14 de septiembre de 2017

DIFUSIÓN.

Es sabido por casi todos y todas las valletanas que las nubes que allá en el oeste forman la tormenta son “nubes de agua”, como se les dice a las nubes que en algún lugar de su recorrido descargan su lluvia. Estas tormentas son formadas en el Pacífico y habitualmente disparan sus aguas en la zona cordillerana, la cual tiene grandes valles con lagos de aguas trasparentes y muy frías e infinitos cursos de agua dulce que se entrecruzan, correntosos, hasta desvanecerse ya en el océano Pacífico, en el oeste, ya en el Atlántico. Cuando uno avanza hacia el este, hacia el Atlántico, el paisaje cambia bruscamente. Desaparecen los frondosos y mágicos bosques cordilleranos, se esfuma la zona montañosa y volcánica -con picos de hasta 3776 metros de altura- plagada de pasos que se transitan en ambos sentidos, de este a oeste y viceversa. En esta zona, la cordillera de los Andes va descendiendo en altura hasta juntarse, al sur, con los océanos. El paisaje que nos espera por delante es ahora diferente: una planicie árida que se extiende por más de 500 kilómetros, helada en invierno y tórrida en verano, cuya vegetación no supera el metro y medio de altura. Pequeños arbustos agazapados, plantas de espinas puntiagudas, liebres, guanacos, zorros y ñandúes, arañas y víboras son algunos de los sobrevivientes en este clima hostil, en el que los cursos de agua escasean, sobre todo en el verano, cuando las temperaturas máximas superan los 35°C. Toda esta superficie fue antiguamente el fondo del océano. Este panorama se extiende por cientos de kilómetros hasta el Atlántico, que es contenido por acantilados en los cuales las olas golpean con el nehuen de kvrvf (la fuerza del viento), como reclamando un territorio que antaño fue suyo.

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