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4 de febrero de 2024

El libro que rescata el robo al Bellas Artes durante la dictadura militar.

 

Como un policial, "Golpe en el Museo" cuenta un caso que incluyó torturas, jueces corruptos y un caza-recompensas inglés.

El libro que rescata el robo al Bellas Artes durante la dictadura militar

Durante la madrugada del 26 de diciembre de 1980, se llevaron del Museo Nacional de Bellas Artes un botín valuado en veinte millones de dólares. El escandaloso asalto nunca fue resuelto, y este extracto repasa el día después del robo, cómo lo retrataron los diarios de la época, y las primeras detenciones.   


El museo nacional de Bellas Artes

Dentro de la sala Mercedes Santamarina, las siluetas del curador Paz Pearson y de los oficiales aparecían y desaparecían entre flashes de los fotógrafos de la policía. En los pasillos, los empleados comentaban su versión de lo que había pasado. “Parece que al señor Eguía anoche lo durmieron con algún tipo de gas”, decían por lo bajo los empleados del museo.

Pero los trabajadores del Bellas Artes no eran los únicos que empezaban a comentar sus hipótesis sobre lo qué había pasado y cuál podría haber sido el destino de las obras; los periódicos también empezaron a hacerlo. En ese entonces, diciembre de 1980, el diario Clarín publicó: “Las hipótesis con que se ha iniciado la investigación están encaminadas a determinar la existencia de un ‘entregador’ entre los miembros del personal que presta servicio en el lugar. Una de las versiones sugiere la entrada y salida de los ladrones a través de los techos, incluyendo la posibilidad de que hayan pasado las festividades navideñas encerrados en las dependencias del museo. Tampoco se descarta la participación de individuos de bandas internacionales dedicadas al saqueo de piezas artísticas clásicas para su posterior venta en otros países”.

Como ningún funcionario confirmaba ni descartaba nada, cada medio publicaba su propia historia policial. El diario La Nación contó el robo de esta manera: “En fuentes vinculadas con el museo pudo saberse que el edificio estaba al cuidado de dos serenos, pertenecientes a una empresa privada. También se supo que la policía tomó declaración a todo el personal del edificio en el lugar de los hechos y que dos personas, junto con los serenos, habrían quedado demoradas. Según algunas versiones, los delincuentes entraron en el edificio por los techos, tras aprovechar los andamios de las obras de refacción actualmente en curso para llegar a ese lugar, y se retiraron de allí por el mismo camino. Otros informantes especularon con la posibilidad de que los autores de la sustracción hayan entrado en el museo el día que estuvo habilitado, antes de las festividades navideñas, confundidos con visitantes, para luego ocultarse y permanecer adentro tras el cierre. Tampoco se descartó que los delincuentes hubiesen huido del país a poco de cometido el hecho”.

ACÁ HAY UN ENTREGADOR

Lo primero que hizo el subinspector Noceti para terminar con el chusmerío fue interrogar a Eguía y a Ceballos, las únicas personas dentro del museo cuando ocurrió el robo, la mañana del 26 de diciembre de 1980. Sin embargo, las respuestas que encontró no estaban muy lejos de lo que se decía en los pasillos y de lo que habían publicado los diarios.

–¿Me podría indicar si vio algo extraño durante la noche?

–Mire, yo di la recorrida como siempre y no vi nada raro. Todo oscuro como siempre. Todo tranquilo –respondió el sereno.

–¿No puede darme algún detalle más? ¿No escuchó nada que lo levantara mientras dormía?

–No, oficial. No escuché nada. No sé, capaz me durmieron con algo...

Eguía sabía que su falta era grave y que podía perder su trabajo. Por eso, estaba dispuesto a decirle al inspector cualquier cosa que minimizara su culpa, aunque fuera algo completamente delirante o imposible de comprobar. En cambio, el bombero Ceballos no tuvo ningún problema en contarle a Noceti toda la verdad y con lujo de detalles.

–¿Me podría decir qué fue lo que hizo junto con el señor Eguía anoche?

–Sí, comimos juntos en la cocina del subsuelo, tomamos vino y sidra para hacer un brindis por la Navidad y después salimos a dar una última recorrida antes de acostarnos.

–Antes de irse a dormir, ¿nada les llamó la atención, no había nada fuera de su lugar?

–La verdad que no. Todo oscuro y en silencio, como siempre.

–¿Usted no escuchó nada desde el cuarto donde duerme?

–Mire oficial, la verdad es que yo soy sordo como una tapia, por eso tengo ahí un reloj despertador de esos que tienen campanitas de chapa y que hacen un ruido infernal –dijo el bombero y siguió–, pero pongo la alarma recién para las seis menos cuarto y no me levanto antes.

–Pero ¿usted está autorizado por la fuerza para dormir durante su turno?

–La verdad es que yo estoy acá para actuar solo en caso de incendio –respondió Ceballos, liberándose de toda culpa, y así terminó su interrogatorio.

Después del breve e inútil intercambio, el subinspector Noceti les dijo a los dos empleados que quedarían detenidos porque, para él, era mejor continuar con las preguntas en la comisaría. Los dos salieron del museo y bajaron las escalinatas mientras los ojos de sus compañeros los seguían. Cuando el patrullero empezó a andar, el sereno Eguía miró el museo por la ventana del auto. Sabía que esa Navidad había sido su última noche dentro del Bellas Artes.

Y mientras el patrullero se alejaba, en el subsuelo del museo –que seguía lleno de agentes de la Federal y empleados asustados que no sabían qué hacer ni qué decir–, Adolfo Ribera, el director del Bellas Artes que había designado el gobierno militar, gritaba: “¡Acá hay un entregador! ¡Acá tiene que haber un entregador!”.

El llamado, de Paul Gauguin, una de las obras robadas

EN EL OJO DE LA TORMENTA

Para intentar dar con los ladrones del Bellas Artes, la Policía Federal también detuvo a Félix Villalba, el encargado de la obra de ampliación. Su detención se sumó a las de Eguía y Ceballos. Después se tomaron declaraciones de los empleados en la Comisaría 19, a unas veinte cuadras del museo. A la vez se hicieron unos pocos allanamientos el mismo día del robo, uno a la casa del sereno y otro a la casa de una empleada del museo, a quien consideraron sospechosa solo por haber llegado tarde a trabajar el 26 de diciembre, aunque simplemente se había demorado porque antes fue al dentista.

Primero llegaron Eguía y Ceballos a la comisaría. Habían quedado en el ojo de la tormenta al ser las únicas personas dentro del museo cuando todo ocurrió; para la policía, ellos eran los supuestos entregadores. Tampoco se descartaba que Villalba hubiera sido quien había filtrado información para que ocurriera el robo, ya que, si bien no estaba dentro del Bellas Artes, tenía los planos gracias a su trabajo en la obra de ampliación del primer piso.

El sereno y el bombero quedaron legalmente detenidos, es decir, se registró que estaban en la comisaría. Fueron puestos cada uno en una celda separada. En cambio, Villalba estuvo encarcelado en la misma comisaría más de una semana, pero no hubo registro de su detención.

En la noche del 26 de diciembre de 1980, la Policía Federal empezó con los interrogatorios a los tres detenidos. Pero no fueron charlas tranquilas en las que los oficiales se limitaron a hacer unas pocas preguntas.

Una vez que se fue el sol, la policía arrastró al sereno Eguía a un cuarto de la Comisaría 19. Le pusieron una venda en los ojos, y entre varios efectivos lo fueron empujando, se lo iban pasando de mano en mano, como si fuese un paquete, un objeto inerte cualquiera. Cuando se cansaron de jugar con él, lo zarandearon y empezaron a pegarle. Lo ataron de pies y manos. Lo tiraron en el elástico de una cama de metal. Lo picanearon. Eguía tenía 53 años y por un momento estuvo convencido de que se iba a morir.

Los oficiales dejaron al sereno otra vez en su celda y siguieron con el bombero. Buscaban respuestas. Algo tenían que encontrar. No existe ningún registro de lo que le hicieron a Ceballos, que era parte de la fuerza, ya que pertenecía al cuerpo de bomberos de la Federal. Tampoco de lo que pasó con el capataz Villalba durante la semana que estuvo preso. Sin embargo, sí existen registros médicos sobre la salud del sereno mientras estuvo detenido.

Retrato de Mujer, de Pierre Auguste Renoir, una de las obras robadas

HAY QUE ESPERAR

El 28 de diciembre de 1980, un sargento fue a ver a Eguía a su celda. Estaba tirado en el suelo, sin camisa y lastimado. En un registro de la comisaría, incluido en el expediente judicial, el sargento declaró que, cuando fue a darle agua, el sereno trató de fugarse, y que en ese intento de fuga “se golpeó contra una pared del pasillo de la comisaría”. Además, en aquel momento dijo: “Eguía está en una celda individual que ha sido pintada recientemente. Dice que se ahoga con el olor a pintura. Pide que lo maten. Dice: ‘Que me maten ahora, que me maten’”.

Al día siguiente, Eguía trató de suicidarse. El 29 de diciembre, un policía de guardia lo encontró tirado sobre su celda, rodeado de un charco de sangre, había intentado cortarse las venas con el cierre de su pantalón. Por eso lo llevaron al Hospital Fernández, pero la Policía Federal no tenía una verdadera preocupación por el estado del sereno, y una hora después ya estaba en la comisaría otra vez. Para ese entonces, más de tres días después del robo, ni él ni ninguno de los otros dos detenidos había sido llamado a declarar ante la Justicia, tampoco les habían permitido pedir un abogado o comunicarse con sus familias.

En paralelo, por la comisaría desfilaban todos los obreros que trabajaban con el capataz Villalba. Eran llevados para permanecer, literalmente, sentados en silencio en una oficina. La obra estaba paralizada, pero los trabajadores tenían que ir a cumplir su horario laboral en la comisaría. Durante esos días de diciembre, la esposa del capataz Villalba fue todos los días hasta el edificio de la empresa constructora en la que trabajaba para saber si tenían noticias de su marido, si sabían por qué estaba detenido o cuándo iban a largarlo, pero la única respuesta que encontraba era: “Hay que esperar”. No se sabe exactamente qué día soltaron a Villalba, pero cuando salió –en alguno de estos últimos días de diciembre–, se apareció en las oficinas de la constructora muy lastimado y muy asustado, dispuesto a dejar su trabajo en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Ángela, la mujer del sereno, cuando se enteró de dónde estaba su marido, empezó a ir todos los días a la Comisaría 19 para tratar de verlo, pero nunca lo lograba. Excepto el 31 de diciembre. Ese día la atendió un cabo y, en un acto de generosidad –o piedad–, la hizo pasar a la celda donde el sereno esperaba con las muñecas vendadas y la ropa manchada de sangre, pero solo unos pocos minutos. Eguía fue contactado a través de su hijo, en mayo de 2021, para que contara su versión de los hechos. Sin embargo, no accedió a dar una entrevista. Falleció dos años después en Buenos Aires, el 25 de mayo de 2023, a los 97 años. 

Fuente:Pagina12

18 de enero de 2024

Dibujos animados y dictadura: de la propaganda y la censura a la memoria y la denuncia.

 18 de Enero de 2024

Dibujos animados y dictadura: de la 

propaganda y la censura a la memoria y la 

denuncia


























Como parte de su intento por modelar una sociedad dócil a su mandatos, la dictadura cívico 
militar utilizó la propaganda y la censura de forma abrumadora. Tenían especial interés en 
formatear a las infancias de acuerdo a sus valores “occidentales y cristianos” por lo que las 
obras artísticas destinadas a este segmento recibieron particular atención. Y los dibujos 
animados no escaparon a esa lógica.

En 1977, en el momento más duro del terrorismo de Estado, el gobierno dicatorial difundió 
por los canales de televisión una progaganda animada que aun muchos recuerdan. Arrancaba 
mostrando una vaca siendo ordeñada por unos monstruos de cara geométrica y dientes filosos
ropa negra y rostros rosados que la dejan flaca, mientras una fábrica que está en el fondo se 
derrumba.

“Argentina, tierra de paz y de enorme riqueza. Argentina: bocado deseado por la subversión 
internacional que intentó debilitarla para poder dominarla. Fueron épocas tristes y de vacas 
flacas. Hasta que dijimos ¡Basta! ¡Basta de despojo, de abuso y de vergüenza! Hoy vuelve la 
paz a nuestra tierra. Y esa paz nos plantea un desafío: el de saber unirnos como hermanos en 
el esfuerzo de construir la Argentina que soñamos”, dice la voz en off de un locutor. Mientras
la vaca corre a las criaturas malignas. Al final, un gauchito la alimenta, la vaca se recupera y 
tiene un ternero. En la pantalla se lee la consigna que se propagaba también en otras piezas 
publicitarias televisivas e impresas de ese trágico momento: “Unámonos”.

Un antecedente de esta animación es un cortometraje de la década del 60. Se trata de 
“Mañas y patrañas de gente extraña”. Según explicó el especialista Fernando Martín Peña 
en un artículo publicado en El cohete a la luna, es “un dibujo animado producido por encargo
del Estado para pasar como complemento en los cines comerciales”.

Fue realizado por el estudio de José y Alfredo Zalnero. “Entre sus dibujantes figura Raúl Ávila
cuyo currículum indica que su paso por el estudio de los Zalnero fue entre 1963 y 1965. Ese 
dato sirve para fechar aproximadamente el corto en 1963, durante el gobierno de facto de José
María Guido y en pleno apogeo del anticomunismo vernáculo”, explica Peña, que destaca que
“el film se presenta como una fábula, protagonizada por animales antropomorfos a la usanza 
de Walt Disney y, de hecho, hay patos, ratones y tres chanchitos”, reseña . Como en la clásica 
historia, en lugar de un lobo, llega un zorro a perturbar la tranquilidad y el orden. En lugar de 
soplar las casitas, este villano imprime volantes, inventa rumores, brinda discursos y quiere 
cometer atentados.

“Y otra vez, sin creer en más patrañas, siguió en paz y progreso su destino sin detenerse 
nunca en el camino a escuchar a quien trae ideas extrañas. Recordemos todos bien el cuento, 
que esto puede pasar en cualquier momento”, concluye la voz del narrador.

En materia de censura, la dictadura que asoló al país entre 1976 y 1983, fue aún más
cavernaria que los otros gobiernos militares. Por ejemplo, como refleja la muestra itinerante 
"Libros que muerden", prohibieron obras como “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry
o canciones como “El twist del Mono Liso” de María Elena Walsh. También censuraron dibujo
animados, como la recordada serie “Erase una vez el hombre”, la serie educativa francesa 
creada por Albert Barillé, con coproducción de otros países europeos, Canadá y Japón.

Así lo recuerda la periodista Verónica Smink en la BBC: “Los militares ordenaron a Argentina
Televisora Color levantar el ciclo luego de que el Episcopado se quejó de que el programa 
había puesto en tela de juicio el concepto de la creación divina como origen del mundo. 
También molestó un capítulo que denunciaba la contaminación ambiental”.

Desde su primer capítulo, la serie apelaba a las explicaciones científicas y no a la religiosidad 
para explicar el origen de la humanidad. Y en su último capítulo, mostraba las consecuencias 
desastrosas para la naturaleza que generaría en el futuro una sociedad basada en el consumo. 
En España y en Chile los gobiernos dictatoriales también censuraron la serie.

En Argentina, se sumó que la historieta que se vendía en paralelo al programa “sufrió una 
curiosa forma de censura: los militares hicieron colocar calcomanías de un grupo musical 
popular en esa época (la banda española Los Parchís), sobre una página de uno de los tomos 
que contenía una referencia a la Iglesia considerada ofensiva”, recuerda la periodista.

El texto ocultado burdamente mostraba al sacerdote John Ball, uno de los protagonistas de la 
vuelta campesina inglesa de 1381, acusando a “esa gente vestida de terciopelo que tiene los 
vinos y los buenos panes mientras nosotros tenemos la avena y la paja”. Además aparecía Jan
Huss, uno de los precursores de la Reforma Protestante que murió quemado en la hoguera, 
hablando de “esas criaturas de Satán que escogen el estado eclesiástico para comer bien, 
vestirse bien y poseer la estima”. Con paciencia y cuidado, se podía despegar el pegote de los 
archís y acceder a la información tapada.

Otras obras animadas muy significativas tuvieron que esperar el retorno de la democracia para
poder ser exhibidas. Una de ellas es “Caraballo mató un gallo”, de Simón Felman.  

Es un corto basado en una canción popular antillana y que fue producida con la técnica de 
papel recortado. Fue estrenada en 1976 en Colombia pero hubo que esperar hasta 1983 para 
que se reestrene en Argentina, donde luego fue rescatado por el programa “Caloi en su tinta” 
de la TV Pública.

El más consagrado de los directores de animación argentina, Manuel García Ferré, también 
uvo que esperar a que terminara la dictadura para estrenar “Ico el caballito valiente”. 
Aparentemente, a los censores les molestaba la música de la productora, que era de Mikis 
Theodorakis, famoso por “Zorba el griego” y por su lucha antidictatorial. Recién en 1987 se 
estrenó en las salas de nuestro país.

Hay dos detalles en la película que llaman mucho la atención y sobre los que García Ferré 
nunca dijo nada. Uno es la imagen de la mamá de Ico, con un pañuelo en la cabeza, preguntándose 
qué será de su hijo que ya no está más con ella. El otro es que en el castillo del Rey a donde
el protagonista de la película va a entrenarse para formar parte de la caballeriza del Rey, hay 
una historia tenebrosa: todas las noches desaparece un caballo. Cuando Larguirucho denuncia 
a situación ante el monarca y su consejero, el Duque Negro, lo detienen. Los animales no lo 
quieren ayudar porque tienen miedo.

Tanto en el caso de García Ferré como en el de Feldman, el terrorismo de Estado se ensañó 
con sus familias.

En el caso del artista gráfico creador de “Anteojito”, según cuenta el periodista Marcelo 
Larraquy en “Fuimos soldados”, tuvo un familiar directo desaparecido: Ernesto “El Chino” 
García Ferré, militante montonero de 24 años. En el caso de Feldman, en 1978 los genocidas 
desaparecieron y fusilaron a su hija Laura, militante de la Unión de Estudiantes Secundarios 
(UES) que tenía 19 años.

En aquellos años de persecución y muerte, se seguían proyectando dibujos animados. Aunque 
suene insólito, uno de los personajes más populares del momento, la Pantera Rosa, se vió 
involucrado con los dictadores.

En septiembre de 1975, unos meses antes del golpe, el personaje creado por Friz Freleng en 
1963 compartió la tapa de la “Gente” con el jefe del Ejército, Jorge Rafael Videla. La revista 
contenía una entrevista ficticia a la caricatura y un perfil adulatorio del futuro dictador, según 
rescató el periodista Federico Kukso.

El detalle curioso es que luego se supo que el jefe de la marina, el también genocida Emilio
Eduardo Massera, en su afán por ridiculizarlo en el marco del enfrentamiento que tenían, 
apodó a Videla como “Pantera rosa”, por el parecido físico que supuestamente tenían.

Muy lejos de esta odiosa comparación, hace poco la Pantera rosa fue noticia por ser el centro 
de una disputa en Uruguay por su utilización en la campaña por el referéndum sobre la Ley 
de Urgente Consideración en Uruguay.

Al principio de la década de los 80 se estrenó en Argentina una de las primeras series animadas 
japonesas en llegar al país, muy recordada por quienes llegaron a verla: “Capitán Reimar” (o
Capitán Harlock en el original), del genial creador Leiji Matsumoto.

Seguramente, los censores no se percataron de su contenido y por eso pudo ser vista en la 
televisión. El protagonista es un pirata espacial perseguido por un gobierno autoritario hiper 
militarizado en un contexto distópico.

Memoria, verdad y justicia

En los últimos años, la animación es parte de las obras creativas que colaboran con la lucha 
por memoria, verdad y justicia. Los casos más difundidos son los de “La asombrosa excursión
de Zamba a la Casa Rosada” y el capítulo “Zamba pregunta: ¿qué es la identidad”, en el que 
aparece la abuela de Plaza de Mayo Estela de Carlotto. Son herramientas indispensables para 
educar en las escuelas y los hogares sobre qué pasó durante la dictadura.

Seguramente, los censores no se percataron de su contenido y por eso pudo ser vista en la 
televisión. El protagonista es un pirata espacial perseguido por un gobierno autoritario hiper 
militarizado en un contexto distópico.

Memoria, verdad y justicia

En los últimos años, la animación es parte de las obras creativas que colaboran con la lucha 
por memoria, verdad y justicia. Los casos más difundidos son los de “La asombrosa excursión
de Zamba a la Casa Rosada” y el capítulo “Zamba pregunta: ¿qué es la identidad”, en el que 
aparece la abuela de Plaza de Mayo Estela de Carlotto. Son herramientas indispensables para 
educar en las escuelas y los hogares sobre qué pasó durante la dictadura.

Dos obras recientes demuestran la actualidad de la temática y de la animación como recurso 
artístico. Una de ellas es “Un oscuro día de Injusticia”, un cortometraje animado de 2018 
dirigido por Julio Azamor y Daniela Fioere, ganador del Festival de La Habana, que recorre 
el último día en la vida de Rodolfo Walsh, desde su casa en San Vicente, pasando por el tren 
Roca, la estación Constitución y la esquina de San Juan y Entre Ríos, donde fue secuestrado.

La otra obra fue hecha del otro lado de la cordillera. Es el corto chileno “Bestia”, de Hugo 
Covarrubias, que fue nominado en la categoría mejor corto animado de los premios Oscar 
2022. Se trata de dos obras que tratan sobre las atrocidades de la dictadura, en Argentina y en
Chile, de enorme nivel artístico que logran difusión internacional.  (Telam)
Fuente:DiarioPlatense

11 de enero de 2024

Era hija de militares, la torturaron en la ESMA y Astiz la usó de “carnada”.

Era hija de militares, la torturaron en la ESMA y Astiz la usó de “carnada”: así es lo nuevo de Leila Guerriero

En “La llamada”, la reconocida periodista cuenta la historia real de una mujer que fue violada, mantenida en cautiverio y obligada a hacerse pasar por la hermana del “Ángel Rubio” para que él pudiera infiltrarse entre las Madres de Plaza de Mayo.

PorRené Salomé

11 Ene, 2024

Labayru, hija de una familia de militares, es una ex integrante de Montoneros que pasó un año y medio cautiva en la ESMA, el centro clandestino más grande de la última dictadura argentina, donde fue torturada, violada y obligada a realizar trabajo esclavo. Allí, entre los alaridos de sus compañeros torturados, parió a su primera hija.

Además, Labayru fue forzada a representar el papel de hermana de Alfredo Astiz, un miembro de la Armada conocido como el “Ángel Rubio”, para que este pudiera infiltrarse en la organización Madres de Plaza de Mayo, operativo que terminó con tres Madres y dos monjas francesas desaparecidas.

Una llamada realizada desde la ESMA el 14 de marzo de 1977 le salvó la vida. Fue liberada en junio de 1978 y en el avión rumbo a España, junto a su hija de un año y medio, pensó: “Se acabó el infierno”. Pero el infierno no había terminado.

Silvia Labayru y su hija, nacida en la ESMA, fotografiadas por Dani Yako a poco de llegar a Madrid en 1978 (sacada del libro "Exilio").
Silvia Labayru y su hija, nacida en la ESMA, fotografiadas por Dani Yako a poco de llegar a Madrid en 1978 (sacada del libro "Exilio").

En el exilio, Labayru fue acusada de traición por otros argentinos obligados a huir del país y abominada por quienes habían sido sus compañeros de militancia. Desde entonces, se armó una vida en España evitando casi por completo todo contacto con la prensa hasta que, en 2018, la contactó desde Buenos Aires un hombre que había sido su pareja en los años setenta y, en una secuencia en la que se funden manipulaciones familiares que torcieron el destino, comenzó a urdirse una historia que continúa hasta hoy.

Para tratar de reconstruir su historia, la periodista argentina Leila Guerriero comenzó a entrevistarla en 2021, mientras se esperaba la sentencia del primer juicio por crímenes de violencia sexual cometidos contra mujeres secuestradas durante la dictadura, en el que Labayru era denunciante.

Después de libros como La otra guerra, en los que Guerriero demostró su maestría para captar los matices sin reduccionismos, la celebrada periodista vuelve con una historia dura pero real sobre la condición humana, en la que reluce su “trabajo riguroso, investigación exhaustiva y un estilo de precisión matemática”, aspectos de su obra que fueron alabados por el Premio Nobel de Literatura peruano Mario Vargas Llosa.

Aunque La llamada, editado por Anagrama, acaba de ser publicado en España y llegará a Argentina recién en marzo, su versión digital ya puede comprarse en Bajalibros.

Ficha

Título: La llamada

Autora: Leila Guerriero

Editorial: Anagrama

Páginas: 432

Precio (en Argentina) en digital: $2606

“La llamada”, de Leila Guerriero (fragmento)

infobae

La primera vez que la vi fue en la foto de un periódico. Aunque estaba sentada sobre lo que parecía una tapa de cemento en mitad de un jardín frondoso, se notaba que era alta. El pelo rubio, por debajo de los hombros, enmarcaba un rostro sofisticado, esa clase de belleza felina que da, a algunas personas, el aspecto de una pieza delicada un poco salvaje. Usaba el flequillo insolente que solían usar muchachas de otra época. Le calzaba ese sustantivo: muchacha. Aparentaba muchos años menos de los que se deducían del artículo: sesenta y cuatro. Vestía una prenda de mangas largas color azul, jeans ajustados, sandalias de taco chino con suela de yute. Era delgada, con una voluptuosidad natural.

Estaba allí ostentando el desparpajo de quien se ha sentado en el piso muchas veces sin perder el tipo. Miraba hacia arriba. La foto trasuntaba un clima a la vez fértil y amenazador, sumergida en una luz acuática que le daba la cualidad de un sueño (ella se arrepintió de haberse fotografiado allí, en ese jardín demasiado identificable, porque alguno de «estos tipos» podía ubicarla y hacerle pasar «un susto, un mal rato»). Llamaban la atención las manos grandes, compactas, rudas, una música muy fuerte para el resto del conjunto, más sutil. No se le veían los ojos, pero son azules.

El título de la nota, firmada por Mariana Carbajal y publicada el 27 de marzo de 2021 en el diario argentino Página/12, decía: «El secuestro de Silvia Labayrú. La llegada a la ESMA y el parto en cautiverio». Tenía un error, y era el acento: su apellido es Labayru, no Labayrú. Pero el día en que leí la nota –edición en papel, era domingo– yo no sabía quién era esa mujer, ni estaba interesada en la ortografía de un texto en el que ella empezaba diciendo: «El 29 de diciembre de 1976, con 20 años, embarazada de cinco meses, me llevaron [...] a la ESMA [...] al sótano, donde torturaban en una salita [...], en un lugar famoso que llamaban “La avenida de la felicidad”. Ahí fui interrogada, torturada durante un tiempo. [...] me tuvieron catorce días [escuchando] día y noche sin parar los alaridos de los compañeros que pasaban por las otras salas de tortura». La periodista aclaraba que la evocación pertenecía a «Silvia Labayrú, ex integrante de Montoneros, sobreviviente de ese centro clandestino de detención», la ESMA, donde había permanecido secuestrada un año y medio.

Labayru fue forzada a representar el papel de hermana del "Ángel Rubio" Alfredo Astiz para que este se infiltrara entre las Madres de Plaza de Mayo.
Labayru fue forzada a representar el papel de hermana del "Ángel Rubio" Alfredo Astiz para que este se infiltrara entre las Madres de Plaza de Mayo.

La ESMA es la Escuela de Mecánica de la Armada, un sitio de instrucción militar donde, desde el golpe de Estado que se produjo el 24 de marzo de 1976 en la Argentina, funcionó un centro clandestino de detención, el más grande de los casi setecientos que hubo en el país. Entre 1976 y 1983, cuando la dictadura terminó, fueron secuestradas, torturadas y asesinadas allí, por los llamados Grupos de Tareas, unas cinco mil personas. Sobrevivieron menos de doscientas. El número total de desaparecidos durante la dictadura es de treinta mil.

Montoneros fue un grupo de extracción peronista, surgido en los setenta que, a mediados de esa década, se militarizó, formando el Ejército Montonero, y pasó a la clandestinidad.

Silvia Labayru militaba allí, y desde los dieciocho años integró el sector de Inteligencia de la capital cuyo responsable máximo era el escritor argentino Rodolfo Walsh, autor de Operación Masacre, abatido en la calle por un Grupo de Tareas de la ESMA el 25 de marzo de 1977, que continúa desaparecido.

El artículo de Página/12 estaba enfocado en el hecho de que ella, junto con Mabel Lucrecia Luisa Zanta María Rosa Paredes, había sido denunciante en el primer juicio por crímenes de violencia sexual cometidos en ese centro clandestino. La denuncia se había hecho en 2014. El juicio había comenzado en octubre de 2020 y se esperaba sentencia para agosto de 2021, cinco meses después de publicada la nota. Aunque Labayru había dado su testimonio acerca de lo acontecido ante la ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) en 1979, ante la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) en 1984, y en diversos juicios contra represores de la ESMA, y de esos testimonios podía desprenderse que había pasado por algún tipo de abuso, nunca había dado detalles ni se los habían pedido porque, hasta 2010, la violencia sexual formaba parte del rubro «torturas y tormentos», un combo inespecífico en el que se incluían la picana eléctrica, el submarino seco, el simulacro de fusilamiento, los golpes.

Labayru pasó un año y medio cautiva en la ESMA, el mayor centro clandestino de detención de la última dictadura argentina.
Labayru pasó un año y medio cautiva en la ESMA, el mayor centro clandestino de detención de la última dictadura argentina.

Recién ese año la violación se transformó en un delito autónomo: algo que podía juzgarse per se. Una década más tarde, Labayru y las otras dos mujeres –a quienes no conoce– testimoniaron en ese juicio. Ella acusaba a dos miembros de la Armada: Alberto Eduardo «Gato» González, como su violador, y Jorge Eduardo «el Tigre» Acosta, al frente del centro clandestino en aquellos años, como el instigador de esas violaciones. Ambos tenían ya varias condenas a prisión perpetua por delitos de lesa humanidad.

Cuando se publicó el artículo, Silvia Labayru llevaba cuatro décadas sin hablar con periodistas –su hija Vera y su hijo David estaban entrenados para negarla cuando llamaban por teléfono pidiendo entrevistarla– y, aunque yo no lo sabía, no estaba dispuesta a hacer más excepciones que la que había hecho con Página/12.

Dos o tres días después de esa publicación, el fotógrafo Dani Yako, a quien conozco desde hace años, me envió dos mensajes por WhatsApp. El primero tenía un link a esa nota de Página/12, que yo ya había leído. El segundo era una pregunta: «¿Leíste esto de mi amiga Silvia?».

El 18 de noviembre de 2013, en el Juicio ESMA, Causa Unificada, Silvia Labayru declaró: «Las mujeres éramos su botín de guerra. Nuestros cuerpos fueron considerados como botín de guerra. Eso es algo bastante habitual, por no decir muy habitual, en la violencia sexual. Y utilizar o considerar a las mujeres como parte del botín es un clásico en todas las historias represivas de las guerras [...]. En esto no fue una excepción».

Canta Bob Dylan: «¿Cuántas veces puede un hombre volver la cabeza / y fingir no ver lo que ve?». Estaba todo dicho. Solo había que saber –o querer– escuchar.

Quién es Leila Guerriero

♦ Nació en Junín, Argentina, en 1967.

♦ Es escritora, periodista y editora.

♦ Escribió libros como Los suicidas del fin del mundoOpus GelberPlano americanoTeoría de la gravedad La otra guerra.

♦ Recibió galardones como el Premio Gabo, el Premio Konex y XIV Premio Internacional de Periodismo Manuel Vázquez Montalbán, y fue declarada Personalidad destacada de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Fuente:InfoBae

El poema de Paco Urondo sobre la dictadura de 1976: "Un hombre es perseguido".

 El poema de Paco Urondo sobre la dictadura de 1976: "Un hombre es perseguido"

La voz poética en medio de la represión y persecución, en un nuevo aniversario de su nacimiento.

10 DE ENERO, 2024

Paco Urondo, a pesar de su trágico final, dejó un legado literario y político imborrable.

Paco Urondo, nacido el 10 de enero de 1930 en Santa Fe, Argentina, fue un polifacético escritor, periodista y guionista de televisión reconocido. Su prolífica carrera incluyó nueve poemarios, dos libros de cuentos, obras de teatro, una novela y guiones cinematográficos. A los 27 años, ya era director de Arte Contemporáneo de la Universidad Nacional del Litoral y director General de Cultura de su provincia.

La pluma vanguardista

La escritura de Urondo encapsula las influencias de su época: escueta, simple, coloquial, con temas vinculados a lo cotidiano y un creciente interés por la política. Figura relevante de la cultura argentina del siglo XX, estuvo vinculado a la vanguardia poética de la década de 1950 y al nuevo periodismo de los años 60. Su compromiso político se reflejó en su participación en diarios y semanarios, así como en su membresía en la agrupación Montoneros.

El secuestro y asesinato de Paco Urondo

La tragedia alcanzó a Paco Urondo el 17 de junio de 1976. Junto con su pareja Alicia Raboy, también periodista, su hija Ángela de tan solo 11 meses, y Renée "la Turca" Ahualli, compañera de militancia, fueron emboscados en Mendoza. Después de ser perseguidos a tiros, el auto en el que viajaban chocó. En un acto desesperado, Urondo les mintió a sus compañeras, diciéndoles que había tomado una pastilla de cianuro para que escaparan. Sin embargo, fue detenido por la patota y asesinado a golpes.

Paco Urondo
Su poesía sigue siendo un recordatorio conmovedor de la brutalidad de la dictadura y la resistencia inherente en las palabras.

En medio de la represión y persecución de la dictadura, Paco Urondo dejó un poema que captura la desgarradora realidad de aquellos tiempos: "Por soledades". En este poema, Urondo explora la persecución de individuos, familias, organizaciones y pueblos, señalando la responsabilidad de aquellos que imponen las reglas del juego.

"Por Soledades" – Extracto del Poema

"Un hombre es perseguido, una
familia entera, una organización, un pueblo. La
responsable de esta situación no es la codicia,
sino un
comerciante con sus precios, con la imposición
de las reglas del juego. Los empresarios, la policía
con la imposición de las reglas del juego. Por eso
ese hombre, ese pueblo, esa familia, esa
organización, se
siente perseguida. Es más, comienzan
a perseguirse entre ellos, a delatarse,
a difamarse, y juntos, a su vez, se lanzan a perseguir
quimeras, a olvidarse de las legítimas,
de las costosas pero realizables aspiraciones;
marginan la penosa esperanza. Entonces
toda la familia, todo el pueblo, entra
en el nivel más alto de la persecución: la
paranoia, esa
refinada búsqueda de los
perseguidos históricos y culturales.
Y ésta
es la triste historia de los pueblos
derrotados, de las familias envilecidas
de las organizaciones inútiles, de los hombres
solitarios, la
llama que se consume sin el viento, los aires
que soplan sin amor, los amores que se marchitan
sobre la memoria del amor o sus fatuas
presunciones."

Este poema es parte de la obra "Cuentos de Batalla (1973-1976)", un testimonio lírico de la época marcada por la represión y la resistencia. La llama que se consume sin viento, los aires que soplan sin amor, y los amores que se marchitan sobre la memoria del amor son metáforas poéticas que encapsulan el sufrimiento y la desesperanza de una sociedad en crisis.

Fuente:ElDestape