22 de marzo de 2015

NEUQUÉN: A 39 AÑOS DEL GOLPE MILITAR, EL ACCIONAR DEL TERRORISMO DE ESTADO EN LA PROVINCIA.

22-03-2015
las últimas horas de los desaparecidos

A 39 años del golpe militar, el accionar del terrorismo de Estado en la provincia
La mesa servida y aquella sensación espantosa
“¿Está Oscar?”, preguntó el hombre luego de haber dado varios golpes fuertes en la puerta.
“¿Oscar padre o hijo?” fue la respuesta.

Era la mañana del 23 de diciembre de 1976. En la casa de la familia Ragni se preparaban para festejar la Navidad. Oscar había llegado de La Plata, ciudad donde cursaba sus estudios de arquitectura, para pasar las fiestas junto a sus padres, Inés y Oscar, y su hermano mayor, Edgardo.

El hombre que preguntó por Oscar era un desconocido para la familia. Le dijo que venía de parte de Jorge Domínguez, un maestro mayor de obra que tenía una oficina a pocas cuadras del domicilio. Oscar solía concurrir a la oficina de Domínguez por sus conocimientos de arquitectura. “Decile que ahora voy”, gritó Oscar desde la habitación, todavía medio dormido.

El hombre se despidió de manera muy amable y le dijo que lo esperarían allí con Domínguez.

Oscar se levantó, se despidió de su madre con la promesa de volver para el almuerzo.

Pasado el mediodía, cuando se disponía a servir la mesa y su hijo no regresaba, Inés tuvo una corazonada espantosa. “Puse la fuente sobre la mesa y me agarró una cosa que… les dije a Oscar y a Edgardo: ‘Este tipo me empaquetó. No lo vino a buscar a Oscarcito de parte de Jorge Domínguez. Me mintió’”, recordó en varias oportunidades. La angustia invadió a toda la familia. Ninguno probó bocado ese mediodía. Si bien no era grave que un joven no regresara para la hora del almuerzo, había algo extraño en la actitud de esa persona que lo había venido a buscar que no le gustaba a Inés.

Ella y su marido concurrieron a la oficina para preguntarle a Domínguez si había visto a su hijo. El socio de Domínguez y un empleado les confesaron que en horas tempranas habían llegado unos hombres a bordo de un Ford Falcon preguntando por su hijo y que lo habían hecho de manera insistente.

Ellos les contestaron que Oscar estaba por venir, pero ante la demora los tipos se cansaron y los llevaron al auto que estaba estacionado para mostrarles un montón de armas y para darles a entender los motivos de su presencia.

“Ustedes están equivocados”, les dijo Domínguez tratando de explicarles que Oscar era buen chico, que solo era un estudiante de arquitectura. La explicación fue en vano.

Lo cierto es que los hombres armados le pidieron que cuando ingresara Oscar a la oficina, uno de los presentes se pasara la mano sobre la cabeza como señal que confirmara su identidad. Pero como el joven se demoraba en venir, uno de ellos decidió concurrir al domicilio para buscarlo. Fue el que atendió Inés en persona y del que sospechó desde un primer momento.

Se cree que esa mañana Oscar concurrió finalmente a la oficina de Domínguez y antes de llegar fue secuestrado.

Nadie en el barrio vio nada o dicen no haber visto nada.

La última noticia que tuvieron de él sus familiares fue que Oscar estuvo hasta fines de diciembre en La Escuelita, el centro de detención clandestino que funcionó en el Batallón de Ingenieros de Neuquén. Es que David Lugones, otro estudiante que estuvo detenido en ese lugar, reconoció la voz de Oscar mientras sus secuestradores lo interrogaban.  Lugones escuchó que decía que era un estudiante de arquitectura de La Plata y que lo único que quería era volver con sus padres.

Nunca más se supo de él. Hace más de 38 años, sus padres lo buscan y reclaman que alguien les diga dónde está.

Cartas con el dolor de no saber el destino final
El 12 de junio de 1976, en Cutral Co y Plaza Huincul, el Ejército inició un operativo con el objetivo de desmantelar una célula del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) que, según los militares que habían tomado el poder el 24 de marzo, operaba entre Neuquén y la comarca petrolera. Al menos 17 jóvenes de entre 15 y 30 años fueron secuestrados en ese operativo, que se extendió hasta tres días después.

El lunes 14, antes de la cena, Miguel Ángel Pincheira, de 23 años, subdelegado de YPF y profesor de básquet, jugaba con su hijo de un año, Juan Manuel, en el patio de una humilde casa de la calle Tucumán al 300 de Cutral Co. De pronto, un grupo de oficiales militares, civiles y de la Policía provincial golpearon a patadas la puerta de la casa. Cuando su mujer, Juana Aranda, se asomó a la ventana, la amenazaron con armas y la obligaron a abrir. Una vez adentro, revisaron la vivienda y se llevaron a Miguel Ángel a la Comisaría Cuarta, donde se encontraban otros detenidos. En una oficina en la que había personas de civil y de uniforme militar, Pincheira fue torturado con golpes y descargas eléctricas en la boca y en los testículos. En los interrogatorios le preguntaban por Oscar Hodola, compañero de trabajo en YPF, actualmente desaparecido.

Unas horas después, fue trasladado a la U9 en la ciudad de Neuquén, donde permaneció en una celda de aislamiento. Allí pudo escribirle una carta a su querida Negra, su mujer, en la que describe: “Una pieza llena de soledad, vacía, gris, allá arriba una pequeña ventana (con rejas por supuesto) una puerta grande cerrada con candado durante 22 horas al día y dentro de esa soledad, mi cuerpo. No hay otro calificativo para él: SOLEDAD; pero a Dios gracias tengo mi herramienta y es él quien mantiene mi espíritu, mi alma, cuerpo, por él estoy con vos y con Manolito y están ustedes en las paredes despintadas, en mis dos horas de recreo diario, en mis sueños, si hasta el gris de mi celda resplandece al encontrar vuestros rostros en la ventana. (…) Sólo Dios sabe qué ocurrirá con este pobre cuerpo mío”.

Dos días después, fue entregado al Comando de la Sexta Brigada y trasladado en avión a La Escuelita, el centro clandestino de detención de Bahía Blanca. Luego de volver a la cárcel neuquina, fue retirado por orden del jefe de División de Inteligencia del Comando, Oscar Reinhold, junto con otros tres secuestrados (Javier Seminario, Pedro Maidana y Orlando Cancio), y entregados al sargento del Destacamento de Inteligencia 182, Julio Oviedo, quien los condujo hasta el centro de detención La Escuelita, donde permaneció vendado, encadenado a una cama y víctima de tormento durante más de veinte días.

A fines de agosto, Pincheira pasó por la U5 de General Roca y la U6 de Rawson. Su mujer pudo visitarlo en octubre; se comunicaron a través de un vidrio y ella pudo observar que tenía marcas en el rostro como pinchaduras y en el cuerpo, y estaba muy delgado. Fue la última imagen que tuvo de su esposo.

El 3 de noviembre junto con José Delineo Méndez, Cancio y Seminario fueron retirados de sus celdas y entregados al jefe del Personal del Comando, Luis Alberto Farías Barrera, para ser trasladados al V Cuerpo del Ejército. Desde entonces, Pincheira, así como también los otros tres, se encuentra desaparecido.

Los días en un infierno sin el abrazo de sus hijos
Hacía un poco más de dos semanas había nacido su segundo hijo (Martín) por cesárea, y ese miércoles 9 de junio de 1976, Susana Mujica debía hacerse unos controles médicos. Caminó las calles de la ciudad sabiendo de las detenciones y secuestros de los que habían sido víctimas algunos de sus conocidos, muchos de ellos docentes y estudiantes de la Universidad Nacional del Comahue -intervenida por Remus Tetu-, donde era profesora de Antropología Social y Cultural en la carrera de Servicio Social.

Ya había oscurecido, las calles se poblaban de policías que, unas horas antes, habían detenido ilegalmente a Darío Altomaro y Lucio Espíndola, entre otros. Personas vestidas de civil, que dijeron ser de la Policía Federal, y otras que portaban armas largas irrumpieron en la casa de Irigoyen 597 donde se encontraba Josefa Lepori, conocida como Beba, la madre de Susana, quien militaba en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). También estaba Cecilia Vecchi, una de sus alumnas de la facultad. Mientras los hombres armados esperaban la llegada de su “presa”, se dedicaron a sacar muebles, libros y papeles, y hasta rompieron los colchones.

Ni bien llegó Susana a la casa, cerca de las 20:30, fue maniatada, le quitaron a su hija Matilde de los brazos y le impidieron abrazar a su madre, quien apenas alcanzó a colocarle un tapado sobre los hombros.

Susana fue metida a los empujones en un vehículo -lo mismo hicieron con la joven alumna- que se dirigió hasta la delegación de la Policía Federal, en la calle Santiago del Estero 136, donde ya estaban Altomaro, Espíndola y Alicia Villaverde, entre otros.

De inmediato, su madre se dirigió al Comando de la VI Brigada de Infantería de Montaña sobre la Avenida Argentina, pero nadie la recibió. No lo sabía en ese momento, pero quien comandó el operativo en su casa fue el agente de Inteligencia del Ejército, Raúl Guglielminetti, que actuaba con la falsa identidad de “mayor Rogelio Guastavino”. Después los subieron a una camioneta, los taparon con una lona y los llevaron a un descampado, probablemente al terreno donde funcionaba desde hacía muy poco el centro clandestino de detención La Escuelita, ubicado al fondo del predio del Batallón, donde permaneció alrededor de una semana.

Susana junto con otros secuestrados fueron llevados en avión hasta Bahía Blanca, donde permanecieron en otro centro clandestino, también llamado La Escuelita. En esa oscuridad del horror, sus torturadores la insultaban porque había sido mamá, y ella clamaba por agua y por unos remedios que necesitaba tomar. Pensaba en sus hijos y recordaba las canciones que le cantaba a su pequeña de dos años.

El 16 o 17 de junio, Gladis Sepúlveda, quien la conocía de la universidad y recordó su voz durante esos días de cautiverio, escuchó unos forcejeos e insultos cuando los guardias la sacaron del lugar -junto con Vecchi- con destino incierto. Desde ese momento, nunca más se supo de Susana Mujica. Su madre, Beba, sintió la humillación de parte de Luis Alberto Farías Barrera y Oscar Reinhold cuando iba hasta el comando para saber algo sobre su hija y le decían que ellos no sabían nada.

Beba luchó incansablemente para encontrarla con vida ante el silencio cruel de los militares. Un tiempo después, se convertiría en una de las principales referentes de Madres de Plaza de Mayo de Neuquén y Alto Valle -que marchó hasta su muerte a los 87 años, en marzo de 2003- gritando: “Con vida los llevaron, con vida los queremos”.

Un ataque que marcó a fuego a un barrio solidario

“A vos te andábamos buscando”, le gritó a José Francisco Pichulman un hombre alto, rubio y con bigote que vestía uniforme militar verde oliva y que se presentó como jefe del amplio operativo que irrumpió a la una de la mañana del 12 de agosto de 1976, incluso rompiendo una ventana, en una casa de la calle Alderete en el barrio Sapere. Sorprendido, ya que en ese momento se encontraba durmiendo en la habitación del fondo de la casa, Pichulman observaba cómo unas diez personas de las fuerzas policiales y del Ejército que participaban del operativo a cara descubierta, portando ametralladoras y armas cortas, revisaban la vivienda y colocaban contra la pared a sus padres y a sus hermanos Victorino, Sebastián y José Manuel, quien fue secuestrado y desaparecido al año siguiente.
José Francisco había nacido en Chile y a comienzos de los ’70 se integró a un grupo juvenil católico de la iglesia Santa Teresa, donde hacía trabajo social y participaba de la comisión vecinal del barrio.

A esa hora de la madrugada ningún vecino de la cuadra se asomó a ver qué pasaba en la casa de los Pichulman. Luego de revisar cada rincón de la vivienda y amedrentar con las armas a sus moradores, los secuestradores les dijeron a los padres de José Francisco que lo detenían por sospechoso. Lo metieron a los empujones en uno de los dos autos blancos con los que habían llegado y salieron a toda velocidad en medio de la oscuridad de la calle Alderete.

Su hermano Victorino se animó a subirse al techo de la casa con el objetivo de identificar al auto en el que se habían llevado a su hermano. Fue inútil porque no tenían patente.

Al otro día, su madre, Feliciana Alcapán, tomó coraje y fue a hacer la denuncia a la Policía. Le dijeron que no sabían dónde estaba. Más tarde se dirigió al Comando de la Sexta Brigada de Montaña, donde fue atendida por Luis Alberto Farías Barrera, jefe del personal del Comando. El militar le negó que José Francisco estuviera detenido a disposición del Ejército Argentino. “Nosotros no fuimos, fueron los extremistas”, le respondió con soberbia Farías Barrera. “Estamos para implantar justicia, no injusticia”, agregó.

El destino de José Francisco, por testimonios de sobrevivientes, fue el centro clandestino de detención La Escuelita, lugar en el que fue  torturado.

Mientras el tiempo pasaba y nada sabían, los padres de José Francisco cayeron en la tristeza,  la desesperación y el miedo, sobre todo después del secuestro y desaparición de su otro hijo, José Manuel, quien se había refugiado junto a su esposa e hijos en la localidad rionegrina de J.J. Gómez.

Feliciana no se dejó vencer. Una vez por semana iba al comando para saber el paradero de José Francisco y la recibía Farías Barrera. Así comenzó un largo peregrinaje en busca de su hijo en todas las dependencias policiales y del Ejército, presentó infinidad de hábeas corpus y hasta llegó a la Organización de los Estados Americanos (OEA).

Tanta fue su lucha y esperanza por encontrar a su hijo con vida que perdió el miedo. Hoy, a los 85 años, Feliciana sigue rezando y afirma: “Me lo llevaron con vida y con vida tiene que volver”. Pero también reza por todos los demás hijos desaparecidos.
Fuente:lmNeuquen

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