Los números, en el día de los trabajadores
Año 7. Edición número 310. Domingo 27 de Abril de 2014
Por Eduardo Anguita
argentina@miradasalsur.com
Año 7. Edición número 310. Domingo 27 de Abril de 2014
Por Eduardo Anguita
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Para no perder la perspectiva global, precisamente un siglo después de que se estableciera esta fecha reivindicatoria de los trabajadores, se produjo una ofensiva del capital concentrado internacional, especialmente contra el sur del río Bravo. En efecto, el llamado Consenso de Washington coincidió con la debacle del socialismo soviético y de Europa oriental que también en 1989 tuvo como hito la destrucción del muro de Berlín, evento emblemático de la implosión de un sistema político antidemocrático pero conducido por los poderes fácticos del capitalismo más concentrados. Es imposible analizar la vida cotidiana de los millones de trabajadores del mundo sin reparar en el complejo escenario que dejó la hegemonía de las multinacionales privadas y del poder político y militar de Estados Unidos. Porque el Consenso de Washington fue un programa de acción político y económico para que los Estados redujeran drásticamente todos los mecanismos construidos durante décadas para redistribuir ingresos a favor de los asalariados y proteger las economías nacionales. Si a ese escenario fuera necesario agregar las modificaciones posteriores, hay que precisar entonces que ni en China ni en Rusia tienen vigencia los postulados del comunismo, cuya piedra basal es el poder para los trabajadores. En cambio de ello, con grandes diferencias entre ambas naciones, persisten poderes burocráticos que permiten al capital privado obtener alta rentabilidad.
La Organización Internacional del Trabajo, un organismo donde pueden expresarse las voces de las organizaciones sindicales y patronales de todo el planeta, hace muchos años que sólo publica estadísticas, abre foros de debate y brinda sugerencias a los gobiernos. Es decir, pese a los consejos de mantener el trabajo decente y registrado, en las últimas tres décadas avanzaron como la peste la flexibilización laboral, el trabajo precario, la brutal exclusión y la metamorfosis de las organizaciones obreras como gestoras de las reivindicaciones más inmediatas y no como verdaderas usinas de subjetividad de los asalariados.
A la par que se establece a escala mundial el trabajo basura, los Estados avanzan en la destrucción –a veces por goteo, a veces brutalmente– de los sistemas de seguridad social. Quizá el paradigma más fuerte de esto lo constituye el gran programa alimentario de la India que es, a la vez, un gran recurso de inclusión y una asimilación feroz a las necesidades de las multinacionales, tanto indias como de los países centrales. En 2013, las autoridades de ese país, que integra la elite de las naciones que saltaron a las grandes ligas –junto a Brasil, Rusia, China y Sudáfrica– destinaron un presupuesto monumental para vender diez veces más barato trigo a la mitad de los hogares urbanos y al 75% de los hogares rurales. Cuando el parlamento aprobó este proyecto, la mandataria Sonia Ghandi dijo que podía cumplirse uno de los grandes sueños de su marido, el ex primer Rajiv Gandhi, asesinado en 1991. Las calorías que brindan los kilos de trigo a millones de indios no son suficientes como para borrar la imagen de los barrios pobres que están al lado de los impresionantes edificios de oficinas de las transnacionales indias.
Si algún dato es necesario para completar un panorama desalentador para los pobres del mundo, es preciso mencionar que la generación de puestos de trabajo es inversamente proporcional al desarrollo de los procesos robotizados de las principales industrias. Los gerentes financieros de las compañías prefieren, sin dudas, a los robots que a los obreros. Las máquinas, mal llamadas inteligentes, no tienen corazón ni hacen huelgas.
Argentina para armar. Antes de entrar en el momento árido que vive nuestro país, vale la pena destacar que Argentina tiene el coeficiente más elevado de sindicalización del continente latinoamericano. Y no solo eso. Pese a las contrarreformas, el sistema de seguridad social se mantuvo y mejoró pese a la atmósfera reaccionaria y deshumanizante que atraviesa el planeta. Cabe mencionar que el sociólogo francés Robert Castel, una eminencia internacional en materia de seguridad social, visitó muchas veces la Argentina y reivindicó lo hecho en estas latitudes. Castel, que murió en marzo de 2013, era muy escéptico acerca de la posibilidad de reconstruir un escenario de defensa de los trabajadores pasivos con las actuales políticas impositivas regresivas y el avance de la exclusión laboral y social. En todas las oportunidades que visitaba el país, Castel participaba de actividades organizadas por el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, y sus conferencias resultan un material invalorable para comprender cuáles son las maneras de avanzar en un escenario adverso para los sectores obreros de la relación de fuerzas internacional.
Lo precedente no sirve de excusa a la voraz mercantilización de la sociedad argentina ni tampoco a los errores y omisiones del Gobierno en una cantidad de temas que afectan directamente los intereses obreros y populares. El acercamiento a los organismos financieros de crédito, al acercamiento con multinacionales alimentarias, semilleros, petroleras, financieras o mineras no es ajeno a lo que otros movimientos políticos de origen popular realizan en este castigado continente latinoamericano. Y pese a la importancia trascendental de la vigencia democrática, también hay abusos y negligencias del Estado que no pueden justificarse sólo por el ambiente que se vive.
El Indec. El pasado miércoles 23, tal como figuraba en el cronograma del organismo nacional de estadísticas, debían darse a publicidad los indicadores de pobreza e indigencia correspondientes al segundo semestre de 2013. Los del primer semestre, absolutamente no creíbles, daban 4,7% de hogares pobres y 1,4% de hogares indigentes. El día anterior, martes 22, directivos del Indec fueron a la sede de Economía y se reunieron con las autoridades. No hubo información pública del encuentro. Lo único público es que se postergaron, sin fecha precisa, los datos de la última mitad del año pasado. Es cierto que hay cuestiones técnicas, relativas al empalme de la metodología vigente hasta el 31 de diciembre de 2013 y la iniciada desde el primer día de 2014 para ponderar el costo de la Canasta Básica Alimentaria y la Canasta Básica Total, que son los dos pilares para medir pobreza e indigencia.
Ahora bien, los datos que debían brindarse no requerían de los nuevos parámetros. La realidad es que las cifras no deben ser muy distintas de 4,7% y 1,4%. Está claro que la sociedad no hubiera tolerado cifras por el estilo. Tampoco debería creerse que sí tolera el silencio en este tema sensible. Además, el Indec tampoco publica cuáles son los valores actuales de ambas canastas. Podrá argumentarse, con cierto grado de credibilidad, que apenas pasaron tres meses y que pueden estar haciéndose ajustes en los cambios técnicos. Aunque las diferencias políticas entre el Gobierno Nacional y el porteño sean grandes, el trabajo estadístico del organismo de la Ciudad no difiere mucho de los nuevos parámetros del Índice de Precios al Consumidor del Indec. Al respecto, la canasta alimentaria de la Ciudad en marzo resultó de 3.834,73 pesos. Una estimación provisoria, con estos datos disponibles permitiría proyectar –en la Ciudad de Buenos Aires– que entre el 20 y el 25% de los porteños están bajo la línea de la pobreza mientras que los indigentes serían cerca del 5% de los habitantes del conglomerado urbano más rico de la Argentina. Cuando todavía no se terminaron de cerrar algunas convenciones colectivas, quizás en el Gobierno haya primado la idea de no tirar leña al fuego. Ante la falta de explicaciones es inevitable hacer conjeturas. Pero el riesgo es que la falta de explicaciones alimenta las peores conjeturas.
Distribución del ingreso. Históricamente, en la Argentina se tomó el porcentaje de la renta anual correspondiente a los asalariados como un parámetro para evaluar la justicia social. De acuerdo a las mediciones del Indec, en 2001, los asalariados tuvieron el 42,1% de la renta; en 2002, cayó bruscamente a 34,6%; en 2003, cayó levemente al 34,3%; luego fue recuperándose y en 2007 superó la medición de 2001, llegando al 42,9%; en 2008, los asalariados tuvieron el 43,6% del total producido en la Argentina. Hasta allí los datos oficiales. Hacia finales de 2013, el Centro de Investigación y Formación (Cifra) de la CTA orientada por Hugo Yasky dio sus propias estimaciones sobre distribución del ingreso. Según estudios dirigidos por Eduardo Basualdo y Pablo Manzinelli, en 2012 la participación de los asalariados se situaba en el 39% del PBI mientras que sus estimaciones para 2013 lo elevaba a 40%. Es decir, en los parámetros de los años precedentes a la crisis de 2001, lo cual muestra recuperación pero no más que eso. No se registró una transformación en esta materia. Hubo sí, como dato importante de los primeros años del kirchnerismo, creación de empleo del sector privado. Luego, las nuevas fuentes de trabajo fueron creadas por el sector público.
Es inevitable, tal como se señala al principio de este artículo, reparar en la globalización del capital. Los altos niveles de concentración y extranjerización tienen estrecha relación con la falta de interés del sector privado concentrado. Las grandes empresas ocuparon su capacidad ociosa pero lejos de invertir en el país aumentaron las remesas de utilidades al exterior y acompañaron el proceso de fuga de capitales de una magnitud impresionante en la Argentina de los últimos siete años. El Gobierno eligió poner el acento en sus logros, algunos de ellos hoy puestos en duda por la poca transparencia de las estadísticas oficiales. En la actualidad, aunque la situación económica no sea dramática, hay inflación alta, hay caída de la producción y hay conflictividad social. La información clara no debe asustar ni deprimir. En todo caso, las conductas que despiertan las noticias –buenas o malas– no pueden anteponerse ni a las obligaciones institucionales ni a la certeza de que los pueblos que maduran son los que asumen su realidad en forma colectiva, con valentía, con compromiso y con metas precisas, aunque estas metas no siempre sean ambiciosas.
Marchas, bloqueos y diálogo. El 1º de mayo, en la Plaza de Mayo, tendrá lugar una marcha de los sectores de izquierda adversos al Gobierno, cuya convocatoria corre por cuenta del Partido Obrero y sus aliados en el Frente de Izquierda. Son partidarios de llamar a un nuevo paro general. La CTA dirigida por Pablo Micheli convoca a una marcha para el 8 de mayo, una semana después. Hugo Moyano y Luis Barrionuevo llamaron a marchar el 14 de mayo. Aunque el proyecto de ley de limitar la protesta social haya salido, de momento, de la agenda oficial, es evidente que dentro del oficialismo hubo quienes creyeron oportuno avanzar en un terreno que en vez de abrir puentes de negociación, parecían destinados a remarcar la autoridad pública a través de la judicialización o la presión policial.
Es inevitable hacer una referencia a que toda esta semana transcurrió con un bloqueo del sindicato de camioneros. Las siete plantas industriales de Ternium Siderar de la provincia de Buenos Aires (San Nicolás, Ramallo, Ensenada, Canning, Florencio Varela y Haedo) más dos de Siderca (Campana y Valentín Alsina) estuvieron –y están hasta el cierre de esta edición– bloqueadas por camiones que impiden la salida de productos de la empresa y la entrada de materias primas. Si bien los trabajadores y técnicos entran y salen normalmente, los piquetes impiden el despacho de producción. El conflicto es por la reincorporación de 17 trabajadores que están en el ámbito del sindicato de Camioneros. El grueso de obreros de Techint son afiliados metalúrgicos y pese a que Pablo Moyano dijo que éstos “se solidarizan” con el conflicto no hubo ningún comunicado en tal sentido, ni de la UOM nacional ni de las seccionales afectadas por los bloqueos. Moyano carga, sin nombrarlo, contra Antonio Caló, un aliado inestable del Gobierno. Pero, sin sutileza, cargó contra “los pibes” de La Cámpora, porque “están en el directorio de las empresas de Techint”. Es cierto que, por las acciones en manos del Estado, hay directores nombrados por el Ejecutivo. Sin embargo, es descabellado tanto el bloqueo como el ataque en cuestión. En todo caso, es un síntoma del poder acumulado por algunos dirigentes gremiales con capacidad empresaria y de movilización gremial al mismo tiempo.
El caso de Moyano (padre) es quizá uno de los capítulos más apasionantes y menos estimulantes. Con el prestigio ganado en los noventa, Hugo Moyano y el transporte automotor ganaron privilegios increíbles en la órbita del transporte. Al punto que el sindicato de Camioneros llegó a tener el 6,6% de las acciones del Belgrano Cargas, uno de los trenes hundido durante el menemismo y que en estos años se recuperó de la mano de las grandes empresas porque es el tren de la soja. Si la dirigencia política, a través de un debate parlamentario postergado, no se brinda a tratar en el Congreso un ordenamiento democrático de la actividad sindical, es posible encontrarse con dirigentes que, por 17 trabajadores en conflicto, tomen una medida de semejante calibre. No hay proporción alguna entre este bloqueo y los graves problemas sociales que viven millones de personas que sólo pueden subirse a un tren y trabajar a destajo o salir a revolver tachos de basura, como hacen miles y miles de habitantes de las villas y asentamientos precarios.
El kirchnerismo y la evolución de las especies
Año 7. Edición número 310. Domingo 27 de Abril de 2014
Por Jorge Giles
argentina@miradasalsur.com Opinión
Confesamos que en una primera versión esta nota portaba de título: “El gorilismo y la involución de las especies”.
Año 7. Edición número 310. Domingo 27 de Abril de 2014
Por Jorge Giles
argentina@miradasalsur.com Opinión
Confesamos que en una primera versión esta nota portaba de título: “El gorilismo y la involución de las especies”.
Pero como somos optimistas empecinados preferimos este título más esperanzador y constructivo.
Además, hoy es domingo 27 de abril, el mismo día que Néstor Kirchner inició en el año 2003 el camino ascendente que hasta hoy continúa.
Que el recuerdo de aquella jornada nos dé la perspectiva histórica.
La corrección política nos lleva a reafirmar el concepto positivo que nos merece la unidad de sectores diferentes en un solo espacio opositor de derecha.
Decimos entonces alborozados: “Ahora sí se podrá competir claramente entre un espacio de centroizquierda y otro de centroderecha”.
De un lado, el movimiento nacional, popular y democrático que lidera Cristina Fernández de Kirchner.
Del otro, el espacio neoaliancista que se acaba de conformar, llamativamente, sobre el escenario de un teatro y en los estudios de TN y que viene a sumarse a los espacios ya conformados por las huestes de los dirigentes de derecha, Mauricio Macri y Sergio Massa.
Es decir, que mientras el centroizquierda presenta un escenario unificado que gobierna el país con un claro liderazgo, la derecha es un archipiélago con tres islotes flotantes: el Faunen, el massismo y el PRO.
Así, al menos, es hasta ahora.
Todo bien.
Pero ¡ay!... el alma y el cuerpo dicen otra cosa.
Porque no se escuchan palabras opositoras que alienten a creer o suponer que todo lo logrado en estos últimos años se podrá sostener si gana esa derecha que ya no pugna por encontrar su destino. Nos queda en claro, por lo que ellos mismos declaran, que su destino manifiesto es la ruptura de la cadena evolutiva de la sociedad para volver hacia atrás uno por uno los eslabones que forjamos colectiva y esforzadamente en este nuevo siglo.
Que nadie se equivoque. No se trata de apoyar o derrotar al peronismo kirchnerista. Se trata de empujar o de trabar las aspas del molino que construyó el kirchnerismo en estos 11 años para que podamos tener estos vientos que hoy despeinan la melena de los chicos en las plazas del barrio y en el patio de la escuela, la melena de los jóvenes saltando alegres al compás del Indio Solari y la melena de la abuela meciendo su justa movilidad jubilatoria como nunca antes.
El alma y el cuerpo no se equivocan: la fragmentada oposición sigue unida al cordón umbilical del país neoliberal y corporativo y el sólo hecho de pensar que podrían volver a gobernar, nos hace correr un frío de espanto y desolación que va del cuello hasta el huesito dulce de la parte de atrás.
Usted me entiende.
Mientras esto ocurre, la militancia nacional y popular hoy debatirá en el Mercado Central las próximas tareas por venir. Esta actividad, como las que continuarán luego, es demostrativa de que si algo irrumpió como una novedad creciente en esta década, junto a los logros del Gobierno, es precisamente la musculatura organizativa y participativa del proyecto.
La militancia kirchnerista debatirá el futuro, anuncian en la convocatoria. Es todo lo contrario de períodos anteriores donde el Gobierno que se despedía, a esta altura del partido, preparaba las valijas, ordenaba el archivo, realizaba un balance llenando las columnas del debe y el haber, hacía la plancha y a otra cosa mariposa.
Y entonces vale la pregunta: ¿cuál es la diferencia sustantiva entre el kirchnerismo y los demás espacios de la política?: la existencia de un proyecto de país. Y es precisamente eso lo que está en debate en la Argentina.
En la orilla de enfrente, la alianza recientemente conformada por el radicalismo y el socialismo, más pequeñas fuerzas residuales de la vieja política, tienen por el momento encerrada bajo siete llaves la fiera de la discordia que los dañará ni bien abran la boca. Ni hablar de plenarios conjuntos. Ya empezó a suceder con las estocadas de Carrió y las respuestas que recibió de sus aliados. Es absolutamente falso el planteo de algunos analistas acerca de que la piedra de la discordia de este nuevo espacio de la derecha pacata se llama “Macri sí o Macri no”.
La piedra de la discordia está en su propia barriga.
Por eso no pueden más que consensuar un manifiesto leído en el acto de lanzamiento, porque cuando hablan de a uno, se convierten rápidamente en autitos chocadores.
Honremos la memoria.
Era el 27 de abril de 2003. Cuando llegó la noche, con los resultados ya consolidados, un Néstor más que emocionado decía desde la Casa de Gobierno de Santa Cruz, en su Río Gallegos:
“La Argentina, luego de muchísimo tiempo, quedará ante dos modelos claros de país: el del ajuste, la exclusión, el que endeudó a la Argentina, y el modelo de la producción, el trabajo y la estabilidad, que no es propiedad de partido alguno, ni de quien les habla. Convocamos a todos los argentinos a construir un modelo de igualdad… No voy a hablar de alianzas, la alianza fundamental es con el pueblo argentino; es hora de respetar la memoria de los argentinos”.
Lo que vino después es conocido. Menem arrugó ante la segunda vuelta y se volvió a su casa en Anillaco dejando en orfandad casi definitiva a sus fieles seguidores.
Y Kirchner ganó, como dice Cristina, con más desocupados que votos.
El país era otro.
El 25% de la población económicamente activa estaba desocupada; el Banco Central tenía apenas 8 mil millones de dólares de reservas y 46.000 predios rurales de la pampa húmeda estaban hipotecados. Sólo para indicar tres referencias dramáticas.
Si Ernesto Laclau, el respetado académico que recientemente nos dejó, ligó la teoría política con el psicoanálisis de Lacan, no sería disparatado ligar la teoría de la evolución de Charles Darwin con lo que viene ocurriendo en la sociedad argentina.
O sea.
El kirchnerismo sería algo así como la demostración empírica, institucional y cultural de la evolución de la especie humana; mientras que el gorilismo, en cualquiera de sus renovadas facetas, es la demostración de que siempre es posible involucionar.
Por suerte, es la evolución la que está en nuestra naturaleza. Y no su contrario.
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