7 de marzo de 2013

MEGACAUSA ESMA: "Sentía el olor del miedo", dijo Liliana María Andrés de Antokoletz.


Fue la primera testigo sobreviviente en declarar en el megaproceso
ESMA: "Sentía el olor del miedo", dijo Liliana María Andrés de Antokoletz

(Espacio Memoria y DD.HH.).-
Ayer empezó la etapa testimonial en la megacausa con la declaración de la testigo sobreviviente Liliana María Andrés de Antokoletz, cuyo caso es uno de los 789 totales investigados en el juicio. Ella fue secuestrada junto a su compañero Daniel Antokoletz, profesor universitario y experto en derecho internacional público, quien continúa desaparecido, caso éste que fue obeto de debate en el anterior juicio de la ESMA. La mamá de Daniel, María Adela Gard de Antokoletz, fue una histórica luchadora de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. El Tribunal Oral y Federal Nº 5 espera la declaración de alrededor de 800 testigos más.

El 10 de noviembre de 1976 Liliana y Daniel fueron secuestrados por una patota de la ESMA en un operativo que duró alrededor de cuatro horas e incluyó agresiones físicas y verbales, además de los daños provocados en la casa. “Nos apuntaban con armas, nos gritaban obscenidades, nos obligaban a tirarnos al piso, golpeaban a mi esposo”, contó la sobreviviente.

Liliana relató la llegada a la ESMA. “Nos subieron a un Ford Falco celeste/gris. El viaje fue muy confuso, dieron muchas vueltas. Atrás nos custodiaba un Chevy. Se comunicaban entre llos con frases cortas. Cuando llegamos, nos dejaron en un lugar donde había escalones que nos condujeron al subsuelo (sótano). Me pusieron un número colgado del cuello: el 404 y a Daniel el 041. Estuve en todo momento en el subsuelo. Cuando me subieron a Capuchita escuché gritos de espanto, dolor, terror. Sentía olor a miedo. Tuve la necesidad de ir al baño, me condujeron y en la entrada había tres guardias. Me insultaron y gritaron `montonerita puta, hija de puta´, me manosearon, me golpearon y me insultaron. Fui una segunda vez y se agravaron los insultos. Después ya no quise ir, entonces me trajeron un tacho con excremento, fue una humillación, así fue varias veces”.

“Los gritos y ruegos para que paren con la tortura eran permanentes", siguió diciendo. "En un momento hubo muchos ruidos y después, súbitamente, silencio. Entonces escuché a dos de ellos decir: 'Se nos fue la mano con la rubia'. También escuché los gritos de Daniel cuando lo torturaban, y siempre, de fondo, el ruido de pasos de gente que caminaba encadenada”, narró.

"En el lugar dónde se hacían los interrogatorios había una cama con un colchón húmedo con correas. Había sangre aguada sobre la colchoneta. Me amenazaban y me decían que me iban a picanear. En el tercer interrogatorio, con cinco interrogadores, me dejaron sola. Después, irrumpieron dos con sus armas martilladas, quienes me dijeron: ´acá se acabó todo´. Me corrieron con las armas y después empezaron a reírse. Recibí golpes leves, cachetazos, empujones e insultos. Del otro lado escuchaba risas de personas que veían una película. Estaban convencidos de que mi esposo era un peligro para ellos por su ideología, por su carácter de constitucionalista internacional y su defensa de los derechos humanos”, siguió diciendo.

Capuchita. Liliana describió su traslado desde el sótano hasta Capuchita, el sector más alto, en el ático del edificio del Casino de Oficiales. “Era muy difícil dormir por el miedo. Era una cosa poderosa. Siempre estaba acostada en un colchón en el piso. Tenía las manos con grilletes. Ahí conocí a María del Carmen y a su novio. Éramos casi cinco personas en ese lugar. Los guardias tenían la costumbre de subir en cualquier momento a golpearnos”.

“Durante los casi siete días que estuve en la ESMA había música estridente por altoparlantes que no nos dejaba dormir”, dijo. Y confirmó que "Nos daban sólo mate cocido y un pedacito de pan con carne a la noche”, que yo no quería comer yo no quería comer porque "creía que era carme humana".

El último beso. Recordó la sobreviviente que al cuarto día de cautiverio la dejaron ir al baño y ver a Daniel, quien estaba doblado. Le dijo que lo habían picaneado en los testículos, las encías y sobre la cicatriz que tenía en el brazo, previa a su secuestro. El encuentro duró dos minutos. Daniel le dijo que “la maquinita (picana) se aguanta”, buscando darle ánimo. “Ahí pudimos darnos el último beso".

Después de esos siete días de secuestro en la ESMA, Liliana fue liberada. La dejaron a dos cuadras de su casa. “Me pidieron disculpas, me dijeron que la guerra es así: unos ganan y otros pierden. Me sacaron la capucha, me dieron un beso cada uno de los tres. Me dijeron que si me ponía en contacto con algún organismo de derechos humanos o si hablaba de esto con algún familiar, me mataban. Esa despedida con besos fue una canallada”.

La ESMA desde afuera. Liliana contó que cuando fue liberada intentó encontrar el edificio en el que había estado detenida-desaparecida. “Después de mucha búsqueda en instituciones militares, a pocos días de mi liberación iba en el auto de mi padre y observé el techo a cuatro aguas, vidrios azules: era Capuchita”. Recordó que en su encierro forzado escuchaba ruidos de una avenida (Del Libertador), aviones y el domingo oyó a una hinchada de fútbol (River).

En la ESMA de visita. También ontó que cuando volvió a la ESMA para la inspección ocular para la causa judicial notó que el edificio del Casino había sido alterado. “Empecé a recorrer el lugar, buscaba el ascensor y no lo encontré”. También contó que había cuando “estaba detenida, algunas veces me levantaba la venda y pude observar cosas” que ratificó en la inspección ocular.

Las denuncias. Daniel era de esos abogados comprometidos con las causas justas, abrazados a la luchas del pueblo. Liliana contó que él percibió que lo seguían: “nosotros recibíamos en casa a familiares de personas desaparecidas”. Así fue que Daniel defensió a los argentinos que a comienzos de los años setentas se asilaron en Chile.

Los hermanos de Liliana presentaron hábeas corpus cuando estaba desaparecida. Los de Daniel fueron presentados por su madre María Adela Gard de Antokoletz, histórica luchadora de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Además, Liliana y María Adela hicieron presentaciones en instituciones como Amnistía y el Episcopado. “Fuimos al Ministerio del Interior con mi suegra: salimos aterrorizadas por la arrogancia y autoritarismo”.

Hacia el final de su testimonio dijo que "durante 36 años estuve esperando este momento. Creo en la justicia, en los Tribunales, en las penas que van a recibir, no en la prisión domiciliaria. Hablo como sobreviviente, hablo en nombre de Daniel y de las personas que no están más. Hablo en nombre de mi suegra, quien no llego a ver este día. Ella es la persona que más admiro por su coherencia y lucha en la búsqueda de su hijo”.

Con los ojos llenos de lágrimas, concluyó: “quiero dedicarle este testimonio a mi suegra. Quiero cerrar para parafraseando a Sábato con una cita del Nunca Más que dice: 'Esto fue un descenso al infierno'”. 

Fuente:Telam

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