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16 de junio de 2021

Valeria Gutiérrez Acuña, nieta recuperada: “Duele hablar de esta historia de mucho dolor”.

 

Declaró en el juicio de las Brigadas

Valeria Gutiérrez Acuña, nieta recuperada: “Duele hablar de esta historia de mucho dolor”

Fue convocada por la querella de Abuelas para que sume su relato al debate oral que se sigue por secuestros y torturas contra hombres y mujeres durante la útima dictadura cívico militar a quienes mantuvieron en cautiverio en los pozos de Banfield y Quilmes, y El Infierno de Avellaneda.

Por Ailin Bullentini

Valeria Gutiérrez Acuña declaró en el juicio de las Brigadas por pedido de Abuelas de Plaza de Mayo.

Valeria Gutiérrez Acuña tiene las piernas muy cruzadas, como apretadas. Mueve sus dedos, los entrelaza y suelta sin parar. Habla claro, pero bajito, sin mucho detalle. Brindó  su testimonio en el juicio por los crímenes de lesa humanidad que sucedieron en las Brigadas de Investigaciones de Banfield, Lanús y Quilmes, será corto. Hacia el final, explicará que le “cuesta estar en estos lugares, hablar de esta historia de mucho dolor” y que también le “duele cuando hay un Gobierno y una sociedad que descalifica o niega a los desaparecidos”.

Dice que ella no eligió “estar en este lugar, pasar por esto”, pero ahí está: hija de un matrimonio de militantes secuestrados y desaparecidos, una historia que le fue negada durante 33 años hasta que supo quién era realmente. “Son historias dolorosísimas para todas las familias que tenemos que lidiar con desapariciones y restituciones”, continuará, antes de pedir por una ley que penalice el negacionismo.

No es la primera vez que declara. Ya lo hizo en 2014, pocos meses después de su restitución, en el marco del juicio de lesa humanidad contra los crímenes de la Maternidad clandestina que funcionó en Campo de Mayo y cuya apropiación fue uno. Allí detalló más ampliamente la historia que sus padres y que esta mañana resumió: su mamá Isabel Acuña y su papá Oscar Rómulo Gutiérrez eran militantes montoneros. “Ella estudiaba Agronomía y mi papá era sociólogo y estudiaba Economía. estaban viviendo juntos y fueron víctimas del terrorismo de Estado”. Fueron secuestrados en su casa de San Justo en la madrugada del 26 de agosto de 1976. Tenían menos de 25 años en el marco de un operativo que implicó la participación de personal de civil “con armas largas” y “cinco autos”. Ella estaba embarazada de cinco meses. “Estaba yo en la panza de ella”, señaló Valeria.

“Eran gente que tenían proyectos y ganas de tener una sociedad más justa”, concluirá media hora después la testigo, convocada por la querella de Abuelas de Plaza de Mayo para que sume su relato en el debate oral que se sigue por secuestros y torturas contra hombres y mujeres --algunas, como el caso de Isabel, embarazadas-- durante la útima dictadura cívico militar eclesiástica a quienes mantuvieron en cautiverio en los pozos de Banfield y Quilmes, y El Infierno de Avellaneda. Por un lado, hay un testimonio que indica que Isabel estuvo, previo a parir, secuestrada en Banfield

Su testimonio también es importante por lo que puede aportar sobre su apropiador, el policía Rubén Fernández. Cuando se la consultó sobre si sabía donde había trabajado Fernández al momento de su apropiación, ella contestó que "en Banfield". Según su legajo, a mediados de 1976, Fernández cumplía funciones en la Brigada de Lanús, donde funcionó El Infierno.

La reconstrucción

Valeria se acercó a fines de 2013 a Abuelas de Plaza de Mayo. Y en febrero de 2014 supo que era hija de Isabel y Oscar. El matrimonio pasó por varios centros clandestinos. Pudo saberse que permanecieron detenidos en la Comisaría 4º de San Isidro (denominada "Las Barrancas"), en el COTI de Martínez y en el Arsenal Esteban de Luca. En Las Barrancas tuvieron contacto con un policía que hizo contacto con familiares de integrantes del grupo de detenidos desaparecidos que permanecían encerrados junto a los padres de Valeria. Además, de Banfield, hay testimonios que la ubican a Isabel en la Brigada Femenina de San Martín y en el Regimiento de Mercedes.

“Me estuvieron buscando toda la vida”, dice Valeria sobre sus abuelos y tíos paternos, y con quiénes hizo contacto no bien supo su verdadero vínculo biológico. Vilma Sesariego de Gutiérrez, de hecho, fue fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo, pero falleció antes de hallar a su nieta. En la búsqueda también participó materna, Rosa González, y quien tampoco vivió para ver el fruto.

Tenía 33 años cuando se enteró, por una prima, de que no era hija de quienes la “habían criado”: el policía Rubén Fernández y Rita Maggián. Maggián se lo confirmó y le contó que en 1975, como no podían tener hijos, anotaron como propio un bebé que les ofreció un policía compañero de Fernández, que supuestamente era hijo de su empleada doméstica “que no podía hacerse cargo”. También le contó que ella llegó a fines de 1976.

“Llaman por teléfono un compañero de trabajo (de Fernández) que habían encontrado a un bebé recién nacido en una ruta, abandonado" y les preguntó si lo querían. "Mi mamá dice que sí, que la lleven. Y ahí llego yo”, resumió. La inscribieron como hija propia, nacida el 31 de diciembre de 1976. Valeria, en realidad, nació unos días antes --no hay precisión-- en algún lugar de San Martín, supo la familia de Oscar.

Al tiempo la joven se acercó a Abuelas. “Yo quería saber hasta las últimas consecuencias qué había sido de mis padres. Porque veía las noticias, veía que encontraban nietos y sabía que tenía muchas posibilidades de ser hija de desaparecidos”, sostuvo en su testimonio. Llevó a su hermano, que “no estaba tan interesado”, pero igual lo empujó. Ella dio positivo; él negativo: “No se sabe de la familia de él, si realmente lo dieron o es hijo de desaparecidos”, agregó Valeria.

El siguiente paso fue contactar con su familia para empezar un nuevo camino. Estaba ansiosa, “tenía necesidad de que supieran que estaba viva, que estaba bien”, expresó. Y agradeció lo que halló: “Una familia que me contiene día a día en esto que es tan doloroso. Saber esta verdad, de tanto dolor y sufrimiento, es difícil”. 

Fuente:Pagina12

10 de junio de 2021

El sobreviviente de varios centros clandestinos que vio arrojar personas al Río de la Plata.

 

Juan Antonio Neme declaró en el Juicio de las Brigadas

El sobreviviente de varios centros clandestinos que vio arrojar personas al Río de la Plata

A pesar de que que la tortura borró parte de su memoria, Neme dijo que nunca va a olvidar el grito de sus compañeros que gritaban atados de pies y manos, cuerda en el cuello, cuando sabían que su destino era la muerte por ahogo.

Por Ailin Bullentini

Juan Antonio Neme, sobreviviente de varios centros clandestinos, contó que vio un helicóptero arrojar personas al Río de la Plata.


Cuando lo denunció ante un organismo internacional, en el exilio, lo miraron con cara de “éste está loco”. Cuando lo reiteró el martes, entre otros detalles espeluznantes de sus días de tortura física y psicológica como detenido desaparecido de la última dictadura cívico militar eclesiástica, dejó a todas las partes del juicio de lesa humanidad por los crímenes de las Brigadas suspendidos en el horror. Juan Antonio Nemesobreviviente de varios centros clandestinos, contó que vio un helicóptero arrojar personas al Río de la Plata.

 “Esa imagen jamás se va a ir de mi vida. Escuchaba a los compañeros como gritaban porque sabían que se iban a la muerte, pies y manos atados, cuerda en el cuello, directamente se ahogaban”, relató.

“La tortura me borró parte de la memoria”, advertiría Neme en un tramo de su testimonio. Aclaró que se le hacía difícil “seguir la cronología” de los hechos que vivió los 47 días que estuvo detenido de manera clandestina en varios lugares de la provincia de Buenos Aires, aunque pudo describir con detalle algunos flashes: su paso por la Comisaría de Escobar; su paso por el Pozo de Banfield, como escenario previo a sus semanas de detención en el penal de Sierra Chica; el exilio en España. Los que narró con más precisión, tal vez por que fueron parte de lo que “más” lo “ha marcado” fueron sus días en “el barco”.

La zona norte

Neme fue convocado a declarar en el juicio que repasa los delitos de lesa humanidad que tuvieron a las Brigadas de Banfield, Quilmes y Lanús como escenario durante la última dictadura por la querella de Justicia Ya! y la secretaría de Derechos Humanos. “Hace tiempo que lo buscamos y recién pudimos localizarlo el año pasado. Su testimonio es valioso porque aporta pruebas sobre el circuito que hicieron varios trabajadores del cordón fabril” de la zona norte del Gran Buenos Aires y del área de Escobar, Zárate, Campana, describió en diálogo con este diario Pia Garralda, de la agrupación querellante. 

Neme integra el grupo de víctimas --tan sólo algunas sobrevivieron-- que "cayeron" los primeros días post golpe de Estado y que, tras pasar por muchos centros clandestinos, terminaron en espacios represivos de la zona sur del conurbano.

Una patota de “unas 10 personas” fueron a buscarlo a la casa que alquilaba en Escobar, al norte del conurbano. Era la madrugada del 26 de marzo de 1976 y él, de unos “24, 25 años” ya no trabajaba en “la Ford”, de donde lo habían despedido sin indemnización. Integraba “la Unidad Básica de Vicente López” donde conoce “a Miguel Lizaso, a Jorge Lizaso, a Jorge Niemal y muchos otros compañeros”. Neme militaba en la Juventud Peronista y formaba parte de la Unidad Básica Combatientes Peronistas que, desde la localidad de Florida, provincia de Buenos Aires, “era la base territorial de la columna norte de la organización Montoneros”, definió en su momento la fiscal Mercedes Soiza Reilly en el marco de su alegato en el tercer tramo del debate oral sobre los crímenes de la Esma. Jorge “Nono” Lizaso y su esposa, María del Carmen “China” Nuñez, Niemal y varios otros dirigentes fueron llevados al centro clandestino de la Armada.

A Neme, sus secuestradores lo encontraron durmiendo. “Entraron preguntando y haciendo manifestaciones amenazantes, me ataron de las manos, me pegaron un poco y luego me pusieron una capucha. Me preguntaban dónde estaban las máquinas”, contó. No hallaron nada, pero a patadas le arrancaron dos dientes. Lo llevaron sangrante, atado, encapuchado a lo que cree era la Comisaría de Escobar, donde se encontró con una compañera de militancia, Marta Velazco. También con Tilo Wenner, un poeta y escritor que trabajaba en el periódico local El Actual.

“Marta me escuchó la voz, porque yo iba con los ojos vendados y me dijo ‘flaco nos vendieron’”, recordó. Según su testimonio, Neme, Velazco, Wenner “y probablemente José Goncalves” fueron “los primeros cuatro que caímos en la zona”. Dijo Neme que fue torturado esa noche, al igual que Velazco y Wenner, aunque no pudo precisar dónde.

El barco y el vuelo 

El hombre declaró desde España, donde vive desde que partió hacia el exilio. Vía teleconferencia, aseguró que después de aquella primera gran tortura a la que fue sometido, llegaron "al famoso barco Murature”, en referencia al buque patrullero ARA Murature perteneciente a la Armada. Su testimonio fue transmitido por el medio comunitario La Retaguardia. El hombre sostuvo que ese barco “fue la base” de su detención durante aquellos días en los que, declaró, recibió tirturas allí y en una casa a la que era trasladado, de la que “iba y venía”. 

A principios de abril, otro sobreviviente, Raúl Alberto Marciano --mencionado por Neme--- también aseguró haber estado detenido en un “centro clandestino ubicado en un barco cerca del puerto de Zárate” que “era un infierno”. Acorde a lo concluido tras el juicio de lesa humanidad por los crímenes incluidos en la Causa Di Nápoli --que terminó el 7 de septiembre del año pasado-- no se trató del ARA Murature, sino de un buque gemelo que en aquellos años estuvo parado en la zona.

En el buque mencionó haber visto a Marciano y a Velazco, torturada con ácido; recordó inhumanas y espeluznantes condiciones de detención. Recordó que le preguntaron qué le había pasado en la boca: “Les dije que me habían pegado una patada. ‘No completaron el trabajo”, me respondieron y me volvieron a pegar, me quitaron todos los dientes de arriba y algunos de abajo con el taco de la bota”, relató.

Entre lo vivido en el barco y en aquella casa a la que era llevado para interrogatorios, fue sometido a submarino con agua con deshechos y picana eléctrica.

Lo “más difícil”, aclaró, fue “la tortura psicológica”. “Ahí vi por primera vez que en helicópteros traían compañeros y los tiraban con una cuerda atada al cuello y un peso en la punta (en su otro extremo). La cuerda tenía un metro, metro y medio. Los tiraban al río", describió.

Y pidió hacer un “paréntesis” para dejar asentado que, en el exilio, declaró esa imagen en una exposición que realizó ante Amnistía Internacional en Londres y que “la persona que estaba redactando el informe giró la cabeza como queriendo decir este hombre está loco”. 

El dato sobre el avistaje de Neme de vuelos de la muerte en Zárate es nuevo y puede llegar a ser aporte importante en la causa que investiga la Fiscalía de Concepción del Uruguay y la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación sobre el Delta del Paraná de Entre Ríos como un lugar donde los represores descartaron cuerpos de víctimas del terrorismo de Estado.

El camino al exilio

Al Pozo de Banfield fue llevado después. Lo contó en plural, pero no aportó nombres de compañeros de traslado. “No más llegar me llevaron a la tortura. Me volvieron a pegar en la boca”, recordó y aclaró que “no” tuvo “la suerte de otros compañeros a quienes le sacaban la venda, las ataduras, les daban ropa. A mí no me sacaron la capucha, no me desataron, no me vistieron”, aclaró. Contó que fue llevado a la Esma un día y que allí  presenció un interrogatorio al “Noso” Lizaso, datos que se contradicen con lo que quedó probado respecto de lo que ocurrió con aquellos militantes: que él, además de otres, murieron en un operativo en el Café de los Angelitos.

Al cierre de su testimonio, agregó que en Banfield le daban de comer “tres trocitos de milanesa y gajos de manzana”. Que no le daban agua y que tampoco lo dejaban ir al baño. Que de allí fue llevado a Coordinación Federal donde le quitaron las vendas, desataron, le permitieron bañarse y le dieron ropa. “47 días estuve secuestrado”, puntualizó. Desde allí, fue a un aeródromo y, de allí, en avioneta, a Sierra Chica, donde le hicieron una prótesis dental que no le sirvió: “por la picana eléctrica se me quemaron las raíces dentales de los dientes que me quedaban”. Tiempo después, alcanzó el exilio en Europa “sin pasaporte”. “Fui indocumentado hasta 1978, cuando Holanda me dio el asilo político", aseguró. 

Fuente:Pagina12

8 de junio de 2021

JUICIO BRIGADAS: DECLARÓ UN SOBREVIVIENTE QUE PRESENCIÓ “LOS VUELOS DE LA MUERTE”.

 

JUICIO BRIGADAS: DECLARÓ UN SOBREVIVIENTE QUE PRESENCIÓ “LOS VUELOS DE LA MUERTE”

"LOS COMPAÑEROS GRITABAN PORQUE SABÍAN QUE IBAN A LA MUERTE", CONTÓ JUAN ANTONIO NEME. ESTABAN MANIATADOS Y CON UN "PESO" ATADO AL CUELLO.

En el marco de la audiencia 29 del Juicio Brigadas declaró el sobreviviente Juan Antonio Neme. En un relato crudo, contó que la tortura psicológica es la que aún hace mella, más allá de haber sufrido torturas físicas. Presenció “los vuelos de la muerte” y precisó que los represores lo hicieron ver la tortura de dos compañeros.

Juan Antonio era uno de los trabajadores de Ford y encabezó las huelgas de las últimas dos horas de producción. Fue despedido y el 26 de marzo de 1976 fue secuestrado en su casa de Mateo, donde residía junto a su pareja y su pequeña hija de apenas seis meses. “Entraron preguntando y haciendo manifestaciones amenazantes, me ataron las manos, me pegaron un poco y luego me pusieron una capucha”, contó el hombre que reside desde hace años España.

Lo llevaron a la comisaría de Escobar, donde se encuentra con una compañera (Martha Velazco) que ya había sido detenida y golpeada. “Ella me dijo ´Flaco, nos vendieron´”, recordó. “Nos trasladaron a un sitio donde empezaron esa misma noche a dar picanas eléctricas, no sé si fue en la comisaría o en otro sitio. Estuvieron dos días con la picana, nos daban un margen muy estrecho de intervalo”, mencionó.

El siguiente centro clandestino de detención fue “el famoso barco”, el ARA Murature. “La tortura psicológica más me ha marcado en este tiempo”, admitió. Y contó cómo fue testigo de “los vuelos de la muerte”. “En el helicóptero traían y tiraban a los compañeros con una cuerda atada al cuello y un peso. Los tiraban al río, los compañeros gritaban porque sabían que iban a la muerte, tenían pies y manos atadas, se ahogaban directamente”, precisó ante el Tribunal.

Tras su paso por el barco, fue llevado a una casa en la cual los represores detenían las torturas para comer, según recordó. Sufrió “el potro” y “el submarino”, entre otras formas de torturas y recordó que lo obligaron a presenciar las vejaciones practicadas a su amiga Martha, quien fue quemada con ácido. “Tenía la cabeza gacha, no sé si estaba viva o ya estaba muerta”, admitió Neme.

También estuvo detenido en el Pozo de Banfield y fue a la ESMA (Escuela de Mecánica de la Armada), donde presenció la tortura de otro compañero, que evitó detallar. Mencionó que, de acuerdo al relato de sus pares, también estuvo en Lanús. En total, estuvo 45 días desaparecido, luego fue trasladado a la Coordinación Federal, donde recién le quitaron la venda de la cara, lo desataron y le dieron ropa. Sierra Chica fue su siguiente destino.

Recordó que salió “por equivocación”, porque su nombre era parecido al de otro detenido, quien era panadero, y estaba por ser liberado. Se llamaba Juan Antonio Nenne y estaba detenido en la celda 848, cuando él se encontraba en la celda 84 del Pabellón 8. Viajó en una vuelo de Iberia y recién le quitaron las esposas en Madrid. Más tarde logró el asilo en Holanda.

Jorge Varela, otro de los sobrevivientes, dio precisiones ante el Tribunal Oral Federal 1 de La Plata sobre su paso por la Comisaría primera de Quilmes y la de Temperley. “Nadie tomaba lista, no existíamos, era como que estábamos de paso”, sostuvo. Fue secuestrado con otros compañeros en la fábrica Saiar, donde trabajaba y militaba gremialmente.

“El traslado (a Temperley) fue recontra traumático, por los golpes y las condiciones en las que nos llevan, atados y encapuchados. Aparte de la incertidumbre, de no saber a dónde nos llevaban, el trato era vejatorio, terriblemente cruel. Uno se jugaba la vida ahí, no lo sabíamos porque nunca había ocurrido esto en nuestro país. Uno esperaba 15 días de calabozo pero nunca tortura, muerte y desapariciones”, mencionó.

En esta dependencia estaban en “condiciones deplorables”. No iban al baño ni les daban comida. “El patio tenía 30 centímetros de materia fecal y orina”, recordó. Explicó que los “presos comunes” fueron los que le comunicaron, a partir de visitas de familiares, a sus propios allegados que estaban detenidos allí. “Nos dijeron que a los que habían estado antes, incluso mujeres, los habían sacado y boleteado”, manifestó. “La referencia era que los que caían ahí habían sido todos muertos”, apuntó.

También pasó por Devoto, donde fue legalizada la detención. “Tras cuatro meses de detención no nos reconocíamos en el espejo”, dijo Varela. “Pedí nueve veces la salida del país, que es un derecho constitucional”, mencionó. Logró, en febrero de 1982, el decreto de su “libertad vigilada”. “Recuerdo esto porque apenas salí estalló la guerra por las Malvinas, todavía estaban los milicos”, recordó.

El Tribunal Oral Federal (TOF) 1 de La Plata -integrado por Walter Venditti, Esteban Rodríguez Eggers y Ricardo Basilico- juzga a 18 represores por las torturas, homicidios y ocultamiento de menores en perjuicio de casi 500 víctimas alojadas en tres centros clandestinos de detención durante la última dictadura cívico-militar: el Pozo de Banfield, el de Quilmes y El Infierno de Avellaneda.

Son juzgados, por los delitos cometidos en el Pozo de Banfield y el Pozo de Quilmes, el ex ministro de Gobierno bonaerense durante la dictadura, Jaime Smart; el ex director de Investigaciones de la Policía bonaerense, Miguel Etchecolatz; el ex médico policial Jorge Antonio Berges; Federico Minicucci; Carlos Maria Romero Pavón, Roberto Balmaceda y Jorge Di Pasquale. También son juzgados Guillermo Domínguez Matheu; Ricardo Fernández; Carlos Fontana; Emilio Herrero Anzorena; Carlos Hidalgo Garzón; Antonio Simón; Enrique Barré; Eduardo Samuel de Lío y Alberto Condiotti.

Por los crímenes de lesa humanidad cometidos en “El Infierno” también están imputados Etchecolatz, Berges y Smart y el ex policía Miguel Angel Ferreyro.

EL JUICIO

El juicio comenzó el 27 de octubre del año pasado. El Tribunal Oral Federal (TOF) 1 de La Plata -integrado por Walter Venditti, Esteban Rodríguez Eggers y Ricardo Basilico- juzga a 18 represores, entre ellos Etchecolatz, Juan Miguel Wolk y el médico policial Jorge Berges, por cerca de 500 delitos de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de tortura, detención y extermino conocidos como el Pozo de Banfield, el de Quilmes y El Infierno de Avellaneda.

En la segunda audiencia, el represor Miguel Etchecolatz se negó a ser indagado por un tribunal civil. “Necesito que me interroguen los jueces que estaban en ejercicio de sus funciones en ese momento; es decir la justicia militar”, sostuvo. “Sigue sosteniendo la teoría de los dos demonios”, advirtieron desde HIJOS Lomas de Zamora.

En la tercera, se transmitió el testimonio grabado de Adriana Calvo y Cristina Gioglio, sobrevivientes de la dictadura que también fallecieron; en la cuarta se escuchó el desgarrador relato de Nilda Eloy.

El 24 de noviembre, en el marco de la quinta jornada, el represor Ricardo Fernández -imputado del secuestro de 350 personas, cuatro homicidios, dos abusos sexuales y la sustracción de seis menores- se negó a ser indagado por la Justicia federal de La Plata. “No tengo nada que declarar”, dijo Fernández vestido con un pijama azul, ya que cumple prisión domiciliaria.

En la audiencia del 1 de diciembre, especialistas del Equipo Argentino de Antropología Forense revelaron que hay más de un centenar de cuerpos enterrados como NN que no se pudo identificar, por lo que pidieron a personas que buscan familiares desaparecidos de esa época que concurran a extraerse muestras de sangre.

Más tarde, María Isabel Chorobik de Mariani, conocida como “Chicha” y fallecida en el 2018 sin haber podido reencontrarse con su nieta Clara Anahí, apropiada en 1976, volvió a dar testimonio de su lucha a través de un video.

En el marco de la octava audiencia, se escuchó la declaración testimonial de contexto de la historiadora e investigadora del Conicet Victoria Basualdo, sobre la participación empresarial durante la última dictadura cívico-militar. “Hay casos concretos donde las empresas acompañaron y fueron co-responsables de los procesos represivos”, advirtió.

El periodista Horacio Verbitsky dio detalles, el siguiente martes, sobre la responsabilidad empresaria en los secuestros de trabajadores de la fábrica de calefones Saiar, de Quilmes, durante la última dictadura cívico militar. Habló sobre la responsabilidad de la patronal en el secuestro de trabajadores. Esta información fue investigada por el periodista, que escribió una nota al respecto hace 29 años y luego incluyó esa información en un libro, titulado “Cuentas Pendientes”, que aborda el tema de la complicidad empresarial con el terrorismo de Estado.

En la décima jornada se escucharon las declaraciones de contexto de María Sondereguer y Alejandra Paolini, sobre violencia de género en el Terrorismo de Estado. 

En la audiencia siguiente, en tanto, se expusieron las pericias realizadas en El Infierno de Avellaneda.

En la duodécima audiencia, el Tribunal Oral Federal 1 de La Plata escuchó el testimonio de Laura Franchi, sobreviviente, y sus hijas María Laura y Silvina Stirnemann. Ella estuvo detenida en el Pozo de Banfield durante los años de plomo pero luego fue trasladada a un penal. “Un médico me tomaba el pulso y decía lo que había que hacer y lo que no había que hacer (durante las torturas)”, recordó. Su pareja fue asesinada y permaneció en condición de desaparecido hasta 1994, cuando sus restos fueron hallados en el cementerio de Lomas de Zamora.

En la reanudación del juicio, el 2 de febrero, fue Stella Segado quien expuso sobre el funcionamiento y la estructura de la inteligencia de la última dictadura y detalló las particularidades de ese entramado en territorio bonaerense, donde funcionaron los tres centros clandestinos de detención y exterminio de Lomas de Zamora, Quilmes y Avellaneda.

La audiencia 14 contó con la palabra de Stella Caloni, quien brindó un testimonio de contexto sobre el entramado represivo latinoamericano del Plan Cóndor.

El 23 de febrero declaró Jorge Nadal, sobreviviente de centros clandestinos de detención y a quien le llevó 30 años recuperar a su hijo apropiado. “El plan sistemático de los genocidas no se conformó con nosotros y fueron por nuestros hijos; a mi hijo Pedro Luis lo busqué 30 años y mi otro hijo, Carlos Alberto, tuvo secuelas en su salud, todo este desquicio derivó en un trastorno psiquiátrico”, relató Nadal.

En la siguiente jornada fue Lidia Biscarte la sobreviviente que declaró y reclamó a la Justicia que sean encarcelados los responsables de tortura, violación y homicidio. “Esto que relato no es una novela, es un dolor muy grande y mis compañeros (de cautiverio) no están para defenderse, por favor, usted está ahí para hacer justicia”, le dijo al titular del Tribunal.

En la audiencia 17 expuso Miguel Angel Prince, caso por la Brigada de Lanús con asiento en Avellaneda durante los días finales de agosto de 1976, pero también los jueces escucharon otro testimonio que no se hizo público.

También declararon el sobreviviente Alejandro Reinhold, María Esther Alonso y los familiares de desaparecidos Eduardo Nachman y Alejandrina Barry.

En la audiencia 19 declararon Nicolás Barrionuevo, delegado gremial de la fábrica Saiar; Oscar Pellejero, miembro del sindicato no docente de la Universidad Nacional de Luján, ambos sobrevivientes de secuestro y torturas; y Sixto García, hermano de Silvano García, delegado gremial de la Federación Argentina de Trabajadores Rurales (FATRE), que está desaparecido.

En la siguiente jornada se escucharon los testimonios de dos víctimas: María Ester Alonso Morales, hija de Jacinto Alonso Saborido y de Delfina Morales, nacida en cautiverio, y Raúl Marciano (ex detenido desaparecido que pasó por el Pozo de Banfield).

En la audiencia 21, en tanto, declararon Stella Maris Soria, hija de Miguel Ángel Soria; Norma Soria, hermana del delegado asesinado y la esposa de éste, María Esther Duet. “El 6 de junio de 1976 estaba mirando en televisión La Pantera Rosa, cuando entraron a la casa de mis abuelos buscando a mi papá, que había llegado de trabajar pero había logrado salir por el fondo”, contó Stella Maris.

En la jornada 22 declararon los sobrevivientes Patricia Pozzo, Juan Carlos Stremi y Mario Colonna, quienes que permanecieron en el Pozo de Quilmes durante agosto de 1976. Ella relató cómo fue su secuestro en La Plata, su paso por Arana, el Pozo de Quilmes y El Infierno. Logró salir del país, luego de estar detenida de forma legal en Olmos y Devoto.

En la siguiente jornada continuó el testimonio de Colonna. Se sumaron las declaraciones de los sobrevivientes Virgilio Cesar Medina y Néstor Busso, pero también declaró Eva Romina Benvenuto, hija de detenidos desaparecidos. El intento de suicidio de Medina fue, quizá el momento más dramático de la audiencia.

En la audiencia 24 declararon Leonardo Blanco, sobreviviente; Liliana Canga (hermana de Ernesto Enrique Canga, quien fue asesinado durante la dictadura) y destacó el trabajo del Equipo de Antropología Forense (los restos de su hermano fueron recuperados de una tumba N.N. de La Plata). También declaró Marcos Alegría, sobreviviente, quien contó su escape de Chile por la represión y el secuestro por luchar por mejoras laborales en la industria Saiar de Quilmes.

El siguiente martes fue el turno de Pablo Díaz, quien hizo foco en la violencia sexual a la que eran sometidas las mujeres y el tratamiento como mercancía de las embarazadas. Él fue secuestrado durante los operativos enmarcados en La Noche de los Lápices y relató los tormentos sufridos: picana eléctrica, tenazas y golpes. Pidió que los represores no sean beneficiados con la prisión domiciliaria y bregó porque la Justicia no se demore otros 37 años.

La audiencia 26 contó con los testimonios de Nora y Marta Úngaro, la primera estuvo secuestrada durante los años de plomo y ambas son hermanas de Horacio, quien continúa desaparecido. También se escuchó la primera parte del testimonio de Walter Docters. “Uno se ahogaba en sus propios gritos”, aseguró Nora, recordando las sesiones de tortura, que no impedían que los represores abusaran de las mujeres. “Me llegaba la sangre a los tobillos y aún así te venía a manosear”, precisó. “Su condición de mujer era un bien de uso para los asesinos”, apuntó Docters.

La siguiente jornada continuó con la declaración Docters. También prestó declaración Delia Giovanola, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo, quien buscó durante 39 años a su nieto. Su hijo Jorge Ogando y su nuera Stella Montesano fueron secuestrados el 16 de octubre de 1976 en La Plata, tuvo que hacerse cargo de la crianza de la hija de ambos y emprendió la búsqueda de ellos y del segundo hijo, cuando supo que su nieto había nacido en el Pozo de Banfield. “Martín volvió a su familia cuando tuvo 39 años”, señaló.

El martes 25 de mayo no hubo audiencia, pero en la siguiente declararon el nieto restituido Martín Ogando y la sobreviviente de La Noche de los Lápices Emilce Moler. “Te duelen las ausencias, que en mi caso son muchas. Tengo la tranquilidad de haber hecho todo lo posible para la condena social de lo ocurrido, pero te quedan heridas abiertas de nuestros compañeros desaparecidos, por eso seguimos hablando”, aseguró Moler. También prestó testimonio Martín García, hermano de Silvano García, delegado gremial que permanece desaparecido.

La jornada 29 contó con la declaración de dos sobrevivientes, cuyos secuestros tuvieron que ver con su participación gremial. Se trata de Juan Antonio Neme y Jorge Varela, secuestrado junto a otros compañeros en Saiar. “La tortura psicológica más me ha marcado en este tiempo”, admitió Neme, quien presenció la tortura de dos compañeros y “los vuelos de la muerte”.

LOS CENTROS CLANDESTINOS DE DETENCIÓN Y EXTERMINIO

El Pozo de Banfield funcionó bajo la órbita de la Brigada de Investigaciones de Banfield en las calles Siciliano y Vernet de Lomas de Zamora, desde 1974 hasta al menos octubre de 1978, según testimonios de los sobrevivientes. De las 253 personas que fueron allí torturadas, 97 permanecen desaparecidas y al menos 16 son mujeres que dieron a luz en la maternidad clandestina.

El Pozo de Quilmes funcionó en la Brigada de Investigaciones de Quilmes. Pasaron por allí 183 víctimas.

El Infierno de Avellaneda fue un centro de detención que funcionó en el lugar que por entonces era la Brigada de Investigaciones de Lanús, dependiente de la Dirección General de Investigaciones que dirigía el genocida Miguel Etchecolatz y funcionaba bajo la órbita del entonces jefe de la Policía bonaerense, Ramón Camps.

Fuente:InfoRegion

3 de junio de 2021

Moler: «Le pido a la Justicia que haga lo suyo para construir una Argentina sin impunidad»

 


Moler: «Le pido a la Justicia que haga lo suyo para construir una Argentina sin impunidad»

Fue el planteo que Emilce Moler hizo a los jueces del Tribunal Oral Federal Nº 1 que juzgan los delitos de lesa humanidad perpetrados en los centros clandestinos de detención que funcionaron en las Brigadas policiales de Banfield, Quilmes y Lanús. Secuestrada a los diecisiete años y sobreviviente del Pozo de Quilmes, Moler ha prestado testimonio, sobre las atrocidades cometidas por los represores, desde 1985.

Por Gabriela Calotti

«Los sobrevivientes, los que vivimos el horror desde adentro, ya dijimos mucho, ya contamos mucho. Simplemente le pido a la Justicia que haga lo suyo porque los tiempos no nos juegan a favor para construir una Argentina sin impunidad, y así permitirnos a nosotros olvidar un poco», sostuvo Emilce Moler, de 62 años, al concluir un nuevo testimonio ante un tribunal sobre su secuestro y cautiverio en el Pozo de Quilmes, su paso por Arana y sus años de cárcel.

Junto a Patricia Miranda, Pablo Díaz y Gustavo Calotti, Emilce Moler es una de los cuatro sobrevivientes de los secuestros de numerosos estudiantes secundarios y militantes ocurridos en septiembre de ese año en la ciudad de La Plata, episodio bautizado como la Noche de los Lápices. La mayoría de esos adolescentes militantes estudiantiles siguen desaparecidos. Entre ellos figuran Claudia Falcone, María Claudia Ciocchini, Horacio Ungaro, Francisco López Muntaner, Daniel Racero, Víctor Treviño y Claudio de Acha.

«Son 36 años que vengo manteniendo la memoria. Uno tenía que mirar para adelante sin dejar de pensar en nuestro pasado, y eso para los sobrevivientes fue una carga muy fuerte, muy fuerte. Soy una persona grande, tengo cierta tranquilidad de que hicimos mucho para lograr las condenas sociales de los genocidas y las ejemplares condenas judiciales», afirmó Emilce Moler, que por aquellos años era estudiante de Bellas Artes y militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES).

«Aunque logramos que la Argentina realmente condene las dictaduras, condene las desapariciones, las apropiaciones de los nietos y eso no es poco como país, faltan algunas cuestiones», subrayó sin perder su tono de voz claro y firme.

«Porque los genocidas hicieron una sola cosa muy bien, que fue callar, callar, y por lo tanto nosotros no sabemos dónde están los cuerpos de los compañeros y compañeras detenidos-desaparecidos, no sabemos dónde están los cuerpos de los chicos de la ‘Noche de los Lápices’, no sabemos dónde están los nietos que tenemos que recuperar y por eso seguimos hablando y por eso seguimos testimoniando a pesar de hacerlo desde hace 36 años», aseguró esta mujer menuda que ya no pudo volver a estudiar arte y se dedicó a las matemáticas.

Tras recordar que a partir de 1985, cuando tenía 26 años, tomó consciencia de la importancia de ser testigo en ámbitos judiciales y allí donde se requiera su declaración, pues la primera que hizo fue ante el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), Emilce Moler pasó a detallar los hechos desde la madrugada del 17 de septiembre de 1976 cuando un grupo que dijo pertenecer a las Fuerzas Armadas irrumpió en su casa en la calle 19.

«Buscaban a una estudiante de Bellas Artes. Apenas mi padre se acercó, pensando que por ser jubilado de policía iba a tener un mejor trato, lo encañonaron contra la pared», recordó. A pedido de su madre la dejaron vestirse y «me puse un gamulán». La subieron a un auto y siguieron por otras dos casas, en una de ellas levantaron a Patricia Miranda, «una compañera que no tenía militancia alguna», precisó.

Las llevaron al Pozo de Arana, en las afueras de La Plata, afirmó Moler, que pidió al Tribunal no brindar otros detalles sobre su cautiverio en ese «infierno» porque «todos los detalles de Arana ya están juzgados y comprobados» en un juicio previo y por «pudor», dado que una audiencia virtual es mucho más pública que las presenciales.

Allí en Arana estuvo en «condiciones inhumanas» desde aquella madrugada hasta el 23 de septiembre. En la celda de mujeres estaba con «Patricia Miranda, Claudia Falcone y María Clara Ciocchini, compañeras de la UES. Estaba Hilda Fuentes y Ana Arroyo Rodríguez de Giampa», relató. «En Arana también reconocí a Gustavo Calotti y a Horacio Ungaro, que era amigo mío. Horacio estaba pasando situaciones muy dolorosas y por supuesto Gustavo también», precisó.

Una noche los hicieron subir a un camión que «en un momento se detiene y hacen bajar a Claudia Falcone, a María Clara Ciocchini. También me doy cuenta de que en ese camión estaban Francisco López Muntaner, Claudio de Acha y Daniel Racero, todos compañeros de la UES».

«Nunca iba a saber que en ese momento se estaba determinando la vida y la muerte de distintas personas», sostuvo.

Ella, Patricia Miranda, Gustavo Calotti, Hilda Fuentes y Ana Arroyo Rodríguez de Giampa siguieron hasta lo que sería el Pozo de Quilmes. «Subimos unas escaleras y se enojaban, quienes me recibían decían: ‘qué van a traer acá, ¿un jardín de infantes?’, decían porque era muy menudita y cuando me querían poner esposas, se me salían».

Vendadas y atadas permanecieron en el Pozo de Quilmes. «Cada tanto nos traían agua, cada tanto nos sacaban al baño», contó. Días después la llamaron, le dieron un peine y le dijeron que tenía visita. «En eso apareció mi padre. Un subalterno le había avisado que su hija estaba ahí. Mi padre vino de madrugada y me vio», recordó, antes de contar que ella en ese momento pensaba que su padre venía para sacarla de ahí.

«Pero me dijo que no podía irme de ahí. Mi vida dependía de [Héctor] Vides y de [Osvaldo] Etchecolatz, que eran dos personas siniestras», sostuvo Emilce. Esa noche le dio a su padre algunos nombres de otras personas secuestradas allí.

En el Pozo de Quilmes «había pequeñas treguas» en el tratamiento a los secuestrados, «pero cambiaba en todo momento». «Siempre recuerdo a uno que vio el brazo infectado por las quemaduras de cigarrillos y me trajo pancután. Pero había otro que se ensañaba y me golpeaba en la cabeza con un llavero y nos tiraba acaroína pura en la cabeza».

En Quilmes estaban Nilda Eloy y Nora Ungaro, hermana de Horacio. «Le pude decir que había estado con su hermano en Arana», afirmó Emilce. También vio en Quilmes a Norma Andreu, a Ana Teresa Diego, a Ángela López Martín, a Marta Enríquez, quien estaba embarazada y a una chilena que se llamaba Eliana. Muchas de esas mujeres jóvenes están desaparecidas. Otras, como Nilda Eloy, no pudieron llegar con vida a este juicio.

«Casi a finales de diciembre, un día se acercan dos o tres personas, una guardia femenina inclusive, ponen en la celda una mesa y una máquina de escribir. Me desatan las manos y me empiezan a hacer una serie de preguntas, algunas absurdas, como preguntarme el domicilio. Me dicen que voy a quedar a disposición del PEN. Me dicen que firme… Tuve que firmar vendada», contó.

«A partir del 28 de diciembre estaba bajo disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Nos trasladan a Patricia Miranda, a Marta Enríquez, a Gustavo Calotti, a Walter Docters y a mí, nos ponen en una camioneta y nos tapan con una frazada. Nos trasladan a lo que después supimos que era la Comisaría de Valentín Alsina», donde pudieron empezar a recibir la visita de sus familiares.

En la celda ya estaban Mercedes Borra y Cristina Rodríguez. Días después llegó «Nilda Eloy en un estado deplorable». Allí, «cada tanto nos dejaban estar en el patio. Era muy importante» para ellas.

El 27 de enero de 1977, con 17 años, ingresó en la cárcel de Villa Devoto. «Las celadoras me leen los cargos: me imputaban todo. Tenencia de armas de guerra, tenencia de explosivos, asociación ilícita… Yo con mi inocencia lloraba y decía que no».

Estando en Devoto la venían a visitar sus padres, pero «me traían siempre malas noticias», confesó Emilce, antes de precisar que esas noticias eran el asesinato de Ricardo Cuesta, hermano de su novio; de su primo Daniel Mendiburu y de su otro primo, Patricio Tierno, en la masacre de Margarita Belén en el Chaco.

Después de que la entrevistara un militar, a su padre le diría «olvídese de su hija, su hija es irrecuperable para esta sociedad».

En Devoto cumplió los 18 y los 19 años. Hasta que un día le dieron la libertad vigilada. Para esto sus padres se habían mudado a Mar del Plata, pues «les habían dicho que yo era muy peligrosa y no podía volver a La Plata». Recién en mayo de 1979 recobró finalmente su libertad.

Emilce Moler mencionó a numerosos compañeros y compañeras de Bellas Artes y de la Juventud Universitaria Peronista (JUP) que permanecen desaparecidos, como, inclusive, la directora de Bellas Artes, Irma Zucchi, y se refirió especialmente a Arturo «Patulo» Rave, responsable en la UES, asesinado en diciembre de 1975.

«Éramos jóvenes que creíamos en la política. No conocíamos la democracia y nos oponíamos a la dictadura. Creíamos que podíamos construir otro país», aseguró luego de nombrar a Alfredo Reboredo, a Abel Vigo, a Claudia Calcagno, desaparecidos.

El asesinato de Patulo Rave «fue nuestro presagio para saber que la edad no iba a ser un elemento que impidiera» que la represión brutal cayera sobre estos militantes estudiantiles.

Emilce Moler, quien hace unos meses publicó La larga noche de los lápices: relatos de una sobreviviente (Marea), con su versión de aquellos secuestros, pudo construir una familia, tuvo tres hijos con su anterior pareja y tiene tres nietas. «Fui libre cuando tuve a mi primera hija porque sentí que mi cuerpo se había recuperado de todo lo padecido», confió durante su declaración el martes último.

En cambio, «nunca más me dediqué al arte. Cuando siento olor a óleos no puedo dejar de pensar en tantos compañeros que fueron diezmados».

Emilce Moler mencionó a quienes tantas veces declararon ante un tribunal en la búsqueda de memoria, verdad y justicia como Nilda Eloy, Cristina Gioglio, Adriana Calvo de Laborde y también Jorge Wats, Cristóbal Mainer y Julio López, «nuestra herida abierta en esta democracia en donde seguimos preguntando ¿Dónde está?».

«Estos genocidas nos arruinaron cuatro generaciones»

Diego Martín Ogando nació en el llamado Pozo de Banfield durante el cautiverio de su mamá, Stella Maris Montesano, y de su papá, Jorge Ogando, quienes permanecen desaparecidos. El martes declaró desde Estados Unidos y contó su historia, antes y después de recuperar su identidad. Lamentó no haber podido conocer a su hermana, Virginia, que tanto hizo por buscar a su hermano menor y por conocer lo que habían padecido sus padres durante su secuestro.

«No siempre fui Diego Martín Ogando. Fui Diego Berestigui, que era el apellido de mis padres de crianza», arrancó este nieto recuperado en 2015 al declarar ante el TOF Nº 1 de La Plata.

Armando y Sofía «me adoptaron, entre comillas, porque no fue una adopción legal», precisó, antes de indicar que la «adopción» se hizo en una clínica de Wilde el 17 de diciembre de 1976. «Fueron ahí, llevaron dinero y me compraron», aseguró este muchacho que se enteró sobre su verdadera identidad en 2015. Después supo que allí nacieron otros bebés de jóvenes que siguen desaparecidas.

Su abuela paterna, Delia Giovanola, hoy de 95 años, fue una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo, y también una de las primeras Madres que concurrió a la Plaza.

«Yo crecí con ellos. Siempre me dijeron que no era hijo biológico», explicó. Diego Martín aseguró que durante todos esos años «nunca quise hacerme ninguna prueba para ver si era hijo de desaparecidos por si llegaba a dar positivo, para que ellos no tuvieran ningún problema judicial o quedaran presos. No me lo hubiese perdonado», dijo.

Pero tras el fallecimiento de sus padres en 2015 por diferentes enfermedades, decidió acudir a la sede de Abuelas. Enseguida en la partida de nacimiento vieron que llevaba la firma de la partera Juana Arias de Franisevich, vinculada con el médico de la Bonaerense Jorge Antonio Bergés, denunciado por los numerosos partos en cautiverio y el robo de bebés en el marco de la represión.

A raíz de la partida de nacimiento le pidieron que se hiciera una prueba de ADN. Meses después recibió un llamado de Claudia Carlotto, quien le contó la historia de sus padres Stella Maris y Jorge. «‘Vos naciste en el Pozo de Banfield. Los llevaron allá, los torturaron y desaparecieron. Tenías una hermana, Virginia Ogando. Vos tenés una abuela que te busca desde el momento en que desapareció tu mamá’, me dijo».

Así supo que sus padres habían sido secuestrados en su casa platense el 16 de octubre de 1976 cuando su hermana tenía tres años y su mamá estaba embarazada de él con ocho meses de gestación.

Aunque siempre festejó su cumpleaños los 17 de diciembre, después supo por otros testimonios de sobrevivientes que había nacido el 5 de ese mes.

Supo también quiénes eran sus padres. «Mi papá trabajaba en el Banco Provincia de La Plata. Se lo llevaron con 29 años. Mi mamá era abogada en el gremio de los ladrilleros y tenía 27 años».

«Lamentablemente lo de mi hermana es terrible, no poder estar con ella. No haberla conocido. Mi hermana en 2011, a los 28 años, se quitó la vida. Tuvo una depresión muy grande. Ella empezó a buscar y a conocer detalles del cautiverio en el Pozo de Banfield. Querer saber todo, lo de las torturas, le hizo muy mal, y entró en una depresión muy grande. No puedo entender cómo no pude haberla conocido. Todos me hablan de ella como que era un ángel», contó al Tribunal.

Diego Martín nació en la cocina del Pozo de Banfield. Su madre estaba sobre una chapa. «A mi madre la llevaron vendada y esposada», contó. A los dos días le quitaron al niño y lo vendieron.

Años después, su abuela recibió una carta de un militar en actividad diciéndole que los cuerpos de su hijo y su nuera, con número de documento inclusive, habían sido enterrados en la estancia La Armonía en las afueras de La Plata, pero los forenses no pudieron encontrar nada.

«¿Cómo impactó en tu vida haber recuperado tu identidad, saber que tenías una familia?», le preguntó una de las abogadas querellantes.

«Impactó muchísimo en mi vida. No me lo esperaba. Parece que estuviera hablando de otra persona. En mi vida el 2015 fue un antes y un después. Es una historia de mucho dolor, de mucha muerte, porque estos genocidas nos arruinaron cuatro generaciones. Le arruinaron la vida a mi abuela, obviamente a mis padres, a mí y a mi hermana y a nuestros hijos. Todavía no puedo conocer a mis sobrinos de sangre», confesó.

Diego Martín Ogando sostuvo no obstante que «conocer la verdad también reconforta», y aprovechó su comparecencia ante el tribunal para pedir «cárcel común y efectiva, nada de domiciliaria para esta gente, si se puede llamar gente. Para estos represores», sentenció.

Finalmente, el martes también declaró Martín García, hermano de Silvano García, trabajador y delegado en la granja San Sebastián de Zelaya, partido de Pilar, el 26 de marzo de 1976. Silvano García permanece desaparecido. Tenía 31 años.

«Por los testimonios, a mi hermano lo vieron en el Pozo de Banfield», sostuvo su hermano Martín. «En las reuniones con la patronal siempre saltaba porque no se aguantaba las injusticias», aseguró en su declaración. «Silvano estaba vinculado a la Juventud Trabajadora Peronista [JTP] y a la Juventud Peronista [JP], y sabemos que estaban vinculados con Montoneros», precisó.

En coincidencia con el testimonio de otro de los hermanos, Martín dijo que aquella tarde testigos pudieron ver un Torino blanco, una camioneta militar y soldados por los techos de aquella granja. En marzo pasado testimonió su hermano Sixto. Silvano era el mayor de cuatro hermanos.

El juicio por los llamados Pozos de Banfield, Quilmes y Lanús es resultado de tres causas unificadas elevadas a juicio hace años, con sólo 18 imputados y con apenas dos de ellos en la cárcel, Miguel Osvaldo Etchecolatz y Jorge Di Pasquale. El resto está cómodamente en sus casas. El juicio comenzó el 27 de octubre de 2020 de forma virtual debido a la pandemia por covid-19.

Por esos tres centros clandestinos de detención pasaron 442 víctimas tras el golpe cívico-militar del 24 de marzo de 1976, aunque algunas de ellas estuvieron secuestradas en la Brigada de Quilmes antes del golpe. Más de 450 testigos están previstos en este juicio oral y público a cargo del tribunal de jueces subrogantes integrado por Ricardo Basílico, Esteban Rodríguez Eggers, Walter Venditi y el cuarto juez, Fernando Canero.

Las audiencias pueden seguirse en vivo por diversas plataformas, entre ellas el canal de YouTube de La Retaguardia y el Facebook de la Comisión Provincial por la Memoria.

La próxima audiencia será el martes 8 de junio a las 9 hs.

Fuente:Contexto