27 de septiembre de 2015

CHILE.

Apuntes sobre la izquierda y el Día de las glorias del Ejército
POR FELIPE RAMIREZ, Resumen Latinoamericano /Perspectiva Diagonal / 24 de septiembre 2015

“…Nadie duda de la necesidad de efectuar cambios profundos en nuestros hábitos políticos y administrativos, a fin de poner término a la fuga de nuestras riquezas y poder mejorar la triste condición cultural y económica en que vive nuestro pueblo. Y, ¿quién puede ofrecernos mayores garantías que el senador Allende que, por más de 30 años, se ha mantenido leal y convencido junto a las ideas socialistas, que significan un más justo reparto de las riquezas, para hacer menos pobres a los pobres?”. Comodoro Arturo Merino Benítez, en el discurso de proclamación del candidato del FRAP, Salvador Allende, el 15 de agosto de 1964 en el Teatro Baquedano ante el personal en retiro de las Fuerzas Armadas, Carabineros, Prisiones y Servicio de Investigaciones. 

Septiembre es un mes de fuertes contrastes en nuestro país. Si el 11 de septiembre carga la atmósfera con la exigencia de justicia para quienes sufrieron tortura, prisión, muerte o desaparición durante la dictadura civil-militar, para el 18 de septiembre la celebración patriótica de la primera junta de gobierno esconde todos los conflictos detrás de la cueca, la chicha y el asado.

Para la izquierda chilena es sin duda muy difícil aceptar una celebración que glorifica unas Fuerzas Armadas que durante su historia, sobre todo en el siglo XX, se volcó casi exclusivamente hacia la constante represión contra su pueblo, llegando a su punto álgido con el Golpe de Estado de 1973.

Es difícil separar las marchas de aire prusiano y los boinas negras cantando “Los viejos estandartes” con el corvo en el cinto, de los aviones de la FACH bombardeando La Moneda, o de los militares que intimidaban la naciente democracia durante el boinazo en 1993.

Como se dijo de manera clara durante la última conmemoración del 11, no existe democracia mientras vivan en la impunidad los responsables de crímenes y abusos a los Derechos Humanos. Por esa misma razón es que me parece que como parte del proceso de democratización del país y del aparato estatal por el que pugna el movimiento social desde hace años, es indispensable desarrollar un proceso de democratización de las Fuerzas Armadas, que permita dejar atrás el legado dictatorial y reencontrar a los uniformados con la sociedad civil.

Las distintas instituciones armadas se han caracterizado por ser una herramienta más en el control de la sociedad de clases, un brazo del Estado en la protección de los privilegios de una minoría del país, ya sea derribando gobiernos como reprimiendo manifestaciones. Son varios los listados de las diferentes matanzas protagonizadas por el ejército a lo largo del siglo XX

Sin embargo, nuestras Fuerzas Armadas nacieron con una impronta de liberación al calor de las luchas de la independencia, hermanadas con Argentina desde la campaña de Chacabuco y Maipú, y representantes de un incipiente internacionalismo en la campaña por la liberación del Perú.

Junto a chilenos y rioplatenses lucharon en la planicie de Chacabuco hombres de color, esclavos libertos de las provincias del Río de la Plata, y en la campaña para vencer a las tropas realistas en el Virreinato del Perú chilenos, argentinos y peruanos combatieron junto a tropas colombianas guiadas por Simón Bolívar.

Si bien esa impronta quedó relegada en un siglo XIX pleno en conflictos armados entre las nacientes repúblicas, también es cierto que ninguna institución es monolítica en su composición y su postura ante la realidad social. Si la oficialidad naval se cuadró con el Congreso para derribar a Balmaceda durante la guerra civil de 1891, la mayoría del ejército permaneció fiel al Presidente.

El Comodoro Arturo Merino Benítez, el Coronel Marmaduke Grove y el Almirante Arturo Fernández Vial –amigo de Gabriela Mistral y héroe del Combate Naval de Iquique- son sólo algunas de las figuras que durante la primera mitad del siglo XX sirvieron de referentes para parte de la izquierda desde el interior de las Fuerzas Armadas.

LOS MILITARES CONSTITUCIONALISTAS
Tras la elección de Allende y antes de que el Congreso ratificara su triunfo en las urnas, el General René Schneider defendió con valentía la Constitución de 1925 y la soberanía popular sobre sus gobernantes.

Así, ante las presiones de la derecha porque el ejército interviniera para impedir la elección del líder socialista, el Comandante en Jefe enfatizó en el rol de su institución como garantía de la normalidad en la elección ya que “nuestra doctrina y misión es de respaldo y respeto a la Constitución Política del Estado”[1], afirmando en septiembre que las Fuerzas Armadas debían apoyar hasta las últimas consecuencias al Presidente decidido por el Congreso Nacional. Su firme oposición a quebrar la Constitución provocó su asesinato por un comando de la agrupación Patria y Libertad, con el apoyo de la CIA, en un intento por desestabilizar el país.

Su sucesor en el cargo, el General Carlos Prats, se mantuvo firme a sus convicciones democráticas, por lo que fue alevosamente atacado por sectores de la derecha autodenominada “patriótica” y “nacionalista”. Irónicamente estos mismos fueron los militares traidores los que entregaron el país al capital transnacional.

Cuando la conspiración golpista avanzaba a paso firme hacia su trágico desenlace fueron suboficiales de la Armada quienes se organizaron y dieron la voz de alerta ante lo que se fraguaba entre la derecha y parte de la oficialidad. Conocidos son los casos entre miembros de Carabineros, Investigaciones y las tres ramas de las Fuerzas Armadas de quienes se opusieron al Golpe y pagaron con su vida su postura.

Así, el General Alberto Bachelet murió tras ser interrogado y torturado en la Cárcel Pública en 1974, el General Prats murió en un atentado en Buenos Aires organizado por la DINA, el Mayor Mario Lavanderos fue asesinado por liberar del Estadio Nacional a 68 presos uruguayos y bolivianos, el conscripto Michel Nash se negó a fusilar prisioneros y fue muerto a los 19 años en Pisagua, el cabo segundo Carlos Carrasco fue asesinado a cadenazos en Villa Grimaldi, los oficiales de marina Juan Calderón y Juan Jiménez fueron asesinados el 29 de septiembre de 1973 en Pisagua, por mencionar sólo algunos casos.

En la FACH 700 funcionarios, militares y civiles –casi un 10% de la dotación total- fueron investigados y torturados poco después del Golpe de Estado, mientras que en Carabineros hubo al menos 150 exonerados o dados de baja.

El 11 de septiembre no hubo un pronunciamiento militar, hubo una traición por parte de un grupo de oficiales comprometidos con los sectores dominantes del país a su juramento de defender la Constitución, que se saldó con la prisión, muerte y tortura de cientos de sus compañeros de armas así como la desaparición, exilio, tortura y asesinato de miles de militantes de izquierda y partidarios del gobierno.

Las amenazas de extirpar el cáncer marxista por parte de uno de los cabecillas del alzamiento, contrastan con la claridad del martirizado general Prats, quien en una entrevista a la Revista Ercilla el 29 de septiembre de 1972 identificaba en la oposición a un sector empresarial y profesional respaldado por los medios de comunicación y una mayoría parlamentaria.

Frente a ellos y sus intentos por quebrar la disciplina castrense, el entonces Comandante en Jefe, fiel a la doctrina Schneider, oponía la solidez doctrinaria y disciplinaria de los cuadros institucionales, recurso supremo de garantía de la unidad de las Fuerzas Armadas ante las agresiones golpistas.

“Estoy realmente orgulloso de la estoica respuesta de nuestros soldados, suboficiales y conscriptos, que se han entregado en cuerpo y alma a la causa común(…) nuestro deber ineludible es apoyar lealmente al gobierno Constitucional”.

Queda pendiente un análisis de lo que falló en la relación entre el gobierno de la Unidad Popular y las FF.AA., y en cómo revertir hoy la brecha existente entre los militares y el pensamiento democrático. Esto, con la claridad de que el Estado y las instituciones armadas no son cuerpos homogéneos, sino espacios en disputa, donde la izquierda tiene el deber de asumir una posición en el actual período, en donde la defensa de la soberanía popular y la lucha por la democratización de nuestro país es central, bajo el riesgo de entregar las instituciones armadas en bandeja de plata a la derecha.

HACIA UNAS FUERZAS ARMADAS PARA TODO CHILE
“Soldado, la patria es la clase trabajadora”. Esa frase sobre un fondo de la bandera chilena era la portada del número 192 de la revista Punto Final, publicada por coincidencia el 11 de septiembre de 1973. 42 años después mantiene la misma urgencia la necesidad de construir una lectura desde la izquierda sobre nuestro país y nuestras Fuerzas Armadas.

Frente a la historia que muestra a los militares como una “guardia de korps” de los privilegios de la oligarquía nacional, creo que es importante recuperar la historia de aquellos militares que entendieron que los intereses de nuestro país coinciden con los de nuestro pueblo, y que no hay mayor compromiso patriótico que haber defendido a los indefensos ante la brutalidad de la reacción conservadora.

La derecha chilena se apropió del discurso patriota hace mucho tiempo, sin embargo fueron ellos los que se aliaron con una potencia extranjera para derribar un gobierno constitucional y subordinaron nuestra economía a grupos económicos internacionales, amén de integrar a algunos empresarios nacionales en las cadenas productivas y comerciales regionales.

Por el contrario, desde la izquierda tenemos pendiente tareas urgentes si queremos transformarnos de manera concreta en una alternativa de poder en Chile.

Tenemos que combinar la exigencia de justicia y fin a la impunidad con la implementación de reformas democráticas en las Fuerzas Armadas y en la justicia militar. Escuelas matrices únicas integradas en el Sistema Nacional de Educación Pública, una nueva doctrina de defensa, escalafón único que termine con la discriminación de clase en su interior, reforma de Gendarmería para que pueda desarrollar su misión de reinserción de los presos, revisión de los protocolos de acción de Carabineros ante manifestaciones masivas, fin al envío de militares a la antigua Escuela de las Américas, son algunas medidas importantes que desarrollar.

Esto debe ser complementado con el cuestionamiento a la política represiva que el Estado ha aplicado en la Araucanía a través de Carabineros en contra de las comunidades mapuche, prefiriendo asumir el conflicto como un tema de seguridad pública y no como un conflicto eminentemente político.

Por otro lado, de manera indudable existe un tímido avance en cuanto a la aceptación de homosexuales en sus filas, sobre todo tras la aprobación de la llamada “Ley Zamudio” en 2012. Esto se vio reflejado en que el 2014 la Armada entregó autorización para que un marino hablara públicamente sobre el tema, y existe una mesa conjunta entre las FF.AA. y el gobierno desde inicios de 2014 para trabajar el tema. Sin embargo, según sondeos, el 90% de la “familia militar” rechaza esta situación, lo que da cuenta del trabajo que está pendiente en la materia.

Que nadie se engañe. Queremos lo mejor para nuestro país porque entendemos que sus intereses son los de nuestro pueblo, y que nuestro destino está unido al de nuestros hermanos latinoamericanos. Ser patriota en el Chile del siglo XXI no implica ser de derecha, saberse de memoria “Adiós al Séptimo de Línea” o “Los viejos estandartes” y defender la dictadura de Pinochet.

Ser patriota es defender la soberanía de nuestro pueblo sobre nuestro país ante la injerencia de los capitales extranjeros, comprender la necesidad de la integración regional abandonando todo prejuicio racista sobre nuestros hermanos latinoamericanos como forma de fortalecer nuestra posición en el concierto mundial, recuperar nuestros derechos y buscar un mejor futuro para nuestro país y nuestros pueblos.

El 19 de septiembre no recordamos a las Fuerzas Armadas de la DINA y la CNI, sino que a los valientes que en la noche de la dictadura defendieron con valentía la dignidad de nuestro país. Ese “pueblo de uniforme” que vendió cara su vida en defensa de su juramento.
[1] El Mercurio, 8 de mayo de 1970. PerspectivaDiagonal 



La Revolución y la ruptura 
POR DANIEL ESPINOZA, Resumen Latinoamericano, 24 de septiembre 2015.- 


Como cada septiembre, se abre un tiempo de reflexión y análisis sobre el proceso y los eventos que ocurrieron en nuestro país a partir de 1970. En general los comentarios, los actos y los debates, giran en torno a los años que han pasado desde el triunfo de la UP o bien, en torno a los años que han transcurrido desde el golpe. Sin restarle importancia a la necesidad de sacar lecciones de aquello, hoy se presenta una buena oportunidad para reflexionar sobre otro aniversario: los 40 años de neoliberalismo en Chile. La importancia radica en el aplastante éxito que tuvo la revolución capitalista y la instauración del proyecto neoliberal, el cual sienta un precedente inédito en la historia que desafía tanto nuestras nociones teórico-conceptuales como políticas. Aquí se presentan algunas ideas aún en desarrollo, cuya intención es provocar un debate y contraponer distintas tesis sobre lo que debe ser el quehacer de una izquierda de intención revolucionaria. EL GOLPE Y LA REVOLUCIÓN NEOLIBERAL

Se habla de 40 años de neoliberalismo porque 1975 constituye un año de ruptura en el seno del gobierno dictatorial, es en ese momento que los sectores neoliberales logran imponerse definitivamente, desplazando a quienes, liderados por Leigh, tenían un proyecto de tipo nacional-desarrollista y corporativista en mente. 1975 es el año de aterrizaje en pleno de los Chicago Boys, iniciando así, la aplicación ortodoxa y sin concesiones del recetario ideado por Milton Friedman[1].

Lo realizado por la dictadura chilena es el perfecto ejemplo de una revolución exitosa. Toma del poder a través de la violencia armada, ocupación total del aparato Estado y, por tanto, ejercicio total del poder de Estado. A partir del control de éste, se aplican una serie de políticas destinadas a cambiar la estructura económica del país, las relaciones de producción –las que se dan entre el capital y el trabajo- y el sistema político, logrando también un profundo cambio ideológico y cultural en la sociedad. Por otra parte, la lucidez de dirigentes como Jaime Guzmán, permitió que no sólo se definiera lo que sería la dictadura sino que también la democracia que le seguiría. En ese sentido, el trabajo de la dictadura –principalmente de los civiles que participaron en ella- fue impecable. Hicieron todo lo que tenían que hacer para cambiar Chile de raíz y se aseguraron de que la profundidad de esos cambios fuera tal que permanecerían independiente de quien llegara al gobierno en el futuro. Por ello es errado sostener que Guzmán fue el ideólogo de la dictadura; fue el ideólogo de la democracia, de nuestra democracia actual.

Podemos medir el éxito de la instauración del neoliberalismo a partir del sencillo hecho de que no han sido necesarios 25 años de gobierno de la UDI para mantener y profundizar el neoliberalismo. Y mientras cada cierto tiempo reflota en la izquierda el debate estéril sobre el “culto a la personalidad” en algunos de los procesos latinoamericanos, se olvida un ejemplo que es la contracara y que podría arrojar luces sobre cómo sortear ese problema: Chile. Para ello hay que volver al tema: qué es lo que específicamente hizo la dictadura.

Al analizar genealógicamente el neoliberalismo chileno, es posible poner en entredicho tesis clásicas de ciertas tendencias dentro de la izquierda, sobre las cuales vale la pena detenerse.

Primero: las nociones que plantean cambios en la “conciencia”, o que se posicionan desde una crítica ciertos rasgos “culturales” (la “cultura del consumo”, por ejemplo). Ciertamente el proyecto neoliberal no se centró en desarrollar una nueva cultura, ni se dedicó a “concientizar” a vastos sectores de la población. No hay reformas culturales, y las reformas educativas tienen su impacto, no por imponer en las mallas curriculares las ideas de Von Hayek o Friedman, sino por generar las condiciones materiales para una educación segregada y segregadora, dedicada a reproducir las desigualdades sociales. Los cambios culturales e ideológicos que han ocurrido en la sociedad chilena, obedecen a los cambios que ésta ha tenido en sus propias condiciones de existencia, marcadas por el despojo, sufrido por la clase trabajadora, de ciertos derechos y beneficios que equiparaban, en cierto grado, su poder en relación al poder del capital. De esta manera, resulta estéril buscar las causas de las bajas tasas de sindicalización, por ejemplo, en un individualismo o “apoliticismo”. Más bien hay que examinar la legislación laboral pro empresa que caracteriza al neoliberalismo, o los cambios en la estructura productiva, en particular el desmantelamiento del sector industrial. En La ideología alemana, Marx sostiene que las ideologías no tienen historia; son las sociedades que las producen las que tienen historia[2]. Pues bien, no hay que buscar la historia del individualismo, o del consumismo, o del “apoliticismo” en Chile; hay que buscar la historia del cambio en las condiciones de vida del pueblo en particular y de la sociedad en general, y ahí tenemos la represión, el desmantelamiento de organizaciones políticas y sociales, la ola de privatizaciones masivas, incluyendo la mercantilización de derechos sociales (privatización de la salud, de la educación, sistema de AFP) giro productivo al sector primario y terciario, recorte del gasto público, apertura comercial indiscriminada, entre otras.

Segundo: las ideas que cuestionan el rol específico y fundamental de la política (o de “lo político”) en la lucha de clases y en el diseño de una estrategia revolucionaria. Si en el primer punto se mencionaba que los cambios culturales no habían sido producto de un largo y lento proceso de maduración social, lo que sigue es el corolario de dicha afirmación: los cambios se hicieron a partir del Estado. La instauración del neoliberalismo en Chile implica un cambio radical y global de la sociedad chilena: económico, político, ideológico. Pero todo ello se logra a partir de la toma total del poder de Estado. Si se piensa en el Consenso de Washington –el decálogo que indica qué hacer para ser neoliberal-, todo se refiere a acciones que sólo se pueden realizar desde el Estado.

De esta manera, no es posible diseñar una estrategia revolucionaria donde lo político juegue un rol secundario, donde su especificidad sea negada dando pie a posturas que subestiman el peso y la importancia del Estado en una formación social, pues como bien señalaba el sociólogo marxista Nicos Poulantzas, “la abolición de la especificidad misma de lo político, su desmenuzamiento en todo elemento indistinto […] tienen por resultado hacer superfluo el estudio teórico de las estructuras de lo político y de la práctica política, lo que conduce a la invariante ideológica voluntarismo-economismo, y a las diversas formas de revisionismo, reformismo, espontaneísmo, etc.”[3] Nuestra experiencia reciente nos obliga a pensar el Estado y el rol de éste, donde la concepción clásica que lo conceptualiza sólo como una herramienta al servicio de la clase dominante, queda corta, en tanto no logra dar cuenta del rol central que ocupa en el seno de una formación social. De esta manera, las lecturas que por uno u otro camino conducen al economicismo –el Estado como un mero “reflejo” de la base económica, o bien como un simple “nodo” de una totalidad indiferenciada que sería el capital- son cuestionadas por la experiencia histórica concreta, donde el Estado se constituye no sólo como una herramienta de dominación, sino como la estructura que cohesiona una formación social. EL ESTADO Y LA RUPTURA

Considerando nuestra historia reciente, la necesidad de una problematización sobre el Estado es vital en una estrategia revolucionaria. Sobre este punto, Poulantzas puede aportar mucho a una conceptualización del Estado que permita una estrategia de irrupción y de ruptura para así terminar con el neoliberalismo y avanzar hacia el socialismo.

El Estado es un factor de cohesión social; lo que el marxismo ha concebido como un factor de “orden” o principio de organización, no como la idea común de “orden político” simplemente, sino “en el sentido de la cohesión del conjunto de los niveles de una unidad compleja, y como factor de regulación de su equilibrio global, en cuanto sistema.”[4] De esta manera, sus funciones van mucho más allá de gobernar o de simplemente ostentar el monopolio de la violencia física. No se trata sólo de administrar el poder, en el sentido despectivo que le daba Marx cuando en el Manifiesto Comunista sostiene que el Estado moderno es una junta que administra los negocios comunes de la burguesía. El Estado es el espacio de unidad de una formación social, aquello que la mantiene funcionando como una totalidad. Por ello su importancia para un objetivo de revolución, de cambio profundo de una realidad social en todo nivel; económico, político, ideológico.

Siguiendo esta línea, así como el Estado es el factor que puede asegurar la cohesión de una unidad, puede también determinar la ruptura de ésta, pues además es el lugar de desciframiento de la unidad de las distintas estructuras de una unidad social. Es, en definitiva, el punto neurálgico que permite la cohesión social, lo que lleva a la conclusión lógica de que es el espacio para romper con esa unidad, generando los cambios en las distintas estructuras sociales. Se puede entrar de lleno entonces: el Estado es el lugar donde se descifra la situación de ruptura de la unidad constituida por una formación social.

Esta situación no es sólo una idea del marxismo, se puede ver al examinar nuestra propia historia reciente. Entre mediados de la década de los ’60, aproximadamente, y hasta el fin del gobierno de la Unidad Popular se da una agudización de la lucha de clases en Chile. Nuestro país vivió la explosión de una multiplicidad de contradicciones –algunas de largo aliento, otras que surgieron a partir de la llegada del pueblo al gobierno- lo que determinó su condición de “eslabón débil”, de la misma manera, aunque a la inversa, en que Louis Althusser señala que la Rusia de 1917 constituía el eslabón más débil de la cadena capitalista mundial. La agudización de las diversas contradicciones y la condensación de esta situación en el Estado, justifican una acción dirigida a obtener el control total de éste. Y es aquí donde se observa la realidad del Estado como un lugar donde se puede descifrar la situación de ruptura, pues a partir de la toma de éste, y una vez resueltas las disputas internas que, como un eco lejano, reflejaban en cierto modo las viejas contradicciones previas al golpe, se fue capaz de implementar un plan de ruptura total de la antigua formación, para dar pie a una nueva sociedad. Si la dictadura fue tan exitosa en restaurar el capitalismo a través del modelo neoliberal, es porque lo hizo ocupando de manera total y completa el lugar que permite la ruptura y reconfiguración de una formación social: el Estado.

Esta conceptualización, por una parte, se ve ratificada por la realidad concreta: el hecho incuestionable que lo que hizo el golpe militar fue hacerse del poder de Estado, y el éxito de la instauración del neoliberalismo (en el sentido que ha permanecido durante ya 40 años). Pero, además, estaba inscrita en el pensamiento de uno de sus dirigentes más lúcidos: Jaime Guzmán. Los pocos escritos que dan testimonio de su pensamiento, registran la visión estratégica y de largo plazo que tenía, donde la importancia de una nueva institucionalidad política, de una nueva Constitución, de un nuevo Estado en otras palabras, no radicaba en “la estructura y generación de los órganos políticos del Estado. La realidad es otra. “Institucionalidad” es un término que designa al conjunto de instituciones jurídicas que regulan toda la convivencia, expresando así una determinada forma de vida. De este modo, lo institucional también abarca las estructuras que encauzan lo económico y lo social…”[5]. Así pues, Guzmán entendía que el Estado era el factor de cohesión social, y que las consecuencias de su diseño no repercutirían estrictamente en el ámbito político, sino que en la totalidad social. Hoy somos testigos del éxito de su misión y cómo la aplicación de una serie de políticas que lograron la ruptura de una formación social particular (el Chile de 1973) para dar pie a otra nueva, insistiendo en que se hace alusión a todos los niveles de esa formación.

HACIA UNA NUEVA RUPTURA
Es necesario sacar lecciones del proceso histórico reciente e incorporar esos aprendizajes en el diseño de una estrategia revolucionaria. La importancia del Estado como lugar de ruptura de la unidad debe llevar a pensar en un proyecto para ocupar ese espacio, pero llenándolo en serio, lo que implica necesariamente el requisito de construir fuerza social. De las luchas del pasado no hay que hacer un copiado y pegado, sino sacar conclusiones que permitan trazar líneas de acción originales y audaces. En ese sentido, no se trata simplemente de esperar una situación de agudización de la lucha de clases para plantearse la disputa del Estado, ni, por el contrario, de llegar al éste porque sí, en un contexto donde sean imposibles lograr rupturas. La estrategia de ruptura democrática que la Izquierda Libertaria se ha planteado para el período avanza en la dirección correcta que aquí se plantea: ocupación del Estado –en tanto lugar que permite descifrar la situación de ruptura de la unidad-. Por lo mismo debe ser capaz de responder a muchos desafíos que surgirán y sortear los peligros que ese camino reviste.

Así, el elemento central en la estrategia de ruptura democrática es el trabajo de masas. Sólo un volcamiento total al trabajo en los distintos espacios sociales, en el territorio, en el sindicato, etc., podrá dotar de contenido y de fuerza una tarea como la ocupación del Estado. La ruptura democrática que genere las fisuras necesarias para la entrada del pueblo organizado al Estado y así, a la manera inversa en que lo hizo la dictadura, erradicar el neoliberalismo a partir del ejercicio del poder, sólo podrá hacerse con un fuerte respaldo de masas, del pueblo. Sólo es posible la aplicación de esta estrategia entendiéndola como un componente orgánico de la lucha de clases. Quienes han querido tomar atajos en este camino se han visto forzados a buscar lazos con los que han mantenido este modelo, con quienes quieren evitar cualquier ruptura, con los representantes de la fracción hegemónica de la clase dominante. No hay cambio posible por ese camino. Como bien señalaba Althusser, las alianzas son necesarias e indispensables, pero hay alianzas y alianzas: unas donde prima la concepción jurídico-electoralista, otras donde prima la lucha de masas, o bien, dicho en otros términos, de lo que se trata es, o la primacía del contrato o la primacía del combate[6]. Así la construcción de una izquierda de masas, democrática, socialista, no es sólo un recurso nostálgico, sino que es una necesidad para que el pueblo vaya conquistando su libertad, su dignidad y su soberanía. Es la condición necesaria para apostar a la conquista del poder de Estado, espacio decisivo para lograr la ruptura definitiva de esta formación social que es el Chile neoliberal de 2015.
[1] Al respecto ver Manuel Gárate, La revolución capitalista de Chile (1973-2003), Ediciones Universidad Alberto Hurtado, Santiago, 2012, pp. 181-199. 
[2] “La moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad. No tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento.” Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1972, p. 26.
[3] Poder político y clases sociales en el estado capitalista, Siglo XXI, México, 1972, p. 35. [4] Poulantzas, pp. 43-44. Lo que sigue también será tomado de este trabajo citado. 
[5] Jaime Guzmán, “Esclarecimientos necesarios”. Columna publicada en Revista Ercilla el 18 de julio de 1979.
[6] Louis Althusser, Lo que no puede durar en el Partido Comunista, Siglo XXI, España, 1980, pp. 93-94. 


Mientras Chile se mira en un espejo roto · Aspectos de la contingencia y de la crisis en el país andino
Andrés Figueroa Cornejo

1. El enemigo principal de la humanidad es el Estado corporativo de los Estados Unidos. Y el imperialismo norteamericano comporta, junto a las más grandes economías del mundo, el movimiento de la realidad del capitalismo como totalidad planetaria que domina, subyuga y sobreexplota mediante el trabajo asalariado y la expoliación sin remedio de la biodiversidad.

Esto es, el imperialismo es consecuencia dinámica del desenvolvimiento ampliado del modo capitalista de reproducir la sobrevida humana. Para ello cuenta con las armas de la alienación, de la producción del sentido común y del fetichismo de la propiedad privada, de la ganancia y del propio capital.

Y también cuenta con más del 23% del Producto Interno Bruto Mundial y del 37% de la industria bélica de última generación. No sólo se trata de armas convencionales y nucleares de plutonio, uranio e hidrógeno. Asimismo, genera armas bacteriológicas, químicas y radiológicas (HAARP).

Con las dimensiones actuales que han cobrado las armas de destrucción masiva, ya se perdió la contabilidad sobre cuántas veces podría destruirse el mundo. Sin embargo, la industria bélica continúa prosperando, produciendo, adoctrinando y lucrando sideralmente, y es parte del mismo holding que compone el sistema financiero, la trata de personas, la prostitución infantil, el narcotráfico, la agroindustria, los ahorros previsionales, los paraísos fiscales, el comercio mundial.

Que EE.UU. sea el enemigo principal de la humanidad no significa que China y/o Rusia sean una suerte de alternativa liberadora. Basta observar su desenvolvimiento y las condiciones de sus clases sociales trabajadoras.

El presupuesto militar de Rusia y China, según al sitio web Global Firepower a enero de 2015, fue de USD 76.600.000.000 y 126.000.000.000, respectivamente. Luego vienen India, Reino Unido, Francia, Alemania, Turquía, Corea del Sur y Japón. Por lo demás, únicamente la humanidad oprimida puede emanciparse a sí misma y es su garantía única de sobrevivencia.

El resto es naufragio. De hecho, hasta la mejor literatura de ciencia ficción, cada día q
ue pasa, parece más novela histórica y crónica de actualidad.

2. En medio de la contradicción esencial entre capitalismo y humanidad (o la contradicción ampliada entre capital y trabajo), además del imperialismo estadounidense, también existen otros polos capitalistas centrales, como China (13,9% del PIBM), Japón (6,2 % del PIBM), Alemania (5,2% del PIBM), Reino Unido (3,9 del PIBM) y Francia (3,8%). De los 194 países de la Tierra, 159 de ellos sólo llegan a concentrar menos del 9% del PIBM.

La asimetría estructural y las relaciones de fuerza y de poder son las formas en que se presenta el imperialismo capitalista.

La división internacional del trabajo, la dependencia, la colonización ideológica, el racismo o narrativa necesaria para la subyugación de clase, el patriarcado, las migraciones criminales, las guerras genocidas, las guerras preventivas, las guerras de baja intensidad, las guerras solapadas, las guerras diplomáticas, las guerras comerciales y las guerras financieras y monetarias, corresponden al soporte de la dominación económica y política de la minoría opresora contra la mayoría sometida.

A través de esos medios, el capitalismo se concentra, se vuelve oligopólico y busca ralentizar su tendencia a la caída de la tasa de ganancia. Las llamadas crisis financieras en el marco de la hegemonía del momento financiero sobre el todo de la reproducción capitalista, es una de las formas privilegiadas de cómo se expresa la caída de las utilidades del propio capital y la sobreproducción de mercancías y servicios (o burocracias en torno a la sobreproducción de mercancías que se apilan en los momentos del intercambio, la distribución y el consumo).

De la misma manera, las crisis financieras están ligadas al crédito y a la deuda infinita tanto en los capitalismos centrales, como en los dependientes o periféricos o auxiliares o complementarios o subordinados.

Lo que existe en general, son pugnas interimperialistas e intercapitalistas. Dentelladas asesinas al interior y entre los propios capitalismos-eje del planeta, así como el ocaso del Estado de Bienestar, el ocaso de los progresismos, el ocaso de la socialdemocracia, el ocaso de la democracia burguesa y liberal que signó la fase anterior a la del capitalismo en curso. Lo que existe es la dictadura del capital y brotes fascistas en todo el globo. La gesta de los oprimidos/as se desarrolla como resistencia en lugares muy concretos y específicos del mundo. Y gestos hay por doquier. No obstante, la suma de los gestos no se resuelve en la constitución de la gesta urgente.

3. El movimiento real de las luchas descoyuntadas de las fuerzas populares en Chile no se manifiesta como un enfrentamiento directo y consciente, organizado y maduro en contra del capitalismo y el imperialismo. La mayoría activa destacada para las transformaciones poscapitalistas es todavía insuficiente.

A septiembre de 2015, salvo la resistencia concreta de franjas del Pueblo Mapuche en y por su territorio y autonomía (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=202707), se observa una fragmentación del movimiento de los oprimidos tras demandas que emplazan al Estado sobre reivindicaciones asociadas a la democracia burguesa tal como se conoció antes del golpe de Estado de 1973.

Se trata de una suerte de peticionismo economicista y ligado a los derechos sociales convertidos en mercancías desde la imposición del imperio de la ortodoxia más rabiosa del liberalismo económico en la historia del suelo andino.

El 2014, cientos de miles de trabajadores/as se lanzaron a la huelga ilegal y no normada, superando con creces las huelgas “legales”. No obstante, no existe una dirección única o compartida del pueblo trabajador, y las tasas de sindicalización con capacidad de negociar colectivamente el salario y las condiciones laborales no llegan siquiera a los dos dígitos

El aislamiento y la insolidaridad que sufren los focos de los asalariados/as en lucha, se recortan sobre un paisaje marcado por la indolencia y el miedo todavía. Las reformas comprometidas y luego sepultadas por la misma Nueva Mayoría encabezada por Michelle Bachelet, que jamás significaron modificaciones de calado estructural en beneficio del pueblo trabajador, más la política de recortes de presupuesto fiscal para inversión social, van constituyendo algunas de las piezas que acaban por consolidar la deslegitimación del sistema político general en Chile.

La crisis de representación del sistema político ya existía antes de los casos de corrupción. Estos últimos simplemente aceleraron su desprestigio entre la población y desnudaron los vínculos entre la política tradicional (o una de las particiones de la administración formal del orden existente) y el capital, fenómeno y una de las determinaciones orgánicas del Estado como forma de dominación de la clase opresora y minoritaria contra la mayoría oprimida.

Los gremios del capital reunidos en la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC) apenas tuvieron que desabrocharse un botón de la camisa y arrugar el ceño para descafeinar lo poco que cambiarían las cosas de realizarse las reformas, las cuales apuntaban, en el mejor de los casos, a morigerar las desigualdades estructurales ligadas al momento de la distribución de la totalidad del modo ultraliberal de desarrollo chileno.

Como se ha indicado en otros análisis, como un espejo roto del sistema político usamericano, la Nueva Mayoría es al Partido Demócrata, lo que la Alianza es al Partido Republicano. No importa que mediante las encuestas de opinión la gente de queje repetidamente por la corrupción.

Lo realmente grave para los de arriba es que el malestar apuntara directamente al corazón del capital.

Naturalmente que las encuestas no están hechas para esos efectos. Chile es el segundo país miembro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), luego de Corea del Sur, con mayor cantidad de suicidios al año (1.500, según el Servicio Médico Legal), con tasas explosivas de medicación psicotrópica, alcoholismo y drogadicción, mientras que la insatisfacción y las relaciones de competencia reinan como la peste desde las aulas escolares hasta las gerencias transnacionales

Como resultado de la sobreproducción mundial de mercancías, en Chile el consumismo a cuotas imposibles, el egoísmo y la indolencia festejan su mediodía.

Las relaciones sociales presas de la alienación y el fetichismo, tienden a facilitar y consentir los modos del fascismo, la industria de la seguridad, la militarización del territorio mapuche, el Estado policíaco, los montajes contra la juventud disidente, la xenofobia, el recelo al semejante.

En el país, como en casi todas partes del mundo, surgen, se desintegran y vuelven a surgir diversas agrupaciones políticas anticapitalistas.

Como la lucha de clases no se resuelve explícita y consistentemente, las organizaciones anticapitalistas parecen no verse emplazadas a reunirse virtuosamente, aún carecen de un proyecto común para el desenvolvimiento de una sociedad no capitalista, de una estrategia que salga de los títulos, del insorteable análisis concreto de la realidad concreta, y muy pocos empeños logran hacer pie en territorios sociales que potencialmente sean capaces de labrar la señalética del futuro de la vida socializada.

Sin embargo, la sola existencia de esas agrupaciones anticapitalistas ilustra la rebeldía majadera e imparable que produce la deshumanización capitalista

 Aunque todavía no sea la hora de ofensivas, ya es la hora apremiante de la organización, la reflexión colectiva crítica, la sistematización aleccionadora de la acción práctica y directa, por menuda que resulte.

Las instancias anticapitalistas que ya están, no perecerán si se desenvuelven en el automovimiento orgánico de los grupos sociales oprimidos en lucha. Nada está terminado ni nada es definitivo.

Ya es una muestra de comprensiones superiores que cualquier lucha encorsetada en el reducto de la institucionalidad, de aquel punto concentrado de la coacción y la cooptación, no comporta ninguna promesa de porvenir.

Y el horror capitalista continúa siendo la condición de su propia destrucción y superación si vence en la humanidad la voluntad colectiva y acuñada en el principio de vida y no de muerte.

4. Ante la crisis capitalista mundial, la presente administración del Ejecutivo chileno, con el fin de encantar inversiones y evitar la deslocalización de capitales y su fuga, disminuye la tramitación y los estándares de impacto ambiental de los proyectos transnacionales y combinados extractivistas asociados a la minería, la agroindustria, las forestales y la energía.

Asimismo, intenta contrarrestar la destrucción del trabajo asalariado mediante microcréditos para microemprendimientos y multiplicar el cuentapropismo de sobrevivencia. Tanto la fortaleza del dólar, como el fin del período dorado de los altos precios de la exportación de materias primas y commodities frente a la ralentización de la economía china y planetaria, provocan la caída de las proyecciones de crecimiento nativo, sintonizándose con las economías en crisis del continente.

En Chile, se precipitan las fusiones empresariales, las colusiones monopólicas, los despidos, el empleo informal, las ventas callejeras.

En tanto, la maquinaria de producción de sentido común capitaneada por los medios masivos de comunicación, agitan premeditadamente el fenómeno de la delincuencia, multiplicando la incertidumbre ambiental y su percepción fabricada, y desligando el hurto de sus causas gatilladas por el empeoramiento de las condiciones de vida, la miseria y la ignorancia.

Además de aumentar la dotación de las fuerzas policiales, la rebaja de la edad penal, el incremento de las cárceles y el negocio de la seguridad privatizadas, los medios de propaganda del poder hacen prosperar el uso de armas y de capacitaciones al respecto por la población ‘contra la sospecha’, la discriminación aspectual y hasta contra la infancia y adolescencia empobrecida. Independientemente que de manera oficial, el registro de incidentes delincuenciales no haya aumentado en la realidad.

Como es sabido, también se pueden construir las condiciones de la fascistización y de los ‘rostros disfuncionales’, esto es, los escenarios subjetivos necesarios que junto a una crisis económica, auspicien ‘soluciones’ más radicales en materia de orden y disciplinamiento social.

La independiente Fundación Sol (http://www.fundacionsol.cl/), evacuó en septiembre de 2015 un estudio basado en los más frescos datos ofrecidos por la Encuesta de Caracterización Socioeconómica 2013 (CASEN2013), dependiente del Ministerio de Desarrollo Social, donde “se puede concluir que en Chile se registra un considerable ‘atraso salarial’”.

Si bien el análisis de la Fundación Sol acentúa las asimetrías en el momento de la distribución de los ingresos, ello es suficiente para graficar los niveles de súper-explotación de la mercancía fuerza de trabajo de, al menos, una parte significativa de la población asalariada.

En general, la investigación revela que el 50,5% de los ocupados chilenos gana menos de $260 mil pesos líquidos al mes (USD382), y el 74,1% menos de $400 mil pesos (USD588). Sólo el 11,8% obtiene más de $700 mil pesos (USD1.029). La feminización de la pobreza queda ilustrada cuando el estudio arroja que el 84,9% de las mujeres gana menos de $500 mil pesos (USD735).

“En los cuatro sectores que más acumulan ocupados a nivel nacional, Comercio (18,8 %), Industria Manufacturera (11,3 %), Construcción (9,4 %) y Agricultura y Pesca (8,5 %), el 60 % de los trabajadores de menores ingresos obtienen hasta $320.000 (USD470,5). Y en ocho sectores económicos el 74 % de los ocupados obtiene ingresos menores a $400.000”, y la Fundación Sol agrega que “El 79,6 % de los ocupados con jornada completa obtiene ingresos inferiores a $500.000 (USD735)”.

Por otra parte, la investigación afirma que “Al comparar a Chile con países similares en cuanto al PIB per cápita (o cercanos en la vecindad), se corrobora una situación de atraso salarial efectivo. Por ejemplo, Croacia, con un PIB per cápita menor que Chile en 2013, tiene una mediana salarial que es casi un 45 % más alta.

En el caso de Polonia, con un PIB per cápita muy similar a Chile, obtiene una mediana salarial ajustada por paridad de poder de compra que es casi un 47,3 % superior. Para situarse en los rangos normales de los países con un PIB per cápita similar, nuestro país tendría que recuperar terreno de forma considerable en lo que refiere al valor del trabajo”, e indica que “la heterogeneidad sectorial también se aprecia, Intermediación Financiera tiene un ingreso promedio de $887.975 líquido, mientras que en Agricultura, Pesca, Hogares Privados con Servicio Doméstico, Hoteles y Restaurantes el promedio de ingresos es inferior a $300.000”

Si el lugar de Chile en el planeta capitalista es el de plataforma financiera y comercial para la región, y el extractivismo exportador minero, maderero y de producción de celulosa, no existe una relación entre los salarios y las ganancias de esas zonas

Si bien, los altos ejecutivos de las industrias mencionadas y fracciones de sus trabajadores/as, en términos relativos, tienen sueldos diferenciados y más altos que el resto, sólo se explica por los índices astronómicos de sus utilidades. Sin embargo, así y todo, los salarios tienden a una media que corresponde al sueldo necesario para fidelizar la fuerza de trabajo a las empresas donde es sobreexplotada.

Y la diferencia salarial en una economía donde el sistema financiero y el extractivismo hegemonizan, los sueldos sólo amplían o reducen la capacidad de endeudamiento de los trabajadores/as.

Los cálculos moderados hablan de que los asalariados/as chilenos están endeudados, por lo menos, en siete salarios. Heterogeneidad, castigo a las mujeres y jóvenes, diferencias menores entre los salarios de quienes se desempeñan en pequeñas o grandes empresas, y distancias menores entre la fuerza de trabajo contratada y la no contratada, junto a la extraordinaria y añosa política de flexibilidad y polifuncionalidad laborales, índices ridículos de trabajadores/as que pueden siquiera negociar sus sueldos y condiciones de trabajo, forman parte del mapa de la fuerza de trabajo en Chile. Casi está de más poner en cuestión los métodos que usa el gobierno para medir el empleo formal e informal, y la pobreza en el país (http://www.fundacionsol.cl/2012/10/fundacion-sol-en-el-ciudadano-encuesta-casen-mas-alla-de-las-cifras/).

Al respecto, las metodologías están hechas, justamente, para sacar cuentas alegres y satisfacer a la OCDE, al FMI, al Banco Mundial y a otras instituciones que regentan “el arbitraje y evaluación” de la economía global

5. En la república del silencio y de los pactos de silencio e impunidad (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=202286), el periodista Juan Carlos Cruz, uno de los varios querellantes contra el cura católico Fernando Karadima por abusos sexuales de ‘menores con violencia y abuso de su potestad eclesiástica’, realizó nuevas declaraciones en el programa Tolerancia Cero del canal de señal abierta Chilevisión, el pasado 13 de septiembre de 2015.

El jefe de la Iglesia Católica chilena, Ricardo Ezzati, intercambió incriminatorias correspondencias electrónicas con el actual miembro del consejo cardenalicio del Vaticano, el cardenal Francisco Javier Errázuriz Ossa, donde tramaron exitosamente impedir que Juan Carlos Cruz forme parte del Consejo Papal de Prevención de Abusos Sexuales

El proceso civil respecto de las pruebas y testimonios de las víctimas abusadas está en curso y tanto Ezzati, como Errázuriz tendrían la obligación de prestar declaraciones.

Ambos cleros, encubridores de los crímenes pedófilos, representan y ejecutan las políticas de la fracción más conservadora y recalcitrante de esa institución milenaria, incluso a contrapelo de los mandarines del Partido Demócrata Cristiano, y, sobre todo, desatendiendo los costados más progresistas del relato del propio Papa Francisco.

Históricamente dividida por la lucha de clases, la Iglesia Católica del país toma posiciones en franca y resuelta contradicción entre un Cristo sacrificado en la arquitectura del poder, y el Cristo vivo y liberador de los oprimidos/as.

En el programa televisivo, Juan Carlos Cruz declaró que “Ezzati y Errázuriz le han mentido a Chile, (cuando en realidad) por dentro son venenosos e hirientes. (Por lo demás) El cardenal Ezzati, cuando fue inspector general de un colegio Salesiano, donde encubrió a tres sacerdotes que abusaban de niños, cambiándolos de diócesis a otros establecimientos educacionales donde seguían abusando.

(De hecho) Uno de los sacerdotes, Rimsky Rojas, hizo desaparecer a una de sus víctimas, el joven Ricardo Harex, cuyo cuerpo jamás ha sido encontrado. Los testigos clave de ese caso han ido muriendo misteriosamente”. Pero Juan Carlos Cruz no se quedó allí. Señaló que “los pactos de silencio se aplican también entre los obispos. Yo vi en este mismo programa cuando invitaron a Carmen Gloria Quintana (https://es.wikipedia.org/wiki/Carmen_Gloria_Quintana, quemada viva por militares durante una protesta contra la tiranía de Pinochet) y ella mencionó al general Santiago Sinclair, y el general Sinclair (quien fue senador Institucional, vicecomandante en Jefe del Ejército y miembro de la Junta Militar) era íntimo amigo del cura Karadima.

A mí me dio miedo porque Karadima tenía los brazos muy largos. Tenía a los empresarios más ‘cototudos’ (poderosos) de Chile de su lado”.

Casi sobran las palabras

La comandancia ejecutiva del capital en el país, esto es, la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas, el gran empresariado y la jerarquía eclesiástica, funciona como una sola fuerza, un mismo procedimiento y similares fines.

La república del silencio, de la impunidad y del olvido de Chile se agrieta por momentos. No lo sabrá acaso la historia y los pueblos cuando la toman en sus manos.
Envío:Andres Fgueria Cornejo


Cajera de peaje denuncia que le descontarán de su sueldo haber dejado pasar autos durante el sismo
Resumen Latinoamericano/ 17 de Sept. 2015.- 

“Antes de ser cajera de peaje soy persona, tengo conciencia, valores y principios, no me arrepiento de haber levantado la barrera”, dijo. Sernac denuncia a supermercado por afectar la “seguridad y dignidad” de usuarios

Los desastres naturales despiertan lo mejor y lo peor del ser humano. Mientras algunos “miraron sus propios intereses” -según el Sernac-, otros realizaron actos de generosidad a causa del terremoto.

El diputado Giorgio Jackson dio a conocer en Twitter el caso de una mujer que asegura que perderá parte de su sueldo por haber levantado la barrera del peaje para permitir que los autos circularan tras el sismo.

La cajera afirmó que antes de ser trabajadora “es persona”. “Prefiero ser weona antes que ser una mina individualista”, aseguró.

“Tengo conciencia, valores y principios, no me arrepiento de haber levantado la barrera”, dijo.
Envío:ResumenLatinoamericano

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