9 de febrero de 2014

LAS ABUELAS Y EL TIEMPO.

Las Abuelas y el tiempo
Año 7. Edición número 299. Domingo 9 de Febrero de 2014
Por Daniel Cecchini
dcecchini@miradasalsur.com
(TELAM).
Encontramos un papelito en el archivo de los primeros tiempos donde decía ‘la abuela tiene un lunar acá y la mamá también, entonces si era una nena ella lo debe tener’, claro, eso era cuando no teníamos el ADN.” El recuerdo de Estela de Carlotto, el jueves pasado, durante la conferencia de prensa con la que las Abuelas de Plaza de Mayo anunciaron la recuperación de la nieta 110, es mucho más que un dato de color.

Tampoco es un dato de color el que aportó la vicepresidenta, Rosa Roisinblit, cuando dijo que en 1977 “no sabíamos si nuestros nietos habían nacido, no sabíamos el sexo, nada, y no había ningún texto donde aprender todo eso”.

Los recuerdos de Estela de Carlotto y Rosa Roisinblit hablan de búsquedas que llevan ya más de 35 años, de la escasez de herramientas con que contaban en los primeros tiempos –durante la dictadura misma y después– y también de un tiempo que, de alguna manera, se agota.

La nieta recuperada 110, cuyo nombre aún no se conoce, es hija de Omar Rómulo Gutiérrez y de Liliana Isabel Acuña, secuestrada cuando estaba embarazada de cinco meses. Una de las abuelas, la madre de Omar, Vilma Delinda Sesarego de Gutiérrez, fue una de las fundadoras de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo. Rosa González, la madre de Liliana, muy pronto se sumó también a la búsqueda. Ninguna de ellas podrá conocer a su nieta. La muerte –el tiempo transcurrido– les impidió encontrarla.

En todos estos años cambió la modalidad de la búsqueda de las Abuelas. No sólo por la enorme contribución que significó la posibilidad del ADN como herramienta para identificarlos y la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos. También porque aquellos niños secuestrados cuando tenían pocos meses o nacidos durante el cautiverio de sus madres ya no son niños. Son jóvenes de más de 35 años que diariamente toman decisiones sobre sus vidas, como la que tomó la hija de Omar y Liliana de acercarse a las Abuelas de Plaza de Mayo. De todos modos, no es fácil: el falseamiento de identidad al que han sido sometidos por sus apropiadores –en la mayoría de los casos estrechamente ligados al aparato del terrorismo de Estado dictatorial– les resulta hoy, en muchos casos, una suerte de cárcel sin rejas que los separa de la verdad.

Por eso, a la búsqueda de documentación, la recopilación de testimonios y el seguimiento de pistas que las Abuelas vienen haciendo desde sus primeros días, se han sumado campañas en los medios de comunicación, para que aquellos jóvenes que tienen dudas sobre su identidad se acerquen y puedan, quizás, resolverlas.

Transcurridas tres décadas del final de la última dictadura cívico-militar, todavía hay cientos de hijos de desaparecidos que no han podido convertirse en nietos recuperados, que no han tenido acceso a sus verdaderas identidades. Y el tiempo pasa. La hija de Omar y Liliana ya no podrá conocer a esas abuelas que la buscaron incansablemente. Le quedará para siempre esa herida, una más de las que sufrió por acción del terrorismo de Estado. Pero sí podrá saber de dónde viene, cómo eran sus padres, conocer a otros familiares que le harán saber su historia familiar y le permitirán construir la propia sobre bases verdaderas.
Porque la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo –que se prolongará más allá de la existencia física de la última de ellas– es por dos cosas que son insustituibles para cualquier persona: la identidad y la verdad. Sin ellas, no es posible construir una vida plena.
Fuente:MiradasalSur

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