“Después de la operación incruenta de la expropiación de los vehículos en Rio Cuarto salen los cuatro compañeros rumbo a Berrotarán: son el Negro, el “dicente”. Díaz y Salguero. Avanzaba el 504, luego la pick up y finalmente el 404 conducido por el dicente. Detectan a poco de andar que son seguidos por un coche presumiblemente policial. En la 504 va el Negro Savino; los compañeros se desconciertan y abandonan un coche; el jefe retrocede hasta alcanzarlos y retoman el coche abandonado. Creen burlar a la policía, pasan por Berrotarán, siguen para Córdoba. Cuando terminan de pasar por una localidad cuyo nombre ignora hacen contacto y empieza el tiroteo. El dicente salta de su vehículo al de Sabino; Salguero con el suyo salta del camino al campo llegando casi hasta el alambrado. Díaz se interna en el campo. Savino y el dicente hacen frente a los perseguidores con sus armas. Corren sobre Salguero, que está herido y quizás muerto. Intentan todos llegar a la camioneta. Al frente hay un semicerco de policías o soldados. La camioneta está en el centro del cerco. Corriendo, corriendo cruzamos las vías y nos sumergimos en un zanjón, y nos tapamos con ramas. Allí estuvimos toda la noche y todo el día siguiente. Salimos recién a la noche”.
“Cayó la segunda noche, hay que comer algo, hay que encontrar un vehículo, vamos paralelo a la vía hasta llegar a un pueblo. Se acercan a la ruta. Separados y comunicados convéncen a un señor que los lleve un trecho. El hombre medio borracho hace mil juramentos de amistad. Los deja en Berrotarán. El próximo tren es dentro de dos horas, tratos a un bar pero como separados. El Negro y yo vamos a estudiar la salida de emergencia por los baños. Díaz sale un momento. Pedimos un sandwich. Al ratitominá frenada de auto en la puerta. El Negro sale. Nos han dejado un auto con las cuatro puertas abiertas y Díaz muerto en el suelo. Pagamos sin esperar el vuelto. Salimos por la puerta que da al baño y desde allí saltando varios tapiales llegamos a la calle.
La policía tiene el pueblo tomado. Milagrosamente consiguen un Renault. El dueño, recogiendo todos los objetos de valor les deja el auto. Por la carretera, por campo traviesa, por los pueblecitos, por las pequeñas ciudades se acelera la persecución y se cierra el cerco. De Ciudad Belgrano a Santa Rosa de Calamuchita y de allí Yacanto, tiroteados y marcados, un frágil vehículo que la red de comunicaciones enemiga va punteando en la carta. Esconden el auto que es en seguida descubierto y sé largan al monte. Caminan toda la mañana,” duermen bajo un montecillo y a la otra mañana cruzan un río. De la otra orilla, los reciben a balazos. Reculan y tiran al azar pues ignoran de dónde vienen las balas. Se internan y caminan dos días. Llegan a una casa solitaria en la profunda soledad del monte. Tienen un manojo de llaves. Una funciona. Hay comida, alguna ropa. La casa está deshabitada. Comen y duermen como lanzándose a la muerte..
La mujer los despierta a los alaridos, y no hay buenos modos, dinero, persuasión ni amenazas. Huyen a un montecito en donde pasan la noche y parte de la mañana siguiente. Se levantan y se ponen en marcha, caminan todo el día y en las primeras horas de la noche llegan a una ciudad. Y esa ciudad de nuevo es General Belgrano. Compran un poco de queso, dulce, unas latas de picadillo, una coca-cola, comen a la vera del río y de nuevo se ocultan en el monte toda la noche y todo el día siguiente. La herida del Negro nunca se pudo curar y él tampoco volvió a hablar de ella. De a ratos cojea, a veces transpira, de a ratos delira. Deciden llegar a Córdoba, de cualquier manera, vía Alta Gracia. Es él 28 de julio. Tomarán el ómnibus. El Negro se apostará adelante y el dicente al fondo. Si suben policías, los reconocen e intentan tomarlos Sabino concentrará la atención mientras el dicente los inmoviliza. Suben al ómnibus. Sacan boleto y se instalan. Al momento suben policías. El Negro los Intercepta y forcejea. Se desata el tiroteo y el Negro queda malamente herido en un brazo. Herido, pero un león herido. El dicente medio obnubilado cuando se recobra se encuentra solo en el ómnibus con el Negro. Todos huyeron. El Negro, como puede maneja el ómnibus. El Negro se desvanece y chocan contra la montaña. Imposible salir por la puerta. Rompen un vidrio y salen por la ventana, Paran un vehículo en el cual viaja una familia y obligan al dueño a conducirlos hasta Córdoba. Pero el auto se traba y se les tira encima un patrullero que efectúa una ráfaga de ametralladora. Lo ven por el espejo, se largan y corren doscientos metros por la montaña. El Negro se apoyó contra la montaña y me dijo: Yo ya no puedo seguir más, ándate vos. No yo no me voy, me quedo con vos. Yo soy el jefe y ordeno. Ud. se salva. Yo no puedo caer vivo. Llovía fuerte. Cayó la noche. Seguí trepando la montaña. No sé cuántos metros. Estaba siempre cerca de la ruta. Al rato oi dos disparos. Miré a la ruta. Pasaba un automóvil, pero no se detuvo. No supe quién efectuó los dos disparos. Anduve toda la mañana por la montaña. A la mañana siguiente me descolgué a Anizacate. No entré al pueblo. Pero ya no daba más. Di vueltas por la Iglesia. Vi al patrullero que andaba despacito. Pensé: si me exigen me entrego. Caminé despacio, cada vez más despacio, cada vez más despacio, cada vez más despacio. A los cuarenta y cinco minutos me dieron la orden de alto. No ofrecí resistencia. Con las manos en alto contra un alambrado. Me desarmaron. Me llevaron en un patrullero a Alta Gracia. De allí me llevaron al lugar en que había quedado el Negro. Buscamos por toda la zona. No estaba.”
Fuente:RuinasDigitales.
José Sabino Navarro
FuenteFoto:Web

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