Viernes, 24 de octubre de 2014
Señalan al represor Marino González como el jefe de una de las patotas
La testigo María Luz Piérola dejó entrever que el militar absuelto por robo de bebés dirigía los interrogatorios con nombres de guerra. Lo hizo durante la séptima audiencia de la Causa Área Paraná. También ratificaron testimonio Néstor Zapata y Federico Hayy.Leandro Ríos, juez de la causa.
Señalan al represor Marino González como el jefe de una de las patotas
La testigo María Luz Piérola dejó entrever que el militar absuelto por robo de bebés dirigía los interrogatorios con nombres de guerra. Lo hizo durante la séptima audiencia de la Causa Área Paraná. También ratificaron testimonio Néstor Zapata y Federico Hayy.Leandro Ríos, juez de la causa.
Marcelo Comas
De la Redacción de UNO María Luz Piérola, una de las tres testigos que pasó este viernes por el recinto de los tribunales federales, aportó nuevos elementos que pueden resultar significativos en el desarrollo de la causa Área Paraná. Además de los diferentes tormentos a los que fue sometida mientras estuvo en cautiverio, en su relato la dirigente de Derechos Humanos señaló con nombre y apellido a uno de los represores que habría encabezado el operativo que culminó con su secuestro en Concordia, el 25 de febrero de 1977. Según la testigo el jefe de la patota, quien ante sus pares se hacía llamar “Ramiro o Raúl”, se llamaría Marino González.
Sin dudar de su afirmación, remarcó: “Lo nombro como la persona que nos fue a buscar a Concordia”. Aseguró que pudo reconocerlo por el tono de su voz, como uno de los imputados de la causa Hospital Militar, por robo de bebés y sustitución de identidad, donde terminó absuelto.
“En el Donovan -en referencia al club de polo de Concordia- me interrogaron, me violaron y estaba ese tal Raúl o Ramiro; esa voz siempre estaba”, precisó. Este fue el momento de mayor relevancia durante la séptima audiencia pública del plenario de la Causa Área Paraná, en la que se escucharon los testimonios de otros dos expresos políticos que
ratificaron sus declaraciones dadas anteriormente.
La titular del Registro Único de la Verdad hizo una cronología de su trayectoria como militante, su secuestro y los maltratos a los que fue sometida mientras estuvo privada de su libertad. Negó que haya sido interrogada por un Consejo de Guerra, aunque dejó entrever que “pude ser evaluada por nuestros dueños en ese momento”.
Recordó que a los 17 años repartía su tiempo entre la escuela Secundaria y la militancia en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) junto a Mario Menéndez y Eduardo Germano. Mencionó que todas esas actividades se vieron truncadas por el raid de secuestros que tuvo como protagonistas a sus hermanos Álvaro y Fernando, entre agosto y octubre de 1976. En esa época, otro de sus familiares, Gustavo, se vio obligado a exiliarse con su familia en Brasil.
“Nos empezamos a guardar, porque había una inseguridad total”, apuntó. A ella la detuvieron durante la noche de febrero de 1977, en una casa que compartía en forma clandestina con Beatriz Pfeiffer en Concordia, hasta donde llegó luego de un periplo que también incluyó la provincia de Buenos Aires. Contó que ambas fueron trasladadas a Paraná, primero a la zona del programa Prohuerta, en el centro clandestino ubicado en el predio de Lebhensonn y Don Uva, luego al Escuadrón de Comunicaciones y finalmente se decidió su traslado a la Unidad Penal Femenina N° 6. En ese vehículo también se encontraba Juan Uranga. En Don Uva estuvo con Osvaldo Emilio Feresín. Cuando pasó a la Unidad Penal, automáticamente dejó de estar clandestina y desaparecida.
La referente de DDHH no pudo evitar las lágrimas durante varios tramos de su relato, sobre todo cuando se refirió a los repetidos abusos sexuales de los que fue víctima. Señaló como responsables de esos aberrantes episodios a Osvaldo Luis Conde, jefe de la delegación local de la Policía, y a quien se hacía llamar Ramiro o Raúl, quien estaba a cargo de la patota que la secuestró en la Capital de Citrus. “Lo reconozco -por Conde- recién cuando salgo en libertad”, manifestó. Es que en tres momentos cronológicos diferentes, el policía había sido partícipe en el secuestro de Álvaro, estuvo durante su detención en Concordia y en una reunión familiar que se produjo luego de haber recuperado la libertad. Admitió -con encomiable entereza- que las violaciones se consumaron en Concordia.
En su declaración reveló que mientras permaneció recluida en la cárcel de mujeres, entre febrero y octubre de 1977, era traslada con frecuencia a la Unidad Familiar ubicada en la Unidad Penal N°1, para ser sometida a sesiones de tortura. A los mismos castigos era sometida Beatriz Pfeiffer, su compañera de celda en la prisión.”Volvía dos horas después; me buscaban en un auto y me devolvían en el mismo vehículo”, graficó. De su paso por la unidad carcleria recordó cuando con su compañera, apilaban mesitas de luz para observar hacia el exterior. Varios de sus amigos se enteraron que de esa forma la podían saludar, entonces llegaban hasta esa zona de la ciudad para demostrarle su cariño a la distancia.
“Una vez pasó Héctor Aníbal Jozami y la celadora que vivía al lado de la cárcel hizo que lo detuvieran por saludar a una amiga. Incluso una noche me sacaron del penal para preguntarme quien era el Turco”, indicó.
María Luz Piérola fue liberada el 8 de octubre de 1977, aunque remarcó que tenía una “libertad condicionada”, ya que no le permitían salir de Paraná. Esa medida se extendió durante un año. Incluso durante mucho tiempo tuvo que presentarse en la sede del Comando a rendir cuentas de sus actos. “El general (Juan Carlos) Trimarco nos apretaba y nos daba recomendaciones. De la misma forma, un Falcón nos controlaba en la puerta de mi casa”, advirtió.
Por último, pidió leer una carta que le había escrito su compañero Mario Menéndez, cuando todavía permanecía en cautiverio.
Testigo señaló a Appiani como uno de los torturadores
Federico Emilio Hayy ratificó sus dos anteriores declaraciones testimoniales prestadas en 1984 y 1987. Dijo ante el juez Leandro Ríos que compareció ante el Consejo de Guerra, que integraban el coronel Carlos Patricio Zapata, el capitán Alberto Rivas y Jorge Appiani, a cargo de la Instrucción. Lo definió “como una parodia” que lo interrogó sobre sus conocimientos sobre armamentos y explosivos. “Fui detallando cada uno de ellos y su funcionamiento”, explicó en la sala. Sobre la participación de Appiani en ese supuesto Tribunal manifestó: “Se encargó de la instrucción, declaración y tortura”.
Hayy reconstruyó el día de su detención, que estuvo signada por la violencia extrema. Recordó que a fines de agosto de 1976 fue trasladado hasta la sede de la Policía Federal y fue golpeado salvajemente por el titular de la fuerza, Osvaldo Conde. Al mismo tiempo que se consumaba el ataque, el agresor le decía a modo de amenaza: “Te voy a matar montonero”.
Desde allí fue trasladado hasta los calabozos del Escuadrón de Comunicaciones, donde reconoció las voces de varios de sus compañeros detenidos. Entre ellos se encontraban Fernando Caviglia, “Pico” Silva, entre otros. En su relato surgió el nombre del desaparecido “Coco” Erbetta, quien según el comentario de sus compañeros había sido trasladado una noche desde ese lugar con destino desconocido. “Después de un mes nos llevan a la cárcel, donde lo encontré a Manuel Ramat, quien me mostró que lo habían picaneado en los testículos”, precisó.
Asimismo mencionó que Appelhans, el director de la Unidad Penal N°1 en ese momento, estaba en conocimiento de que en la unidad se practicaban torturas. Hayy dijo que el arzobispo de Paraná Adolfo Servando Tortolo decidía las personas que eran secuestradas y las que podían salir. Volvió a referise al imputado a Appiani, aludiendo a su participación en el Consejo de Guerra. Explicó: “Él me hizo firmar la declaración. Me sacó la capucha, se hizo conocer, me dijo que me iba a sacar de la cárcel”. Además describió su contextura física: “Era un físico mediano, carilindo, reconocíamos su voz. Andaba de camisa y pantalón militar; era abogado”, subrayó. Indicó que en ese momento una persona que estaba con Appiani le dijo: “Te entregó tu compañerito Claudio Fink”.
Sobre Fink -militante detenido y desaparecido- precisó que era empleado de Rentas y militante de la Juventud Peronista. “Fue varias veces a mi casa; cuando llegamos a la cárcel me comentan: “Me parece que Claudio no vuelve más”.
“Hubiera querido que este juicio tuviera otro procedimiento ¿Por qué inventan esa guerra que no existió? No justifica ni el genocidio ni los desaparecidos ¿Qué hicieron con los desaparecidos y los bebés que perdieron la identidad. Queremos que se haga justicia".
Néstor Antonio Zapata, el tercer testigo de la séptima audiencia, pasó por el recinto de calle 25 de Mayo. El diamantino se tomó su tiempo para repasar sus anteriores declaraciones testimoniales, lo que provocó una considerable demora en el desarrollo del juicio. Afirmó que ante el Consejo de Guerra lo hicieron firmar bajo amenaza y torturas. Indicó que Appiani participaba de esos simulacros de juicios, como así también el oficial Alberto Rivas y el teniente coronel Carlos Patricio Zapata.
Su detención se produjo el 17 de junio de 1975, por un grupo de Investigaciones, que lo trasladó a la comisaría de Diamante. Luego fue conducido a la Jefatura de la Policía de Entre Ríos. “Allí me interrogaron el subcomisario Roldán y el sargento Alzugaray: me tuvieron hasta las 4 de la madrugada”, aseguró. Zapata dijo haber estado en la comisaría 3ª, hasta recalar en la Unidad Penal N° 1 de Paraná. Durante noviembre de 1976 lo retiraron para trasladarlo al Escuadrón de Comunicaciones. Desde allí lo llevaron a un lugar que identificó como la Casita de la Base, donde fue sometido a diferentes vejámenes y tormentos.”En la UP1 me di cuenta que orinaba sangre: pedí ir a la enfermería, donde estaba el doctor (Hugo Mario) Moyano y el enfermero Altamirano. Él me mandaba analgésicos”, aportó.
Sobre su estadía en la II Brigada de la Base Aérea manifestó: “La casa tenía rejas, casas tipo chalet, estilo gótico. Estuve en un rincón todo el tiempo, así estuve los ocho días. Recuerdo el ruido del paso de los Canberra, se escuchaban perdices y los pajaritos”.
Fuente:DiarioUnoER
24/10/2014
La Memoria
CAUSA : Área Paraná
Dos mujeres relataron el horror que enfrentaron durante la dictadura militar
Por: Afredo Hoffman
Hilda Richardet y Oliva Cáceres, víctimas del terrorismo de Estado, declararon este jueves en la causa Área Paraná y brindaron detalles de las crueldades cometidas por los represores.
Hilda Susana Richardet y Oliva Leonor Cáceres, ambas secuestradas durante la última dictadura cívico-militar, relataron al juez federal Leandro Ríos los crueles maltratos a que fueron sometidas por parte de policías y militares, la falta de atención médica de las heridas que sufrieron y la responsabilidad de muchos de los imputados en torturas físicas y psicológicas, privaciones ilegales de la libertad, apremios ilegales y abusos. Como en los anteriores testimonios, el nombre del represor Jorge Humberto Appiani se oyó muchas veces en la sala; también el de la exdirectora de la cárcel de mujeres de Paraná, Rosa Susana Bidinost, el del médico del Servicio Penitenciario, Hugo Mario Moyano, y el apodo por el que se hacía llamar el torturador más siniestro de todos: un tal Ramiro.
La Memoria
CAUSA : Área Paraná
Dos mujeres relataron el horror que enfrentaron durante la dictadura militar
Por: Afredo Hoffman
Hilda Richardet y Oliva Cáceres, víctimas del terrorismo de Estado, declararon este jueves en la causa Área Paraná y brindaron detalles de las crueldades cometidas por los represores.
Hilda Susana Richardet y Oliva Leonor Cáceres, ambas secuestradas durante la última dictadura cívico-militar, relataron al juez federal Leandro Ríos los crueles maltratos a que fueron sometidas por parte de policías y militares, la falta de atención médica de las heridas que sufrieron y la responsabilidad de muchos de los imputados en torturas físicas y psicológicas, privaciones ilegales de la libertad, apremios ilegales y abusos. Como en los anteriores testimonios, el nombre del represor Jorge Humberto Appiani se oyó muchas veces en la sala; también el de la exdirectora de la cárcel de mujeres de Paraná, Rosa Susana Bidinost, el del médico del Servicio Penitenciario, Hugo Mario Moyano, y el apodo por el que se hacía llamar el torturador más siniestro de todos: un tal Ramiro.
Fue la sexta audiencia del plenario de la megacusa Área Paraná, que se lleva adelante con presencia de público y medios de prensa en la sala de la Cámara Federal de Apelaciones, en 25 de Mayo 256. Los que eligen no estar presentes son los ocho imputados que tiene la causa: José Anselmo Appelhans, Carlos Horacio Zapata, Cosme Ignacio Marino Demonte, Alberto Rivas, Oscar Obaid, Appiani, Bidinost y Moyano.
Hilda Richardet fue detenida en su lugar de trabajo, en Diamante, el día 6 de diciembre de 1976, por un grupo de personas entre quienes se encontraba el policía Francisco Luis Armocida (separado del juicio por razones de salud) y el tal Ramiro. Fue conducida a la Jefatura Departamental de Policía. Luego de un viaje en automóvil de 30 a 40 minutos, la obligaron a descender, encapuchada y esposada, y la condujeron a un lugar donde comenzó a sufrir torturas con picana eléctrica, amenazas y salvajes vejaciones de todo tipo.
Luego fue llevada a los calabozos de los cuarteles de Paraná y de allí a la Unidad Penal 6. Fue obligada a firmar documentos y fue llevada ante un Consejo de Guerra que realizó una parodia de juicio.
“Vi cosas terribles, de un sadismo tremendo. Las compañeras que estaban detenidas desde antes que yo sufrieron incluso más que yo. Torturas delante de familiares, cosas tremendas”, expresó.
En el primer lugar donde sufrió tormentos fue revisada por alguien que parecía tener conocimientos médicos pero que no pudo identificar. Le miró las heridas de la picana con una linterna y le dijo: “Si salís viva de acá hacete ver esos pechos, porque podés tener problemas el día de mañana”. Ella le pidió agua, pero el hombre se lo negó ya que –le explicó– podía provocarle un paro cardiaco por la descarga eléctrica que había recibido. T
También le pidió, temblando, la medicación que necesitaba tomar para el tratamiento de su epilepsia. “Ya vamos a ver qué hacemos”, le contestó el hombre.
Allí ella escuchaba siempre la voz de Ramiro en las torturas. Lo escuchaba también hablar por un equipo de radio. Oía ruido de aviones cercanos y los gritos permanentes de personal militar: “Acá está la guerrillera. Hay que matarla”. En ese lugar apareció alguien que se paró delante de ella. Le vio los borceguíes. El hombre le levantó la capucha, vio el color de su pelo y le dijo: “Qué hacés, Colorada, acá”. Después sentía el sonido de una máquina de escribir y risas y burlas. “¿Y a esta pelotuda qué nombre de guerra le ponemos?”, preguntó uno. “Ponele Colorada”, contestó otro. Así armaban las declaraciones falsas. Ni Ramiro ni el que le inventó el apodo tenían tonada entrerriana; más bien parecían porteños o rosarinos.
Al llegar a la UP 6 la atendió el médico Moyano. Ella le mostró los hematomas en su cuerpo. Ante una pregunta de la abogada representante de la organización H.I.J.O.S., Florencia Amore, precisó luego que el hombre le preguntó qué tenía en el pecho. “Picana”, respondió. “No es nada, está todo bien”, exclamó el otorrinolaringólogo imputado y se retiró sin tomar ninguna medida y omitió denunciar lo que había visto.
Un día, en la oficina de la directora del Penal, apareció Ramiro a cara descubierta. “Firmá esto o te llevo y te hago lo mismo que antes”, le advirtió. Richardet firmó el papel sin posibilidad de leer nada.
A Appiani lo conoció cuando se apersonó en la cárcel con la lista de defensores que ella debía elegir como acusada ante el Consejo de Guerra. Se presentó como “auditor” de ese tribunal militar. Cree que era la voz de él la que la obligó a firmar otro papel, en otra oportunidad, en la Casa del Director de la Unidad Penal 1. Estaba encapuchada y con el caño de un arma apoyada en la cabeza. “¿Así que vos sos Pepita la pistolera? Firmá porque te va a ir mal. Mirá todo lo que hiciste”, le advirtió. Volvió a ver a Appiani cuando se sustanció el Consejo de Guerra en la sede del Comando de Brigada, en enero de 1977.
Daba directivas, se notaba que se manejaba como una autoridad.
El ruido de la picana
Oliva Cáceres fue detenida la madrugada del 24 de marzo de 1976 en Diamante. Luego de pasar por la Departamental de Policía fue llevada junto a otros detenidos a los cuarteles del Ejército en Paraná. Luego fue trasladada a la UP 6 antes de ser enviada a la cárcel de Devoto. De la Unidad Penal 6 de Paraná era sacada a sesiones de torturas en una construcción precaria que denominó “tapera”, ubicada en zona descampada. Allí estuvo durante diez días esposada de pies y manos al elástico de una cama. Debió presenciar incluso torturas hacia su padre, también detenido. La testigo relató, ante el juez, las partes y el público, cómo manejaban la picana los represores. La voz de Ramiro estaba allí presente.
“Lamento que no esté presente Bidinost, que era la persona que nos entregaba (a los traslados a las sesiones de tortura). Ella abría la puerta para que nos encapucharan antes de llevarnos y la volvía a abrir cuando regresábamos”, dijo mencionando a la directora del penal femenino. “Ella nos veía llegar hechas percha; lastimadas, ultrajadas, quemadas. Si ella estuviera acá tendría la oportunidad de decir quién le daba las órdenes”, manifestó.
Apeló también a todos imputados, ausentes en la sala, a que aporten lo que saben a “la verdad histórica”, para que se esclarezca el destino de los desaparecidos y “puedan mirar a los ojos a su propia familia”.
“El ruido de la picana no se olvida. Las voces no se olvidan. El olor de la mugre no se olvida”, sostuvo Cáceres, a quien hasta hace poco el sonido del torno del dentista la hacía retroceder a aquellos momentos. “Las voces son incofundibles. La de Appiani y la de Ramiro las tengo acá –dijo señalándose la cabeza– porque ellos se encargaron de dejármelas grabadas a fuego”. Appiani, como cuentan casi todas las víctimas, la hacía firmar declaraciones encapuchada y bajo amenazas. Y lo vio actuando a cara descubierta en los Consejos de Guerra.
Fuente:DiarioJunio
DERECHOS HUMANOS.
Tres sobrevivientes de la dictadura declararon en el juicio
Delitos sexuales, otra forma de tortura de los represores
Una exdetenida narró las violaciones a las que fue sometida estando en cautiverio en un centro clandestino de detención. El desgarrador testimonio puso en el tapete una discusión sobre la perspectiva de género y la forma en que deben ser analizados los delitos sexuales. El juicio escrito continúa el lunes con la declaración de otros tres expresos políticos.
Sábado 25 de Octubre de 2014
La discusión sobre la violencia sexual bajo la represión surgió en el juicio escrito.
Las investigaciones de las graves violaciones a los derechos humanos cometidas durante la última dictadura cívico-militar han permitido determinar una metodología criminal que incluyó el secuestro de personas y su alojamiento en condiciones deplorables en centros clandestinos de detención, donde permanecían encapuchadas, sin alimentación, privados de toda higiene y donde además padecían amenazas, golpes, vejaciones y tormentos.
Las violaciones sexuales también fueron una práctica sistemática, pero quedaron de alguna manera soslayadas en los procesos de justicia. Las víctimas muchas veces han minimizado sus padecimientos personales frente al trato que sufrieron sus compañeros de militancia durante la represión ilegal y, en el caso de los delitos sexuales, muchas veces han sido ocultados, frente a la prioridad que significa conocer el destino de los desaparecidos.
Lo cierto es que aun luego de la reapertura de las causas, el criterio adoptado por los
tribunales respecto de los crímenes sexuales cometidos en el ámbito de la represión ilegal fue que se calificaran como imposición de tormentos.
La perspectiva de género permite hoy analizar el impacto de esos abusos en forma diferenciada e independiente dentro de las torturas a que fueron sometidos los detenidos políticos en las cárceles de la dictadura, tanto hombres como mujeres.
La discusión sobre la violencia sexual bajo la represión surgió ayer en la sala de audiencias de la Cámara Federal de Apelaciones, donde se sustancia el juicio escrito por los crímenes cometidos en la denominada Área Paraná.
LA VIOLACIÓN. María Luz Piérola, una ex presa política y sobreviviente de la dictadura, relató que cuatro personas la violaron en un predio del Ejército, que luego reconoció como el Donovan Polo Club de Concordia, y señaló al jefe de la Policía Federal, Osvaldo Luis Conde, como uno de ellos.
Tenía 18 años cuando fue secuestrada el 25 de febrero de 1977. Una patota irrumpió de noche en la casa que compartía con su pareja, Mario Menéndez –que no estaba en ese momento–, y Beatriz Pfeiffer. Los integrantes del grupo de tareas golpearon, encapucharon y se llevaron a las dos mujeres hasta una casita que había dentro del regimiento que comandaba Naldo Miguel Dasso.
–Ahí me desnudan, me interrogan y me violan cuatro personas– relató ayer ante una sala repleta y en un clima de hondo dramatismo y emoción.
Conde era el jefe de la Delegación Paraná de la Policía Federal y lideraba la patota que la secuestró. También había estado en la casa de sus padres, junto con Juan Carlos Trimarco, el jefe de la represión en la provincia, cuando secuestraron a su hermano Álvaro.
“Era impresionante la baba que tenía, un asco, parecía un animal rabioso”, recordó. Sin embargo, no lo reconocería sino hasta unos meses después, ya liberada, cuando volvió a presentarse en su casa, pero acompañando a su pareja, una docente amiga de su madre.
Luego fue alojada en una pequeña habitación, esposada de pies y manos al elástico de una cama con flejes de metal y sometida a pasajes de corriente eléctrica por una patota que encabezaba una persona que se hacía llamar Ramiro o Raúl. “Ahora vas a ver, hija de puta, vas a saber lo que es Enriqueta”, le dijo primero este tal Ramiro y refiriéndose a la picana, para luego agregar: “Qué olor que tenés, por qué no te bañaste, sucia”. Ella contestó que había sido abusada hacía unos instantes y su respuesta generó “un silencio en el ambiente”, lo que la llevó a pensar que “Ramiro no sabía que había sido violada”.
María Luz no vio nunca a esa persona que se hacía llamar Ramiro, a pesar de que estuvo “en todos lados”, porque permaneció todo el tiempo encapuchada, pero lo describe como “una persona corpulenta, morrudo, con voz gruesa, que usaba perfume y estaba siempre, era el que hacía el interrogatorio y golpeaba”.
“Nosotros (los ex presos políticos) creemos que podría haber varios Ramiros, pero esa voz estaba siempre cuando me interrogaban y me torturaban, presumo que podría ser Marino González”, contó. La percepción le surgió cuando lo escuchó hablar en el juicio por el secuestro y sustitución de identidad de los mellizos de Raquel Negro y Tulio Valenzuela, que lo tuvo sentado en el banquillo de los acusados y del que salió absuelto.
Antes, en la declaración que dio en 2008, María Luz contó que tras la tortura, cuando la patota se retiró, se presentó un soldado a tratar de consolarla, le ofreció un mate y le preguntó “si podían tener relaciones porque la boca le hacía recordar a su novia”.
MÁS TORTURAS. Al día siguiente, María Luz y Beatriz Pfeiffer fueron trasladadas a Paraná. Iban en el asiento trasero de un automóvil, encapuchadas y una arriba de la otra, mientras que en el baúl estaba José Luis Uranga, otro ex detenido político.
Primero fue conducida a una casa operativa que los militares utilizaban para torturar, ubicada en Lebensohn y Don Uva, cerca de los cuarteles. Allí vio a Emilio Osvaldo Feresín, en estado deplorable por haber sido salvajemente torturado. Feresín está desaparecido. En ese sitio fue torturada, golpeada y recibió patadas. Luego la trasladaron al Escuadrón de Comunicaciones y finalmente a la cárcel, lo que suponía un blanqueo de su situación. “A pesar de ello, me sacaron en reiteradas ocasiones a la ‘unidad familiar’ para ser torturada”, aclaró.
Una noche, por ejemplo, fue retirada de su celda y trasladada a la “unidad familiar”, un sitio de torturas en la cárcel de varones. Era una piecita con una cama y un baño. Había también una máquina de escribir donde una persona confeccionaba las actas con las declaraciones que les arrancaban a los detenidos bajo tortura.
–Te acuso, Gorda, de provocativa –le dijo uno de los interrogadores cuando la vio llegar vestida con una remera que le dejaba traslucir el corpiño.
Esto también forma parte de un prejuicio social que persiste alrededor de la mujer que ha sido abusada: en algún punto ella es responsable, algo hizo para que eso sucediera.
María Luz finalmente fue liberada el 8 de octubre de 1977. “No tuve juicio ni nada, estuve todo ese tiempo ilegalmente detenida y en una situación de total vulnerabilidad”, resumió.
Mientras estuvo privada de la libertad, además, fue secuestrado y desaparecido Mario Menéndez, que era su pareja en ese momento y militaba en la Juventud Peronista.
Y tampoco la libertad era plena, porque debía presentarse periódicamente en el edificio del Comando, para responder a los interrogatorios, arengas y retos de Trimarco.
Y tampoco la libertad era plena, porque debía presentarse periódicamente en el edificio del Comando, para responder a los interrogatorios, arengas y retos de Trimarco.
Una golpiza en la Policía Federal. En la audiencia de ayer también declaró Federico Emilio Hayy, quien fue secuestrado por personas que supone pertenecían a la Fuerza Aérea y trasladado a la Policía Federal, donde fue recibido a los golpes.
–Mirame a la cara, montonero hijo de puta, soy el comisario Conde –le dijo el jefe de la fuerza mientras lo molía a palos.
“Yo estaba paralizado, pensaba que estaba ahí para que me mataran”, dijo Hayy ayer en la audiencia en la que debió ratificar la declaración que había dado en 1987 ante la Cámara Federal de Apelaciones, previo a la sanción de las leyes de impunidad.
Al cabo de unas horas fue trasladado al Escuadrón de Comunicaciones del Ejército. “Ahí había hambre, golpes, picana”, rememoró. En el calabozo pudo hablar con Ricardo Pico Silva, que también estaba secuestrado, y le dijo:
–Gordo, de ahí, de ese calabozo lo sacaron a Coco Erbetta.
–Y como lo sacaron –preguntó Hayy.
–Lo sacaron –fue la respuesta escueta y contundente que le dio Pico Silva.
Erbetta permanece desaparecido.
Después de un mes en los cuarteles, Hayy fue trasladado a la unidad penal, aunque el trato siguió siendo igual. “También de la cárcel seguían sacando gente, incluso hubo algunos que fueron torturados dentro de la misma cárcel; y (José Anselmo) Appelhans estaba en pleno conocimiento de todo lo que pasaba”, aseguró.
Hayy también contó que en una ocasión se le presentó Appiani en la cárcel para hacerlo firmar una declaración que luego se utilizaría en su contra en el consejo de guerra. Con el represor había otra persona que le dijo:
–Lo que pasa, Turco, es que a vos te entregó tu amiguito Claudio Fink –dando a entender que también estaba secuestrado. Fink también permanece desaparecido.
Ocho días en
la Base Aérea
Ayer también dio testimonio Néstor Antonio Zapata, un ex preso político secuestrado en Diamante el 11 de septiembre de 1975, golpeado y sometido a tormentos en la sede policial por Carlos Horacio Zapata, Zapatita, que era jefe departamental; luego fue trasladado a Paraná y fue interrogado y amenazado por Álvaro Roldán (fallecido) y Carlos Alzugaray, dos policías de la Dirección Investigaciones de la Policía de Entre Ríos.
la Base Aérea
Ayer también dio testimonio Néstor Antonio Zapata, un ex preso político secuestrado en Diamante el 11 de septiembre de 1975, golpeado y sometido a tormentos en la sede policial por Carlos Horacio Zapata, Zapatita, que era jefe departamental; luego fue trasladado a Paraná y fue interrogado y amenazado por Álvaro Roldán (fallecido) y Carlos Alzugaray, dos policías de la Dirección Investigaciones de la Policía de Entre Ríos.
Al cabo de unos días se blanqueó su detención y quedó alojado en la unidad penal.
Ya en la dictadura fue retirado de la cárcel encapuchado y esposado, conducido al Escuadrón de Comunicaciones del Ejército y luego a una casita ubicada en cercanías de la Base Aérea, donde permaneció durante ocho días a merced de un grupo de tareas. Allí fue torturado con picana eléctrica en los genitales, recibió golpes y le hicieron un simulacro de fusilamiento.
La patota estaba integrada por “cuatro o cinco personas” y cada uno desempeñaba distintos roles: “Uno picaneaba; otro morocho me apretaba la cara con una almohada y me decía que cuando quisiera hablar moviera las manos; otro me echaba el agua para que pudieran picanear”. En el grupo estaba Appiani. También reconoció a Zapatita, a quien conocía de Diamante: “Cada vez que pasaba por donde yo estaba acostado, me pegaba en la cabeza con la llave de las esposas”, recordó. “Era un psicópata y torturador crónico”, acotó.
En ese lugar reconoció, entre otros, a María de las Mercedes Fleitas y Raúl Caire, ambos desaparecidos. “A ese muchacho (Caire), le dijeron que lo iban a llevar a la cárcel, pero que no lo iban a matar; después lo desaparecieron”.
Fuente:ElDiario
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