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21 de agosto de 2020

Masacre de "Luna Roja". Una memoria necesaria, más allá de los juicios y las condenas.

Masacre de "Luna Roja". Una memoria necesaria, más allá de los juicios y las condenas 
20 de Agosto de 2020 
Hace 42 años, los diarios presentaban como “accidente” lo que era un hecho feroz del terrorismo de Estado

La muerte en el Hospital Naval de Buenos Aires, el pasado viernes, de uno de los tres condenados a perpetua por la masacre del balneario marplatense Luna Roja, el 2 de agosto de 1978, invita a echar una mirada sobre hechos casi borrados de la última dictadura y también sobre gestos de Memoria y búsqueda de la verdad que no cesan, y que acaso vayan pasándose como mandato de las presentes a las futuras generaciones.
El condenado que murió el viernes, mientras cumplía con una doble cadena perpetua impuesta por la Justicia en uno de los juicios de la megacausa ESMA y en dos de la megacausa Base Naval Mar del Plata, era el capitán de navío retirado Francisco Lucio Rioja, conocido en los centros clandestinos de detención de la Armada como “Fibra”, “Jirafa” o “Pancho”.
“¡Qué hijo de puta ‘Fibra’, mirá lo que hizo!”, declaró una sobreviviente de la ESMA que le oyó decir al “Tigre” Acosta, mientras leía en voz alta, para todos, la falsa noticia publicada por La Capital de Mar del Plata que aquí reproducimos.
A modo de “mensaje de respuesta” por el atentado dinamitero de Montoneros contra la vivienda del almirante y miembro de la Junta Militar Armando Lambruschini, que un día antes había cobrado las vidas inocentes de una hija de éste y de una anciana que vivía en el edificio, el grupo de Inteligencia de la Marina que actuaba en Mar del Plata eligió a cinco detenidos ilegales, acusados de pertenecer a Montoneros, los condujo atados y amordazados hasta una casilla del balneario Luna Roja, vecino a Barranca de Lobos y Chapadmalal, y los hizo volar en pedazos, informando luego a la prensa que se trataba de “extremistas” que habían muerto “manipulando una bomba”.
Francisco Rioja actuaba en ese momento como jefe de Inteligencia en la Base Naval de Mar del Plata y en los juicios quedó probada su participación en la asociación ilícita que ejecutó secuestros, detenciones ilegales y tormentos a detenidos. En 2017, recibió su segunda condena a perpetua, al finalizar los juicios ESMA III y IV. Durante los procesos, Rioja desconoció la autoridad de cualquier tribunal civil para juzgarlo y demandó sin éxito que se le aplicara la “justicia militar”.
El general Arrillaga en segundo plano. "Fibra" Rioja en el primero. (Foto: Marcelo Núñez)
El general Arrillaga en segundo plano. "Fibra" Rioja en el primero. (Foto: Marcelo Núñez)
El esclarecimiento de la masacre de Luna Roja fue posible, entre otras cosas, porque la policía provincial que recibió del grupo de tareas los cadáveres destrozados y sin identificar, aplicó un protocolo que en ningún momento pretendió ocultar el crimen. Tanto fue así que las cinco (no cuatro) sepulturas fueron ubicadas una junto a la otra en un sector del Cementerio Parque, donde también fueron inhumados una veintena de “NN”. Además, junto a esa leyenda se hacía constar la fecha presunta de muerte y/o algún signo distintivo. Aquellos recaudos protocolares de la policía evitaron  que los restos pasaran al osario común, en los años que siguieron, y facilitaron la tarea del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que finalmente pudo identificar a cuatro de las cinco víctimas de la masacre de Luna Roja y que determinó que habían sido trasladadas al balneario desde distintos lugares.
En 2018, cuando se preparaba la temporada estival en Luna Roja, una topadora contratada por el concesionario demolió la escultura y señalización del lugar realizadas por organismos de DDHH en el año 2011, y que se convertía en referencia histórica de la playa, tal como es hasta hoy el monumento a Alfonsina Storni emplazado en la barranca de acceso al balneario La Perla, en el centro de la ciudad.
La protesta de familiares y organismos, más una denuncia en la prensa local, logró que el concesionario de marras pidiera disculpas y se ocupara de reponer el monumento original.
Detalle de la escultura homenaje a las víctimas de la masacre de Luna Roja
Detalle de la escultura homenaje a las víctimas de la masacre de Luna Roja
Otra protesta y denuncia, éstas a cargo de los centros de ex combatientes de Malvinas, impidió que condenados por delitos de lesa humanidad como el recientemente fallecido Rioja, lo mismo que sus herederos, continuaran cobrando una pensión otorgada a veteranos de la guerra del Atlántico Sur.
Una de las cinco víctimas de la masacre de Luna Roja aún no ha podido ser identificada. Lo mismo que otras de las 22 que fueron sepultadas como “NN” en el Cementerio Parque de Mar del Plata, espera que los antropólogos del EAAF avancen en la recolección de datos y evidencias, antes de que todo se vaya esfumando por acción del tiempo.
Sin, embargo, la Memoria continúa su proceso, incesante, alimentándose de las huellas y registros que van quedando en la ciudad, en sus casas, en los archivos periodísticos y documentales o en las mismas actas de los juicios.
Carlos Aurelio Bozzi es abogado, historiador y docente de Seguridad Pública en la Escuela Descentralizada Juan Vucetich de Mar del Plata y en otros institutos relacionados con la capacitación policial. Siendo abogado laboralista, compartía el estudio jurídico con el desaparecido Tomás Fresneda y es un sobreviviente de la trágica “Noche de las Corbatas”. Desde aquel día, tras un duro exilio interior, se dedicó a la investigación de hechos del terrorismo de Estado y representó como querellante a familiares de las víctimas en la megacausa Mar del Plata Base Naval. Su libro Luna Roja. Desaparecidos en las playas marplatenses, ha sido incorporado a la Biblioteca del Tribunal Oral Federal en lo Criminal de Mar del Plata, así como al Archivo Nacional de la Memoria y al Fondo Documental CONADEP.
Tal como Luna Roja aumenta su volumen de edición a edición, así también aumentan la información y los relatos y avanza la localización e identificación de las víctimas, que apenas pasaban las 200 cuando se hizo  el primer Informe de la Conadep y que hoy ya alcanzan las 290.
“Los casos o los testigos aparecen en donde uno menos los espera” –cuenta Bozzi en conversación con Télam. “Hay una entrevista que le hacen al diseñador Roberto Piazza, en marzo de 2016, en un programa de C5N, donde él cuenta su experiencia en Mar del Plata, mientras hacía el servicio militar. Después de escucharlo, quise llamarlo como testigo para el juicio Base Naval, y él había aceptado. Pero para el Tribunal, un testimonio como el de Piazza iba a resultar muy ‘mediático’ y eso no era conveniente para el desarrollo del juicio, así que finalmente no fue convocado”.
“Viví esa etapa de mierda en la Argentina –dice Piazza en la mencionada entrevista, realizada por Hernán Lirio. “Realmente la gente no tiene ni idea de los que fue eso (…) de haber visto cómo destruyeron familias, mataban mujeres, violaban mujeres, mataban chicos y jóvenes, un montón de cosas espantosas. Yo digo siempre que si hubiera nacido tres años antes, hubiera sido un NN más”, completa.
El relato del modisto y diseñador, hoy disponible en la web, abunda en detalles e información verosímil sobre la vida cotidiana en la Base Naval de Mar del Plata y en Buzos Tácticos, durante los años 1977 y 1978, los años en que se preparaba, entre otras cosas, la guerra contra Chile (por el diferendo del Beagle) y cuando todas las bases y apostaderos de la Armada se habían convertido, simultáneamente, en centros clandestinos de detención.
Para Carlos Bozzi, lo mismo que para otros sobrevivientes del horror de la dictadura, que fueron testigos y querellantes en los juicios, la construcción de la memoria no termina, como tampoco terminan los juicios (mientras queden verdugos impunes) y como no termina, tanto en las costas marplatenses como en el resto del país, la búsqueda de la verdad.
Uno de los verdugos murió condenado hace unos días, durante la pandemia del Covid 19. En la playa “Luna Roja” fue reconstruido el monumento que recuerda a las víctimas, por derecho y deseo de la comunidad. La vida, lo mismo que la lucha de los vivos, continúa.
Oscar Taffetani
Fuente:Telam

3 de agosto de 2018

La masacre de Luna Roja y su largo camino hacia la verdad.

La masacre de Luna Roja y su largo camino hacia la verdad 
Un hecho debe haber sido particularmente atroz para destacarse entre los muchos que ocurrieron en esos tiempos. La masacre de Luna Roja tiene esa singularidad. Pero no se acota a lo ocurrido una noche, hace 40 años. Es una tortuosa historia que, atravesando décadas, desembocó en una verdad jurídica.
Por Gustavo Visciarelligustavo.visciarelli@ gmail.com
Madrugada del 2 de agosto de 1978. La hora y el escenario son ideales para evitar testigos. Y en caso de haberlos, los rigores de la época garantizan su silencio.
Balneario Luna Roja, a mitad de camino entre Mar del Plata y Chapadmalal. Un bar parrilla que sólo funciona en verano, duerme su abandono invernal sobre la bajada hacia la playa.
Cinco prisioneros son extraídos del centro clandestino de detención que funciona en la Base Naval. Luego, el ruido de una lejana explosión llega “como un trueno” hasta el centro de la ciudad.
La prensa difundirá horas más tarde la versión de fuentes oficiosas: una célula extremista se autoeliminó accidentalmente mientras preparaba una bomba dentro del local abandonado.
“NN-02-08-78”
Los posteriores pasos administrativos siguen el curso de esa lógica aparente. Intervienen policías, bomberos y el médico legista Carlos Petry, que escucha la explosión desde las ruinas humeantes de Tienda Los Gallegos. Junto a él está Dionisio Ituarte, enfermero del Cuerpo Médico de la Policía bonaerense.
La rigurosa burocracia deja constancias que décadas más tarde emergerán como pruebas. En las actas del Cementerio Parque asientan el ingreso de los restos, pertenecientes a cuatro mujeres y un hombre. Y junto a cada una de sus tumbas colocan un cartel con la inscripción “NN-02-08-78”.
“Un desastre”
Octubre de 2005. En el Juicio por la Verdad, el enfermero Ituarte recuerda que aquel “trueno” se oyó cerca de las tres de la madrugada. Y que poco más tarde, al ser convocados a Luna Roja junto al médico Petry, se enfrentaron a “un desastre”. Los escombros, la oscuridad y los restos humanos esparcidos no se han borrado de su memoria. Tampoco la gran cantidad de personas atestando el lejano paraje: bomberos, policías, individuos vestidos de civil y una treintena de hombres con ropa de fajina que Ituarte cree “de la Marina, por la jurisdicción”.
Las tumbas oprobiosas
Octubre de 1982. Con la Junta Militar en repliegue pero aún en el poder, la Justicia provincial ordena preservar numerosas tumbas NN en el Cementerio Parque. Es la respuesta a un requerimiento de “Madres, Abuelas y Desaparecidos de Mar del Plata”, que así logran interrumpir el traspaso de los restos al osario. Es, también, el primer paso de un largo camino que posibilitará identificaciones con métodos que varían según las épocas. Y que se acelera con un avance científico que los represores jamás imaginaron en su pretensión de impunidad: los exámenes de ADN.
“NN-02-08-78”
Octubre de 2008. En el marco del Juicio por la Verdad, el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata ordena la exhumación arqueológica de una treintena de cadáveres NN preservados judicialmente en el sector B del Cementerio Parque. La tarea recae en el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), que encuentra cinco carteles: NN-02-08-78.
Al cruzar esa información con las crónicas periodísticas de la época, los antropólogos creen haber dado con las víctimas de Luna Roja. Y lo comprueban al constatar fracturas y faltantes de piezas óseas centralizadas en la parte superior de los cuerpos. Conclusión: los prisioneros fueron ubicados con vida, quizás en estado de inmovilidad, en torno a una mesa o elemento similar sobre la cual colocaron los explosivos.
Los cotejos de ADN con familiares de personas desaparecidas permiten identificar entre 2011 y 2012 a cuatro de las víctimas de Luna Roja. La oprimente sigla “NN” pesa aún sobre los restos de una mujer.
Las víctimas, los secuestros
Irma Elizabeth Kennel tenía 28 años cuando desapareció. Era trabajadora de la salud, militaba en el peronismo de izquierda y tenía un hijo de corta edad con el abogado laboralista Daniel Reynaldo Medina, de 30 años. El 18 de octubre de 1976, Medina fue secuestrado en su domicilio de Tandil y hasta hoy permanece desaparecido. Irma corrió idéntica suerte el 12 de julio de 1978 mientras viajaba en su automóvil de Mar del Plata a Tandil.
Lilia Mabel Venegas tenía 31 años. Se había recibido de veterinaria en La Plata, donde vivía con dos hijos de corta edad y con su marido, Carlos Miguel, de 30 años, también veterinario. Ambos militaban en el peronismo de izquierda. En 1974 la Triple A asesinó a Miguel. Lilia se refugió con los niños en su hogar materno de Mar del Plata y consiguió trabajo en la veterinaria “Ankar”, perteneciente a un colega y compañero de militancia. Hacia allí se dirigía en la tarde del 4 de mayo de 1978 cuando fue secuestrada mientras conducía un Renault 6 color turquesa que jamás apareció.
Lilia Mabel Venegas junto a sus hijos. Era veterinaria. Tenía 31 años.
Lilia Mabel Venegas junto a sus hijos. Era veterinaria. Tenía 31 años.
“Muy angustiado”
El propietario de la veterinaria “Ankar”, de Luro 6757, era Carlos Alberto Tellez, de 34 años. Aquella tarde del 4 de mayo estaba practicando una cirugía cuando llegaron ocho individuos vestidos con uniformes de fajina que se movilizaban en autos Ford Falcon. El veterinario pidió tiempo para concluir la intervención quirúrgica y se lo concedieron. En ese lapso, algunos de ellos subieron al domicilio de Tellez, donde estaban sus hijas de 3 y 7 años y su esposa Antonia Margarita Fernández, de 34 años, asturiana, profesora de educación física.
Una mujer que presenció la escena: la dueña del gato que estaba operando Tellez. Treinta y siete años después, al declarar en el juicio por la masacre de Luna Roja, la testigo recordó que el veterinario “temblaba y estaba muy angustiado”. Y que luego comenzó a llorar al ver a través de una ventana que se llevaban a su esposa y a sus hijas.
“Vuelvo”
Salvador Tellez, padre del veterinario, estaba aquella tarde en su establecimiento rural de El Coyunco cuando un grupo de uniformados con fuerte armamento llegó para entregarle a sus dos nietas. Dentro de un Ford Falcon se hallaba su nuera Antonia Fernández, quien alcanzó a decirle: “Me toman una declaración y vuelvo”.
Al dirigirse inmediatamente a la veterinaria “Ankar”, comprobó que su hijo también había sido detenido.
Carlos Alberto Tellez. Era veterinario. Tenía 34 años. Antonia Margarita Fernández, esposa de Tellez. Era profesora de educación física.
Carlos Alberto Tellez. Era veterinario. Tenía 34 años. Antonia Margarita Fernández, esposa de Tellez. Era profesora de educación física.
Un Renault turquesa, una carta
Al anochecer de aquel 4 de mayo hubo otro secuestro, pero en este caso la víctima sobrevivió y recordó los hechos al atestiguar ante el Tribunal Oral Federal en 2015. Se trataba del empleado de una veterinaria céntrica a quien redujeron y encapucharon cuando salía de su trabajo. En la Base Naval lo interrogaron hasta convencerse de que no era la persona buscada.
Cerca de las 22 decidieron liberarlo y para ello lo trasladaron hasta la vieja terminal de micros a bordo de un Renault 6 color turquesa. Le encomendaron, además, una oscura misión: entregarle a Salvador Tellez una carta escrita por su hijo. En ella, el veterinario secuestrado le pedía que no denunciara los hechos porque pronto sería puesto en libertad.
Las condenas
Entre 2015 y 2016 se ventilaron en el Tribunal Oral Federal de Mar del Plata los juicios denominados “Base Naval 3 y 4”, por múltiples delitos de lesa humanidad cometidos en dicha unidad. Las pruebas reunidas con relación a la masacre de Luna Roja sustentaron las condenas a prisión perpetua de Raúl Alberto Marino (ex jefe de la Base Naval y comandante de la Fuerza de Submarinos); Rafael Alberto Guiñazú, (ex comandante de la Agrupación Buzos Tácticos y ex subjefe de la Base Naval) y Francisco Lucio Rioja, (ex jefe de la sección Inteligencia de la Base Naval durante 1978 y 1979).
El doloroso discurrir de cuatro décadas incluyó, además, dolorosos procesos personales: El de los padres de las víctimas, criando a sus nietos durante la búsqueda de sus hijos y el de los hijos de las víctimas, reclamando justicia en medio de su construcción identitaria.
Desde 2013 una escultura recuerda la masacre de Luna Roja y señala el sitio que los asesinos creyeron ideal para que la verdad jamás se conociera.
Fuente:LaCapitalMdP