pasó en el medio, no me cuenta nada desde que le metieron el tiro hasta que me llama. ¡Qué cojones! ¡Qué hicieron con él! Me dice que ha caído todo. Y me dice que me van a sacar del país”.

–¿Quiénes? –le preguntaron.

–Los que estaban en mi casa.

Javier llegó a decirle que había una negociación para que ella y Raúl salieran del país, un plan al que luego se uniría él, pero Cristina sabía que eso no era así: “Los dos sabíamos que eso era imposible, él estaba cumpliendo lo que le hacen decir: no iban a soltarlo, jamás lo iban a dejar con vida, eso está clarísimo para mí desde el primer momento: para mí era imposible que salga”.

Javier era muy parco. De muy pocas palabras. Sólo dijo poco más, que iba a volver a llamarla, pero no hubo más contactos entre ellos. A Cristina le costó durante un buen rato ir encontrando los modos de seguir hablando de Vergéz, dudó, dijo que no sabía cómo llamarlo. Pereció cómoda cuando pudo empezar a decirle: “el imputado”.
El imputado

“Este individuo queda a cargo de mi custodia: de mi secuestro en mi casa, del secuestro de mi hijo, de mi madre y de mi padre. Nos deja custodia y se va. No sé si es posible imaginar las cosas que pasaban por mi cabeza y mi corazón. Veía claramente que no me podía escapar y me doy cuenta de que es una situación límite y que para mí hay dos opciones: que me chupen o que realmente me saquen del país, no había tercera.”

Una cosa todavía la vuelve “loca” y la sueña cada tanto: “Es cuando... no sé cómo llamarlo –dijo en ese momento—... el imputado, en esa hora que pasa hasta la llamada de Javier, se acerca a Raúl y le acaricia la cabeza, con esas manos, que seguro estaban sucias de sangre y me dice: ‘Cabezón como su papá’. A mí me provoca horror. Que toque a Raúl, que toque a un niño de dos años y ocho meses”.

Nadie habla. Alguien se ha llevado de acá todos los sonidos, ahora hasta los latidos. Se la ve buscar algo, un papel, tal vez esperase. La negociación que iba a durar diez días finalmente se extendió.

“El imputado viene cada dos días, aparece seguido. Y más seguido. Un día me saca a dar un paseo. Las visitas se hacen más frecuentes. Y un día me lleva a un hotel”, se detuvo. “Esto no lo he podido decir hasta ahora: es la primera vez que lo digo, el horror, la suciedad, la muerte, todo está presente. Evidentemente eso pasa por dentro porque yo no lo digo, eso se produce porque ¡es una violación, joder! La correlación de fuerzas es que no éramos dos iguales. Tenía en su poder la vida de todos los míos.”
La salida

Cristina partió a Francia el 9 de julio. Voló con Raúl. Con los pasaportes, Vergéz le dio 200 dólares. Raúl no paró de llorar durante todo el viaje. Llegó a París con su hijo y dos valijas, tomó un taxi, todavía no se acuerda cómo, pero terminó en un hotel cualquiera a donde se metió y no salió durante dos días. “A mí me expulsan del país, no es que salgo al exilio. Llego a París, me quedo dos días y vengo a Barcelona, a la casa de una hermana de Javier, es un momento muy duro, muy difícil, vengo de una realidad que se sale de lo normal, de lo ordinario, con pesadillas por las noches, un mes después me voy a vivir por mi cuenta. Alquilé un pisito chiquito.”

Cuando el testimonio terminó, volvió a hablarles a los jueces.

–¿Puedo decir algo más? –les dijo. Y miró la foto.

–Por supuesto.

–Sólo una cosa: “¡Va por vos, Javier!”.
Fuente:CasaPueblos
Envío:Andrea Benítes-Dumont

22 de octubre de 2012

JUICIO A VERGÉZ: “A mi padre lo secuestraron después de salir de la casa de su jefe, Guillermo Walter Klein”.

Hija de Casariego del Bel confirmó su oposición a la estatización de la Ítalo 
“A mi padre lo secuestraron después de salir de la casa de su jefe, Guillermo Walter Klein” 
Funcionario de carrera y honesto, Del Bel era un obstáculo para la "orga" de Klein y Martínez de Hoz. 
(Por JJS).-Juan Carlos Casariego del Bel, un alto funcionario de carrera del Ministerio de Economía, de 53 años, desapareció el viernes 15 de julio de 1977 después de haberle informado a su familia que llegaría tarde pues tenía que ir a la casa de su jefe, el secretario de Programación y Coordinación Económica, Guillermo Walter Klein (h) a llevarle unos papeles, dijo el viernes ante el Tribunal Oral Federal nº 5 su hija, María Casariego de Gainza, que entonces tenía 18 años. 

La testigo declaró en el marco del juicio que se le sigue al capitán retirado Héctor Pedro Vergéz por crímenes de lesa humanidad cometidos en dominios del Primer Cuerpo de Ejército durante la última dictadura. Entre estos crímenes se encuentran las sucesivas desapariciones del director del diario "El Cronista", Rafael Perrota, de Casariego del Bel y de Julio Gallego Soto, un íntimo colaborador del exiliado ex presidente Juan Perón: Gallego Soto había sido su representante ante Ernesto "Che" Guevara , según documentó el eximio periodista Rogelio García Lupo, quien había declarado el martes ante el mismo TOF 5 en los tribunales de la porteña Avenida Comodoro Py, cerca de la estación de Retiro. 

Maria Casariego dijo que la última persona que vió con vida a su padre fue un compañero de trabajo que lo dejó en la avenida Las Heras y Salguero, a dos cuadras de su hogar. Admitió que incomprensiblemente para ella, poco antes de su desaparición, su padre, que tenía un cuarto de siglo de antigüedad en el Ministerio e ideas de izquierda, fue nombrado director interino del Registro de Inversiones Extranjeras, un cargo en el que dependía directamente de Klein, quien lo urgía a que dictaminara que la Compañía Ítalo-Argentina de Electricidad era de capitales suizos, trámite imprescindible para su estatización. 

La testigo dijo también que su padre se resistía a ello y que había comentado en su casa que declarar a la Ítalo extranjera era la antesala a que se la nacionalizara pagando por ella 398 millones de dólares cuando apenas valía 8 millones y, además, su concesión estaba a punto de finalizar, por lo que podría pasar a manos del Estado sin que se pagara nada. 

"A mi padre le pedían que dijera que la Ítalo era una empresa extranjera de capitales suizos, un requisito imprescindible para poder estatizarla, pero él nunca certificó eso", subrayó. También afirmó que muy poco después de la desaparición de su padre y a lo largo de unos diez días, sus captores le exigieron a su ya fallecida madre, Alicia de Gainza, 50 mil dólares por devolverlo con vida. 

La testigo puntualizó que entonces ella tenía 18 años y que fue la encargada de recoger pruebas de que su padre seguía con vida, que los secuestradores dejaron en las toilettes de sendos bares. Mientras su madre se desesperaba por reunir los 50 mil dólares que le pedían, la policía instaló en su casa equipos para grabar y rastrear las llamadas de los secuestradores, pero las casetes desaparecieron. 

Allegados al general Ramón Camps, jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, comentó María Casariego, le dijeron a su madre que Klein, a través del Ministerio de Economía, había pedido que se las remitieran. Inmediatamente después, y tras haberlo pedido sin éxito una audiencia desde el mismo momento de la desaparición de su padre, su madre y ella fueron recibida por Klein, el principal colaborador del ministro José Alfredo Martínez de Hoz, quien hasta poco antes había sido miembro del directorio de la Ítalo. 

Klein, que estaba acompañado de un militar de uniforme, negó haber estado reunido con Casariego del Bel aquél viernes infausto, les aseguró que no tenía la menor idea acerca del paradero de su padre y les encomió que "por su buen nombre” no siguieran investigando. María Casariego dijo que su madre estaba muy angustiada porque su padre sufría de hipertensión y tomaba 14 pastillas diarias, que La Nación y Clarín se negaron a informar de su desaparición y que por ese motivo se vieron obligadas a pagar una especie de solicitada en la que le informaron a los secuestradores de la mala salud de su padre y los medicamentos que necesitaba tomar. 

También recordó que entre las muchas entrevistas a la que fue a acompañar a su madre hubo una con el jefe del Primer Cuerpo de Ejército, el general Carlos Guillermo Suárez Mason. "Fue una de las experiencias más horribles de mi vida. Fue muy perverso: gozaba con nuestro dolor. Cuando salimos de su despacho le dije a mamá: "Estoy convencida de que este hombre tiene que ver con la desaparición de papá", recordó la testigo. 

"Mi padre no estaba de acuerdo con el proyecto económico y lo decía abiertamente, no militaba pero sus ideas eran de izquierda", respondió a preguntas de la defensa de Vergéz. Y agregó que las ideas de su padre eran tan claramente opuestas a las del ministro que no entendía como lo habían nombrado en "un cargo político" y que “no le quedó otra que aceptarlo". También dijo que le escuchó a su padre decir en la intimidad del hogar "Pero qué hijos de puta: quieren privatizarlo todo y lo único que quieren nacionalizar es a la Ítalo", así como otras frases del mismo tenor, como "Quieren pagar 394 millones de pesos por algo que vale 8". 

Recordó que su madre le pedía a su padre que dejara el ministerio, pero que él le respondía que "una vez que sabés estas cosas, no te podés ir". "Mi padre conocía a mucha gente de muchos lugares, pero no tenía una militancia específica", dijo la testigo, que admitió como posible "que conociera gente del PRT", pero descartó que fuera miembro del ERP puesto que "era enemigo de la violencia". 

Por fin, María Casariego dijo que nunca hasta este momento había escuchado hablar de Federico . Dumas, y ratificó que su padre dependía funcionalmente en el Ministerio de Economía directamente de Klein. 

El rematador desmemoriado. 
"Vender el país" Esto vino a cuento porque después de María, declaró el ingeniero Dumas, quien dijo haber sido el jefe de Casariego del Bel al momento de producirse su desaparición y terminó aceptando que su función consistía en “vender el país”. 

Dumas, quien firmó la declaración de que la Ítalo era una empresa extranjera –la misma que Casariego del Bel se había negado a firmar– y que por eso fue sometido a un largo interrogatorio por una comisión bicameral investigadora de la estatización de la Ítalo, dijo haber comenzado a trabajar en el Ministerio de Economía muy poco antes de la desaparición de aquel, en marzo de 1977, como subsecretario de Inversiones Extranjeras, cargo en el que permaneció hasta 1981. 

Su declaración duró una hora, en el curso de la cual respondió innumerables veces "no me acuerdo" y "no recuerdo". Por no acordarse, dijo "no recuerdo donde estaba la oficina de Casariego ni qué cargo ocupaba". 

También dijo que Klein lo había convocado por su buen desempeño como asesor económico de la empresa Adela, de propiedad de Adalberto Krieger Vasena, ex ministro de Economía. 

Dijo que Adela era una empresa de inversiones con sede oficial en Luxemburgo y operativa en Lima. Los dichos de Dumas lograron poner nervioso a los miembros del tribunal, hasta el punto de que el presidente explotó: "¡Usted tiene graves problemas de memoria!" . 

Dumas dijo que se entero de la desaparición de Casariego por una noticia en Clarín y fue a comentárselo a Klein quien le dijo, "Dejá que yo me encargo". "No lo vi más. Dejé de verlo y nunca más supe de él. 

Nadie me habló nunca de él”, dijo varias veces respecto a Casariego este ingeniero, que presume de su observancia católica. Y agregó: “No estoy ideológicamente de acuerdo con el termino desaparecidos". 

"El cargo como subsecretario lo dejé cuando dejamos el gobierno con Videla", puntualizó. "Mi función era vender el país" describió, lo que provocó risas en el público. "Yo firmaba aprobando o recomendando operaciones", dijo. 

"Si hubo irregularidades con ítalo, yo nunca me entere", aseguró, como si pagar por la eléctrica casi cincuenta más de lo que valía fuera normal. "Esto sucedió hace 35 años, como quieren que recuerde si yo solo le informe a Klein de lo que leí en el diario y él me dijo 'Yo me ocupo'", repitió. 

El caso Padilla 
En cambio, y en contraposición a su amnesia respecto a las circunstancias en las que Casariego del Bel desapareció de la faz de la tierra, Dumas recordó la muerte de un estrecho colaborador de Martínez de Hoz, el subsecretario Miguel Tobías Padilla.

Dijo que lo habían matado "guerrilleros" cerca de su casa, en Las Lomas de San Isidro, de dos tiros mientras manejaba. En realidad, según coinciden un cable desclasificado de la Embajada de los Estados Unidos, y diversas fuentes, el cordobés Padilla fue asesinado a causa de enfrentamientos internos de la dictadura. 

El periodista y escritor Juan Gasparini, por entonces detenido-desparecido en la ESMA y el abogado Pablo Argibay Molina, que conocía al muerto, sostienen que a Padilla lo mató el grupo de tareas que operaba en la ESMA. Refiriéndose al traspaso de las acciones de Papel Prensa en poder de Lidia Papaleo de Graiver a los dueños de los diarios Clarín y La Nación, Argibay Molina dijo que Videla y sus secuaces se apuraron "porque querían evitar que vengan los duros, que eran Ramón Camps, Suárez Mason y los que estaban con la Marina". 

"La clave es Miguel Tobías Padilla, que era el tipo que manejaba la información de Martínez de Hoz y todo lo que iba ocurriendo en la parte económica que bajaba de las Juntas. (Padilla) era el abogado personal de (Héctor) Magnetto. Fue el que manejó los tiempos del negocio", le dijo a la periodista Victoria Ginzberg, del diario Página 12, en julio pasado. 

Secreto profesional 
El tercer testigo en declarar fue el ex secretario de Estado de Inteligencia Juan Bautista "El Tata" Yofre. 

Cuando terminó, la fiscalía pidió que se lo careé con el también periodista Fabián Domán. El motivo fue que Yofre negó haber leído la transcripción de los interrogatorios hechos a Casariego del Bel por sus secuestradores, en hojas mecanografiadas con muchas faltas de ortografía, tal como dijo Domán, antiguo vocero de María Julia Alsogaray, que dijo que Yofre se los dio para que los evaluara. 

Yofre mencionó a un tal “Pepe” y dejó flotando la duda de si era o no el acusado Vergéz. Relevado de guardar el secreto inherente a un ex secretario de inteligencia del Estado por un decreto del Poder Ejecutivo, Yofre igual se negó a dar detalles del asunto amparándose en el derecho de los periodistas a preservar sus fuentes, lo que un querellante calificó de “absurdo” en diálogo con Télam. 

Como dato anecdótico, Yofre reveló que en la época de la guerra fría, la SIDE sostenía negocios de venta de cámaras, fotografía y revelado de negativos en todos los barrios para vigilar y fotografiar a los comunistas o sospechosos de serlo. Se aguarda con gran expectativa la declaración de Guillermo Walter Klein. 

También quedó flotando el interrogante de si al dictar sentencia, el TOF 5 impulsará la reapertura de la investigación de la estatización de la Ítalo, si la considerará a la luz de la desaparición de Casariego del Bel, un crimen de lesa humanidad. 
FuentedeOrigen:Telam
Fuente:Agnddhh