3 de diciembre de 2017

SENTENCIA ESMA: REPERSUCIONES.

SENTENCIA POR LA ESMA 
Justicia para Mónica y el legado de su padre . 
02|12|17 
Reclamo. Mercedes Mignone durante el juicio por la causa ESMA III. Foto:Facebook
El 14 de mayo de 1976 Mónica Mignone fue secuestrada por un grupo de las Fuerzas Armadas. Tenía 24 años, era psicopedagoga y trabajaba en la villa del Bajo Flores. Desde su desaparición, Emilio y Chela Mignone realizaron gestiones ante autoridades eclesiásticas, militares y judiciales para conocer el paradero de su hija. Algunos años después, se supo que estuvo detenida en la Escuela de Mecánica de la Armada. Su caso fue juzgado por primera vez en la causa ESMA Unificada, que terminó esta semana con 29 condenas a prisión perpetua, nueve condenas a penas entre 8 y 25 años, y seis absoluciones. Su desaparición obtuvo justicia después de más de cuarenta años, y, además, gestó a uno de los más lúcidos activistas del movimiento de derechos humanos de Argentina y de la región, Emilio Mignone, cuyo legado trasciende esta sentencia histórica de la que no pudo ser testigo.

En el camino de búsqueda de verdad, justicia y reparación por la desaparición de su hija, Emilio fue comprendiendo la dimensión colectiva de la tragedia y compartiendo espacios de lucha con otros familiares. Así, comenzó su militancia en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y unos años después fundó el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS).
Junto a Augusto Conte, denunciaron el sistema del terror de la última dictadura militar en un texto escrito en 1981, “La doctrina del paralelismo global”, que sigue asombrando por su precisión. Conocedor de la burocracia estatal, Emilio instó siempre a denunciar judicialmente las desapariciones, a presentar peticiones en diferentes ámbitos oficiales, incluso en plena dictadura. Estaba convencido de que la memoria institucional de esas intervenciones sería un registro útil en el futuro. Buscó utilizar todos los recursos institucionales, nacionales e internacionales, para denunciar y documentar los métodos represivos.

Luego de las leyes de impunidad y los indultos, Emilio advirtió las posibilidades abiertas por la confesión del capitán de la Armada Adolfo Scilingo, y solicitó la reapertura de las investigaciones sobre la base del reconocimiento del derecho a la verdad. Los juicios por la verdad volvieron a agitar la conciencia colectiva y reimpulsaron la demanda de justicia. Una conferencia anual del Centro Internacional por la Justicia Internacional de Nueva York lleva el nombre de Emilio.

Además de ser un actor central del proceso de rendición de cuentas en relación con nuestro pasado reciente, que aún hoy distingue a la Argentina en el mundo, Emilio pensó en la importancia de tener organismos fortalecidos para luchar por los derechos humanos en democracia.  Se preocupó por construir una organización ajustada a principios, técnicamente sólida, eficaz en su labor y reconocida a nivel nacional e internacional, y por diversificar su base de apoyo convocando a personalidades destacadas de distintas ideologías y extracciones políticas “pero unidas en la defensa efectiva de la dignidad de la persona humana y de la convivencia democrática”, según escribió en un documento interno de 1994 en el que proyectó un CELS que lo trascendiera como fundador, con la generosidad y el compromiso social que siempre lo caracterizaron.

El secuestro y desaparición de su hija recorrió todo el camino del proceso de verdad y justicia: fue presentado ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 1977; en la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep); en el Juicio a las Juntas; en los juicios por la verdad; y finalmente en la causa ESMA Unificada. Más de cuarenta años después de iniciada la búsqueda de Mónica, la sentencia del caso ESMA cierra un círculo. Alcanzar la justicia por los crímenes de la dictadura significa para el CELS concretar su primer mandato institucional: pero su misión no concluye ahí: los desafíos del presente nos obligan a redoblar esfuerzos y repensarnos para seguir siendo una herramienta vital en procura de una democracia con vigencia plena de los derechos humanos.

*Director ejecutivo del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS). 
Fuente:Perfil




«No consigo borrar de mi mente la imagen de mis compañeros con la mano tendida pidiendo ayuda» 
Carlos Loza estuvo 21 días preso en la ESMA, en un sótano sin luz donde fue maltratado a diario. Además, fue obligado a mirar cómo asesinaban a sus amigos
n la Dársena Norte de Puerto Madero, en Buenos Aires, llega un buque de Montevideo. Los pasajeros bajan con sus compras y maletas. Allí, controlando el Río de la Plata se encuentra Carlos Loza, trabajador portuario y superviviente de Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el mayor centro de detención y torturas durante la dictadura de Videla. Es también integrante de la Asociación de ex Detenidos Desaparecidos (AEDD), una de las entidades querellantes en la megacausa conocida como los «vuelos de la muerte», que esta semana acabó con 29 militares condenados a cadena perpetua. La mayoría morirá en la cárcel.
Es difícil no recordar cuando se mira al mar. El fondo de La Plata yacen cientos de militantes, no se sabe cuántos exactamente, arrojados desde aviones, drogados. Por ellos, por los desaparecidos y por los que quedaron en el camino, Loza emprendió esta lucha. Fue poco a poco, organizando todos los casos por orden cronológico, conectando todos los hechos para hacer un frente común: una causa por genocidio.
Luego vino otro trabajo: convencer a los testigos, víctimas y familiares, para que testificasen. «Al final, el testimonio fue reparador, creó ansiedad al principio pero fue reparador. No teníamos porque llevar esa carga toda la vida. Han sido muchos años de lucha y si llegamos hasta aquí, es porque tenemos la responsabilidad de conseguir justicia para nuestros compañeros, los que no pudieron sobrevivir», comenta Carlos Loza a LA RAZÓN.
«Cuando me senté a escuchar el veredicto tuve muy presente a mi compañero Rodolfo Picheni, que estuvo conmigo en la ESMA y trabajó para lograr condenas contra los genocidas. Lamentablemente, se suicidó en 2012, una semana antes de que comenzase el juicio porque no pudo más. Lo hizo por tristeza. Pero al final se hizo justicia y lo recordé con mucha alegría», puntualiza.
«Sin embargo, no puedo borrar de mi mente la imagen de mis compañeros con la mando tendida pidiendo ayuda. Por ellos hay que seguir. Todavía nos quedan extradiciones y causas que llevar en países como Francia, donde por ejemplo, se encuentra el subinspector Alfredo Sandoval. Tampoco estamos de acuerdo con las sentencias menores de ocho años para algunos de los culpables. La tortura es un delito de lesa humanidad, no solo el homicidio, y vamos a recurrir».
«El 16 de diciembre de 1976 fuimos a un local del partido comunista en el barrio de Barracas y de ahí junto con otros cuatro compañeros nos detuvieron en un patrullero para posteriormente, trasladarnos a la ESMA. Al principio no sabíamos dónde estábamos. Era una especie de sótano sin luz. Ellos utilizan la falta de espacio para descolocarte. Tras las primeras torturas te dejan en el suelo tendido, desfallecido y es cuando pierdes la noción del tiempo. Escuchábamos trenes y aviones. Los oídos se convierten en tus ojo», relata. «Luego nos cambiaron de lugar, al altillo de la ESMA , conocido como Capuchita. Ya había luz. Fueron 21 días en total, hasta que me soltaron. Mis compañeros Bibiana Martini, Claudio Adur y Hernán Abriata, continúan desaparecidos. A Jorge Mendé lo mataron a patadas allí mismo, delante nuestro».
Historias de terror y violencia de esta etapa negra de la historia argentina se repiten en cada esquina del país. Ana María Careaga muestra a este diario orgullosa una foto de su madre, Ester Ballestrino de Careaga, una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo. Fue además empleada del Papa Francisco en los 50. Ballestrino forjó su militancia en Paraguay, como miembro del Partido Revolucionario Febrerista. Pero la vida en Asunción se tornó peligrosa cuando llegó al poder el dictador Alfredo Stroessner, así que emigró a Argentina durante los primeros años de la década del 50, donde se casó y tuvo a Ana María y su hermana.
Sin embargo Buenos Aires se convirtió en una trampa mortal: Ana María tenía 16 años y estaba embarazada cuando fue secuestrada en 1977 durante cuatro meses. Fue por ella que Ballestrino comenzó una búsqueda que la convirtió en una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo.
Pero incluso una vez que encontró a su hija y la puso a salvo en Suiza, volvió. «Mi mama no se exilió, solo me acompañó a salir del país y después regresó, de hecho la ofrecieron en la embajada asilo y ella lo rechazó. Cuando apareció de nuevo en la Plaza, las otras madres le preguntaron por qué regresaba si ya me había encontrado. Ella respondió: ‘‘Todos los desaparecidos son mis hijos’’», explica.
En 1977, durante los primeros pasos de la que es la organización de derechos humanos más importante en la historia argentina, Ballestrino fue secuestrada junto a las otras madres fundadoras Azucena Villaflor y María Ponce, y a las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet. Conformaban el Grupo de la Santa Cruz. Todo el grupo fue arrojado desde aviones.
Hace dos años, el Pontífice recibió a dos de las tres hijas de Ballestrino de Careaga en Asunción durante una de las visitas a su país de origen. «El Papa nos dijo que nuestra madre le había enseñado a pensar. A entender de política. Eso es muy fuerte y emotivo. Mi madre fue una mujer que marcó su vida», sentencia Ana María. 
Fuente:LaRazon

La perpetua necesidad de justicia 
3 de diciembre de 2017 
Opinión
Por Alejandro Mareco
A la justicia la necesitan las víctimas, directas o indirectas, a quienes los jueces no les dan la razón en lo que hacían o pensaban, sino en su condición de atropellados por la ilegalidad de aquel Estado

Un avión que atraviesa la frondosidad de las sombras y desde lo alto de la noche arroja seres humanos vivos, pero indefensos por tanto barbitúrico, a una espesa e infinita tumba de agua, podría ser quizá una febril escena de un imaginario terrorífico.

Un enorme predio en medio de la atestada e insomne urbanidad de una de las capitales más grandes del planeta convertido en una catacumba de tortura y abolición de la noción mínima de la condición humana, capaz de devorarse sin devolver a la luz ni la vida ni los huesos de más de cinco mil personas, acaso no podría caber sino en algún fantástico reino del espanto.

Pero sucedieron aquí, en este país, y son parte no sólo de nuestras más escalofriantes pesadillas, sino también de las que retuercen la memoria y el sueño de toda la humanidad.


El miércoles, luego de cinco años de audiencias en lo que fue el proceso penal más prolongado de la Justicia argentina, un tribunal –Oral Federal N° 5– condenó a prisión perpetua a 29 represores y a otras penas a 19 acusados más que convirtieron a la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (Esma) en un gigante y siniestro centro clandestino de detención, un emblema tétrico en el mundo.

Han pasado más de 40 años de aquellos días en los que los el terror asumió la avasallante dimensión del Estado, poniendo recursos e instituciones de la sociedad toda –por acción, y en algunos casos por omisión– al servicio de una gran confabulación asesina. Hasta la luz del día se hizo parte de esa inmensa tiniebla organizada.

La dictadura tenía todos los resortes del poder a su favor, incluso contaba con la pena de muerte que ella misma reinstaló, pero decidió actuar desde la ilegalidad absoluta.

Este fallo llega como otro gran episodio del camino de verdad y justicia, que tiene que seguir adelante aunque cambien los gobiernos. Es que aquellos crímenes, aquel país del terror, la tortura y la muerte como políticas de Estado, no caducarán jamás, ni en la memoria ni en la necesidad de justicia.

Es eso: no se trata de sed de justicia, sino de necesidad.

A la justicia la necesitan las víctimas, directas o indirectas, a quienes los jueces no les dan la razón en lo que hacían o pensaban, sino en su condición de atropellados por la ilegalidad de aquel Estado

A la justicia la necesitan el ayer, el presente y, sobre todo, las generaciones del porvenir. No habrá impunidad para quienes conviertan al Estado en una perversa maquinaria de eliminación de opositores.
Fuente:LaVoz



OPINIÓN

Muchachito rubio 
Astiz era muy valiente, pero solo con civiles aterrorizados 
PEDRO MORENO BRENES 
Domingo, 3 diciembre 2017
Su currículum como matarife uniformado lo comenzó pronto. Un grupo de madres y familiares de desaparecidos se reunían en una iglesia allá en la Argentina de 1977. Un joven rubio, con pinta de bueno que decía que era hermano de un desaparecido, se gana la confianza de estas personas, y un mal día entra en la iglesia y en un acto abyecto de traición, este tipejo abraza a las víctimas y al poco tiempo, mediante este acto de identificación, sus compinches las detienen. En la ESMA (la siniestra sede de la Escuela de Mecánica de la Armada) son torturados y después arrojados vivos desde un avión al mar en uno de los llamados 'vuelos de la muerte'. Entre las doce personas 'abrazadas' estaban las tres fundadoras de Madres de Plaza de Mayo y dos monjas francesas. Precisamente una de ellas, la Hermana Alice, aún en los peores momentos de tortura, se preocupaba por la suerte del 'muchachito rubio', el que la llevó a la muerte. Este malnacido se llama Alfredo Ignacio Astiz, en ese momento teniente de Fragata, y hace unos días ha recibido una de las muchas condenas por sus crímenes. Era muy valiente el 'Ángel de la muerte', pero solo con civiles aterrorizados mientras los machacaban a golpes; en eso se parece a nuestro producto nacional en la materia, el policía de la franquista Brigada Social apodado 'Billy el Niño', especialista en romper cabezas a detenidos y que ahora huye como una rata cuando algún periodista le pregunta por su pasado. Astiz fue menos valiente ante el ejército inglés en la Guerra de las Malvinas, y se rindió sin pegar un tiro ante soldados que si les pueden responder. Margaret Thatcher se negó a entregar al prisionero cuando Francia y Suecia pidieron la extradición por sus muchas tropelías, sí, la misma que visitó apenada a Pinochet cuando fue detenido en Londres.

Estos andrajos humanos fueron posibles en la última dictadura argentina (1976 a 1983), encabezada por un canalla como Videla, aquel que se permitía chulear a las víctimas con frases como esta: «¿Qué es un desaparecido?.. es una incógnita,.. no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido». No se quedó corto otro bandido, el general Saint Jean (gobernador de Buenos Aires): «Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después... a sus simpatizantes, enseguida... a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos».

En Argentina también hay el algunos que apelan a 'no remover' el pasado, a olvidar. ¿Les suena?
Fuente:Sur




‘Yo pude haber sido pasajera de los ‘vuelos de la muerte’' 
Así vivieron sobrevivientes de torturas y desapariciones el veredicto del mayor juicio en Argentina.



Ricardo Coquet, torturado en la Escuela de Mecánica de la Armada de Argentina.
Foto:
Catalina Oquendo


03 de diciembre 2017
Ricardo Coquet llegó a tiempo para verles la cara. Quería mirar a los ojos a los 53 represores de la dictadura acusados de desaparecer, torturar, apropiarse de bebés y lanzar desde aviones a personas en los llamados ‘vuelos de la muerte’.

Quería ver a Antonio Pernías, el sujeto que lo torturó en la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma), lugar donde, de acuerdo a datos oficiales, fueron detenidas 5.000 personas y desde el cual la mayoría salían pensando que serían liberadas y, en cambio, eran lanzadas desde aviones al océano. Eran las 2 de la tarde del miércoles 29 de noviembre, una fecha que muchos argentinos esperaron con ansias.
Menudo, cola de caballo y vestido completamente de negro, Ricardo estaba en la sala del tribunal donde se conocería el veredicto de uno de los juicios más importantes de Argentina con más de 830 testigos y 789 víctimas, pero la audiencia no comenzaba.

Afuera del edificio, sobrevivientes como él, hijos de víctimas, abuelas con canas cubiertas por pañuelos blancos, madres de la plaza de Mayo, rodeados de ciudadanos que fueron a apoyarlos, también esperaban. Una pantalla gigante se había dispuesto para ver la sentencia.
Hay una división entre quienes respetamos la vida y entre los que piensan que está bien eliminar a los otros, ellos son esa calaña de gente
“Quería verlos llegando esposados, ver sus caras de asesinos, de ladrones de relojes, de apartamentos que son. Hay una división entre quienes respetamos la vida y entre los que piensan que está bien eliminar a los otros, ellos son esa calaña de gente”, dijo Ricardo, que acudió a esa cita con sus hijos, que se encontró con los hijos de otros sobrevivientes, aunque él odia sentirse un sobreviviente y prefiere que lo llamen testigo.

Los acusados ingresaron. Desafiantes unos, como Alfredo Astiz, que portaba el libro ‘Mentirás tus muertos’, no pudieron escapar a las miradas de quienes torturaron cuarenta años atrás o de los hijos de las víctimas que les cantaban: “Como a los nazis, a donde vayan los iremos a buscar”.

Durante la dictadura, Coquet tenía un número, era el detenido 896. Carpintero y diagramador, a sus 24 años, fue secuestrado en 1977 cuando salía de una confitería junto con un primo y llevados en un Ford Falcon hasta la Esma.

Fue torturado, intentó suicidarse, sobrevivió. “Me tomé una pastilla de cianuro que teníamos algunos secuestrados y quedé vivo, entonces vi que había una veta. La veta es estar vivo. Después de eso, mi cabeza no estuvo más en morir”, contó Coquet.
Entre aplausos
Comenzó la lectura del veredicto. “Condenando a Jorge Eduardo Acosta de las demás condiciones personales obrantes en el exordio a la pena de prisión perpetua…”.

Perpetua, perpetua, se escuchaba una y otra vez. Veintinueve veces en total. Había algarabía, aplausos, abrazos. –¿A quién, a quién?–, preguntaban algunos. Otros hacían listas. Algunos lloraban.

Dos jueces se turnaban cada hora para leer la extensa sentencia, un vaso de agua para cada uno, muchos acusados. Afuera de la sala, algunos asistentes tenían una hoja con los rostros de todos los militares y pilotos imputados, que iban tachando ni bien los mencionaban; una P en la cara, una absolución o un 8 a 25 años, cuando ocurría.

Ni Coquet ni otros sobrevivientes que prefirieron ver juntos la sentencia a las afueras tenían que mirar la hoja con los rostros de los militares. Por desgracia, los conocían de memoria.

Miriam Lewin estuvo secuestrada dos años y, como dice, pudo “haber sido una pasajera de los ‘vuelos de la muerte’
 ”. Por eso recuerda la sensación cuando escuchó una “prisión perpetua” en particular: la de los pilotos Mario Daniel Arrú y Alejandro Domingo D’Agostino.


Ellos, junto con Francisco Armando Di Paola y Gonzalo Torres de Tolosa, fueron condenados a cadena perpetua por su responsabilidad en estos vuelos. “Fue un instante de profunda emoción. Pude abrazarme con las hijas de dos mujeres que viajaron en uno de esos ‘vuelos de la muerte’, en el Skyvan de la prefectura. Con Ana y Mabel Careaga, hijas de Ester Ballestrino, que era la gran amiga del papa Francisco”, cuenta Lewin a EL TIEMPO.
Fue un instante de profunda emoción. Pude abrazarme con las hijas de dos mujeres que viajaron en uno de esos ‘vuelos de la muerte’
Esta sobreviviente conoce bien los detalles de esos aviones. Gracias a ella y a un trabajo de investigación periodístico que hizo se pudieron comprobar los ‘vuelos de la muerte’. Junto con el fotógrafo italiano Giancarlo Ceraudo, Lewin rastreó tres aviones que participaron en estos vuelos y los encontró en Luxemburgo, Londres y en Fort Lauderdale. De este último halló la planilla del vuelo y aportó datos al juicio que estaba escuchando.

Una serie de hechos, como una sudestada (viento fuerte que viene del sudeste y provoca una crecida del Río de la Plata) que arrastró los cuerpos de cinco muertos hasta las costas argentinas, permitió reunir las pistas para demostrar que los vuelos, siempre negados por los militares, sí habían existido.

“Se comprobó que el vuelo del 14 de diciembre del 77, piloteado por Arrú y D’Agostino y Enrique de Saint Georges, que murió en prisión, fue el que arrojó al Atlántico a las monjas francesas y a las fundadoras de las madres de la plaza de Mayo”, relató. Los cuerpos fueron identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense y se determinó que esas personas tenían fracturas compatibles con caída de altura.
No hay un cierre
Al final de la tarde, la lectura de 29 sentencias a prisión perpetua, 19 condenados a penas de 8 a 25 años y 6 absoluciones dejó a los sobrevivientes con un sabor a algo de justicia, pero no a un cierre.

La absolución de Julio Poch, un piloto holandés que, según el expediente, se jactó de haber participado en los ‘vuelos de la muerte’, fue uno de los lunares.

“En lo global, la sentencia es fantástica porque aumenta la conciencia colectiva en cuanto a ‘no matarás’, pero no debió haber ninguna absolución, ninguno de ellos fue a parar a ese juicio por casualidad. Lo peor fue la de Poch, a quien tanto nos costó extraditar”, dice Coquet.

Para ambos, el balance fue de victoria, pero no de alegría.
No hay alegría porque no están los compañeros muertos para abrazarlos; no puede haber un cierre porque acá siempre hay trabajo para que haya más justicia
“No hay alegría porque no están los compañeros muertos para abrazarlos; no puede haber un cierre porque acá siempre hay trabajo para que haya más justicia, no hay cierre cuando hay un Santiago Maldonado ni otros pibes que matan”, agrega Coquet.

Mientras, a Lewin la sentencia a sus represores le devolvió algo de la vida perdida. “Uno siempre tiene la culpa del sobreviviente y se pregunta, ¿por qué yo? Como periodista y sobreviviente, esto me dio una razón para estar con vida”.
CATALINA OQUENDO B.
Para EL TIEMPO
Buenos Aires @cataoquendo
Fuente:ElTiempo
Vivir para contarlo: los supervivientes que hundieron a los genocidas en Argentina 
02/12/2017


“Negro, si zafás de esta, que no se la lleven de arriba”. Era la primera vez que Victor Basterra veía con sus ojos el rincón infecto en el que los prisioneros del régimen militar argentino permanecían secuestrados en la Escuela de Mecánica de la Armada. Hasta entonces solo había podido intuirlo –y olerlo– al otro lado de su capucha. El Negro, como lo llamaban sus amigos, entendió esta frase de otro detenido como un mandato clarísimo: si sobrevivía, debía luchar para que los responsables del horror pagaran por ello. Cumplió. Y el miércoles pasado, 40 años después, Basterra estaba allí, en los tribunales, mirando a la cara a aquellos que lo habían secuestrado y torturado, a quienes habían asesinado a sus compañeros, mientras el juez leía sus condenas: 29 cadenas perpetuas y otras 19 penas de 8 a 25 años de prisión.
“Los miraba detrás del cristal, con caras preocupadas, algunos tratando de burlarse”, cuenta Basterra. Con él, una sala repleta de familiares de desaparecidos y supervivientes. Al otro lado de la pantalla, un país siguiendo en directo la culminación de un juicio histórico. Y en el banquillo, figuras clave del aparato de represión y muerte de la dictadura, finalmente derrotados por una justicia –y un país– que los señala como culpables. 
Teniendo en cuenta que el 80% de las 5.000 personas que se calcula que pasaron por la ESMA fueron asesinadas, salir de allí con vida no era lo más probable. Pero Basterra cumplió su promesa. Su testimonio y el material fotográfico que consiguió sacar de aquel infierno en el que vivió casi cinco años han sido fundamentales para la causa. “No, no soy un héroe”, protesta. “Esto no es una victoria individual; es la sumatoria de un montón de voluntades”.
“Después de 20 años de impunidad con las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, en los que nuestra única esperanza era un juez español [Baltasar Garzón] que quería juzgar a quienes acá la Justicia no quería tocar, conseguimos darle la vuelta y hoy somos un ejemplo”, reflexiona Miriam Lewin, periodista y también superviviente de la ESMA.
“Más allá del hecho de las condenas, fue muy fuerte estar ahí, ver a Estela de Carlotto –titular de las Abuelas de Plaza de Mayo– frente a frente con el ginecólogo de la ESMA, el que traía al mundo a los bebés que se robaban”, explica. Decenas de mujeres dieron a luz en cautiverio durante los años en los que funcionó el centro de detención, y sus hijos fueron entregados a familias afines a los militares, que los criaron como propios. Los médicos José Luis Magnacco y Carlos Capdevila han sido condenados a 24 y 15 años de prisión.

Capucha, el lugar donde estaban los detenidos-desaparecidos, donde se ha colocado una tarima de madera para no dañar las pruebas judiciales.
Capucha, el lugar donde estaban los detenidos-desaparecidos, donde se ha colocado una tarima de madera para no dañar las pruebas judiciales.
Para Lewin, otra pieza clave en esta causa gracias a su investigación periodística sobre los ‘vuelos de la muerte’, la sentencia sí tiene algo de victoria personal. “Muchos de nosotros cargamos durante años con la culpa de haber sobrevivido. Esto es un regalo de la vida y una ofrenda que le pude hacer a los familiares de esas mujeres que encontraron el peor de los finales”.

La vida en Capucha

“Las sesiones con picana eran dolorosas, pero duraban solo durante los interrogatorios. La verdadera tortura era diaria: pies engrillados, manos esposadas, encapuchados, escuchando el grito de los compañeros torturados, golpeados, sucios, humillados”. Así describió ante los jueces Lázaro Gladstein, que estuvo 400 días detenido, el infierno de la ESMA. El mismo lugar al que fue a parar Víctor Basterra cuando lo secuestraron, el 10 de agosto de 1979.
Lo acomodaron en uno de los cubículos de Capucha, en el ático del Casino de Oficiales. El edificio, situado en un complejo de 17 hectáreas, en un acomodado barrio de Buenos Aires, se había transformado para albergar la actividad represiva del llamado Grupo de Tareas de la Armada. Las ‘celdas’ eran unos espacios minúsculos separados por tabiques de madera en los que cabía una persona acostada. No había luz natural y todo el día funcionaba un ruidoso extractor de aire, que conseguía acallar los quejidos de los secuestrados más que eliminar el hedor de ese espacio en el que podía haber hasta 40 personas a la vez.

El cuarto de las embarazadas, donde las prisioneras daban a luz los hijos que se apropiaba el régimen.
El cuarto de las embarazadas, donde las prisioneras daban a luz a los hijos que se apropiaba el régimen.
Un guardia en la puerta registraba las entradas y salidas. Y otro acompañaba a los detenidos cuando tenían que ir al baño, siempre encapuchados y esposados, “arrastrando grilletes de 20 eslabones”, recuerda un detenido-desaparecido. Esa era la única razón por la que podías salir de Capucha. Esa o que, en un “miércoles de traslados”, el guardia dijera tu número adjudicándote un billete directo a la muerte. “Lo más cruel de todo es que había compañeros gritando desde sus ‘cuchas’ que los llevaran a ellos; nos repetían que los traslados eran a granjas de rehabilitación en la Patagonia, y no era difícil imaginarlo como un paraíso frente al horror de Capucha”, recuerda Lewin.
Pero muchos no tardaban en darse cuenta del engaño. Ricardo Coquet, que estuvo recluido en la ESMA entre marzo de 1977 y diciembre de 1978, lo descubrió de la peor manera. Como sus ropas estaban destrozadas, el ‘Tigre’ Acosta, jefe del Grupo de Tareas, ordenó que le consiguieran “algo decente que ponerse”. Lo llevaron al lugar donde guardaban las pertenencias de los asesinados, y allí vio el pantalón y la camisa de Nancho, su mejor amigo, que había sido ‘trasladado’ unos días antes. “¿Cómo no iba a reconocer esa ropa? ¡Era mía! Vivíamos juntos, éramos como hermanos. Y él llevaba eso puesto el día que lo secuestraron. Unos vaqueros oxford, una camisa escocesa roja, blanca, azul y verde. Lo recuerdo como si fuera hoy. Ahí me di cuenta de que los traslados suponían la muerte. Y desde entonces vivía en el terror de que cantaran mi número: 896”.

Algunas de las fotos tomadas por Basterra.
Algunas de las fotos tomadas por Basterra.
“Todavía hoy se me pone la piel de gallina cuando escucho esa palabra: traslado. Aunque me digan que es un traslado de miles de dólares a mi cuenta, me genera rechazo”, bromea Coquet. La ironía y el humor son herramientas útiles para hablar de aquello, para exorcizar el espanto. “Yo no soy un tipo triste –se justifica Coquet– y no podría serlo después de la que pasamos: de los 5.000 de la ESMA sobrevivimos 200 o 300”.

El fotógrafo de la ESMA

De Capucha se salía para ser torturado o para morir. Sin embargo, unos pocos secuestrados salían a ‘trabajar’ todos los días: los militares necesitaban mano de obra esclava para sostener el mecanismo de terror que habían creado. Por su trabajo en una imprenta, Basterra conocía los rudimentos de las impresiones de seguridad, de modo que lo asignaron al gabinete de documentación, en el sótano, donde se elaboraban documentos falsos para los militares.

Capuchita era un altillo al que se accedía desde el ático, donde se vivía en peores condiciones que en Capucha.
Capuchita era un altillo al que se accedía desde el ático, donde se vivía en peores condiciones que en Capucha.
Cerca del laboratorio donde Basterra empezó a pasar la mayor parte de su día, al final de un pasillo al que llamaban “avenida de la alegría”, estaban las salas de tortura. Para acallar los gritos, un tocadiscos gritaba a todas horas la misma música, en bucle. “Durante todos los meses que estuve haciendo tareas en el sótano solo se oía una cosa: el single Satisfaction, de los Rolling Stones. Una y otra vez”, recuerda Coquet.
Los prisioneros del staff, como los llamaban los militares, tenían un enorme privilegio: podían ver a la cara a sus captores. Así, un día en que Basterra tomó la fotografía de uno de ellos para un documento, se le ocurrió la primera de “una serie de temeridades” que acabaron convirtiéndose en pruebas fundamentales para condenar a los represores. Hizo, en lugar de las cuatro copias que necesitaba, cinco. Y guardó la última entre papel fotosensible, que sabía que los militares no tocarían para no velarlo. Después entregó los negativos, buscando cimentar una confianza que sería clave.

Basterra, en el Archivo Nacional, revisa la primera publcación en prensa de sus fotografías.
Basterra, en el Archivo Nacional, revisa la primera publcación en prensa de sus fotografías.
Con el tiempo, esa confianza se convirtió en permisos periódicos para visitar a su mujer y a su hija. Y entonces cometió la segunda temeridad. “Aprendí en la vida que todos los sistemas, por muy rígidos que sean, tienden a flexibilizarse”, explica Basterra. “Y cuando descubrí que las revisiones a la salida ya no eran tan estrictas, escondí la primera de las fotos entre mis genitales. En el momento en el que el guardia nos dio a mi mujer y a mí un momento a solas, se la entregué y le pedí que la escondiera”. De esos encuentros furtivos nació el Archivo Basterra y también la segunda hija de la pareja, a la que su madre llamó Soledad.
La liberación del ‘fotógrafo de la ESMA’ tuvo que esperar a la llegada de la democracia y el desmantelamiento del centro clandestino de detención. Había estado más de cuatro años secuestrado, y aún le quedaba mucho para sentirse libre: seguía vigilado por la Armada en pleno gobierno de Raúl Alfonsín.
En mayo de 1984, cinco meses después de la creación de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) –la investigación que reunió en el informe Nunca Más los testimonios que sirvieron para condenar a las Juntas Militares– Basterra cometió la temeridad definitiva. “Preparé una carpeta con el material y fui hasta el edificio donde funcionaba la Conadep, con un compañero que me hacía el contraseguimiento. Entré corriendo, con la cabeza gacha, para que nadie pudiera reconocerme”, relata.

En el sótano funcionaba el 'laboratorio' y también las salas de tortura y la enfermería en la que se sedaba a las personas que luego arrojarían al mar.
En el sótano funcionaba el 'laboratorio' y también las salas de tortura y la enfermería en la que se sedaba a las personas que luego arrojarían al mar.
Entregó más de un centenar de fotografías de militares y desaparecidos. Cuando consiguió poner a su familia a salvo, los documentos se hicieron públicos en una rueda de prensa a la que solo asistió un pequeño periódico, que agotó dos ediciones en un día. “Seguía habiendo mucho miedo”, explica Basterra, que sin embargo justifica su propia osadía: “Y… si vivís con miedo no cruzás la calle”. 
Su testimonio en el Juicio a las Juntas fue el más largo: cinco horas y cuarenta minutos. 

La Pecera y los Skyvan

“Yo no sé si la ESMA fue el centro de detención más cruel o el más sangriento, como dicen. Sí creo que fue el más perverso”, sentencia Miriam Lewin a sus 60 recién cumplidos. Tenía 19 años cuando fue ‘chupada’ en la calle por fuerzas de seguridad vestidas de civil. Llevaba militando en agrupaciones de izquierdas desde los 14 en su colegio, el prestigioso Nacional Buenos Aires. El objetivo de su secuestro era, precisamente, averiguar el paradero de una compañera del instituto que ella llevaba tiempo sin ver. 
Para cuando llegó a la ESMA, meses después, estaba claro que las torturas no iban a traducirse en información. De modo que casi de inmediato la llevaron a La Pecera, las oficinas donde la Armada utilizaba a los detenidos para traducir artículos de la prensa extranjera y escribir sus propias informaciones sobre la “lucha contra la subversión” y la “reconversión de los terroristas”, que a menudo eran leídas tal cual en los informativos de la televisión.

La Pecera, donde detenidos trabajaban como mano de obra esclava n el aparato de comunicación de los militares, muestra hoy ejemplos de los artículos de prensa de aquellos años.
La Pecera, donde detenidos trabajaban como mano de obra esclava n el aparato de comunicación de los militares, muestra hoy ejemplos de los artículos de prensa de aquellos años.
“El objetivo era darle un perfil político al jefe de la Armada, el comandante Massera; convertirlo en el nuevo Perón”, explica. Esas horas sin vendas ni capucha le dieron la posibilidad de ser testigo de mucho de lo que sucedía en la ESMA. “Vi a Alicia con su hijo recién nacido en brazos”, relata Lewin, que declaró en el juicio contra el apropiador de ese bebé. Juan Cabandié recuperó su identidad gracias a las Abuelas de Plaza de Mayo, y hoy es diputado. Su madre continúa desaparecida.
Ser mujer en la ESMA multiplicaba la tortura. El Tigre Acosta –condenado a cadena perpetua– “había dado expresas órdenes de que los militares dispusieran de nuestros cuerpos. Les pertenecíamos”, relata Lewin.
En una de las audiencias del juicio, Blanca González, otra superviviente, relató los abusos y violaciones constantes: “Un día, encapuchada, fui violada por un guardia, tras lo cual pedí que me llevaran al baño a lavarme. Cuando llegé al baño los guardias me volvieron a a violar. Nos violaban cada vez que pedíamos ir al baño, por eso muchas dejamos de ir”.
“Los delitos sexuales tienen que tener su castigo, por eso esta pelea judicial tiene que continuar. Muchas compañeras nunca pudieron recuperarse de eso, siguen enfermas de culpa, no consiguen ponerse en el papel de víctimas por haber recibido un mejor plato de comida”, explica Lewin.

Miriam Lewin, detenida con 19 años.
Miriam Lewin fue detenida con 19 años.
Esa sensación de indignidad es un rasgo común también entre quienes hicieron trabajo esclavo en la ESMA. Lewin consiguió sacudírselo muchos años después, echando mano a aquello que tanto había servido a sus captores: su talento periodístico.
Su investigación sobre los vuelos de la muerte, el último eslabón de la cadena de exterminio de la ESMA, ha sido fundamental para señalar, con nombre y apellidos, a los pilotos de los Skyvan de la Armada que arrojaban a las víctimas sedadas al mar.
“Nunca voy a saber por qué me salvé, nadie puede saberlo”, reflexiona Lewin. “Pero ahora puedo decir que tuvo un sentido”. Algo parecido siente Coquet, que aclara: “No me gusta que me llamen superviviente. Soy testigo; el tipo que vio y cuenta”.
Y lo siguen haciendo. Una vez al mes, supervivientes guían a los visitantes en el recorrido por el Museo Sitio de Memoria que funciona en la ex ESMA, y relatan en primera persona los detalles de su cautiverio, allí donde sucedió. “Siempre me pregunto quienes nos visitan se vuelven mejores personas, si la existencia de estos espacios aportan a una verdadera cultura democrática del Nunca Más –dice Alejandra Naftal, directora del centro– y creo que en Argentina, la relación que existe entre los juicios y los sitios de memoria es fundamental”. 
Basterra defiende esta idea: “Los documentos que conseguí fueron importantes para la justicia, pero también para la construcción de una conciencia colectiva”. Y esa es la parte del mandato que todavía sostiene: construir un país en el que ese horror no vuelva a suceder jamás. 
Fuente:ElDiario.es                                                               

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