4 de junio de 2013

PERÚ.

LUNES, 3 DE JUNIO DE 2013 
Entrevista a Martín Almada: Latifundio, Terrorismo de Estado y situación de Derechos Humanos en Paraguay 
Por Erasmo Magoulas 
Martín Almada es un distinguido intelectual paraguayo, y comprometido luchador por los Derechos Humanos. Pionero en su país de las revolucionarias teorías educativas y de la filosofía de la educación de Paulo Freire. Tanto su familia, como él mismo, sufrieron el Terrorismo de Estado, desplegado en el Cono Sur por la Operación Cóndor. Por sus logros en el trabajo investigativo e histórico sobre la Doctrina de la Seguridad Nacional y la Operación Cóndor, fue galardonado con el llamado “Premio Novel Alternativo”, el Right Livelihood Award. Es el fundador y Director de la Fundación Celestina Pérez de Almada. 

E.M.: Hace escasamente horas fue asesinado, en forma de ajusticiamiento, Luis Lindstron, un productor ganadero y forestal del Departamento de San Pedro, a 300 kilómetros de Asunción. ¿Qué lectura podemos hacer, en torno al tema de la seguridad, que se deslinde de la típica matriz, que sobre el tema, emana del poder económico y político? 

M.A.: Este asesinato se comete justo en la víspera de la Audiencia Preliminar para investigar el caso Curuguaty (17 personas fueron masacradas -once campesinos y seis policías- en una operación de desalojo de las tierras llamadas Marina Kue, cuya propiedad reclamaba un grupo empresarial del agro-negocio). Las audiencias están previstas en Asunción los días 3, 4 y 5 de junio próximo. La jueza Penal interviniente es Rosa Yanina Ríos. Luego de la comisión de este crimen, de un importante representante de la Asociación Rural (dueños de las vacas y de las tierras), lógicamente el clima ya está creado para condenar a los inocentes campesinos de Curuguaty. Digo inocentes, porque ya está probado, por la opinión pύblica nacional e internacional, que el intruso, el que se apoderó de la tierra del Estado fue el recientemente fallecido socio de Stroessner, Blas N. Riquelme. La actuación criminal del EPP (Ejército del Pueblo Paraguayo) normalmente aparece, justo en el momento oportuno, para justificar el TERRORISMO DE ESTADO. 
Por su parte, la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (CODEHUPY), y el Capítulo Paraguayo de la Plataforma Interamericana de Derechos Humanos, Democracia y Desarrollo (PIDHDD), han manifestado que el asesinato del señor Lindstron es tan grave como los asesinatos de varios dirigentes campesinos de la zona norte, como el del señor Benjamín Lezcano, agricultor y dirigente campesino de Arroyito (Departamento de Concepción), quien fuera asesinado por sicarios en febrero pasado, frente a su domicilio, y cuyo crimen continúa en la absoluta impunidad. Así también, siguen en la impunidad los asesinatos de otros referentes campesinos ocurridos en los últimos meses: Sixto Pérez, Vidal Vega, Dionisio González, Francisco Denis. Estas dos organizaciones de Derechos Humanos, exigen el esclarecimiento del crimen de Luis Lindstron, como así también los esclarecimientos de los asesinatos de dirigentes campesinos y el castigo a los responsables de tales hechos. 

E.M.: Se cumplirá, en pocos días, el primer aniversario de la masacre de Curuguaty. Las víctimas, en este caso, fueron trabajadores rurales sin tierra y miembros de la fuerza policial. ¿En que contexto, deberíamos analizar este hecho de violencia, contra sectores sociales marginalizados y desplazados?

M.A.: Esta pregunta tiene vasos comunicantes con la primera, como así también las respuestas. Al respecto es interesante ver lo que ha dicho el líder del Partido Comunista y miembro de la mesa de presidentes del Frente Guasύ, Amado Najeeb, quien sostuvo que cada vez que hay atentados del Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), o que se le endilgan a éste, se intensifica la persecución a las organizaciones sociales. 

Najeeb dijo que el EPP es una fuerza al servicio de la oligarquía, porque no es el que termina siendo perseguido, sino que lo son las organizaciones sociales, como el recrudecimiento de los controles hacia los campesinos, que se van a intensificar y agudizar. El caso Curuguaty es ejemplar. En Paraguay, el Código es garantista, donde se debiera presumir la inocencia hasta la aparición de prueba en contrario, pero en la práctica no lo es. “Acá no se respeta la legalidad. La condena a los campesinos por el caso de Curuguaty, está cantada”, dijo textualmente Najeeb. 

E.M.: Durante el gobierno de Fernando Lugo, hubo un avance en la correlación de fuerzas en favor del campo popular, pero esto pareciera no haber sido suficiente, para consolidar lo logrado en el terreno político e ir por una mayor democratización de la vida económica y en pos de mayores logros en la justicia social. ¿Cómo analizaría los casi cuatro años de Fernando Lugo en el gobierno? 

M.A.: El triunfo de Lugo anunció la llegada de una primavera política en Paraguay, pero Lugo llegó al poder de la mano de la estructura de la derecha más retrógada, me refiero al Partido Liberal. En éste contexto Lugo intentó hacer tímidas reformas que fueron desaprobadas por la burguesía local, las multinacionales y el Imperio de turno. Durante los cuatro años de gobierno de Lugo, mejoró la salud y la educación, pero cometió el grave error de desmovilizar a los movimientos populares. Se alejó de su gente para no “irritar” a los verdaderos dueños del poder. 

E.M.: Durante la cruenta Dictadura de Alfredo Stroessner, surgieron algunos movimientos politico-militares, en el area rural como urbana, que fueron rápidamente desmantelados. ¿Cómo interpreta el surgimiento del EPP (Ejército del Pueblo Paraguayo) en tiempos de retorno a la vida constitucional de la Repύblica? M.A.: Desde mi punto de vista, el EPP es funcional al sistema neoliberal, salvaje y criminal.

E.M.: Uno de los conflictos sociales más recurrentes en Paraguay, es el conflicto por la tierra. ¿Qué papel han jugado la tradicional oligarquía agroganadera paraguaya, y desde hace 25 años, el avance de las transnacionales del agro-negocio? 

M.A.: El conflicto de la tierra arranca desde la terminación de la Guerra de la Triple Infamia, -conocida por la historia oficial como de la Triple Alianza-. Argentina, Brasil y Uruguay en 1870 cumplen vergonzosamente instrucciones del Imperio de turno, Inglaterra. Para mantener dividido el pujante país destruido, Argentina creó el Partido Liberal y Brasil el Partido Colorado, al servicio de ellos hasta la fecha. Hoy Paraguay está a merced de la oligarquía ganadera y del agronegocio, que se niegan a pagar impuestos. 

E.M.: En poco más de un año de presidencia, Federico Franco, dejó en claro sus posicionamientos político-ideológicos, tanto en el orden interno de la política paraguaya, como así también, en el área regional y mundial: un radical anti-integracionismo de los pueblos de Nuestra América y una sumisión a la ortodoxia del Mercado y a los dictados de Washington. ¿Cómo analiza usted, las posiciones del actual Presidente Horacio Cartes?

M.A.: Cartes anunció que su gobierno va a volver a ocupar los espacios ganados en MERCOSUR, UNASUR, CELAC, etc. Ojalá que no se constituya en un CABALLO DE TROYA, para destruir la integración latinoamericana en marcha. 

E.M.: Usted es una figura emblemática de los Derechos Humanos, no sólo en su país y el continente sinó también a nivel mundial. ¿Cómo ha evolucionado el trabajo de los organismos de Derechos Humanos en Paraguay, a partir del descubrimiento de los Archivos de la Operación Cóndor?, y qué juicio le merece el avance logrado en la Argentina en ese campo, con las políticas de Memoria, Verdad y Justicia, y Juicio y Castigo a los Genocidas. 

M.A.: El 22 de diciembre de 1992, luego de una paciente investigación, logré con el apoyo del Juez Penal José Agustín Fernández encontrar 3 toneladas de documentos secretos de la Dictadura de Stroessner y de la OPERACIÓN CÓNDOR. Luego la Comisión de Verdad y Justicia, en el 2008 entregó al entonces Presidente Lugo, 8 tomos de recomendaciones. Desde el momento mismo del cuartelazo del 2 y 3 de febrero de 1989, hasta la fecha, ni la Justicia , en particular el Ministerio Pύblico, tampoco la Procuraduría General de la Repύblica, han realizado ninguna investigación sobre el genocidio cometido, como tampoco en la recuperación de los bienes mal habidos. Es decir, Paraguay sigue viviendo al MARGEN DE LA LEY, sosteniendo la IMPUNIDAD, hecho que genera más corrupción y más represión.
El único país que lidera la defensa y protección de los Derechos Humanos en América Latina, es la Argentina. El Juez Gustavo Santander Dans, que llevaba en Paraguay la causa OPERACIÓN CÓNDOR, con autorización de la Corte Suprema de Justicia, viajó a Buenos Aires en el 2008 para llevar los documentos de dicha operación de Terrorismo de Estado, que comprometia a la fuerza represora de la Argentina. Santander se reunió para el efecto con los jueces argentinos Carnicoba Corral y el Juez Urso, tambien con el representante del Ministerio de Relaciones Exteriores, entonces a cargo del Dr. Jorge Taiana. 

Nota final: 
El 26 de noviembre de 1974 fui detenido en mi lugar de trabajo, INSTITUTO “JUAN BAUTISTA ALBERDI” de San Lorenzo y sometido a tortura en el Departamento de Investigaciones de Asunción, durante 30 días. Fui declarado por los militares de Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay, TERRORISTA INTELECTUAL, por la tesis que defendí en la UNIVERSIDAD DE LA PLATA, titulada PARAGUAY- EDUCACIÓN Y DEPENDENCIA, trabajo inspirado en la educación liberadora de Paulo Freire. Uno de mis torturadores tenía el apellido Lindstron y entre los propios torturadores se comentaba que el tal Lindstron el “temible”, había sido un ex- seminarista. No sé si éste Lindstron, mi ex torturador, tendrá relación familiar con Luis Lindstron, la víctima fatal del atentado perpetrado el pasado 31 de mayo. Juan Luis D’Stefano, oriundo de Caacupé, fue el otro ex- seminarista que me torturó brutalmente, en aquella terrible oportunidad.

LUNES, 3 DE JUNIO DE 2013
En el candelero social 
Por Gustavo Espinoza (NUESTRA BANDERA) 
Hace algunas semanas pude ver en Lima, a una enorme multitud de trabajadores que iniciaba una marcha de protesta y en demanda de atención a reclamos laborales. Casi por manía de oficio, me acerqué a las columnas que en ese momento iniciaban su desplazamiento desde el Campo de Marte, rumbo al Congreso de la República. Se trataba de servidores del Estado que alertaban al país respecto a un proyecto de ley que se cernía como un peligro real contra el sector, severamente martirizado ya por sucesivos regímenes anteriores. 

La ocasión me permitió intercambiar impresiones con algunos líderes de la movilización, los mismos que me aseguraron que libraban, de manera aislada y casi solitaria, una justa lucha por derechos fundamentales que estaban dispuestos a llevar hasta el fin. 

En un país como el nuestro, afectado severamente por el inmovilismo social y por la afasia en la que suelen caer algunas veces las dirigencias sindicales vigentes, una acción de envergadura como la que pude apreciar, me pareció plenamente calificada. No sólo por el contenido de la reclamación, sino sobre todo por el sentimiento de clase que fluía de una multitud que marchaba a ritmo de organización y disciplina, tras banderas ciertamente legítimas. 

Hoy ese conflicto alcanzó otras dimensiones y pudo expresarse abiertamente en una confrontación directa, ocurrida en la Plaza Mayor de la Capital, y ante el Palacio de Gobierno, cuando centenares de trabajadores -quizá miles- lograron rebasar las casi infranqueables barreras policiales y metálicas que usan los gobernantes de turno para tomar distancia de las exigencias sociales. 

Esta vez el jueves 30 de mayo la acción se desarrolló como en la circunstancia anterior, cuando los activistas sindicales se desplazaron pacíficamente por la avenida Abancay, pero tuvieron luego la idea de modificar su punto de destino optando por expresar su demanda no sólo ante el Poder Legislativo -que estaba discutiendo la ley de marras- sino también ante el Despacho Presidencial, conscientes que allí podría radicar, finalmente, la atención a su reclamo. Entonces, se produjo una bronca descomunal.

La protesta no ocurrió sólo en Lima. También en el interior del país tuvieron lugar nutridas manifestaciones, expresión -todas ellas- de dos fenómenos paralelos. El promisor papel de las masas en la vida peruana, y la agudización del conflicto social en un escenario convulso en el que arrecia la ofensiva reaccionaria en todos los niveles. Arequipa. Huancayo, Chiclayo, Trujillo, Cusco y Chimbote fueron puntos altos de la protesta. 

La demanda de los trabajadores es ciertamente justa y atendible. Responde a dos preocupaciones básicas. Al tema de la estabilidad en el empleo, y a la preservación de conquistas y derechos alcanzados por los trabajadores en los duros avatares de la lucha social. 

Es curioso. Los empresarios reclaman siempre “seguridad” para su inversión, “garantías” para su aporte al desarrollo. Y es que ellos tienen en sus manos el dinero que alienta la producción. Pero se quejan cuando los trabajadores -que invierten lo que tienen, es decir su capa0cidad de trabajo, reclaman seguridad y garantía, es decir, un mínimo de estabilidad que les permita mirar con confianza el mañana, el propio y el de sus familias

La “gran prensa” ha levantado un mito en torno a la materia. Habla todos los días de impedir que exista “la estabilidad absoluta” del empleo. Y esta, no ha existido jamás. 

Hasta los años 70 cuando el gobierno de Velasco Alvarado promulgó la ley 18471, imperó en el país la “libre contratación”. Gracias a ella, los empresarios podían contratar o despedir a cualquier trabajador en el momento en el que quisieran hacerlo, y por la causa que les viniera en gana. La nueva ley dispuso una regulación de ese “derecho” estableciendo simplemente causales de despido. Es decir, precisando en qué circunstancia y por qué motivo un trabajador podía ser privado de su empleo, y normando un procedimiento para que le receisión del contrato laboral se produzca.

La disposición no constituía una garantía de impunidad para los trabajadores, ni aseguraba en ningún caso la estabilidad absoluta en el puesto de trabajo. Un trabajador podía ser despedido con causa justificada, precisada por la ley; y luego de un elemental procedimiento administrativo. Se eliminaba sólo el capricho del patrón, la expresión tan consistente y en boga en el Perú tradicional: “te despido, porque me da la gana” 

Hubo en ese marco, casos de trabajadores que fueron despedidos por ingerir bebidas alcohólicas, o sustancias tóxicas, o por consumir drogas, o apropiarse ilícitamente de productos, o herramientas de trabajo, o por faltar el respeto a un compañero o a un superior. Nada de eso, fue eliminado. Lo único que no se permitió fue el despido por capricho, ni la privación del puesto de trabajo a un servidor por adherirse a un sindicato o participar en una huelga; que eran las razones preferidas por los empleadores también entonces.

Por eso fue que pusieron el grito en el cielo los voceros de la Sociedad de Industrias, que reclamaron siempre su “derecho” a “deshacerse del personal revoltoso”, del “agitador social”, del “incitador de huelgas”. Ese fue siempre el tema de los patronos. 

Aunque lograron derogar la 18471, nunca alcanzaron realmente a reimplantar en el país el antiguo sistema de “libertad de contratación”. Hoy despiden a su antojo, pero aún los trabajadores tienen la posibilidad de recurrir ante el Fuero Privativo Laboral, una suerte de “poder judicial” sui generis, que administra los casos, a través de un procedimiento abusivo y engañoso, pero que existe. 

Este es uno de los temas en cuestión. El proyecto de ley que se discute en el Congreso no preserva el derecho al trabajo ni protege el empleo. Sólo faculta al Estado a despedir a los trabajadores que, a juicio del Poder. “no reúnen condiciones para el ejercicio de su función”. En otras palabras, ejecuta mecanismos de calificación discriminatorios y abusivos, que ponen en riesgo real a muchos trabajadores. 

El otro tema tiene que ver con los efectos laborales alcanzados: el existencia de sindicatos, la libertad de asociación, la negociación colectiva, el destino de las conquistas sociales alcanzadas Eso también está en juego por cuanto el proyecto de marras -denominado Ley del Servicio Civil- asoma como una disposición paralela a la del Servicio Militar. Es decir, ve con óptica castrense una función al servicio del Estado, lo que induce a reducir o restringir al máximo los beneficios pactados. En otras palabras, busca imponer “calidad de trabajo” sin tomar en cuenta para nada la calidad de vida de los trabajadores. 

No obstante, parece haberse impuesto finalmente un retorno a la razón en la materia. Los trabajadores suspendieron la huelga y los congresistas resolvieron suspender el debate de la norma para buscar “acuerdos de consenso” que tomen en cuenta los reclamos laborales. Saludable medida, si se complementara con disposiciones que garanticen elementalmente estos derechos conculcados y estas amenazas explícitas que fluyen del texto del proyecto en mención. Mientras estos temas importan a millones, la derecha peruana vive en Caracas. 

La prensa reaccionaria hace encuestas preguntando cuántos votarían por Maduro o por Capriles; y día a dïa “la tele” entrevista a los parlamentarios anti chavistas, que han acoderado en nuestras costas llorando sus desdichas ante la consternación y el quebranto de la Valenzuela, Raúl Vargas, o Beto Ortiz. Y a próxima semana estos personajillos de la farándula ridícula, se sentirán en su salsa: vendrá Capriles a soplarles el humo y cantarles zahumerio gusano. No les dirá -para nada- lo que él hizo en el 2002, cuando el Golpe de Estado contra el Presidente Chávez y su régimen constitucional. Tampoco les dirá que el gobierno que ellos “democráticamente eligieron” -el de Pedro Carmona- disolvió en un solo acto el Congreso de la República, el Poder Judicial, el Tribunal de Garantías y todos los organismos del Estado Venezolano. Tampoco contará sus hazañas personales, cuando pretendió tomar por asalto la Embajada de Cuba.

En estos Items, Capriles callará en todos los idiomas, con le esperanza que aquí, lo reciba “alguien del gobierno”. Ese “alguien”, tiene un nombre. Se llama Ollanta Humala. Y ellos le exigen que lo reciba y le pida perdón por haber reconocido a Maduro, haber suscrito la Declaración de UNASUR, haber ido a Caracas en abril; y sobre todo, haber dicho en más de una ocasión, que respetará la voluntad del pueblo de Venezuela. ¡Horror!. Eso, ni Capriles, ni sus áulicos de aquí estarán dispuestos a perdonarle, salvo que “mudo, absorto y de rodillas”, como dice el poeta, admita que el Imperio, es su Dios. 

LUNES, 3 DE JUNIO DE 2013 
Hugo Blanco, el legendario: Por la tierra, por la Tierra 
Por Sengo Pérez (BRECHA) 
Con casi 80 años a cuestas, el peruano Hugo Blanco, ex líder campesino, ex sindicalista, ex guerrillero, continúa peleando por la tierra. “Ya no es sólo por la reforma agraria, también por la defensa del planeta. Ser de izquierda hoy, ser revolucionario, es defender el ambiente, el acceso al agua, luchar contra la gran minería, las hidroeléctricas que inundan, contra las causas del cambio climático”, dice. Y sigue soñando. 

No sabía ni imaginaba el hacendado Bartolomé Paz, que nada de pacífico tenía, que cuando marcó a fuego sus iniciales en la nalga de un humilde peón llamado Francisco Zamata marcaría también la vida del niño Hugo Blanco, contribuyendo a crear al más importante líder campesino de la historia de Perú. Desde entonces el hombre nacido blanco, doblemente, por piel y por apellido, eligió el cobrizo camino del indio como ruta de vida. 

“En Cusco impactó mucho la revolución mexicana con su carga de indigenismo, muchos músicos fueron tocados por eso y empezaron a componer denunciando la situación; pintores como Sabogal también se ocuparon del tema, profesores que nos hacían cantar canciones que hablaban del llanto del indio, mi hermano que me daba literatura social, Jorge Icaza, Ciro Alegría, Rómulo Gallegos, la tristeza del indio en la guitarra de mi padre, todo eso me fue educando”, recuerda Blanco en diálogo con Brecha. 

“Yo estudiaba en el Colegio de Ciencias. Hubo un dictador, Manuel Odría (que daría un golpe de Estado en 1948), que puso a pequeños dictadores como directores de los colegios nacionales, un abusivo a quien le hicimos una huelga y logramos sacarlo. Yo era de base, ahí aprendí algo importante: a manejar el mimeógrafo.”

A los 20 años, Blanco emigraría hacia Argentina, con las orejas bien abiertas por las ganas de saber. “Terminé el liceo y me fui a La Plata, a estudiar agronomía. Allí estaba mi hermano Óscar, que era secretario general de la célula local del apra. Ahí siguió mi formación, escuchando a gente como Armando Villanueva, Carlos Enrique Melgar, leyendo a José Carlos Mariátegui, a Manuel González Prada, a Haya de la Torre. Ahí me enteré de que había habido una revolución en Bolivia en 1952.” 

CON OVEROL. Blanco cambió el aula por la fábrica. “El aprismo se estaba derechizando y del Partido Comunista mi hermano me hablaba muy mal. En mi búsqueda, que incluía a disidentes del apra, me quedé con el Partido Obrero Revolucionario. Después supe que era trotskista. Al tiempo se preparaba un golpe en Argentina y la clase media estaba a favor, incluyendo al estudiantado. La atmósfera de la universidad era irrespirable, entonces me metí de obrero, ahí me sentía bien.” La idea era juntar plata para regresar a Lima, y eso hizo. Fue obrero textil, de la construcción, metalúrgico, hasta que encontró una fábrica grande y con sindicato. Pero llegaba a Perú el vicepresidente de Estados Unidos Richard Nixon, y los pequeños grupos de izquierda se unieron para repudiarlo: “Fue tremendo, mucho más grande de lo que habíamos imaginado”. La imagen de aquel muchacho macetón e indomable empezó a hacerse conocida, y esta exposición pública motivó que por razones de seguridad el partido decidiera mandarlo a su Cusco natal. 

Y allá fue, como siempre buscando algún sindicato. Por intermedio de su hermana, que trabajaba en un diario, empezó a organizar a los canillitas, niños de 12 o 13 años. Lo primero fue juntar dinero para hacer algo tan básico como carnés de trabajo, para evitar la persecución de la policía. “Un niño descalzo y en la calle era un delincuente. El dueño del periódico me hizo meter preso, pero los niños hicieron huelga y conseguimos cosas que no pensábamos.” 

En la cárcel conoció a tres campesinos de la zona de La Convención, que le contaron la situación que padecían. “El feudalismo implantado por los españoles ahora se llamaba hacienda, y el hacendado era Dios, la autoridad, el juez. Castigaba, violaba, humillaba, cedía una pequeña porción de tierra al campesino que a cambio debía servir en sus tierras. Obligada estaba su familia, incluidos los niños, a trabajar en la cosecha, a veces las mujeres en la casa. Ellos, los hacendados, decidían cuántos días debían trabajar. Amo absoluto, si alguno faltaba mandaba al capataz a sacar prendas de la casa del campesino para pagar la falta. Podían ser ropas o herramientas. Este sistema se trasladó a La Convención, zona de selva.” 

Ya no había más tierra en la sierra, y con el argumento de la colonización el gobierno comenzó a ofrecerla a precios irrisorios, formándose enormes latifundios; pero hacer de la selva terreno cultivable era un trabajo duro. “Los selváticos no entendían eso de trabajar para otros y se perdieron en la espesura del monte. Hubo que llevar gente de la sierra, pero no era su clima, no conocían las enfermedades ni las plantas que las curaban. La mortandad fue tremenda.” 

Las primeras organizaciones sindicales surgieron para rebajar la cantidad de días que trabajaban para el patrón, que oscilaban entre 12 y 20 al mes. Los hacendados “considerados” negociaban con los campesinos a través de abogados. Los “duros” no conversaban, y menos negociaban. “A quién se le ocurre que voy a discutir con mis indios la forma en que tienen que servirme; mando presos a los cabecillas y asunto arreglado”, pensaban y decían. 

"Eran tres de esos cabecillas los que conocí en la cárcel”, recuerda Hugo. 

EL bautismo. Inicialmente resistido en la Confederación Campesina de Cusco por su filiación trotskista, acusado ridículamente de imperialista y “pro gamonal” (pro patronal) por quienes no pudieron arrimarlo a su rebaño, Hugo se ganó el derecho a ser en abiertas batallas callejeras contra la policía, resistiéndose a ser arrestado, arrestado al fin, haciendo huelgas de hambre. Finalmente fue reconocido por la Confederación, y el “agitador” del que hasta entonces se desmarcaban algunos dirigentes fue enviado a organizar sindicatos por todas partes. Y comenzaron las huelgas. “No me daba cuenta entonces, pero era el inicio de la reforma agraria, los hacendados comenzaron a desesperarse. Andaban armados, sembrando miedo, amenazando. Si el campesino recurría a la policía la respuesta era peor: ‘indios sinvergüenzas, todavía quieren quejarse, el patrón tiene derecho a matarlos como perros’, decían. Ante esto se estimó necesaria la formación de grupos de autodefensa, y me encargaron la tarea.” 

El no deseado bautismo de sangre era inevitable. El hacendado Pillco y un guardia civil habían ido tras el sindicalista Tiburcio Bolaños, y al no encontrarlo le dispararon a un sollozante niño de 11 años que simplemente no sabía el paradero de su padrino. 

El sindicato decidió pedirle cuentas al hacendado. Y allá fue la comisión sindical, dirigida por Blanco. Pobremente armados sortearon el primer control policial, pero en el segundo los guardias estaban alertados. “Entramos al puesto, le relatamos al policía por qué estábamos ahí, le pedí rendición y quiso sacar el revólver. Disparé primero. Después me enteré de que ese policía era quien le había dado el arma al hacendado para dispararle al niño.” 

Dos policías más murieron en enfrentamientos posteriores. Meses después Blanco fue ubicado. Y asumió como jefe del grupo la responsabilidad por las muertes. Vendrían tres años de detención. Lo llevaron ante un tribunal militar en Tacna. Lejos de Cusco, y con todas las irregularidades posibles, la ilegalidad fue la ley. 

“¡Tierra o muerte!”, gritó al entrar al juzgado, y en voz bajita le respondieron “¡Venceremos!”. También sus compañeros, que se habían negado a declarase analfabetos y engañados por el “comunista” Blanco, como les sugirieron, esperaban la condena. Pidieron entre 25 años de prisión y la condena a muerte. Le ofrecieron deportarlo. “De haber aceptado hubiera perdido la posibilidad de denunciar el sistema del gamonalismo y el rol de la policía. Eso no se conocía, y la audiencia era pública. Además, hubiera sido traicionar a mis compañeros, que seguirían presos.” 

Una campaña mundial con firmas de infaltables notables, como Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, entre otros, evitó la condena a muerte: le dieron 25 años de prisión. 

Velasco 

El ejemplo de Cusco cundió por el resto de Perú. Las tomas de tierras eran respondidas a balazos por el gobierno. Fue en ese contexto que se produjo el golpe de Estado nacionalista conducido por el general Juan Velasco Alvarado, que llevó la reforma agraria a todo el país. En 1970 se le presentó a Blanco la posibilidad de ser liberado. Pero chúcaro y orejano, el hombre que fue un dolor de cabeza para los gobernantes de derecha, para los comunistas, para los apristas, no haría excepción con Velasco. “Depende de ti que salgas mañana, me dijo una emisaria. ¿Cómo?, pregunté. Si te comprometes a trabajar por la reforma agraria con el gobierno. No, gracias, ya me acostumbré a estar preso, le dije. Una cosa es ser diputado, regidor de un consejo menor donde uno es elegido y puede decir lo que piensa, y otra es ser funcionario público. Pero como otros presos políticos sí aceptaron la oferta, la amnistía fue general y salí.” 

Ya en libertad, sus compañeros insistían en que debía colaborar con el gobierno. “‘No puedes quedarte al margen de la historia’, me decían, y tanto insistían que dije: ‘Bien, sí voy a trabajar, pero con una condición, que no se haga la reforma agraria que yo quiero pero tampoco la que quiere el gobierno, que se pregunte a cada sector campesino si ellos quieren parcelas, comunidades o cooperativas’.” 

Antes de que alborotara el avispero le prohibieron salir de Lima, y al poco tiempo el eterno inconformista fue deportado. 

De todas maneras reconoce como positivas las medidas del general Velasco. “Destrozó el latifundio, el semifeudal de la sierra y el industrial de la costa. Pero no fue un proceso democrático, muchas cooperativas fueron hundidas por la burocracia. Eso sí, nacionalizó el petróleo, las minas, la banca.” 

Prisión y exilio 

Tras un corto tiempo en México, Blanco regresó a Argentina. Era 1971, gobernaba el general Agustín Lanusse, la última dictadura que precedería al retorno de Juan Perón. Al mes ya estaba encarcelado. Primero lo encerraron con los presos comunes, luego en Villa Devoto, y después en la cárcel donde estaban los militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo (erp, de pasado trotskista como el suyo), en condiciones durísimas. “Otra vez la presión internacional se hizo presente y me fui al único país donde me podían recibir bien: el Chile de Salvador Allende".

Pero la tranquilidad le era esquiva a este hombre porfiadamente andino. El golpe de Augusto Pinochet lo lanzó otra vez a la clandestinidad. Una vez más tuvo suerte, que se le presentó con nombre y cargo: Harald Edestam, embajador de Suecia. “Me hizo afeitar, me puso el traje de su hermano, corbata negra, lentes, me sacó una foto y me dio un carné. Me transformé en Hans Blum, consejero de la embajada sueca.” Y pudo zafar. 

“Me instalé en Suecia y recorrí Europa denunciando la dictadura de Pinochet. Después fui a Canadá y entré a Estados Unidos, donde hice una gira denunciando la violación de los derechos humanos en Latinoamérica y la participación de los gobiernos estadounidenses.” Era 1977, y en Perú una huelga general hacía tambalear el gobierno de Francisco Morales Bermúdez, quien había derrocado, con otro golpe, a Velasco Alvarado. 

Volvieron los exiliados, y volvió él como candidato a la Asamblea Constituyente por el Frente Obrero, Campesino, Estudiantil y Popular (focep). “Los candidatos teníamos un espacio gratuito en la televisión para exponer nuestros proyectos, y a mí me tocó justamente después de un paquetazo feroz de medidas de ajuste. En lugar de hablar de mi proyecto llamé a la gente a plegarse al paro convocado por la central sindical cgtp. A las cinco horas ya estaba preso. También agarraron a Javier Diez Canseco, a Genaro Ledesma, y nos mandaron a Jujuy”, en el marco del Plan Cóndor de cooperación entre las dictaduras de la región. 

Lo que Morales Bermúdez no se animaba a hacer quería que lo hiciera la dictadura argentina de Jorge Rafael Videla: asesinar a Blanco. “Por suerte un periodista fotografió cuando nos bajaban del avión. Eso nos salvó la vida. Terminé en un calabozo de Buenos Aires, y otra vez a Suecia.” 

En Perú, mientras tanto, fue presentado como candidato. Fue el más votado de la izquierda, y en 1980 asumió como diputado. 

En las elecciones del 85 el dirigente trotskista no participó, volviendo a lo que mejor hacía: el trabajo de campo, literalmente. “Como dirigente de la Confederación Campesina del Perú (ccp) pedí que me mandaran a Puno. Las ‘súper cooperativas’, uno de los errores de la reforma agraria de Velasco, estaban en manos de los burócratas, y las comunidades reclamaban esas tierras. Corrían rumores de tomas y allá fui. Se recuperaron 1.250.000 hectáreas.”

En 1989 el gobierno de Alan García lo quiso desaparecer. “La gente de la zona de Pucallpa reclamaba un dinero que el Estado le debía por la venta de maíz. A fuerza de bloqueos de carreteras y ríos se logró no mucho, pero lo celebramos con un mitin. Estábamos cantando el himno cuando la policía disparó. Murieron 23 campesinos y 28 desaparecieron. Yo me refugié en una habitación de la Confederación y ahí me detuvieron. Me pegaron y me cubrieron la cabeza. Por suerte un campesino vio cuando me cargaban en un auto y llamó a la ccp, y de la ccp a Amnistía Internacional. Antes de tres horas de mi detención ya se reclamaba mi liberación en todo el mundo.” 

El hombre que debería estar muerto, al año siguiente fue senador por Izquierda Unida hasta el golpe de Alberto Fujimori en el 92. Fue objetivo de los servicios de inteligencia y de Sendero Luminoso. Y otra vez optó por un exilio voluntario. “Me fui a México, y me tocó la suerte de vivir la época del levantamiento zapatista.” 

La Tierra, con mayúscula 

A los 78 años, Blanco sigue viviendo nuevos capítulos. La tierra y sus avatares, dice, no le permiten descansar. 

Hoy la razón de su lucha es otra. Si años atrás era la posesión de lo que el diccionario de lengua española define como “terreno dedicado a cultivo o propio para ello”, ahora es la defensa del “tercer planeta del sistema solar, habitado por personas”. Pero las definiciones se entreveran y tanto la primera como la segunda son una sola en lengua quechua: la Pachamama, la madre tierra. 

“Las razones ahora son otras, pero de todas maneras involucran a la tierra y al hombre: calentamiento global, minas a cielo abierto, agroindustria que envenena, hidroeléctricas que inundan”, dice. 

Y con su radicalismo de siempre combate en paz dirigiendo un periódico, Lucha Indígena, con el mismo entusiasmo de cuando imprimía los volantes en aquel mimeógrafo hace más de sesenta años en Cusco.

- ¿Usted está en contra de toda la minería?

- De toda, sí. La minería responsable es un cuento chino. Antes, en la época de los incas, había vetas. De las vetas se sacaba el oro, se fundía y no perjudicaba a nadie. Ahora ya no hay vetas, entonces se tienen que volar cuatro toneladas de roca para sacar un gramo de oro. Eso es destructivo en cualquier lugar del mundo. 

- ¿Qué es ser de izquierda hoy en Perú, Hugo? 

- Para mí la vanguardia política hoy acá es el movimiento anti Congi, el de Cañaris, Celendín (todos movimientos de oposición a proyectos mineros). Hoy de izquierda es aquel que está en donde está la lucha, y la lucha ahora en Perú, fundamentalmente, no únicamente, es en defensa del ambiente. Pero a la que hoy se dice izquierda, allí no la veo.

No hay una organización nacional, son todas regionales. Yo espero que se conozcan entre sí y hagan una sola. Ese es nuestro rol, hacer que se enlacen, y eso es lo que intento hacer.

- Cuando tenía 30 años esperaba que este presente fuera otro, ¿cierto? 

- Sí, yo tenía esperanzas en la revolución. Ahora estoy más asustado que antes, ahora no se trata de lograr una sociedad más justa sino de la supervivencia de la especie humana. Igual hay cosas que me ponen optimista: el despertar de la gente contra el sistema en Grecia, en España, hasta en Estados Unidos. Pero no sé si tenemos tiempo. Fijesé (se señala el short que viste, la mañana es calurosa): ¿por qué ando así si no es verano? 

¿Hugo Blanco vive todavía?, me preguntaron en Montevideo en enero. 

Yo lo había visto un tiempo atrás en una marcha por el agua y contra la minería. “Creo que sí”, dije entonces.

Sí vive, digo ahora, y más que muchos. Y aunque algo encorvado, sigue caminando. A favor del agua, a favor de la tierra, y a favor del hombre, aunque tenga el viento en contra, o al propio hombre.
Fuente:Argenpress    

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