8 de junio de 2013

MEGACUASA ESMA: Asesinatos en el taller de confección - Testimonios DÍAS 60 y 61.

JUDITH SAID DECLARO EN EL JUICIO ORAL POR LOS CRIMENES COMETIDOS EN LA ESMA
Asesinatos en el taller de confección
La mujer relató cómo acribillaron a su esposo, desaparecieron a sus dos hermanos y asesinaron a otros dos amigos. Luego saquearon el taller de la calle Riglos, un negocio familiar en el que se confeccionaba ropa.
Judith Said estaba embarazada de ocho meses en noviembre de 1976.
Alberto Said y su madre, Linda Cohen de Said, tenían un taller llamado Ser en la calle Riglos. “Era un taller de confecciones”, enfatizó Judith Said en su declaración durante el juicio por los crímenes de la Escuela de Mecánica de la Armada. “Lo digo porque era un emprendimiento familiar, no tiene nada que ver con la estructura montonera. Daba trabajo a mi compañero, militante de Montoneros, y a Raúl Ocampo, que era estudiante de Económicas, que así ayudaba a sostener sus estudios.” El 15 de noviembre de 1976, la madre de Judith se quedó en casa de ella. Judith estaba embarazada de ocho meses, con pérdidas y con ellas estaba su hija María y el hijo de su compañero, Ricardo Aníbal Dios. Para entender lo que pasó ese día, lo que pasó con esa familia y lo que en la lectura de la ESMA se llama la “caída del grupo de los profesionales” de Montoneros, es preciso seguir la historia. La carga de desaparecidos, secuestros, el robo de bienes y el trabajo de reconstrucción de los efectos de la represión muestran en un caso una de las dimensiones de la ESMA.


Secuestros y asesinatos
La mañana del 15 de noviembre, Ricardo Aníbal Dios se había ido al taller temprano. Hacía la distribución de ropa. En el taller estaban él, Alberto Said –hermano de Judith–, Raúl Ocampo y la empleada Salvadora Ayala. De casualidad se hallaban además otras dos personas que habían ido a avisarle a Alberto de la muerte del abuelo de su novia Marta. Las dos personas eran el hermano de Marta, Mariano Krauthmer, y su pareja, Beatriz Silvina Fitzman. “Quiero aclarar que todo lo que voy a contar no lo sé porque fui testigo directo porque no estuve –dijo Judith–. El que llegó a ver algo fue mi padre. La otra persona es Salvadora Ayala y lo sé solo por lo que me dice mi madre o mi padre, que hoy no están aquí porque han fallecido, pero serían ellos los que podrían atestiguar de primera mano lo que voy a relatar.”

El 15 de noviembre de 1976 “llamo al taller al mediodía desde un teléfono público para saber a qué hora tenía que ir mi madre y noto que mi hermano Alberto tiene una voz un poco rara, escucho voces de fondo y se corta la comunicación. Llamo a mi papá, que tenía una inmobiliaria. El no estaba y me atendió su empleada. Le pregunté si pasaba algo y me dice: ‘Sí, tu padre se fue con tu hermano Eduardo hasta la calle Riglos porque una vecina llamó para comentar que había habido problemas’”.

Por lo que pudo reconstruir más tarde, el operativo en el taller empezó mientras su hermano Alberto tomaba un café con Mariano y Beatriz. “Cuando mi compañero, Ricardo Dios, abre una puerta, una ráfaga lo mata, porque muere en el momento”, dijo como quien se decide única y necesariamente a ser testigo de una historia que debe contar. “El certificado de defunción así lo dijo: herida de tórax y de cráneo. Alberto, al escuchar esos ruidos, sube con Mariano a la terraza y les tiran también desde la terraza, a Mariano lo hieren, Alberto lo lleva hasta la puerta y pide a los gritos una ambulancia. Pero no tuvo ninguna atención y muere casi al ratito nomás. El pide que dejen de tirar, que eso era un comercio, que no tenían por qué seguir tirando. Ahí paran y preguntan por Eduardo (su otro hermano) y eso no es casual”, indicó.

Eduardo Said era el tercero de los hermanos. Abogado, una vez recibido pasó a militar en la gremial de abogados peronistas, defendía a los presos políticos y militantes de la UES, tenía su estudio con otros dos socios que también fueron secuestrados como parte de la caída de abogados y profesionales vinculados con la organización. Eduardo había sido funcionario del gobierno de la ciudad de Buenos Aires. A partir de 1975, le allanaron el estudio hombres de civil identificados como de la Triple A y los amenazaron. Después del golpe, como su estudio estaba “un poco vedado”, muchas veces iba a trabajar al taller para atender casos particulares. Esa mañana no estaba ahí. La patota preguntó entonces por Alberto y Alberto salió. Mientras tanto, alertado por la vecina, el padre, Moisés, ya estaba en la esquina. No pudo acercarse porque la cuadra estaba vallada, pero a partir de ese momento se convirtió en testigo: alcanzó a ver un auto que se llevaba a Salvadora Ayala, a Beatriz y Raúl Ocampo o “por lo menos un vecino le dijo que ‘en ese auto se están yendo’”. También observó que se llevaron la Renoleta con la que distribuían la ropa y el Peugeot 404 de los hermanos.

Salvadora y Beatriz estuvieron durante 24 horas secuestradas en lo que pudieron identificar como la ESMA. Ahí vieron a Raúl Ocampo, pero después dejaron de verlo. Alberto se comunicó dos veces con su familia, como los marinos obligaron a otros. El y Raúl Ocampo están desaparecidos. El 24 de noviembre de 1976 secuestraron a Eduardo Said, el otro hermano, que también permanece desaparecido. Eran las seis de la tarde, lo levantaron en la esquina de Sarmiento y Pasteur, a punto de reunirse con su padre. Cuando llegó y vio el tumulto de gente, Moisés supo que su hijo antes de ser secuestrado gritó “Soy ciudadano argentino, abogado” y dio su nombre de viva voz. Eduardo estaba investigando el secuestro de su hermano y de Ocampo. Fue visto en la ESMA, entre otros, por Horacio Maggio, el secuestrado que logró escapar y escribió una carta que es uno de los primeros documentos de la represión en ese centro clandestino. 

Maggio, que fue recapturado, asesinado y mostrado para amedrentar al resto de los prisioneros, situó a Eduardo en ese espacio. Estaba casado con Claudia Yankelevich. Ella y su hermana Andrea están desaparecidas. Andrea estaba casada con Daniel Marcelo Shapira, socio de Eduardo en el estudio. Está desaparecido. Tuvieron un hijo: Pablo Daniel Shapira, secuestrado y recuperado después. En ese grupo también estuvo Carlos Caprioli, el otro socio del estudio, secuestrado y liberado después.

El robo
“Vuelvo al día 15 de noviembre”, pidió Judith durante la audiencia y volvió al taller. La Comisaría 12ª estaba a cargo de Armando Fava e hizo un inventario con la descripción de lo que se vio ese día en el taller: “Cuerpos, posiciones, describe qué máquinas del taller había, los rollos de ropa para confeccionar, las polleras: 150 polleras listas para ser entregadas y esto lo digo porque muchas de las versiones que le han dado a mi padre decía que el taller estaba lleno de armas: con 150 polleras no hay manera de que puedan estar escondidas ahí”.

Según los vecinos, tras el operativo llegaron camiones donde llevaron todas las mercaderías, los rollos de ropa, las polleras, las máquinas, los libros, “o sea que todo eso fue sustraído a pesar de que figuraba en el inventario de la comisaria”. Judith no volvió a su casa. En el taller estaba el contrato de alquiler con su dirección. Era una casa alquilada. Se refugió en lo de unos amigos. Cuando llamó al dueño de su casa, el hombre le dijo que tenía que comunicarse con el Ejército, que a él lo habían saqueado, le habían puesto explosivos y “no podía hablar”. Más tarde supo que a su casa le habían hecho lo mismo: la explotaron y se llevaron todo.

El 1º de enero de 1977, Moisés recibió una notificación según la cual podía ir buscar las llaves del taller al Primer Cuerpo del Ejército. Cuando entró en el taller, lo encontró prácticamente vacío y destruido. “Se llevaron de todos modos algunos libros del banco, de proveedores, de clientes, material que sostuvo que eran muy importantes para el futuro juicio. Los tengo yo –dijo ella–, tengo toda esta documentación, pero no encontró ni las polleras inventariadas, ni las máquinas, ni los rollos de tela. Pero tampoco encontró la cartera y documentos de cheques a cobrar. Con el listado, mi padre se entrevistó con proveedores y explicó que le habían saqueado todo. Fue a ver a los clientes y para su sorpresa le dicen que los documentos y los cheques se estaban ¡cobrando! ‘Tu hijo no está, pero alguien los cobra’, le dijeron. Y efectivamente cheques y documentos que están en el acta de la comisaría también fueron cobrados. Me parece importante esto –aclaró Judith– porque en realidad toda la documentación que mi padre fue acuñando tenía que ver con la posibilidad de un juicio, civil, penal, criminal. Y creo que no estaba del todo equivocado.”

María, la hija más grande de Judith, estuvo en la sala. En las sillas también estaba Ricardo Dios, que nació por cesárea en medio de los escapes y del dolor.
Fuente:Pagina12
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05 06 2013
TESTIMONIOS
Día 60. "Cavallo venía mucho a casa", contó la hermana de una desaparecida
María Cecilia Ravignani supo años después de la desaparición forzada de su hermana María Teresa que el novio de su amiga era el miembro del Grupo de Tareas de la ESMA que secuestró a su familia. Además declararon Juan Francisco Ravignani y las sobrevivientes Norma y Adriana Suzal. 

Los casos de José Enrique (47), María Teresa Ravignani (48), Pablo Ravignani (741) y Ricardo Manuele (49)
El 8 de julio de 1976 a las 3:15 horas José fue privado ilegalmente de su libertad, con violencia, abuso de funciones y sin las formalidades prescriptas por la ley. Estaba en su casa en la calle Arce 243 de la Ciudad de Buenos Aires cuando irrumpió un grupo de personas vestidas de civil con armas largas y chalecos antibalas. Eran del Grupo de Tareas 3.3.2 de la ESMA, y se trasladaban en al menos tres automóviles. José fue llevado a la ESMA, donde fue encapuchado y atormento, haciéndolo escuchar cómo interrogaban a su hija María Teresa y cómo ella lloraba por la tortura que recibía su esposo, Ricardo Hugo Darío Manuele.
María Teresa, apodada “La Gallega” o “La Petisa”, fue secuestrada el mismo día que su padre en su lugar de trabajo en una oficina en la calle Florida 520, en la Ciudad de Buenos Aires. En el operativo participaron al menos cuatro personas armadas. María Teresa estaba embarazada de dos meses cuando fue llevada a la ESMA. 

Ricardo Hugo Darío Manuele, apodado “Manolo”, fue secuestrado el mismo día que su suegro y su esposa, en las cercanías del trabajo de ella. Fue llevado a la ESMA. 
Pablo Ravignani, hijo de José y hermano de María Teresa, fue secuestrado el 13 de julio de 1976 en Olivos. Fue llevado a la ESMA

José fue liberado al día siguiente. María Teresa, Pablo y Ricardo siguen desaparecidos. El hijo o hija de María Teresa y Ricardo debió nacer en febrero de 1977.

El testimonio de María Cecilia Ravignani
La testigo contó que el 8 de julio de 1976 a las 5 de la mañana sonó el timbre de su casa: “abrí, soy yo, Pepe”, le dijo su padre. “Junto a él entran tres, uno de ellos le apuntaba con el arma en la cabeza. Yo estaba con mi amiga Mirta Diana Bock”. 

José había sido secuestrado por el Grupo de Tareas de la ESMA. Entre los miembros que participaron en el operativo estaba Ricardo Miguel Cavallo. “Estas personas revisaron todo el departamento, uno me lleva a la cocina y me interroga. Me dijo si sabía que estaban buscando a mi hermana y a Manuele. Le dijo que no iba a responder eso. Me preguntó si sabía que era un guerrillero, dije que no. Me respondió que era gente que mataba y pegaba carteles en las Universidades”, relató María Cecilia en el juicio.

La testigo contó que su hermana, María Teresa, y Ricardo, su esposo, militaban en la Juventud Peronista. Sobre Pablo, su otro hermano, dijo que “nunca más supimos qué pasó con él. No supimos si mi sobrino nació o no. Hicimos los estudios en Abuelas y el Banco Nacional de Datos Genéticos, pero no tuvimos ningún resultado todavía”. 

Cavallo: el secuestrador y novio de la amiga 
María Cecilia Ravignani contó que Ricardo Miguel Cavallo era el novio de “Pelusa”, su amiga Mirta Bock. Ellas militaban juntas. “Yo estudiaba en Exactas y Ricardo Cavallo venía a visitar a Pelusa a la Facultad. Las únicas que sabíamos que era marino éramos nosotras. Venía mucho a casa, compartía muchas cosas con nuestra familia. Después de 1983, cuando fui a declarar, caí en quién era Cavallo. Me dijeron que era como Astiz”. 

El testimonio de Juan Francisco Ravignani
El hijo de José y hermano de María Teresa y Pablo declaró hoy y contó que “en 1976 había quedado en encontrarme con mi padre en un bar frente a Tribunales, por la calle Tucumán. Me llamó la atención, porque no llegó. Quedé inquieto, porque era responsable. Llamé por teléfono a su casa y no respondió nadie. Me comuniqué con mi hermana y me dijo que se había ido a su casa”. 

Luego, el testigo relató que “a la madrugada, suena el portero de mi departamento. Era mi padre. Fui a abrirle y me dijo que habían detenido a María Teresa y a Ricardo”. 
José fue secuestrado esa misma noche y conducido a la ESMA. En el camino fue llevado a la casa de su otra hija, María Cecilia, quien también declaró hoy.

La ESMA 
Cuatro integrantes de la familia Ravignani-Manuele estuvieron detenidos-desaparecidos en la ESMA. El único sobreviviente es José y el hijo o hija de María Teresa y Ricardo, quien debió nacer en cautiverio en febrero de 1977.

José le contó a Juan, su hijo, que en la ESMA “estuvo en todo momento con los ojos tapados. Describió que había una música estruendosa que lo había perturbado mucho”.

La búsqueda 
“Papá hizo gestiones en el Ministerio del Interior, donde dilataron las cosas y no obtuvo ninguna respuesta”, contó el testigo. Además, señaló que su padre presentó hábeas corpus por sus hijos desaparecidos. “Nunca más supimos nada de María Teresa. Tenía 23 años cuando la secuestraron”, agregó. 
“Pablo, mi otro hermano, tenía 21 años. Fue secuestrado después de María Teresa”.

La Masacre de Fátima
El 20 de agosto de 1976 fueron dinamitados los cuerpos de un grupo de detenidos-desaparecidos en la Superintendencia de Seguridad Federal de la Policía Federal. La masacre fue cometida en Fátima, en la Provincia de Buenos Aires. 

Juan relató hoy que una de esas víctimas era la secretaria de su padre en el Estudio Jurídico que tenía. Se trata de Inés Nocetti. Juan dijo: “un mes después nos enteramos que había fallecido en la localidad de Fátima, donde había aparecido con varios cadáveres más, y que ella había sido violada”.

Los casos de Nora y Adriana Suzal (nros. 667 y 668)
Las dos sobrevivientes ampliaron hoy sus declaraciones testimoniales en el marco de la aplicación de las reglas de Casación cuyos objetivos  son evitar la revictimización y abreviar los procesos judiciales. 

El testimonio de Norma
En 1976 Norma Suzal cursaba el 5º año del colegio Ceferino Namuncurá de Florida. El 8 de octubre, el Grupo de Tareas de la ESMA la despertó a las 6 de la mañana y se la llevó. “A mi madre le dijeron el nombre Sandoval, preguntaron por mí. Creo que eran cinco personas, de traje de fajina. Sandoval tenía un arma larga, primero apuntó a mi hermana Laura, de 12 años, y después a mí”. 

La fiscalía le consultó si en el carro de asalto en la que la llevaron al centro clandestino de detención había más personas “en sus mismas condiciones”, ella contestó que “conversando después con Elisabeth Turrá (caso 94) pude saber que ella estaba en ese camión y también Eduardo Degregori (caso 753). Fue un trayecto realmente corto desde mi casa en Florida: ahí nomás está la ESMA”.

La sobreviviente relató que cuando la llevaron al sector Capucha ella se levantó la capucha y pudo ver a mucha gente. También contó que pudo escuchar a una mujer que increpaba a los secuestradores: “Me tenés harta con este caldo, cambiámelo por un whisky”. Más tarde se enteró de que esa mujer estaba hacía 6 meses secuestrada.

“En los interrogatorios me preguntaban por Tico, que era un militante de la UES (Unión de Estudiantes Secundarios). No pude saber el nombre. Con Elisabeth Turrá y otras compañeras fuimos a varias reuniones, Tico era nuestro responsable. Una vez salí con él al teatro. Una vez, durante un llamado casi 10 días antes de mi secuestro, escuché un ruido en la línea y pensé que alguno de los dos teléfonos estaba intervenido. Eso me asustó y no volví a verlo”, contó.

El grupo del Ceferino
Norma contó que “me preguntaron por Cecilia Cacabelos y Esperanza (Cacabelos), no recuerdo si por José (Cacabelos). Cecilia había dejado de ir al colegio y sabíamos que a Esperanza la habían matado”. Y agregó que “dos días antes de mi secuestro lo vi a José en un Falcon blanco. Yo estaba en una confitería en General Paz y Maipú con Gabriela Petacchiola. Él no nos vio”, narró Norma.

Sobre Manuel Guillermo León, Norma contó que “es el primo de una compañera del colegio. Lo llamaban Momó. Supe que lo secuestraron, porque cuando vuelvo al colegio, después de mi secuestro, Mercedes, mi compañera, me contó que la noche anterior se lo habían llevado. Supe que estuvo en la ESMA”.

Abusos sexuales
“Puedo asegurar que me quisieron manosear y yo me defendí con patadas y trompadas, esto hizo que después a mí me llamaran ‘Javier’ o ‘Sergio’. Yo estuve tres días secuestrada, los primeros dos estaba paralizada del miedo. Instancias como éstas hacen que uno pueda trabajar en la reparación”, explicó Norma, ex detenida-desaparecida en la ESMA, quien fue liberada el 10 de octubre de 1976. 

Agradecimientos
“Agradezco profundamente estar aquí, en esta instancia jurídica. Y en cuanto a la reconstrucción, tanto personal como sociedad quiero traer lo que dicen los H.I.J.O.S.: no hay venganza, hay justicia, y si hubiera venganza, es la de ser felices”.

El testimonio de Adriana
Adriana Suzal, hermana de Norma, tenía 19 años en 1976, estudiaba en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires y trabajaba en un laboratorio. “El 7 de octubre, cuando salí del trabajo vi estacionados dos autos con varios hombres dentro. Esos eran los autos que iban secuestrando gente por la Ciudad. Se vivía una época de terror. Yo vi, así como mucha gente vio mi secuestro, cómo secuestraban a un muchacho desde el colectivo. Caminé hasta la esquina, me llaman por mi nombre y apellido, me doy vuelta y había dos hombres, me dicen que estaban haciendo un operativo antidrogas y que los tenía que acompañar. Me llevan al auto. En ese momento sale el director médico del laboratorio y le dije ‘ayúdeme, me quieren llevar’. Él levantó los brazos y tampoco avisó a mi casa. Me pusieron en el piso de uno de los autos con una venda en los ojos”, contó Adriana. Durante el trayecto “todo era gritos, se gritaban con el auto de atrás, hacían una parodia, como si estuvieran en una persecución y tiroteo. Llegamos a un lugar, fuimos hacia abajo, me pusieron una capucha y me llevaron a un lugar donde me empezaron a interrogar. No recuerdo cuándo me pusieron las esposas y los grillos en los tobillos”, relató.

“No me dieron un número, pero sí me sacaron una foto y llenaron una ficha con mis datos”, describió Adriana.

Los interrogatorios
La sobreviviente narró que durante los interrogatorios le preguntaban por su militancia política y su nombre de guerra: “yo les decía que no tenía nombre de guerra. Me preguntaban si era la novia de un celador, dije que no, que era la novia de un maestro. Me hicieron llamar a mi casa para decir que no iba a ir a dormir y que estaba bien. Me dicen que quieren hablar con mi novio. Él estudiaba en la Universidad de Belgrano. Me llevaron sin la capucha, me decían que no los mirara. Me decían que estaban buscando Montoneros. 

Nosotros no éramos Montoneros, entonces pensé que si hablaban con él y se daban cuenta de que no éramos los que buscaban nos iban a dejar ir. A Ricardo (Domizi) lo pusieron en el otro auto. Con el tiempo supe que el celador al que se referían era Eduardo Degregori, pero él ya no trabajaba en el Ceferino”. 

Adriana también explicó que los interrogatorios eran intermitentes y que la subían y bajaban por escalera o por ascensor, y entre interrogatorio e interrogatorio estaban tirados en unas colchonetas. Además, describió el sonido de una sirena y música muy fuerte, ruido de cadenas, de gente caminando con grilletes en los pies y la luz permanentemente prendida. “Tenía terror de dormirme porque sentía que si me dormía perdía el control de lo que sucedía alrededor mío y con mi hermana”, dijo Adriana.

Ricardo Domizi (caso 666)
Dentro de la ESMA, en un momento a Adriana la juntan con su novio. “Nos dejaron sacarnos las capuchas y lo vimos a José Cacabelos. Yo no sabía que él estaba desaparecido. Nos dijo que estaba desesperado por lo que había pasado con su hermana Esperanza, sabíamos que los habían ido a matar. Él lo sabía. Y estaba muy desesperado por Cecilia. Nos dijo que dijéramos lo que sabíamos, que tal vez nos torturaban o no, que tal vez nuestra detención era un error y que tal vez nos torturaban por error o no. José estaba mal, conmocionado. Pero José era una persona silenciosa, seria. Ahí estaba mal, dolido, angustiado”, contó. La sobreviviente agregó que “quieren hablar con mi hermana. Me dicen que les tengo que mostrar mi casa. Yo pedí bajar para explicar. Me preguntaron si esa que veíamos era la casa y nos fuimos”.

El Ceferino Namuncurá
“José había sido parte de un grupo en el colegio (Ceferino Namuncurá), con el que generamos el centro de estudiantes. Hacíamos lecturas, obras de teatro. José es un año más chico que yo y creo que en el `73 le dijeron que se buscara otro colegio”, explicó. “Yo no era un cuadro político de ninguna organización, pero sí rescato que nuestras acciones dentro del colegio eran acciones políticas”, agregó Adriana en su testimonio. “Elisabeth Turrá fue secuestrada el mismo día que mi hermana, igual que Gabriela (Petacchiola) y Eduardo (Degregori)”. Gabriela y Eduardo continúan desaparecidos.

“Ricardo recordó que José (Cacabelos) le pidió que llevaron un mimeógrafo. Después dijo que la conocía a Esperanza. Entonces me dicen: ‘Esto se está complicando, ustedes estaban con esa montonera’ y gatillaron un arma en mi cabeza, como un simulacro de fusilamiento. A Ricardo no lo vi más hasta que nos liberaron”, narró la sobreviviente.

La recuperación de la ESMA
“La vista a la ESMA fue reparadora. Yo estuve el 24 de marzo de 2004 cuando se firma el convenio de traspaso. Estuve todo el día, escuché cómo un Presidente pedía perdón por el silencio. En 2010, unos días antes del aniversario del secuestro, llamé para pedir una visita. Ahí fue una de las primeras veces que pude relatar eso que pasó y fue muy reparador. La sensación que tuve es intransmisible. Pude ver, pude reconocer dónde había estado, la columna donde estuve parada tanto tiempo, porque no me dejaban sentar”, contó Adriana. “Yo he recordado todos los días de mi vida alguna sensación o alguna imagen de este episodio de mi vida. Estoy orgullosa de ser parte de un pueblo capaz de pararse y decir que acá se juzga y condena y condena a estos asesinos y torturadores”, dijo Adriana para finalizar su declaración. 

Próxima audiencia
El juicio continuará el jueves 6 de junio desde las 10:00 horas con más declaraciones testimoniales. 

06 06 2013
TESTIMONIOS
Día 61. Insólito: los jueces suspendieron testimonios porque sus contratos están vencidos
En la audiencia de hoy ocurrió algo inaudito: tras una hora de demora para el inicio, el juez Daniel Obligado, quien preside el Tribunal, manifestó que los jueces habían resuelto suspender la audiencia por motivos relativos a la falta de novedades sobre la renovación de sus contratos, finalizados a fines de mayo. Esta situación, según explicó el juez, invalida las firmas, incluida la del Secretario del Tribunal. 

A partir de esta resolución, sólo le tomaron testimonio a Héctor Juan Yrimia y a los demás testigos citados para la fecha les comunicaron telefónicamente que no se presentaran y que sus declaraciones serían reprogramadas.

El caso de Héctor Juan Yrimia (nro. 169)
El 28 de diciembre de 1976, aproximadamente a las 16:00 horas, Héctor fue privado ilegalmente de su libertad, con violencia, abuso de funciones y sin las formalidades prescriptas por la ley. Estaba en su Estudio Jurídico, ubicado en Av. de Mayo 1316, en la Ciudad de Buenos Aires. Dos individuos vestidos de civil y armadas irrumpieron en el inmueble y alrededor de las 21:30 horas lo trasladaron vendado y esposado a la ESMA. Ahí fue interrogado sobre las actividades que realizaban sus primas, María Magdalena y Graciela Alicia Beretta (casos 167 y 168).

Luego, Héctor supo que sus primas también fueron secuestradas horas antes que él y  llevadas a la ESMA. Él fue liberado aproximadamente 48 horas después de su secuestro, en Av. Los Incas y Forest. Los captores le dijeron que sus primas estaban en la ESMA. Ambas siguen desaparecidas.  

El testimonio de Héctor
Entre llantos, el sobreviviente de la ESMA relató cómo fue su secuestro en el año 1976, el mismo día del cumpleaños de su madre. Héctor contó que cuando los hombres de civil y armados irrumpieron en su Estudio Jurídico les preguntó quiénes era y ellos se identificaron como miembros de la Marina. 

A la noche fue subido a un auto Ford Falcon, en el piso de la parte trasera. Al llegar a la ESMA, subió unas escaleras y fue dejado en una colchoneta, engrillado y con capucha. “Un día me levantan la capucha y me sacan una foto. Así, de manera instantánea”, contó Héctor.

“Buscaban a mis primas Beretta. Graciela (la mayor de las dos) era abogada y su hermana María era estudiante de Psicología”, relató el sobreviviente.  

A María le decían “Nicky”. Militaba en la Juventud Universitaria Peronista (JUP). Fue secuestrada en Villa Luro, en la casa su tía, la mamá de Héctor. Graciela fue secuestrada en la puerta de su lugar de trabajo, en el Instituto Financiero Militar, en Cerrito 572, en la Ciudad de Buenos Aires. Tenía 27 años de edad cuando fue secuestrada y llevada a la ESMA. Según testimonios, María y Graciela habrían sido “trasladadas” en enero de 1977.

La mamá de María y Graciela integró el grupo de Madres de Plaza de Mayo. 

Próxima audiencia
El juicio continuará el lunes 10 de junio desde las 10:00 horas con más declaraciones testimoniales.
Fuente:MegacausaEsma

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