Tributos callejeros a dictadores y golpistas
Malditos homenajes
Por Florencia Guerrero
Malditos homenajes
Por Florencia Guerrero
Monumentos, calles y aeropuertos homenajean a personajes oscuros de la historia argentina. El valor cultural de esos gestos. Por qué es indispensable dejar de distinguirlos.
Polémico. El monumento a Julio Argentino Roca resiste ser removido. “No hay que mirar el pasado”, defendió Macri al encargado de la Campaña del Desierto.
El mejor homenaje que puede tributarse a las personas es imitarlas”, escribió en el siglo XIX la española Concepción Arenal, una consigna que defendió hasta sus últimos minutos de vida y que, de copiarla, pondría en apuros a gran parte de la sociedad argentina que durante siglos se ha dado el lujo de mantener calles y monumentos que evocan los peores momentos de la historia nacional.
El relevamiento arroja que los 47 barrios porteños están cruzados por unas 2.113 calles entre las que se sembraron las 640 plazas que aún resisten a la imposición de la piedra y el granito. Según los registros, las calles debieron esperar ser identificadas recién en los tiempos coloniales, primero homenajeando a santos europeos y después de la Revolución de Mayo a “personalidades destacadas”.
“Que existan calles en las que se distingue a Vélez Sarsfield o que la avenida más extensa sea Rivadavia deja claro el panorama. Aquí se ha impuesto la posición liberal que Bartolomé Mitre sostuvo como estandarte y que por siglos nuestras representaciones simbólicas nos lo recuerdan. En Capital Federal sobran referencias a Julio Argentino Roca o Domingo Faustino Sarmiento, voceros del exterminio y la intolerancia”, explica el historiador Alberto Lettieri, autor de La Historia Argentina, en clave nacional, federalista y popular. Está claro, el espacio público expresa la impronta de ganadores y perdedores de los procesos históricos.
“Lo que pocos se animan a aceptar es que aquí persiste el imaginario de la disputa entre unitarios y federales”, admite Juan Canido Borges, especialista en el trazado histórico de calles porteñas. En su libro Buenos Aires, esa desconocida, Canido Borges ha señalado tal vez uno de los casos más paradigmáticos: el del jefe de policía de la Capital Ramón Falcón. “Fue un represor de obreros y huelguistas, en la primera década del siglo pasado. Con el homenaje a este individuo, cuyo único mérito ha sido ser asesinado, se violenta la ordenanza que prohíbe imponer nombres de personas fallecidas, hasta transcurridos diez años de su muerte, porque habían pasado solamente dos días cuando se aprobó que su nombre era ilustre”.
Otra perla que reseña Canido Borges tiene relación con uno de los monumentos más polémicos en la actualidad. La escultura a Julio Argentino Roca, levantada en una plazoleta –en Diagonal Sur y Perú– cuyo nombre recuerda al director de orquesta Ricardo Tanturi. “Lo paradójico –comenta el autor– es que en la década del ’20 los locutores de radio lo presentaban como ‘Ricardo Tanturi con su orquesta típica: Los Indios’”. Sobre ese espacio, hoy reposa uno de los peores genocidas argentinos.
Para cambiar esa historia, desde el año pasado un proyecto de ley creado por Osvaldo Bayer propone remplazar ese homenaje a Roca por uno a la mujer originaria. El periodista e historiador se basó en la responsabilidad de Roca en el exterminio de comunidades indígenas durante la llamada Campaña al Desierto. “Sobre Roca pesa no sólo la responsabilidad del genocidio; además, el retroceso y la vuelta a la esclavitud, abolida en 1813. En este país, como en casi todos, la historia la escribieron por años los mismos, con idénticos intereses. No es curioso que a San Martín lo confinaran con su caballo flaco en Retiro, oculto tras la Torre de los Ingleses, mientras al responsable de arrasar con nuestro origen lo homenajean a metros del Cabildo”, defiende el autor de La Patagonia rebelde, que aún espera que su proyecto logre terminar con ese homenaje injusto.
Igualmente indebidos, aunque menos conocidos, son el caso del ministro dictatorial Juan Pistarini, que da nombre al Aeropuerto Internacional de Ezeiza; o las calles que evocan a Jorge Güemes Torino, Claudio Rosales y Leopoldo Atenzo, todos militares que acompañaron a José Félix Uriburu en lo que fue la primera avanzada antidemocrática que desembocó en un gobierno de facto, en 1930.
Si la historia es un proceso activo de reconstrucción permanente, ¿qué impide avanzar con el fin de estas injusticias? Bayer es claro: “Cuando presentamos ante el Gobierno de la Ciudad el pedido de destronar a Roca, lo que respondió Macri es que no había que mirar el pasado. Es una burla, que golpea en lo más profundo de nuestros orígenes”. La pelea es cultural, y representa espacios bien diferenciados. Por un lado parecen estar la memoria federal y popular, por el otro esas viejas estructuras persistentes. “La Sociedad Rural ha financiado y apoyado que el statu quo no cambie. Ese y otros sectores afines aún hoy son quienes defienden a estos personajes nefastos”, se enoja Bayer.
“El hecho de que haya cambio de los nombres o que se remuevan viejos monumentos no quiere decir que sean excluidos de la historia. Eso precisamente permite repensarla para el futuro”, suma Lettieri, e insiste en que aún hay mucho por hacer en el sistema educativo. “Como profesor universitario, me sigo topando con materiales de estudio que defienden a todos estos personajes, gente que olvida que Sarmiento decía que la Patagonia era territorio chileno”. Una vez más, la memoria abofetea a la historia.
Está claro, el espacio público expresa en gran medida dónde está parada la sociedad. El cemento gélido, lejos de estar inerte, habla por nosotros y a la vez nos interpela. Así lo interpretó el artista alemán Horst Hoeisel, docente de la vanguardista Bauhaus e ideólogo del monumento por la memoria del Holocausto, que en 2011 aseguró: “Los monumentos están vivos mientras se discute sobre ellos. Una vez instalados, esas moles de mármol, bronce o concreto, por más grandes que sean se vuelven invisibles. Vuelven a estar vivos cuando se piensa en su demolición”. Tal vez recuperar la memoria y reafirmar la soberanía sea también cambiar por fin esos emblemas vetustos de la vergüenza.
Fuente:Veintitres
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