25 de mayo de 2013

COLOMBIA.

VIERNES, 24 DE MAYO DE 2013 
Modelo para desarmar 
Por Guillermo Maya (MOIR) 
El pacto del Frente Nacional (1958-74) fue hecho por los partidos liberal y conservador para repartirse la burocracia y la corrupción por partes iguales: Todos comen en el mismo plato al mismo tiempo o se turnan y nadie le ladra a nadie, como perros amigos. Carlos Lleras (1966-70) será el último de las reformistas sociales, gran estadista de fortuna modesta, el último, y su reforma agraria es sepultada con la tesis de Alfonso López Michelsen (1974-78), retomada del Pacto de Chicoral (1974), de que los campesinos no necesitan tierra sino capital. Julio César Turbay Ayala (1978-82) se atraviesa con su facción latifundista liberal a la última oportunidad de reelección que tenía Lleras, y la corrupción queda reducida a sus justas proporciones: Hablan de honradez con la boca llena. 

La llamada “Apertura”, en Colombia empezó con el gobierno liberal de Virgilio Barco (1986-90), bajo el esquema de “gobierno de partido y partido de oposición”. Sigue el gobierno liberal de Cesar Gaviria (1990-94), se profundiza la liberalización comercial y financiera, los aranceles se reducen al 9-11%; se reforma la Constitución Política de Colombia, en la cual se establece la independencia del Banco de la Republica (funcional al dominio del capital financiero y bancario); se privatizan las carreteras, los puertos y los activos del estado; se promulga la ley 100, en la que se privatizan las pensiones y la salud, mientras el sistema de prima media (ISS) se va erosionado. Surgen las AFP y las EPS, dos grande negocios financieros. El lema de Gaviria, “bienvenidos al futuro” fue el regreso al siglo XIX: un modelito librecambista no muy diferente al de Florentino González, conspirador septembrino. 

Entre 1994-1998, en el gobierno liberal de Ernesto Samper, a pesar del discurso crítico antiaperturista, se profundiza el modelo, nada cambia. Entre 1998-02, al gobierno de Andrés Pastrana le tocó la crisis económica engendrada en los años previos, baja inflación, alto desempleo y bajo crecimiento, negativo en 1999. En seguidilla vienen los dos gobiernos de Alvaro Uribe (2002-10), antiguo liberal que trata de hacerse a otros logos partidistas. La confianza inversionista, la cohesión social, y la seguridad democrática profundizan la liberalización económica y el desarrollo de la gran minería; se hace la reforma laboral de Juan Luis Londoño, en Colombia la noche laboral comienza a las 10 pm; se favorece a los grandes capitales con los descuentos tributarios por inversión en capital fijo, y se otorgan contratos de estabilidad tributaria; se firman los TLC para abrir los mercados de América, Asia y Europa, con el “olor de la guayaba” porque la industria desaparece, y la infraestructura vial da grima. Los industriales que quedan se hacen ensambladores de partes importadas con un dólar barato. Finalmente, el gobierno de Santos profundiza el modelo, pensiones, salud (¿?), y la locomotora minera atropella a las comunidades y al medio ambiente; se promete la tierra a los millones de desplazados, fenómeno que viene desde mediados del 90. Si al menos se lograra un acuerdo real y genuino con las Farc, los colombianos nos quitaríamos esa pesadilla de nuestras noches y días. 

¿Resultados? El Gini, coeficiente que mide la desigualdad en la distribución del ingreso aumenta de 0.47 a 0.58, entre 1990 y 2011. También aumenta el Gini en la distribución de la tierra de 0.70 (1980) a 0.86 (2010), revelando la innegable existencia del latifundio, que se expande con violencia y sin tregua. La manufactura pasa de 25% en el PIB en 1990 a 11% en 2012, el país se desindustrializa, mientras el sector financiero alcanza el 21%. El sector financiero no es servidor del sector productivo, es su señor. Crecen los empleos en servicios y bajos salarios, crece la informalidad hasta el 70%, y el salario promedio nacional se acerca al mínimo. 

Desde 1990, el peso se revalúa en todo el período, exceptuando el gobierno de Pastrana, y los aranceles son licuados. El esquema cambiario del “gota a gota”, ley 444 de Carlos Lleras, tan exitosa, fue cambiado por el esquema cambiario de libre flotación con intervenciones, para sintonizar el país con la libertad de movimientos del capital. En 2003, un dólar valía casi 3000 pesos, hoy está por debajo de 1800 pesos. Se pierden empleos en industria y agricultura. En consecuencia, los bancos se apropian de una proporción creciente del PIB y hoy invierten a chorros en todo Centroamérica. ¿Por qué no se devalúa? 
Las transnacionales pierden sus ganancias, los grandes grupos nacionales también, y sus planes de expansión internacional se limitan ¿Devaluar en Colombia? El BdelaR no está interesado, son economistas serios de la U de los Andes. 

Las reformas tributarias que se han hecho no ponen a tributar a los ricos-ricos. Un “riquito” de El Poblado (Medellín) paga por su apartamento un predial más alto que el de una gran finca en la costa atlántica. Las mineras no pagan regalías, las descuentan de sus impuestos: “por cada 100 millones que pagan de impuestos reciben dadivas por 200” (LG Garay). Los inversionistas no pagan impuestos a las ganancias, doble tributación, y el resto busca los paraísos fiscales: Interbolsa es un ejemplo. Todo esto es resultado del “modus vivendi” entre la elite colombiana y los partidos políticos. Proyecto nacional no hay. Hay un remedo de país. No hay ejecutivo, legislativo ni judicial. Pero los colombianos soñamos... 

VIERNES, 24 DE MAYO DE 2013 
Persistir en la movilización popular 
Por Alberto Pinzón Sánchez
Cuando la movilización popular por una nueva Colombia en paz con justicia social, estaba ganando las calles y las plazas del país entero; JM Santos alinea sus astros y desde la “fundación buen gobierno”, ese remedo de “think thank” estadounidense que tiene más de tanque militar que de pensamiento y con toda la resonancia mediática posible, lanza prematuramente su tan esperada como temida reeleción presidencial con el san-benito de que “quiere la re-elección de todos sus programas”. 

De inmediato se precipita dentro de toda la casta electorera de Colombia (la que está convencida desde hace siglos de que democracia es igual a elecciones) la angurria tradicional por acomodarse y participar en la “batalla electoral”, nótese la connotación militarista de la convocatoria y el intento claro de desviar la atención del supremo objetivo de la exitosa movilización popular: La paz y la justicia social y soberanía. 

Ya se anuncian todo tipo de alianzas y coaliciones electoreras imaginables: De derecha, de centro, de centro-izquierda y de Izquierda, gobiernistas y antigobiernistas, de amigos de la paz y de enemigos de ella, del bipartidismo, del bipartidismo ampliado y del Opus Dei. De astutos varones electorales y del cretinismo parlamentario. En fin… 

Entonces como el aguijón acerado de una incómoda avispa surgen las preguntas del verdadero sacerdote Javier Giraldo, enviadas ayer a los miembros de la mesa de diálogos de paz en la Habana, titulada “al oído de los que dialogan sobre la paz” ”, y que bien vale la pena leer con detenimiento en: http://www.javiergiraldo.org/IMG/pdf/Al_oido_de_los_que_dialogan_sobre_la_paz.pdf 

En lo que respecta solamente a las elecciones, se pregunta el sacerdote jesuita Javier Giraldo lo siguiente: “¿Quién puede, en realidad, participar en unas elecciones en Colombia? ¿Acaso, quien decide participar en cargos de elección popular, no necesita tener muchos miles de millones de pesos? ¿Quién suministra ese dinero? ¿Cuál es el papel de los partidos? ¿No se revela aquí, acaso, un filtro económico ineludible, mediante el cual los poderes económicos más concentrados, cooptan, condicionan, seleccionan y someten a quienes van a ejercer el poder público? 

¿Cómo funciona el aparato electoral? ¿No es acaso una verdad sabida y de público dominio, que este aparato está plenamente controlado por el narcotráfico fusionado con el paramilitarismo? ¿Acaso la arraigada “parapolítica”, en la medida en que fue fugazmente escrutada por altas Cortes, no reveló el más desvergonzado dominio y control del narco-paramilitarismo sobre el aparato electoral? ¿Acaso los mismos magistrados que incursionaron en esas pocilgas morales no se sintieron impotentes y temerosos de continuar explorando y se dieron por vencidos? ¿Acaso el país no recibe frecuentemente noticias que se filtran, sobre parlamentarios y políticos supuestamente privados de su libertad pero que mantienen sus poderes electorales intactos a través de renovadas estructuras? ¿No tiene acaso, el funcionamiento del aparato electoral, todas las características de una estructura “mafiosa”? 

¿No es acaso evidente la persistencia del paramilitarismo a lo largo y ancho del país? ¿Será posible ocultar por más tiempo el origen y las características del paramilitarismo, tal como fue diseñado por la misión militar estadounidense en febrero de 1962, comandada por el General William Pelham Yarborough, con su carácter de estrategia de Estado para el involucramiento de civiles, como brazos clandestinos de las Fuerzas Oficiales, destinados a combatir maneras de pensar no afectas a la ideología imperial, en un momento en que no existía oposición armada en Colombia? ¿Será posible ignorar todos los manuales impulsores del paramilitarismo que han tenido un carácter oficial clandestino durante estas cinco décadas y las estrategias semi-públicas de promoción del paramilitarismo, como las “Convivir”, las “Redes de Informantes y Cooperantes” etc.? ¿Será posible ignorar por más tiempo las numerosas y multifacéticas cooperaciones entre fuerza pública y estructuras paramilitares, así se llamen estas “Bacrim” o tomen otros variados nombres? ¿No constituye, acaso, una ignorancia afectada el no percibir el carácter que tiene el paramilitarismo en sus más variadas versiones, de brazo aniquilador o desarticulador de la oposición política y de los sectores críticos al poder dominante? …

Y enseguida la MURALLA POLÍTICA, léase el aparato o maquinaria electoral, como un tercer filtro, entroniza los poderes mafiosos en el control real del clientelismo, sirviéndose a su vez del enorme poder encubridor y des-informador de la Muralla Mediática y del poder intimidante de las armas ligadas al dinero (narco-paramilitarismo) con capacidad de controlar incluso el anémico y corrupto aparato de justicia. Aferrados a esta muralla, los partidos llegaron a convertirse en unidades administrativas para la compra de votos y para pagarlos con puestos, abandonando toda identidad ideológica”….. 

Así las cosas, y advertido el pueblo colombiano y movilizado conscientemente por calles y carreteras de todo el país; no deberá caer en la estratagema electorera que se ha tendido desde la cúpula del Poder Central para desmovilizarlo, sino que más bien, deberá persistir en la única política que tiene futuro tanto en Europa como en America, que es la más amplia Lucha de Masas, hasta lograr que hayan condiciones políticas adecuadas y reglamentadas con el fin de que la participación en las elecciones sean verdaderamente democráticas, legítimas y legales. Es decir hasta que no se haya derrumbado la “Muralla electorera y política” descrita por el verdadero sacerdote Javier Giraldo.

Entonces si se podrá hablar de participación electoral amplia, democrática y protagónica para definir el futuro de Colombia. Lo demás será el carnaval electoral de siempre, que otro preclaro sacerdote colombiano Camilo Torres hace 50 años señalaba: “En Colombia, quien escruta elige”, y, más si se trata de re-elegir como presidente de la república un tallador de naipes, contra quien según las reglas del garito, no hay empate posible.
Fuente:Argenpress

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